Nos enteramos porque nos lo contaron Dieguito Vargas y Pepe el Fino, que, además de ser unos repulsivos pelotas y unos peligrosos chivatos, eran los monaguillos del colegio:
-A primeros de marzo, nos llevan de ejercicios espirituales a las Benignas.
Manolo Benavides había nacido aquí y nadie sabía por qué estaba interno, aunque alguien dijo que su madre se había vuelto a casar y que al nuevo marido le estorbaba el huérfano. Gran conocedor de todo lo concerniente a la ciudad, recogió todas nuestras miradas y, con gesto de suficiencia, nos aclaró:
-Sí, eso está ya casi saliendo para la parte nueva, junto a la Facultad de Ciencias. Es una residencia de estudiantes universitarias… ¡y hay cada tía!… -y dibujó con las manos un sinuoso contorno de mujer en el aire.
Todos sabíamos que Benavides, al que llamábamos el Bena, no exageraba ni mentía nunca, que lo que decía podía ser tomado en cuenta muy seriamente, como dejó demostrado cuando le dijo a Antonio Villena:
-Antonio, ten cuidado con tu novia, que te la está pegando con un tío de tercero de Medicina, un fulano de Ceuta. Se dan el lote en los jardines del campus…
La bofetada no impidió que llevara razón y Villena tuvo que aguantarse con sus cuernos, con las mil bromas, con el descrédito y con cierto vacío, pues todos empezamos a darle de lado y a arropar a Benavides, que desde entonces lo miraba como queriendo decirle lo que nos decía a nosotros: Siempre ha habido clases… y cornudos.
Lo que el Bena nos acababa de decir era prometedor: éramos los mayores, los de PREU, y nos llevaban a una residencia de chicas. Eso era nuevo, pues ningún año se habían hecho los ejercicios espirituales fuera del colegio. El rector nos reunió en la biblioteca y nos lo explicó: nuestros padres estaban mayoritariamente de acuerdo en que había que tenernos controlados, ahora más que nunca. Por nuestra salvación eterna, añadió. Acaban de ver hasta dónde puede llegar una juventud desbocada, sin rumbo ni norte. En Praga o en París había quedado clarísimo que los jóvenes estábamos desechando los valores que los curas del colegio y nuestros padres consideraban inamovibles… además, muchos de nuestros padres habían ido a los cada vez más extendidos cursillos de cristiandad y eso los obligaba a ser consecuentes….: Es más necesario que nunca que miréis hacia vuestra espiritualidad y aprovechéis estos ejercicios… bla, bla, bla…
Recuerdo la reunión en la biblioteca. Los sesenta de Preu-A y Preu-B, sentados en semicírculo, rodeados por lujosas y vetustas estanterías, llenas de libros antiguos que ya me hubiera gustado revisar. Yo miraba a mis compañeros, cada uno con un grado diferente de atención, de convicción, de complicidad con don Pedro. El rector nos dijo que también habría querido llevar a los universitarios de la residencia, con los que comíamos los domingos, pero que éstos se habían negado alegando preocupantes razones sobre la libertad de pensamiento y de credo. ¡Una pena! -nos decía el compungido cura.
A la salida, empezaron los comentarios. Pajares –en realidad se llamaba Jiménez, pero sus hábitos onanistas nos habían hecho ponerle tal sobrenombre, que él asumía con sonrisas vagamente culpables- dijo que nos llevaríamos la baraja, que habría que organizar una buena timba. El Bena, con escasos intereses ludópatas, aseguró que pensaba enterarse si las chicas internas estarían allí o les darían vacaciones ese fin de semana. Venancio, con sus más de cien kilos y su mirada de alcohólico prematuro, dijo que vaciáramos los botes de colonia y los llenáramos de Fundador, para poder tomar una copita por la noche. Miguel, “el Cantaor”, que siempre estaba arrancándose por algún cante, preguntó si sería difícil escaparse del internado de las Benignas, pues había un festival de flamenco y justamente ese sábado venía a cantar ni más ni menos que José Menese… Cada uno se forjó unas expectativas y, como no podía ser de otra forma, Vargas y el Fino nos soltaron la consabida monserga de que lo realmente importante era salvar nuestras almas pecadoras, lo que les valió más de una broma de escaso gusto, incluso alguna colleja más o menos amistosa o algún comentario más o menos hiriente.
Tuvimos que hacer los preparativos: tabaco, bebida, barajas y dominós, un libro (yo ya tenía la costumbre de leer un buen rato antes de dormir)… Les pasamos las revistas pornográficas y las botellas de licor a los de sexto de bachiller, pues sabíamos que los curas aprovecharían nuestra ausencia para registrar nuestros armarios y taquillas… ¡todo un prodigio de logística de supervivencia!
Aquel viernes cuaresmal dimos las dos primeras clases y, tras el recreo, recogimos nuestras mochilas, las cargamos en un autobús y nos fuimos a la residencia femenina de las Hermanas de San Benigno, llamadas popularmente “las campesinas”, por la ubicación del edificio, originariamente en pleno campo, aunque el crecimiento urbano ya lo había absorbido en la zona nueva de la ciudad.
Cuando llegamos al internado, tuvimos que dejar el equipaje en el vestíbulo y nos pasaron al comedor. Para sorpresa nuestra, íbamos a almorzar con las internas. Tuvimos que presentarnos y comer con ellas, sin saber qué decirles ni de qué hablar y estrechamente vigilados por los curas y las monjas, que controlaban que fuéramos educados y corteses con las chicas.

(Imagen tomada del blog profesordeeso, en blogspot)
Los más lanzados ya estaban concertando citas con las “borregas”, las de primer curso, apenas recién llegadas de sus pueblos. Prados, Montiel y el Jamacucos dijeron haber quedado con alguna chica para el sábado de la semana siguiente, cosa que podía ser verdad o un mero farol. Comer con las internas, apalabrar ligues…, todo un mundo de prometedoras posibilidades para nuestra calenturienta imaginación.
Tras la comida, ellas desaparecieron y pudimos pasar a ocupar sus dormitorios. Eran camaretas individuales con una pequeña cama y un armario de obra, uno de cuyos lados estaba cerrado con candado. Las monjas nos advirtieron de que sólo podíamos usar el lado abierto y de que debíamos respetar el otro cuerpo, donde las internas se habían estrechado por nosotros. No me pasó desapercibido el gesto del Bena a Lucas, que tenía una sorprendente habilidad para abrir candados y cerraduras. Las monjas nos distribuyeron y nos citaron para un rato después en la capilla.
Lucas abrió varias alacenas, lo que nos permitió inspeccionar los secretos de aquellas chicas: ropa, perfumes y maquillajes, lencería, medias, paquetes de compresas, pequeños álbumes de fotos, cartas de los novios, que leíamos por la noche, entre gestos obscenos y carcajadas inmediatamente acalladas… Hubo que echar a Dieguito Vargas y al Fino más de una vez, pues sabíamos que irían con el cuento a los curas.
Por la tarde, empezaron los ejercicios espirituales. Un seglar que había hecho los cursillos y decía amar a Jesucristo por encima de todo, nos puso a cantar “A mi burro, a mi burro, le duele la cabeza”, una estupidez infantilona que había que acompañar con gestos, algo impresentable como para críos de seis años. Era –nos dijo, sin cortarse y sin que se le cayera la cara de vergüenza- para romper el hielo y para demostrar que ser cristiano era algo lleno de alegría. El Martínez le hacía cortes de mangas, Villena le hacía los cuernos y Paco Bravo se dormía sin intentar siquiera disimular el aburrimiento.
Tras un rato de charla sobre el pecado, el infierno y la eternidad, salimos a la capilla para rezar. Aguantamos el mal trago, sin fe ni ganas, pero nuestros padres se habían prestado a aquella pantomima y los curas del colegio podían darles informes sobre conductas desafectas, así que no había más remedio que participar en aquellos tediosos ejercicios y esperar que el fin de semana terminara pronto. El único consuelo era que fuera estaba lloviendo a mares y dentro había calefacción. Por lo menos no nos perdíamos gran cosa en la calle.
Después una merienda y otra sesión de canciones para tarados, seguidas de una charla sobre la castidad, mientras todos pensábamos en las chicas, en el olor que impregnaba nuestros cuartos, en las ganas de volver a registrar los armarios de aquellas desconocidas… Y llegó la lamentable cena (la superiora nos dijo que era tan frugal como renuncia a la sensualidad, que hacía falta ser cínica para intentar disfrazar la tacañería con argumentos tan inconsistentes). Al acabar, subimos por fin a las habitaciones. Pajares iba pocos minutos después con unas bragas en la cabeza y un sujetador enorme, colgado a manera de bolso, donde llevaba el tabaco, una botellita de Fundador y unas compresas. Lo explicaba sin remilgos:
-Anda que no tiene que estar buena la dueña. Yo es que me metía con ella en una cama y no salía ni para la feria del corpus…
Cuando la gente fue durmiéndose, Benavides, que tenía una portentosa habilidad con las chicas, nos presentó a Julia. Nos quedamos de piedra: una chica allí, y además bastante exótica. Se trataba de la sobrina o ahijada de una de las monjas, que para hacerla huir de la miseria en un pueblo perdido del Brasil, la había traído a España para que estudiara, pero ella, según nos contó, nunca se centró aquí, ni le interesaba estudiar, ni se sentía acogida, así que pasó a ser una especie de criada descolocada y reprimida por unas costumbre religiosas que no le decían nada.
La chica nos explicó que se ahogaba entre monjas, que quería irse del convento donde la bondad de su tía la había recluido sin contar con ella. No estaba dispuesta a hacerse monja, así que necesitaba dinero para largarse cuando cumpliera la mayoría de edad. Le daba igual quedarse en una ciudad u otra, en España o irse a cualquier otro país europeo, todo menos que aquellas brujas dispusieran de su propia vida y tomaran decisiones sobre un futuro que sólo le concernía a ella. Inmediatamente nos preguntó cuánto dinero teníamos y se nos ofreció para lo que quisiéramos hacer con ella.

(Imagen tomada de picassaweb)
Era dulce, tierna y cariñosa. Su boca estaba caliente y sus besos eran deliciosos. Supuso mi iniciación en el fascinante mundo de lo que aquel imbécil de la tarde había llamado “trato carnal”, que a mí me sonaba a compraventa de carne. También el Bena, Bravo, el Pajares y Villena se encamaron con la muchacha desnuda, que no nos permitió sino caricias y besos dulcísimos. Todos le dimos el dinero que teníamos, las estilográficas, el tabaco, las botellas de licor… todo lo que después ella vendería a las internas para ir allegando dinero para sus planes de fuga.
El sábado por la noche la buscamos, pero nadie la vio y nunca más supimos de ella. Sólo habíamos entrevisto el mundo del sexo y ya echábamos de menos a aquella mujer, sólo un par de años mayor que nosotros, pero que nos había abierto una puerta que nunca volveríamos a cerrar. Yo sentí una extraña añoranza por aquel cuerpo, que aun hoy, tanto tiempo después, no he olvidado. Contrariado por su ausencia, busqué a Lucas, que me abrió varias cerraduras de la biblioteca y me regalé varias obras galantes que aún no me explico qué podían hacer en la biblioteca de las monjitas: “El amante de Lady Chatterley”, “El Decamerón” y “Justine”. Como para moverme a la piedad, que diría aquel seglar estúpido y fanático. Aún conservo los viejos ejemplares en mi biblioteca, en mi modesta sección dedicada a mis tesoros bibliográficos…
El domingo por la mañana fue la clausura. Aquellos inquisidores nos hicieron salir a cada uno a contar lo que habían supuesto esos ejercicios para nuestras almas. Cada cual inventaba algo para salir del paso. Cuando me tocó a mí, me explayé con una exposición que merecería estar en las antologías del cinismo. Casi cuarenta años después, aún recuerdo mi ambiguo parlamento:
“Me preguntan qué han supuesto estos ejercicios para mí. Es realmente difícil de explicar en un momento, pues han sido muchas las cosas que he encontrado en esta casa. He descubierto realidades, que aunque sabía que existían, no había sentido hasta estos dos días de mirar dentro de mí, de mirar entre mis anhelos. Si hasta ahora he estado tanteando para encontrar mi camino en la vida, ahora creo que lo he encontrado. Tengo que confesar que llevo un tiempo de búsqueda, hasta ahora insatisfecha. Necesitaba encontrar el refugio que me salvara de mis vacilaciones. Aquí he encontrado el camino a seguir en el futuro, los canales por donde quiero que discurra mi vida, el sitio exacto donde quiero estar el mayor tiempo posible. Esto lo puedo asegurar sin miedo a la duda o a cejar en el empeño. He encontrado en mí una dimensión, muy humana, muy intensa, que yo desconocía. Han sido vivencias que, con toda seguridad, no olvidaré nunca.
Sólo quiero expresar mi agradecimiento al colegio, a las hermanas de esta residencia, a esa presencia femenina, con la que hemos compartido sólo un rato, es verdad, pero lleno de intensidad.
Me queda añadir –en este punto, todos mis compañeros, los curas y las hermanas me miraban en medio de un silencio estremecedor, aunque los que sabían de lo que yo estaba hablando en realidad mostraban un gesto de no poder creer lo que estaban presenciando- que cuando el viernes llegué aquí era una persona muy diferente de la que soy en este momento. Prometo con toda convicción afanarme en seguir el camino que aquí he aprendido.”
Todo el mundo aplaudía y el rector se levantó y estrechó mi mano mientras me abrazaba. Los compañeros aplaudían divertidos y como esperando explicaciones. El Fino se enjugaba unas lágrimas y yo, en medio de todo aquel barullo, esperaba sacar rentabilidad a mi cinismo.
Cuando llegamos a colegio, el rector me mandó llamar. Ya en su despacho, marcó el número de mi casa y habló con mis padres. Me puso por las nubes y me hizo que me pusiera al teléfono. Mi madre lloró de la emoción de tener un hijo así de bueno. Después, mi padre volvió a hablar con don Pedro y le dijo que me diera una paga semanal extra de cien pesetas. Me lo había ganado –oí que le decía al rector-. En aquel momento supe que me las iba a gastar con Julia, si la encontraba…
Alberto Granados