Alberto Granados

Archive for the month “abril, 2010”

Club de Lectores “Thesaurus”

La casa donde nací había pertenecido a un pariente nuestro que era francmasón, así que  estuve hasta los veinte años durmiendo en un dormitorio de gran tamaño (en casa era conocido como “el de los varones”, ya que allí dormíamos los tres hermanos). Cada vez que abría las dos enormes alacenas-ropero, leía las inscripciones masónicas allí escritas y camufladas tras la ropa. Una de ellas decía: “Nadie hay tan sabio que no tenga mucho que aprender, ni nadie tan ignorante que no tenga mucho que enseñar (Spallanzani)”. Siempre me gustó la frase, que además comparto al cien por cien.

Os lo cuento, porque me temo que me he metido en un berenjenal más que regular. He aceptado la invitación de Bernardino y Ginés y voy a coordinar el Club de Lectores “Thesaurus” en la Sala Cultural Nueva Gala. Así: sin anestesia.

(Foto tomada de http://infoplus.qdq.com/fotos/299754499_foto_h.jpg)

Empezaré por decir que, cuando me lo propusieron, les sugerí los nombres de otras personas en las que yo creía ver una mayor capacidad para dirigir un invento como el propuesto. Les hablé de algún profesor universitario, de algún autor, de columnistas e informadores suficientemente acreditados.

Sin embargo, y dado que no se trata, ni mucho menos, de sentar cátedra, sino de compartir una lectura, he terminado por aceptar la invitación. Finalmente, me haré cargo de organizar y llevar a cabo las actividades de este club de lectores que tengo que poner en marcha.

Quiero que sea un club de gente que se apasione por el libro propuesto, que lo lea y que aporte su visión de la lectura, para compartirla con los demás. Parto de la base de que habrá lectores de diferentes niveles, pero eso es justamente lo que mayor atractivo le va a conferir a esta actividad: el enriquecimiento que suponga para todos, cada cual desde su enfoque, desde su nivel formativo, desde su grado de pasión por lo leído. No se trata, en absoluto, de hacer una lectura desde un plano crítico-teórico, sino de vivir lo que se lee desde un plano meramente humanístico y personal.

Trataremos de comprender las motivaciones del autor, de ponernos en su lugar (me encantaría hacer actividades de creación, para que el lector comprenda la otra vertiente del proceso creativo, así que veremos algunos conceptos de narratología). Serán los lectores los que decidan qué libro se lee, la frecuencia de las reuniones (en función del tiempo requerido para leer el libro propuesto), las actividades (en este campo, seré yo, en principio, quien haga las propuestas hasta que el club vaya adquiriendo el rodaje necesario), etc.

Os adelanto una propuesta: organizar las lecturas en ciclos de tres: un autor local (desde Gil Craviotto a Antonio Enrique, Andrés Neuman o Nicolás Palma…), un autor nacional (me encantaría empezar por un “maldito” como Agustín Gómez-Arcos) y un autor internacional (estoy pensando en Sandor Marai o en Paul Auster). No descarto incluir poesía o teatro, autores noveles, etc., si así se requiere. Sí me gustaría huir de los bestsellers. Cuando se trate de un autor local, intentaremos que esté presente en el debate.

Otras ideas: incluir en el blog de la librería el trabajo, las conclusiones sobre lo leído, los experimentos creativos (que tiene que haberlos)… La reuniones serán los martes que se fijen (ya he señalado que la periodicidad dependerá de la extensión del libro propuesto), y durarán dos horas, con un descanso para tomar un café (invitados por la librería Nueva Gala) en que hablaremos de lo que se ha leído (aparte del libro propuesto) y se harán lecturas breves y variadas.

Tras este calentamiento, entraremos a la disección del libro propuesto, tratando de enriquecer la lectura privada de cada uno con lo que los demás aporten. Es el plato fuerte de cada sesión.

Tras la lectura, trataremos de meternos en los entresijos del proceso creativo, así que se harán ejercicios de creación literaria. Es obvio que nadie va a escribir “Cien años de soledad”, pero para entender las dificultades de un texto, tal vez convenga entrever las dificultades del hecho de crearlo. La sesión terminará poniéndonos de acuerdo en el siguiente libro y fijando la fecha para la que nos comprometemos a tenerlo leído.

Lanzo la idea. Espero que la difundáis entre aquellas personas a quienes pueda interesar, que maticéis las ideas aquí expuestas y las completéis. Es una idea completamente abierta a vuestras opiniones. En breve, convocaremos una reunión inicial para echar a andar el club. Cuento con vuestra complicidad.

Alberto Granados

NOTA: Las personas interesadas deben enviar un correo para inscribirse gratuitamente a Nueva Gala: scnuevagala@gmail.com

Cuaversos de bitácora: Miguel Hernández

Estamos en el año de Miguel Hernández, al que seguramente terminaremos aborreciendo por ese empacho que producen los mil eventos preparados para la celebración-demolición del poeta (igual que sucedió con Lorca, Ayala o el Quijote). Siempre he pensado que Miguel Hernández era un poeta inmaduro al que le salían poemas “bonitos”, sin llegar a más, pero su leyenda nos lo convirtió en mito, y ahí anda: de centenario. Como todo el mundo lo conoce, básicamente, a través de Serrat, hoy huyo en estos cuaversos de los poemas siempre repetidos, y he elegido un simple soneto, formalmente muy bien construido que siempre me ha llamado la atención (lo de “el fatal desaliento de la rosa” es todo un hallazgo). Es este:

 

 

 

 “Por desplumar arcángeles glaciales,

la nevada lilial de esbeltos dientes

es condenada al llanto de las fuentes

y al desconsuelo de los manantiales.

Por difundir su alma en los metales,

por dar el fuego al hierro sus orientes,

al dolor de los yunques inclementes

lo arrastran los herreros torrenciales.

Al doloroso trato de la espina,

al fatal desaliento de la rosa

y a la acción corrosiva de la muerte

arrojado me veo, y tanta ruina

no es por otra desgracia ni otra cosa

que por quererte y sólo por quererte.”

(De “El rayo que no cesa”)

 

Un soneto lleno de acentos gongorinos y sabores del XVII.

Alberto Granados

Guernica

 

NOTA PREVIA: El 26 de abril de 1937 (hoy hace 73 años), a eso de las cuatro de la tarde, la villa de Guernica sufrió uno de los bombardeos más vergonzosos de la historia. Por entonces, bombardear sistemáticamente a la población civil era aún una práctica extraña en los usos de la guerra. Sirva este modesto relato de recuerdo a tan vil episodio de nuestra historia.

Juan lleva segando casi desde el amanecer, pues hoy no ha llovido, el monte está lleno de pasto nuevo y las vacas necesitarán el heno durante el largo invierno. Nota que le van pesando los años, que está un poco cansado, y decide hacer un descanso. Comer un poco, echarse un trago y fumarse un pito, todo un lujo en mitad de una dura jornada que aún está muy lejos de acabar, pues se ha propuesto llegar segando hasta los abedules. Aguantará el hambre y sólo cuando alcance la meta que se ha propuesto, se tomará su almuerzo, que ya será bien tarde.

Distraídamente, mira todo lo que lleva segado, que no es poco, observa los montones verdes que tendrá que engavillar y bajar hasta el caserío. Con eso, le llegará la hora de recogerse, ya bien tarde, que abril está acabando y las largas tardes permiten prolongar la labor.

(La casa en llamas)

 

Mientras fuma, se recuerda a sí mismo, casi treinta años antes, cuando se vino desde el lejano sur, un sur lleno de hileras de olivos y de miseria, en busca de un futuro. Recuerda que se le acabó el dinero cuando ya casi estaba para llegar a Bilbao, así que tuvo que ir ofreciéndose para trabajar en los distintos pueblos. Fue cuando le sobrevino aquella fiebre.

(La mujer herida)

 

Se ve a sí mismo detrás de un nogal, donde había pasado la noche al raso, tosiendo y abrasado por la fiebre. Fue cuando la Mirentxu lo oyó toser y se dirigió hacia él, con la hoz en la mano, creyendo que podía suponer algún peligro y se lo encontró muriéndose. Recuerda su extrañeza, el contacto con su cuerpo, el roce con sus pechos, el olor a hembra mientras le ayudaba en el camino hacia el pajar, donde lo cuidó durante varios días. Cuando mejoró, le ofreció su ayuda con las faenas del campo y ella aceptó, más por la atracción recíproca que había empezado a surgir, que por cobrarse los cuidados.

(La mujer del quinqué)

 

Aquella mujer se ocupaba, ella sola, del caserío, que los padres estaban muy viejos y el hermano se había marchado a Buenos Aires, un año hacía ya y no había vuelto a dar señales. Mirentxu estaba presa de aquella situación, por eso le dijo aquella noche:

        -Quédate conmigo. Necesitas una mujer y yo no te voy a fallar nunca. Además yo… yo me siento sola y necesito tus abrazos –se lo dijo mientras el vestido iba cayendo y mostraba su cuerpo desnudo, ofrecido por derecho, sin disimulo, ni pudor, ni culpa. La quiso desde ese momento, por eso nunca llegó a Bilbao, ni volvió a sus cielos andaluces. Se fue haciendo vasco y era respetado en los caseríos vecinos y en la misma villa, cuando bajaba con el mulo a comprar y vender y se tomaba algún chupito con los otros campesinos.

(El guerrero muerto)

 

 

Llevaba en Guernica… desde 1908, casi treinta años, que se dice pronto. Se había casado y tenía tres hijas y dos nietos. Le gustaba eso de solucionar todo con un simple apretón de manos y un vaso de vino, eso de respetar la memoria de los mayores, eso de pasar ante el árbol como si se pasara ante el origen de la propia vida. Ya apenas recordaba nada de su Andalucía, sólo el brillo azul del cielo luminoso y los verdes pálidos de los olivos, pues lo demás era recuerdo de su vida en Guernica, donde había creado una familia, un bienestar, una vida.

(El caballo desbocado)

 

 

Mirentxu y él, a base de trabajo, sacaron adelante el caserío, compraron nuevas tierras, criaron una familia…  lo habían mejorado y ampliado todo, con mucho esfuerzo y ahora, con el trabajo de los yernos y la ayuda de todos, se defendían bastante bien, sólo que la guerra… La guerra también llegó a la casa y con un yerno requeté y otro cenetista…  Juan recuerda que tuvo que poner paz muchas veces y hablarles muy claro a su hijas:

-Antes que nada, sois hermanas, ¿sabéis? Lo que hagan vuestros hombres en el frente es cosa de la guerra, pero no de la casa, que no se os olvide nunca.

(La paloma con el ala rota)

 

 

¡La guerra! ¿Qué se iba a conseguir con esa guerra? Los problemas se solucionan trabajando, afrontando las dificultades, sacando la buena voluntad, pero no con una guerra, que sólo va a conseguir abrir heridas que tardarán siglos en cicatrizar. Nadie quería la guerra, eso estaba claro, pero ahí la tenían, con un yerno en cada bando, y él trabajando por tres para que en su casa no hubiera estrechez, para  no fallarle a esa Mirentxu, a la que adoraba, aunque nunca se lo hubiera dicho…

Juan da la última calada al cigarro que ha fumado sentado bajo un roble. A su lado, el morral, la escopeta –los tiempos no están para salir desarmado al campo- y una botella de txacolí de su lagar, a la que ha dado un par de generosos tragos. A ese vino no se acostumbrará nunca. Echa de menos el montilla que se bebía en la taberna de su pueblo, con sabor a tonel, con una tapa de chicharrones, de tocino fresco, unas alcaparras o pescado frito en aceite de oliva… mientras su hermano cantaba unos buenos fandangos…. En eso sí que salió perdiendo –piensa-, pero no puede quejarse de lo que la vida le ha dado. Ya sólo falta que acabe la guerra. Él salió de su tierra harto de señoritos zánganos y caciques sin entrañas, así que creyó que la República lo iba a arreglar todo, pero siempre fue un hombre de orden y las barbaridades que se oían… la guerra convertía a los hombres buenos en alimañas despiadadas. Que se acabara pronto todo esto, eso es lo que hacía falta.

 

(El toro)

 

Cuando Juan va a volver al campo, oye un avión, así que vuelve bajo el roble y se oculta. Lo ve pasar: es alemán, de los de la Legión Cóndor, los mismos que bombardearon Durango hace ya un mes y sembraron el pueblo de muertos inocentes. Se comentó mucho: “¡Anda, y estos eran los que decían ser de orden! ¡Los que iban a resolverlo todo!” –comentaban los vecinos. Juan se queda un momento oyendo el vuelo del Junker, cada vez más lejano, esperando que definitivamente se esfume para poder salir a campo abierto y continuar su labor. Instintivamente, mira su escopeta, apoyada en el tronco. Se siente protegido sabiéndola cerca, pese a que sabe que es una flaca defensa frente a las bombas.

(La madre con el hijo muerto)

 

El avión lo ha puesto nervioso y le entra la prisa por terminar la faena y volver a su caserío, con su mujer, sus hijas, sus nietecillos, su ganado… Empieza a segar de nuevo. Tiene que llegar a los abedules y después se tomará su almuerzo. No se siente bien. Es como si el paso del bombardero estuviera cargado de presagios. Recuerda lo que se dijo hace dos meses de la matanza de los que huían por la carretera de Málaga a Almería, que fue una carnicería… y eso que eran familias, grupos de civiles que huían, simplemente; montones de ancianos, mujeres, niños, que sólo se iban de Málaga por miedo a la aviación de los nacionales… Juan recuerda la pena que le da matar por error a un gazapillo o a una hembra, cuando sale de caza o pone cepos para las alimañas. El respeto que siente por todo lo que le resulta débil o indefenso. Hay cosas que no se entienden… pero pasan. Y en una guerra, más.

Sigue segando con rabia, con unas furiosas ganas de llegar pronto a los abedules. Sólo entonces comerá y echará una cabezada, tras lo que engavillará el heno, que quedará allí hasta que, el sábado, Joseba, su yerno, el único al que no han movilizado por su cojera,  suba con él y le ayude a trasladarlo en el carro hasta el establo, el mismo establo donde pasó su primera noche de Guernica, cuando aquella fiebre que, por esas extrañas carambolas de la vida, marcó su futuro junto a Mirentxu. El mismo establo donde aquella mujer se le ofreció y aprendió a amarla.

(La luz cenital)

 

Juan repasa aquellos años hasta que, casi sin darse cuenta, llega a los abedules. Ha terminado de segar hierba, así que guarda la hoz, los dediles, la piedra de afilar, y se da la vuelta. Deben de ser las cuatro o poco más y siente un hambre canina. Cuando se dirige de nuevo al roble, los oye. Parecen ser muchos, demasiados para ser un vuelo rutinario de reconocimiento. Pasan en dirección al pueblo y los ve por entre las ramas. Efectivamente, son muchos y cubren el cielo de un ruido ensordecedor y amenazante. Juan sabe que va a pasar algo y siente todo el horror de la destrucción en su piel erizada.

Angustiado echa a correr, pues siente la necesidad acuciante de bajar hasta el fondo del cerro, subir la otra colina y asomarse al barranco, desde donde verá su caserío, que ya ha sido casi absorbido por el crecimiento del pueblo. Son sólo unos minutos, pero le parece una distancia insalvable, pues a su imaginación acuden una serie de imágenes absurdas, contradictorias, inconexas, inexplicables, pero llenas de un doloroso patetismo. Ve su casa ardiendo y a su mujer atrapada entre las llamas,aunque al mismo tiempo la ve alumbrando el corral con un quinqué, que al caerse provoca el fuego donde se van a abrasar los animales… Se oye la primera explosión allá abajo, inmediatamente seguida de todo el horror de un bombardeo metódico, sistemático, lleno de destructiva precisión.

(El Guernica, completo)

 

Juan quisiera tener alas como las palomas de su palomar, pero se ve pegado a la tierra por la lentitud de su avance, ahora cuesta arriba. Por lo alto de un cerro ve al potro del alcalde corriendo despavorido, asustado por el ruido de la tragedia que el campesino adivina en la villa. El animal lleva pintado el ademán del espanto. Un momento después, Juan, casi mareado, cree percibir, lleno de confusión, que el caballo se ha convertido en un toro lleno de nobleza, fuerza y salvaje ferocidad. Los pulmones van a estallarle, mientras oye los aviones ir y venir sobre su cabeza, en una siniestra contradanza aérea llena de dolor y muerte. Le parece ver en su imaginación a su yerno tirado en el suelo, con una flor y una espada quebrada en la mano, al tiempo que su hija,  desangrándose junto a la casa, intenta llegar hasta su marido para morir junto a él.

Juan ya no sabe si lo que acude a su mente es la realidad o una galería de sueños imposibles, de impensables imágenes de una infernal barraca de feria, pero presta atención y oye el ruido del bombardeo, percibe el olor a fuego, oye las explosiones ahí abajo, muy cerca ya, los gritos desaforados de los pacíficos habitantes de la villa de Guernica. Le parece todo un mal sueño, pero llega, por fin, al punto donde su caserío y el pueblo se hacen visibles y observa, horrorizado, que las imágenes terribles que han estado acudiendo a su conciencia se quedan pequeñas ante el horror que él divisa ahora. Mira su caserío, efectivamente en llamas, y cree ver a su hija corriendo con el cuerpecillo desmadejado del nieto muerto, ve las ruinas del pueblo, convertido en un montón de escombros de donde surgen figuras fantasmales que huyen sin rumbo fijo.

(El Guernica en tres dimensiones)

Juan está parado bajo el estruendo de las sucesivas pasadas de los bombarderos, ajeno al peligro que corre. De entre la nube de humo y polvo, sale una paloma que vuela torpemente hacia él, como si tuviera rota una de las alas. Inexplicablemente, cree ver en ella la alegoría de la paz, y siente en todo ello un insufrible sarcasmo del destino,  la sigue con la mirada en su vuelo entrecortado, se le escapa una absurda risa demente y lanza al cielo una salvaje blasfemia, justo un momento antes de que una intensa luz cenital lo difumine para siempre.

Alberto Granados

Claveles de abril

Nosotros nos guardábamos de los idus de marzo, y de la “gristapo” (aquellos grises de la Policía Nacional), y de la Secreta (yo siempre les parecía a mis compañeros de carrera el poli infiltrado) y del TOP (el terrible Tribunal de Orden Público, al que se refirió el otro día Jiménez Villarejo, al valorar a algunos miembros de CGPJ). Nos parecía que el régimen tenía que caer algún día, pues ya era algo obsoleto e insostenible, aunque era aún muy peligroso. Cuando hablábamos de la larguísima duración, siempre salía la referencia portuguesa: el Estado Novo de Oliveira Salazar llevaba desde 1926 en el poder y, aunque nuestro vecino nos era tan desconocido como medio mundo censurado, siempre andábamos en comparaciones.

(Tomado de kalipedia.com)

 

Por eso nos chocó y admiró tanto, que aquel 25 de abril de 1974, los claveles se impusieran a la sinrazón. Fue uno de los motivos épicos de mi generación, un icono como el Guernica, la foto del Che o los retratos de distintos tonos de Marilyn Monroe hechos por Warhol. La clásica foto de los fusiles terminados en un clavel, dio la vuelta al mundo y se nos quedó cara de ser los últimos de nuestro contexto europeo. De hecho, cuando nos cruzábamos por los pasillos del entonces colegio universitario de Jaén, cantábamos con aire de complicidad. “Nos quedamos solos…”. Ya éramos, en efecto, la última dictadura del occidente europeo y mirábamos maravillados, como los niños en el circo, el milagro de un ejército que, en vez de amenazarnos con un golpe de estado, era apoyado por el pueblo en una revolución. Claveles y fusiles, pueblo y ejército, unidos contra Marcelo Caetano, el siniestro sucesor de Salazar.

 (Tomado de calimeradas)

 

 

Apenas pasada la medianoche del 25 de abril, Radio RenascenÇa emitió la señal pactada por los militares que preparaban el golpe: “Grándola, vila morena”, un tema musical de José Afonso, prohibido por el régimen. Las tropas salieron a la calle y el pueblo, se unió a ellos. El salazarismo cayó casi sin víctimas (se habló de cuatro muertos) y Portugal asombró al mundo entero y nos dejó con unas ansias de democracia definitivamente imparables.

La melodía que acompañó a la revolución “dos cravos” pasó a ser un tesoro, que se copiaba de casette en casette con los tristes medios de entonces: “Grandola, villa morena /terrra de fraternidade…” nos cantaba José Afonso, con voz de párroco dirigiéndose a sus catecúmenos, al tiempo que aquí soñábamos con tener coche (aquellos Seat 121), algo de dinero, viajes (“el extranjero”, enunciado así, ya era una paraíso soñado más que un territorio donde emigrar), ligues (se intuía que el sexo ya era posible)… y algo de libertad. Fue el aroma que aquellos claveles de abril dejaron en nuestro país.

Portugal vivió un período convulso, con dos o tres intentonas golpistas, y estuvo a punto de la guerra civil, pero en un par de años se votó una nueva constitución democrática y se sacudió la tutela de los militares que habían propiciado el golpe, entrando en una envidiable normalidad, mientras que aquí sólo se podía hablar de  “asociacionismo político”, un sucedáneo de los partidos, que –hay que recordarlo- estaban totalmente prohibidos (con la excepción del Movimiento Nacional, es decir, el fundado por los adláteres de Franco con el fin de revestir de ideología lo que era simplemente una sucia dictadura, llena de crímenes e injusticias). Y se hablaba también de “apertura”, en vez de hacerlo de democracia.

Hoy día, visto que el fascismo puro y duro es capaz de sentar en el banquillo al juez Garzón, como si esto que hoy os comento nunca hubiera tenido lugar, como si estos treinta y seis años no hubieran servido para nada, da la sensación de que la historia, terca e irreductible, se hubiera parado y ese parón nos dejara olor a cloaca en vez de aromas de claveles de abril.

Alberto Granados

Cuaversos de Bitácora: Ernesto Cardenal

Hace unos días me reencontré con un viejo librito que compré en 1979 y lo releí: los “Epigramas”, de Ernesto Cardenal, el cura revolucionario y enamoradizo que cantaba la teología de la liberación, la revolución sandinista o el odio al dictador  Anastasio Somoza, “Tachito”, con el mismo entusiasmo vitalista que a sus enamoradas, imaginarias o reales, siempre imitando los epigramas de Marcial. 

Disfruté con esa rápida relectura, así que he seleccionado doce epigramas, en el mismo orden en que aparecen en la edición que yo tengo (de Tusquets Editor, en colección Marginales, de 1978).

EPIGRAMAS

 

…pero no te escaparás de mis yambos…

(Catulo)

 

Te doy, Claudia, estos versos, porque tú eres su dueña.

Los he escrito sencillos para que tú los entiendas.

Son para ti solamente, pero si a ti no te interesan,

un día se divulgarán tal vez por toda Hispanoamérica.

Y si al amor que los dictó, tú también lo desprecias,

otras soñarán con este amor que no fue para ellas.

Y tal vez verás, Claudia, que estos poemas,

(escritos para conquistarte a ti) despiertan

en otras parejas enamoradas que los lean

los besos que en ti no despertó el poeta.

 

 

 

 

Otros podrán ganar mucho dinero

pero yo he sacrificado ese dinero

por escribirte estos cantos a ti

o a otra que cantaré en vez de ti

o a nadie

 

 

 

 

Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:

yo porque tú eras lo que yo más amaba

y tú porque yo era el que te amaba más.

Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:

porque yo podré amar a otras como te amaba a ti

pero a ti no te amarán como te amaba yo.

 

 

 

 

Muchachas que algún día leáis emocionadas estos versos

y soñéis con un poeta:

sabed que yo los hice para una como vosotras

y que fue en vano.

 

 

 

 

Esta será mi venganza:

Que un día llegue a tus manos el libro de un poeta famoso

y leas estas líneas que el autor escribió para ti

y tú no lo sepas.

 

 

 

Me contaron que estabas enamorada de otro

y entonces me fui a mi cuarto

y escribí ese artículo contra el Gobierno

por el que estoy preso.

 

 

Mural sandinista (de lavozdelsandinismo.com)

 

 

 

 

 

Tú que estás orgullosa de mis versos

pero no porque yo los escribí

sino porque los inspiraste tú

y a pesar de que fueron contra ti:

 

Tú pudiste inspirar mejor poesía.

Tú pudiste inspirar mejor poesía.

 

 

 

 

Yo he repartido papeletas clandestinas,

gritando: ¡VIVA LA LIBERTAD! en plena calle

desafiando a los guardias armados.

Yo participé en la rebelión de abril:

pero palidezco cuando paso por tu casa

y tu sola mirada me hace temblar.

 

 

 

(De redcultura.com)

 

 

Tú has trabajado veinte años

para reunir veinte millones de pesos.

Pero nosotros daríamos veinte millones de pesos

Para no trabajar como tú has trabajado.

 

 

 

 

Tú no mereces siquiera un epigrama.

 

 

 

 

Tus ojos son una luna que riela en una laguna negra

y tu pelo las olas negras bajo el cielo sin luna

y el vuelo de la lechuza en la noche negra.

 

 

 

 

¡Mi gatita tierna, mi gatita tierna!

¡como estremecen a mi gatita tierna

mis caricias en su cara y su cuello

Y vuestros asesinatos y torturas!

 

 

 

Creo que es todo un lujo. Todo un alarde de complicada y sutil sencillez.

Alberto Granados

Publicación

Hace unos meses, subí a la Alhambra y visité, entre otras cosas, el Museo de Bellas Artes, donde encontré este cuadro de López Mezquita, llamado “Dos hermanas”.

 (López Mezquita, “Dos hermanas”, tomado dehttp://www.juntadeandalucia.es/cultura/museos/GENERICO/S2_3_1_1nolupa.jsp?idpieza=643&pagina=3 )

No sé la intrahistoria de ambas mujeres, pero sus semblantes me parecieron contener una inquietante historia de soledades compartidas. El cuadro empezó a sugerirme evidencias y tuve que escribir un relato, en el que contaba sus vidas. Lo inserté en mi antiguo blog, donde recibió una crítica favorable a través de doce comentarios muy generosos (sois buenos cómplices y siempre exageráis, eso es verdad). Unas horas después, recibí una sugerencia de un amigo (siempre generoso conmigo) y retiré del blog mi cuentecillo para enviarlo a un libro colectivo de relatos de crimen. Hubo que retocarlo para que entrara dentro de las condiciones de la convocatoria.

 

El sábado, en la Casa de los Tiros y dentro del progrma de actividades de la Feria del Libro, se presentó el libro, titulado “Bloody Mary. Relatos de crimen”, una colección de dieciséis cuentos cuya autoría recae, básicamente, en los miembros de la Tertulia del Salón, a la que yo no pertenezco y que me han acogido en esta publicación. Lo edita la editorial El Defensor de Granada y el prólogo va a cargo de Melchor Saíz Pardo, el antiguo Director del diario Ideal y actual Defensor del Ciudadano.

La nómina de autores está formada por: Gregorio Morales (“La realidad y el sueño”), José Luis Muñoz (“Beso de sangre”), Fernando de Villena (“El busto y el penitenciario”), José Vicente Pascual (“La huida”), César Girón (“La corazonada”), Rosa María Nadal (”El otro perfil”), Miguel Arnas Coronado (“Ella despertó antes”), Celia Correa Góngora (“Hieles y mieles”), José Antonio López Nevot (“Firmes propósitos para el verano”), Pilar Redondo Pacheco (“Amantes de la noche”), José Luis Gärtner (“La caja 2M”), Charo Blanco (“Más rojo en el lienzo”),  Ana Morilla Palacios (“Femme fatale”), después aparezco yo con mi relato, que finalmente se ha titulado “Hermanas”, Carolina Murcia López (“El París de Lorca”) y cierra la nómina Ángel Olgoso (“Los zopilotes”). Para cada uno de ellos y ellas, un fraternal abrazo, ya que no he tenido ocasión de saludarlos.

 

El libro, que iba a estar para navidades, ha tardado casi cuatro meses más en editarse y yo llegué a pensar que mi primer intento editorial se quedaba en nada (algún otro autor retiró su aportación por diversos motivos), así que me ha resultado extrañísimo ver mi nombre y mi relato en papel impreso. Una rara sensación que me desconcierta. No os extrañe que ahora sienta una vanidad que antes no tenía: algunos de vosotros habéis sido los que me habéis metido en la cabeza publicar, algo que, cuando empecé a escribir en mi blog, nunca me había planteado. Ahora estáis obligados a inflar mi ego, que también lo tengo. Os lo habéis buscado.

Mi agradecimiento a quien me ha demostrado su apoyo, cortesía y delicadeza y ha hecho posible mi primera publicación.

Alberto Granados

ESTATUAS

LAS ESTATUAS DE GRANADA (Divertimento escénico)

 

 

Dramatis Personae

GONZALO FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, el  Gran Capitán (y mal contable)

ELENA MARTÍN VIVALDI, poetisa

FEDERICO GARCÍA LORCA, poeta y dramaturgo asesinado por los fascistas

MANUEL BENÍTEZ CARRASCO, poeta albayzinero

JUAN DE LA CRUZ, fraile y poeta místico

MANUEL DE FALLA, compositor

PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN, novelista y cronista de guerra

MARÍA CORTÉS HEREDIA, “La Canastera”, bailaora de flamenco en una zambra del Sacromonte.

EUGENIA DE MONTIJO, Emperatriz de Francia

SALVADOR SÁNCHEZ POVEDANO, “Frascuelo”, torero

FRAY LEOPOLDO DE ALPANDEIRE, fraile limosnero

JUAN DE DIOS, fraile fundador del Hospital Real y de la orden de su nombre

 

(Un atardecer cualquiera, soleado y primaveral, en la granadina Avenida de la Constitución. La gente pasa continuamente en ambos sentidos y se para a mirar las estatuas. Los más descarados, les echan el brazo por encima del hombro, les meten el dedo en las narices o hacen cualquier gracieta que fotografían con cámaras o teléfonos móviles, para colgar las imágenes en Facebook o en Twenti. El ruido del tráfico y algunas conversaciones sirven de marco sonoro a la conversación de las estatuas.)

(La poeta Elena Martín Vivaldi. Obra de José Antonio Castro Vílchez)


ELENA: Estoy hasta el gorro de tanta gente. ¡Hay que ver la ocurrencia de este Concejal! A mí me tenían que haber puesto en un sitio recogido, intimista, algo así como un jardín romántico, algo como para mi poesía… y no aquí, viendo a gente de lo más raro, oyendo todo el día el violín del rumano ese que toca continuamente “Bésame mucho”… Para besos estoy yo…

FEDERICO: Ay, niña, no te quejes que me da reconcomio. A mí me debían haber dejado en la Huerta de San Vicente y mira, aquí al sol y con el cabezón que me ha puesto el tío este… (Aparte) Como que parece que ni el Alcalde ni los Concejales  tienen dos dedos de frente, que no se dan cuenta de nada: me ponen junto a un militar, a mí, que me acuerdo del “capitán Sartenes” y me entra un desmayo… ¡como que me pegaron dos tiros, que no fue una broma! ¡La humillación y el miedo que pasé!

 

(Federico García Lorca. Obra de Juan Antonio Corredor)

ELENA: Sí, pero tú tienes al lado a Manolo Benítez y podéis hablar de poesía, pero yo, ya ves, con el cabezahueca del Gran Capitán, tan antiguo y tan animal, si es que ni sabía sumar, ni hacer cuentas, vamos… El otro día me dijo que si fuera por él, le habría metido un mandoble al imbécil que me hizo una pintada en la frente…

 

(D. Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Obra de Miguel Moreno)

GONZALO: Eh, mi señora, que os he oído. Porque sois una dama, que si no ya os habría hecho tragar acero, como quise hacerle al mentecato de la ultrajante marca sobre vuestra noble frente, más tersa que el mármol…

PEDRO ANTONIO: Haya paz, señores, que tenemos a una Emperatriz delante. Yo, miren ustedes, estoy bien aquí: total, si no me ponen aquí, me iban a poner en mi calle, llena de bares y kebabs…

 

(Pedro Antonio de Alarcón. Obra de Miguel Barranco)

 

FEDERICO: María, chiquilla, échate un baile, una cosa gitana y fina, que nos entretengamos, que aquí todo el día mirando lo mismo…

(Se arranca a cantar por bulerías)

Canastera, canastera,

Gitanita y canastera…

 

(La bailaora María Cortés Heredia, “La Canastera”. Obra de José Antonio Castro Vílchez)

 

MARÍA: ¿Qué más querría yo, niño? Pero tengo los pies medio clavaos y así a ver quién se echa un baile, pero mira, que no creas que se me ha orvidao lo que tú escribías:

(Cantando)

La luna es un pozo chico,

Las flores no valen nada,

Lo que valen son tus brazos…

Lo bailábamos en la zambra, pero nunca delante del público, que a ti hubo un tiempo mu largo que ni mentarte… y todos sabemos por qué.

GONZALO: Señora, qué bien os entonáis, parecéis napolitana…

MARÍA: (Zalamera) No, mi capitán, del Sacromonte por los cuatro costaos y gitana de los pies a la cabeza. (Aparte) ¡Ay!, ¿qué tendrá este tío en la cabeza?

 

(Cabeza hueca: así no le salían las cuentas)

 

SALVADOR: Os quejáis por quejaros. Si no hubiera señoras, y de categoría, os iba a contar lo que me tira la taleguilla, que me aprieta, ya sabéis donde… Y encima, me trago más tráfico que todos vosotros juntos, que es que me pilla la curva. Y anda que esta ciudad está para tráficos… A mí me tenían que haber puesto aquí al lado, en la Plaza de Toros, pero eso seguro que lo guardan para el Fandi, que torea bien, no digo yo que no, pero es que yo estoy antes… ¿o es que ya nadie se acuerda de aquella tarde mía en la Maestranza?

 

(Salvador Sánchez Povedano, “Frascuelo”. Obra de Ramiro Megías)

 

EUGENIA: ¡Si supierais lo que echo de menos las fuentes de Versalles y el lujo de palacio! Eso era esplendor y no esta calle, llena de vagabundos y borrachos… Era para que os sintierais orgullosos de mí, que nací aquí y llegué a lo más alto de Europa: Emperatriz de los franceses. Aunque la verdad es que apenas estuve en esta ciudad y que metí la pata con lo de Méjico y con lo del Papa, pero… es que aquí me conocéis sólo por el couplé de la Piquer, que si no, ni eso: un colegio, una calle y un bronce, que además me deja medio despechugada como cualquier ordinaria, con lo refinada que yo siempre fui… Vamos, lo que se dice toda una emperatriz. Yo viví de lleno la grandeur, el glamour, oh, la, la!


(Eugenia de Montijo, Emperatriz de Francia. Obra de Miguel Barranco)

 

MARÍA: Eh, señora, sin fartar, ¿sabe usted? Que usted será to lo emperatriz y to lo refiná que quiera, pero hay que mejorar a los presentes, que a usted no la veía nadie y a mí me vio bailar un montón de gente de mucho porvenir, que yo no es por exagerar, ¿sabe usted?, pero yo fui alguien.

 

(Manuel de Falla. Obra de Ramiro Megías)

 

MANUEL DE FALLA: Yo tendría que estar en el silencio de mi carmen, en mi Antequeruela, que aquello sí que era paz, y no el ruidazo este, las mil músicas de los coches que pasan, el hip-hop de los descerebrados estos de las ventanillas abajo. Y tú, Elena, deberías estar en el Botánico, debajo del árbol ese, ¿cómo se llamaba?

ELENA: El ginkgo biloba. ¿Te gusta el poema?  Decía así:

Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz…

MANUEL BENÍTEZ: Yo me conformaría con estar al otro lado de la calle, que ahí podría ver algo de mi Albayzín, no que aquí, sólo veo el bloque de enfrente, que bien feo que es… Si es que ya no hay sensibilidad en Granada.

 

(El místico Juan de la Cruz. Obra de Miguel Moreno)

 

 

 

 

JUAN DE LA CRUZ: Hermanos míos, os quejáis sin motivo, que a mí me han puesto con los pies ardiendo y encima, mirando para arriba, que me duele el cuello. ¿Por qué a los místicos nos retratan siempre así, como si fuéramos tontos de baba? Somos gente normal, lo único especial son esos arrebatos.  Me tendréis que contar lo que pasa, que yo sólo veo las avecillas y las nubes… ¡Lo que me acuerdo de mi hermana Teresa, la que me decía “mi medio hombre”, a la que tanto amaba! Si es que a mí me tendrían que haber dejado en los Mártires, ¿qué hago yo aquí, en el centro de una ciudad que me resulta tan ajena? Un día me pongo a levitar y me voy, a ver lo que dice el Alcalde.

FEDERICO:

Volé tan alto, tan alto,

que a la caza le di alcance…

¡Precioso, Juanito!, pero si despegas,  aquí se lía, te lo digo yo. Como poco, se formaba otra comisión… ¡anda que la que le iba a caer al pobre Garzón! Mirad lo que pasa conmigo, que no me encuentra nadie, vamos, ¡ni el Gibson! Anda, que si yo hablara… Pues lo que faltaba, que San Juan de la Cruz se nos fuera por esos cielos…

FRAY LEOPOLDO: Hermanos míos, sois muy delicados y os quejáis de todo. Y eso que estáis en la Avenida que fue más bonita en toda Granada. Ahora no, ahora es fea con ganas, desarbolada, ruidosa… Vamos, lo que se dice cateta, pero cateta de verdad. Aunque eso sí, el parking le dará de comer a más de uno… que ya hubiera yo querido un pelotazo así para mis necesitados. La de veces que yo he atravesado esta avenida para pedirle a la gente de posibles que se acordara de los más pobres… Y a mí entonces me hacían caso, pero ahora… ahora creo que me echarían los de seguridad, que la gente cada vez es más egoísta.

MARÍA: Yo no quiero hablar, pero esta ciudad es mu mala. A ti, Federico, te mataron por cosas que me callo y yo triunfé, pero mi trabajo me costó, que soy gitanita y eso no gusta aquí, aunque para los turistas somos lo mejor… y eso, en parte, por tu Romancero, ese mismo que te han puesto en la estatua…

PEDRO ANTONIO: Aquí cuesta trabajo que se te reconozca algún mérito. De mí, casi se han olvidado, que la otra tarde una chica le explicó a su novio quién era yo: Pedro Antonio de Alcorcón, dijo la muy… Ahora todo el reconocimiento es para ese Pérez Reverte, pero el primero que hizo crónicas de una guerra fui yo, cuando lo de África… Si aquí escribir es un sinvivir. ¡Ay, la envidia! En esta tierra, siempre se ha premiado a lo más mediocre y se le ha vuelto la espalda a lo más brillante, ¿verdad, Federico? Si hasta cuando se nos homenajea es a base de adocenarnos con estatuas sembradas al voleo, como el que dice al por mayor, como si fuera un mocho

 

(Manuel Benítez Carrasco. Obra de Juan Antonio Corredor)

 

MANUEL BENÍTEZ: Siempre ha sido así. Esto siempre ha funcionado por cofradías y grupos. Y por padrinos. Yo tuve que irme a Madrid, a Méjico… Y me duele que sólo después de morirme se me reconozca en mi tierra… Y encima me ponen la mano en una postura que parece que voy a estar saludando al Alcalde y al Concejal de Cultura por los siglos de los siglos…

GONZALO: Lo peor es que estamos desprotegidos por los dos flancos. Desde estos altos edificios que nos rodean, nos podrían atacar los turcos, los genoveses, los franceses, todos los enemigos del Imperio. Bastaría con apostar una compañía de arcabuceros y…

EUGENIA: Basta, señor Capitán, que esa estrategia ya no sirve, ni existen tales enemigos. Ahora vienen a hacer turismo y sacar fotos, nada más, no a invadir imperios.

ELENA: Ahora los enemigos principales  son la estupidez, la vulgaridad, el populismo más rastrero, de palillo de dientes en la boca, de boina, caspa y sobaquina… que eso es lo que la gente quiere.

EUGENIA: ¡Cuánta verdad ha dicho usted, señora! Granada se merece otra cosa, que es una ciudad muy hermosa y está ahora peor que nunca…

FEDERICO: ¡Bien dicho, Reina mía! Si es que yo tenía que haber escrito un drama y usted y don Napoleón, de protagonistas. Ya parece que veo a la Xirgu metida en el papel, con un vestuario fastuoso, unas joyas muy bien imitadas, unos diálogos llenos de poesía cursi, de la que yo escribía…

MARÍA: Y yo en el cuadro de baile, mi niño. ¿O no ibas a meter música para bailaoras?

SALVADOR: ¿Y un torerillo? ¿No podrías meterme a mí también en la farándula?

FEDERICO: Pues…, no sé yo, ¿eh?

JUAN DE DIOS: ¿Y un santo? ¿Un santo milagrero, con una iglesia llena de exvotos de cera y trenzas de mujer hermosa y yerma? Eso te quedaría muy bien. A mí ya me lo hizo Martín Recuerda y me gustó, ¿para qué decir que no?

JUAN DE LA CRUZ: ¡Un místico! Donde se ponga un místico…

FRAY LEOPOLDO: Digo yo, y perdonad la inmodestia, que  también podría entrar en la comedia un fraile limosnero. Con mi cestilla… mis sandalias… ¡Eso da un lustre…!

FEDERICO: (Aparte) Son como críos. Les prueba la vanidad, pero bueno, eso es muy humano, no como la barbarie que yo viví… Me han puesto triste, muy triste. Me han hecho recordar que esta ciudad me mató y me tiró a una cuneta, como a otros miles de personas inocentes. Me gustaría llorar, pero soy sólo una estatua instalada aquí por un alcalde de la derecha… como la que me mató…

Me temo, amigos, que todo eso es ya pura quimera. Que un general dijo que me dieran mucho café y alguien con ganas de cumplir órdenes asesinas me mató. Ya no sirvo nada más que para estatua. Ya no puedo hacer otra cosa que salir en fotos de los turistas, que vivir en el recuerdo y en la atmósfera fría de los museos y las bibliotecas… y a veces temo que, a pesar de esta estatua, esta Granada llena de contradicciones e hipocresía  me volverá a matar con el olvido… ¡Pobre de mí!

(FEDERICO hace un puchero y, de repente, la tristeza cunde entre los bronces y se acalla la conversación. La tarde declina y a lo lejos, allá por Parapanda, se pone el sol y la última golondrina pasa, piando agudamente,  en vuelo rasante por entre las estatuas. Mansa, resignadamente, cae el TELÓN.)

Alberto Granados

República

Mañana se cumplirán setenta y nueve años del advenimiento de la II República Española, que tan trágico final tuvo en España y que fue liquidada definitivamente, como régimen en el exilio, tras las elecciones generales de 1977 (Declaración de la Presidencia y del Gobierno de la República Española en el exilio el 21 de junio de 1977).

 

Tengo que confesar que, la República, siendo racionalmente más equitativa y justa que la monarquía, no es mi mayor prioridad política. Creo que es más urgente conciliar ciertos impulsos nacionalistas y segregacionistas, que, en los tiempos de la aldea global, desean marcar parcelas excluyentes en nombre de falsos argumentos culturales y hasta étnicos, para mí absolutamente irrelevantes.

 

Hoy traigo a esta Antología de textos, la definición de república de Haro Tecglen,  en su “Diccionario Político”, de 1974.

“REPÚBLICA. Forma de gran carga histórica que carece de un contenido claro en la actualidad. Fundada en que el gobierno del Estado es res publica, o cosa de todos, implica la existencia de democracia –de la cual es equivalente- y la igualdad de todos en derechos y obligaciones y representa, por lo tanto, lo contrario de monarquía, o gobierno de uno solo. En la actualidad hay repúblicas privadas enteramente de ese contenido; muchas autocracias, muchos absolutismos, muchos Estados regidos por oligarquías y sin ninguna representación popular ni sistemas de participación en los asuntos públicos, llevan el nombre de repúblicas, incorporado incluso al propio de la nación. Por el contrario, aparecen monarquías formales en las que el rey es un simple vestigio decorativo, un emblema que equivale a una bandera o a un escudo vivientes, pero que en la realidad se gobiernan como repúblicas, porque el poder está repartido entre los gobiernos y las asambleas por vía electoral. La distinción más clara que puede hacerse hoy entre república y monarquía es que el presidente de aquella tiene acceso al poder por vía electoral, por el apoyo de un grupo fuerte o por la violencia, mientras que el rey transmite su función por vía hereditaria.” (Eduardo Haro Tecglen)

Como señalaba el viejo maestro, no todo está en el nombre de un régimen. Yo espero, sin prisas, la Tercera, pero con otros viejos asuntos ya zanjados. No tengo ninguna prisa republicana.

Alberto Granados

Gilda

Este triste país nuestro parece estar eternamente condenado a la censura, ese estigma que hace que lo que yo llamo “la bien-pensancia” decida qué es bueno o qué es malo para los demás, como si los demás nunca estuviéramos en disposición de decidir por nosotros mismos, de definir nuestras propias posiciones éticas. Como si la sensatez adulta y clarividente no les llegara nada más que a ellos.

Hoy recojo un testimonio del diario Ideal en 1949, el año de mi nacimiento, en que el Arzobispo casi anatemiza a quien vaya a ver a  Rita Hayworth en aquella “Gilda” que se desnudaba los guantes, todo un fetiche que, tal vez le elevara la moral de guerra al Arzobispo.

 

El texto, que no aparece con mucha nitidez, dice así:

ARZOBISPADO

LA PELÍCULA “GILDA” NO PUEDE SER PROYECTADA Y QUEDA PROHIBIDA PARA TODO CATÓLICO.

Los periodistas y locutores tampoco podrán propagarla.

El “Boletín Oficial del Arzobispado” publica el siguiente decreto declarando gravemente inmoral y escandalosa una película cinematográfica:

Habiendo tenido noticia, con profundo dolor de Nuestra alma, de que en varios cines, así de la capital como de los pueblos de la archidiócesis, se proyecta de vez en cuando la película denominada “Gilda”, no obstante la calificación de la censura diocesana “No debe verse” y la expresa y terminante prohibición de varios Prelados españoles, declaramos y advertimos a nuestros amadísimos diocesanos que la referida película es gravemente inmoral y escandalosa, como quera que en su desarrollo y en su desenlace conculca abiertamente las normas fundamentales de la moral cristiana.

Consiguientemente, por derecho natural y eclesiástico, ha de tenerse por ilícita y prohibida para todo católico, advirtiendo que ni los empresarios podrán proyectarla, ni los periodista y locutores propagarla o recomendarla, ni los fieles en general presenciarla, sin onerar su conciencia con culpa grave; y que a los obstinados y contumaces deberán los confesores negarles la absolución.

Sin que obste ni pueda alegarse en contrario cualquier otro juicio, censura o recomendación.

Dado en Granada a diez de Noviembre de 1949.

+ Balbino, Arzobispo de Granada

Los señores párrocos y consiliarios de Acción Católica deben dar a conocer este decreto a los fieles.

Este suelto sería para mondarse de risa, si no encerrara detrás toda una historia de persecuciones, represiones y connivencias con un régimen tan repugnante como el franquismo (¡Ay, Garzón!). Pero como hay que reírse de la vida, os traigo una divertidísima anécdota sacada del blog de don Francisco Gil Craviotto, “La mano quemada”:

“Para hacerse una idea de lo que era aquel furor católico-fascista voy a recordar una anécdota ocurrida en Granada en los años cincuenta, en la época en que era arzobispo de dicha diócesis don Balbino Santos y Olivera, un santo varón que ya había condenado al infierno a todo osado que se atreviese a ver la película “Gilda”, la gran bestia negra de curas y obispos de aquellos años. Había entonces en la Plaza del Campillo un café, “El Alameda”, tiempo atrás famoso por haber albergado la renombrada tertulia “El Rinconcillo” -a ella habían asistido Lorca y sus amigos-, que, después de la guerra, se convirtió en café cantante. Tardes y noches actuaba allí una modesta orquestina y la folclórica de turno -entonces las llamaban vocalistas-, que, con más voluntad que arte, interpretaba las canciones de moda. Un público exclusivamente masculino, mientras se tomaba su copita de anís o su taza de café adulterado, admiraba el escultural cuerpo de la cantante y disfrutaba viéndole las piernas cada vez que ésta, al compás de la música, hacía un molinete y le volaban las faldas. No era mucho, apenas una breve instantánea, pero era lo único que se permitía en aquella Granada del puritanismo y el estraperlo. Los sábados había unos llenos impresionantes y los parroquianos, ganados por la música y el alcohol, se lanzaban coreando cuanto cantase la folclórica. Otros, a través de los camareros, le enviaban un papelito pidiendo tal o cual canción. Fue así como aquella noche memorable, cuantos estaban en la sala se quedaron pasmados al ver que la vocalista se acercaba al micrófono y, muy sonriente, anunció al distinguido público: “Y a continuación, pedida por el simpatiquísimo Balbino Santos y Olivera, voy a cantar “Amado mío”.

“El simpatiquísimo Balbino”, como ya queda dicho, era el arzobispo de Granada y “Amado mío” la canción insignia de la película “Gilda”. En seguida comenzó: “Amado mío, te quiero tanto…” No llegó a terminarla. Antes de llegar al final, ya estaba la policía en el local repartiendo mandobles y deteniendo a todo el mundo. Gritos, vergajazos, tazas, platos y vasos que se hacían añicos en el suelo, gente que corría en busca de la puerta o la ventana más próxima. El caos total en cuestión de minutos. Nunca se pudo averiguar quién fue el autor de tan simpática broma y todos los detenidos, incluida la folclórica, día tras día, fueron puestos en libertad; pero muy en sigilo por los mentideros de Granada corrió el nombre de un joven poeta: José García Ladrón de Guevara. Muchos años después, mientras consumíamos sendas cervezas, el ahora prestigioso poeta me confirmó la autoría de los hechos. (Francisco Gil Craviotto)”

Viendo el cuerpazo de la actriz, su baile, su constante insinuación… se comprende que el buen don Balbino pasara noches desveladas y se pusiera tan beligerante como Glenn Ford. A fin de cuentas, la iglesia siempre ha tenido a la mujer en muy baja consideración (era un saco de excrementos, según San Agustín) y el acto fundacional de la religión sostiene que Eva, con “sus cosas”, perdió al género humano, así que por qué no se va a condenar una buena película, si ver a una mujer atractiva mover las caderas era mucho más grave que los casos de pederastia o el apoyo incuestionado a un régimen fascista. ¡Censores tiene la Iglesia!

Alberto Granados

Cerdá y Rico

Hoy he estado revisando y puliendo relatos y me he encontrado con un comentario de mi desaparecido comentarista El Tercero (parece que ha abandonado su magnífico blog y espero que no sea por nada grave), en que me instaba a ocuparme de la obra de un fotógrafo hasta entonces desconocido para mí: Arturo Cerdá y Rico.

Lo hice y me encontré con una biografía apasionante y una magnífica obra fotográfica, una fotografía costumbrista, que juega con el blanco y negro y sorprende aún más al saber que él llevaba a cabo todo el proceso. Hoy os traigo algunas de sus imágenes y la convocatoria de un certamen de relatos sobre una de sus fotografías.

(El tejar)

 

 

 

 

 

(Encendiendo el cigarro)

 

 

 

 

 

(El Prior Pugnaire en el patio)

 

 

 

 

 

Las imágenes, tomadas de la Asociación Cultural Cerdá y Rico, me parecen dignas de conocerse. Se trata de un indiscutible gran fotógrafo.

 

 

Alberto Granados

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