Apenas ha amanecido y Mercedes ya está vestida esperando la llegada de los albañiles que van a reformar la cocina. Desde la ventana observa la carretera llena de hielo y escarcha. Ante la puerta de su patio ve los trastos viejos que Damián, el del motocarro, sacó ayer para que el jueves se los lleven los de la basura. No puede evitar echar una última mirada al balcón de Emilio, allá en lo alto del pueblo, aún cerrado. Vuelve a mirar, por enésima vez, el azulejo blanco que ha sacado de la caja y la pequeña muestra de la greca azul. Lleva mucho tiempo queriendo cambiar los azulejos, poner otros muebles de cocina, una nevera… y ahora que puede, va a hacerlo aunque sabe que la van a criticar en el pueblo, pero eso le da igual.
Un jarrillo de porcelana lleno de café recién hecho le calienta las manos al tiempo que le produce un escalofrío que le sube por la espalda. Se sienta ante la chimenea de la exigua sala y mira el fuego. Siempre le han fascinado esas llamas que bailan, mezclan azules con rojos y naranjas, colores con gemidos, ese subir y bajar que calienta, envuelve, distrae, abstrae, hace recordar…
Mercedes se ve a sí misma hace veinte años, cuando tenía treinta y cuatro y aún era de las pocas muchachas solteras del pueblo, una moza vieja, como le estuvo llamando su madre hasta la misma mañana en que murió, sin hacer el más mínimo esfuerzo por no herir, por no hacer un daño prescindible. Era un tiempo difícil, lleno de pobreza y miseria moral, con tantas viudas y tantos huérfanos, con muchas mujeres solas, castigadas por las cosas de la guerra, como lo habían sido su propia madre, su hermana Chelo y ella misma. Por entonces, sus amigas de la pandilla se habían ido casando, unas mejor y otras peor, pero casadas estaban y a ella la miraban como con un gesto de triunfo, sintiendo esa superioridad social que les daba el hecho de tener un hombre al lado en la calle y en la cama.
Alguna de ellas incluso se permitió un comentario hiriente, una desafortunada broma sobre las necesidades de las mujeres solas, alguna crueldad tan gratuita como innecesaria, ya que ambas hermanas tenían muy claro que la edad se les iba de las manos, aunque no eran feas ni tenían mal cuerpo, que eso lo veían en las miradas hambrientas de los hombres que se cruzaban por la calle o lo oían en los procaces comentarios, acompañados de groseras risotadas, cuando pasaban por delante de la taberna de Nicolás y tenían que apretar el paso.
Chelo, ocho años menor que su hermana, nació poco antes de que le dieran el paseo al padre. Como su madre no tenía ánimos ni para hacerle un mimo, fue Mercedes quien la crió. Aún recuerda el contacto con su piel fría y el olor de su cuerpo, cuando las pesadillas impulsaban a la pequeña a meterse en su cama y buscar el abrazo cálido, el consuelo para los miedos de medianoche. Entonces Mercedes, que ya era una adolescente, soñaba con el calor de otros abrazos, con el cuerpo de Emilio, el hijo del boticario, un muchacho tímido y como ausente que parecía no verla, pero que le escribía ardientes poemas de amor, que le hacía llegar a través de su ventana. Ella se veía entre sus brazos y un auténtico deseo salvaje y húmedo la hacía sentirse sucia y culpable.
Años después, vino lo de Chelo con aquel viajante de comercio. La pobre chica se encaprichó con él y lo dejó hacer, pero el muy cerdo lo aireó todo en la taberna. Chelo se lo contaba, en voz baja, cuando en las frías noches se cambiaba de cama:
-Mercedes, yo creo que no soy normal. Me gusta disfrutar, ¿sabes? Mira, yo creo que soy una mujer demasiado caliente… No aguanto más de tres o cuatro días sin que un hombre me abrace… Creo que soy una perdida y no sé lo que va a pasar conmigo… por eso quiero irme del pueblo… -y Mercedes la hacía callar y la apretaba contra sí, un poco escandalizada, pero con la plena conciencia de ser el único apoyo con que su hermana contaba.
La chica siguió dando que hablar en el pueblo, pues tuvo aventuras con varios hombres, algunos de ellos casados. A partir de entonces, las mujeres dejaron de dirigirles el saludo y los chicos solteros les hicieron el cerco. Ya no las sacaban a bailar en las verbenas ni se les acercaban en el paseo. Se ponían el único vestido de salir que tenían y empezaban a dar una vuelta tras otra, simulando una conversación inexistente, una indiferencia impostada, una suficiencia que hacía mucho que se les había ido apagando y que les hacía volver a casa, a la hora de la cena, con el desconsuelo de los sueños irreparablemente rotos.
Sufrió en silencio ese aislamiento hasta que se le pasó el arroz, como decían los hombres, y un buen día se vio en el espejo con las primeras canas, la piel deshecha de arrugas tempranas, la belleza gastada y el alma ahogada por la desesperanza y la soledad. Emilio, su sueño de juventud, llevaba ya varios años en Madrid y apenas volvía por aquel lejano rincón olvidado de Dios.
Se sorprende con un nudo en la garganta al recordar aquel tiempo tan lejano ya. Se levanta a ponerse un poco más de café y mira de nuevo hacia el balcón de sus sueños. Deja escapar un suspiro y vuelve junto al fuego. El recuerdo, amargo como el café, la envuelve otra vez.

(Imagen tomada del archivo de fotos antiguas de 20Minutos)
Ahora evoca aquel momento en que Benito apareció. Acababa de quedarse viudo y estaba para cumplir los cuarenta. Empezó a seguirla a todas partes, le regaló un pañuelo para el cuello, le escribía notas en las que, con una letra casi ilegible, le explicaba que iba con buena intención. Ella se sintió halagada, aunque no lo tenía muy bien considerado. Chelo, que se dio cuenta, se lo decía por las noches:
-Mercedes, no te vayas a sentir obligada a nada por mí. Haz lo que tú veas mejor, que yo me voy a Barcelona, donde no me conozca nadie y pueda hacer lo que me dé la gana. Aquí no te tengo más que a ti y no quiero que mis cosas te perjudiquen.
Y Mercedes, secretamente, empezó a abrigar cierta esperanza de que la vida le trajera un respeto, unas caricias, un poco de eso que ella se figuraba que podía ser la felicidad. Chelo le dijo una noche:
-Mercedes, ¿qué has pensado respecto a Benito? No parece mal hombre, pero que sepas que bebe. Aunque eso poco importa: si no beben, es que fuman, y si no, que son mujeriegos o violentos o que nos quieren para que seamos sus esclavas, o que sacan otra pata, que los hombres van a lo suyo y ya está. Y nosotras, como tontas, haciéndoles la cama… y calentándola…
Mercedes mantuvo la distancia con Benito hasta que Chelo se fue a Cataluña, pero cuando comprendió la dimensión exacta de su soledad, empezó a decidirse, aflojó su resistencia y suavizó el gesto de indiferencia cuando lo sentía detrás en el paseo o cuando le pagaba un refresco si es que se le ocurría entrar a la taberna a tomar algo con su prima.
Una noche, tal vez la más fría de todo el invierno, al verlo bajo la débil farola que el alcalde había puesto ante la puerta de su casa, sintió un nudo en el estómago, una zozobra que le cortaba la respiración y le producía un vago temblor. Supo al momento cuál sería su futuro, así que abrió la puerta, lo vio acercarse lentamente, lo miró a los ojos y lo abrazó. No había oído nunca la expresión “quemar las naves”, pero eso fue exactamente lo que hizo al desabrochar su vestido y tirar de aquel hombre hacia su cama.
La ventana dejaba ver la sierra blanqueando de escarcha y una luna que parecía un cuchillo. Ella le dejó tocar todos los rincones de su cuerpo y le permitió que la besara. También dejó que aquel hombre condujera su mano hasta el punto exacto que él deseaba. Un momento después, sintió una acometida bestial, un desgarro lacerante, una sudoración extraña, una violenta oleada de sangre fluyendo por sus venas y, sobre todo, unas ganas enormes de que aquello acabara pronto. Comprendió que la vida le iba a dar eso y muy poco más. Que, incluso algo tan pobre y decepcionante como aquello ya era mucho más de lo que había tenido hasta entonces. Envidió la libertad de su hermana en Barcelona hasta el punto de plantearse huir con ella, pero lo que hizo fue dejarse llevar por los acontecimientos y dar pie a que todo el pueblo hablara de ella y de Benito, al que ya recibía todas las noches en su casa sin el menor intento de ocultarlo. Sólo unos meses después se casó con él casi en secreto, pues la costumbre era que los amigotes acompañaran desde la calle la noche de bodas de los viudos con cencerradas, cánticos procaces y alcohol. Aunque semejantes vilezas la ofendían profundamente, le restó importancia al asunto, pues Benito amenazaba con sacar la escopeta y descargar un par de tiros sobre sus amigos.
Desde ese día, se acostumbró a acatar dócilmente todos los deseos de Benito, a referirse a él como “mi marido”, a asumir en público que era una relación normal, como cualquier otra pareja en la que hubieran primado el amor y la pasión. Mercedes era ahora una señora, la mujer de un mutilado de guerra, y les iban a dar una de las viviendas protegidas que estaban ya listas para entregar en la barriada del Barranco, en la parte baja del pueblo, muy cerca del río. La casa de su madre, que habían heredado su hermana y ella, podría venderse y con su parte, si Benito estaba de acuerdo, arreglaría la cocina, que iba a tener azulejos blancos con una greca azul y muebles nuevos, como los que había visto en una revista… Sin embargo Benito era de la opinión de que con el dinero que su mujer había conseguido de la venta de la casa se podía comprar la huerta de Bernardo, que tenía una tierra muy buena y daría muy buenos rendimientos. Entre la paga de inválido de guerra y lo que diera la huerta, teniendo la casa… Y eso fue, exactamente lo que se hizo.
El recuerdo de esa etapa hace que un nudo vuelva a aprisionar su garganta y siente que la ahoga un daño profundo y antiguo, aunque también le sirve para afirmarse en sus nuevas decisiones. Desea que lleguen los albañiles y distraigan sus malos recuerdos, a los que no puede sustraerse, que la atraen aunque la hacen sufrir.
Ahora vuelve a su mente aquella época en que el Gobernador vino a entregar las llaves de las nuevas viviendas. Recuerda que ella sintió un extraño orgullo cuando nombraron a Benito, al que acompañó al estrado de las autoridades a recoger la escritura de propiedad y las llaves. Él iba temblando, pero ella supo aparentar un aplomo que no sentía, embutida en un traje de chaqueta que se había hecho para una boda y que hubo que arreglar en el taller de la sastra, pues había engordado. Fue un día inolvidable, pues sintió que, por primera vez, algo era suyo y eso le sonó a una esperanzadora señal.
Pero la realidad se impuso: la cocina sólo tenía azulejos en esa mínima parte que rodeaba la hornilla, unos azulejos blancos, de un horroroso blanco sucio y mucho más pequeños que los que ella se había imaginado. El resto era de yeso visto, y la nueva casa le pareció tan decepcionante como su propia existencia. Asumió que la vida es un engaño en que el deseo es siempre mucho más atractivo que la realidad.
Durante años, volvió a plantearle a su marido una y otra vez la conveniencia de cambiar azulejos y muebles en la cocina. Al principio, Benito encontraba siempre un argumento de más o menos peso con que desarmar su deseo. Después, le bastó con un gruñido, un gesto de fastidio, un chasquido de incomodidad para desautorizar la petición de su mujer, que veía como él se había ido bebiendo el dinero de la venta de la casa y volvía cada noche más borracho de la taberna. Empezó a sentir un irrefrenable asco cuando él intentaba besarla, mientras la gozaba, con aquella boca con regusto a vinazo, fracaso y falta de expectativas.
Una noche, cuando él estaba a punto de llegar, se sirvió un vaso de vino. El primer sorbo de su vida le supo muy mal, pero le calentó el estómago y le nubló un poco la conciencia. Después, venciendo la repugnancia, apuró el vaso de un segundo trago. Esa noche, el regusto a vino de los besos de Benito no le produjo asco y casi no se enteró de que él la estaba usando como si fuera un apero de labranza o una herramienta. Después bebía ya tanto que cuando él llegaba la encontraba profundamente dormida, borracha, sucia, maloliente y rozando la más absoluta locura.
Chelo llegó desde Barcelona. Alguien le había avisado de lo que pasaba con su hermana y vino a controlar la situación. Tuvo palabras muy tiernas para Mercedes, pero muy duras para Benito, al que acusó de egoísta, de pensar sólo en sí mismo. Hubo una violenta discusión que terminó con mil reproches. Chelo dejó caer al suelo la damajuana de vino peleón que había en la despensa, que se rompió en mil pedazos. Era una simple vasija, pero Mercedes piensa, tantos años después, que se rompió también su sumisión y su dependencia del alcohol. Esa noche fue ella quien se metió en la cama de Chelo y la abrazó. Ahora necesitaba el apoyo, el calor y el abrazo de su niña chica. Hablaron hasta muy tarde. Chelo le hizo ver que tenía que reaccionar, que debía irse con ella a Barcelona, donde nadie iba a controlar su vida. Le arrancó la promesa de que iba a dejar de beber, de que iba a reflexionar sobre su futuro. Le dijo que una mujer podía vivir perfectamente sin un hombre, que nadie era esclavo de nadie, que la vida está llena de oportunidades… Cuando se fue de regreso, Mercedes ya era otra mujer, llena de resolución y nuevas seguridades.
Empezó por negarse a los besos y pretensiones de Benito, al que abiertamente le dijo que no lo quería y que su matrimonio había sido un fracaso. Un día lo amenazó:
-Si me tocas, te dejo. Me voy a Barcelona con mi herma… Necesito ser un poco feliz y tú no…
-¿Irte tú? ¿Para ser feliz? Para ser feliz tendrás que pasar por encima de mi cadáver, so zorra.
Fue la primera bofetada, por lo que hizo que le instalaran un cerrojo en la habitación de los invitados, donde había dormido con Chelo. Benito protestó, pero empezó a comprender, lleno de odio, que algo había cambiado en la que él había considerado siempre su mujer, su esclava, su fulana.
Por esa época, un Emilio cincuentón, enfermo y muy rico, volvió de Madrid a hacerse cargo de las tierras de su padre. Mercedes lo reconoció por su gesto apocado, su mirar huidizo, su apariencia insignificante. Sintió una gran ternura por él al saludarlo. Volvió a ver en esos ojos apagados por la edad el rescoldo de aquel amor que le confesaba en los poemas. Después volvió a encontrárselo otras muchas veces y fue sintiendo un deseo ilusionado, que al principio se reprochaba, pero que después fue abriéndose paso, cada vez más firme y esperanzador, más incontrolable.
Se vio a sí misma viviendo una plácida vejez rodeada por los brazos de aquel hombre, al que imaginaba cálido, delicado y tierno. Se imaginó gozándolo en la cama, algo que no había conseguido jamás con su marido. Tal vez se merecía una segunda oportunidad, pero Benito estaba ahí, estorbando, haciendo que se sintiera sucia y culpable por querer ser un poco feliz después de casi veinte años de soportar su miseria y su falta de respeto.
Al principio le pareció algo descabellado, después un pensamiento imperdonable, pero la idea se fue abriendo paso en su conciencia: Benito era un obstáculo que siempre impediría su felicidad… salvo si desaparecía. Las primeras mil veces que pensó en matarlo, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Después, se acostumbró. Finalmente, la necesidad de hacer desaparecer a su marido era ya una obsesión que le había quitado el aplomo y la frialdad con que siempre se había comportado. ¿Qué le estaba pasando? ¿Era una asesina? ¿Son así los criminales? Ese impulso que obliga a alguien a cometer un asesinato, ¿surge en la conciencia de los asesinos de la misma forma que estaba surgiendo en ella el deseo de ver muerto a Benito? Las horas se le iban en hacerse estas preguntas que la desazonaban y la volvían insomne.
Algunas veces, al oír los ronquidos de su marido en la otra alcoba, abría sigilosamente la puerta y se asomaba. Lo veía a la luz de la luna, lo oía roncar, sentía su olor. En esos momentos tan cercanos a la demencia, pensaba en cortarle el cuello con una hoz, en meterle un brasero con brasas mal apagadas, en apuñalarlo… Le parecía sentir el olor de la muerte en rededor suyo. Después volvía a su cama y se sentía derrotada por la vida mientras esperaba el alba llorando desconsoladamente.
Estos recuerdos le producen una profunda inquietud y siente que se le acelera el pulso. La cadena de recuerdos lleva, inevitablemente, a aquella noche en que Benito llegó más borracho que de costumbre. Todos los vecinos lo oyeron insultarla desde lejos y ella percibió más de una ventana que se abría momentáneamente para volver a cerrarse al instante. Después, un empujón salvaje en la puerta de su alcoba hizo saltar el cerrojo entre una nube de astillas de madera barata. Benito cayó sobre la cama, aturdido por el golpe y la borrachera. Ella se echó un mantón de lana sobre el camisón y salió a la calle. Los vecinos, que se asomaban a las ventanas, la vieron huir de un tambaleante Benito que la seguía con pasos inseguros entre insultos y blasfemias.

(Imagen tomada del blog eltrut, en blogspot)
Paula, la mujer del mulero, salió para ofrecerle ayuda, pero Mercedes se limitó a decirle:
-Me ha pegado, como otras noches, pero es que hoy viene peor que nunca. No es nada nuevo. Ya se le pasará.
Seguidamente, volvió a correr unos pasos que la alejaron una distancia suficiente del marido. De nuevo se paró y se volvió hacia aquellos ojos de cólera. Ella lo desafiaba riéndose en silencio de tanta miseria, lo que lo enfureció mucho más:
-¡Puta! Como te coja, te vas a acordar de mí –gritaba mientras efectuaba otro pequeño avance, titubeante y sofocado, en la dirección de su mujer, que cada poco volvía a alejarse hacia el río.
Mercedes supo enseguida que iba a matar a Benito y a quedarse libre para buscar algo de felicidad junto a Emilio. El pueblo iba quedándose atrás, poco a poco. Los vecinos estaban volviendo a sus camas, empujados por el frío. A su espalda, se oía el ruido de la corriente, bien cargada del agua del deshielo que bajaba torrencialmente de la sierra. Sabía que algún vecino iba a aparecer pronto para ayudarle y que ése tenía que ser el momento justo, único e irrepetible, en que ella mataría a su verdugo. No sentía inquietud alguna, sino una resolución y una fuerza incontestables. A fin de cuentas, Benito lo había dicho muy claro: “…para ser feliz tendrás que pasar por encima de mi cadáver…”
Cada pocos pasos, se paraba y volvía la vista hacia el marido, que resollaba en su trote perseguidor. Lo miraba con gestos de asco, de un infinito desprecio, mientras negaba con la cabeza, como queriendo indicarle que todo se había acabado. Él volvía a encontrar una fuerza impensable que le hacía avanzar otros pocos pasos hacia su propia aniquilación entre insultos, amenazas y maldiciones. Unos instantes después, Mercedes vio las siluetas de dos hombres que venían corriendo desde el pueblo, supuso que para protegerla. Había llegado al puente, donde resbaló con una placa de agua helada. Gritó y se dejó alcanzar por Benito, quien furioso y vengativo, la cogió del pelo y la abofeteó. Después trató de tirarla alagua.
Mercedes oye la camioneta de los albañiles y apura el café y sus últimos recuerdos: los dos hombres se acercaban corriendo y llamando a Benito. Mercedes vio el momento justo: bastó un empujón y su perseguidor pisó el hielo, sus pies resbalaron, subió los brazos en un vano intento de encontrar el equilibrio y se desmoronó sobre el cable de acero que hacía de baranda. Un instante después, se precipitó al vacío en el preciso momento en que los hombres llegaban. Uno de ellos declaró más tarde que creía haber rozado la chaqueta de Benito, pero que no consiguió retenerlo. La fuerza de la corriente y las piedras del cauce terminaron el trabajo llevándose río abajo el cuerpo, que sólo se encontró dos días después flotando en un tranquilo regato, a muchos kilómetros de allí.
Medio pueblo había visto la implacable persecución, todos habían oído las imprecaciones, las amenazas, los feroces insultos. Todos sabían de lo aficionado que era a la bebida y las descomunales borracheras que cogía cada noche. Cualquiera habría dicho al juez que ella era una esposa sufrida, prudente, sacrificada, que había renunciado durante años a arreglar la cocina para que él pudiera comprar la huerta. Incluso aquellos dos hombres estaban en condiciones de testificar lo que habían visto: que ella había resbalado en la placa helada, momento en que él la alcanzó y trató de tirarla… que ella se limitó a intentar zafarse…, que en el momento de llegar, la mujer sangraba por la boca…, que había sido o mala suerte o defensa propia, pero que Mercedes en todo momento había querido alejarse cuanto pudo del hombre que la perseguía…
Las diligencias judiciales tardaron varios meses, pero todo parecía quedar claro: un caso de marido despechado por el desamor de su mujer. Ya se sabe: la incultura y el atraso, las carencias de la vida rural… Poco después ella era una honesta viuda que se había embolsado la importante cuantía de un seguro de vida y que vivía enlutada y esperanzada, pendiente de los nuevos poemas que Emilio dejaba en su puerta cada atardecer. Ahora se podía permitir cambiar los azulejos y los muebles de la cocina, comprar una nevera y, lo que son las cosas, también quería poner un cómodo sofá ante la chimenea de la sala. Tal vez iba a ser un lugar idóneo para besarse con Emilio, para sentir sus caricias, para ser suya mientras veía aquellas llamas azules, rojas y naranja que tanto le gustaban… Estaba resuelta a ser feliz: incluso por encima del cadáver de Benito.
Alberto Granados