ESTATUAS
LAS ESTATUAS DE GRANADA (Divertimento escénico)
Dramatis Personae
GONZALO FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, el Gran Capitán (y mal contable)
ELENA MARTÍN VIVALDI, poetisa
FEDERICO GARCÍA LORCA, poeta y dramaturgo asesinado por los fascistas
MANUEL BENÍTEZ CARRASCO, poeta albayzinero
JUAN DE LA CRUZ, fraile y poeta místico
MANUEL DE FALLA, compositor
PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN, novelista y cronista de guerra
MARÍA CORTÉS HEREDIA, “La Canastera”, bailaora de flamenco en una zambra del Sacromonte.
EUGENIA DE MONTIJO, Emperatriz de Francia
SALVADOR SÁNCHEZ POVEDANO, “Frascuelo”, torero
FRAY LEOPOLDO DE ALPANDEIRE, fraile limosnero
JUAN DE DIOS, fraile fundador del Hospital Real y de la orden de su nombre
(Un atardecer cualquiera, soleado y primaveral, en la granadina Avenida de la Constitución. La gente pasa continuamente en ambos sentidos y se para a mirar las estatuas. Los más descarados, les echan el brazo por encima del hombro, les meten el dedo en las narices o hacen cualquier gracieta que fotografían con cámaras o teléfonos móviles, para colgar las imágenes en Facebook o en Twenti. El ruido del tráfico y algunas conversaciones sirven de marco sonoro a la conversación de las estatuas.)

(La poeta Elena Martín Vivaldi. Obra de José Antonio Castro Vílchez)
ELENA: Estoy hasta el gorro de tanta gente. ¡Hay que ver la ocurrencia de este Concejal! A mí me tenían que haber puesto en un sitio recogido, intimista, algo así como un jardín romántico, algo como para mi poesía… y no aquí, viendo a gente de lo más raro, oyendo todo el día el violín del rumano ese que toca continuamente “Bésame mucho”… Para besos estoy yo…
FEDERICO: Ay, niña, no te quejes que me da reconcomio. A mí me debían haber dejado en la Huerta de San Vicente y mira, aquí al sol y con el cabezón que me ha puesto el tío este… (Aparte) Como que parece que ni el Alcalde ni los Concejales tienen dos dedos de frente, que no se dan cuenta de nada: me ponen junto a un militar, a mí, que me acuerdo del “capitán Sartenes” y me entra un desmayo… ¡como que me pegaron dos tiros, que no fue una broma! ¡La humillación y el miedo que pasé!

(Federico García Lorca. Obra de Juan Antonio Corredor)
ELENA: Sí, pero tú tienes al lado a Manolo Benítez y podéis hablar de poesía, pero yo, ya ves, con el cabezahueca del Gran Capitán, tan antiguo y tan animal, si es que ni sabía sumar, ni hacer cuentas, vamos… El otro día me dijo que si fuera por él, le habría metido un mandoble al imbécil que me hizo una pintada en la frente…

(D. Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Obra de Miguel Moreno)
GONZALO: Eh, mi señora, que os he oído. Porque sois una dama, que si no ya os habría hecho tragar acero, como quise hacerle al mentecato de la ultrajante marca sobre vuestra noble frente, más tersa que el mármol…
PEDRO ANTONIO: Haya paz, señores, que tenemos a una Emperatriz delante. Yo, miren ustedes, estoy bien aquí: total, si no me ponen aquí, me iban a poner en mi calle, llena de bares y kebabs…

(Pedro Antonio de Alarcón. Obra de Miguel Barranco)
FEDERICO: María, chiquilla, échate un baile, una cosa gitana y fina, que nos entretengamos, que aquí todo el día mirando lo mismo…
(Se arranca a cantar por bulerías)
Canastera, canastera,
Gitanita y canastera…

(La bailaora María Cortés Heredia, “La Canastera”. Obra de José Antonio Castro Vílchez)
MARÍA: ¿Qué más querría yo, niño? Pero tengo los pies medio clavaos y así a ver quién se echa un baile, pero mira, que no creas que se me ha orvidao lo que tú escribías:
(Cantando)
La luna es un pozo chico,
Las flores no valen nada,
Lo que valen son tus brazos…
Lo bailábamos en la zambra, pero nunca delante del público, que a ti hubo un tiempo mu largo que ni mentarte… y todos sabemos por qué.
GONZALO: Señora, qué bien os entonáis, parecéis napolitana…
MARÍA: (Zalamera) No, mi capitán, del Sacromonte por los cuatro costaos y gitana de los pies a la cabeza. (Aparte) ¡Ay!, ¿qué tendrá este tío en la cabeza?

(Cabeza hueca: así no le salían las cuentas)
SALVADOR: Os quejáis por quejaros. Si no hubiera señoras, y de categoría, os iba a contar lo que me tira la taleguilla, que me aprieta, ya sabéis donde… Y encima, me trago más tráfico que todos vosotros juntos, que es que me pilla la curva. Y anda que esta ciudad está para tráficos… A mí me tenían que haber puesto aquí al lado, en la Plaza de Toros, pero eso seguro que lo guardan para el Fandi, que torea bien, no digo yo que no, pero es que yo estoy antes… ¿o es que ya nadie se acuerda de aquella tarde mía en la Maestranza?

(Salvador Sánchez Povedano, “Frascuelo”. Obra de Ramiro Megías)
EUGENIA: ¡Si supierais lo que echo de menos las fuentes de Versalles y el lujo de palacio! Eso era esplendor y no esta calle, llena de vagabundos y borrachos… Era para que os sintierais orgullosos de mí, que nací aquí y llegué a lo más alto de Europa: Emperatriz de los franceses. Aunque la verdad es que apenas estuve en esta ciudad y que metí la pata con lo de Méjico y con lo del Papa, pero… es que aquí me conocéis sólo por el couplé de la Piquer, que si no, ni eso: un colegio, una calle y un bronce, que además me deja medio despechugada como cualquier ordinaria, con lo refinada que yo siempre fui… Vamos, lo que se dice toda una emperatriz. Yo viví de lleno la grandeur, el glamour, oh, la, la!

(Eugenia de Montijo, Emperatriz de Francia. Obra de Miguel Barranco)
MARÍA: Eh, señora, sin fartar, ¿sabe usted? Que usted será to lo emperatriz y to lo refiná que quiera, pero hay que mejorar a los presentes, que a usted no la veía nadie y a mí me vio bailar un montón de gente de mucho porvenir, que yo no es por exagerar, ¿sabe usted?, pero yo fui alguien.

(Manuel de Falla. Obra de Ramiro Megías)
MANUEL DE FALLA: Yo tendría que estar en el silencio de mi carmen, en mi Antequeruela, que aquello sí que era paz, y no el ruidazo este, las mil músicas de los coches que pasan, el hip-hop de los descerebrados estos de las ventanillas abajo. Y tú, Elena, deberías estar en el Botánico, debajo del árbol ese, ¿cómo se llamaba?
ELENA: El ginkgo biloba. ¿Te gusta el poema? Decía así:
Un árbol. Bien. Amarillo
de otoño. Y esplendoroso
se abre al cielo, codicioso
de más luz…
MANUEL BENÍTEZ: Yo me conformaría con estar al otro lado de la calle, que ahí podría ver algo de mi Albayzín, no que aquí, sólo veo el bloque de enfrente, que bien feo que es… Si es que ya no hay sensibilidad en Granada.

(El místico Juan de la Cruz. Obra de Miguel Moreno)
JUAN DE LA CRUZ: Hermanos míos, os quejáis sin motivo, que a mí me han puesto con los pies ardiendo y encima, mirando para arriba, que me duele el cuello. ¿Por qué a los místicos nos retratan siempre así, como si fuéramos tontos de baba? Somos gente normal, lo único especial son esos arrebatos. Me tendréis que contar lo que pasa, que yo sólo veo las avecillas y las nubes… ¡Lo que me acuerdo de mi hermana Teresa, la que me decía “mi medio hombre”, a la que tanto amaba! Si es que a mí me tendrían que haber dejado en los Mártires, ¿qué hago yo aquí, en el centro de una ciudad que me resulta tan ajena? Un día me pongo a levitar y me voy, a ver lo que dice el Alcalde.
FEDERICO:
Volé tan alto, tan alto,
que a la caza le di alcance…
¡Precioso, Juanito!, pero si despegas, aquí se lía, te lo digo yo. Como poco, se formaba otra comisión… ¡anda que la que le iba a caer al pobre Garzón! Mirad lo que pasa conmigo, que no me encuentra nadie, vamos, ¡ni el Gibson! Anda, que si yo hablara… Pues lo que faltaba, que San Juan de la Cruz se nos fuera por esos cielos…
FRAY LEOPOLDO: Hermanos míos, sois muy delicados y os quejáis de todo. Y eso que estáis en la Avenida que fue más bonita en toda Granada. Ahora no, ahora es fea con ganas, desarbolada, ruidosa… Vamos, lo que se dice cateta, pero cateta de verdad. Aunque eso sí, el parking le dará de comer a más de uno… que ya hubiera yo querido un pelotazo así para mis necesitados. La de veces que yo he atravesado esta avenida para pedirle a la gente de posibles que se acordara de los más pobres… Y a mí entonces me hacían caso, pero ahora… ahora creo que me echarían los de seguridad, que la gente cada vez es más egoísta.
MARÍA: Yo no quiero hablar, pero esta ciudad es mu mala. A ti, Federico, te mataron por cosas que me callo y yo triunfé, pero mi trabajo me costó, que soy gitanita y eso no gusta aquí, aunque para los turistas somos lo mejor… y eso, en parte, por tu Romancero, ese mismo que te han puesto en la estatua…
PEDRO ANTONIO: Aquí cuesta trabajo que se te reconozca algún mérito. De mí, casi se han olvidado, que la otra tarde una chica le explicó a su novio quién era yo: Pedro Antonio de Alcorcón, dijo la muy… Ahora todo el reconocimiento es para ese Pérez Reverte, pero el primero que hizo crónicas de una guerra fui yo, cuando lo de África… Si aquí escribir es un sinvivir. ¡Ay, la envidia! En esta tierra, siempre se ha premiado a lo más mediocre y se le ha vuelto la espalda a lo más brillante, ¿verdad, Federico? Si hasta cuando se nos homenajea es a base de adocenarnos con estatuas sembradas al voleo, como el que dice al por mayor, como si fuera un mocho…

(Manuel Benítez Carrasco. Obra de Juan Antonio Corredor)
MANUEL BENÍTEZ: Siempre ha sido así. Esto siempre ha funcionado por cofradías y grupos. Y por padrinos. Yo tuve que irme a Madrid, a Méjico… Y me duele que sólo después de morirme se me reconozca en mi tierra… Y encima me ponen la mano en una postura que parece que voy a estar saludando al Alcalde y al Concejal de Cultura por los siglos de los siglos…
GONZALO: Lo peor es que estamos desprotegidos por los dos flancos. Desde estos altos edificios que nos rodean, nos podrían atacar los turcos, los genoveses, los franceses, todos los enemigos del Imperio. Bastaría con apostar una compañía de arcabuceros y…
EUGENIA: Basta, señor Capitán, que esa estrategia ya no sirve, ni existen tales enemigos. Ahora vienen a hacer turismo y sacar fotos, nada más, no a invadir imperios.
ELENA: Ahora los enemigos principales son la estupidez, la vulgaridad, el populismo más rastrero, de palillo de dientes en la boca, de boina, caspa y sobaquina… que eso es lo que la gente quiere.
EUGENIA: ¡Cuánta verdad ha dicho usted, señora! Granada se merece otra cosa, que es una ciudad muy hermosa y está ahora peor que nunca…
FEDERICO: ¡Bien dicho, Reina mía! Si es que yo tenía que haber escrito un drama y usted y don Napoleón, de protagonistas. Ya parece que veo a la Xirgu metida en el papel, con un vestuario fastuoso, unas joyas muy bien imitadas, unos diálogos llenos de poesía cursi, de la que yo escribía…
MARÍA: Y yo en el cuadro de baile, mi niño. ¿O no ibas a meter música para bailaoras?
SALVADOR: ¿Y un torerillo? ¿No podrías meterme a mí también en la farándula?
FEDERICO: Pues…, no sé yo, ¿eh?
JUAN DE DIOS: ¿Y un santo? ¿Un santo milagrero, con una iglesia llena de exvotos de cera y trenzas de mujer hermosa y yerma? Eso te quedaría muy bien. A mí ya me lo hizo Martín Recuerda y me gustó, ¿para qué decir que no?
JUAN DE LA CRUZ: ¡Un místico! Donde se ponga un místico…
FRAY LEOPOLDO: Digo yo, y perdonad la inmodestia, que también podría entrar en la comedia un fraile limosnero. Con mi cestilla… mis sandalias… ¡Eso da un lustre…!
FEDERICO: (Aparte) Son como críos. Les prueba la vanidad, pero bueno, eso es muy humano, no como la barbarie que yo viví… Me han puesto triste, muy triste. Me han hecho recordar que esta ciudad me mató y me tiró a una cuneta, como a otros miles de personas inocentes. Me gustaría llorar, pero soy sólo una estatua instalada aquí por un alcalde de la derecha… como la que me mató…
Me temo, amigos, que todo eso es ya pura quimera. Que un general dijo que me dieran mucho café y alguien con ganas de cumplir órdenes asesinas me mató. Ya no sirvo nada más que para estatua. Ya no puedo hacer otra cosa que salir en fotos de los turistas, que vivir en el recuerdo y en la atmósfera fría de los museos y las bibliotecas… y a veces temo que, a pesar de esta estatua, esta Granada llena de contradicciones e hipocresía me volverá a matar con el olvido… ¡Pobre de mí!
(FEDERICO hace un puchero y, de repente, la tristeza cunde entre los bronces y se acalla la conversación. La tarde declina y a lo lejos, allá por Parapanda, se pone el sol y la última golondrina pasa, piando agudamente, en vuelo rasante por entre las estatuas. Mansa, resignadamente, cae el TELÓN.)
Alberto Granados