Alberto Granados

Archive for the month “septiembre, 2010”

De memes y otras memeces

La Filosofía lleva miles de años discutiendo si las ideas son innatas o adquiridas, si lo que perciben nuestros sentidos es la verdad o sólo su apariencia, si el conocimiento es algo aprehensible o sólo somos capaces de llegar a las puertas de la verdad, que siempre se nos escapa… Cuando todo este tópico filosófico parecía no interesar a nadie, un etólogo keniata, Richard Dawkins, concibe una extraña teoría que acaba con la ilusión de cualquiera que haya tenido la vanidad de sentirse creador, aunque sólo sea un instante mínimo a lo largo de su biografía: si, en nuestra vanidad, hemos llegado a pensar alguna vez que tenemos algo de lucidez, que por nuestro cerebro ha pasado un relámpago brevísimo de genialidad, que somos verdaderos “autores” de algo… Dawkins nos dice que no, que somos imitadores, eternos émulos de un conocimiento previo, esclavos de un mecanismo que él llama “replicación”, eternos manipuladores de una cultura adquirida a base de memes.

(Imagen tomada de cetr.net)

 

 

Pensemos en la forma habitual de construir nuestro conocimiento: ante un estímulo cualquiera (una noticia de un periódico, un comentario de alguien de nuestro entorno…) nuestro cerebro se forma una imagen, un concepto, del hecho en cuestión. Lo repetimos a otros en forma de comentario, consigna educativa, carta, obra literaria, blog… y, poco a poco, pasa a ser materia asumida, algo completamente nuestro, integrado en nuestra forma de pensar y de percibir la realidad. Nos creemos dueños y creadores de semejante concepción, pero Dawkins asegura que no.

Él, teórico de la evolución darwiniana, sostiene (El gen egoísta, 1976) que los genes llevan implícitos tres mecanismos de perpetuación, los mismos que lleva en sí una información cultural (divisible en ideas, conceptos, sistemas, técnicas, habilidades, costumbres, ideologías, ritos, mitos, etc.) recibida de otros individuos por enseñanza, imitación o asimilación. Tales mecanismos, válidos por igual para la transmisión de material genético, como para el conocimiento son: la longevidad (ciertas ideas tienden a permanecer en el tiempo), la reproducción (las ideas se reproducen y pasan de una generación a la siguiente) y la replicación (las ideas son capaces de copiarse a sí mismas e integrarse en nuevas formas culturales).

(Imagen tomada de pequenavia.com)

 

Si el gen supone una unidad de material genético dentro de la biología, el mem (un neologismo creado por analogía con gen, a partir de la palabra memory) es una unidad de transmisión cultural, y entra de lleno en la teoría de la comunicación, en la antropología, en la ética, la filosofía, el humanismo… y ya, en nuestra época, en las nuevas tecnologías, capaces de registrar la más mínima variación, cambio, matiz, reformulación de una idea o de una teoría.

Existen miles de millones de websites, blogs, páginas de internet. Nos cruzamos cientos de millones de correos con contenidos ideológicos, artísticos, literarios, pictográficos… El universo parece repleto de información, una información que nuestro procesador nos hace asequible en pocos segundos: Google es capaz de encontrar millones de resultados para una búsqueda en menos de un par de décimas de segundos… Identificamos los temas gracias a millones de tags o etiquetas con las que catalogamos lo que buscamos o producimos en la red… y resulta que todo, absolutamente todo, es material perpetuado, reproducido, replicado a través de memes. La poesía más sublime, el cuadro que nos enternece, la novela que nos desgarra, la escultura que nos sorprende por su armonía, la sinfonía o la ópera que nos emociona profundamente… es sólo un conjunto de memes, algo carente, al parecer, de cualquier viso de originalidad o creatividad. Todo es material atávico, a veces olvidado o en desuso por las modas, pero perpetuado en esa especie de genes culturales que son los memes.

Puede aventurarse que cuando todos los libros sean electrónicos y llenos de tags, se podrá seguir al milisegundo la trayectoria de una idea desde que existe el lenguaje escrito, y reconstruir, a través de gigantescas autopistas meméticas, las similitudes, los plagios, las influencias y los parecidos, algo tan importante en nuestra cultura humanística.

Volvemos al “Nada nuevo bajo el sol”, la cultura se convierte, no ya en el malestar que enunció Freud, sino en el agobio plagiario de los memes. Hemos salido perdiendo. Ya no es cultura, sino una memez.

Alberto Granados

Cuaversos de bitácora: Aurora Luque

Afortunadamente, la poesía no hace huelgas, así que aquí están los cuaversos de hoy:

De nuevo voy a usar la ya mencionada “Entre el XX y el XXI. Antología poética andaluza”, que en su segundo volumen incluye a la almeriense Aurora Luque, todo un descubrimiento para mí.

Una de las muchas cosas que aporta esta obra de Ediciones Carena es que el antólogo ha pedido a cada autor que incluya una breve poética donde quede más o menos sugerida la naturaleza de su poesía. Toda una ayuda para el lector. La de Aurora Luque es esta:

POÉTICA

Tres poemas a modo de poética

Hybris (1)

En la cima, la nada.
Pero todo se arriesga por la cima
del amor o del arte.

Nuevo caso de hybris (2)

Arte:
una letra de a-mor
y tres de mue-rte.

Del descifrar (3)

Fluir en la corriente sagrada de los versos
de una noche a otra noche
y ser atropellada, ser mordida
por la negra belleza que estalla en las palabras.
Y qué saturación sentir el aire
de otros mundos, la hoja que temblaba
en la lluvia con sol, los astros asomados
a la leve escritura,
un aroma olvidado de la infancia
o un placer sumergido
en las aguas más hondas de la vida:

Carne que se entreviese
-erótico fulgor rosado y denso-
bajo el encaje oscuro del poema.

(Imagen tomada de poetaslenguacastellana.ning.com)

 

Sin ser el equivalente a Ferrá Adriá en el universo de la poesía, Aurora Luque nos habla de la extraña relación entre desconstrucción y amor:

LA DECONSTRUCCIÓN O EL AMOR

Amar es destruir: es construir
el hueco del no-amor,
amueblar con milagros la pira trabajosa
echando al fuego lenguas, carne de ojos vencidos,
piel jubilosa, dulce, nucas saladas, hombros temblorosos,
incinerar silencios y comprobar la altísima
calidad combustible del lenguaje.
Hay estadios del cuerpo a cuerpo a cuerpo
que no alcanzaron nombre en el origen.
Y quién inventa hoy
vocablos para el quicio
fragante de una piel, nombres para los grados de tersura,
acidez o tibieza de un abrazo, quién justificaría
las palabras-tatuaje, las palabras tenaces como un piercing,
las palabras anfibias e ilegítimas.
El poeta ha dejado junto a cada palabra
lo que cada palabra le pidiera al oído:
derramarse indecible en otro cuerpo
o estallar en un verso como válvula.
El poeta, desnudo,
cuelga una percha en un árbol perdido
y las palabras van
al poema a vestirse.

(De “Camaradas del Ícaro”, 2003)

Finalmente, os adjunto dos revisiones del tópico literario clásico del carpe diem, muy inteligentemente retomados por esta poeta.

TÓPICO

Ya no atrapes el día —no se deja,

no es tan fácil ser dueño del presente,

persistir en la dicha o detenerla

para el trámite mínimo

de asignarle palabras.

Y ni al acariciar

las sienes o los pómulos o el pecho

que con furia deseas, cuando la luz parece

palparse con las yemas de los dedos,

estás lejos al fin de los vampiros:

la Utopía, el Vacío, la Memoria.

Amas para escribirlo solamente,

la dicha pide a gritos que un recuerdo

del futuro la abrace y la duplique.

No corras tras el día. Si no lo acosas puede

que se tienda sumiso

de noche en tu regazo.

(De “Problemas de doblaje”, 1990)

 

 

 

 

CARPE NOCTEM (1)

Carpe noctem, amor. Coge el brusco deseo
ciego como adivino,
los racimos del pubis y las constelaciones,
el romper y romper
de besos con dibujos de olas y espirales.
Miles de arterias fluyen
mecidas como algas. Carpe mare.
Seducción de la luz,
de los sexos abiertos como tersas actinias,
de la espuma en las ingles y las olas
y el vello en las orillas, salpicado de sed.

Desear es llevar
el destino del mar dentro del cuerpo.

(De “Poemas para la siesta de Epicuro”, 2008)

Creo que son cuatro muestras de una poeta poco conocida, que aporta indudables aciertos en su poesía. Por eso, estos cuaversos.

Alberto Granados

(1) Este poema no parece incluido en la mencionada antología de Morales Lomas, sino que está tomado de amediavoz.com

Huelga

Mañana, día 29, la sociedad amanecerá como Alejandro Sanz: con el corazón partío, con la duda cartesiana del sí o el no a esta extraña huelga, del ser coherentes con la ideología o asumir el desagradable papel de esquirol ante los compañeros del tajo. Cada uno de nosotros tendrá medio decidida una postura a la que, en muchos casos, no ha sido fácil llegar, pero en cualquier huelga, y especialmente en esta, muy pocos tienen atados todos los cabos, quizá sólo los que van a secundarla únicamente por desgastar al gobierno y a su presidente.

Es posible que el resto de la población esté con muchas razones a favor (las hay, sin lugar a dudas), pero también con una enorme carga de argumentos en contra de la huelga. Hace dos días, un viejo peso pesado del PSOE local, en la asamblea ordinaria, decía ser socialista y ugetista desde hace casi cuarenta años. Preguntaba: ¿Qué brazo me debo cortar? ¿Cómo solucionar el dilema saliendo airoso con dos formas de pensar y de vivir,  antagónicas sólo por la naturaleza de esta convocatoria?

En efecto, los sindicatos convocantes aducen razones suficientes como para ir a veinte huelgas: el mercado laboral se está convirtiendo en una jungla, la precariedad se ha convertido en una seña de identidad del trabajador y eso no puede ni debe consentirse. Todo eso es verdad, pero, ¿acaso no lo viene siendo desde hace mucho tiempo y los sindicatos se han venido dedicando a impartir cursos de powerpoint y otras memeces similares, soslayando la situación? La huelga, ¿por qué precisamente ahora, cuando contribuye a debilitar aún más a Rodríguez Zapatero, que podría desalojar la Moncloa para entregarle el poder ni más ni menos que a un tipo anodino y neoliberal como Rajoy? ¿Será mejor eso? ¿Va a mejorar la situación del trabajador? ¿No supone el entierro definitivo de los pequeños pasos alcanzados en políticas sociales?

 

(Imagen tomada de marisolayala.com)

 

Los empresarios, a todo esto, están tan felices: cuando los sindicatos anunciaron que se levantaban de la mesa de negociación, les abrieron la puerta para retirarse y dejar que el gobierno hiciera esta nefasta reforma laboral a golpe de decreto, con lo que no les ha costado un euro y han conseguido las peores condiciones para el trabajador sin el más mínimo desgaste. Otra cosa hubiera sido si los sindicatos hubieran aguantado una negociación larga, penosa y llena de pasitos cortísimos. El empresariado habría tenido que jugarse algo, pero la huida sindical les dejó la puerta abierta para esta situación, que casi equivale a que el trabajador despedido tenga que indemnizar al pobrecito empresario, que este año no va a poder cambiar de coche de lujo, pagado por leasing.

Por su parte, el gobierno se equivocó en dos cosas. Como Luis Rosales, “en lo que yo más quería”, en dos detalles esenciales: la estimación de hasta cuándo iba a durar la situación recesiva de nuestra economía y el momento de aplicar las medidas impopulares. El primer fallo, la larguísima duración de la crisis, lleva invariablemente al segundo. Tal vez, si los recortes hubieran llegado más suaves y antes, no hubiera sido necesario una reforma laboral tan desmotivadora, pero en Moncloa creyeron que la crisis era cosa de sólo unos meses y que el estado del bienestar (justo es reconocerlo: se estaba llegando a un gran nivel) debía seguir su curso y los programas sociales, apenas empezados, debían continuarse.

La derecha, más crecida que nunca, con una insultante chulería de niñatos, espera ansiosa ver que los leones se comen a los reos. Y mienten descabelladamente al imputarle la crisis a Zapatero: la crearon ellos monopolizando la economía en el campo inmobiliario, que era rentable a corto plazo, pero implicaba el gigantesco riesgo de no ser una economía diversificada. Ahora, les sale el cavernícola que llevan dentro, se ven triunfadores, creen que Zapatero está muerto y que el estado del bienestar es una filfa insostenible, una memez de los progres, a los que desprecian cada vez más profundamente. Ven llegada de nuevo la hora del liberalismo neocon y se frotan las manos. La Iglesia, secularmente a favor del poder establecido, apoya la huelga desde los púlpitos (me pregunto si harán huelga de misas)… ¿No son pistas suficientes para ver que esta huelga es de contenido político?

La torpeza y los errores de sindicatos y gobierno, la tremenda duración de la crisis, su enorme capacidad de destruir empleo, la voracidad de los empresarios… nos llevan mañana a una huelga en la que muy pocos tienen clara la postura a seguir. Yo, jubilado, lo tengo muy fácil y mis dudas ya están resueltas. También lo están las de los cuatro millones largos de parados, que no pueden ir de huelga. Los trabajadores en activo tendrán que decidir su postura en estas horas que quedan. Los piquetes deberían respetar la decisión de cada cual, que hoy día todo el mundo tiene la información, la cultura democrática  y la lucidez requeridas para decidir libremente, y no se necesita para nada a cuatro señores con cara de gorila de discoteca forzando voluntades… Y los indecisos deberán saber que no es una huelga de contenido laboral, sino político. El gobierno tendrá que replantear esta reforma vergonzante (incluso para un militante socialista como yo)… A medida que se acerca la hora lo tengo cada vez más claro: si estuviera trabajando, no iría a la huelga, como le dije a una sindicalista la otra tarde en Puerta Real. Es una huelga en la que sólo tienen algo que ganar el empresariado y la derecha, es decir: Rajoy en la Moncloa… Y eso es para pensárselo.

Alberto Granados

Gaudeamus

Cada año, al llegar estas fechas, Granada se prepara para empezar el curso académico en su prestigiosa Universidad y toda la ciudad queda impregnada de ese aire nuevo que le confieren sus casi sesenta mil universitarios, un aura de desenfado, vitalismo y juventud que pone a nuestra ciudad en su verdadero ser, tras el alejamiento veraniego de tan importante grupo de población. En septiembre, con los exámenes, ya empieza a verse movimiento en los pisos cerrados durante el verano. Ventanas que se abren, muebles viejos junto a los contenedores de basura, chicos jóvenes con mesas camilla, con estanterías, televisores, ordenadores, llevados a mano o en carrito, solos o con la ayuda de algún coleguita, coches que descargan las cosas de la niña aprovechando el domingo… todo eso forma parte, junto con las primeras capas de nieve en la Sierra (muy tenues aún, inexplicables, con estas temperatura) de un cambio en el ritmo biológico de esta ciudad.

 

En los últimos años, el fenómeno adquiere una dimensión más cosmopolita, pues desde primeros de septiembre aparecen cientos de estudiantes de otros países, que vienen llenos de incertidumbres e ilusiones, a aprovechar su intercambio Erasmus en nuestra Universidad, a darse una inmersión en nuestra cultura autóctona y en nuestra extraña forma de vida. Preguntan por alguna dirección, alguna institución o cosas tan peregrinas como que dónde se pueden comer churros. En unos meses estarán en condiciones de escribir auténticas tesis sobre la vida granadina y sus inexplicables constantes, sobre la malafollá, Lorca, la costa, los bares de copas y de tapas o nuestra Sierra.

 

Granada, tal vez como cualquier otra ciudad universitaria, viene a ser una especie de tierra de promisión a la que acuden, llenos de ilusiones y expectativas, un montón de jóvenes que, tras la selectividad, han optado por una de las carreras que ofrece la UGR. Hay que decir que esa elección no siempre se hace en función de un gusto personal, una afición clara, unos motivos decididamente serios, sino que, en la mayoría de los casos, las notas de corte para las distintas carreras, la leyenda que rodea al ambiente marchoso  de los universitarios granadinos, la fama de sus bares de tapas, de su tristemente famoso botellódromo… pesan más que la firme llamada de una clara vocación o una tradición profesional familiar y cada joven elige sencillamente la carrera que puede. La hija de uno de mis amigos de Jaén, cuando se le preguntaba qué pensaba estudiar, contestaba:

-Yo me voy a Granada.

 

 

Lo que sí queda claro es que la Universidad no va a darles un puesto de trabajo a todos y que, pasados unos años de carrera, cuando el título se haya conseguido, muchos de los estudiantes tienen que enfrentarse a la disyuntiva de volver a sus orígenes o quedarse aquí en ocupaciones próximas al subempleo, a la mera supervivencia, al vivir al día que esta sociedad les ofrece como única salida, una salida tan distinta de las expectativas iniciales. ¡Todo, menos volver al pueblo! Si hace falta, se inicia otra carrera complementaria, pero volver al redil…

Pensemos en el chico o chica que, tras cinco o seis años de una inagotable marcha, una cuota de libertad que cualquier de mi generación envidiaría (para qué negarlo), un ambiente abierto, permisivo, tolerante, multicultural… tiene que volver a vivir en la casa familiar, con los hermanos pequeños, con el padre, la madre, la abuela… comentando, opinando, reconviniendo, poniendo malas caras a los “excesos” de ese chico o chica, ya con veintidós o veintitrés años, que se fue hace apenas cuatro días y que vuelve hecho un/una extraño/a, con la cabeza a pájaros, horarios insufribles y un cierto gusto por el aislamiento (“Niño, ¿es que te has creído que esto es una pensión o qué?”). O eso, o repartir flyers para los bares de copas y espectáculos de flamenco, ir los findes a reforzar dichos bares como camareros, servir en los caterings, cuidar niños o ancianos, dar clases particulares… Ahí es donde se demuestra que la Universidad es, no sólo una fábrica de parados, sino un ambiente que implica una cierta élite, una burbuja que se mantiene cinco o seis años para lanzar al titulado a un mundo donde no cuenta su preparación, su expediente o su talante, sino la disponibilidad para dejarse explotar y para superar la frustración.

 

 

 

 

El curso empieza hoy, con la procesión cívica (parece ser que la inexplicable misa de Espíritu Santo ha caído gracias a la presión del movimiento laico) y el alma mater alimentará desde hoy los espíritus de todos estos jóvenes: alegrémonos por tanto, gaudeamus igitur, que ya vendrá la dura realidad.

Alberto Granados
  Fotos del Hospital Real, sede del Rectorado

Yerno

-La ración de boquerones adobados se está enfriando –piensa Juan al verlos languidecer en el plato, ya tiesos y apelmazados.

La verdad es que, salvo Migue, que no parece que la cosa vaya con él, nadie del grupo tiene muchas ganas de papear. Angustias, la madre, tiene un nudo en la garganta y los boquerones, siempre tan apetecibles para ella, ahora le producirían arcadas. Mira a su marido, buscando en sus ojos algo de ánimo, pero sólo ve el gesto de la más amarga de las derrotas: se trata de su niña, y eso para él…

Es muy duro ver que ya no existe la nena que se sentaba en sus rodillas hasta hace poco, que se ha hecho una mujer, que se ha dejado engatusar por semejante gilipollas, que se ha quedado embarazada a los diecisiete años y que, encima de todo, se cree que lo ha hecho dabuti, como dice ella. El yerno, por llamarlo de algún modo, tiene una pinta como para salir corriendo, de estos que te cruzas por el barrio y te echas la mano a la cartera, pues parece de los de pedir o de los de dar el palo. Juan lo mira con esos pelos, lleno de piercings, de tatuajes, con un saquito de lana gorda que huele a chotuno y esos pantalones que parecen salidos de Las mil y una noches y que no se han lavado desde ni se sabe cuándo. Lo piensa:

-Yo a este le metía cuatro hostias, lo hartaba de trabajar y me quedaba en la gloria, pero mi mujer me mata, que me lo ha dicho: que me aguante, que es nuestra hija, que no la podemos perder, que tenga mano izquierda… sí, sí, mucha mano izquierda, pero ya ha quedado claro: que no se van a casar, que para qué, que ellos lo que quieren es ser felices, ¡no te jode! Y la niña embobada, vamos, como si estuviera oyendo hablar a Dios… ¡Si es que no  parece mi hija! ¡Si es que ya es otra chiquilla completamente distinta!

Migue, el yerno, que acaricia continuamente a un perrillo sospechoso de pulgas, lo explica, con un tuteo que a Angus y a Juan les ralla el alma:

-Si yo ya sé que no os gusto, pero como le gusto a vuestra hija, pues ya está. Y yo la quiero, ¿eh? Y eso sí, yo soy legal, pero legal que te cagas… que hay por ahí otros coleguitas míos, que si yo os contara… Pero, a lo que estamos: que la Aurora se viene a vivir conmigo.

Juan piensa en su hija metida en una casa llena de okupas, en la escasa intimidad, en la mínima higiene, en las inaceptables condiciones, en todo lo que va a ser la vida de su hija y de su futuro nieto y siente una opresión en el pecho. Hartarse de criar a un primor de chiquilla para esto…

-Pero… ¿y de qué vais a vivir? Si vais a tener un niño, digo yo que… -intenta protestar Angustias, ya al borde el llanto, antes de que Migue la interrumpa:

-Mira, con muy poco nos apañamos, que es que esta sociedad sólo piensa en el dinero y en comprar cosas que no sirven para nada. Miradme a mí, yo llevo viviendo a mi bola más de tres años… Vivo en una buena casa hasta que me echen y entonces me voy a otra; como, bebo y me fumo mi paquete de Fortuna y mis canutillos todos los días; los canutillos son pal buen rollito, ¿sabes?; por la tarde salgo a buscar en la basura de los supermercados y lleno la despensa sin que me cueste un euro, o me pongo a tocar la flauta y Aurora pasa la gorra… Para ir tirando sacamos. ¡Una vida tó wapa! ¿Qué más se puede pedir? ¿Trabajar para que me exploten como a un pringao? Eso no va conmigo, que la vida son cuatro días y luego te da un chungo y…

(Imagen tomada de adn.es)

 

Juan piensa que empezó a trabajar nada más terminar la EGB. Encofrador. Un oficio bien pagado pero bastante incómodo, que la espalda termina doliendo después de las primeras dos horas. Ni un solo día ha llegado tarde a la obra en veintisiete años. Se ha ganado el respeto de los compañeros, del constructor, del maestro de obras. Nadie puede decir que haya dejado una factura sin pagar en su vida y, a base de esfuerzo, ha conseguido tener un piso, unas tierras en el pueblo, unos días de veraneo en el apartamento de la playa… Y este imbécil le va a dar lecciones a él… ¿Que qué más se puede pedir? Pues está bien claro: decencia, respeto, vergüenza…

-… es que la gente no se da cuenta. Todo el mundo a comprarse un piso, a firmar una hipoteca, pero es que luego hay que amortiguarla y ahí la has cagao, que es toda la vida, coño… y yo, lo siento, yo no sirvo para eso, yo es que…

Juan vuelve a abstraerse y recuerda a Cecilio, su compañero del tajo de toda la vida, que siempre le decía de broma:

-Mi niña viene a casa con Moncho, a ver los partidos de fútbol, y el tío se me sienta allí a mi lado y me lleva la contraria en todo… y eso que estoy en  mi casa. Anda, Juan, que cuando te llegue tu Aurorita con un Moncho que ponga los pies encima de la mesa y termine por partir el jamón en tu casa… ¿cómo te va a sentar? El mío se bebe las cervezas fresquitas del frigorífico y me deja las calentorras, el muy cabrón, y encima eructa, sin cortarse ni un pelo, ¿será cerdo?

Juan comprende que su Moncho particular, Migue, su yerno, ya ha llegado y nota que se le saltan las lágrimas. Mira a su hija, que a su vez mira, enteramente arrobada, a ese novio tan peculiar. La ve completamente feliz y entusiasmada con el futuro que le espera junto al chico. La madre intenta hablar con ella, pero la chica se blinda  y saca las uñas:

-Pues yo no sé qué quieres, mamá, ¿qué me case de blanco con un tipo como mi padre? ¿Es que tú has sido más feliz de lo que yo voy a ser con el Migue? Pues yo no lo veo tan claro, que parece que ni os dirigís la palabra en todo el día… Y es mi vida, no la tuya, así que déjame.

Angustias se viene abajo y unas lágrimas asoman a sus ojos. Por lo visto no ha acertado en nada en la vida. Ni ha sabido educar a su díscola hija, ni parece que haya sabido hacer feliz a su marido, aunque ella creía que sí, que ambos eran felices… Juan tiene que abrazarla y darle ánimos. Siente por ella toda una ternura recién resucitada, por la belleza que ha ido desgastándose junto a él, por tanta vida compartida, trabajando codo con codo para salir adelante… Se ve a sí mismo hace veintidós años, durante el noviazgo con su Angus, lleno de deseo, de ternura, de urgencias. Recuerda las miradas cómplices, las sonrisas, las entregas clandestinas, los gestos y ritos comunes. Se da cuenta de que es lo mismo que acaba de ver en los ojos de su hija y en ese chico, que le cae tan mal. Piensa que Aurorita y Migue tienen por delante una vida llena de ilusiones, miles de caricias que hacerse, días y días de ternuras e ilusión. Tienen todo el futuro intacto.

Juan saca la cartera y abona la cuenta. Da un beso a su hija y, disimuladamente le mete en la mano dos billetes de cincuenta euros. La despide con una sonrisa y un momento después se vuelve:

-¡Eh! ¿Vendréis el domingo a comer a casa, no? Ya sabes cómo le sale a tu madre la paella…

Migue, el yerno, al ver que Aurorita asiente, con su más amplia sonrisa, llena de felicidad, dice en voz baja:

-¡Joder! Yo es que lo flipo…

Alberto Granados

Cuaversos de bitácora: Fernando de Villena

Granada cuenta con una enorme pléyade de grandes poetas, adscritos  o no a alguna de las dos tendencias líricas que se vislumbran en el panorama creativo actual: poesía de la experiencia o poesía de la diferencia. Uno de los más brillantes poetas granadinos actuales, Fernando de Villena, adscrito a la segunda tendencia, cierra la antología de Francisco Morales Lomas (1), uno de los trabajos sobre poesía andaluza actual más serios y documentados de los últimos años. De esta antología extraigo los poemas que os ofrezco en estos “cuaversos” (lamentablemente no pude asistir a la reciente presentación de su último libro, “La piedra y el mármol”, que aún no tengo). Disfrutad los poemas. Os servirán para ir abriendo boca ante su nueva obra, su novela “Udaípur”, cuya presentación tendrá lugar próximamente.

 

Poética

Mirar, sentir, vivir despacio ciertos instantes y saber comunicar la emoción de lo entrevisto: ese es el trabajo del poeta. Existe una realidad más hermosa o más terrible detrás de muchas cosas junto a las que pasamos. El hombre vive demasiado velozmente. El poeta debe detenerse a indagar esa otra realidad y, aunque nunca pueda explicarla, podrá trasmitir la emoción que le sacude durante su búsqueda. Nuestro equipaje para dicha aventura es el lenguaje y cuanto mejor sea nuestra formación, más posibilidades tendremos de comunicar esa experiencia.

 

 (Imagen tomada de elcallejondelgato2006.blogspot)

 

 

 

 

 

 

Adiós 

La vida se nos iba

en días inocentes

de mansa lluvia y frío en los tejados.

Leíamos sin orden, amábamos a veces…

El vano conversar y la esperanza incierta

nos llevaban el resto.

 

En días soleados

las fieles estaciones al paso por los chopos

-ya verdes, ya dorados, ya desnudos-

silentes nos decían la vida se nos iba.

 

Y se nos fue la vida, ¡tan callando!,

sin traer una nueva primavera

después del largo y doloroso invierno.

 

 

El patio del colegio

 

En los días de cielo encapotado

está más triste el patio y sus balcones

con maderas de viejos cuarterones

y baranda muy negra en mal estado.

 

Es un patio sombrío, encajonado,

y vencidos están sus canalones;

tiene sombras de hospicio en los rincones

y líquenes de sangre en el tejado.

 

En sus cuatro parterres frente a frente,

bajo humildes naranjos y rosales,

crece hierba salvaje hacia la puerta.

 

En el centro y de piedra una gran fuente

muestra pútridas aguas en la cuales

flota esta tarde una paloma muerta.

 

 

(Presentación del libro en la Cuadra Dorada, de la Casa de los Tiros: los poetas Antonio Enrique, Fernando de Villena y el antólogo –también poeta- Francisco Morales Lomas) 

 

 

 

 

Estación de aldea

 

 

La tarde moría sobre las acacias.

Del campo venía la brisa aromada;

las aves callaban, los grillos cantaban…

La tarde moría.

 

Las rosas en sombra formaban guirnaldas

por sobre los arcos, junto a la campana,

y con sus agujas lento las flechaba

el reloj añoso.


La luna en creciente y estrellas clavadas

en un firmamento turquesa y de nácar.

El reloj añoso los sueños contaba.

La tarde moría.

 

Estrépito grande y una luz lejana.

Un temblor del aire por las enramadas.

Un silbo furioso: el tren que llegaba.

Las rosas en sombra.

Un ángel huía. La noche reinaba.

 

 

 

 

 

El camino

 

 

Sombrío es el camino y tortuoso

que a la Estigia conduce.

Creyeras que es la noche cuando avanzas,

y el sol no se ha dormido todavía,

pero las altas ramas

de pinos y cipreses

impiden todo atisbo de su luz.

Se oye a veces un trino

colmado de misterio

que suena a despedida

y casi también como advertencia.

 

Es sombrío el camino

que entre campos de loto

poco a poco desciende

tal la lenta serpiente hasta su presa.

 

Acaso aún lo ignoras,

pero noche tras noche,

cuando crees que sueñas,

pero día tras día,

cuando crees que vives,

recorres tu calzada pedregosa,

te acercas a las aguas del silencio.

 

Recordemos que la poesía no puede cambiar el mundo, pero lo hace más habitable. Disfrutad estos poemas y seleccionad los vuestros en vuestros blogs. Que no decaigan estas bitácoras poéticas.

Alberto Granados

(1)  MORALES LOMAS, Francisco: “Entre el XX y el XXI. Antología Poética Andaluza”, Ediciones Carena, Barcelona, 2007 –vol. I- y 2009 –vol. II-.

Jota para Labordeta

Los periódicos de hoy nos sirven un triste desayuno en el alma: la muerte de ese personaje entrañable que fue José Antonio Labordeta. Mi modestísimo homenaje es esta jota:

 (Imagen de joseblanco.blogia.com)

 

Se nos murió Labordeta

y el Ebro baja de luto.

Nómada, bardo, poeta,

y un diputado algo bruto.

Metió todo un país en la mochila donde también guardaba su corazón y desató una sonrisilla en medio país cuando se enfrentó a Álvarez Cascos y mandó “a la mierda”  a la derecha que no lo dejaba hablar. Descanse en paz.

Alberto Granados

Rumores

Inicio del fin de semana, del otoño, de un nuevo estado de ánimo… No es cuestión de tomarse las cosas de forma demasiado trascendente, así que una foto golfa y llena de mala intención. Su título: Cómo surgen los rumores en la oficina.

 

(Imagen tomada de anvari.org)

 

Objetivo: despertaros una sonrisa de sábado. Salud.

Alberto Granados

La gratuidad de los libros de texto

Los políticos, a veces, adoptan medidas sociales que, incluso naciendo de las mejores intenciones, llevan, desde el primer momento, el estigma del conflicto, ya sea porque una determinada iniciativa surja sin el enfoque idóneo, ya sea porque la medida pase, interesadamente, a la palestra política y sirva de arma en la lucha electoral. Una de esas medidas, siempre rodeada de polémica, es la gratuidad de los libros de texto en los centros educativos, que se incardina en las medidas de protección a la familia, que en su momento (un momento dulce, en lo económico) supusieron un paquete modélico y avanzadísimo de prestaciones sociales.

Cuando la Consejería de educación implantó dicha medida, yo era secretario de un centro de Primaria y me eché las manos a la cabeza, pues incluso aceptando el calado social de dicha gratuidad, vi todo un futuro lleno de problemas. Partiré de la base de que la medida me parece una medida social muy importante: siendo la educación obligatoria hasta los dieciséis años, la administración autonómica andaluza, pionera en esto, ofrecía una cantidad para que los centros educativos administraran los llamados “cheques-libro”, nominales para cada niño o niña, por un importe prefijado de los libros, que no del material complementario (cuadernillos, atlas, diccionarios, mapas…) y necesario, a veces indispensable, para una enseñanza actualizada y moderna.

No era solamente gratuidad, sino una idea enormemente educativa desde el punto de vista de los valores: el libro tenía que durar cuatro años, para cuatro alumnos diferentes, y eso exigía un profundo respeto por lo público, una necesidad de fomentar el cuidado por “lo que es de todos”. Lo malo es que esos libros tenían que estar tan inmaculados que no se podían subrayar, ni esquematizar con notas al margen, ni completar con definiciones o datos, todo ello necesario para abordar las diferentes técnicas de estudio, que también deberían ir aprendiendo nuestros críos.

La medida ha supuesto también la desaparición de miles de pequeñas papelerías-librerías, que han echado el cierre porque se les ha matado la gallinita de los huevos de oro, el ingreso que les permitía sobrevivir el resto del año, pero eso, a fin de cuentas, era a base de ganar dinero con un artículo de primera necesidad, como es el material educativo de nuestros hijos.

Lo peor de la medida, es que, siendo necesaria, se abordó de una forma desenfocada, pues en muchos casos resulta innecesaria, pues son muchísimas las familias que pueden (y, en consecuencia, deberían) pagarse los dichosos libros de sus niños, tal y como ha venido pasando toda la vida. En estos casos, el ahorro equivale a un viaje recreativo, a unas noches de hoteles con encanto o cualquier otro capricho, que me parece perfecto, siempre que cada cual se lo pague de su peculio, en vez de con el ahorrito de los libros de los dos o tres vástagos. En cambio, hay familias que deberían percibir, no sólo el importe del lote de libros, sino también un vale de material para cuadernos, diccionarios, atlas y otros materiales que el cheque-libro no tiene en cuenta.

(Imagen de lazarza.net)

 

Otra pega: con el cheque-libro, los centros se ven verdaderamente limitados en su capacidad de implantar los libros según criterios pedagógicos, ya que se cae en las editoriales-oferta: te llega la editorial X y te ofrece el lote completo de libros por el precio del cheque, incluyendo hasta libros que no son suyos (normalmente, religión e inglés, que son más específicos). Lo que se llama aquí “hacer un mocho”. El centro se ve obligado a aceptar dichos libros, no siempre idóneos, por una simple cuestión de supervivencia económica, ya que euro que sobrepase el montante de  los cheques-libro, euro que abona el centro de los fondos de “gastos de funcionamiento”, situación que no se puede asumir, dado lo exiguo de las partidas presupuestarias.

Finalmente, considero que la medida es abiertamente injusta. No se puede tratar a todo el mundo de la misma forma y el cheque-libro no puede ser por la misma cuantía para un  hijo de un jornalero de la campiña sevillana, que para el de un rentista con una posición socio-económica desahogada.

Respecto a que la medida iba a ser germen de futuros problemas, ya tenemos a las AMPAs quejándose porque los centros piden cuadernillos de trabajo y otros materiales complementarios. He sido maestro de Primaria durante treinta y nueve años. Concretamente de lengua inglesa. Me pregunto (y les pregunto a estos padres y madres,) cómo quieren que se trabaje dicha área sin el pertinente cuadernillo de trabajo y un buen diccionario hecho con criterios didácticos; cómo se puede ver la geografía sin un buen atlas; cómo la lengua sin un buen diccionario, por qué se ha de prescindir de materiales complementarios, si luego las familias despliegan una cantidad de gastos estúpidos impensables (habría que ver el dineral de las primeras comuniones, por poner un ejemplo)… ¿Desean estos padres y madres desentenderse de la responsabilidad económica que conlleva la enseñanza obligatoria de dos o tres hijos o hijas y que la Junta corra con todos los gastos? Lo veo muy fuerte, muy falsamente  reivindicativo y muy poco social.

Y de nuevo volvemos a una percepción falsa de la escuela que últimamente está cundiendo, en buena medida por culpa de la propia Consejería (me duele especialmente por mi calidad de docente y de socialista). Se va más a la escuela como centro asistencial que como centro educativo. Importa mucho más el número de días de aula matinal, de comedor y de actividades (prestaciones sobre las que gravita la posibilidad de trabajar de los dos cónyuges) que sobre la calidad didáctica; la gratuidad absoluta, que las posibilidades educativas; la comodidad, sobre la posibilidad. Creo que hace falta un poco de rigor y que cada palo vaya aguantando su vela, en vez de colgárselas todas a la Consejería, especialmente, en tiempos de economía crítica. No puede consentirse que la medida se vuelva contra los centros, que es tanto como decir contra la propia Consejería, que ha desarrollado un ingente esfuerzo en materia educativa y asistencial. Hago una llamada a la cordura de todos.

Alberto Granados

La habitación redonda

 

A Miguel Cobo, que siempre gustó de los

 trenes y de esas casas antiguas como  los recuerdos.

 

Mario ha tardado más de cincuenta años en volver a la casa donde nació. Al abrir la puerta, reconoce el amplísimo vestíbulo, el arranque de la lujosa escalera, la puerta del salón… Ve las marcas desvaídas de los cuadros desaparecidos, como fantasmales vestigios de aquella época, y siente un vacío atenazador. Se pregunta si mantener candente el rencor tantos años ha merecido la pena. Se lo ha preguntado miles de veces y nunca ha encontrado un argumento, ni una razón, ni un atisbo de idea que pudieran servirle de respuesta. Su padre lo apartó de aquella casa hace cincuenta y un años, lo arrancó de su madre, del abuelo, de la ausencia de su tía Delia, de su infancia… y alimentó en su espíritu el odio, después la indiferencia y, por último, el olvido de ese pasado que ahora le ha devuelto un notario, tras haber estado buscándolo por los consulados españoles de medio mundo, desde hace más de tres años, para hacerle efectiva la herencia de su madre.

La estación de ferrocarriles, tan cercana, le regala el silbido de un tren y, por un momento, cree que el tiempo se ha estancado milagrosamente y está aún en la nebulosa década de los cincuenta, creciendo en esa misma casa, junto al abuelo Héctor, sus padres y la tía Delia, en medio de un confortable universo de casa rica, atendido por una pléyade de criadas, una cocinera, el chófer –el abuelo siempre prefirió la pronunciación aguda, a la francesa: chauffeur- y otros empleados, cuyos cometidos le parecen hoy muy difusos, aunque recuerda sus nombres, sus aspectos y hasta sus voces.

Mario se ve a sí mismo junto a su abuelo, que le contaba cuentos y le enseñaba el solfeo indispensable para tocar pequeñas piezas para piano, o jugando ambos aquellas partidas de ajedrez en las que el anciano se dejaba ganar invariablemente; también recuerda la sonrisa permanente, vitalista, de su madre, siempre teñida por un aura de secreta infelicidad; la tristeza, fatal y endémica en el rostro de su padre; la mano suave y cálida de Delia, su tía, una adolescente sólo unos años mayor que él, que lo protegía y lo acunaba cuando su madre y su padre se sumían en aquellos dilatados silencios, intensos como cataclismos; la serenidad de su mirada, su voz, siempre llena de una musicalidad lánguida y casi desmayada, el tacto de aquella piel, siempre le devolvían una intensa paz… Todo en aquella casa suscitaba seguridad, calor humano, bienestar, una situación edénica que nunca podría resentirse ni afectar a su vida. Pero eso era sólo la visión equivocada de un niño, incapaz de discernir las cosas del mundo adulto, pues la realidad empezó a mostrar su destructiva capacidad de producir dolor y sufrimiento.

Primero fue el ataque del abuelo, que quedó hemipléjico y mudo. Se le acabó la habitación redonda, arriba, llena de ventanales desde los que se veían todo el llano y la costa, un capricho de la desaparecida abuela, que vivió su infancia frente al faro y, cuando construyeron aquella casa,  quiso un cuerpo redondo y elevado en una de las esquinas. Allí fueron colocando libros y un despacho, donde tocaban el piano a la hora de la siesta, donde el abuelo pasaba, finalmente, sus noches insomnes de viudo, entregado al triste recuerdo de su extinta esposa. Tras el ataque, sólo la silla de ruedas y su bastón, que se empeñaba en retener, como un cetro, y que usaba para dar golpes en el suelo cuando quería algo. Toda su vida subiendo y bajando la escalera, poniendo en vertical la galería de cuadros de sus antepasados, abriendo y cerrando los amplios ventanales… y ahora condenado para siempre a ocupar un saloncito de la planta de abajo, adaptado como dormitorio. Mario recuerda la impresión que le produjo ver a su abuelo convertido en un pelele sin fuerza ni voz y su mirada atormentada y vacía. Su madre le pedía que tocara el piano para entretener al enfermo y él lo hacía con mucho cuidado de no equivocarse, las puertas de la habitación redonda abiertas y, terminada cada pieza, bajaba corriendo a buscar la aprobación en los ojos sin alma de su abuelo, que muchas veces estaban cubiertos de lágrimas.

Aún no se había hecho a la nueva situación, cuando su tía Delia desapareció. Hubo un revuelo lleno de caras de preocupación y alarmas, pero cada vez que él preguntaba por aquella dulce adolescente sólo obtenía las respuestas de su padre, pues la madre guardaba un estruendoso silencio: un “¡Cállate!”, un “No hagas preguntas” o, ya algún tiempo después, un “En esta casa no se vuelve a nombrar a esa mujer, ¿de acuerdo? Igual que si se hubiera muerto”. Sólo muchos años después, Mario supo por su padre que la tía Delia guardó toda la dulzura de su voz, de su piel y de su amor para un hombre casado, con el que huyó. También supo que terminó en un burdel de la ciudad y que fue la vergüenza de la familia durante mucho tiempo, aunque aún quedaba pasar por una afrenta mayor, de la que él fue testigo.

(Imagen tomada de labellainsomne.wordpress.com)

 

Mario ya ha recorrido la mayor parte de la casa y entra, por último, a la habitación redonda. Observa las cortinas de cretona con las que su abuelo protegía del sol los libros, siempre ordenados en aquellos anaqueles bajos, encargados a la medida de la altura de las ventanas. Recuerda algunas porcelanas que aparecían intercaladas en aquella masa de libros y una caja de cartón donde su abuela caligrafiaba las fichas de cartulina de cada libro y comentaba su calidad usando para ello un código de minúsculos dibujos de flores. Lo que entonces le parecía una infinidad de libros, es ahora una biblioteca modesta, cubierta de polvo y tal vez sin abrir en treinta o cuarenta años. El piano aún está en su sitio y cuando lo ve, siente una opresión en el estómago, un ahogo que lo obliga a sentarse en la banqueta.

Mira la luz que entra por el poniente, una distante luz de crepúsculo doliente y mustio. La memoria le juega una mala pasada y se ve a sí mismo entrando a ver a su madre tocar el piano. Fue cuando él ya había empezado el instituto, cuando a mamá le sobraban mucho tedio y mucho  tiempo y empezó a tomar clases de piano, impartidas por aquel extraño profesor, cuyo origen no consigue recordar.

Aquel hombre y su madre subían a la habitación redonda y empezaba a sonar el piano. El abuelo, que conocía todas aquellas partituras, seguía desde abajo el ritmo, dando suaves golpes con el bastón o torcía la cabeza cuando la ejecutante atacaba sin soltura o sin habilidad una de aquellas melodías. Mario lo acompañaba, repasando las declinaciones del latín o las obras de Garcilaso, o los cabos y ríos de la cornisa cantábrica.

Aquella tarde, cuando la música empezó a sonar con una extraña cadencia, el abuelo, más atento que nunca, empezó a golpear furioso el suelo con la contera de su bastón. Era un golpear tan intensamente rabioso que Mario se alarmó, miró hacia la segunda planta, echó a correr escaleras arriba, se acercó a la habitación redonda y vio a su madre, la falda levantada, la blusa abierta, semidesnuda, entre los brazos de aquel hombre, extendidos hacia el teclado y tocando vagamente el Vals del Adiós, de Chopin, al tiempo que le besaba ansioso los pechos y la negrura del pubis. Ella, con la barbilla levantada, jadeaba y respiraba entrecortadamente, las aletas de la nariz enormemente dilatadas y una expresión nunca vista por el niño. Mario ha recordado miles de veces esa imagen, los jadeos, la música desfigurada, los golpes obsesivos del bastón del abuelo… Ha visto la expresión de sorpresa desgarrada en la cara de su madre, cuando se dio cuenta de su presencia, un gesto que no ha olvidado en tantos años…

Esa misma noche, su padre y él cogieron un tren en la cercana estación y desaparecieron para siempre. Tras varias tentativas de abrirse camino, terminaron en un punto perdido en el mapa de Argentina y allí han pasado todos estos años. Nunca supieron de la muerte del abuelo, de la enfermedad de la madre, de su final, triste y desolado, hace tres años… Hoy, el notario, le ha entregado la escritura de propiedad de la casa, una respetable cantidad de dinero, unas acciones y una carta, que ha leído en el tren. En ese papel, escrito hace casi medio siglo, su madre le dice que lo quiere, que la perdone pese a todo, que sólo ha sido una mujer débil, que lo echa de menos de una manera lacerada y sangrante, que le dé apoyo a su padre, con el que –ahora lo sabe, o tal vez lo supo siempre- nunca debió casarse.

(Imagen tomada de diosesadmirableenlared.blogspot)

 

 

Mario observa el piano. Hay una partitura polvorienta sobre el atril: el mismo vals de Chopin, decadente, triste, lleno de presagios patéticos. No puede resistirse y empieza a tocarlo. A lo lejos suena un tren de la estación, y ese silbido le parece el contrapunto a la música que fluye, mágica, del piano. Vuelve a su mente el gesto de su madre en aquel terrible momento. Ahora comprende que fue una súplica a su hijo, la petición desesperada a un niño de que no le desgarrara aun más la vida, cosa que él no supo o no quiso interpretar, puesto que bajó la escalera chillando, un grito histérico, impropio de un niño de doce años, al que acudió el padre. También recuerda que, delante del abuelo y del padre, contó todo lo que había visto y acusó a su madre, que ya había bajado y los miraba con serenidad y resignada determinación. El silencio, opresivo y agobiante, los envolvió. Después aquella casa desapareció hasta hoy.

La melodía fluye como si la tocara un auténtico maestro y el tiempo, tramposo y desleal, parece como si, repentinamente, hubiera ido hacia atrás, pues percibe con increíble nitidez los sonidos, las voces, los olores, la música y los ruidos de esa casa que él habitó hasta aquel día en que su niñez quedó rota para siempre. Le parece oír los valses tristes de Chopin, las dulzonas habaneras, las sonatas para piano que tocaba su abuelo, conjurando el dolor de su viudedad. Cree revivir los olores de los guisos que le gustaban a sus padres y a Delia, de las frutas cociendo para la compota, del duce de membrillo y las mermeladas, aquellos aromas que inundaban la casa. Siempre se sintió allí a salvo de los males que los mayores aseguraban que estaban deshaciendo el mundo, que le parecía algo tan ajeno y lejano como si le hablaran de remotos planetas… Una seguridad que siempre ha echado de menos desde entonces.

-¡Mamá! ¿Estás ahí? –se sorprende interpelando al vacío en plena oscuridad, sin encontrar más respuesta que el silbido de otro tren que se pierde en la noche.

Alberto Granados

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