Alberto Granados

Archive for the category “En chanclas (Crónicas de un veraneante en la costa granaína)”

Perversas inclinaciones

Ya he contado aquí (Algunos: ¡Sí, hasta la saciedad!) que veraneo en Calahonda. En este pequeño pueblo granadino el monumento más solvente es el llamado Farillo, una pequeña atalaya defensiva del s. XVI, después reconvertida en faro de leña, antes de que los faros pasaran a formar parte de una red sistemática, diferenciada e institucional de señalización nocturna.

Nuestro Farillo, cuyo entorno ha sido recientemente rehabilitado, está inclinado, como la Torre de Pisa, y ese detalle parece haber sentado cátedra en el pueblo, pues observo que cada vez hay más elementos que no observan las perpendicularidades exigibles, sino unas pendientes, unos ángulos impensables, como una seña propia de identidad, única y extraña, fuera de toda lógica.

El Farillo es este:

Y ha sido recogido en el escudo de la sorprendente ELA (Entidad Local Autónoma), institución que me fascina y sorprende, pues depende del Ayuntamiento de Motril, pero aspira a cierta autonomía y hasta tiene escudo propio (ignoro si también se ha provisto de un himno, pero os prometo indagar en profundidad).

Esa dimensión sesgada ha sido copiada por los ingenieros de Obras Públicas en la empinada carretera que nos une con Almería.

También en el acantilado, que se sumerge en el mar con un vistoso ángulo.

Los técnicos municipales se inspiraron en el Farillo cuando diseñaron esta fuente, de la que los maliciosos cuentan que originariamente tenía cuarenta centímetros de altura en cualquier punto del muro, lo que hacía que el agua se derramara e inundara la placeta en que está situada (sólo después cayeron en que el muro tenía que ser horizontal).

La Naturaleza también ha copiado esas perversas inclinaciones en numerosos árboles, aunque debe ser cosa de los intensos vientos (que no aires) atemporalados con que se luce el invierno caleño.

Mobiliario urbano y elementos publicitarios tampoco se libran de esta alocada tendencia:

En cualquier caso, esta demencia angular alcanza su más alto grado en este aparador de un conocido restaurante, donde se ha aprovechado la pequeña pendiente del acceso para homenajear a la inclinación dominante.

¡Somos únicos!

Alberto Granados

Wi-Fi

Los que veraneamos en la cohta tropicah hemos tenido siempre el problema de que, al bajarnos a nuestro apartamento, dejábamos atrás ese fascinante mundo que internet ha puesto a nuestra disposición, por lo que no recibíamos ni mil veces ese correo amigo que nos avisa de un virus maligno que jamás hay que abrir y que tiene un nombre que no hay forma de recordar; tampoco podíamos abrir Facebook para enterarnos de que a Paqui le gusta la foto que Manolo ha puesto y en la que ha etiquetado a Emilio, quien a su vez ha dicho que le gusta el comentario de Paqui; mucho menos, leer de gorra la prensa digital o saber cómo van el tour, la pretemporada del Barcelona o los fichajes del Madrid… y eso era mucho renunciar. Sólo teniendo conexión dispones de la posibilidad de recibir diez veces ese correo con un powepoint dulzón, como de ejercicios espirituales, lleno de un texto “precioso” y unas fotos de puestas de sol, flores bellísimas y mariposillas sacadas del National Geographic. O de seguir la problemática de Belén Esteban, el señor (¿) Matamoros y otros famosos de semejante cuerda.

Ya que estamos metidos hasta la cintura en este mundo en el que la comunicación extrema (ojo: acabo de inventar el término y ha quedado muy majo, así que si después prospera, recordad quien ha tenido la efímera gloria de descubrir semejante estupidez), un servidor, que tiene a su prole desperdigada por ese mundo, hace tres años que decidió contratar línea telefónica y conexión wi-fi (pronúnciese wuai-fai, como hacemos los anglosajones, los cursis y un servidor) en mi modesto apartamento de Calahonda. Así tengo además la ventaja de que a cualquier hora del día me llamen los de Vodaphone para proponerme que me pase a su firma, una vez absolutamente descartada mi conversión a los Testigos de Jeová.

Y como además he caído en el solitario vicio de escribir en este blog, el hecho de tener mi conexión hace que pueda continuar con la insana costumbre de escribir mis estupideces y haceros el compromiso de leerlas, la presión de comentarlas, etc.

El problema viene cuando un vecino te pide permiso para abrir el correo, digamos a la hora exacta de la cerveza. O del café de media mañana. Obviamente, como uno es un primor, al tercer día termina dándole al vecino amigo la clave para que disponga de mi red con mayor comodidad. Un segundo vecino, con varios hijos adolescentes (auténticos monstruos de la informática) también accede, agradecido, a la red cuyas claves les has facilitado por no establecer comparaciones, que los hay muy quisquillosos… La segunda temporada, las cuatro o cinco redes disponibles en la urbanización, las de los cuatro o cinco que dimos el paso, son prácticamente de uso público, casi una servidumbre consolidada, todo un derecho consuetudinario establecido y se ve con malos ojos que, si subes a Granada un par de días, apagues el router y les cortes el rollo conectivo.

La tercera temporada ves a parejas de adolescentes ajenos al vecindario, sentadas en los bancos de las proximidades, haciéndose arrumacos mientras  chupan señal (la mía, seguramente) y se envían mensajitos de amor por twenti, que es más íntimo que decírselo de viva voz, mientras se acarician con la mano que les queda libre de manejar el ratón.

El problema es que mi ordenador empieza a ser cada vez más lento y que el par de vecinos a los que tan gentilmente les di las claves de mi red ni siquiera están aquí, que el uno está, pongamos por caso, pendiente del parto de su hija en Berlín (¡estos hijos nuestros están tan viajados!) y el otro ha pillado un buen paquete turístico y se ha marchado a la Polinesia, que para eso le gusta Gauguin y ha leído la de Vargas Llosa.

Me pregunto dónde está la velocidad de conexión prometida, me mosqueo con el mundo, empiezo a deprimirme severamente… y de repente surge la inspiración: me levanto, desconecto el router, vuelvo a mi asiento y empieza a oírse a gente que arrastra la silla, sale a las terrazas y se interrogan unos a otros, con tono abiertamente mosqueado:

-Oye, ¿qué pasa con el wi-fi?

-No sé. ¿A que lo han cortado? ¡Vamos, es que tiene tela…!

-Pero, ¿se puede aguantar esto?

Esa misma noche, cambio el nombre de mi red y la clave de acceso. Comienza un nuevo ciclo…

Alberto Granados

NOTA: La categoría “En chanclas (Crónicas de un veraneante en la costa granaína)” es, ante todo, una categoría llena de humor y sátira y sólo eso. Suelo exagerar, por lo que aclaro que comparto mi red wi-fi con mis vecinos sin ningún problema ni disgusto.

Un botellón en la puerta

En el s. XVII, Góngora ya señalaba la vieja costumbre española de rechazar a los forasteros y hacerlos objeto de escarnio: “…y cual suele tejer bárbara aldea / soga de gozques contra el forastero…”, nos decía en un soneto satírico contra los que censuraron su “Polifemo”. Yo creía que los tiempos de la aldea global habían superado tan rústicas costumbres, pero, tras pasar más de veinte años afincado en el mismo lugar de veraneo, descubro una insospechada valoración negativa contra nosotros, los forasteros, los veraneantes que, al parecer, hemos ido invadiendo una manera de vivir y creando una burbuja que acaba de reventar ahora, a partir de la reforma de un camino junto a la playa, y que ha cristalizado en el hecho de que nos han colocado la zona de botellón justo delante de la puerta de nuestra urbanización.

 

 

La zona acotada para botellón, a escasos metros del edificio

 

 

 

Empecemos por decir que Carchuna y Calahonda son dos anejos de Motril, asentados en el llamado llano de Carchuna, a los pies del Cabo de Sacratif. Desde hace algunos años, hay un afán de disgregarse del ayuntamiento motrileño y se ha creado una entidad llamada ELA (Entidad Local Autónoma) de Carchuna- Calahonda, que hace una gestión más directa de los recursos y trata de solucionar los problemas locales con el dinero que Motril les distribuye.

Por su parte, la Dirección de Costas, decidió invertir en unas obras del Plan E una cantidad próxima al millón y medio de euros en delimitar la zona que le pertenece: un pequeño muro a lo largo de más de tres kilómetros, iluminación, zonas ajardinadas, pérgolas, maceteros, bancos, pavimento que diferencia un carril para coches y otro para ciclistas, patinadores, paseantes, gente que corre o pasea con sus hijos pequeños… La medida trataba de impedir así que los todoterrenos llegaran casi a la rompiente de las olas y los furgones y autocaravanas convirtieran la playa en improvisados campings con grupos abiertamente invasivos. Lo que antes era un camino agrícola se ha convertido en algo vagamente parecido a un paseo marítimo, lleno de polémica, pues los dueños de los invernaderos ven inadmisible que prime el criterio turístico de los “forasteros” a costa de sacrificar su camino rural de siempre (en realidad, nadie nos ha consultado, sino que se ha impuesto el criterio conservacionista del Ministerio de Medio Ambiente).

 

 

 

 

 

 

En las elecciones del pasado mayo, ha ganado la candidata por la ELA integrada en la lista del PP, que se ha hecho con la alcaldía motrileña. Se cuenta que esta mujer había prometido previamente a los agricultores dejar sin vigor todo lo concerniente al paseo (dirección única, carril para bicicletas y paseantes, eliminación de los aparcamientos en todo el tramo…), dejando sin efecto una obra de tan elevado coste.

Ahora, desaloja la tradicional zona de botellón (tiene facultades para ello) y nos la trae, con instrucciones precisas y zona acotada previamente por la policía local, al nuevo paseo marítimo, donde está la puerta de nuestra urbanización, donde vivimos (y tratamos de dormir en nuestra casa, sin meternos con nadie, a menos de diez metros de dicha área) algo más de setenta familias (niños y ancianos incluidos) que nos tragamos el ruido, la suciedad, el olor a orines en nuestro jardín, el estropicio de botellas rotas o tiradas, los golpes con los coches, las conversaciones escabrosas a voces, las peleas, las groserías, la absoluta falta de delicadeza y de tacto (en esto sí se unen los jóvenes locales a los forasteros o veraneantes).

 

 

 

 

 

 

Más allá de las consideraciones sobre el detestable fenómeno del botellón, el hecho de traérnoslo a la nueva zona parece surrealista, toda vez que la propia norma , en sus prolegómenos establece que: “La habilitación de espacios, bien comunicados mediante transporte público, en áreas en las que no se entre en conflicto con las necesidades e intereses de otros colectivos de ciudadanos y ciudadanas puede avalar la aplicación de medidas encaminadas a eludir ruidos, suciedad y un abusivo consumo de alcohol”. Obviamente la zona acotada no cumple los supuestos previstos.

 

 

 

 

 

 

¿Es una decisión, simplemente mal adoptada? ¿Una forma de desvirtuar el proyecto de Costas, simplemente porque es cosa de Zapatero? ¿Una muestra de la absoluta ineficacia de la nueva alcaldesa? ¿Una vendetta contra alguien de la urbanización, contra el dueño de alguno de los chalés vecinos, contra el chiringuito que tenemos enfrente? ¿Contra los forasteros, así, indiscriminadamente, como realidad peligrosa e invasora? No sé las respuestas, pero me preocupa el tono excluyente, el matiz xenófobo contra los “forasteros” y “veraneantes”, la idea de que se puede ir abiertamente contra nosotros, que a fin de cuentas, somos una importante fuerza generadora de riqueza en el minúsculo pueblo y que, sobre todo, somos tan ciudadanos como los locales, tan merecedores de servicios públicos de calidad.

 

 

Esta botella caprichosa terminó en mi jardín: no es mía.

 

 

Partir de un supuesto contrario es, tal vez, un preocupante signo de los tiempos que se avecinan, un síntoma que nos indica que hay mucho por lo que empezar a asustarse: cuando no se tienen ideas, se llega a despropósitos populistas como los que señalo.

Alberto Granados

¡Musho Motril!

Cualquier veraneante de la Costa tropical tendrá que pasar por Motril alguna mañana: alguna gestión administrativa, alguna compra, algún asunto de notaría, banca o registro (normalísimo en una zona donde se compran y venden cientos de apartamentos), médico, taller de coches… Pienso que no existe el verdadero veraneo sin pasar dos o tres mañanas en Motril. El complemento perfecto de la tórrida mañana motrileña era, hasta hace unos años, tomar café en la desaparecida cafetería Rex, cubierta de fotos de los cafetales que poseía el dueño y suponían un trozo del Caribe en plena vega de Motril.

Motril es una auténtica ciudad de 60.000 habitantes (censo de 2009), cabecera de comarca y casi capital de la zona de la costa. Tiene una serie de anejos que últimamente pugnan por ser municipios independientes, aunque de momento sólo han llegado a ELAs (Entidades Locales Autónomas), un estado administrativo cercano al limbo de los creyentes, que equivale para los incrédulos a algo así como “ni chicha ni limoná”, que nos ha subido los impuestos y bajado la calidad de los servicios básicos urbanos.

Motril, que siempre ha tenido el prurito de ser capital de algo, se desangra ahora con la añoranza de las épocas pasadas, cuando en toda la vega se cultivaba la caña de azúcar y el excelente ron Montero se embotellaba en clara competencia con las marcas antillanas; cuando era una ciudad próspera y de buen tono, clasista y conservadora;  cuando el Rey Balduino de Bélgica veraneaba aquí, en su finca Astrida, reviviendo en algunos cierta envidia del Santander de principios de siglo, donde veranearon hace décadas infantas y Borbones; cuando mantuvo un periódico (El Faro de Motril) que hoy persiste como publicación mensual que, eso sí, sostiene una revista literaria de gran calidad, “Pliegos de Alborán”, dirigida por el poeta José Lupiáñez; cuando tenía varios cines; cuando los motrileños sentían un orgullo localista que se definía con el eslogan “¡Musho Motril!”, que ha dado lugar a tantos chistes.

(Imagen tomada de rairsoft.com)

 

Si ese grito de “Musho Motril” significó un ansia de autoafirmación, de cierta visión autosuficiente, no cabe duda de que la realidad se impuso siempre y la gente sencilla acuñó otra interjección polivalente, el “¡Foh!”, con el que otro tipo de motrileños, más realistas, menos autocomplacientes, expresan desde la incredulidad hasta el fatalismo, la impotencia, la resignación o la aceptación irrevocable del infortunio.

Motril, siempre ambigua, siempre entre el “Musho Motril” y el patético “Foh”, siempre acomplejada y frustrada en muchas pretensiones antiguas, es una ciudad de contrastes. Está a escasos kilómetros de las cumbres de Sierra Nevada, pero ofrece un microclima subtropical en que se cultivan aguacates, mangos y otras frutas caribeñas. A medio camino entre Almería y Málaga, su puerto se ve yugulado por la inexplicable ausencia de infraestructuras, lo que le resta tráfico marítimo y genera paro y descontento, aunque ha copiado de Almería el falso milagro de los cultivos del plástico, que está generando unos beneficios inmediatos a cambio de un galopante proceso  de desertización.

Hasta en lo lingüístico son diferentes los motrileños. Motril y una buena parte de su comarca pertenencen a la zona dialectal de lo que Dámaso Alonso llamó “la Andalucía de la E”, ya que termina ciertas palabras en una inexplicable “e” que se burla del sistema fonológico. Se me hace irrenunciable contar el chiste paradigmático de este fenómeno, según el cual, una madre y su hija ven una película porno y la chica dice:

-Mame, ¡mire usted qué pene!

Y la madre, más escéptica, responde:

¡Qué pene, no! ¡Qué alegríe!

Motril es un paradigma de buenas gentes que se debaten entre la amabilidad más obsequiosa y los modales más inexplicablemente bordes. Gente que abandona su propio negocio para acompañarte a las puertas de la competencia o comerciantes que generan un amplio anecdotario de falta de tacto, delicadeza y “excelencia”. Es el Motril que me gusta, ambiguo, contradictorio, plural y lleno de contrastes. Musho Motril, aunque (¡Foh!) tenga algún defectillo bastante menor.

Alberto Granados

Playa

El ámbito idóneo del veraneo es la playa por mucho que otras propuestas intenten quitarle ese indiscutible protagonismo. Es cierto que cada cual es dueño (y responsable) de sus propias opciones y que en esto del veraneo cada listillo le arrima el ascua a su sardina, por lo que hace tiempo que se cantan las excelencias del propio pueblo (reencuentro con tu familia, tu pasado, tu intrahistoria: ¡qué horror!), o la montaña (enmoquetada, sin bichos y alicatada hasta el techo, como de Google), el camping (la columna empieza a doler a las cuatro de la madrugada en la cama; a qué hora empezaría a doler en el duro suelo) y otras ideas parecidas, contra las que no tengo nada, pero que no cuadran con mi definitiva e inequívoca opción: la playa. Me pongo, decididamente, en la piel de un veraneante playero, que esa es la función de estas crónicas en chanclas.

Cada mañana, cruza la distancia hasta la arena, avanza con su sillita, su sombrilla, un bolso o riñonera con cámara, teléfono, el Marca, las llaves y dinero. Pasa por delante del chiringuito (se merece otra entrada) y se sitúa aproximadamente en el mismo sitio de siempre, rodeado de las mismas familias de siempre y viendo el mismo mar de siempre. Esta rutina no le produce cansancio. Para nuestro anónimo veraneante , el ir y venir de las olas, el cambio de forma de las nubes, el fuego de una chimenea o el juego de los niños son, en sí mismos, espectáculos inagotables.

 

Se entretiene, al borde de la playa, en observar a la gente, en adivinar biografías, en buscar cosas que comentar con su  mujer. Observa, intrigado, la distinta forma de desvestirse de ellos y ellas. ¿Por qué ellos se desvisten de pie, nada más llegar y en un instante, mientras que ellas lo hacen en dos fases (de pie y después sentadas), lentamente y cuando ellos ya han vuelto de darse dos o tres chapuzones? Insondable arcano que llega a pensar que tenga algo que ver con el instinto de seducción.

 

La playa, además de todos estos contenido sociológicos, ofrece espectáculos impagables: los bikinis y pareos multiplicados por sí mismos, que para eso son del mismo mercadillo; las reuniones multifamiliares con barbacoa incluida (a veces provocan un efecto contrario al buen rollito y salen trapos sucios a partir de tercer copazo); los padres que intentan volar cometas para entretener a su prole y terminan por hacerle polvo el juguete a sus inconsolables niños; los chicos morenos sin-papeles que vienen vendiendo camisetas de la Roja y artesanía de Senegal hecha en Parla; el paso de avionetas publicitarias (Don Pipón, Ruiz Mateos, Marina d’Or, Hiperdeluz, y este año, para alucinar y como novedad, Comisiones Obreras anunciando la huelga general, así, con artes de empresario: ¡vivir para ver!); los helicópteros y barcos de la Policía Nacional, de la Guardia Civil, de protección Civil… que siempre le hacen soñar con algo de aventura: un alijo de droga, una patera, un naufragio bonito y entretenido, algo para comentar durante meses en la sordidez del trabajo rutinario… De cuando en cuando, aparece algo más insólito: un buen catamarán, un yate envidiable, un parapente, una bandada de delfines, en fin, esas cosas que entretienen tanto.

 

A una hora prudente, nuestro veraneante anónimo y su “parienta” mandan a los niños con la abuela y se van al chiringuito, a por juna cerveza y unas migas o tal vez un exquisito Calvente con algo de pescaíto, antes de volver al apartamento para comer y echar la siesta.

La playa es todo un universo rico, inabarcable, cálido y humano. Algo irrenunciable. Por eso, tanta trascendencia le produce a nuestro veraneante una invencible pereza: ¡anda, que ir a hacer todos los días lo mismo! ¡Qué latazo!

Alberto Granados

Fiestas patronales

Todo veraneante estable espera durante medio verano las fiestas patronales de su punto de veraneo. Unos, para disfrutar de los festejos populares; los demás, para huir del ruido, los cohetes, el bullicio y el caos, para lo que suben a Granada “a dar una vuelta”.

Es curioso que las ferias sigan existiendo y más curioso que sigan generando ilusiones en la población, al margen de los críos. Hoy, cuando la gente está muy viajada, cuando continuamente se visitan resorts llenos de elementos de ocio, cuando un niño de diez años ya lleva recorridos todos los grandes parques temáticos de medio mundo… resulta extraño que la feria de un pueblecito de la costa tenga el poder de resucitar una alegría ya casi enterrada en los pliegues de la memoria. Basta la aparición de unas cuantas atracciones de feria, de un circo de tercera fila, unos cabezudos alquilados, un castillo de fuegos y un pasacalles tocado por una modesta banda de pueblo y todo adquiere un aire jovial de tal calado que hasta yo llego a estar dispuesto a ir a la verbena a tomarme un pincho moruno con una cerveza en vaso de plástico, a precio de El Bulli.

La acumulación de ruidos, músicas, cohetes, colorido, gente joven… debe de tener algo taumatúrgico, pues está claro que puede infundir ese aire de alegría contagiosa, incluso en medio de la más profunda crisis. Ya no sé si es que reviven viejas experiencias de nuestra niñez y adolescencia o es que esa alegría nunca desapareció del todo, pero yo os confieso que al primer cohete siento ganas de juerga y el cuerpo se me pone jotero.

 

Aquí, en el pueblecito donde veraneo, he pasado muchas fiestas patronales. Cuando mis hijos eran muy pequeños, había que subirlos a los cacharritos (en su lenguaje, las atracciones), llevarlos al circo, comprarles papeletas en la tómbola, algodón dulce, el cilindro lleno de espuma para soplar las machadianas pompas de jabón… Mi memoria guarda una imagen felliniana imborrable, por lo mágico e inusual: un año pusieron el circo junto a mi casa y sacaban al elefante a dar paseos por la playa varias veces al día, con toda la chiquillería alterada, los unos berreando de pánico y los otros siguiendo al animal entusiasmados.

En el pequeño ferial, había una atracción que sentaba en círculo a un montón de preadolescentes a los que aquel aparato iba poniendo en ángulos imposibles, hasta que iban soltándose. El que dirigía el cotarro se metía con ellos: “Ahora vamos a ver lo que aguanta el chulito de la cresta, sí, tú, el de la camiseta naranja…”, o bien especulaba sobre el color de las bragas de alguna chica que, a medio camino entre lo tontorrona y lo candorosamente perversa, se subía con minifalda en el dichoso invento. En los coches de choque había cierta “controversia” entre los locales y los veraneantes foráneos, de manera que era más práctico abstenerse y esperar a la feria del Corpus, donde había más nivel en los encontronazos.

Y qué decir del bailongo, donde un grupo musical especializado en verbenas hacía bailar hasta a los más inhibidos. Impagable cuando atacaban el pasodoble, con miradas cómplices, a la chica metida en carnes:

La española, cuando obesa,

Es obesa de verdad…

 

Pero, innegablemente, el momento estrella de las fiestas de este enclave es el castillo de fuegos que acompaña la procesión marítima. Os lo cuento:

De una pequeña iglesia situada en el Paseo Marítimo, sacan a Santa Ana y San Joaquín, que son atornillados sobre sendos barcos, previamente enjaezados con banderitas y arcos de flores y luces. Ambas embarcaciones, acompañados por todos los otros barcos fondeados en la cala, hacen un recorrido junto a la playa, abarrotada de grupos con sus tortillas, filetes empanados, cervezas y copas, hamacas… Los barcos pasan por entre unas tablillas donde los pirotécnicos han ido poniendo bengalas, al fondo se oye una confusa musiquilla, ensordecida por los “vivas” a los santos y los aplausos entusiastas. Cuando la procesión vuelve al embarcadero, comienza el castillo de fuegos que se reflejan en el mar y levantan nuevos aplausos. El “trueno gordo”, un petardo descomunal, pone fin a los festejos, momento en que miles de personas se levantan a la vez y se ponen en carretera hacia Granada, adonde llegarán tras dos o tres horas de retenciones. Los demás seguimos aprovechando la noche playera, convencidos de que ha merecido la pena.

Una cosa me ha desconcertado este año: la banderita nacional que remataba el mástil del barco de san Joaquín, ¿era la del toro?

Alberto Granados

Urbanización

La unidad técnica de localización veraniega es la urbanización, algo así como un elemento identitario, un nacionalismo minimalista, un espíritu de clan. En efecto, si dos amigos se detienen y saludan a un tercero, que después resulta ser amigo común, invariablemente se producirá una conversación más o menos así:

-¿De qué lo conoces?

-Lo conozco hace mucho tiempo. De mi urbanización.

 

Puede que la aclaración se complete con otras ideas tales como “No es de fiar. En la urbanización se le considera un estúpido”, o por el contrario, “Vale mucho. Es el alma de la urbanización”. En cualquier caso, imprime carácter y no es lo mismo veranear en una urbanización de bajo perfil que en una que incluya, por poner un ejemplo, un campo de golf (cosa que obligaría a comprar palos a todo quisque y a buscar un caddy piadoso que no se ría de la ignorancia golfística generalizada).

La urbanización no es solamente un paisaje, ni una piscina, una playa o un chiringuito de referencia. Viene a ser un microcosmos en el que llevas pasando un buen número de veranos, donde has criado a tus hijos y a sus colegas,  has hecho amigos y enemigos (en casos extremos, a partes iguales), has despertado empatías y odios, has visto crecer a aquellos niños que compartían helados con tus hijos y que hoy día ya han protagonizado bodas, separaciones, accidentes mortales, biografías bizarramente peligrosas y una benevolente afabilidad a quien ya consideran un trasunto de su padre.

Pasar tantos años en la misma urbanización es toda una experiencia vital. Implica haber conocido toda una hornada de vecinos, algunos de los cuales desaparecieron misteriosamente (separaciones, nuevas uniones, deterioros económicos… se llevaron por delante el apartamento y su paso por tu vida).

 

Yo llevo veinte años veraneando en una urbanización  en forma de L, en cuyo centro hay una piscina, una especie de línea de fuga por la que pasa toda la fuerza vital de ochenta familias con sus grandezas y miserias. He ido conociendo las mil broncas de los Pérez, que nadie se explica cómo siguen juntos; cientos de conversaciones dudosamente privadas; orgasmos escasamente íntimos; conversaciones telefónicas donde sustanciar mil extremos que yo no debería conocer; biografías reales que contrastan con la estampa oficial, triunfos que yo considero derrotas, o farolazos que considero estupideces…

A veces me entero de las carcajadas de tres amigas que, tras dos o tres copazos previos, se cuentan sus vivencias eróticas; de las iniciaciones adolescentes de tres chicas que hablan desenfadadamente de vibradores, orgasmos y amantes quinceañeros; de  la interminable ronda telefónica de alguna abuela que llama a su vasta progenie, a costa de hurtarme mi irrenunciable cuota de silencio; del vecino que, día tras día, llama a la clínica donde su mujer se extingue, víctima de una enfermedad incurable…

 

Hay otras urbanizaciones de mayor caché, de cercanías a los ungidos, de moda mediática… Yo prefiero mi cotidianeidad, mi gente, mi trayectoria. A fin de cuentas, ese es el espíritu maléfico del veraneo en esta cohta granaína, en que cada uno se reconoce en su rutina.

Alberto Granados

NOTA: Los ejemplos de conductas vecinales no tienen por qué obedecer a la realidad.

EL EQUIPAJE DE LOS “SANITEX”

El progreso casi siempre acaba con lo autóctono, y de la misma forma que vemos aculturarse a pueblos indígenas de la región amazónica, también comprobamos que algo tan granaíno, como es la forma de preparar el equipaje veraniego, ha sido profundamente modificado por la implantación en toda la costa de mercadonas y otros supermercados franquiciados: otra trágica consecuencia de la globalización, que termina definitivamente con toda una concepción del veraneo en la cohta.

Cualquiera de nosotros recuerda lo que suponía la ardua tarea de cargar el coche en aquellos años sesenta/setenta. Y cuando digo coche, me refiero a aquellos seiscientos, ochocientoscincuentas, simcas y R-5s, que fueron el primer paso hacia la cosmopolitización del país, ya que aquellos viejos vehículos nos permitieron asomar las narices a lo que creíamos auténticos paraísos, tales como Torremolinos, Benidorm o Fuengirola… y entender que el mundo era diferente de lo que nos decía el NoDo.

(Imagen tomada de elabuelocebolleta.blogspot)

 

Recordemos: nuestro padre aparcaba el coche en la acera y toda la legión de hijos, junto a algún sobrino acoplado, empezábamos a bajar maletas, bolsas y paquetes que contenían la ropa y el calzado (en sus tres variantes posibles: de playa, de diario y de domingo, que había que ir a misa con decoro), los cubos, palas, sombrillas, tumbonas, gorras, libros (genéricamente llamados “novelas”), juguetes de los pequeños y balones parcheados para los mayores, bolsas de aseo, pañales, la bolsa de las medicinas, la caja de cervezas, la garrafa de aceite, los garrafones de agua de Granada (¡Es una tontería pagar agua embotellada, con lo buena que es la de la Sierra! –afirmaban rotundamente nuestras madres, imbuidas de un tierno sentido del ahorro), las gaseosas Sanitex, la pata del jamón, un montón de verdura y fruta y hasta la pequeña cazuela con un poco de “guisaíllo” de carne con tomate y pimientos que tanto le gusta al abuelo (¡No lo vamos a tirar, que no me lo han regalado!)…

(Imagen del blog desdelpelaillo.blogspot)

 

El maletero iba engullendo un volumen de equipaje, enseres y provisiones que nadie pudiera haber pensado que cabía en tan limitado espacio, pero tras mil cambios de emplazamiento, cada cosa encontraba su sitio, el coche partía por la vieja carretera de la cohta y la aventura daba comienzo. Yo creo que esa teoría de que el universo se expande la tomó Hawkins de una estampa costumbrista en la que se veía la carga de uno de nuestros coches de esa época.

La llegada al apartamento, alquilado por unos días, suponía hacer la maniobra a la inversa. Era el momento en que los tenderos locales descargaban toda su rabia hacia esa clase bajamente media que lo traíamos todo de Granada y no se gastaba un duro en los supermercados del pueblo costero. Esa rabia que nos valió el despectivo mote de “los Sanitex”, por la marca de gaseosa que también nos bajábamos desde la ciudad, para evitar los precios abusivos de los tenderos de la zona (¡Digo, que se creen estos que somos tontos o turistas millonarios!).

Hace mucho tiempo que todo eso cambió. Ahora casi todo el mundo tiene su apartamento en la cohta y ya no hay que acarrear muchas cosas, que ya están ubicadas todo el año. Por su parte, los coches, con aire acondicionado, tienen un amplísimo maletero, además de que en cada casa hay dos o tres coches, lo que implica mucha capacidad de cargar equipajes enormes… Y se puede hacer la compra por Internet y recibirla en el apartamento, que los mercadonas están para eso. Y la gaseosa Sanitex es sólo una vaga sombra en nuestra memoria… Pero eso sí: “el guisaíllo” de carne con tomate y pimientos (en un pulcro tupperware, es obvio) baja a la playa contra viento y marea, que es un sabor irrenunciable, como la magdalena de Proust.

Alberto Granados

Turismo familiar

Cuando en los años sesenta despegó el fenómeno turístico de la Costa Tropical, hubo un momento que pudo cambiar para siempre la fisonomía, las costumbres, la estética y la ética de nuestra gente y de nuestro paisaje. Sin embargo, este momento fundacional fue absorbido por las fuerzas más conservadoras del momento y se impuso un modelo de turismo familiar (cerradamente familiar), que determinó el estilo de nuestro veraneo para las generaciones futuras. Lo que podría haber sido una costa abierta y cosmopolita se convirtió en esto que llamamos la cohta. Los bloques de apartamentos, las playas y los restaurantes fueron llenándose de Pérez, González, Gutiérrez, Sánchez y Garcías de la misma forma que la Costa del Sol, Benidorm, la Costa Brava o las playas baleares se llenaron de Smiths, Samuelsons, Webbers,  O’Learys y Duponts.

(Calahonda, años 50)

 

El naciente fenómeno, que inundó otras playas de suecas, de cuerpos semidesnudos, libertad sexual, discotecas y un jovial desenfreno, fue aquí una continuidad de la vida familiar, que incluía a los abuelos y al canario, perro o gato de la familia, así como a esa tía Paquita que todos hemos tenido, soltera y virtuosa, que nos pellizcaba los mofletes e irritaba nuestra insolente adolescencia.

Los paseos marítimos se fueron llenando de heladerías y kioscos de chucherías en vez de hacerlo de bares anglosajones y los hoteles seguían pidiendo el libro de familia a las parejas  sospechosas de buscar sólo un desahogo transitorio a sus bajos instintos, que éramos católicos a carta cabal y esto de la moral no era un cachondeo (no había que confundir libertad y libertinaje, se decía entonces).

La playa estaba llena de venerables abuelas vestidas de negro o, como poco, vestidas de aquellas batas autárquicas y cosidas en casa con la Alfa, sólo recuperadas en la filmografía más rural de Almodóvar, en tanto que nuestros abuelos llevaban las sandalias con los calcetines negros de ir a misa y un sombrero de falso panamá con lazo completo al lado, sombrero que se quitaban para saludar a cada vecino que se cruzaban, al que trataban de riguroso “usted”.

(Reparando el palangre en Almuñécar, años 60, del blog mcguindos)

 

Las urbanizaciones incluían misa dominical y los apartamentos se llenaron de familias numerosas, de modo que unos escasos metros cuadrados daban para albergar a una multitud de parientes, vecinos, curiosos y, sobre todo, conocidos en los que sembrar la envidia y el resentimiento.

La gente joven iba al cine de verano a ver películas de Alfredo Landa, Sergio Leone o Doris Day, las parejas de novios ni se tocaban y volvían a casa temprano, y todos tarareábamos la canción del verano que siempre ofrecía dos variantes: la nacional (normalmente perpetrada por Fórmula V), o la de importación (solía ser cosa de un perverso señor llamado Georgie Dann, autor de engendros tales como “El chiringuito” o “Mami, ¿qué será lo que tiene el negro?”).

Fuimos así de conservadores en muchas cosas, pero no fuimos nada conservacionistas con el entorno, que fuimos llenando de cemento, mientras la clase dirigente se forraba al socaire del régimen tardofranquista. Estábamos a punto de pisar la Luna, pero el granaíno medio había pisado la historia marcando toda una tendencia de turismo casposo, conservador y cutre que descartaba cualquier gesto de apertura a nuevas costumbres. Estaban a punto de hacer su aparición los llamados “Sanitex”, pero eso será objeto de otra crónica en chanclas.

Alberto Granados

La Cohta Tropicáh

LA COHTA TROPICÁH

Inicio hoy una nueva categoría de mi blog, llamada “ En chanclas (Crónicas de un veraneante en la costa granaína)”, destinada a unas desenfadadas reflexiones sobe el hecho único, irrepetible y auténticamente diferencial, de veranear en la llamada Costa Tropical (para el granaíno medio, la cohta, sin más precisiones ni adjetivos), es decir, en puntos de veraneo tales como Almuñécar, La Herradura, Motril, Salobreña y algún otro pueblecito más modesto.

Si hay mucha gente que piensa en las vacaciones de verano como en una ruptura con la cotidianeidad, una terapia para superar el agobio de lo rutinario, un elemento de riesgo que aporta al espíritu algo de desafío ante lo nuevo, algo que te ayuda a sentirte definitivamente vivo, si toda esa concepción existe, también es cierto que está la visión del granaíno medio, que prefiere bajarse a su cohta de toda la vida, donde conoce cada palmo de la playa, el modo de pillar buen emplazamiento para plantar la sombrilla y extender la toalla (eficazmente vigiladas por el abuelo desde las ocho de la mañana), dónde debe aparcar el coche para que el municipal no lo sancione, dónde está ese invernadero en que le venden los tomates a precio de saldo o dónde se compra el pescado más fresco…  El granaíno medio se siente como en el claustro materno cuando es consciente de que conoce desde que era niño a Manolo el panadero (pronúnciese “panaero”) y le pide que las tortas de la merienda no estén quemadas, que los ahelicos luego no las quieren; o a Pepe el del kiosco de prensa, al que le gorronea las noticias fundamentales del Marca o del Ideal (ya sabéis los fichajes del Granada, recién ascendido a Segunda), o a Paco el del bar, que le pone las tapas que le gustan sin tener que pedirlas…

 

Al granaíno medio le gusta hacer de sus vacaciones una continuación de su rutina y de su atasco permanente en una ciudad tan promiscua como la nuestra, así que persigue estos puntos de la cohta que le reconfortan con los mismos atascos, la misma falta de aparcamiento, los mismos abusos en los precios, la misma promiscuidad, en definitiva. Lo mismo de siempre… todo exactamente lo mismo que cuando venía con su familia, hecho un crío, y besó por primera vez a aquella chica en la  verbena del patrón, allá por el… hace memoria… sí: en 1974… ¡cómo pasa el tiempo! Y mira de reojo a la misma chica, su mujer de toda la vida, ya marchita por los años y tan cambiada…

Hay quien señala que dar una vuelta por Almuñécar en verano es  encontrarte a la misma gente que saludas en Puerta Real o en el Corte Inglés, sólo que aquí van en chanclas y con lo michelines sin camuflar. También hay quien señala que para ese viaje (el de ver a la misma gente de todos los días) no se necesitan alforjas. Craso error: el granaíno medio se traslada de la ciudad a su apartamento de la cohta con una impedimenta bien considerable. Pero eso será el objeto de otra crónica en chanclas, que me voy a gorronear la prensa en el kiosco de Pepe, a comprar las tortas (sin quemar) en lo de Manolo el panadero y a tomarme un café en lo de Paco, que me pone el cortado tal como yo lo quiero. Es que para eso llevo viniendo toda la vida aquí, a la Cohta Tropicáh, la de los granaínos.

Alberto Granados

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