Titivilo y las erratas
Titivillus o Titivilo era un demonio de escasa relevancia jerárquica que durante la Edad Media atormentaba a los monjes en los escritorios monacales, ya que propiciaba y registraba los errores de los amanuenses en los textos que tan amorosamente estaban copiando. También anotaba las distracciones de los monjes durante los oficios religiosos, las equivocaciones en las citas bíblicas, los errores en los ritos de la liturgia, los despistes y cuchicheos entre los novicios… Hubo una época en que se le representaba con un saco que tenía que llenar cada día con conductas escasamente ortodoxas, equivocaciones en los rezos y erratas en los textos. Tales fallos eran apuntados en un libro que se leería en el juicio final.
El último período de la Edad Media, cuando las nacientes universidades necesitaron hacer un gran acopio de textos clásicos, multiplicó las erratas y los monjes encontraron divertido culpabilizar al demonio: “Titivillus in culpa est” (“Titivilo es culpable”), dicen como justificación. Se menciona un libro de 1576, “La anatomía de la Misa”, que llegó a necesitar una fe de erratas de 15 páginas para corregir los efectos de Titivilo deslizadas en sus sólo 172 páginas, lo que no parece exagerado, si se compara con las 88 páginas que ocupa la fe de erratas que acompaña las obras del Cardenal Bellarmin.
Titivilo en plena faena. Imagen tomada de elcorreogallego.es
El Renacimiento, con la aparición de la imprenta, hubiera tenido que acabar con este diablillo y sus efectos, pero al multiplicarse los textos escritos, también se multiplicaron los errores, y en vez de desaparecer, Titivilo tiene desde entonces más trabajo. En la actualidad, cuando todo el mundo tiene blog, incluye comentarios, participa en foros, escribe, etc., Titivilo corre peligro de sufrir un estrés galopante, pues su trabajo es más urgente e ingente que nunca, y los escribanos estamos sin posibilidad alguna de exorcizar su maligno poder (y eso que el corrector de Word se esfuerza mucho).
Las erratas de imprenta, gazapos o errores son una constante en la historia escrita de la humanidad, siendo la prensa diaria su más notable campo de operaciones, como demostraron en su momento Evaristo Acevedo (“El despiste Nacional”, 1970) y Luis Carandell (“Celtiberia Show”).
La errata ha sido estudiada recientemente por José Esteban en su “Vituperio (y algún elogio) de la errata” (Ed. Renacimiento, Sevilla, 2002), donde hace un amplio recorrido por las erratas más populares, las que se han ido repitiendo una vez tras otra hasta llegar a este bitácora, donde me limito a recopilar y sistematizar lo encontrado en otros blogs.
Titivilo. Imagen del blog thewriter’spanthoen, en blogspot.
En algunos casos, las erratas han preocupado a autores y encargados de revisar galeradas. Neruda las llamaba “ratones” y la referencia a “los duendes de la imprenta” es constante en Occidente. Baroja, nunca satisfecho con los resultados, rechazaba a sus expensas la urgencia de su editor y corregía una y otra vez las galeradas de sus novelas, lo que le costó una fortuna. Lord Byron llevaba su rebeldía y su malditismo románticos a una lucha sin cuartel contra la errata: “La menor falta tipográfica me mata [...] quisiera que el tipógrafo estuviese atado a un caballo y unido a un vampiro”. Ramón Gómez de la Serna la consideró un “microbio de origen desconocido y de picadura irreparable”, en tanto que para el ensayista mejicano Alfonso Reyes la errata es una “especie de viciosa flora microbiana siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección”.
Precisamente Reyes es protagonista de una anécdota plagada de erratas. Publicó un libro editado de forma tan descuidada, con tantos errores, que el crítico García Calderón dijo en su reseña: “Nuestro amigo Alfonso Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos”. Se dice que en uno de sus versos, decía “más abajo de tu frente”, pero apareció como “mar abajo de tu frente”. Curiosamente, consideró que el verso había ganado con la errata.
Max Aub satirizó esa obsesión de los autores por las erratas incluyendo la propia fe de erratas:
“…donde dice:
La maté porque era mía
Debería decir: La maté porque no era mía”.
El Papa Clemente XI se dejó llevar por la cólera al ver la cantidad de erratas en un libro con sus homilías y ello le valió un ataque que le costó la vida en sólo unas horas. Y la edición de La “Vulgata” de Sixto V (1590) es una pieza altamente valorada por los bibliófilos y pagada bien cara en las subastas precisamente por su ingente cantidad de erratas, pese a que fue celosamente revisada y corregida por el propio pontífice.
En el libro de José Esteban se recogen mil anécdotas más, como la de un periodista argentino que, deseoso de congraciarse con el director del periódico, escribió sobre su hija: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se ponga contenta la tinta”. La adulación no salió bien, pues Titivilo actuó y convirtió la frase en: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se ponga contenta la tonta”, lo que le valió la enemistad con su jefe.
Otra anécdota: un periodista elogiaba a una dama y se pedía recompensa por sus “infinitos servicios”. Apareció transformado en ”ínfimos servicios”. Tras la corrección, quedó en “infames servicios”, pero se intentó de nuevo… para llegar a peor: “íntimos servicios”. No consta que hubiera nuevos intentos de corregir.
Habla también de un crítico que dedicó un libro a una marquesa “cuyo exquisito gusto conocemos muy bien todos sus amigos”. Apareció “busto” donde debería haber aparecido “gusto”.
La novela de Pío Baroja La Feria de los discretos, apareció publicada como “La Feria de los desiertos”, en tanto que “La dama de las Camelias”, de Alejandro Dumas, se convirtió en “La Dama de las Camellas” o una “Breve historia del altruismo argentino” se ocupaba en realidad del ‘Ultraísmo’ y una pieza teatral sobre “La expulsión de los moriscos” pasó a llamarse como “La expulsión de los mariscos”. Hoy día se consideraría políticamente incorrectísimo el anuncio que solicitaba “una secretaria con ingles”, sin tilde, tan alejado de la cuestión idiomática.
“Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas”, escribió Ramón de Garciasol, pero el cajista, malintencionado o no, lo cambió a: “Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas”. El estro poético tiene esas cosas, si no que se le pregunte a un poeta cubano que escribió: “Yo siento un fuego atroz que me devora”, aunque apareció “atrás” por “atroz”, lo que le valió más de un jocoso comentario en la Habana.
Y el último, aunque no el peor: Vicente Blasco Ibáñez (me lo recordaba Sap el otro día) escribió en su “Arroz y Tartana”: “Aquella mañana doña Manuela se levantó con el ceño fruncido”. Lamentablemente, en la primera edición, “ceño” salió mal escrito… ¡Qué cosas pasan!
Alberto Granados









































