Alberto Granados

Archive for the month “mayo, 2010”

Kafka

Me asomé a la ventana sin saber muy bien por qué. Tal vez, la suciedad de los cristales y del alféizar o la sequedad de la maceta me llamaron la atención, así que abrí y me dispuse a regar la extraña planta, pero, al acercar el vaso de agua, me sorprendió una especie de crisálida que colgaba de una de las ramas resecas. En su interior se movió,  casi imperceptiblemente, algo que a la vez cambió de color. Una mezcla de miedo y asco me obligaron a cerrar precipitadamente y volví a sentarme en el salón a regodearme en mi desgracia, en la soledad a que mi esposa me había condenado con su precipitado e inexplicable abandono. ¿Por qué se había ido? ¿Qué le había hecho yo para que me dejara después de media vida juntos? ¿Por qué había sido tan injusta conmigo? Como otras muchas tardes, me eché a la calle, huyendo de mi lacerante infortunio y volví tarde y lleno de alcohol a ese piso donde nadie me esperaba.

Un par de días después, volví a acordarme de la dichosa maceta y otra vez me dirigí allí con el vaso de agua. La crisálida ya se había abierto y colgaba muerta y reseca, y en el cristal había una especie de oruga, irisada de colores bellísimos, lo que no la liberaba de tener un aspecto repulsivo. No sé si llega a fobia, pero determinadas criaturas me suscitan unas inexplicables ganas de pisarlas o aplastarlas. Nunca he creído eso de que la naturaleza es bellísima. Eso sólo pasa en los documentales de National Geographic, donde se nos muestran pájaros de plumajes vistosos y mariposas de dibujos insospechables. El resto me ha parecido siempre una película para mayores, pues la naturaleza es, en su cruda realidad, el muestrario más exhaustivo de la crueldad depredadora, del vampirismo más exacerbado, de la violencia llevada hasta sus últimas consecuencias, un ámbito desgarrado en el que cada individuo se come, aplasta o hace daño a quien puede y evita ser dañado por otros individuos potencialmente nocivos. Véase mi mujer, que se ha llevado mi juventud y ha abandonado el nido para sobrevivir (eso fue lo que me dijo, como si yo le resultara una amenaza o un peligro…)

Con ese escepticismo sobre la naturaleza y con mi estado de ánimo, nada propenso al  proteccionismo ecologista, me saqué una zapatilla, dispuesto a castigar a aquel bichejo por su mera existencia, por su proximidad a la mía, por su estéril injerencia en mi soledad.

Sorprendentemente, el animalito se incorporó sobre su parte trasera, como una serpiente, y se dispuso a atacarme. Sus ojillos me observaban con una enorme dosis de ferocidad, con una mirada que parecía dotada de una inteligencia animal muy superior a la que una simple oruga puede tener. Sentí un escalofrío y cerré la ventana por segunda vez.

La tercera vez que la abrí fue porque algo había roto el cristal. Los troncos de la planta estaban mordidos y apenas quedaban unos mínimos tocones entre la tierra,  removida como yo había visto que lo hacen las lombrices. Ni rastro del gusano, así que recogí los restos y me dispuse a llamar al cristalero de la calle de al lado. En la mesa del salón,  mientras marcaba, vi reflejada  la oruga, que ya tenía el tamaño de una generosa tripa de embutido. Me dejé caer en el sillón, mirando a aquel animal pegado al techo, que se puso en movimiento y bajó por una de las paredes para tenderse mansamente a mis pies, como lo habría hecho un perro. Un intenso escalofrío me recorrió la espalda, dejándome la impresión de que mi vida estaba rozando el absurdo.

 

 

(Imagen tomada de luis-alvarenga.blogspot.com)

 

-¡Kafka! –dije yo, sin saber muy bien qué quería decir-. Estoy viviendo con Gregorio Samsa.

Me quedé observando al gusano, que a su vez me miraba con una mirada que, me pareció, contenía toda la ternura que mi mujer me había negado. Me serví una copa. Y después varias más, así que amanecí tirado en el sofá, vestido, resacoso y triste. Tuve la sensación de que el gusano sólo era producto de mi borrachera, pero encendí la luz, lo busqué en el suelo y me di cuenta de que estaba tumbado en el mismo sofá que yo, a mis pies, como podría haberlo hecho un gatito o cualquier otra mascota. En silencio, para no despertar a Kafka –en ese momento decidí ponerle ese nombre-, me dirigí al baño y me di una ducha, me vestí y salí a la madrugada intentando poner orden en mi mente y en mi vida.

Volví por la noche, confuso y atemorizado por encontrarme con aquel bicho, por si era real. Abrí y lo encontré esperándome en una alfombra que hay en la entrada. Muy nervioso, fui a mi dormitorio y me puse el pijama mientras lo oía acercarse por el pasillo. Pasé, de vuelta al salón, por encima de él, con mucho cuidado de no pisarlo, pues había crecido mucho y llenaba la anchura del corredor. Me senté ante el televisor. De nuevo, lo oí aproximarse. Sus patitas arañaban suavemente la tarima y el ruido se iba acercando lentamente. Por fin entró y me miró. Esta vez, me pareció mucho más entrañable, y su mirada era mucho más afectuosa, casi más humana que muchas de las que se habían cruzado conmigo durante todo el día.

-¿Qué pasa, Kafka? ¿Cómo te ha ido? –me sorprendí preguntándole en voz alta, al tiempo que el bicho levantaba la cabeza y me miraba agradecido.

Me levanté y traje una bandeja con una cerveza y unos  aperitivos. Kafka se incorporó, como excitado por la comida y comprendí que no había comido nada desde la planta, así que le eché en un cuenco unos cereales y un poco de leche. En pocos minutos había dado cuenta de su menú y estaba a mis pies, enroscado y beatíficamente dormido. Me hizo reflexionar sobre muchas cosas, sobre el mundo de los afectos, sobre la naturaleza humana y sus prejuicios… sobre mi desaparecida mujer, mi soledad y sobre mí mismo.

Me dio por pensar, como si fuera un padre lleno de insoslayable responsabilidad, que esa criatura dependía de mí, que no sobreviviría sin mis cuidados, sin el incipiente afecto que ya sentíamos recíprocamente… que yo tenía que dejar la bebida y empezar a ocuparme de la casa, tan sucia desde la ausencia de Eva. Empecé a pensar qué cosas podía comprar para Kafka. Decidí traerle frutos secos, aceitunas, más cereales, zumos de distintos sabores…, pero inmediatamente deseché los frutos secos y las aceitunas, que contenían muchas grasas y demasiada sal, no se fuera a poner enfermo o a coger sobrepeso…

Desde entonces, apenas pruebo el alcohol duro, vuelvo a casa tan pronto como salgo de la oficina, y paso con Kafka todo el tiempo que puedo. Ya no me amarga la ausencia de Eva (¡Allá ella! –pienso con frecuencia-. Casi estoy mejor sin aguantar sus manías). Ahora Kafka llena mi vida. Le he comprado una cunita para gatos, muy coqueta, pues ya está refrescando por la noche… Y viene cuando lo llamo y se deja acariciar mansamente. Sé que alguna de estas noches, cuando empiece el frío, acabará metido en mi cama, ¡pobrecito!

Alberto Granados

Recuerdos de la Alhambra

Cada vez estoy más convencido de que tener el conjunto de la Alhambra a la vista supone una inmensa suerte, un regalo. Los musulmanes de Garnata supieron jugar con los volúmenes y los contornos de la vieja colina, la Sabika, y adecuar la silueta del palacio nazarí al relieve, con una maestría inigualable.

Recuerdos de la Alhambra para los que estáis lejos. No la versión “canónica” (la de Narciso Yepes), sino una más folklórica, pero que me ha gustado: Nana Mouskuri.

Buen sábado,

Alberto Granados

Asco de vida

Asco de vida es un sitio de internet donde la gente va colgando cientos de anécdotas mínimas, desoladoras o tiernas, serias o alegres, cínicas o sinceras, pero siempre sorprendentes. Y divertidísimas. Parece mentira que la especie humana dé para tanta variedad de situaciones, tanta estupidez, mezquindad, ternura, deseo, insatisfacciones… Toda esa tierna y desvalida mezcolanza de impulsos que somos los seres humanos.
He aquí unos ejemplos:

“Recibí 2 sms de mi novio. En el primero me decía que quería cortar conmigo. En el segundo que se había equivocado de destinatario en el anterior mensaje.”

“Durante la comida, mi abuela me preguntó qué tal me iba en el colegio. Terminé la licenciatura hace 2 años.”

“Me robaron mi móvil. Entré en la web del operador para ver mi cuenta pero no me acordaba de la contraseña. Pulsé en “Reenviar contraseña” y me salió el mensaje “Te hemos enviado un sms con tu nueva contraseña”. Ahora el ladrón sabrá mi cuenta de usuario y mi contraseña.”
“Mi novio de dos años me regaló por nuestro aniversario una caja de bombones. Soy diabética.” 
“Estaba en la feria bastante borracho junto con un amigo con poco éxito entre las mujeres. Como sabía que tenía las de ganar, me jugué 500€ a que no se podía ligar a la primera chica que entrara en la caseta. Resultó que entró mi novia. Ahora mismo mi amigo debe estar jugando a la playstation3 que se ha comprado con mi dinero. Mi EXnovia está con él.”

“Mi disco duro se ha roto con todos mis archivos en él. Se lo dije a mi padre, que es un manitas con los ordenadores, para ver si podía recuperar algo. De las pocas cosas que pudo salvar, una fue mi ilustre colección de porno. Me dijo que le tenía que pasarle varias películas que él no tenía.”

“Por fin me atreví a enviarle un sms a la chica que me gusta pidiéndole para salir. Me contestó con otro sms diciendo “Lo siento, no eres mi tipo”. Al cabo de un rato envía otro sms y me dice “Perdona, mi hermano me robó mi móvil, pero la respuesta sigue siendo no”. He sido rechazado 2 veces, una de ellas por otro tío.”

 “Por fin intercambié fotos con la chica con la que llevo 2 semanas chateando. Ella me contestó diciendo “Esto no es divertido, hay gente que realmente es así”. Le había enviado mi foto real, y de hecho creía que me veía bastante bien en ella.”

“El chico del que he estado enamorada en secreto durante años me dijo que mi hermano está muy bueno.”

“Estaba teniendo relaciones sexuales con mi novia por primera vez, y me preguntó si alguna vez en el colegio se burlaron de mí por el tamaño de mi pene.”

“Mi jefe se acercó a mi mesa y me pregunta “¿En qué estás trabajando?” Yo contesto “Estoy empaquetando todo”. No se acordaba que me había despedido.”

“Mi novio me ha echado de su cama a las 3 de la mañana porque decía que no podía dormir bien y mañana tenía examen. He cogido mi ropa y mi dignidad del suelo y me he ido.”

 “He recibido una carta de mi abuela en el correo en la que me contaba lo mucho que me quiere y me echa de menos. También me dijo que soy mucho más listo y triunfador en la vida que mi hermana Eva. Soy Eva. Se equivocó con la dirección postal.”

“En mi última entrevista de trabajo, llegué al despacho y llamé a la puerta. Una voz me dijo “Adelante”, y cuando decidí entrar vi que la puerta estaba cerrada con llave. Me quedé confuso y volví a oír esa voz “Adelante”. Traté de abrirla de nuevo y volví a obtener el mismo resultado. “¡Adelante, adelante!”. Intenté abrirla con un poco más de fuerza. La puerta era corredera.”

Somos lo que contamos, es decir, pura contradicción llena de variedad o, tal vez, pura variedad llena de contradicciones. ¡Asco de vida!

Alberto Granados

La cuota de la muerte

Nicolás hace cola en la oficina de la Caja de Ahorros. Hoy ha venido, como todos los meses, a poner la cartilla al día, a sacar algo de dinero y a pagar la cuota de su póliza del seguro de defunción. Hace ya un montón de años, su mujer, la Lola, lo convenció y empezaron a pagar un seguro de entierro, y anda que Manolo Monte no se dio prisa en atendernos, que fue a buscarnos a la casa y todo… “La Previsora”, se llamaba la compañía de seguros, que después fue absorbida por otra empresa más potente y nos subieron la cuota, si casi creímos que no íbamos a poder… eso sí, la nueva póliza les ofrecía, además del entierro gratuito de los tres miembros de la familia, un fondo de pensiones, una pequeña herencia para su hija, que no es que fuera una fortuna, pero que tampoco estaba mal… Eso quedó claro cuando la pobre Lola se me murió, un buen entierro y sin pagar ni un duro, que me pareció mentira, que es que los entierros no los regalan, que salen por un pico… Parece que no hubieran pasado dos días y llevamos pagando… tú verás, eso fue en el pueblo, antes de venirnos para Barcelona…

Recuerda las fatigas del principio, cuando vivían en una casa que se caía a pedazos, en las afueras, sin agua corriente, ni cuarto de baño… tan cerca de Barcelona, y a la vez tan lejos, que por entonces aquello aún era algo distinto a la propia ciudad, puro suburbio de aluvión que agrupaba inmigrantes de la España pobre, y había que coger autobuses para ir a cualquier sitio. En esa época –recuerda Nicolás- apenas había bloques de pisos y las huertas rodeaban las casas aún. Hoy, en cambio, todo está convertido en una apretada masa de edificios, polígonos industriales y carreteras y no queda campo, ni animales, ni un pájaro, que sólo hay algo verde en los parques…

Lola echaba de menos su pueblo, sus olivos, las huertas de junto al  río, las fiestas de septiembre, su patio lleno de macetas… y no paraba de llorar. Yo creí que se me iba a morir de pena, que nos íbamos a tener que volver a la miseria y el paro. Sin embargo, su mujer se acomodó, se le pasó la tristeza y salieron adelante. Nicolás recuerda que empezó a trabajar en la construcción y la Lola se puso a servir, pero después entró en un taller de confección, y con los dos sueldos… Fue cuando mejor les fue en la vida, cuando empezaron a poder costearse algunas cosas, cuando se entramparon para comprar el primer piso, tan pequeño, pero tan acogedor… Después vino el cochecillo, de segunda mano, pero peleón, que buenos trotes le dimos para ir al mar a que la nena se espabilara… eso sí: siempre, siempre, siempre, pagaron la cuota del seguro de defunción, que ella lo decía cada dos por tres: “Por encima de todo, hay que seguir pagando la muerte, que con esas cosas no se juega. Supón que uno de los dos muere y enterrarlo cuesta un dineral. Es que esas cosas, hay que tenerlas preparadas…” La pobre Lola era un lince, las veía venir de momento…

La cola avanza lentamente y Nicolás saluda de cuando en cuando a algún otro jubilado o vecino. Le gusta comprobar que está asentado, que ya es de aquí, que ya no es el charnego ignorante recién llegado de Andalucía hace cincuenta años, al que todos miraban con displicencia. Ahora, todo el mundo lo conoce y lo saluda con respeto, ya nadie lo considera un extraño. Mira el reloj, en realidad por pura costumbre, que no tiene prisa: a fin de cuentas, está solo todo el día, sin nada que hacer. Sólo cuatro compras y ordenar algunas cosillas de la casa, para que su hija no pueda decirle que es un zángano. ¡Digo! ¡Yo, un zángano! Si me salieron los dientes trabajando… Me va a decir a mí la niña que soy un parásito… Nunca soporté a los señoritos de mi pueblo. Me acuerdo de don Manuel “Mosquetón”, leyendo el ABC detrás de la ventana, todo el día en pijama y batín de seda, hasta que por la tarde se arreglaba y se iba al casino a jugarse las fincas que había heredado sin ningún esfuerzo… Yo lo aborrecía, que eso sí que era un parásito… y no yo, que he estado en el tajo toda mi vida…

Nada más recordar la última bronca con su hija y se le altera el pulso. Parece que le falta la respiración y se va a marear. ¡Cómo ha cambiado mi hija! La Lola y yo siempre pensamos que era un poco retrasada, que mismamente por eso ampliamos la póliza de la muerte, para que le quedara algo cuando le faltáramos, pero anda que no se ha espabilado…

Nicolás se repone lentamente del sofoco y piensa en cómo la vida va dando sorpresas inexplicables. Primero, el cáncer de la Lola. Cuatro días y a la tumba, un buen nicho pagado por la compañía y toda la soledad del mundo para él, que la hija cambió como de la noche al día y empezó a volver tarde y a comportarse como un pendón. Si es que estas cosas las arreglaba la Lola, que entre mujeres se apañan mejor, pero mi hija a mí es que ni me mira, ni me guarda el respeto, ni yo sé hablar con ella de estas cosas, que a ver, ¿qué le puedo decir, si tiene cuarenta y cuatro años…? Soltera, pero a esa edad… y que esto no es el pueblo, que es como si fuera la mismísima Barcelona…

Le duelen los pies y se sale de la cola para sentarse. Mira a una señora, de la edad aproximada de su hija, pero ésta tiene mucha más clase. Se ve que ha nacido en la ciudad, que eso se nota. Si lo notábamos nosotros cuando llevábamos aquí sólo una temporada y bajábamos al pueblo, que ya parecíamos otros cuando nos comparábamos con los de allí, que apenas habían viajado… Observa lo bien vestida que va, el aire de distinción y lo compara con la manera de vestir tan ordinaria de su hija, que es que parece que va provocando a los tíos, con esos escotes y ese culo apretado, que ni tan tonta como antes ni tan pendón como ahora… que digo yo que un término medio, ¿no? Y la culpa la tiene el Tomás ese, que es que es un chulo. Eso está claro. Y mi hija, la muy cándida, cree que va a sacar algo con ese tío. ¡Anda, que sabe lo que se hace! Ese es un mal bicho, que le está metiendo una manera de ser que nunca fue la suya y que me la va a hacer bailar de coronilla…

Nicolás se indigna y echa de menos a la Lola. Le gustaría compartir sus preocupaciones con ella, pero su Lola se murió y ahora, todo el día solo, que mi hija se va a las siete de la mañana al trabajo y vuelve a las doce de la noche, la noche que vuelve, cuando no llama para decirme que se queda a dormir en casa de una amiga. ¡Una amiga! Ni que yo me hubiera caído de un guindo. Nicolás piensa en el comportamiento de su hija. Nunca ha podido aceptar esas cosas, ni en un hombre ni en una mujer, que eso da igual. El que se compromete, se compromete, que hay cosas que hay que pensarlas bien, que son para siempre. Y la niña, cuando ya nadie podía esperarlo, con más de treinta y cinco años me ha sacado los pies del plato… Mi padre ya se lo explicaba a mi hermana, con unos guantazos de por medio, para que se fuera enterando bien, hace ya… ni se sabe cuántos años: “Mari, que te enteres: llevo toda la vida guardando tres fanegas de melones y jamás me han robado uno, y tú, que no tienes que guardar nada más que un trozo así de grande (y mi padre enseñaba la palma de su mano curvada, torcida como si se acoplara al sexo de una mujer) vas y te lo dejas robar por el primero que te haga cuatro cucamonas…¡Si es que sois tontas!”. Los recuerdos de hace casi sesenta años afloran a su mente. Nicolás los revive con una asombrosa nitidez, como si fueran cosas de hace unos días. Ya ves, mi padre, mi hermana Mari… todos muertos y yo… yo hecho un muerto en pie, que para la vida que llevo bien me podía tocar ya, total si el entierro, que es lo más caro, está pagado con la póliza de la muerte…, pero no, que me toca bregar con esta mala hija que no me quiere… que me va a amargar los últimos años…

Nicolás se enjuga una lágrima que le está saliendo, tal vez por los  recuerdos o tal vez por la soledad. ¡Qué difícil es tragarse  estas nuevas formas de ser de la gente nueva! ¡A los ochenta años ya no se pueden aceptar las cosas de una hija… así… vamos, ¡así de pendón, que es que no tiene otro nombre!

Debe de haberse dormido, pues una señora vagamente conocida le sacude el hombro y le dice que es su turno. Aturdido, da las gracias y le da la cartilla al empleado.

-Me da usted setenta y cinco euros, si me hace el favor.

Es la cantidad que él deja para sus gastos: algún café, un paquete de Ducados para fumarse un único cigarrillo al día, después de la siesta, alguna cerveza cuando sale y la próstata lo obliga a entrar a un bar para ir al aseo… El resto, lo va sacando la hija cuando hace falta para los gastos de la casa, que decidieron pagarlos a medias, aunque la parte de ella casi nunca aparece…

-Y ahora me cobra la cuota de la muerte.

Hay un cierto gesto extraño en el empleado, que titubea tras mirar la pantalla del ordenador, y, finalmente, le dice que no hay ninguna cuota pendiente, que la hija canceló la póliza hace unos días y retiró el fondo, casi siete millones de las antiguas pesetas. Nicolás siente que se está poniendo blanco, que se va a caer, pero aún se aferra a la posibilidad de que el ordenador se haya equivocado, de que haya otro Nicolás Gómez Pérez, de que sea incluso una broma del empleado…

Unos minutos después. el director lo pasa al despacho y le ofrece un botellín de agua mineral. Se lo explica. No hay error. La hija, como beneficiaria de la póliza, ha traído los papeles debidamente firmados por él.

-¿Yo? ¿Con mi firma? No puede ser.

El director saca el dossier pertinente y le muestra el finiquito. Es su firma, no le cabe duda. Nicolás empieza a darse cuenta de que su propia hija, aprovechándose de que tiene autorizada la firma, se ha llevado el dinero y lo ha dejado sin entierro. Claro ella sabe que nunca me fijo en lo que firmo y ahora, la niña y el sinvergüenza de ese novio, se han quedado con la pasta y yo me quedo sin entierro. Nota un sudor frío, se ve en el metacrilato de la pared, como si fuera un espejo. Está pálido, como para morirme, y ese apretón en la nuca, como si la sangre no me circulara bien, ¡qué malo me estoy poniendo!

***

Nicolás se siente muy débil y abre lentamente los ojos. Se encuentra en un hospital y ve a su hija hablando por un móvil mientras mira por la ventana. A los pies de la cama está Tomás, dormido en un sillón, con la cabeza apoyada en la pared. Su hija está explicándole a alguien que su padre está muy grave, que ha sufrido un infarto cerebral, que ya veremos si sale de ésta… Nicolás decide cerrar los ojos y dejarse querer, hacerse el interesante, me gusta que se preocupe por mí, aunque sea así de mala y se haya quedado con el dinero de la póliza, ya verás, si era para ella, que no tenía que haberme engañado, pero este tío la habrá liado y como nunca fue muy espabilada, pues, ahí está, engañada… Y, bien mirado, a mí, ¿qué más me da? Me voy a morir, ¿no?, pues ya me enterrarán… ¡Anda y que se joda, la muy pendón! ¡Con el dineral que cuesta un entierro…! Pero que me haya engañado… Menos mal que esto no lo va a ver la Lola…

Alberto Granados

CUAVERSOS DE BITÁCORA: Emilio Alzueta

El pasado viernes acudí a la Casa de los Tiros, donde Emilio Alzueta presentaba su poemario “Árbol verde de signos” (Editorial Alhulia, Colección Palabras Mayores, Salobreña, 2010). Acudí sin saber gran cosa de este poeta y me encontré con varias sorpresas. Para empezar, antes del acto, la Cuadra Dorada se llenó de suaves músicas orientales, llenas de intimismo, que tocaba el grupo Al Kauthar, un grupo de música sufí, que el próximo día 30 de mayo actuará en el Zaidín. Eran melodías dulces, lánguidas, como para buscar la interioridad y el encuentro. Había mucho más público del habitual, pero además se notaba algo poco convencional: sus facciones, los elegantísimos mantos que cubrían a las mujeres, el gesto de recogimiento (ojos cerrados, máxima tensión) mientras se recitaban los poemas, todo junto, creaba una la atmósfera que después se aclaró: el libro, de una sensibilidad poética extraordinaria, es el poemario de un sufí y el acto, además de la exposición de una exquisita poesía, era un encuentro de sufíes.

Sabéis de mi descreimiento en materia religiosa, así que me resultó extraño participar en un acto lleno de tintes místicos, pero la incontestable fuerza de la poesía acabó con mis recelos y me dejé envolver por la magia de la palabra. También me dejo llevar por Juan de la Cruz o por Teresa de Ávila, poetas que ya se dejaron llevar, a su vez, por la mística sufí, al decir de la crítica, encabezada por Saíz Rodríguez y  Marañón.

Hoy os traigo a estos “cuaversos de bitácora” unos poemas de dicho  libro. Sé que leídos en la frialdad de una pantalla, sin el calor ritual del acto de la presentación, os sonarán de una manera más desapasionada de lo que me sonaron a mí, pero cuento con vuestra complicidad para suplir esa desventaja:

FORMAS DE LA LUZ

Crecieron las ramas,

verdearon las hojas,

buscando la luz

del agua celeste.

Se hundió la raíz

más honda en la tierra,

buscando el venero

de la luz oscura.

Se abrieron mis labios

buscando tu cuerpo,

luminosa playa

de mar invisible.

Se cierran los ojos

-¿la noche? ¿la muerte?-

buscando la luz

que alumbra los sueños.

 

GERMEN DE LUMBRE

Las palabras: semillas

de luz.

Ábrelas.

Escribir: apartar

la cáscara vacía,

el sonido, el sentido,

entrar

en el silencio.

POÉTICA

¿Para qué un poema?

Si quiero responderte,

debo enseñarte antes

a mirar.

VISITACIÓN

Una alondra cruzó

junto al camino.

Nunca estuvo tan cerca

lo celeste.

Aclaro que yo seguiría insertando algunos poemas más, pero autor y editor me autorizaron a insertar tres o cuatro, así que aquí lo dejo, que para muestra es suficiente. Hondura, sutilísima sensibilidad, sencillez… Un clásico recién publicado: hay veces en que la poesía es un arma cargada de venerable pasado.

Alberto Granados

GRANADA, SEGÚN LOS VIAJEROS DEL XIX

Estos días he estado revisando varios libros sobre la impresión que nuestra ciudad produjo en los viajeros, llamados románticos, que la visitaron. También he escaneado una gran cantidad de cuadros de los pintores que se ocuparon de nuestra ciudad a lo largo del XIX y el primer cuarto del XX, con lo que he creado una deliciosa carpeta de imágenes bastante inusuales, ya que los cuadros originales pertenecen a colecciones privadas. Reuniendo textos e imágenes, os ofrezco hoy este collage que nos descubre varis aspectos de nuestra Granada, esa Granada que, según Carlos Cano, “sólo tiene salida por las estrellas”.

 

(Henry Charles Brewer, “Vista de Granada desde la  Vega”, 1908)

 

(E. A. Rowe, “Patio de la Acequia”, 1900)

 

 

 

Alexandre Louis Joseph de Laborde (1773-1842) habla de nuestra  Vega, hoy tan castigada por el cemento:

“La Vega de Granada es la llanura más bella y más rica de Andalucía; forma un plano ligeramente inclinado de treinta leguas de circunferencia; bordeada al norte por montañas escarpadas, por todas las otras caras termina, sin embargo, por una sucesión progresiva de colinas que parecen elevarse las unas por encima de las otras y que ofrecen así un vasto y soberbio anfiteatro cuyo aspecto es encantador. Vides, moreras, olivos, naranjos y limoneros la cubren por todas partes y forman un espectáculo atrayente. El aire embalsamado expande un encanto delicioso.” (“Itinerarire descriptif de l’Espagne, et tableau elementaire des differents branches de l’administration et de l’industrie de ce royaume”, Paris, 1809).

((Reginald Barrat “Entrada a la sal de las dos hermanas”, 1898)

 

(E. A. Goodall, “Cuesta de los Chinos” hacia 1880)

 

 

 

 

Por su parte, Washington Irving (1783-1859), nos describe la impresión que le produjo nuestra ciudad cuando llegó a ella desde Sevilla:

“A lo lejos se columbraba la romántica Granada, con las bermejas torres de la Alhambra en lo alto, y más lejos, por encima, las cumbre nevadas de Sierra Nevada brillaban como si fueran de plata.” Por cierto, el escritor continúa contando como el guía los lleva a una posada con cuyo dueño exhibe una notable familiaridad. La peor posada de la ciudad, descubrirá Irving poco tiempo después. Es que eso de tratar bien a los turistas siempre se nos ha dado bien… El texto pertenece a sus ya clásicos “Cuentos de la Alhambra” (1829).

(Atribuido a H. Stanier, “Vista de la Alhambra y Sierra Nevada desde San Nicolás”)

(Gustavo Doré, “Las orillas del Darro”, 1862)

 

El británico George Borrow (1803-1881) visitó España entre 1835 y 1840 repartiendo ejemplares del Antiguo Testamento. A su regreso, escribe sobre los gitanos de Granada:

“Los encontré en gran número en Granada, que en Caló se denomina Meligrana. Los gitanos de Granada llevan, en general, una existencia verdaderamente desventurada. Esta excede con mucho en infortunio a  la de las tribus de Extremadura. Puede decirse que Granada es en sí la ciudad más pobre de España. La mayor parte de su población, que sobrepasa los sesenta mil habitantes, es pobre y pasa necesidad. Los gitanos participan de esa miseria general” (“The Zincali or an Account of the Gypsies in Spain”, Londres, 1841). Me llama la atención que ya, por entonces, estábamos a la cola en cuanto a la  situación económica. Parece, al fin y al cabo, que este destacar negativamente nos viene de antiguo y no necesariamente, como algunos pretenden, de las políticas de Zapatero.

(George Vivian, “Acera del Darro”, 1838)

 

(David Robert, “Granada a orillas del Genil”, 1835)

En el último texto, Augustus Hare nos ofrece una deliciosa estampa costumbrista sobre el centro de Granada, que a más de uno debe sonarle:

“Cansado de tanto monumento, el turista puede reposar ojos e imaginación en la hermosa Alameda, cerca de donde el Genil y el Darro se juntan. Allí, la aristocracia local, siempre concienzudamente entregada a no hacer nada, se reúne al anochecer si es verano y al atardecer si es invierno. Todas las damas van de mantilla y lucen abanicos; los caballeros van tan elegantemente ataviados  que el mismo Mr Poole debería recibir lecciones del excelente sastre de Granada. La parte más antigua de la Alameda, enmarcada entre filas de hermosos y vetustos árboles, y con fuentes en los extremos, se llama El Salón, puesto que allí se reúne la sociedad  y allí resuelve sus principales asuntos. Viene a ser una velada pública y al aire libre que se celebra regularmente; una Feria de las Vanidades en miniatura donde los padres pasean de un lado a otro a las hijas casaderas seguidas de sus admiradores…” (“Wanderings in Spain”, 1873).

(J. F. Lewis, “La Alhambra y Sierra Nevada desde el Peinador de la Reina”, 1834)

 

(Laborde, “Puerta principal de la Alhambra”, 1812)

 

Parece que el tiempo se paralizó, como el humo dormido de Miró, y que algunas de estas cosas recogidas hace ciento cincuenta años han pervivido hasta no hace mucho… Las trampas de la memoria.

Alberto Granados

FUENTES:

- Catálogo de la exposición “El Romántico errante”, Atarfe, 2007

-BERNAL RODRÍGUEZ, Manuel: “La Andalucía de los libros de viajes del siglo XIX (Antología)”, Sevilla, 1985

El sexo de los ángeles

 

Para Cristina, que asegura, con absoluto convencimiento,  que Benedetti es Dios.

Hoy traigo a esta antología uno de los relatos que llevaba preparados para la sesión del Club de Lectores “Thesaurus”: un cuento del inmortal cuentero Mario Benedetti. Breve, denso, poético… magistral: El sexo de los ángeles.

(Imagen tomada de soypoeta.com)

 

 

 

Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizás signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.

Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.

Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.

Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: “Semilla”, Ángela, para atizarlo, responde: “Surco”. Él dice: “Alud”, y ella, tiernamente: “Abismo”.

Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.

Ángel dice: “Madero”. Y Ángela: “Caverna”.

Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.

Él dice: “Manantial”. Y ella: “Cuenca”.

Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circula en el aire, su expectativa.

Ángel dice: “Estoque”, y Ángela, radiante: “Herida”. Él dice: “Tañido”, y ella: “Rebato”.

Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

 Pertenece a su  “Disparates y franquezas”, una compilación de cuentos de 1989 y yo lo he copiado de sus “Cuentos Completos (1947-1994)”, Alfaguara, 1994, que mi gente me regaló en cuanto salió. Todo un lujo.

Alberto Granados

Sesión fallida

El Club de Lectores “Thesaurus” , del que ya os he hablado en este blog, tendría que haber empezado ayer tarde. De hecho, empezamos, pero hubo un fallo y los que habían manifestado su intención de asistir, parece que no han recibido el correo en que se les avisaba de la fecha del inicio, por lo que sólo asistieron dos personas, dos amigos míos de Facebook que me habían preguntado a mí directamente. También acudió Paco, en funciones de director de la sala cultural Nueva Gala.

La sesión se desarrolló como si fuera un ensayo general con tutti y con poco público, y creo que estuvo interesante, pues desarrollamos todo lo previsto, sólo que de una forma más pobre, ya que el debate entre tan escaso público es menos denso, más limitado. Con todo, se nos olvidó el café, señal de hubo una buena conexión.

Como creo que es el momento de recibir opiniones, os expongo abiertamente la estrategia que yo había preparado para la sesión de ayer, la primera de la andadura del club. Después, os pido que evaluéis las posibilidades, que me ayudéis a determinar si esto se puede considerar ya un fracaso (no soy partidario de tirar la toalla a la primera).

Yo tenía previsto que los seis o siete que se habían inscrito, hubieran asistido y hubiéramos intercambiado nuestras pequeñas biografías, las expectativas planteadas, quién escribe y dónde, etc. Después, hubiéramos hablado de lo que se está leyendo, de lo que se desea leer, de los libros que han marcado una experiencia lectora previa (como curiosidad: ayer sonó “La Regenta” en dos de cuatro asistentes). Hubiera sido el momento de prever una nómina de autores a leer (en sus tres categorías: local, nacional, extranjero).

Tras esto, el ítem del día, que yo había preparado concienzudamente: ayer era “La Palabra”. Yo había preparado siete textos sobre distintos valores de la palabra (Valle-Inclán, un psicolingüista llamado Víctor Montoya, Carmen Martín Gaite, Vargas Llosa, el libro anónimo y sagrado de los mayas “Popol Vuh”, Juan Evangelista y “Las mil y una noches”), cada uno de los cuales ofrece distintos poderes mágicos de la palabra. Al decir mágicos, me refiero a la etapa prelógica, pregramatical, y así, el Evangelio de S. Juan nos ofrece un valor demiúrgico; el texto de Montoya nos da la palabra como herramienta del conocimiento; el de Vargas Llosa, de su novela “El hablador”, nos trae la conciencia de la propia identidad, la cosmogonía en estado puro; Martín Gaite nos permite observar el flujo del pensamiento a través de la palabra; el “Popol Vuh” nos habla de la palabra como moneda de cambio, como la herramienta que los dioses necesitan para ser alabados (algo común en todas las religiones); Sherezada, en” Las Mil y una noches” usa la palabra como medio de supervivencia, como la tabla de salvación; finalmente, con el Pedro Gailo de “Divinas Palabras”, Valle-Inclán nos ofrece el valor mágico, el talismán de la palabra, más eficaz al usarse en un idioma desconocido.

Esta parte se insinuó, sin llegar a leer los textos, pero dio lugar a un interesante debate en el que aparecieron las figuras de los charlatanes, vendedores, predicadores… que usan la palabra para envolver conciencias. Creo que estuvimos muy cómodos y que salieron muchos matices apasionantes. Y eso que ni siquiera se habían leído los textos… Es la parte buena: que el apenas esbozado club funcionó, aunque estábamos solo cuatro personas, que hay posibilidades.

Como las lecturas que se hagan en la librería tendrán que ser necesariamente cortas, es decir, de una extensión razonable, puse a continuación sobre la mesa una larguísima nómina de “cuenteros”, para establecer prioridades, incluso para completarla, ya que por muchos autores que se añadan, el mundo del relato es inabarcable. Yo también llevaba cuatro preciosos relatos muy breves, aunque el tiempo voló sin que los leyéramos y dedicamos los últimos minutos a considerar si debemos seguir en la brecha, posponerla hasta octubre o renunciar, sin más.

De ahí que este post sea casi plebiscitario, ya que pretendo saber opiniones, especialmente de quienes anunciaron su asistencia. Los responsables de la librería enviarán a estos interesados un nuevo correo para saber si es que han desistido. Uniendo ambas consultas podré determinar la exacta medida de la situación. Mientras tanto, no me rindo. ¡Todavía, no!

Alberto Granados

LOS AMANTES

Siempre se ha dicho que el arte imita a la naturaleza, a la realidad y, por ello, las implicaciones y coincidencias entre ambos ámbitos son sorprendentes. Tal vez sea que la creación artística se ocupa, básicamente, de todo aquello que está en la misma base del espíritu humano y por eso los estados de ánimo, los sentimientos, las angustias, las pulsiones de cada uno de nosotros se convierten en motivo artístico, en el leitmotiv de una gran tragedia, en modelo plástico o en tema musical y dan lugar a una hermosa tragedia, una ópera, un cuadro o una sinfonía.

Uno de los motivos más repetidos en el arte, es el del amor imposible. Está claro que un sentimiento tan apasionado como el amor, da mucho juego artístico, pero si además esa fuerza se ve contrariada por alguna imposición, el conflicto fatalista da para mucho más. Y un amor al que se oponga una diferencia social, de edad, de religión, de etnia o una vieja y enquistada rencilla familiar, puede dar fertilísimos frutos creativos. Y sorprendentes conflictos en la vida real.

La línea creativa que se ocupa de un amor contrariado que termina en tragedia empieza, para nosotros, con La Celestina, donde Calisto y Melibea parecen ser víctimas de la oposición entre cristianos viejos y judíos, pero inmediatamente llega a la corte de Isabel II y Shakespeare usa un molde parecido para convertir a los dos amantes en arquetipo literario: su Romeo y Julieta se repetirá en cine, ópera, ballet, musicales… e incluso globalizará el conflicto, pasando a ser cosa de otras latitudes geográficas y de otros grupos sociales o étnicos.

(Imagen tomada de artelena.files.wordpress.com)

Sin pretender ser exhaustivo, yo he visto las versiones cinematográficas de Zeffirelli (1968) y de Baz Luhrmann (de 1996, con Leonardo di Caprio), así como su variante gitana, “Los Tarantos” (1962), del catalán Rovira Beleta. Las diferencias entre Montescos y Capulettos pasaron a ser cosa de pandilleros marginales en “West Side Story” (de Robert Wise, 1961).

(Imagen tomada de ethnikoi.org)

 

Peor es cuando la realidad imita al arte, y nos ofrece un drama en vez de una creación, como sucedió con una tristísima historia de amores contrariados en medio de la guerra de Yugoslavia en 1993. Me refiero a la muerte de Bosco Brkic, un serbio ortodoxo, y Admira Ismic, musulmana, que tuvieron la desgracia de quererse en un infierno lleno de odios raciales, estupidez compulsiva y francotiradores que distraían su tedio disparando contra todo lo que se moviera en la semiderruida Sarajevo.

Cuando preparaban su huida al barrio serbio de Grbavica, para seguir hacia Belgrado y poder ser felices, Bosco fue abatido por un disparo y la chica corrió a abrazar su cadáver. También dispararon sobre ella. Sus cadáveres estuvieron ocho días descomponiéndose al sol, ya que ningún bando hizo nada para pactar un alto el fuego momentáneo que hubiera permitido retirar los cadáveres y sepultarlos decentemente. Nadie se fiaba de nadie y sólo por la presión mediática hubo, al fin, un momento en que los cadáveres fueron retirados con ciertas garantías.

La historia, junto a la terrible foto, dio la vuelta al mundo y alimentó una leyenda, dada la similitud con la tragedia de Shakespeare. Pronto, la prensa los llamó “Romeo y Julieta de Sarajevo” y dieron materia para un musical que se estrenó cuando la paz volvió a la vieja ciudad yugoslava. También se convirtieron en el símbolo del sufrimiento que la guerra acarrea para la población civil y se creó una fundación, y una página web, dieron materia para un reportaje televisivo… y después cayeron en el olvido. Mañana, 19 de mayo, es el aniversario de sus estériles muertes, poco glamourosas, pero reales, que esta vez fue la realidad quien imitó al arte.

Alberto Granados

Patera

La patera fue entrando en el mar poco a poco, mecida por una brisa suave y yo sentí cómo un escalofrío me recorría todo el cuerpo y pensé que era frío, pero en realidad la excitación me estaba haciendo sudar. No era frío, era una sensación hasta ahora desconocida, una mezcla de emoción, de inseguridad, de vértigo. Un vértigo que venía de sentirme mecido y acunado por una masa absolutamente oscura, una tiniebla impenetrable. Pensé en la sensación que deben sentir los náufragos, pero inmediatamente comprendí que pensar en naufragios en esa situación era casi un mal presagio, así que deseché ese pensamiento y me cubrí de la brisa echándome contra la tablazón, instintivamente retorcido en posición fetal, deseando quedarme dormido, aunque sabía que el sueño no acudiría en momentos como aquellos.  

La patera iba alejándose de la costa de una forma casi imperceptible. Al mirar hacia atrás ya sólo se distinguía un difuso resplandor, el último vestigio de la iluminación de los pueblecitos de la costa marroquí. Si miraba hacia adelante, la oscuridad más absoluta nos envolvía por todos lados, creando esa sensación de inquietud que yo acababa de sentir. Sólo se podía mirar hacia el cielo, un cielo de ensueño en el que brillaban un cuarto de luna creciente y una infinidad de estrellas. Tuve la certeza de que todos íbamos pensando en lo que estábamos dejando atrás, esposas e hijos, padres, hermanos y, sobre todo, nuestra propia vida, que ahora nos jugábamos ante los azares de la travesía y del futuro incierto a que nos enfrentábamos. Me pareció que algunos hombres iban llorando.

El patrón empezó a hablar, sin duda con la intención de que dejáramos de tener pensamientos sombríos y de que volviera a la patera un cierto espíritu de despreocupación. Nos distrajo con las estrellas y constelaciones, señalándolas en el firmamento y contándonos las viejas leyendas que los antiguos habían creído desentrañar en cada signo del cielo. Pronto, todos estábamos entretenidos buscándolas, comentando formas del cielo, haciendo nuevas preguntas, dejándonos envolver por aquellos relatos fantásticos, por aquella magia antigua.

Ya hacía tres horas que habíamos salido y el viejo pescador nos indicó la conveniencia de calentarnos el cuerpo por dentro y por fuera para burlar el relente, así que todos empezamos a abrigarnos con unas mantas y sacamos unos termos y unos bollos. Tras aquel ir y venir de cafés y tés, los pasajeros nos sentimos más reconfortados y con mejores ánimos e iniciamos varias conversaciones, hasta que poco a poco fuimos durmiéndonos acurrucados sobre el húmedo suelo de la patera, mirando un cielo que parecía el de la primera noche de la creación.

Entre sueño y sueño, nos despertamos entumecidos por la humedad y la dureza de las tablas. Sólo los tres marineros profesionales estaban sentados, liados en una especie de capotes de pescador, controlando la barra del timón y hablando en voz baja. De vez en cuando alguien cambiaba de postura, o se ponía de pie o encendía un cigarrillo hasta que de nuevo el sueño lo volvía a vencer. Yo miraba mi reloj, y me preguntaba cuánto faltaba para llegar a las costas españolas, aunque sabía que aún teníamos por delante muchas horas de navegación, de incertidumbre. La noche es muy larga, sobre todo si no se duerme bien, pero una noche en alta mar, sin ningún horizonte al que mirar, sin más referencia que las estrellas, es aún más larga, casi interminable. Sólo los breves períodos de sueño eran capaces de librarnos de la impaciencia y de la inquietud, de la angustia y del miedo.

Pasadas unas horas, poco a poco, se iba distinguiendo una claridad por levante. Al principio era una luz blanquecina muy difuminada, pero que imperceptiblemente iba ganando en consistencia e intensidad. La mancha se fue extendiendo por el horizonte y el cielo, donde las estrellas empezaron a desdibujarse lentamente, perdiendo la nitidez que les había acompañado durante toda la larga, interminable noche. El mar, tan impenetrable hasta entonces, también empezó a mostrar los mismos reflejos del cielo y en pocos minutos se distinguían las olas, con un brillo distinto, recién lavado, virando de un verde extraño y oscurísimo a un azul intenso, hasta morir en un blanco sucio de espuma que caía mansamente para reiniciar el ciclo.

El día que estaba naciendo parecía ya un apoteosis de brillos, colores y resplandores, mientras las estrellas desaparecían y sólo se apreciaban, ya completamente desvaídas, las más brillantes. Todos nosotros, envueltos en las mantas, nos incorporábamos para ver el espectáculo y sonreíamos llenos de optimismo. La claridad lo inundaba todo, como una lluvia bienhechora. Admirando ese amanecer insólito, el sol empezó a salir, primero un rayo cegador, después un breve perfil curvo que asomaba y desaparecía con el subir y bajar de las olas. Luego, fue un trozo de disco de un intenso brillo rojizo que inundó el mar, multiplicándose hasta el infinito en el espejeo de cada ola. Al final, el sol, lentamente, con la perezosa dejadez y la ceremoniosa majestad de un rey antiguo, terminó de salir del horizonte, elevándose, ya entero, soberbio, sobre el mar, que empezó a recuperar una intensidad de azules inigualables. En la patera, fuimos dejando las mantas para recibir, agradecidos, el tenue calorcillo que nos llegaba, como una mínima limosna desprendida del derroche de belleza que acabábamos de contemplar.

Al terminar el espectáculo, nos sonreíamos unos a otros con un alegre optimismo. El patrón nos hizo tomar un abundante desayuno y nos recomendó descansar y dormir todo lo que nos fuera posible. También nos dijo que nos pusiéramos gafas de sol y gorras, pues a medida que el día fuera avanzando, el rebrillar del sol llegaría a ser cegador y nos podía provocar dolores de cabeza. Unos consiguieron dormirse y otros arrastramos nuestro cansancio de un lado a otro de la pequeña barca, mientras el día iba avanzando en medio de un rebullir de fulgores y espejeos, cada vez más intensos y cegadores.

 (Imagen tomada de reporterodigital.com)

 

Hacia mediodía, empezaron a aparecer unas tenues nubecillas por el lado de poniente. El patrón no hacía más que mirarlas y comentaba algo en voz baja con los otros dos marineros. Yo, sentado de espaldas al sol, con la cabeza cubierta con una capucha, creí ver un cierto aire de preocupación en las miradas de aquellos hombres, que no apartaban la vista de unas nubes que, poco a poco, se iban haciendo más densas. La brisa también se hizo más intensa y el oleaje, tan suave hasta entonces, iba encrespándose casi imperceptiblemente. El cielo azulísimo fue tomando unos tonos grisáceos que, en algunos momentos, casi llegaron al morado.

Eran las cuatro de la tarde cuando el mar desató su inmensa furia, y jugó caprichosamente con la patera y con las vidas de los hombres que íbamos a bordo. La embarcación se alzaba y descendía tomando ángulos impensables y los pasajeros nos aferrábamos fuertemente a las tablas, cada vez más asustados, mareados, sintiéndonos morir, sin encontrar el más mínimo remedio para el miedo y el peligro en que nos veíamos. Farid, uno de los chicos más jóvenes, se dejó llevar por un ataque de pánico y gritaba como un poseso, mirándonos con la suplicante impotencia del miedo.

Al anochecer, cuando todos estábamos agotados, la tempestad empezó a amainar. Poco a poco, las nubes fueron deshaciéndose y volvió a brillar el sol, un sol ya con los últimos brillos del ocaso. El viento fue suavizándose y la barca recuperó, por fin, la estabilidad horizontal que nos devolvió la esperanza. El patrón nos decía, tal vez para tranquilizarnos, que aquello no había sido nada, que él había vivido temporales mucho más fuertes a bordo. Sin embargo, yo creí ver cierta preocupación en su cara. Mi intuición no me falló: ya era noche cerrada, y los tres marineros buscaban la estrella polar en el cielo, por entre las nubes, y miraban una brújula. A media noche, el patrón nos pidió que lo escucháramos y nos dijo que, a consecuencia de la tormenta, la barca había hecho un gigantesco avance, pero con el rumbo muy desviado. Él calculaba que estábamos muy cerca de la costa española, pero bastante desviados de las costas de Málaga, hacia el Este. Pronto -continuó- empezarían a verse los destellos de algún faro español y se podría determinar con más exactitud a qué punto de la costa se dirigía la patera. Nos recomendó que nos relajáramos y descansáramos, pero nadie podía dormir en aquel clima de incertidumbre, pues muchos tenían a su gente esperándolos en el punto previsto.

Ya estaba bien avanzada la noche cuando vislumbramos, por encima del horizonte, los destellos de un faro y varios halos de intensa claridad, que sin duda correspondían a la iluminación de algunas ciudades costeras. Nos incorporamos, muy excitados, para clavar en nuestras retinas la primera sensación de la tierra española. Los tres marinos consultaban un mapa, sobre el que hacían mediciones y cálculos. Finalmente, tras discutirlo, determinaron que, según creían, la patera estaba frente al faro Sacratif, muy cerca del puerto de Motril, en plena costa granadina. En hora y media, estaríamos a punto de desembarcar. Hasta entonces, había que mantener un absoluto silencio y no encender luces, ni fumar, para evitar ser sorprendidos por alguna patrulla costera o del interior. Apagaron el motor y se aprestaron a remar el resto de la travesía.

Todos los hombres sentíamos el pulso martilleándonos en las sienes, asustados porque el momento verdaderamente decisivo estaba a punto de llegar. La barca fue desviándose aún más hacia el Este, evitando con ello pasar cerca de los puntos más iluminados. Dejamos a la izquierda una gran mancha de luz que supusimos Motril, después pasamos por delante del faro, finalmente nos acercamos a un largo trozo de costa en que sólo había una relativa iluminación, señal de que se trataba de pueblecitos pesqueros o de urbanizaciones de veraneantes, que en aquella época del año estarían casi vacías. El patrón decidió que íbamos a desembarcar en aquella zona, si es que resultaba baja y arenosa.

Empezamos a acercarnos a la costa. Durante el acercamiento, el viento nos trajo, en dos ocasiones, la música de alguna discoteca playera, y también en dos ocasiones divisamos las luces de posición de alguna embarcación, teniendo que virar para alejarnos mar adentro.

 Hacia las cuatro de la madrugada, conseguimos llegar a escasísimos metros de la playa. Allí el patrón nos ayudó a saltar al agua y nos fue descolgando nuestros fardos de equipaje. Despidió a cada uno de nosotros y nos deseó suerte. Después giró en redondo y se alejó mar adentro tan silencioso como había llegado.

Detrás dejaba a unos cuantos hombres cargados de ilusiones y de miedo. Habíamos llegado a la costa, habíamos salvado la vida. Ahora tocaba sobrevivir y pagar el precio de los sueños.

Alberto Granados

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