Alberto Granados

Archive for the category “Humor”

Titivilo y las erratas

Titivillus o Titivilo era un demonio de escasa relevancia jerárquica que durante la Edad Media atormentaba a los monjes en los escritorios monacales, ya que propiciaba y registraba los errores de los amanuenses en los textos que tan amorosamente estaban copiando. También anotaba las distracciones de los monjes durante los oficios religiosos, las equivocaciones en las citas bíblicas, los errores en los ritos de la liturgia, los despistes y cuchicheos entre los novicios… Hubo una época en que se le representaba con un saco que tenía que llenar cada día con conductas escasamente ortodoxas, equivocaciones en los rezos y erratas en los textos. Tales fallos eran apuntados en un libro que se leería en el juicio final.

El último período de la Edad Media, cuando las nacientes universidades necesitaron hacer un gran acopio de textos clásicos, multiplicó las erratas y los monjes encontraron divertido culpabilizar al demonio: “Titivillus in culpa est” (“Titivilo es culpable”), dicen como justificación. Se menciona un libro de 1576, “La anatomía de la Misa”, que llegó a necesitar una fe de erratas de 15 páginas para corregir los efectos de Titivilo deslizadas en sus sólo 172 páginas, lo que no parece exagerado, si se compara con las 88 páginas que ocupa la fe de erratas que acompaña las obras del Cardenal Bellarmin.

Titivilo en plena faena. Imagen tomada de elcorreogallego.es

El Renacimiento, con la aparición de la imprenta, hubiera tenido que acabar con este diablillo y sus efectos, pero al multiplicarse los textos escritos, también se multiplicaron los errores, y en vez de desaparecer, Titivilo tiene desde entonces más trabajo. En la actualidad, cuando todo el mundo tiene blog, incluye comentarios, participa en foros, escribe, etc., Titivilo corre peligro de sufrir un estrés galopante, pues su trabajo es más urgente e ingente que nunca, y los escribanos estamos sin posibilidad alguna de exorcizar su maligno poder (y eso que el corrector de Word se esfuerza mucho).

Las erratas de imprenta, gazapos o errores son una constante en la historia escrita de la humanidad, siendo la prensa diaria su más notable campo de operaciones, como demostraron en su momento Evaristo Acevedo (“El despiste Nacional”, 1970) y Luis Carandell (“Celtiberia Show”).

La errata ha sido estudiada recientemente por José Esteban en su “Vituperio (y algún elogio) de la errata” (Ed. Renacimiento, Sevilla, 2002), donde hace un amplio recorrido por las erratas más populares, las que se han ido repitiendo una vez tras otra hasta llegar a este bitácora, donde me limito a recopilar y sistematizar lo encontrado en otros blogs.

Titivilo. Imagen del blog thewriter’spanthoen, en blogspot.

En algunos casos, las erratas han preocupado a autores y encargados de revisar galeradas. Neruda las llamaba “ratones” y la referencia a “los duendes de la imprenta” es constante en Occidente. Baroja, nunca satisfecho con los resultados, rechazaba a sus expensas la urgencia de su editor y corregía una y otra vez las galeradas de sus novelas, lo que le costó una fortuna. Lord Byron llevaba su rebeldía y su malditismo  románticos a una lucha sin cuartel contra la errata: “La menor falta tipográfica me mata [...] quisiera que el tipógrafo estuviese atado a un caballo y unido a un vampiro”. Ramón Gómez de la Serna la consideró un “microbio de origen desconocido y de picadura irreparable”, en tanto que para el ensayista mejicano Alfonso Reyes la errata es una “especie de viciosa flora microbiana siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección”.

Precisamente Reyes es protagonista de una anécdota plagada de erratas. Publicó un libro editado de forma tan descuidada, con tantos errores, que el crítico García Calderón dijo en su reseña: “Nuestro amigo Alfonso Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos”. Se dice que en uno de sus versos, decía “más abajo de tu frente”, pero apareció como “mar abajo de tu frente”. Curiosamente, consideró que el verso había ganado con la errata.

Max Aub satirizó esa obsesión de los autores por las erratas incluyendo la propia fe de erratas:

“…donde dice:

La maté porque era mía

Debería decir: La maté porque no era mía”.

El Papa Clemente XI se dejó llevar por la cólera al ver la cantidad de erratas en un libro con sus homilías y ello le valió un ataque que le costó la vida en sólo unas horas. Y la edición de La “Vulgata” de Sixto V (1590) es una pieza altamente valorada por los bibliófilos y pagada bien cara en las subastas precisamente por su ingente cantidad de erratas, pese a que fue celosamente revisada y corregida por el propio pontífice.

En el libro de José Esteban se recogen mil anécdotas más, como la de un periodista argentino que, deseoso de congraciarse con el director del periódico, escribió sobre su hija: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se ponga contenta la tinta”. La adulación no salió bien, pues Titivilo actuó y convirtió la frase en: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se ponga contenta la tonta”, lo que le valió la enemistad con su jefe.

Otra anécdota: un periodista elogiaba a una dama y se pedía recompensa por sus “infinitos servicios”. Apareció transformado en  ”ínfimos servicios”. Tras la corrección, quedó en “infames servicios”, pero se intentó de nuevo… para llegar a peor: “íntimos servicios”. No consta que hubiera nuevos intentos de corregir.

Habla también de un crítico que dedicó un libro a una marquesa “cuyo exquisito gusto conocemos muy bien todos sus amigos”. Apareció “busto” donde debería haber aparecido “gusto”.

La novela de Pío Baroja La Feria de los discretos, apareció publicada como “La Feria de los desiertos”, en tanto que “La dama de las Camelias”, de Alejandro Dumas, se convirtió en “La Dama de las Camellas” o una “Breve historia del altruismo argentino” se ocupaba en realidad del ‘Ultraísmo’ y una pieza teatral sobre “La expulsión de los moriscos” pasó a llamarse como “La expulsión de los mariscos”. Hoy día se consideraría políticamente incorrectísimo el anuncio que solicitaba “una secretaria con ingles”, sin tilde, tan alejado de la cuestión idiomática.

“Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas”, escribió Ramón de Garciasol, pero el cajista, malintencionado o no, lo cambió a: “Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas”. El estro poético tiene esas cosas, si no que se le pregunte a un poeta cubano que escribió: “Yo siento un fuego atroz que me devora”, aunque apareció “atrás” por “atroz”, lo que le valió más de un jocoso comentario en la Habana.

Y el último, aunque no el peor: Vicente Blasco Ibáñez (me lo recordaba Sap el otro día) escribió en su “Arroz y Tartana”: “Aquella mañana doña Manuela se levantó con el ceño fruncido”. Lamentablemente, en la primera edición, “ceño” salió mal escrito… ¡Qué cosas pasan!

Alberto Granados

Programa “Provectus”

Estamos en unos tiempos convulsos en que Europa busca su identidad en la Sra. Merkel y el mareo que produce con sus pendulares recetas sobre la deuda pública. El euro, la convergencia, Maastricht, la unidad de Europa… necesitan que todos nos pongamos a pensar y aportar nuestras ideas. Uno, que es muy sacrificado, se ha puesto a ello y tras mucha reflexión deseo aportar para el futuro (esperemos que perfecto) mi granito de arena: el proyecto “Provectus”.

Es bien simple: hemos mandado a estudiar a nuestros retoños a otras ciudades al amparo de programas como Sócrates o Erasmus. Nuestros niños se conocen medio mundo, en tanto que nuestra generación tuvo escasísimas ocasiones de viajar. Nuestras casas se están convirtiendo en una especie de hostal internacional donde nuestros viajados vástagos acogen temporalmente a sus invitados europeos, que vienen en grupos organizados de seis o siete y que dejan incubado el huevo solidario de devolver la visita, con lo que, a su vez, tu niño o niña acudirá pronto a reunirse con sus amigos europeos en la siguiente quedada (ellos escriben kdd y lo entienden, pero yo me confieso abiertamente mucho más torpe) en cualquier punto geográfico, a ser posible muy lejano. Toda una ganga, pues con ser vuelos baratos y todo, se te va a montar en un pico, que no vas a dejar que las criaturas vayan por ahí con  lo puesto.

Se lo merecen, sin duda alguna, pero yo llevo tiempo dándole vueltas a la idea del “Provectus”, que es recoger el fruto de nuestra inversión y salir por ahí a ver mundo. No sólo ensancharemos nuestro horizonte vital, sino que aportaremos nuestra sabiduría a universidades que queden lejos de nuestras ciudades de origen.

Lógicamente, lo pagarán entre el Estado del bienestar y nuestros hijos, que ya habrán madurado, se habrán puesto al tajo (doy por sentado que la crisis se superará y volveremos a llegar a fin de mes) y tendrán el futuro abierto que nosotros tuvimos en los setenta. Y con este casi final feliz les toca apoquinar con sus papás, ya casi octogenarios, pero con ganas de vivir. Será el momento de ir a universidades extranjeras a compartir nuestra sabiduría, atesorada durante tantas décadas de juventud acumulada.

Allí coincidiremos con otros provectus de Francia, Alemania, Holanda, Reino Unido, Rusia, Grecia, Italia, Polonia… Nos contaremos la mili en varios idiomas, hablaremos de nuestras próstatas, de partos, de cómo está el servicio, de si hay sexismo en Alemania o eso es cosa de los “periféricos” latinos, de cómo se hacen los cimientos y las obras en los países de origen, de peluquería y moda, enseñaremos fotos de hijos y nietos, compartiremos aquella historia de  cuando fuimos a Torremolinos en 1970 a ver si pillábamos con alguna sueca y fue que no…

 

 

 

 

Imagen de webelpuente punto com

 

 

 

 

Tendremos ocasión de intercambiar medicamentos:

-Pues yo traigo unas pastillas de España que te dejan fetén de la artritis…

-Feten? What does it mean?

-Oh, pardon. Fetén is quite well.

-Let me taste them, please!

-Sure! (1)

Comentaremos lo dulces que son las octogenarias italianas, lo ardientes que son las francesas, nos daremos codazos cuando pase con su carrito la alemana de los pechos generosos. Jugaremos a la petanca y nos mosquearemos de envida con el  kit de bolas de fibra que trae el alemán, la mochila de oxígeno ultraligera de ese polaco o el bastón ortopédico de diseño del francés. Intercambiaremos recetas autóctonas y casi le prenderemos fuego a la residencia al intentar una paella o unas migas cortijeras (es que le gustan a Dorothy, la nudista británica que nos ha devuelto la curiosidad por el desnudo)…  Es decir, haremos eso que podríamos hacer en el hogar del pensionista (si es que no los cierran los nuevos servicios sociales, que todo podría pasar), pero al amparo de una universidad con docencia en una lengua de la que apenas recordaremos casi nada. Y haremos muchas fotos para enviárselas a los hijos, sólo que luego no nos acordaremos cómo se cargan en la cuenta de Gmail.

Nuestros hijos soltarán la pasta con el mismo placer con que nosotros lo hemos hecho por ellos. Sólo tendríamos que llamarlos a través de Skype y decirles eso de:

-A ver si me mandáis más dinero, que ya que estoy en Londres, cómo me voy a volver sin cruzar a Edimburgo… Sólo es un vuelo barato, porque vamos a dormir en nuestros sacos en casa de Jane. No os preocupéis que llevaremos la medicación y el antiinflamatorio para poder levantarnos del suelo por las mañanas.

-…

-¿Qué quién es Jane? Una escocesa. Una amiga muy simpática que nos ha invitado… Ya la conoceréis: piensa ir a Granada este verano.

Estoy seguro de que, si mi proyecto se consolida, Europa se sentirá orgullosa de sus viejos. Es más, creo que recogerá nuestras vivencias y las conservará en una especie de Viejopedia que preservará estos saberes como lo que son: reliquias de un mundo abocado a desaparecer en la era de las tecnologías.

Luego ya nos iremos muriendo, pero mientras tanto, que nos quiten lo viajado…

 

Alberto Granados

(1)

-¿Fetén? ¿Qué significa fetén?

¡Oh, perdón! Fetén es “muy bien”.

-¡Déjame que las pruebe, por favor!

-¡Claro!

Presentación

La presentación ha sido anunciada a bombo y platillo: la  prensa local ha glosado las características de la nueva novela (es decir: ha copiado lo escrito en la solapa), el suplemento dominical ofreció una amplia entrevista que el periodista de moda (él prefiere últimamente que le llamen comunicador) le había hecho al autor, la emisora local ha calentado motores todo el día, el entorno se ha elegido como para alfombra roja: la Biblioteca Magna, un edificio de diseño firmado por el arquitecto que estuvo a punto de ganar el Pritzker… Todo preparado para que sea una gran noche.

La sala está llena y han tenido que disponer cerca de ochenta sillas y una pantalla de vídeo en el vestíbulo para que puedan seguir el acto los espectadores que no han conseguido entrar en el amplísimo salón de actos. Han acudido varios periodistas especializados, un profesor universitario (en realidad, “un maestro”, pues creó una dudosa escuela en los setenta) que se considera una auténtica garantía, pues declina toda invitación si el libro no lleva aparejado el éxito fulgurante. También ha venido la cronista frívola del periódico, que mañana hablará de los asistentes y comentará los vestidos de las señoras, las joyas y complementos y hasta los perfumes, que esta mujer parece de otro planeta. Varios escritores, amigos o meritorios de amistad del novelista, también han acudido, ansiosos por acercarse a los editores. Éstos han venido con su mejor sonrisa instalada en la cara, pero en su fuero interno maldicen al autor, que no llegó a firmar el contrato ofrecido por muy escasa diferencia económica, total para caer en manos de…, que es un mero mercader de libros…

Hay dos habituales de las presentaciones que no se quitan el sombrero al entrar en la sala, otros dos que se sabe que se duchan poco, uno que acude con la mujer, aunque toda la sala sabe que la amante está en las filas del final. Como la misma vida: rica, diversa, variada. Expresiones tales como “poner en valor” o “lo que viene siendo” se oyen por doquier, que la lengua hay que renovarla.

Todos están expectantes y miran disimuladamente el reloj, pues ya hace casi media hora que el acto debería haber empezado. Una chica argentina, de la que se dice que fue novia del autor, no para de hablar por su “selular”. Lo hace de pie, dando cortos paseos y dejándose ver, esbelta, atractiva, deseable.

Con un notable retraso, llegan el autor, el editor, y dos escritores invitados. Algunos levantan un aplauso más bien frío por lo improcedente, y las sonrisas desmesuradas se dibujan en muchas bocas. Llegar hasta el escenario es cosa de varios minutos, pues los apretones de manos, las sonrisas desencajadas, los abrazos de cuerpo entero se llevan su tiempo. Por fin se apagan las luces cenitales y da comienzo el acto. Unos golpecitos en los micrófonos para comprobar lo que el técnico de sonido ha comprobado mil veces: que todo funciona.

La directora de la Biblioteca Magna: Buenas noches…, la nueva novela de…, todo un hito literario…, la originalidad de la trama…, el entramado de personajes llenos de vida…, la trayectoria de…, está llamada a ser una de las novelas del año…

El editor se felicita por haber aceptado la sugerencia de…, él siempre ha confiado en…, se considera un hombre feliz por…, no lo duden: estamos ante una novela que…

Uno de los autores invitados, visiblemente mamado, habla de forma incoherente de los méritos del autor, al que lo une una gran amistad desde… El autor lo interrumpe con un dudoso chiste cuando nota que está diciendo cosas sin sentido.

El otro acompañante, que es el erudito, empieza con un largo y prolijo repaso sobre el concepto actual de novela. Nota que la gente empieza a mirar el reloj y que dos acaban de abandonar los asientos amparándose en la nocturnidad de la sala. Decide cortar por lo sano, in media res, y cede la palabra al autor.

Éste opta por estar encantador y consigue hilar tres gracietas, una sobre religión, otra sobre las mujeres y el sexo y la tercera sobre política, que hacen que la Directora empiece a sudar: no quiere ningún episodio políticamente incorrecto en “su” biblioteca.

El autor empieza a leer su obra: ha seleccionado unos fragmentos –asegura- para dar a entender lo más significativo de su novela, pero los post-its parecen haber desaparecido o es que se ha confundido y se ha traído del hotel otro ejemplar distinto, así que empieza a buscar entre las trescientas ochenta páginas del libro, mientras se oyen carraspeos y toses.

La Delegada de Cultura, que no se pierde una, pero tampoco termina una, se levanta con su secretario y se marcha dando cabezadas a un lado y a otro, exactamente cuando deben de faltar no más de unos doce minutos para que el acto acabe. La moqueta de la sala no consigue acallar del todo los golpes de sus imposibles tacones.

Tras leer aleatoriamente varios fragmentos, el autor abre un turno de preguntas. Los del Ateneo Literario, que apoya la línea del autor (los de otro grupo, Literatura de Ateneo, que le son hostiles, no han venido) le preguntan por la diferencia entre novela y relato, por el futuro de la narrativa, por Joyce, por la posible o imposible relación de esta novela con Piglia, Borges, Faulkner o Vargas Llosa. El autor se defiende: es posible que en su subconsciente haya algo de esos autores y de otros muchos, pero lo que se dice influencia…

Una bloguera le pregunta cuándo va a escribir poesía, una señora totalmente vestida de negro le pregunta si esta novela no vuelve sobre un tema tocado en su anterior… y un chico jovencísimo lleno de rastas, que lleva por bandera la higiene alternativa, le pregunta si toda su obra no es una absoluta bazofia burguesa, a lo que el hombre, al que le está empezando a cambiar la cara, se defiende diciendo que no están los tiempos para revoluciones.

En ese momento, la Directora cierra precipitadamente el acto. La Biblioteca Magna agradece…, actos así conforman la política cultural de…, agradecer la asistencia…, el autor firmará ejemplares…

Al día siguiente la prensa, especializada o no, hablará de un rotundo éxito y una insana envidia producirá temblores en la espalda a miles de escritores aficionados. Tan aficionados como inéditos.

 

Alberto Granados

¡Ding-Dong!

Uno, que es un pedazo de pan, está en casa. Ya ha leído la prensa, terminado el sudoku, hecho la compra, ordenado y preparado la comida, hecho la gestión que ya lleva mes y medio siendo inaplazable… es decir: uno está a punto de dedicarse a lo suyo, a escribir un post  “bonito” de esos que leéis tres o cuatro personas, cuando suena el timbre: ¡Ding-dong!

(Imagen tomada del artículo “La chica de la puerta”, en webalia.com)

Como uno es un  pedazo de pan, en vez de disimular y darle más volumen a Schubert, Edith Piaff o a Camarón, se levanta y abre la puerta. Te encuentras con dos sonrisas ortopédicas pegadas en las caras de dos chicas, o de dos chicos, o de una pareja mixta, vestidos, ellas con pinta de arreglá pero informal y ellos con las camisas y corbatas de morados imposibles de la última cena (quiero decir, de la última cena de la última boda). Antes de que reacciones, te han desarmado y te demuestran fehacientemente que eres un equivocado de la vida, que has elegido mal la operadora de teléfonos, el seguro del hogar, la conexión a Internet,  la compañía del gas, la religión (o su ausencia), pero que, pese a la irresponsabilidad de las decisiones que has ido adoptando durante años, ellos van a solucionarte tus pecadillos de juventud y a abrirte los ojos para que contrates, en ese mismo instante, el maravilloso servicio que ellos representan, para lo cual sólo tienes que firmar aquí y darles el número de cuenta bancaria, con sus veinte dígitos.

Uno (lo repito: que es un pedazo de pan) consigue colar un mínimo conjunto de palabras (sólo un sintagma, apenas una frase, nunca una oración completa) en un mínimo lapso de la tormenta verborreica que te ha caído encima y empieza a decir, tímidamente, como pidiendo perdón de antemano:

-Mire, no tengo intención de…

(Imagen tomada de  barcelonabuzoneo punto es)

Vano intento, error de sistema, pues redoblarán su tenaz esfuerzo para que te sientas mucho más imbécil, para que te preguntes en secreto por qué no prescindes de tus modales correctos, de tu sonrisa paternal y les cierras las puertas en las narices y, sobre todo, para que te hagan una pregunta que lleva implícita una alta carga de descalificación personal:

-¿Me va a decir usted que no le interesa pagar menos de lo que está pagando por el servicio? No me lo puedo creer…

La sonrisa ortopédica se convierte ahora en un gesto de reprobación, más propio de un fiscal americano que del pobre subempleado que tienes enfrente, que te hace preguntarte si es que los tiempos están aun peor de lo que habías llegado a imaginar.

-No, es que a mí me gusta decidir yo y…

Nuevo error. Has tocado el punto más sensible, pues te responderán:

-Es que es nuestro trabajo, caballero: explicarle las ventajas de…

Ahí ves que se trata del clásico “enseñar al pobre imbécil que no sabe”, que tanto te suena tras treinta y nueve años de docencia. Ahí también uno (que todavía es un pedazo de pan, aunque van apareciendo ya los primeros síntomas del asesino en serie) empieza a pensar en sus hijos, abocados a un empleo precario por culpa de la voracidad de los mercados, mira en la pareja a los chicos francos que podrían ser sus propios vástagos, se enternece… y decide cortar por lo sano:

-Vosotros decidme para qué empresa trabajáis y yo lo miro en Internet, que así tengo más criterio y…

(Un predicador. Imagen tomada del blog luispinomoyano, en wordpress)

El gesto de la pareja indica que los has ofendido profunda, cruel y gratuitamente. Ellos han venido a salvarte de tu propia estupidez, de tus equivocadas decisiones y tú les respondes con semejante desaire… La sonrisa prefabricada se torna un gesto adusto de genio incomprendido y se van (al piso de al lado, que no más lejos) dejando en tu alma el poso de un difuso remordimiento que nunca entenderás… que te hace volver a tu post, del que has perdido definitivamente el control, a tu música que ya ha parado de sonar tras los veinte minutos de fructífero diálogo y a un vago sentido de estar marcado por la culpa, como cuando te ibas a enfrentar al confesor de tu adolescencia que te preguntaba aquello de si solo o en compañía y que cuántas veces

Me ha pasado ya tantas veces que he organizado mi sistema de defensa, ese que hoy os ofrezco:

He recordado a Guillermo y Encarni, que en los setenta  se defendían de los predicadores diciendo que su cónyuge era enormemente celoso/a y, sobre todo, violento/a, por lo que era mejor que se esfumaran ya que se habían dado casos previos de ataques físicos con resultado de lesiones graves: no había más debate bíblico, ni más controversia ideológica, pues la palabra de Dios pasaba a un segundo término delante del que ponían su mera supervivencia, escaleras abajo.

Yo, más sutil (además de un pedazo de pan) les contesté a unos el otro día que un servidor era psicólogo y que trabajaba para una agencia de contactos serios: que estaba dispuesto a demostrarles que la mujer con la que se habían casado no era exactamente la que necesitaban y que mi agencia podía buscarle una nueva pareja más ilusionante, más joven, más apasionada y más atrevida en el sexo, algo que iba a revolucionar sus vidas…  Me dejaron un papel y dijeron que ya volverían, aunque no lo han hecho después de tres semanas.

Tal vez sea un perfecto mecanismo de defensa para los de Tontafone, Urbigás, Electresa, Locostar, Predicadores para Almas, S. A, Testigos de Quevá y demás publicitarios de mercaderías dudosas… ¿Debo patentarlo?

Alberto Granados

Carocas 2011

Para quienes no lo sepáis, las carocas son unas quintillas jocosas y llenas de mala intención que desde hace mucho se ponen en la plaza de Birrambla (tal vez el centro de los centros de nuestra ciudad) durante las fiestas de Corpus. Desde el año pasado, yo incorporo mis carocas particulares, que os mezclo con las “oficiales”, ya visibles en la emblemática plaza y visitadas y comentadas por el granaíno medio.

Este año se comenta que son sosas y sin mucha gracia, pero eso es opinable y, en cualquier caso, hay que tener en cuenta nuestra malafollá, ese parámetro especial que dicta las claves de nuestro humor desabrido, ácido y extemporáneo.

Os inserto las fotos que ayer tomé en Birrambla, casi ciego de sol (de ahí que no estén muy en fino) junto a mis “creaciones” propias:

La crisis pasó factura

y al llegar las elecciones

castigó de forma dura.

Del PSOE los barones

buscando están soluciones.

En el caso de esta caroca, yo ya la tenía comentada en este blog (¡Ejem!) y alguien ha enviado una de temática parecida:

El Cárdenas periodista

escribió sobre esa cosa

diabólica y misteriosa,

vivaracha y siempre lista,

juguetona y peligrosa…

De socialista a pepera

pasó ella en dos semanas.

Ella dirá lo que quiera,

que se ve bien embustera:

¡De cargo ya tenías ganas!

Sebastián, no seas tormento,

que el fascismo ya pasó.

Quítanos el monumento

que tu papá levantó:

ya se pasó el Movimiento.

Los palcos de Vicentico

estaban muy bien pensaos:

Yo abro mi chiringuico

pa que tós estéis sentaos

y además me gano un pico.

El boulevard, la Gran Vía

y más tarde Ganivet:

obras pa’ la burguesía,

que es quien te da de comer,

pero eso es marrullería.

De una infamia a otra va,

una detrás de la otra.

¡Lo que miente el Sebastián!

¿Cómo así podéis ganar?

Debe ser que tenéis potra.

A analizar resultados,

a buscar nuevas propuestas…

¡A espabilar, despistados!

Las urnas son las respuestas

del paro y los indignados.

Regresó al fin nuestro Egea,

que se editó su poesía.

¡Que todo el mundo la lea!

No valió la hipocresía

ni el olvido que sufría.

De nuevo está Pepe Torres

al frente de la alcaldía.

Las deudas, corren que corren,

que esto ya es una sangría

que engorda día tras día.

Las oficiales darán mucho que hablar. Las mías sólo esperan levantar una sonrisa y, si acaso, un comentario.

Alberto Granados

Archisílabos

Los distintos idiomas cuentan con varios mecanismos para generar las palabras nuevas que el sistema va necesitando y uno de estos, común a la mayor parte de los idiomas indoeuropeos, es la derivación, algo tan simple como obtener una palabra derivada (panadero) de una primitiva o raíz principal (pan). Las lenguas romances están cargadas de historias derivativas que han enriquecido nuestro corpus léxico hasta encontrar la palabra con el matiz justo y exacto a base de derivarla de su raíz.

Desde la latinidad, los hablantes hemos ido creando pequeños sistemas en que a partir de un sustantivo, un verbo o un adjetivo, se generaba un trío que cubría justamente esos tres usos: si el nombre denotaba el proceso, la idea, la acción o el efecto, el verbo era la acción propiamente dicha y el adjetivo era la abstracción de una cualidad.

Nuestro don Manuel Alvar, junto a Bernard Pottier, en su “Morfología Histórica del Español” (Madrid, Gredos, 1983), hacen un ameno recorrido por muchas de estas “trinidades”, que inmediatamente se complican y dejan de serlo:

centro (sustantivo) – central (adjetivo) – centrar (verbo)

Pero no todo es así de simple, ya que los hablantes nos devanamos los sesos para darle a una raíz un nuevo matiz aún no recogido, con lo que la serie básica de tres elementos se convierte en algo que se expande y en la propia serie anterior pronto aparecerían palabras tales como (ex)céntrico, centralismo, (des)centralizar, (des)centralización… y eso que ambos lingüistas desecharon en su libro acepciones netamente políticas, tales como “centrista”.

Si tomamos el verbo latino vedo – vedere – visi – visu (= ver), observamos que dio toda una conjugación verbal, pero además generó el propio verbo ver, el adjetivo visual y nombres tales como visión o vista, y que en un segundo acercamiento, dio nuevas palabras redundantes, más largas y complicadas, tales como visualizar o visualización, que tienen aproximadamente los mismos significados que ver y visión.

Se extiende un fenómeno que consiste en fabricar palabras largas que se han llamado “archisílabos”, esas palabras que no aclaran gran cosa ni enriquecen el idioma, pero que llegan a situaciones tan absurdas como el uso de la plabra “audialización” en declaraciones de alguien tan solvente como David Bisbal, al hablar de un nuevo disco, que aún no había tenido tiempo de oír: a fin de cuentas, si visualizar equivale a ver, no tiene nada de extraño que oír se identifique con “audializar”.

Mi compañía de seguros, siempre tan espabilada, me amenazó con “aperturarme” un expediente de siniestro, si yo me empeñaba en que viniesen a ver si mi recalo era cosa de algún vecino concreto o de la comunidad. Obviamente, no me arriesgué a que me “aperturaran” la cartera en canal y derivé el asunto hacia el seguro de la comunidad, donde no sé si nos habrán aperturado expediente o nos habrán “clausururado” la póliza, que no sé llegar a mayor “concretización”.

Bromas aparte, el fenómeno de las palabras alargadas innecesaria y artificialmente va tomando fuerza y encontramos redundancias chocantes. Se habla de la gobernabilidad de tal país (= gobierno o gobernación), de la climatología de nuestra zona (= clima), apoyamos nuestros argumentarios (argumentos) con una sólida fundamentación teórica (= fundamento), rechazamos la utilización (=uso) de las armas, algunos comportamientos son ejemplarizantes (= ejemplares) y el trato que recibimos de una empresa es personalizado (= personal) desde el principio a la finalización (= fin o final) de nuestra relación comercial como usuarios fidelizados (= fieles, constantes) y si hay algún fallo se inicializa (= inicia) la relación con otra empresa, que en eso hay una gran liberalización (= libertad) y si existe una importante diferenciación (= diferencia) en el servicio, a cambiar de compañía.

Aurelio Arteta lleva varios años escribiendo en El País sobre el fenómeno, así que os enlazo sus artículos para que podáis “lecturizarlos” y, si os apetece, me dais vuestro “opinamiento”. Os quedaré eternamente “agradecimientado”.

Alberto Granados

ENLACES:

http://www.elpais.com/articulo/opinion/moda/archisilabo/elpepiopi/19950921elpepiopi_6/Tes?print=1

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Arrecian/archisilabos/elpepiopi/20050810elpepiopi_5/Tes

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Archisilabos/elpepiopi/20081216elpepiopi_4/Tes

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Archisilabos/tutiplen/elpepuopi/20100205elpepiopi_4/Tes

La gloria literaria en quince pasos

Hubo un tiempo en el que el mundo se dividía en escritores y lectores. Los primeros eran unas personas que tenían singularísimas dotes tales como imaginación, sensibilidad y dominio técnico de la creación literaria. Los segundos, conscientes de sus carencias, se conformaban con comprar los libros de los escritores y leerlos. Cada cual estaba en su sitio y nadie se salía de su terreno natural.

Pero he aquí que llegaron las nuevas tecnologías y rompieron esa perfecta armonía, pues exacerbaron el irrefrenable deseo de escribir en todo el mundo, lo cual está bien como afición secreta, que para eso se queda el escrito tan bonico, con esos formatos que le da Word. Lo malo es que todos nos hemos creído que también tenemos las dotes del escritor y, desde que empezaron los blogs, nos hemos convertido en narradores o poetas, tenemos nuestro público que nos da coba y hemos escrito una novela (eso sí: siempre sin terminar), celosamente guardada en una carpeta junto a su CD de seguridad o un poemario o dos, a veces con ripios y guiños a García Montero.

Como los espabilados siempre se han lucrado con las vanidades ajenas, están apareciendo muchas editoriales que asesoran, corrigen, hacen de agentes literarios y publican a precio de oro (ya sabéis, los AAF, los autores auto-financiados que señalaba Umberto Eco). Ahora hay talleres de narrativa a manta, y todo suena a una república de las letras que deja en mantillas al Parnaso cervantino.

(Imagen tomada del blog lenguayliteratura2007, en wordpress)

 

Yo, que también tengo ínfulas de narrador, he asistido a dos cursos de narrativa, después he reflexionado y finalmente hoy os ofrezco gratis estos sabios consejos para dominar el arte de la escritura creativa. Estaréis a un  paso de conseguir la gloria literaria si seguís concienzudamente estas instrucciones para la fama. Si no lo conseguís, siempre os quedará el recurso de acudir al vidente Sandro, quien tal vez os dé las claves de una novela insustituible.

1 Hay que tener muy clara la estructura del poema o narración, las divisiones, la interrelación, o sea, que no se nos escape la conjugación obligatoria entre las partes y el todo, a ver si me comprendéis. Viene  a ser lo de aquel personaje de “La colmena” de Cela: planteamiento, nudo y desenlace, y que innoven otros.

2 Fundamental a todas luces resulta que el orden natural de la frase fluya, de los violentos hipérbatos, que nada aportan, huyendo. Es decir, para resumir: sujeto, verbo y complementos. Farragoso el discurso que no se escriba así resultará. Téngase en cuenta que el lugar idóneo para el verbo nunca el final de la frase es.

3 Hay que ser diamantinamente claro, dejarse de gongorinos circunloquios y violentas florituras que distraen el discurso, distorsionan el discurrir de ideas y distribuyen disonancias: al pan, pan y al vino, vino. Las ideas deben ser prioritarias frente a la forma y por eso hay que expresarlas sin errabundos postulados que las apequeñan, las jibarizan, las enanizan y minimizan en detrimento de la claridad del agua limpia. Yo me atrevería a elevar a idea absoluta el siguiente principio: “Pensad de que la palabra que no sea realmente necesaria sobra”.

4 Se deberá tener en cuenta que el vocabulario sea el más propicio y se salvará el hándicap de los extranjerismos innecesarios, capaces de saturar hasta el lector más paciente. Es muy simple: lo que es la propiedad semántica, que todo resulte muy fit, para que me entendáis. Olvidad lo vintage, lo trend y sed vosotros mismos. OK?

5 ¿Qué decir de ese extremo cuidado con la concordancia? Jamás debe de producirse un forzada discordancias. Lo masculino con lo masculino, lo singular que vayan con la singular y santos pascuas. Es que hay autores que todos lo embarulla por no tener en cuentas estas aspecto. Mucho cuidado con esta extremo: son necesaria para que tú no caigan en aquella errores, que hacen que termines escribiendo como hablan los futbolistas en los telediarios de los lunes.

6 Mucho cuidado con repetir esquemas  oracionales, o formas verbales idénticas o esas cosas, a ver si me explico. Mucho cuidado con este aspecto que no hay que repetir y repetir lo ya dicho antes, porque eso es repetir y resulta repetitiva tanta reiteración. Es decir: evitad repetir ideas o esquemas lingüísticos los cuales ya hayáis usado. Nunca repitáis lo ya repetido: el lector no es tonto. Repito: no lo hagáis jamás.

(La Biblioteca Nacional)

 

7 Evitar necesitar usar varios infinitivos. Creando, esquematizando,  analizando, escribiendo, siendo originales es como se consigue la buena prosa, el mágico poema, pero no deberá hacerse usando muchos gerundios.

8 Aunque no se debe empezar nunca con una conjunción. Y también no con dos adverbios. Esta última palabra requiere sumo cuidado o el texto os puede salir bien mal.

9 Deben de usarse correctamente esos diabólicos pares y tríos y asta cuartetos de palabras que nuestra lengua posee, debe ser para confundirnos: deber de / deber; por qué / porque / por que; hasta / asta; baca / vaca… Un error en este terreno es como un hasta de toro que se te clavara en mitad del texto: mortal.

10 La hortografía correrta y el acertado huso de los singos de puntuacion, asín como de las tirdes darán una imagen puvlica de ti. Küídala.

11  Hay que huir de los tópicos, de las muletillas, de las frases hechas, o sea, de los lugares comunes que hacen que parezca que se escribe para estúpidos, a ver si me comprendéis. Sólo así la prosa o el poema fluirán como las mansas aguas de un río. Usar un lenguaje fluido, lo que es cultivar la ligereza, tan necesaria en un buen escritor, lo que viene siendo un artista: ¡anda, que no! De igual modo, conviene alejarse del abuso de exclamaciones, ¡por amor de Dios!

12 Tampoco conviene empezar un período con una negativa. Y qué decir de la doble negación: no la uséis nunca.

13 Ay que rreleer lo escrito y coreguir herrores.

14 Cuidado con los anacolutos, esas frases que se cortan a medias y al reelaborar el discurso ya no se terminan, quedando sueltas. Hay muchas ocasiones en que, es decir, este aspecto es muy importante. Quedan muy mal las frases fragmentadas o inacabadas. Eso hay que.

15 Pardiez, que hay que evitar el uso de arcaísmos, que quedarían muy bien en el Siglo de Oro o en los tiempos de Feijoo, pero ¡por el chápiro verde!, es que estos extremos hacen que un texto parezca una antigualla, un museo. Lo que es un panteón, mismamente, vamos: lamentable, ¡voto a bríos!

Como veis, son sólo quince recomendaciones, todas importantes y necesarias para entrar a la Academia en olor de multitudes.

Os confieso en secreto que García Márquez y Vargas Llosa me han pedido que les mande estos consejillos, pero les he dicho que se metan en mi blog y los copien y peguen, que aquí ellos y lo que es mis lectores habituales sois todos iguales. ¡Anda que no!

¡Venga!

Alberto Granados

¡Ejem!

Andrés Cárdenas es un conocido periodista del diario Ideal, en el que lleva media vida escribiendo. Es autor de entrañables columnas sobre la parte más humana de la gente más común. Para ello, usa el tono más directo, más coloquial, más cómplice, ese tono que, pareciendo poco serio, ofrece la impagable garantía de acercar el periodismo al lector, un periodismo de mesa camilla, de zapatillas de andar por casa, de compartir botijo y dar tabaco. Andrés, que va por las calles granadinas saludando a la gente con una sonrisa abierta y franca, domina como nadie este registro y el humor tierno y humano que rezuman sus artículos (también recogidos en sus blogs “Trajín de vida” y “Trajín de costa”, éste último centrado en la época del veraneo) llega a todos los lectores de su periódico, cualquiera que sea su nivel sociocultural, su tramo de renta, su formación académica o la zona geográfica en que resida.

(Andrés Cárdenas en la foto de la solapa del libro, hecha por Andrés Sopeña)

Este eficaz comunicador escribió hace unos años una columna en que enumeraba mil usos y frases hechas de una determinada palabra, mil veces polisémica, que el habla de Granada y Jaén, ha ido consagrando. Se trata de… (¡ejem!), ¿cómo lo podría decir?… o sea…  ¡Sí!: una palabra malsonante, tabú en los diccionarios escolares de mis tiempos, que buscábamos morbosamente para encontrar sólo aquello de “Gallina nueva, medianamente crecida, que no pone huevos o que hace poco tiempo que ha empezado a ponerlos” (DRAE), pese a que nosotros preferíamos regodearnos en su significado fálico. Allí estaba el puritanismo ganándole la partida a la lexicografía: la palabra… (ya saben: esa) …no era sinónimo de pene, que de esas cosas no se hablaba y menos en un diccionario decente. Si acaso, era un pecado que no sabíamos si sería muy mortal o no, como tampoco sabíamos si comernos una uña rompía el ayuno, algo serio y preocupante, pues luego comulgabas, te morías y te ibas derecho al infierno y, además, para toda la eternidad eterna…

Nuestro buen Andrés Cárdenas escribió dicho artículo en el mismo tono en que los cuentistas de la antigüedad oriental o nuestro Infante don Juan Manuel  narraban sus didácticos cuentos: para enseñar al que no sabe. En este caso, el destinatario del artículo era Harry, un supuesto vecino suyo de apartamento, de nacionalidad irlandesa, que por su escaso dominio idiomático quedaba confuso ante la continua presencia de dicha palabra tabú en mil expresiones.

El artículo tuvo un gran éxito y se propagó por Internet. El columnista recibió cientos de comentarios, precisiones, nuevas frases y contextos, ejemplos, fotografías, matizaciones en fino (que el tema da para serios afanes de precisión semántica)… y ahora, con todo ese material, ha escrito un librito (“Dejaos de pollas, vayamos a pollas”, con prólogo de Andrés Sopeña e ilustraciones de Antonio Mesamadero, Granada, Editorial Port Royal, 2011). El opúsculo lleva como subtítulo “Tratado de la palabra más común en el léxico callejero de las provincias del antiguo Reino de Granada”. Ha sido el número uno en ventas de la Feria del Libro, ha agotado la primera edición en un par de semanas y se buscaba por las casetas de la Feria como agua en el desierto.

En la introducción, el autor cita a un tal Jorge Jiménez, amigo suyo (por citar que no quede), que asegura: “…las palabras no son ni feas ni guapas, ni buenas ni malas, sólo son los colores con que pintamos nuestras ideas…”. Y Cárdenas, basándose en esa neutralidad inocua de palabras tales como… (¡glub!, sí: esa) …hace una ardiente defensa de su validez. A fin de cuentas, es periodista, tiene que informar de la realidad y la realidad granaína, junto a la jiennense, está llena de… (¡ejem!: lo dicho) en cada frase cotidiana. Si José García Ladrón de Guevara se acercó a los tabúes en su “La malafollá granaína” y salió airoso, ¿por qué no lo va a hacer él con… (¡ejem! en fin, ya saben ustedes)?

El libro es un juego lleno de humor en el que Cárdenas recoge todo el material recibido, le da un cierto sentido unitario y estructural, pero sobre todo, acumula cientos de anécdotas jocosas y llenas de ese tipo de  humor que la situación requiere. Dividido en capítulos, más artificiosos que naturales, las explicaciones gramaticales y semánticas para Harry forman el hilo conductor del discurso, que no busca otra finalidad que legitimar la palabra… (¡ejem!)… y arrancar mil sonrisas de los lectores, agobiados por el fatalismo que nos regalan los periódicos cada mañana.

Los modelos que sigue quedan abiertamente expuestos: respecto a su dimensión iconoclasta, va tras los pasos del “Diccionario del Erotismo”, “El cipote de Archidona” o el “Diccionario Secreto”, de Camilo José Cela y el citado “La malafollá granaína”, de García Ladrón de Guevara. En el planteamiento global del libro (Harry y sus confusiones lingüísticas), se acerca mucho a los planteamientos de Ramón J. Sender en la saga de “La tesis de Nancy” y secuelas. En la  parte dedicada a las apócrifas referencias históricas, sigue muy de cerca aquellos libros de Colin & Güester en que quedó asentado el  “inglés fromlostiano” (de la traducción literal del refrán “De perdíos, al río”, que un alumno recogió como “From lost to the river”) y jugaban con las confusiones lingüísticas aplicándolas a explicar grandes eventos de la historia de la Humanidad, con un rigor historiográfico tan encomiable como hilarante.

Para que al libro no le falte de nada, también hace un barrido por esa literatura que nunca aparecía en los libros de mi época porque la censura no la hubiera permitido jamás. La palabrita (esa que me niego a incorporar en un blog decente como este) aparece en varios textos literarios de indudable valor poético. Cárdenas nos los recupera, que estamos en coyuntura favorable para lo étnico y popular (incluso alguien ha propuesto pedir a la UNESCO que los chistes de Lepe sean patrimonio inmaterial de la Humanidad).

Se les nota que están de bajón. (Imagen del perfil de la Feria del Libro en Facebook)

El libro se presentó el día 12 de mayo en la Sala de Exposiciones de Caja Granada, en Puerta Real. Ofició de presentador el prologuista, Andrés Sopeña, el autor de “El florido pensil”,  quien explicó que Granada tiene un idioma específico que él, después de tantos años de vivir aquí, no ha conseguido hablar, aunque lo entiende. Puso varios ejemplos de nuestras peculiaridades lingüísticas, básicamente, terminológicas: asomaron palabras netamente granaínas, tales como “calamonazo”, “regomello”, “folletá” y, lógicamente, la palabra que más aparece en nuestras peculiaridades idiomáticas, es decir, (¡ejem!): esa que saben ustedes. El público que llenaba el salón se desternillaba al oír a ambos “Andreses” contar el jocoso anecdotario relativo al contenido de la obra, que un médico presente en la sala dijo estar recetando a sus pacientes para prevenir depresiones. Como era la Feria del Libro e inmediatamente venía otra presentación, la gente no dio espera a calentar el ambiente, así que entró a saco contando nuevas anécdotas y nuevas situaciones divertidas, antes de salir en tromba para la caseta de firmas, donde Andrés estuvo firmando ejemplares más de hora y media.

Como decía Sopeña, “…después de escribir o prologar libros como éste, ya no nos van a dar el Nacional de Literatura”. Yo, al perpetrar esta reseña, voy a correr la misma suerte. ¡Cuidao con la…!

Alberto Granados

Las frases del Oráculo

Las redes sociales son, en general, bastante frívolas y suelen usarse para asuntos poco serios. Yo estoy en Facebook y, según veo entre mis contactos, hay una serie de extraños “servicios” disponibles: juegos (el de la granja tienen fascinado a medio planeta), eventos…

Cristina, uno de mis contactos, recibe cada mañana una de las frases del Oráculo. Son frases más o menos ingeniosas, breves sentencias llenas de cinismo, sexismo, egocentrismo… y sentido del humor, pretendidamente dichas por un encorbatado mono que tiene poderes.

He aquí las últimas:

Las pirámides son el mejor ejemplo de que en cualquier tiempo y lugar los obreros tienden a trabajar menos cada vez.

Un pesado es alguien que cuando te pregunta cómo estás, va y te contesta.

¡Abajo las drogas!

Atentamente,

Los del sótano

Me emborraché para olvidarte… y ahora te veo doble.

La mujer media preferiría tener más belleza que cerebro, porque el hombre medio está más preparado para ver que para pensar.

Si Barbie es tan popular, ¿por qué hay que comprarle los amigos?

El que ríe el último no lo ha pillado.

Las canas ya no se respetan. Se tiñen.

Es curioso que se le denomine sexo oral a la práctica sexual en la que menos se puede hablar.

La psiquiatría es el único negocio donde el cliente nunca tiene la razón.

Es bueno dejar la bebida, lo malo es no acordarse dónde.

Tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria.

¿Por qué las mujeres con las curvas más aerodinámicas son las que más resistencia ofrecen?

Hay tres tipos de personas: los que saben contar y los que no.

La mujer que no tiene suerte con los hombres no sabe la suerte que tiene.

Hay que trabajar ocho horas y dormir ocho horas, pero no las mismas.

Algunos matrimonios acaban bien, otros duran toda la vida.

Hoy en día la fidelidad sólo se ve en los equipos de sonido.

La inactividad sexual es peligrosa: produce cuernos.

La marihuana causa amnesia y… otras cosas que no recuerdo.

(Imagen tomada del blog excusatio en wordpress.com)

Recuerda que cuando un médico se equivoca, lo mejor es echarle tierra al asunto.

El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio. Si puedes simular eso, lo has conseguido.

Existen dos maneras de ser feliz en esta vida: una es hacerse el idiota y la otra serlo.

El sexo sólo es sucio si se hace bien.

El dinero es como el estiércol: no es bueno a no ser que se esparza.

Los hombres son como las cuentas bancarias. Si no tienen un montón de dinero no generan ningún interés.

Hazlo bien y no mires con quien.

Unos se casan por la iglesia, otros por idiotas.

Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más.

El matrimonio es una gran institución. Por supuesto, si te gusta vivir en una institución.

Muchas de estas frases son de Woody Allen, de Groucho Marx, de “El Diccionario del Diablo”, de Ambrose Bierce o de otras fuentes parecidas. Pese a no ser originales, me ha parecido que recopilarlas es una buena forma de empezar el fin de semana.

Alberto Granados

Rebajas

Acabo de llegar de mi paseata mañanera y he pasado por Mesones: pese al frío y la lluvia, miles de personas (mayoritariamente mujeres) llenaban esta comercial calle (para los foráneos: todo son tiendas de moda, zapaterías, lencerías, tiendas de regalos…). Había una descomunal aglomeración que hacía difícil mantener el ritmo de mis paseos. Era algo como de día del Corpus, como de semana santa o de cabalgata de reyes, pero  el calendario sólo señala el inicio de las rebajas: media Vega y toda la ciudad está comprando las gangas, esas maravillas que hemos convertido en necesarias y hemos acudido a esos templos del consumo que son las tiendas y, especialmente, las tiendas de las grandes superficies o las franquiciadas, las que te revisten de un glamour especial tan sólo con llevar la bolsa, bien visible, ostentosamente visible, que además de comprar cosas, las rebajas deben servir para que se te vea que las has comprado.

(Imagen tomada de reporterafashion.com)

 

Se comenta que hay quien ya lleva estudiadas previamente las prendas que se va a comprar. Que, en algunos casos, se han comprado durante las navidades (una manera de hacer la “reserva”) para devolverlas hoy y, acto seguido, volver a comprarlas con el nuevo precio rebajado (parece ser que esta maniobra requiere una hermana, amiga o vecina cómplice).

Es como si hubiéramos hecho un cambio de era histórica en sólo veinticuatro horas y que, tras el empacho dulzón de bondad prefabricada de las navidades, se ha levantado la veda y volvemos a ser depredadores: abandonamos las sonrisas, los parabienes, las bienintencionadas felicitaciones, el empalago de ser atentos, cariñosos y amables con todo el mundo… y sacamos a la fiera: a ver quién me va a quitar el mp4 que tengo visto en tal tienda, o quién se va a atrever a llevarse el jersey de la tienda cual, al que le tengo echado el ojo, o la falda azul plisada, o los vaqueros, o la chaqueta, o esos tacones que me probé hace unos días, o… Más de una vez, tres pares de manos se aferran a una prenda y tiran como tres fieras se disputan los despojos de la presa recién capturada.

Del villancico hemos pasado al eslogan, de la bonhomía a la moral de “subsistencia”, del Evangelio a Niestzche… y todo por el poder mágico de las rebajas.

Se dice que la libido se activa en los machos por el efecto de unos efluvios que emanan del cuerpo de la hembra, efluvios que percibimos inconscientemente y que encienden nuestro deseo. Estas feromonas son una llamada irrefrenable, algo irreprimible, que nos predispone “a haber contentamiento con fembra plazentera”, que diría nuestro Arcipreste de Hita.

Viendo las caras de los compradores llego a pensar que las tiendas emanen unas “escaparamonas”, también llamadas “rebajamonas”, capaces de activar hasta el paroxismo nuestro deseo de proveernos de cosas, nuestro instinto de propiedad. Si no, no se explica el ademán libidinoso que he visto en los rostros de los compradores de Mesones (mayoritariamente mujeres) cuando miraban los escaparates como si les fuera la vida en ello.

Alberto Granados

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