Kafka
Me asomé a la ventana sin saber muy bien por qué. Tal vez, la suciedad de los cristales y del alféizar o la sequedad de la maceta me llamaron la atención, así que abrí y me dispuse a regar la extraña planta, pero, al acercar el vaso de agua, me sorprendió una especie de crisálida que colgaba de una de las ramas resecas. En su interior se movió, casi imperceptiblemente, algo que a la vez cambió de color. Una mezcla de miedo y asco me obligaron a cerrar precipitadamente y volví a sentarme en el salón a regodearme en mi desgracia, en la soledad a que mi esposa me había condenado con su precipitado e inexplicable abandono. ¿Por qué se había ido? ¿Qué le había hecho yo para que me dejara después de media vida juntos? ¿Por qué había sido tan injusta conmigo? Como otras muchas tardes, me eché a la calle, huyendo de mi lacerante infortunio y volví tarde y lleno de alcohol a ese piso donde nadie me esperaba.
Un par de días después, volví a acordarme de la dichosa maceta y otra vez me dirigí allí con el vaso de agua. La crisálida ya se había abierto y colgaba muerta y reseca, y en el cristal había una especie de oruga, irisada de colores bellísimos, lo que no la liberaba de tener un aspecto repulsivo. No sé si llega a fobia, pero determinadas criaturas me suscitan unas inexplicables ganas de pisarlas o aplastarlas. Nunca he creído eso de que la naturaleza es bellísima. Eso sólo pasa en los documentales de National Geographic, donde se nos muestran pájaros de plumajes vistosos y mariposas de dibujos insospechables. El resto me ha parecido siempre una película para mayores, pues la naturaleza es, en su cruda realidad, el muestrario más exhaustivo de la crueldad depredadora, del vampirismo más exacerbado, de la violencia llevada hasta sus últimas consecuencias, un ámbito desgarrado en el que cada individuo se come, aplasta o hace daño a quien puede y evita ser dañado por otros individuos potencialmente nocivos. Véase mi mujer, que se ha llevado mi juventud y ha abandonado el nido para sobrevivir (eso fue lo que me dijo, como si yo le resultara una amenaza o un peligro…)
Con ese escepticismo sobre la naturaleza y con mi estado de ánimo, nada propenso al proteccionismo ecologista, me saqué una zapatilla, dispuesto a castigar a aquel bichejo por su mera existencia, por su proximidad a la mía, por su estéril injerencia en mi soledad.
Sorprendentemente, el animalito se incorporó sobre su parte trasera, como una serpiente, y se dispuso a atacarme. Sus ojillos me observaban con una enorme dosis de ferocidad, con una mirada que parecía dotada de una inteligencia animal muy superior a la que una simple oruga puede tener. Sentí un escalofrío y cerré la ventana por segunda vez.
La tercera vez que la abrí fue porque algo había roto el cristal. Los troncos de la planta estaban mordidos y apenas quedaban unos mínimos tocones entre la tierra, removida como yo había visto que lo hacen las lombrices. Ni rastro del gusano, así que recogí los restos y me dispuse a llamar al cristalero de la calle de al lado. En la mesa del salón, mientras marcaba, vi reflejada la oruga, que ya tenía el tamaño de una generosa tripa de embutido. Me dejé caer en el sillón, mirando a aquel animal pegado al techo, que se puso en movimiento y bajó por una de las paredes para tenderse mansamente a mis pies, como lo habría hecho un perro. Un intenso escalofrío me recorrió la espalda, dejándome la impresión de que mi vida estaba rozando el absurdo.
(Imagen tomada de luis-alvarenga.blogspot.com)
-¡Kafka! –dije yo, sin saber muy bien qué quería decir-. Estoy viviendo con Gregorio Samsa.
Me quedé observando al gusano, que a su vez me miraba con una mirada que, me pareció, contenía toda la ternura que mi mujer me había negado. Me serví una copa. Y después varias más, así que amanecí tirado en el sofá, vestido, resacoso y triste. Tuve la sensación de que el gusano sólo era producto de mi borrachera, pero encendí la luz, lo busqué en el suelo y me di cuenta de que estaba tumbado en el mismo sofá que yo, a mis pies, como podría haberlo hecho un gatito o cualquier otra mascota. En silencio, para no despertar a Kafka –en ese momento decidí ponerle ese nombre-, me dirigí al baño y me di una ducha, me vestí y salí a la madrugada intentando poner orden en mi mente y en mi vida.
Volví por la noche, confuso y atemorizado por encontrarme con aquel bicho, por si era real. Abrí y lo encontré esperándome en una alfombra que hay en la entrada. Muy nervioso, fui a mi dormitorio y me puse el pijama mientras lo oía acercarse por el pasillo. Pasé, de vuelta al salón, por encima de él, con mucho cuidado de no pisarlo, pues había crecido mucho y llenaba la anchura del corredor. Me senté ante el televisor. De nuevo, lo oí aproximarse. Sus patitas arañaban suavemente la tarima y el ruido se iba acercando lentamente. Por fin entró y me miró. Esta vez, me pareció mucho más entrañable, y su mirada era mucho más afectuosa, casi más humana que muchas de las que se habían cruzado conmigo durante todo el día.
-¿Qué pasa, Kafka? ¿Cómo te ha ido? –me sorprendí preguntándole en voz alta, al tiempo que el bicho levantaba la cabeza y me miraba agradecido.
Me levanté y traje una bandeja con una cerveza y unos aperitivos. Kafka se incorporó, como excitado por la comida y comprendí que no había comido nada desde la planta, así que le eché en un cuenco unos cereales y un poco de leche. En pocos minutos había dado cuenta de su menú y estaba a mis pies, enroscado y beatíficamente dormido. Me hizo reflexionar sobre muchas cosas, sobre el mundo de los afectos, sobre la naturaleza humana y sus prejuicios… sobre mi desaparecida mujer, mi soledad y sobre mí mismo.
Me dio por pensar, como si fuera un padre lleno de insoslayable responsabilidad, que esa criatura dependía de mí, que no sobreviviría sin mis cuidados, sin el incipiente afecto que ya sentíamos recíprocamente… que yo tenía que dejar la bebida y empezar a ocuparme de la casa, tan sucia desde la ausencia de Eva. Empecé a pensar qué cosas podía comprar para Kafka. Decidí traerle frutos secos, aceitunas, más cereales, zumos de distintos sabores…, pero inmediatamente deseché los frutos secos y las aceitunas, que contenían muchas grasas y demasiada sal, no se fuera a poner enfermo o a coger sobrepeso…
Desde entonces, apenas pruebo el alcohol duro, vuelvo a casa tan pronto como salgo de la oficina, y paso con Kafka todo el tiempo que puedo. Ya no me amarga la ausencia de Eva (¡Allá ella! –pienso con frecuencia-. Casi estoy mejor sin aguantar sus manías). Ahora Kafka llena mi vida. Le he comprado una cunita para gatos, muy coqueta, pues ya está refrescando por la noche… Y viene cuando lo llamo y se deja acariciar mansamente. Sé que alguna de estas noches, cuando empiece el frío, acabará metido en mi cama, ¡pobrecito!
Alberto Granados
















