Alberto Granados

Archive for the month “mayo, 2011”

Bestialidad injustificable

Andaba yo muy apagado desde la derrota electoral del domingo, que además de romper muchas expectativas, me había dejado sin ganas de leer, escribir, comentar, bloguear… Era un sentido visceral del pesimismo, de las preguntas sin demasiadas respuestas, sin mucha esperanza…

Os digo que estaba con ese desaliento, cuando la salvaje carga policial contra los indignados de Barcelona me ha hecho volver a encontrar el camino de la crítica, el compromiso y una postura ética ante lo arbitrario, ante lo injusto. Hace días daba mi impresión sobre estas acampadas. Después, poco a poco, se han ido deshaciendo o perdiendo su virtualidad, por eso no entiendo la desproporcionada contundencia con que los mossos d’esquadra se han empleado contra los indignados

He visto imágenes en los telediarios y en los medios electrónicos y me ha parecido estar en lo más duro del franquismo represor, en una dictadura del cono Sur o en medio de un feudo talibán, pero no, que estábamos viendo lo sucedido en Barcelona, un modelo ciudad moderna, abierta y cosmopolita.

Aunque no tenga otro valor que el testimonial, he intervenido en varios muros de Facebook explicando mi indignación y he escrito un correo a los mossos d’esquadra (mossos@gencat.cat ) protestando por el salvajismo demostrado. Os lo copio-pego:

Me gustaría que este correo llegara hasta el más alto responsable de esa institución.
Soy un jubilado de Granada y las imágenes de violencia desproporcionada e innecesaria que he visto en los medios y en la red me han indignado. No creo que haya que montar un operativo represivo por el resultado de un partido de fútbol. Quien haya ordenado esa carga no está capacitado en absoluto para dirigir un cuerpo de seguridad: o lo pierde su pasión futbolística, o lo pierde su falta de visión y tendría que estar cesado ya.
Pero veo responsabilidad también en los agentes. De acuerdo que cumplen órdenes, pero dar tres y hasta cuatro palos a un ciudadano inerme y pasivo me parece más propio de las policías de Pinochet que de un país europeo.
Creo que ha habido un ensañamiento bestial que les rebaja a ustedes y me gustaría que don Artur Mas (lo de Honorable me lo ahorro, visto lo visto) diera explicaciones, pidiera disculpas a toda España y cesara a sus Consellers responsables.
Cataluña ha quedado hoy a la altura del betún. Me río de la supuesta modernidad.

Atentamente,

Alberto Granados

Lo decía el otro día en mi post sobre la protesta: espero no ver a Rubalcaba ordenando una carga contra los acampados, pues me dolería. Mucho, por eso incluyo esta entrada con toda urgencia.

Alberto Granados

CUAVERSOS DE BITÁCORA: Mariana de Pineda

El día 26 de mayo de 1831 (mañana hará 180 años) , cuando aún no había cumplido 27 años de edad, Mariana de Pineda fue ejecutada junto al granadino Campo del Triunfo (en un lugar hoy llamado Plaza de la Libertad) por habérsele encontrado la bandera liberal, lo que atentaba gravemente contra el régimen absolutista de Fernando VII.

Moría una mujer, pero nacía un mito, un personaje histórico y un personaje literario mil veces evocado en todo tipo de composiciones literarias. Su principal biógrafa, Antonina Rodrigo, dedica el capítulo XII de su extensa y apasionante biografía a la presencia literaria de la heroína de la libertad, una presencia rica y variada desde su propia época a nuestros días: “… los romances, poesía popular en boga durante el pasado siglo, difundieron con profusión, por toda España, la tragedia versificada de “Marianita”. En Granada las mujeres los adquirían clandestinamente, pues el nombre de la mujer era pronunciado en susurro, como algo siniestro, pero no obstante, en las casas, con voz queda y una ternura matizada de lágrimas, veneraban la evocación de la mujer a través de los romances.” (Antonina RODRIGO, “Mariana de Pineda. La lucha de una mujer revolucionaria contra la tiranía absolutista”, Madrid, La esfera de los libros, 2005).

Todo el capítulo es una muestra de los poemas que Mariana suscitó, empezando por sus coetáneos y terminando por Antonio Carvajal. Estos cuaversos de hoy, dedicados a la memoria de nuestra ilustre paisana, siguen fielmente la fuente mencionada.

La primera referencia es una representación dramática de 1836, cuando se exhuman los restos de Mariana. Al final de la representación, se entonó un himno compuesto por unmúsico, Vicente Moreno Barnedo, en el que se lee:

Día teñido con sangre y llanto,

día de luto, día de horror.

Al recordarte lleno de espanto,

repite el alma ¡ay qué dolor!

[…]

¿Una joven tan hermosa y fina

cubrirá su muerte de gloria,

de laureles, de honor, de victoria,

a un sensible español, a un leal?

Nunca, nunca su pecho le inclina

a teñirse de sangre preciosa;

mas un tigre con alma alevosa

se glorió de clavarle el puñal.

Día teñido…

[…]

 

Dicta y firma su pluma sangrienta

la sentencia de muerte afrentosa,

y ni aun puede Granada llorosa

el dolor que le aqueja expresar.

En el banco de muerte se asienta

Mariana cual una heroína;

y su faz en la argolla reclina

y prefiere morir a inculpar.

Día teñido…

En la misma función se leyó la oda “A la ilustre víctima de la libertad Mariana Pineda”, original del doctor José Vicente Alonso:

Ensaya, ¡oh musa del dolor!, ensaya

la lira que templaste

para llorar al tétrico Felipe

la flor lozana que agostó por celos;

con ella yo podría

renovar este día

memoria del martirio de Mariana,

El infando dolor que sus verdugos

de saña llenos, de piedad vacíos,

en la absorta Granada derramaron,

cuando un triunfo bárbaro cantaron.

[…]

De otro modo lo quiso tu fortuna,

¡Mariana inimitable!

Y ya no es fácil que revuelva el tiempo:

por más felice musa

tu nombre y tu valor será cantado,

que a la mía el llorarte sólo es dado.

Por su parte, el Gobernador Civil de La Coruña, Pío Pita y Pizarro, escribió varias odas y sonetos a la heroína. Uno de ellos, dice así:

Del alma libertad de fuero enciende

el pecho de Mariana generosa

y del patriota vuela presurosa

al socorro, y de muerte le defiende.

El sagrado pendón alzar pretende

de la Patria, en la lucha peligrosa:

Prepárale su mano valerosa

y del combate la señal atiende.

Cuando un traidor perjuro fementido

la tregua inerme al enemigo fiero

que al punto a horrible muerte condena.

Sube al negro cadalso con erguido

noble rostro, asombrando al mundo entero,

y deja de su gloria a España llena.

Mariana es también personaje literario recreado por el poeta granadino Antonio Carvajal, quien ha escrito la ópera “Mariana en sombras” (2003), con música de Alberto García Demestres, publicada en la editorial onubense Point de Lunettes. Un fragmento es este:

MARIANA:

No es delirio,

sino resolución. Vivan mis hijos

pobres, huérfanos, solos,

con el recuerdo de una madre libre,

libres y limpios de la infamia. Mueran,

si han de morir, por manos

de este desorden que llamáis el Orden

vuestro, y que le repugna a la conciencia.

Mueran conmigo. Vivan los que salvo

Con mi silencio y con mi muerte. Vivan

Y traigan otros tiempos, otros días

Sin sombra de terror. Muero en la sombra,

Pero una luz más cierta que mi espanto

Al cadalso me acerca.

Luz de un tiempo dichoso

en el que libertad,

en que igualdad y ley

sean más que palabras

susurradas con miedo.

Libertad, igualdad y ley marquen

los pulsos y los pasos

de las generaciones por venir.

Ésta es mi luz, mi fuerza y mi esperanza.

 

Finalmente, quiero incluir aquí las aleluyas que la propia Antonina Rodrigo compuso para el 150 aniversario de Mariana.

 (Aleluyas de Mariana de Pineda. Texto de Antonina Rodrigo, imágenes de Gallo, 1981. “Depósito Legal Nº 565/96″)

Mi agradecimiento a Antonina Rodrigo por autorizarme expresamente a usar sus materiales.

Alberto Granados

La gloria literaria en quince pasos

Hubo un tiempo en el que el mundo se dividía en escritores y lectores. Los primeros eran unas personas que tenían singularísimas dotes tales como imaginación, sensibilidad y dominio técnico de la creación literaria. Los segundos, conscientes de sus carencias, se conformaban con comprar los libros de los escritores y leerlos. Cada cual estaba en su sitio y nadie se salía de su terreno natural.

Pero he aquí que llegaron las nuevas tecnologías y rompieron esa perfecta armonía, pues exacerbaron el irrefrenable deseo de escribir en todo el mundo, lo cual está bien como afición secreta, que para eso se queda el escrito tan bonico, con esos formatos que le da Word. Lo malo es que todos nos hemos creído que también tenemos las dotes del escritor y, desde que empezaron los blogs, nos hemos convertido en narradores o poetas, tenemos nuestro público que nos da coba y hemos escrito una novela (eso sí: siempre sin terminar), celosamente guardada en una carpeta junto a su CD de seguridad o un poemario o dos, a veces con ripios y guiños a García Montero.

Como los espabilados siempre se han lucrado con las vanidades ajenas, están apareciendo muchas editoriales que asesoran, corrigen, hacen de agentes literarios y publican a precio de oro (ya sabéis, los AAF, los autores auto-financiados que señalaba Umberto Eco). Ahora hay talleres de narrativa a manta, y todo suena a una república de las letras que deja en mantillas al Parnaso cervantino.

(Imagen tomada del blog lenguayliteratura2007, en wordpress)

 

Yo, que también tengo ínfulas de narrador, he asistido a dos cursos de narrativa, después he reflexionado y finalmente hoy os ofrezco gratis estos sabios consejos para dominar el arte de la escritura creativa. Estaréis a un  paso de conseguir la gloria literaria si seguís concienzudamente estas instrucciones para la fama. Si no lo conseguís, siempre os quedará el recurso de acudir al vidente Sandro, quien tal vez os dé las claves de una novela insustituible.

1 Hay que tener muy clara la estructura del poema o narración, las divisiones, la interrelación, o sea, que no se nos escape la conjugación obligatoria entre las partes y el todo, a ver si me comprendéis. Viene  a ser lo de aquel personaje de “La colmena” de Cela: planteamiento, nudo y desenlace, y que innoven otros.

2 Fundamental a todas luces resulta que el orden natural de la frase fluya, de los violentos hipérbatos, que nada aportan, huyendo. Es decir, para resumir: sujeto, verbo y complementos. Farragoso el discurso que no se escriba así resultará. Téngase en cuenta que el lugar idóneo para el verbo nunca el final de la frase es.

3 Hay que ser diamantinamente claro, dejarse de gongorinos circunloquios y violentas florituras que distraen el discurso, distorsionan el discurrir de ideas y distribuyen disonancias: al pan, pan y al vino, vino. Las ideas deben ser prioritarias frente a la forma y por eso hay que expresarlas sin errabundos postulados que las apequeñan, las jibarizan, las enanizan y minimizan en detrimento de la claridad del agua limpia. Yo me atrevería a elevar a idea absoluta el siguiente principio: “Pensad de que la palabra que no sea realmente necesaria sobra”.

4 Se deberá tener en cuenta que el vocabulario sea el más propicio y se salvará el hándicap de los extranjerismos innecesarios, capaces de saturar hasta el lector más paciente. Es muy simple: lo que es la propiedad semántica, que todo resulte muy fit, para que me entendáis. Olvidad lo vintage, lo trend y sed vosotros mismos. OK?

5 ¿Qué decir de ese extremo cuidado con la concordancia? Jamás debe de producirse un forzada discordancias. Lo masculino con lo masculino, lo singular que vayan con la singular y santos pascuas. Es que hay autores que todos lo embarulla por no tener en cuentas estas aspecto. Mucho cuidado con esta extremo: son necesaria para que tú no caigan en aquella errores, que hacen que termines escribiendo como hablan los futbolistas en los telediarios de los lunes.

6 Mucho cuidado con repetir esquemas  oracionales, o formas verbales idénticas o esas cosas, a ver si me explico. Mucho cuidado con este aspecto que no hay que repetir y repetir lo ya dicho antes, porque eso es repetir y resulta repetitiva tanta reiteración. Es decir: evitad repetir ideas o esquemas lingüísticos los cuales ya hayáis usado. Nunca repitáis lo ya repetido: el lector no es tonto. Repito: no lo hagáis jamás.

(La Biblioteca Nacional)

 

7 Evitar necesitar usar varios infinitivos. Creando, esquematizando,  analizando, escribiendo, siendo originales es como se consigue la buena prosa, el mágico poema, pero no deberá hacerse usando muchos gerundios.

8 Aunque no se debe empezar nunca con una conjunción. Y también no con dos adverbios. Esta última palabra requiere sumo cuidado o el texto os puede salir bien mal.

9 Deben de usarse correctamente esos diabólicos pares y tríos y asta cuartetos de palabras que nuestra lengua posee, debe ser para confundirnos: deber de / deber; por qué / porque / por que; hasta / asta; baca / vaca… Un error en este terreno es como un hasta de toro que se te clavara en mitad del texto: mortal.

10 La hortografía correrta y el acertado huso de los singos de puntuacion, asín como de las tirdes darán una imagen puvlica de ti. Küídala.

11  Hay que huir de los tópicos, de las muletillas, de las frases hechas, o sea, de los lugares comunes que hacen que parezca que se escribe para estúpidos, a ver si me comprendéis. Sólo así la prosa o el poema fluirán como las mansas aguas de un río. Usar un lenguaje fluido, lo que es cultivar la ligereza, tan necesaria en un buen escritor, lo que viene siendo un artista: ¡anda, que no! De igual modo, conviene alejarse del abuso de exclamaciones, ¡por amor de Dios!

12 Tampoco conviene empezar un período con una negativa. Y qué decir de la doble negación: no la uséis nunca.

13 Ay que rreleer lo escrito y coreguir herrores.

14 Cuidado con los anacolutos, esas frases que se cortan a medias y al reelaborar el discurso ya no se terminan, quedando sueltas. Hay muchas ocasiones en que, es decir, este aspecto es muy importante. Quedan muy mal las frases fragmentadas o inacabadas. Eso hay que.

15 Pardiez, que hay que evitar el uso de arcaísmos, que quedarían muy bien en el Siglo de Oro o en los tiempos de Feijoo, pero ¡por el chápiro verde!, es que estos extremos hacen que un texto parezca una antigualla, un museo. Lo que es un panteón, mismamente, vamos: lamentable, ¡voto a bríos!

Como veis, son sólo quince recomendaciones, todas importantes y necesarias para entrar a la Academia en olor de multitudes.

Os confieso en secreto que García Márquez y Vargas Llosa me han pedido que les mande estos consejillos, pero les he dicho que se metan en mi blog y los copien y peguen, que aquí ellos y lo que es mis lectores habituales sois todos iguales. ¡Anda que no!

¡Venga!

Alberto Granados

Acampadas

Tengo que confesar que, desde que empezó el movimiento de Democracia Real hasta aquí, mi postura ha ido cambiando y que, sin renunciar a las críticas que les hice en los blogs de Juanjo Ibáñez y de Jesús Lens, estoy cada vez más convencido de que estos miles de indignados jóvenes pueden llegar a lo concreto y, dejándose de etéreas propuestas, desplegar una fuerza capaz de producir cambios sociales.

Cuando empezaron las movilizaciones, me parecieron confusas, sin una meta social concreta (mezclaban la crisis económica con el hecho, por ejemplo, de que la Ley Sinde no les permitía descargarse películas). También me pareció que el mezclar a jóvenes de distintas tribus urbanas y tendencias vitales tan heterogéneas no podía considerarse serio. Igualmente, y dada mi militancia política, me dio por sospechar que era una maniobra orquestada por alguien interesado en fomentar el abstencionismo, que claramente beneficiaría a los partidos de derechas, tan disciplinados desde empresas, púlpitos y confesionarios.

Pienso en mí mismo, cuando tenía la edad de estos chicos. Confieso  que me movía por intuiciones y dudas razonables, sin tener un sistema ideológico formado, pues me faltaba experiencia vital en todos los campos. Me veo lleno de despistes que, muy probablemente, ellos no tengan, dada la cantidad de información de que hoy día disponen, la experiencia vital que yo a esa edad no había conseguido (estos de ahora están “muy viajados”, han vivido en pareja, se han enfrentado a trabajos precarios que en mis tiempos no se veían viables, saben buscarse la vida al margen de convencionalismos, han generado una especie de concha protectora ante el futuro demoledor que les estamos preparando como herencia, se toman la vida con esa filosofía de subsistencia al día sin referencias vanas al futuro…). Les faltan sólo unos años y sabrán mucho más de lo que yo he aprendido en mi edad, que en algunos casos es el triple de la suya.

Me decía el otro día Jesús Lens que no era un movimiento baladí, como yo los había juzgado en un primer momento. Que esa potencialidad era muy fuerte para considerarla una simple frivolidad. Las movilizaciones continúan, y además, las acampadas están tomando tal volumen, tales dimensiones organizativas, tal despliegue de empatías, que esto me está recordando aquel lejano (y olvidado) mayo del 68, en que unos cuantos soñadores buscaban el mar debajo de los adoquines de los Campos Elíseos. Cada vez me siento más próximo a sus planteamientos y me da miedo que la Junta Electoral ordene desalojos para la jornada de reflexión (siempre me ha parecido una majadería), una reflexión oficial y única, que excluye la de este grupo social, una reflexión demoledora que nos lleva a reflexionar y a hacernos varias preguntas: ¿qué hemos hecho con la vida pública? ¿cómo hemos podido caer tan bajo? ¿por qué no hemos reaccionado antes, si estamos hablando del futuro de nuestros hijos? ¿cómo hemos permitido la voracidad de bancos y empresas hasta extremos próximos al esclavismo, sin levantar un solo dedo?

Espero que la Junta Electoral no vea en estas acampadas motivo suficiente para desalojos violentos que sólo conseguirían mostrar un aspecto más de la exclusión de estos jóvenes. A fin de cuentas, no se consideró que las víctimas del 11M y las mentiras de Aznar fueran desestabilizadoras para la jornada de reflexión, así que no veo motivo alguno para que se prohíba a estos miles de jóvenes que manifiesten su malestar incluso el sábado y espero que se imponga la cordura.

También espero que no se tomen medidas represivas ni violentas por pedir algo que es esencial: un futuro que no mire exclusivamente al mundo financiero. Un Rubalcaba reprimiendo a estos jóvenes me dolería. Mucho.

Es cierto que no veo claro por qué las movilizaciones han empezado justo una semana antes de unas municipales y, en algunos casos, autonómicas. A esto le llamo yo inoportunidad, pues va a haber mucha gente dividida entre el apoyo a esta gente, que son nuestros hijos sin futuro y la fidelidad a un partido. Creo que deberían asumir que el lunes serían motivo de toda una corriente de empatía, mientras que hoy son incómodos para mucha gente que tiene legítimo derecho a defender la democracia que tanto costó levantar. Es una contradicción que no termino de solucionar, pero según leo por ahí, todo en este movimiento está resultando francamente ambiguo y contradictorio.

Creo que el lunes sería un magnífico momento para exigir un cambio en la ley electoral, la regeneración de la política, transformacines sociales, políticas empresariales razonables, reparto más equitativo de la riqueza, trabajo y vivienda… Hoy todo este caudal de enorme fuerza se convierte en un problema.

Esta mañana (el resto de la semana he estado indispuesto) he ido a la Plaza del Carmen. He hablado con algunos y sigo viendo contradicciones y enfoques bien distintos, pero, después de haberlos puesto verdes por apáticos y distanciados de la política, creo que ahora tendríamos que aplaudirles su inquietud.

En definitiva, que cada vez estoy basculándome más hacia ellos. Es decir: que cada vez me veo más joven.

Alberto Granados

¡Ejem!

Andrés Cárdenas es un conocido periodista del diario Ideal, en el que lleva media vida escribiendo. Es autor de entrañables columnas sobre la parte más humana de la gente más común. Para ello, usa el tono más directo, más coloquial, más cómplice, ese tono que, pareciendo poco serio, ofrece la impagable garantía de acercar el periodismo al lector, un periodismo de mesa camilla, de zapatillas de andar por casa, de compartir botijo y dar tabaco. Andrés, que va por las calles granadinas saludando a la gente con una sonrisa abierta y franca, domina como nadie este registro y el humor tierno y humano que rezuman sus artículos (también recogidos en sus blogs “Trajín de vida” y “Trajín de costa”, éste último centrado en la época del veraneo) llega a todos los lectores de su periódico, cualquiera que sea su nivel sociocultural, su tramo de renta, su formación académica o la zona geográfica en que resida.

(Andrés Cárdenas en la foto de la solapa del libro, hecha por Andrés Sopeña)

Este eficaz comunicador escribió hace unos años una columna en que enumeraba mil usos y frases hechas de una determinada palabra, mil veces polisémica, que el habla de Granada y Jaén, ha ido consagrando. Se trata de… (¡ejem!), ¿cómo lo podría decir?… o sea…  ¡Sí!: una palabra malsonante, tabú en los diccionarios escolares de mis tiempos, que buscábamos morbosamente para encontrar sólo aquello de “Gallina nueva, medianamente crecida, que no pone huevos o que hace poco tiempo que ha empezado a ponerlos” (DRAE), pese a que nosotros preferíamos regodearnos en su significado fálico. Allí estaba el puritanismo ganándole la partida a la lexicografía: la palabra… (ya saben: esa) …no era sinónimo de pene, que de esas cosas no se hablaba y menos en un diccionario decente. Si acaso, era un pecado que no sabíamos si sería muy mortal o no, como tampoco sabíamos si comernos una uña rompía el ayuno, algo serio y preocupante, pues luego comulgabas, te morías y te ibas derecho al infierno y, además, para toda la eternidad eterna…

Nuestro buen Andrés Cárdenas escribió dicho artículo en el mismo tono en que los cuentistas de la antigüedad oriental o nuestro Infante don Juan Manuel  narraban sus didácticos cuentos: para enseñar al que no sabe. En este caso, el destinatario del artículo era Harry, un supuesto vecino suyo de apartamento, de nacionalidad irlandesa, que por su escaso dominio idiomático quedaba confuso ante la continua presencia de dicha palabra tabú en mil expresiones.

El artículo tuvo un gran éxito y se propagó por Internet. El columnista recibió cientos de comentarios, precisiones, nuevas frases y contextos, ejemplos, fotografías, matizaciones en fino (que el tema da para serios afanes de precisión semántica)… y ahora, con todo ese material, ha escrito un librito (“Dejaos de pollas, vayamos a pollas”, con prólogo de Andrés Sopeña e ilustraciones de Antonio Mesamadero, Granada, Editorial Port Royal, 2011). El opúsculo lleva como subtítulo “Tratado de la palabra más común en el léxico callejero de las provincias del antiguo Reino de Granada”. Ha sido el número uno en ventas de la Feria del Libro, ha agotado la primera edición en un par de semanas y se buscaba por las casetas de la Feria como agua en el desierto.

En la introducción, el autor cita a un tal Jorge Jiménez, amigo suyo (por citar que no quede), que asegura: “…las palabras no son ni feas ni guapas, ni buenas ni malas, sólo son los colores con que pintamos nuestras ideas…”. Y Cárdenas, basándose en esa neutralidad inocua de palabras tales como… (¡glub!, sí: esa) …hace una ardiente defensa de su validez. A fin de cuentas, es periodista, tiene que informar de la realidad y la realidad granaína, junto a la jiennense, está llena de… (¡ejem!: lo dicho) en cada frase cotidiana. Si José García Ladrón de Guevara se acercó a los tabúes en su “La malafollá granaína” y salió airoso, ¿por qué no lo va a hacer él con… (¡ejem! en fin, ya saben ustedes)?

El libro es un juego lleno de humor en el que Cárdenas recoge todo el material recibido, le da un cierto sentido unitario y estructural, pero sobre todo, acumula cientos de anécdotas jocosas y llenas de ese tipo de  humor que la situación requiere. Dividido en capítulos, más artificiosos que naturales, las explicaciones gramaticales y semánticas para Harry forman el hilo conductor del discurso, que no busca otra finalidad que legitimar la palabra… (¡ejem!)… y arrancar mil sonrisas de los lectores, agobiados por el fatalismo que nos regalan los periódicos cada mañana.

Los modelos que sigue quedan abiertamente expuestos: respecto a su dimensión iconoclasta, va tras los pasos del “Diccionario del Erotismo”, “El cipote de Archidona” o el “Diccionario Secreto”, de Camilo José Cela y el citado “La malafollá granaína”, de García Ladrón de Guevara. En el planteamiento global del libro (Harry y sus confusiones lingüísticas), se acerca mucho a los planteamientos de Ramón J. Sender en la saga de “La tesis de Nancy” y secuelas. En la  parte dedicada a las apócrifas referencias históricas, sigue muy de cerca aquellos libros de Colin & Güester en que quedó asentado el  “inglés fromlostiano” (de la traducción literal del refrán “De perdíos, al río”, que un alumno recogió como “From lost to the river”) y jugaban con las confusiones lingüísticas aplicándolas a explicar grandes eventos de la historia de la Humanidad, con un rigor historiográfico tan encomiable como hilarante.

Para que al libro no le falte de nada, también hace un barrido por esa literatura que nunca aparecía en los libros de mi época porque la censura no la hubiera permitido jamás. La palabrita (esa que me niego a incorporar en un blog decente como este) aparece en varios textos literarios de indudable valor poético. Cárdenas nos los recupera, que estamos en coyuntura favorable para lo étnico y popular (incluso alguien ha propuesto pedir a la UNESCO que los chistes de Lepe sean patrimonio inmaterial de la Humanidad).

Se les nota que están de bajón. (Imagen del perfil de la Feria del Libro en Facebook)

El libro se presentó el día 12 de mayo en la Sala de Exposiciones de Caja Granada, en Puerta Real. Ofició de presentador el prologuista, Andrés Sopeña, el autor de “El florido pensil”,  quien explicó que Granada tiene un idioma específico que él, después de tantos años de vivir aquí, no ha conseguido hablar, aunque lo entiende. Puso varios ejemplos de nuestras peculiaridades lingüísticas, básicamente, terminológicas: asomaron palabras netamente granaínas, tales como “calamonazo”, “regomello”, “folletá” y, lógicamente, la palabra que más aparece en nuestras peculiaridades idiomáticas, es decir, (¡ejem!): esa que saben ustedes. El público que llenaba el salón se desternillaba al oír a ambos “Andreses” contar el jocoso anecdotario relativo al contenido de la obra, que un médico presente en la sala dijo estar recetando a sus pacientes para prevenir depresiones. Como era la Feria del Libro e inmediatamente venía otra presentación, la gente no dio espera a calentar el ambiente, así que entró a saco contando nuevas anécdotas y nuevas situaciones divertidas, antes de salir en tromba para la caseta de firmas, donde Andrés estuvo firmando ejemplares más de hora y media.

Como decía Sopeña, “…después de escribir o prologar libros como éste, ya no nos van a dar el Nacional de Literatura”. Yo, al perpetrar esta reseña, voy a correr la misma suerte. ¡Cuidao con la…!

Alberto Granados

AAF

Debo confesaros una cosa: cuando empecé a escribir relatos en mi blog anterior, los hacía en veinte minutos, sin ninguna pretensión, si no era la de que la entrada del día estuviera a la hora en que mis “clientes” aparecían por mi bitácora. Después, empecé a poner más empeño, pues las buenas críticas me exigían un nivel más alto. Los relatos se fueron haciendo más extensos y cuidados

Más adelante, empecé a sentir vanidad y a pensar en publicar. Me decía a mí mismo que algunos de mis relatos eran equiparables a muchas cosas de las que se están publicando (veréis que os estoy contando mis más íntimas vanidades). El otoño pasado registré todos mis relatos, que al haber pasado el plazo necesario, ya son míos y tengo los derechos de copia (con la excepción del que publiqué el año pasado, que quedó cedido al editor). Después, seleccioné un total de veinticinco y empecé a enviar una propuesta de publicación a algunas editoriales. La mayor parte, me ha enviado un correo agradeciendo mi interés y explicándome que ya tienen cerrado el plan de publicaciones. Otras, generalmente granadinas, ni han contestado. Un par de ellas, me han propuesto la coedición, esto es, que la editorial publica mi libro si yo pago un margen que les permita no afrontar el riesgo de un autor inédito y desconocido como yo.

Esta propuesta de la coedición me recordó inmediatamente la novela de Umberto Eco “El péndulo de Foucault”, que en buena medida transcurre en el mundo de una editorial marrullera, Manuzio, que ha acuñado el glorioso término de AAF, que aquí os traigo, tal como aparece desarrollado en el capítulo 39:

Manuzio era una editorial para AAF.

[...]

Un AAF es un Autor Autofinanciado, y Manuzio es una de esas empresas que en los países anglosajones se denominan “vanity press”. Facturación fabulosa, gastos de gestión nulos. Garamond, la señora Grazia, el contable llamado director administrativo en el cuchitril del fondo, y Luciano, el mutilado que se encargaba de enviar los pedidos, en el gran almacén del subsuelo.

-Jamás he podido comprender cómo Luciano logra empaquetar los libros con un solo brazo -me había dicho Belbo-, creo que se ayuda con los dientes. Por lo demás, no es que tenga mucho que empaquetar: sus homólogos de las editoriales normales envían libros a los libreros, mientras que él sólo los envía a los autores. Manuzio no se interesa por los lectores… Lo importante, dice el señor Garamond, es que no nos traicionen los autores, sin lectores se puede sobrevivir.

Belbo admiraba al señor Garamond. Lo veía lleno de un vigor que a él le había sido negado.

El sistema Manuzio era muy sencillo. Pocos anuncios en periódicos locales, en revistas profesionales, en publicaciones literarias de provincias, sobre todo en las que duran pocos números. Espacios publicitarios de tamaño mediano, con foto del autor y pocas líneas incisivas: “una de las voces más altas de nuestra poesía”, o “la nueva experiencia narrativa del autor de Su único hermano”.

-Con eso ya está tendida la red -explicaba Belbo-, y los AAF caen a racimos, suponiendo que en una red se caiga a racimos, pero la metáfora incongruente es típica de los autores de Manuzio: se me ha pegado el vicio, perdone.

-¿Y después qué sucede?

-Tome el caso de De Gubernatis. Dentro de un mes, cuando ya nuestro jubilado se consume en la ansiedad, el señor Garamond le telefonea para invitarle a cenar con algunos escritores. La cita es en un restaurante persa, muy exclusivo, sin letrero en la puerta: se toca un timbre y se dice el nombre en una mirilla. Interior lujoso, luz difusa, música exótica. Garamond estrecha la mano del maître, tutea a los camareros y devuelve las botellas porque el año no le convence, o dice perdona pero este no es el Dolmeh Sib que se come en Teherán. De Gubernatis es presentado al comisario Fulano, todos los servicios aeroportuarios están bajo su control, pero sobre todo es el inventor, el apóstol del Cosmoranto, el lenguaje para la paz universal, sobre el que se está  discutiendo en la Unesco. Después está el profesor Zutano, un narrador nato, premio Petruzzellis della Gattina 1980, pero también una eminencia de la ciencia médica. ¿Cuántos años ha dedicado a la enseñanza, profesor? Eran otras épocas, entonces sí que los estudios eran algo serio. Y aquí tiene a nuestra exquisita poetisa, la dulce Olinda Mezzofanti Sassabetti, la autora de Castos latidos, que sin duda habrá leído.

Belbo me confesó que durante mucho tiempo se había preguntado por qué todos los AAF de sexo femenino firmaban con dos apellidos: Lauretta Solimeni Calcanti, Dora Ardenzi Fiamma, Carolina Pastorelli Cefalu.

-Por qué las escritoras importantes tienen un solo apellido, salvo Ivy Compton-Burnett, y algunas ni siquiera lo tienen, como Colette, mientras que una AAF tiene que llamarse Olinda Mezzofanti Sassabetti? Porque un escritor auténtico escribe por amor a su obra, no le importa que le conozcan con un seudónimo, como en el caso de Nerval, mientras que un AAF quiere que le reconozcan los vecinos, la gente del barrio, e incluso la del barrio en que vivía antes. Al hombre le basta con su apellido, a la mujer no, porque algunos la conocen de casada y otros sólo la conocieron de soltera. Por eso usa dos apellidos.

-En síntesis, velada rica de experiencias intelectuales. De Gubernatis se sentirá como si hubiera bebido un cóctel de LSD. Escuchará el cotilleo de los comensales, la anécdota picante del gran poeta cuya impotencia está en boca de todos, y que tampoco como poeta vale demasiado, escaparán destellos de sus ojos al contemplar la nueva edición de la Enciclopedia de los Italianos Ilustres que Garamond hará aparecer de repente señalándole una página al comisario (ha visto, estimado amigo, también usted ha entrado en el Panteón, oh, sólo se ha hecho justicia).

Belbo me había mostrado la enciclopedia.

-Hace una hora le solté un sermón: sin embargo, nadie es inocente. La enciclopedia la hacemos exclusivamente Diotallevi y yo. Y le juro que no es para redondear el sueldo. Es una de las cosas más divertidas del mundo, y cada año hay que preparar la nueva edición actualizada. La estructura es más o menos la siguiente: un artículo se refiere a un escritor célebre, otro a un AAF, y el problema consiste en equilibrar bien el orden alfabético y no malgastar espacio con los escritores célebres. Vea, por ejemplo la letra L.

LAMPEDUSA, Giuseppe Tomasi di (1896-1957). Escritor siciliano. Vivió ignorado y sólo alcanzó la celebridad después de muerto por su novela El gatopardo.

 

LAMPUSTRI, Adeodato (1919-). Escritor, educador, combatiente (medalla de bronce en Africa oriental), pensador, narrador y poeta. Su figura de gigante destaca en la literatura italiana de nuestro siglo. Lampustri se reveló ya en 1959 con el primer volumen de una trilogía de amplio aliento, Cañas y sangre, donde con crudo realismo y alto vuelo poético narra la historia de una familia de pescadores lucanos. A esa obra, ganadora en 1960 del premio Petruzzellis della Gattina, siguieron en los años siguientes Los desahuciados y Un año de soledad, que quizá aún más que la opera prima dan la medida del vigor épico, de la deslumbrante imaginación plástica, del aliento lírico de este artista incomparable. Diligente funcionario ministerial, Lampustri es estimado en los ambientes en que le ha tocado desenvolverse como personalidad integérrima padre y esposo ejemplar, orador exquisito.

-De Gubernatis -explicó Belbo-, tendrá que desear que se le incluya en la enciclopedia. Siempre había dicho él que la de los superfamosos era una fama postiza, una confabulación de críticos complacientes. Pero sobre todo comprenderá  que ha entrado a formar parte de una familia de escritores que al mismo tiempo son directores de organismos públicos, funcionarios de banca, aristócratas, magistrados. De repente habrá ampliado el círculo de sus relaciones, de modo que cuando tenga que pedir un favor sabrá a quién dirigirse. El señor Garamond tiene la capacidad de hacer salir a De Gubernatis de su provincia, de proyectarlo hasta la cumbre. Hacia el final de la cena, Garamond le dirá al oído que a la mañana siguiente pase por su despacho.

-Y a la mañana siguiente se presenta.

-Puede poner la mano en el fuego. Pasará la noche sin dormir soñando en la grandeza de Adeodato Lampustri.

-¿Y después?

-A la mañana siguiente Garamond le dirá: anoche no me atreví a decírselo para no humillar a los otros, qué cosa sublime, no le hablaré ya de los informes entusiastas, aún diría más, positivos, pues yo mismo, personalmente, he pasado una noche imantado por estas páginas suyas. Un libro para ganar un premio literario. Grande, realmente grande. Regresará al escritorio, dará una palmada sobre el original, ya ajado, gastado por la mirada amorosa de al menos cuatro lectores, ajar los originales es tarea de la señora Grazia, y se quedará mirando al AAF con aire perplejo. ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos?, preguntará De Gubernatis. Y Garamond dirá que sobre el valor de la obra no hay absolutamente nada que discutir, aunque es evidente que se trata de un libro adelantado para la época, y en cuanto a los ejemplares no se sobrepasarán los dos mil, o a lo sumo dos mil quinientos. Para De Gubernatis dos mil ejemplares serían suficientes para atender a todas las personas que conoce, el AAF no piensa en términos planetarios o, mejor dicho, su planeta está formado por rostros conocidos, compañeros de escuela, directores de banco, colegas que han enseñado con él en el mismo instituto, coroneles retirados. Todos ellos son personas que el AAF desea ver entrar en su mundo poético, incluso los que no tendrían en ello el menor interés, como el charcutero o el gobernador civil… Ante el peligro de que Garamond dé marcha atrás, ahora que todos, en su casa, en el pueblo, en la oficina, saben que ha presentado el original a un gran editor de Milán, De Gubernatis hará sus números. Podría cerrar la cartilla, retirar el dinero del fondo de pensiones, solicitar un préstamo, vender esos pocos bonos del tesoro, París bien vale una misa. Ofrece tímidamente participar en los gastos. Garamond se mostrará perturbado, Manuzio no acostumbra, y luego, bueno, de acuerdo, me ha convencido, en el fondo también Proust y Joyce tuvieron que doblegarse y aceptar la cruda realidad, los costes ascienden a tanto, de momento imprimiremos dos mil ejemplares, pero el contrato se hará por un máximo de diez mil. Calcule que doscientos ejemplares serán para usted, de regalo, para que los envíe a quienes juzgue conveniente, doscientos se envíarán a la prensa, porque queremos hacer una campaña con todas las de la ley, como si fuera la Angélica de los Golon, y los mil seiscientos restantes se distribuirán. Sobre estos ejemplares, como comprenderá, usted no percibirá ningún derecho, pero si el libro se vende haremos una reimpresión y entonces sí, usted se quedará con el doce por ciento.

Más tarde tendría ocasión de ver el contrato modelo que De Gubernatis, en pleno trip poético, debía de haber firmado sin siquiera leer, mientras el administrador se lamentaría de que el señor Garamond hubiese calculado unos costes tan bajos. Diez páginas de cláusulas en cuerpo ocho, traducciones a otros idiomas, derechos subsidiarios, adaptaciones para el teatro, reducciones radiofónicas y cinematográficas, ediciones en Braille para los ciegos, cesión del resumen a la revista Selecciones, garantías en caso de proceso por difamación, derecho del autor a aprobar los cambios introducidos por la editorial, competencia de los tribunales de Milán en caso de litigio… El AAF debería llegar exhausto, la vista deslumbrada por el futuro de gloria que se abría ante sus ojos, a las cláusulas deletéreas en las que se decía que la tirada máxima sería de diez mil ejemplares pero no se hablaba de tirada mínima, que la suma que debía pagar no dependía de la tirada, sobre la que sólo se trató de palabra, y en particular que al cabo de un año el editor tendría derecho a destruir los ejemplares no vendidos, salvo que el autor los adquiriese por el cincuenta por ciento del precio de cubierta. Firma.

El lanzamiento sería fastuoso. Comunicado de prensa de diez páginas, con biografía y ensayo crítico. Ningún pudor, porque de todas formas en la redacción de los periódicos acabaría en la papelera. Tirada real: mil ejemplares, de los cuales sólo se encuadernarán trescientos cincuenta. Doscientos para el autor, una cincuentena para distribuir en librerías asociadas, otros cincuenta para enviar a las revistas de provincias, unos treinta para enviar a los periódicos, por si les sobraba alguna línea en la columna de libros recibidos. Ese ejemplar lo donarían a los hospitales o a las cárceles, con lo que se explica por qué los primeros no curan y las segundas no redimen.

En el verano llegaría el premio Petruzzellis della Gattina, criatura de Garamond. Coste total: comida y alojamiento para el jurado, dos días, y Nike de Samotracia en cinabrio. Telegramas de felicitación de los autores Manuzio.

Por último llegaría el momento de la verdad, un año y medio más tarde. Garamond le escribiría: Estimado amigo, ya lo decía yo, usted está  adelantado cincuenta años. Reseñas, ya lo ha visto, a montones, premios y consenso de la crítica, fa va sans dire. Pero ejemplares vendidos, muy pocos, el público no está  preparado. Nos vemos obligados a despejar el almacén, como está  previsto en el contrato (que adjunto). O se destruyen los ejemplares, o usted los compra al cincuenta por ciento del precio de cubierta, como es su derecho.

De Gubernatis enloquece de dolor, los parientes le consuelan, la gente no te entiende, claro que si fueras uno de ésos, si hubieras untado la mano a alguno, a estas alturas ya habrías tenido una reseña hasta en el Corriere della Sera, es una mafia, no hay que entregarse. Sólo quedan cinco ejemplares de regalo y aún tienes tantas personas importantes con que cumplir, no puedes permitir que tu obra se destruya para fabricar papel higiénico, veamos cuánto dinero podemos reunir, es dinero bien empleado, se vive una sola vez, digamos que podemos comprar quinientos ejemplares y en cuanto al resto sic transit gloria mundi.

En Manuzio han quedado seiscientos cincuenta ejemplares sin encuadernar, el señor Garamond hace encuadernar quinientos y los envía contra reembolso. Balance: el autor ha pagado con creces los costes de producción de dos mil ejemplares, Manuzio ha impreso mil y ha encuadernado ochocientos cincuenta, de los cuales quinientos han sido pagados por segunda vez. Una cincuentena de autores al año, y Manuzio siempre cierra con un amplio margen de beneficios.

Y sin remordimientos: reparte felicidad.

 (El péndulo de Foucault instalado en el vestíbulo de nuestro Parque de las Ciencias)

Prometo no dejarme embaucar. Mi vanidad no llega a tanto, salvo que mi forma de ser dé un violento pendulazo. Por lo pronto, me permití una broma con una de las editoriales que declinaron el placer de publicarme. Les contesté:

-Rezad para que no os pase conmigo como a la Balcells con “Cien años de soledad”.

Mi ironía, a fin de cuentas, no es sino consuelo de pobres.

Alberto Granados

Imágenes de Granada 4. La Madraza

Esta última semana, al mismo tiempo que en Granada se han solapado la Feria del Libro y el Festival Internacional de Poesía, ha vuelto a abrirse al público la antigua Madraza, la vieja universidad coránica edificada por Yusuf en el s. XIV, junto a la gran mezquita aljama y su alminar, la torre Turpiana.

Al día siguiente de la reinauguración, volví a visitar la Madraza, a la que ya había ido varias veces, pues ha sido siempre un ámbito de conferencias y presentaciones de libros. Llevaba cerrada algún tiempo  para su rehabilitación. Sólo queda abierta al público la planta baja. La segunda, donde está la Sala de caballeros Veinticuatro, la visitaré cuando haya alguna jornada de puertas abiertas o alguien presente un libro.

He aquí unas imágenes de la vieja madraza.

 

 

 

 

 

 

(En una de las salas, una exposición de Hernández Pijuan)

 

Podéis ver más imágenes en la galería del diario Ideal, que sí ha tenido acceso al segundo piso. Ahí podréis ver el artesonado de la Sala de Caballeros Veinticuatro, antes mencionada.

Alberto Granados

Azulejos

Apenas ha amanecido y Mercedes ya está vestida esperando la llegada de los albañiles que van a reformar la cocina. Desde la ventana observa la carretera llena de hielo y escarcha. Ante la puerta de su patio ve los trastos viejos que Damián, el del motocarro, sacó ayer para que el jueves se los lleven los de la basura. No puede evitar echar una última mirada al balcón de Emilio, allá en lo alto del pueblo, aún cerrado. Vuelve a mirar, por enésima vez, el azulejo blanco que ha sacado de la caja y la pequeña muestra de la greca azul. Lleva mucho tiempo queriendo cambiar los azulejos, poner otros muebles de cocina, una nevera…  y ahora que puede, va a hacerlo aunque sabe que la van a criticar en el pueblo, pero eso le da igual.

Un jarrillo de porcelana lleno de café recién hecho le calienta las manos al tiempo que le produce un escalofrío que le sube por la espalda. Se sienta ante la chimenea de la exigua sala y mira el fuego. Siempre le han fascinado esas llamas que bailan, mezclan azules con rojos y naranjas, colores con gemidos, ese subir y bajar que calienta, envuelve, distrae, abstrae, hace recordar…

Mercedes se ve a sí misma hace veinte años, cuando tenía treinta y cuatro y aún era de las pocas muchachas solteras del pueblo, una moza vieja,  como le estuvo llamando su madre hasta la misma mañana en que murió, sin hacer el más mínimo esfuerzo por no herir, por no hacer un daño prescindible. Era un tiempo difícil, lleno de pobreza y miseria moral, con tantas viudas y tantos huérfanos, con muchas mujeres solas, castigadas por las cosas de la guerra, como lo habían sido su propia madre, su hermana Chelo y ella misma. Por entonces, sus amigas de la pandilla se habían ido casando, unas mejor y otras peor, pero casadas estaban y a ella la miraban como con un gesto de triunfo, sintiendo esa superioridad social que les daba el hecho de tener un hombre al lado en la calle y en la cama.

Alguna de ellas incluso se permitió un comentario hiriente, una desafortunada broma sobre las necesidades de las mujeres solas, alguna crueldad tan gratuita como innecesaria, ya que ambas hermanas tenían muy claro que la edad se les iba de las manos, aunque no eran feas ni tenían mal cuerpo, que eso lo veían en las miradas hambrientas de los hombres que se cruzaban por la  calle o lo oían en los procaces comentarios, acompañados de groseras risotadas, cuando pasaban por delante de la taberna de Nicolás y tenían que apretar el paso.

Chelo, ocho años menor que su hermana, nació poco antes de que le dieran el paseo al padre. Como su madre no tenía ánimos ni para hacerle un mimo, fue Mercedes quien la crió. Aún recuerda el contacto con su piel fría y el olor de su cuerpo, cuando las pesadillas impulsaban a la pequeña a meterse en su cama y buscar el abrazo cálido, el consuelo para los miedos de medianoche. Entonces Mercedes, que ya era una adolescente, soñaba con el calor de otros abrazos, con el cuerpo de Emilio, el hijo del boticario, un muchacho tímido y como ausente que parecía no verla, pero que le escribía ardientes poemas de amor, que le hacía llegar a través de su ventana. Ella se veía entre sus brazos y un auténtico deseo salvaje y húmedo la hacía sentirse sucia y culpable.

Años después, vino lo de Chelo con aquel viajante de comercio. La pobre chica se encaprichó con él y lo dejó hacer, pero el muy cerdo lo aireó todo en la taberna. Chelo se lo contaba, en voz baja, cuando en las frías noches se cambiaba de cama:

-Mercedes, yo creo que no soy normal. Me gusta disfrutar, ¿sabes?  Mira, yo creo que soy una mujer demasiado caliente… No aguanto más de tres o cuatro días sin que un hombre me abrace… Creo que soy una perdida y no sé lo que va a pasar conmigo… por eso quiero irme del pueblo… -y Mercedes la hacía callar y la apretaba contra sí, un poco escandalizada, pero con la plena conciencia de ser el único apoyo con que su hermana contaba.

La chica siguió dando que hablar en el pueblo, pues tuvo aventuras con varios hombres, algunos de ellos casados. A partir de entonces, las mujeres dejaron de dirigirles el saludo y los chicos solteros les hicieron el cerco. Ya no las sacaban a bailar en las verbenas ni se les acercaban en el paseo. Se ponían el único vestido de salir que tenían y empezaban a dar una vuelta tras otra, simulando una conversación inexistente, una indiferencia impostada, una suficiencia que hacía mucho que se les había ido apagando y que les hacía volver a casa, a la hora de la cena, con el desconsuelo de los sueños irreparablemente rotos.

Sufrió en silencio ese aislamiento hasta que se le pasó el arroz, como decían los hombres, y un buen día se vio en el espejo con las primeras canas, la piel deshecha de arrugas tempranas, la belleza gastada y el alma ahogada por la desesperanza y la soledad. Emilio, su sueño de juventud, llevaba ya varios años en Madrid y apenas volvía por aquel lejano rincón olvidado de Dios.

Se sorprende con un nudo en la garganta al recordar aquel tiempo tan lejano ya. Se levanta a ponerse un poco más de café y mira de nuevo hacia el balcón de sus sueños. Deja escapar un suspiro y vuelve junto al fuego. El recuerdo, amargo como el café, la envuelve otra vez.

(Imagen tomada del archivo de fotos antiguas de 20Minutos)

Ahora evoca aquel momento en que Benito apareció. Acababa de quedarse viudo y estaba para cumplir los cuarenta. Empezó a seguirla a todas partes, le regaló un pañuelo para el cuello, le escribía notas en las que, con una letra casi ilegible, le explicaba que iba con buena intención. Ella se sintió halagada, aunque no lo tenía muy bien considerado. Chelo, que se dio cuenta,  se lo decía por las noches:

-Mercedes, no te vayas a sentir obligada a nada por mí. Haz lo que tú veas mejor, que yo me voy a Barcelona, donde no me conozca nadie y pueda hacer lo que me dé la gana. Aquí no te tengo más que a ti y no quiero que mis cosas te perjudiquen.

Y Mercedes, secretamente, empezó a abrigar cierta esperanza de que la vida le trajera un respeto, unas caricias, un poco de eso que ella se figuraba que podía ser la felicidad. Chelo le dijo una noche:

-Mercedes, ¿qué has pensado respecto a Benito? No parece mal hombre, pero que sepas que bebe. Aunque eso poco importa: si no beben, es que fuman, y si no, que son mujeriegos o violentos o que nos quieren para que seamos sus esclavas, o que sacan otra pata, que los hombres van a lo suyo y ya está. Y nosotras, como tontas, haciéndoles la cama… y calentándola…

Mercedes mantuvo la distancia con Benito hasta que Chelo se fue a Cataluña, pero cuando comprendió la dimensión exacta de su soledad, empezó a decidirse, aflojó su resistencia y suavizó el gesto de indiferencia cuando lo sentía detrás en el paseo o cuando le pagaba un refresco si es que se le ocurría entrar a la taberna a tomar algo con su prima.

Una noche, tal vez la más fría de todo el invierno, al verlo bajo la débil farola que el alcalde había puesto ante la puerta de su casa, sintió un nudo en el estómago,  una zozobra que le cortaba la respiración y le producía un vago temblor. Supo al momento cuál sería su futuro, así que abrió la puerta, lo vio acercarse lentamente, lo miró a los ojos y lo abrazó. No había oído nunca la expresión “quemar las naves”, pero eso fue exactamente lo que hizo al desabrochar su vestido y tirar de aquel hombre hacia su cama.

La ventana dejaba ver la sierra blanqueando de escarcha y una luna que parecía un cuchillo. Ella le dejó tocar todos los rincones de su cuerpo y le permitió que la besara. También dejó que aquel hombre  condujera su mano hasta el punto exacto que él deseaba. Un momento después, sintió una acometida bestial, un desgarro lacerante, una sudoración extraña, una violenta oleada de sangre fluyendo por sus venas y, sobre todo, unas ganas enormes de que aquello acabara pronto. Comprendió que la vida le iba a dar eso y muy poco más. Que, incluso algo tan pobre y decepcionante como aquello ya era mucho más de lo que había tenido hasta entonces. Envidió la libertad de su hermana en Barcelona hasta el punto de plantearse huir con ella, pero lo que hizo fue dejarse llevar por los acontecimientos y dar pie a que todo el pueblo hablara de ella y de Benito, al que ya recibía todas las noches en su casa sin el menor intento de ocultarlo. Sólo unos meses después se casó con él casi en secreto, pues la costumbre era que los amigotes acompañaran desde la calle la noche de bodas de los viudos con cencerradas, cánticos procaces y alcohol. Aunque semejantes vilezas la ofendían profundamente, le restó importancia al asunto, pues Benito amenazaba con sacar la escopeta y descargar un par de tiros sobre sus amigos.

Desde ese día, se acostumbró a acatar dócilmente todos los deseos de Benito, a referirse a él como “mi marido”, a asumir en público que era una relación normal, como cualquier otra pareja en la que hubieran primado el amor y la pasión. Mercedes era ahora una señora, la mujer de un mutilado de guerra, y les iban a dar una de las viviendas protegidas que estaban ya listas para entregar en la barriada del Barranco, en la parte baja del pueblo, muy cerca del río. La casa de su madre, que habían heredado su hermana y ella, podría venderse y con su parte, si Benito estaba de acuerdo, arreglaría la cocina, que iba a tener azulejos blancos con una greca azul y muebles nuevos, como los que había visto en una revista… Sin embargo Benito era de la opinión de que con el dinero que su mujer había conseguido de la venta de la casa se podía comprar la huerta de Bernardo, que tenía una tierra muy buena y daría muy buenos rendimientos. Entre la paga de inválido de guerra y lo que diera la huerta, teniendo la casa… Y eso fue, exactamente lo que se hizo.

El recuerdo de esa etapa hace que un nudo vuelva a aprisionar su garganta y siente que la ahoga un daño profundo y antiguo, aunque también le sirve para afirmarse en  sus nuevas decisiones. Desea que lleguen los albañiles y distraigan sus malos recuerdos, a los que no puede sustraerse, que la atraen aunque la hacen sufrir.

Ahora vuelve a su mente aquella época en que el Gobernador vino a entregar las llaves de las nuevas viviendas. Recuerda que ella sintió un extraño orgullo cuando nombraron a Benito, al que acompañó al estrado de las autoridades a recoger la escritura de propiedad y las llaves. Él iba temblando, pero ella supo aparentar un aplomo que no sentía, embutida en un traje de chaqueta que se había hecho para una boda y que hubo que arreglar en el taller de la sastra, pues había engordado. Fue un día inolvidable, pues sintió que, por primera vez, algo era suyo y eso le sonó a una esperanzadora señal.

Pero la realidad se impuso: la cocina sólo tenía azulejos en esa mínima parte que rodeaba la hornilla, unos azulejos blancos, de un horroroso blanco sucio y mucho más pequeños que los que ella se había imaginado. El resto era de yeso visto, y la nueva casa le pareció tan decepcionante como su propia existencia. Asumió que la vida es un engaño en que el deseo es siempre mucho más atractivo que la realidad.

Durante años, volvió a plantearle a su marido una y otra vez la conveniencia de cambiar azulejos y muebles en la cocina. Al principio, Benito encontraba siempre un argumento de más o menos peso con que desarmar su deseo. Después, le bastó con un gruñido, un gesto de fastidio, un chasquido de incomodidad para desautorizar la petición de su mujer, que veía como él se había ido bebiendo el dinero de la venta de la casa y volvía cada noche más borracho de la taberna. Empezó a sentir un irrefrenable asco cuando él intentaba besarla, mientras la gozaba, con aquella boca con regusto a vinazo, fracaso y falta de expectativas.

Una noche, cuando él estaba a punto de llegar, se sirvió un vaso de vino. El primer sorbo de su vida le supo muy mal, pero le calentó el estómago y le nubló un poco la conciencia. Después, venciendo la repugnancia, apuró el vaso de un segundo trago. Esa noche, el regusto a vino de los besos de Benito no le produjo asco y casi no se enteró de que él la estaba usando como si fuera un apero de labranza o una herramienta. Después bebía ya tanto que cuando él llegaba la encontraba profundamente dormida, borracha, sucia, maloliente y rozando la más absoluta locura.

Chelo llegó desde Barcelona. Alguien le había avisado de lo que pasaba con su hermana y vino a controlar la situación. Tuvo palabras muy tiernas para Mercedes, pero muy duras para Benito, al que acusó de egoísta, de pensar sólo en sí mismo. Hubo una violenta discusión que terminó con mil reproches. Chelo dejó caer al suelo la damajuana de vino peleón que había en la despensa, que se rompió en mil pedazos. Era una simple vasija, pero Mercedes piensa, tantos años después, que se rompió también su sumisión y su dependencia del alcohol. Esa noche fue ella quien se metió en la cama de Chelo y la abrazó. Ahora necesitaba el apoyo, el calor y el abrazo de su niña chica. Hablaron hasta muy tarde. Chelo le hizo ver que tenía que reaccionar, que debía irse con ella a Barcelona, donde nadie iba a controlar su vida. Le arrancó la promesa de que iba a dejar de beber, de que iba a reflexionar sobre su futuro. Le dijo que una mujer podía vivir perfectamente sin un hombre, que nadie era esclavo de nadie, que la vida está llena de oportunidades… Cuando se fue de regreso, Mercedes ya era otra mujer, llena de resolución y nuevas seguridades.

Empezó por negarse a los besos y pretensiones de Benito, al que abiertamente le dijo que no lo quería y que su matrimonio había sido un fracaso. Un día lo amenazó:

-Si me tocas, te dejo. Me voy a Barcelona con mi herma… Necesito ser un poco feliz y tú no…

-¿Irte tú? ¿Para ser feliz? Para ser feliz tendrás que pasar por encima de mi cadáver, so zorra.

Fue la primera bofetada, por lo que hizo que le instalaran un cerrojo en la habitación de los invitados, donde había dormido con Chelo. Benito protestó, pero empezó a comprender, lleno de odio, que algo había cambiado en la que él había considerado siempre su mujer, su esclava, su fulana.

Por esa época, un Emilio cincuentón, enfermo y muy rico, volvió de Madrid a hacerse cargo de las tierras de su padre. Mercedes lo reconoció por su gesto apocado, su mirar huidizo, su apariencia insignificante. Sintió una gran ternura por él al saludarlo. Volvió a ver en esos ojos apagados por la edad el rescoldo de aquel amor que le confesaba en los poemas. Después volvió a encontrárselo otras muchas veces y fue sintiendo un deseo ilusionado, que al principio se reprochaba, pero que después fue abriéndose paso, cada vez más firme y esperanzador, más incontrolable.

Se vio a sí misma viviendo una plácida vejez rodeada por los brazos de aquel hombre, al que imaginaba cálido, delicado y tierno. Se imaginó gozándolo en la cama, algo que no había conseguido jamás con su marido. Tal vez se merecía una segunda oportunidad, pero Benito estaba ahí, estorbando, haciendo que se sintiera sucia y culpable por querer ser un poco feliz después de casi veinte años de soportar su miseria y su falta de respeto.

Al principio le pareció algo descabellado, después un pensamiento imperdonable, pero la idea se fue abriendo paso en su conciencia: Benito era un obstáculo que siempre impediría su felicidad… salvo si desaparecía. Las primeras mil veces que pensó en matarlo, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Después, se acostumbró. Finalmente, la necesidad de hacer desaparecer a su marido era ya una obsesión que le había quitado el aplomo y la frialdad con que siempre se había comportado. ¿Qué le estaba pasando? ¿Era una asesina? ¿Son así los criminales? Ese impulso que obliga a alguien a cometer un asesinato, ¿surge en la conciencia de los asesinos de la misma forma que estaba surgiendo en ella el deseo de ver muerto a Benito? Las horas se le iban en hacerse estas preguntas que la desazonaban y la volvían insomne.

Algunas veces, al oír los ronquidos de su marido en la otra alcoba, abría sigilosamente la puerta y se asomaba. Lo veía a la luz de la luna, lo oía roncar, sentía su olor. En esos momentos tan cercanos a la demencia, pensaba en cortarle el cuello con una hoz, en meterle un brasero con brasas mal apagadas, en apuñalarlo… Le parecía sentir el olor de la muerte en rededor suyo. Después volvía a su cama y se sentía derrotada por la vida mientras esperaba el alba llorando desconsoladamente.

Estos recuerdos le producen una profunda inquietud y siente que se le acelera el pulso. La cadena de recuerdos lleva, inevitablemente, a aquella noche en que Benito llegó más borracho que de costumbre. Todos los vecinos lo oyeron insultarla desde lejos y ella percibió más de una ventana que se abría momentáneamente para volver a cerrarse al instante. Después, un empujón salvaje en la puerta de su alcoba hizo saltar el cerrojo entre una nube de astillas de madera barata. Benito cayó sobre la cama, aturdido por el golpe y la borrachera. Ella se echó un mantón de lana sobre el camisón y salió a la calle. Los vecinos, que se asomaban a las ventanas,  la vieron huir de un tambaleante Benito que la seguía con pasos inseguros entre insultos y blasfemias.

(Imagen tomada del blog eltrut, en blogspot)

Paula, la mujer del mulero, salió para ofrecerle ayuda, pero Mercedes se limitó a decirle:

-Me ha pegado, como otras noches, pero es que hoy viene peor que nunca. No es nada nuevo. Ya se le pasará.

Seguidamente, volvió a correr unos pasos que la alejaron una distancia suficiente del marido. De nuevo se paró y se volvió hacia aquellos ojos de cólera. Ella lo desafiaba riéndose en silencio de tanta miseria, lo que lo enfureció mucho más:

-¡Puta! Como te coja, te vas a acordar de mí –gritaba mientras efectuaba otro pequeño avance, titubeante y sofocado, en la dirección de su mujer, que cada poco volvía a alejarse hacia el río.

Mercedes supo enseguida que iba a matar a Benito y a quedarse libre para buscar algo de felicidad junto a Emilio. El pueblo iba quedándose atrás, poco a poco. Los vecinos estaban volviendo a sus camas, empujados por el frío. A su espalda, se oía el ruido de la corriente, bien cargada del agua del deshielo que bajaba torrencialmente de la sierra. Sabía que algún vecino iba a aparecer pronto para ayudarle y que ése tenía que ser el momento justo, único e irrepetible, en que ella mataría a su verdugo. No sentía inquietud alguna, sino una resolución y una fuerza incontestables. A fin de cuentas, Benito lo había dicho muy claro: “…para ser feliz tendrás que pasar por encima de mi cadáver…”

Cada pocos pasos, se paraba y volvía la vista hacia el marido, que resollaba en su trote perseguidor. Lo miraba con gestos de asco, de un infinito desprecio, mientras negaba con la cabeza, como queriendo indicarle que todo se había acabado. Él volvía a encontrar una fuerza impensable que le hacía avanzar otros pocos pasos hacia su propia aniquilación entre insultos, amenazas y maldiciones. Unos instantes después, Mercedes vio las siluetas de dos hombres que venían corriendo desde el pueblo, supuso que para protegerla. Había llegado al puente, donde resbaló con una placa de agua helada. Gritó y se dejó alcanzar por Benito, quien furioso y vengativo, la cogió del pelo y la abofeteó. Después trató de tirarla alagua.

Mercedes oye la camioneta de los albañiles y apura el café y sus últimos recuerdos: los dos hombres se acercaban corriendo y llamando a Benito. Mercedes vio el momento justo: bastó un empujón y su perseguidor pisó el hielo, sus pies resbalaron, subió los brazos en un vano intento de encontrar el equilibrio y se desmoronó sobre el cable de acero que hacía de baranda. Un instante después, se precipitó al vacío en el preciso momento en que los hombres llegaban. Uno de ellos declaró más tarde que creía haber rozado la chaqueta de Benito, pero que no consiguió retenerlo. La fuerza de la corriente y las piedras del cauce terminaron el trabajo llevándose río abajo el cuerpo, que sólo se encontró dos días después flotando en un tranquilo regato, a muchos kilómetros de allí.

Medio pueblo había visto la implacable persecución, todos habían oído las imprecaciones, las amenazas, los feroces insultos. Todos sabían de lo aficionado que era a la bebida y las descomunales borracheras que cogía cada noche. Cualquiera habría dicho al juez que ella era una esposa sufrida, prudente, sacrificada, que había renunciado durante años a arreglar la cocina para que él pudiera comprar la huerta. Incluso aquellos dos hombres estaban en condiciones de testificar lo que habían visto: que ella había resbalado en la placa helada, momento en que él la alcanzó y trató de tirarla… que ella se limitó a intentar zafarse…, que en el momento de llegar, la mujer sangraba por la boca…, que había sido o mala suerte o defensa propia, pero que Mercedes en todo momento había querido alejarse cuanto pudo del hombre que la perseguía…

Las diligencias judiciales tardaron varios meses, pero todo parecía quedar claro: un caso de marido despechado por el desamor de su mujer. Ya se sabe: la incultura y el atraso, las carencias de la vida rural… Poco después ella era una honesta viuda que se había embolsado la importante cuantía de un seguro de vida y que vivía enlutada y esperanzada, pendiente de los nuevos poemas que Emilio dejaba en su puerta cada atardecer. Ahora se podía permitir cambiar los azulejos y los muebles de la cocina, comprar una nevera y, lo que son las cosas, también quería poner un cómodo sofá ante la chimenea de la sala. Tal vez iba a ser un lugar idóneo para besarse con Emilio, para sentir sus caricias, para ser suya mientras veía aquellas llamas azules, rojas y naranja que tanto le gustaban… Estaba resuelta a ser feliz: incluso por encima del cadáver de Benito.

Alberto Granados

Vietnam en la memoria

Hace sólo unos días, el pasado día 30 de abril, se cumplieron los 36 años de la finalización de la guerra de Vietnam, un conflicto que marcó mi adolescencia y juventud hasta hacerse indisoluble de lo que yo pueda ser hoy. Los noticiarios de radio y televisión, no cesaban de hablar del conflicto, que la ideología de la época presentaba como una valiente campaña contra el comunismo (después supimos que, en realidad, y durante una época, se defendía sólo las plantaciones de caucho de las que surgían los neumáticos que alimentaban la poderosa industria del automóvil de Detroit).

La Historia se escribe, la mayor parte de las veces, sesgada y dirigida hacia un fin previo. Eso ya lo habíamos aprendido cuando, a partir de “Pequeño gran hombre” (Arthur Penn, 1970) supimos que los indios de las praderas no eran esos crueles guerreros de los westerns, sino unos pacíficos propietarios de unas tierras que los rostros pálidos querían arrebatarles por mera ambición. También desmitificamos al Séptimo de Caballería y a los colonos, sólo movidos por el afán de asentarse a costa de los pueblos autóctonos. Y supimos que Buffalo Bill no fue sino un auténtico xenófobo, cruel y asesino, que no sentía el más mínimo respeto por aquellas familias, llenas de ancianos, mujeres y niños que él masacraba con aires de chulo de patio de colegio.

Respecto a Vietnam, nos pasó igual: supimos que nadie había llamado a Estados Unidos a ser el árbitro del mundo y que la guerra había sido un auténtico genocidio en el que se usó un tipo de armamento, tan cruel y tan nocivo, que después fue prohibido: el napalm.

La radio (la forma casi exclusiva de oír música por entonces) nos familiarizó con la problemática de la guerra. Recuerdo dos canciones: una de Adriano Celentano que hablaba de un “muchacho, que como yo, / amaba Beatles y Rolling Stones” y que es arrancado de su ámbito y de su música para llevarlo a una Indochina donde no se le había perdido nada a cambiar su guitarra por una ametralladora, que hace un tipo de música muy diferente. La canción nos impresionaba.

También Simon & Garfunkel combinaron el famoso villancico “Silent night” (nuestro “Noche de paz”) con un diario radiofónico en que se hablaba de los combates en los arrozales y de la sangría humana, marcando un extraño contraste.

Pero donde aprendimos a valorar esa guerra, varios años después de la rendición del 30 de abril de 1975, fue en el cine, cuando algunos realizadores abordaron valientemente el tema y nos fueron desgranando nuevas claves que nos hicieron comprender que nos habíamos caído de un guindo, inocentes y crédulos, con información,  mentes y sistemas críticos largamente adormecidos por casi cuarenta años de discurso único y controlado.

La primera película chocante fue “El cazador” (Michael Cimino, 1978), que nos presenta a tres chicos de Pennsylvania a los que la guerra marca para siempre, llevando a uno de ellos hasta el más amargo fondo de un proceso autodestructivo sin vuelta atrás.

Después vino “Coming home” (= Vuelta a casa), aquí traducida como “El regreso” (Hal Ashby, 1978), que trataba el doloroso tema de los soldados que volvían de Vietnam terriblemente mutilados, auténticos despojos que no encontraban ni su sitio, ni el reconocimiento épico que esperaban. El protagonista, que vuelve en silla de ruedas, sólo va a encontrar el amor de una mujer casada.

“Platoon” (Oliver Stone, 1986) y “La chaqueta metálica” (Stanley Kubrick, 1987) se ocupan de la formación de marines, destinados a matar (y, lamentablemente para las administraciones americanas, también a morir y llenar de cruces blancas el cementerio de Arlington).

En cualquier caso, la mejor película que se hizo sobre el conflicto de Vietnam fue, sin duda, la adaptación de la breve novela de Joseph Conrad “El corazón de la tinieblas”, que dirigió Francis Ford Coppola en 1979 con el título de “Apocalypse now”, en que el relato alcanza las mismas raíces del horror y nos muestra el sentido depredador del ser humano llevado a situaciones límite. Inolvidable, la secuencia en que un escuadrón de caballería ligera (formado por helicópteros, curiosamente) masacra una aldea llena de mujeres, ancianos y niños, simplemente por estar cerca de una bahía donde el Coronel quiere ver al campeón de surf deslizarse sobre las olas. La incursión se hace al cínico ritmo de la “Cabalgata de las walkirias”, la introducción de la ópera de Wagner “La walkiria”.

En el otro lado, Hollywood produjo un montón de subproductos centrados en la defensa fascista del empleo de la fuerza y la violencia, en la justificación del papel de guardianes de Occidente jugado por los americanos: las mil versiones de Rambo y otras imitaciones donde la testosterona gana al cerebro, las artes marciales a la estética y el negocio a la inteligencia.

Al margen de todo lo señalado, que aprendí en el cine o en la radio, tengo que decir que la guerra de Vietnam quedó en mi recuerdo por una fotografía, que después, por medio de Internet, se ha convertido en toda una secuencia: el momento en que Kim Phuc, la niña del napalm, de nueve años, corre desnuda –se había tenido que quitar el vestidillo que la cubría porque se había prendido de napalm y tenía la espalda abrasada-, con la cara del horror, huye de la pequeña población de Trang Bang, bombardeada con napalm el día 8 de junio de 1972.  Nic Ut, fotoperiodista, hizo varias fotos y después la llevó al hospital.

La foto se hizo famosa y ganó el Pulitzer de 1973. Más adelante descubrí otras, que guardé en mi disco duro, aunque no recuerdo si eran del mismo fotógrafo. Son estas, que forman una despiadada secuencia, tal vez desconocida para mucha gente.

Otra foto escalofriante es la ejecución sumarísima de un miembro del vietcong por parte de Nguyen Ngọc Loan, el jefe de policía de Saigón, una foto de Eddie Addams, de 1968, también ganadora del Pulitzer del 69.

Fueron muchos años de conflicto, así que hay miles de fotos, pero lo dejo aquí. No confío ya en ninguna guerra, ni en ningún papel mesiánico de nadie. No veo justificables las muertes de Bin Laden, ni de Saddam Hussein, ni las ocupaciones de territorios en nombre de la libertad, ni los bloqueos contra un régimen, que perjudican a un pueblo entero. El hombre, especialmente el arropado por su poder económico y armamentístico, es cada vez más lobo para otros hombres. Como en Vietnam.

Alberto Granados

Poesía en Granada

Me encanta esa coincidencia que este año se va a dar: la XXX Feria del Libro de Granada y el Octavo Festival de Poesía Ciudad de Granada, se solaparán y superpondrán al menos unos días, así que, ayer por la mañana, cuando fui de ojeo a la feria, unos chicos repartían programas  de este evento, que ha empezado hoy lunes y vestirá de poesía nuestra hermosa ciudad hasta el próximo viernes, día 13.

Los autobuses urbanos siguen llegando con retraso, como siempre, pero ahora llegan llenos de carteles de poemas, que siempre es mejor que de anuncios. Yo los veo pasar y recuerdo otras ocasiones en que un trayecto de autobús daba para digerir tres o cuatro poemas. Granada, en genial frase de mi compañera Maribel, “es muy descarada para las rosas”, así que leer poesía en el autobús de una ciudad así de impúdica con la gestión de la primavera, se convierte en una auténtica caja de sorpresas, pues es cierto que aquí la primavera se deja notar.

(María Victoria Atencia, la actual Premio García Lorca de Poesía. Imagen tomada del blog elvalsdeloselefantes, en blogspot)

Hay un extenso programa de actividades, pero creo que las dos más interesantes son, por un lado, el ciclo dedicado a la poesía de la poeta malagueña María Victoria Atencia, que recogerá su Premio Internacional de Poesía “García Lorca” y presentará una antología preparada por Rafael Juárez y, por otro lado, la presencia estelar del reciente Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, que, en lo que el programa llama Acto central, mantendrá una conversación con Benjamín Prado.

No es la única “conversación” del programa, ya que está previsto que se celebren otras, tales como la que tendrá lugar entre Chris Stewart (antiguo batería del grupo Génesis y residente en la Alpujarra, muy conocido por su libro “Entre limones”) y Jesús Arias y la que ofrecerán José Ignacio Lapido (columnista y cantante del grupo musical 091) y Dani R. Moya, o la que intercambiarán dos colegas de muchos años: García Montero y Joaquín Sabina.

(Cartel oficial del FIP2011, obra de Rosario Nogales)

Hay programadas varias lecturas poéticas, en las que aparecerán nombres tales como José Luis Bretones, Ignacio Elguero, Eduardo Mitre, Andrea Cote, Alí Calderón, Aleyda Quevedo, Laura Pugno, Raquel Lanseros, Yolanda Pantín, Juana Castro, Felipe Benítez Reyes, Waldo Leyva, Susana Escudero y Jorge Galán. Algunas de estas lecturas aparecerán en directo en distintos medios, como Canal Sur o Radio 3.

La Feria servirá también para presentar dos libros: una antología poética, de Mª V. Atencia, preparada por Rafael Juárez o el libro disco “Poesía andaluza contemporánea”.

También habrá dos conciertos: el de Rosa Torres Pardo, que interpretará apiano la Suite Albéniz (en el acto en que interviene Vargas Llosa) y Pereza, que ofrecerá una gala junto al poeta Benjamín Prado.

Habrá, además, el fallo en directo del Premio Casa de América de Poesía Americana ¿por quién apostáis? Y la lectura del manifiesto “Granada, Capital Mundial de la Poesía”, que es mucho decir, siendo la última provincia en desarrollo y perspectivas y arrastrando, como arrastramos, atrasos insalvables en muchos aspectos fundamentales.

Y una actividad que he dejado para el final, pero que me produce una gran satisfacción: una lectura de poetas del pueblo saharaui, que bajo el título de Poesía por la libertad, nos ofrecerá una muestra de poemas de Chejdan Mahmud y Luali Lehsen. Cinco intensos días que, a lo mejor, nos permiten ver el mundo con otros ojos, con una nueva perspectiva, bien distinta de la gris fealdad de cada día.

Alberto Granados

Post Navigation

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 265 seguidores