Alberto Granados

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La narrativa breve de Muñoz Molina

(Consideraciones en torno a la reedición de “Nada del otro mundo”)

…escribir es una suma de tenacidades…

(Antonio Muñoz Molina)

Frente a una extensa producción en otros géneros (novela, ensayo y periodismo), Antonio Muñoz Molina ha publicado solamente algo menos de veinte relatos, que han ido apareciendo aquí y allá, en prensa, en libros colectivos, o en recopilaciones, tales como “Las otras vidas” (Mondadori, 1998), después integrada casi entera en un libro de doce relatos (Planeta, 1993), que ahora reaparece con dos cuentos más: “Nada del otro mundo” (Seix-Barral, 2011). Tal vez esta reedición hubiera sido una magnífica ocasión para recopilar toda la narrativa breve de Antonio Muñoz Molina y hacer una edición definitiva que incluyera el escaso conjunto de cuentos (diecisiete, si no me he equivocado en el rastreo) publicados desde 1983 hasta ahora.

Esta tendencia recopilatoria hace que acercarse a la narrativa breve de Muñoz Molina exija centrarse, casi exclusivamente, en este libro que ahora reaparece. Lo demás son una especie de restos de serie o descartes, que han corrido la negra suerte de no verse reeditados. En su web nos aclara: Hay cuentos publicados por ahí que no he incluido en el libro porque son demasiado juveniles o porque no me satisfacen. Uno de ellos es, precisamente, “Entre todas las mujeres”. El punto de partida está bien pero la ejecución es confusa, y el final atolondrado. “Música de cine” es el arranque de una historia más larga, que quizás alguna vez continúe, y “Te golpearé sin cólera” me trae muy buenos recuerdos pero no creo que valga la pena reeditarlo”. (1) La reciente edición incorpora dos nuevos relatos, Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad, y el hasta ahora inédito El miedo de los niños.

Portada de la nueva edición

Hagamos, pues, un recuento de los relatos de Muñoz Molina empezando por los comprendidos en esta reedición y dejemos para el final los descartados. Los diecisiete relatos son:

Nada del otro mundo, un relato extenso que empieza, en un tono casi autobiográfico, reflejando el costumbrismo de los pisos de estudiantes en la Granada de los años setenta y ochenta para terminar convertido en un cuento de eficacísimo terror psicológico. Confieso que desde que lo leí, me da pánico recibir una llamada telefónica en una habitación de hotel.

En 1983 escribe su primer relato: El hombre sombra, en que un solitario Santiago Pardo usurpa los sueños de Nélida al acudir a una desolada cita que no es con él.

Las aguas del olvido recoge el castigo más ejemplar y a la vez menos violento para una esposa adúltera: el olvido. Me parece un relato lleno de exquisitez y sutileza. El País lo publicó el 5 de agosto de 1987.

En La poseída, un solitario y aburrido empleado observa la relación entre una melancólica adolescente y un hombre maduro. El desenlace es sorprendente. Había aparecido en El País el 31 de diciembre de 1987.

Muy difícil hacerse con este libro, ya descatalogado

Las otras vidas nos muestra la vida secreta de un músico que baja a los infiernos para gozar la gloria. Lo que en Cortázar eran Charlie Parker y la noche de París, aquí son Oliveira, un pianista, y la noche más canalla y sórdida de Marrakech.

Este relato apareció en Cuadernos Hispanoamericanos y en el libro homónimo (Mondadori, 1988) junto a Te golpearé sin cólera, El cuarto del fantasma y La colina de los sacrificios. Las otras vidas reaparece en 2006 en “Allegro ma non troppo: cuentos musicales”, Madrid, Editorial Popular.

Un triste y desolado viajante de comercio, que se arrepiente de estar vivo, es el protagonista de Extraños en la noche, un durísimo relato de soledades compartidas, de desgarros y desesperanzas.

El cuarto del fantasma es una tierna sátira sobre las antiguas tertulias, en que predominaban la adulación y la predisposición a aceptar la mentira y la hipérbole con tal de mantener la unidad del grupo y conseguir que el adulado pagara la merienda. Tiene claras reminiscencias de la tertulia literaria de “La colmena”, de Cela. Es uno de los pocos relatos en que Muñoz Molina aborda temas sobrenaturales. Ya había aparecido publicado en 1991, en “Te golpearé sin cólera y otros relatos”, de la Biblioteca de El Sol.

En La colina de los sacrificios, hay mucho de la novela detectivesca americana. Un inspector consigue la confesión de un asesino, pero todo es un laberinto que mezcla los dos lados del espejo. También apareció en el mencionado volumen de la Biblioteca El Sol en 1991. Volvió a editarse en Ollero y Ramos (1998).

De nuevo aparece el tema sobrenatural en un sorprendente relato de amor: Si tú me dices ven, en que un hombre nota extrañas presencias mientras espera, pendiente del teléfono, a la mujer con la que va a vivir. Había aparecido en el volumen colectivo “Cuentos de terror” (Grijalbo, 1989).

Una pareja siente los estragos de la pasión más carnal en Un amor imposible. Las diarias raciones de apasionado sexo no consiguen conjurar lo que los separa. Había aparecido publicado en “Cuentos eróticos” (Grijalbo, 1988).

Blázquez, o Blake o Blatsky no son sino los heterónimos de alguien que vive una vida paralela en que realidad y ficción no tienen fronteras. El escritor de Borrador de una historia lleva una doble vida en que nada queda claro, sino como argumento de una posible (o imposible) novela por escribir.

¿Quién puede ser el asesino en serie que le corta los labios de las mujeres a las que mata? ¿Quién puede encontrar en su frigorífico tan insólitos trofeos? ¿Con quién puede un hombre solitario y derrotado compartir sus secretos? Sólo con un amigo desprendido y altruista. Quintana y el Sr. Walberg descubren extrañas realidades en un apasionante relato negro llamado La gentileza de los desconocidos.

Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad es un relato futurista localizado en una distopía en la que se rumorea la existencia de una Brigada de la Realidad, encargada de anular los planteamientos críticos por medio de un simplísimo procedimiento: convertir en la más cruel y sangrante realidad la crítica, la desafección, el descontento. Cuando después la realidad inducida desaparece, los planteamientos críticos se han esfumado totalmente. Había aparecido en El País, en 1999.

El miedo de los niños es un hermosísimo cuento en el que Muñoz Molina recurre a sucesos de su niñez. Consigue una atmósfera mágica, felliniana y onírica, en que dos primos de pocos años comparten idas y venidas a la escuela, fantasías, miedos y, sobre todo, la cruda, durísima realidad. La ternura, la solidaridad, la tenebrosa época de los sesenta, el miedo, el contacto con la pederastia… y el último golpe de efecto hacen de este relato uno de los más lúcidos y bellos del autor.

Terminado aquí el recuento de los relatos que componen el libro reeditado, me centro en los tres descartados:

Durante abril y mayo de 1983, el pintor y diseñador granadino Juan Vida colgó en el Auditorio Manuel de Falla los cuadros de su exposición “Iré a Santiago”. En el catálogo, y a petición del artista, Muñoz Molina incluyó un relato negro, Te golpearé sin cólera, lleno de claves de la relación amistosa entre ambos: los cuadros de un anónimo J. V. están revolucionando las conciencias de la ciudad. Es necesario descubrir a tan peligroso sujeto y desmantelar el entusiasmo por la vida que desatan sus obras.

El cuadro “Apartamento 1001″, de Juan Vida: todo un leit motiv de “Te golpearé sin cólera”

El relato volvió a aparecer en 1986, editado por la Diputación granadina, y en 1991, en el la Biblioteca de El Sol, acompañado de El cuarto del fantasma y La colina de los sacrificios.

El autor dice en la nota Al lector que hace de prólogo de “Las otras vidas”: “Los cuadros que cito y describo en el relato existen de verdad, y la trama la inventé expresamente para ellos. Todos los embusteros saben que una mentira es más sólida en la medida en que contiene algunos datos irrefutables. Con el tiempo casi todas las evidencias engañan: uno vuelve a leer las desaforadas mentiras que urdió hace más de cinco años y se da cuenta de lo impúdicamente que estaba contando la verdad”.

El detective adquiere las facciones de Antonio Muñoz Molina por “broma y gracia” de Juan Vida

Entre todas las mujeres aparece (del 30 de julio al 4 de agosto de 1995) en la sección Tribuna de El País. Está lleno de referencias casi autobiográficas de la época en que el autor residía en Granada y trabajaba en el área de Cultura del Ayuntamiento.

En 2006 incluye otro relato, Música de cine, en un nuevo volumen colectivo: “Seis narradores españoles en Nueva York”, en la granadina editorial Dauro. Un personaje que podría ser un trasunto del autor (aquí reconvertido en músico) hace una reflexión sobre la envidia y la falsedad de los reencuentros no deseados, mientras espera a Mengíbar, un mediocre compañero que trata de revestir de dignidad su fracaso humano, su malsana envidia.

Otros relatos serían los contenidos en “Sefarad” (Alfaguara, 2001), si bien el propio autor considera los contenidos de este último como “una novela de novelas”, y no relatos en el sentido convencional del término, consideración más que discutible, desde mi punto de vista. Él, sin embargo, aclara: El título “una novela de novelas” tiene un sentido metafórico: se refiere a la cualidad de novela que hay en cualquier vida humana, según la cita de Galdós que hay dentro del libro: “donde quiera que va el hombre lleva consigo su novela”. Y los capítulos tampoco son relatos exactamente, porque todos forman parte de un modo u otro de una trama general (2). Piezas de “Sefarad” tales como Sacristán, Ademuz, Olympia… son inequívocamente relatos, en mi opinión. Con todo, no soy quien para desautorizar el criterio del autor, así que señalada mi objeción, dejo aparte este libro.

El seguimiento de los relatos de Muñoz Molina permite señalar una absoluta dispersión y reiteración de ediciones, tal vez atribuible a las ganas de publicar y darse a conocer en los momentos en que empezaba a abrirse camino. Estos diecisiete relatos, escritos en veintiocho años, no suponen precisamente una abundante producción de narrativa breve, aunque contienen la mayor parte de las claves que configuran la trayectoria narrativa del autor.

El primer rasgo que deseo destacar es el componente autobiográfico, siempre presente en su obra, desde El jinete polaco, a Ardor guerrero, El viento de la luna al último relato, escrito este mismo verano. En este componente autobiográfico distingo hasta tres niveles: hay relatos y pasajes de sus novelas en que en el personaje se adivina un vivo trasunto del joven desgarbado, tímido, retraído, sin habilidades sociales ni dotes para la seducción, con que tantas veces el propio autor se ha identificado. Los escenarios de Granada y Mágina, la urgencia por estudiar para no perder la beca, la presencia en Granada como estudiante lleno de carencias, su paso por el Ayuntamiento granadino… son elementos absolutamente integrados en su biografía real.

En otro nivel, el autobiografismo no habla del propio autor, sino de una serie de elementos indisolubles de sus recuerdos o de su vida en Úbeda y Granada: el diccionario de inglés que inexplicablemente le trajo su padre de un viaje o la máquina de escribir, después convertida en portátil (“Su padre le había dicho siempre que el saber no ocupa lugar y que un hombre que supiera mecanografía era más capaz que nadie de abrirse paso en la vida”, página 124 en la edidicón de 1993; 143, en 2011), el almacén “El sitema métrico” o la estatua del General Orduña de Mágina (el Métrico y el General Saro en la realidad de Úbeda), los personajes de Lorencito Quesada, Mengíbar, Funes, Juana Rosa, el pintor J. V., Esteban y Bernardo…

El autor, en una imagen tomada de sigueleyendo.es

Muñoz Molina asegura que todo es materia narrativa, que lo difícil es no ser narrador ante la enorme cantidad de estímulos narrativos que componen la vida cotidiana y la eterna curiosidad del narratario por conocerlos, de ahí que incorpore a su obra todos esos elementos propios, que trascienden así la realidad cuasi-biográfica para convertirse en indiscutible literatura.

Hay un tercer nivel autobiográfico, mucho más sutil, más dolorido y disimulado: el autor crea unos antihéroes, unos personajes negativos, a través de los que pone en solfa a personajes de la prensa y las cofradías intelectuales de su época granadina. Se trata de quienes cuestionaron el rápido reconocimiento social de su literatura, de quienes envidiaron su talento, su llegada fulgurante a la edición, sus premios, su éxito ante el público. En Granada existe una corriente, creo que minoritaria, que se extiende desde aquellos años hasta nuestros días, enormemente desdeñosa con el éxito de Muñoz Molina, a quien se ha intentado desacreditar con tanta fiereza, con tanta villanía, como injusticia y falta de rigor. Aparecen convertidos en arquetipo: el Mengíbar de Música de cine o la Juana Rosa de Nada del otro mundo, que intentan desprestigiar todo lo que no sea su propia mediocridad, personajes inconsistentes, progresistas de escaparate, más pendientes de la proyección grupal de sus hechos que de las consecuencias de los mismos.

Juana Rosa, ya apartada de la vida capitalina y ejerciendo de médico y de concejala en una zona perdida del interior de la provincia, aparece retratada así:

“Igual que hacía diez años, Juana Rosa hablaba como haciendo cómplice a su interlocutor de las desgracias del mundo: es una de esas mujeres que con sólo el tono de su voz pueden lograr que uno se sienta culpable casi de cualquier cosa, desde el sexismo en la publicidad hasta el agujero de la capa de ozono.

-Ya sabes, no es fácil plantearse una cultura alternativa desde la honestidad. Intentamos hacer cosas, hacemos cosas. Trabajo de base, desde la propia gente. No todo van a ser cuatro grandes nombres y promoción comercial. Casi no hay recompensas materiales, y faltan infraestructuras, pero Funes y yo preferimos cien veces estar aquí, con esta gente, antes que perder el tiempo en las capillitas intelectuales de Granada o Madrid.

Mensaje recibido: yo no era honesto, yo no trabajaba desde la base, yo estaba entregado a la promoción comercial y a las intrigas de las capillitas intelectuales de Granada y Madrid. Pensé: mira que venir tan lejos a que me perdonen la vida” (en “Nada del otro mundo”, páginas 48 y 49 en la edición de 1993; 56 y 57, en la de 2011).

Más de uno, y no se trata de Juana Rosa ni de Funes, se ha permitido, incluso muy recientemente, el vano lujo de perdonarle la vida a Muñoz Molina, quien no necesita estos gestos de soberbia magnanimidad.

Otra consideración, que aun sabiendo que puede ser objetada, no me resisto a dejar en el tintero es la gran cantidad de elementos que aparecen en la narrativa breve de Muñoz Molina y que son comunes a la llamada “poesía de la experiencia” o de la “nueva sensibilidad”, que surgió precisamente en Granada en los años en que él se relacionaba con los poetas que acuñaron el término y la popularizaron (Egea, García Montero y Salvador, fundamentalmente): la noche como territorio para solitarios, los bares a los que se entra a la desesperada, la soledad urbana, las mujeres como promesa, el desarraigo, el jazz, la existencia como sufrimiento y carencia… ¿Es posible decir que Muñoz Molina recicla el concepto? ¿Qué escribe unos “relatos de la experiencia”? ¿Llegó a haber una influencia recíproca, una osmosis, entre los poetas y el narrador? ¿Fue un mero efecto de contemporaneidad, un estilo de grupo, una moda común? Dejo abierta la cuestión.

La de Muñoz Molina es una escritura envuelta en un aura de planteamientos éticos, donde aparece continuamente un ser humano torturado, solo en medio de la multitud, lleno de carencias y arrastrando una doliente existencia, en la que caben todas las conductas egoístas, siempre en busca de una felicidad perdida: la joven drogadicta, el asesino en serie, el camello asesino, el vendedor solitario, el parricida y el comisario que lo descubre, los primos asustados por los tísicos, el pederasta que los sigue, los aduladores, los envidiosos… pasan leve pero intensamente por los cuentos de Muñoz Molina, dibujando siempre a un  ser humano lacerado y sufriente, castigado con la terrible carga de la vida. Son personajes que tratan de propiciar la aproximación a los demás (al camello, a la chica, al amigo). Sin embargo, los acercamientos resultarán siempre tan infructuosos y estériles que no conseguirán ahuyentar la absoluta soledad de esos seres erráticos que se llegan a arrepentir de estar vivos y de su propio infortunio. No es que Muñoz Molina suelte moralejas ni recetas mágicas: es simplemente una denuncia de la infelicidad, a la vez que una llamada de socorro para encontrar un sistema que permita una vida más plena, humana y feliz.

Mientras insinúa tales ideas, la prosa fluye mansamente, al ritmo justo de cada situación, como si se tratara de una simple e improvisada narración oral… y, de repente, surge un destello en forma de adjetivo que sorprende y maravilla. Son auténticos fogonazos de genialidad en medio de un ritmo normalmente contenido, sobrio y aparentemente sencillo. Son los chispazos que hacen del autor una figura indiscutible y de su narrativa algo verdaderamente imprescindible.

Alberto Granados

Agradecimientos: Al amabilísimo y eficaz personal de las bibliotecas, de Andalucía, Provincial y del Salón. A José Antonio Ruiz Latorre, encargado de la Biblioteca de Alcaudete. Todos ellos me han facilitado materiales y datos muy valiosos. También  Diego Ariza y Pablo Alcázar me aportaron valiosos documentos de las hemerotecas.

A Juan Vida, que me ha permitido usar su material gráfico.

Al propio autor, que me ha matizado algunas ideas contenidas en el borrador.

(1) Comentario de las 6,35 P.M. del día 18 de octubre de 2011 en su artículo el día anterior: http://antoniomuñozmolina.es/2011/10/cuentos-de-miedo/ )

(2) (Comentario de las 7,48 P.M. del artículo ya citado)

Muñoz Molina y la construcción de una ética

Un día de julio de 1987, preparándonos para pasar unos días en casa de mi madre, fui a mi librería y pregunté por Antonio Muñoz Molina, un autor del que había leído muchas columnas escritas en la prensa local, pero que empezaba a sonar como novelista. Ginés, el librero, me sacó dos libros suyos: “Beatus ille” y “El invierno en Lisboa”. Los abrí, leí sus solapas y le pregunté, dubitativo y con cierta timidez, cuál me llevaba. Muy resuelto, el librero me dijo que las dos novelas. Y eso hice.

Los días que pasé en mi paisaje jiennense, con unas siestas tórridas y unas noches sofocantes, me embebí de la aventura lisboeta de Santiago Biraldo, de los acordes jazzísticos de los que hablaba continuamente la novela, difícil, apasionante, nada cómoda como lectura de verano, pero que ofrecía una enorme calidad. Después vino “Beatus ille”, una de sus mejores novelas en mi opinión, con una genial última vuelta de tuerca que siempre asocio a la de “El siglo de las luces”, de Carpentier.

A nuestro regreso a Granada, les hablé de ambas novelas a unos buenos amigos, recomendándoles que las leyeran. Les dije que había todo un novelista en esos dos libros. Poco después, como corroborando mi apuesta, “El invierno…” obtenía el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura. Desde entonces, he ido comprando (hubo momentos en que recortaba los relatos de verano que incluía día a día en El País) casi todo lo que ha publicado y he ido leyendo muchas de sus columnas de los sábados en El País. Es uno de esos autores que siempre he devorado con fruición lectora, si bien es verdad que he encontrado un gran placer en unos libros y algo de decepción en otros. Para mí es inolvidable el efecto que la lectura de “El jinete polaco” me produjo: parecía que estaba hablando de mis diecisiete años en Alcaudete, ahogado por las coordenadas sociales de mi época y por el deseo compulsivo de volar, de irme todo lo lejos que pudiera, como el protagonista de la novela. “Nada del otro mundo”, un libro de relatos, se justificaría aunque sólo fuera por el que lleva precisamente ese título, un gran cuento que pasa del costumbrismo estudiantil de esa época en Granada al terror psicológico más eficaz.

La crónica negra granadina (el asesinato de Aixa y el intento de asesinato de otra niña) dio una novela apasionante, “Plenilunio”, que me pareció magistral, como lo era la crónica de su (mi) servicio militar, “Ardor guerrero”, o esa novela de novelas que es “Sefarad”, donde se demuestra muy eficazmente la crueldad innata en el ser humano, novela magistral y dura, esencial para entender el siglo XX cambalache y los lodos que nos traigan aquellos viejos polvos.

Su última novela, “La noche de los tiempos”, me pareció demasiado revisionista al principio, aunque después la he visto valiente como pocas: atreverse a cuestionar, no los ideales, sino la práctica de la República, en esta España etiquetadora es casi suicida, a pesar de lo cual Muñoz Molina entra a saco en los grandes e intocables mitos de la izquierda y demuestra que no hay esquema político viable al margen de las estructuras de un estado y que las formas autogestionarias son más sueños llenos de romanticismo que formas políticas. Además dibuja un triste personaje que sucumbe a su capricho y llega a su propia autodestrucción a través de su inconsistencia.

En el otro lado, algunas de sus novelas me han dejado bastante frío. Novelas menores como “El dueño del secreto”, “Los misterios de Madrid”, o bien obras abiertamente fallidas (siempre según mi valoración) como ”El viento de la Luna” o “Ventanas de Manhattan”.

En cualquier caso, al margen de su novelística, sus artículos periodísticos son de una agudeza y de un sentido ético tan necesarios en una sociedad como la actual, que debería agradecérsele públicamente esa portentosa facultad que tiene para poner las ideas (las mías, sobre todo) en orden y construir(me) un sistema ético-personal al que agarrarme en estos tiempos de zozobra social. Su clarividencia resulta portentosa, su agudeza es casi una necesidad, su sentido crítico es todo un regalo en estos tiempos de vulgaridad, zafiedad y chabacanería.

Hace unos días, alguien enlazó su página web en Facebook. Se trataba de un artículo llamado “Hora de despertar”, en que analizaba el origen de la situación española actual. Desde entonces, su web está enlazada en mi blog, leo ávidamente sus artículos, le hago algún comentario que sé que se perderá en el enorme flujo de lectores que intervienen… Todo un reencuentro, aunque él no lo sabe, como no sabe, evidentemente, de mis ávidas lecturas de sus libros, ni de mi admiración. Hace años, lo veía alguna vez por la ciudad, siempre huidizo y cerrado. Nunca me dirigí a él ni hemos sido presentados, así que este post sólo pretende dejar constancia de mi agradecida admiración por él y por su obra y recomendar su web, tan llena de sencilla sabiduría.

Alberto Granados

La fuente de los poetas

Durante la mañana del pasado sábado, con un hermoso día primaveral, salimos con unos amigos a visitar la Fuente del Avellano, donde no ponía mis pies desde hacía más de treinta años.

Para llegar a este literario lugar, hay que pasar Plaza Nueva y adentrarse en la Carrera del Darro, el mítico río de oro o Dauro, que transcurre por el Valle del Paraíso, entre el Cerro del Sol, continuación de la Sabika, la colina de en que se asienta la Alhambra, y el Monte Sacro, o Sacromonte, donde se fraguó el fraude religioso más curioso de la historia: demostrar que el cristianismo y las religiones judía e islámica estaban sutilmente emparentadas, lo que equivalía a desautorizar las persecuciones contra moriscos y judíos y los salvajes autos de fe.

El recorrido permite ver el río abajo, flanqueado por alamedas y pequeñas huertas, mientras a la espalda se va quedando la ciudad, cada vez más abajo, de la que termina por verse sólo el cimborrio de la catedral.

(Poema La Fuente, de Gabriel Ruiz de Almodóvar.

El grabado es de José Ruiz de Almodóvar) 

 

A la fuente del Avellano la consagraron como lugar literario Ángel Ganivet y otros artistas, que a fines del XIX venían a tomar sus aguas depurativas por la noche. Se dice que también tomaban pastisse y en cantidades masivas, y que no venían tan solos, que siempre los acompañaba alguna chica sensible a las cosas del cuerpo. Pero eso tal vez sean habladurías. Ellos, la Cofradía del Avellano, publicaron en 1899 un volumen colectivo llamado “Libro de Granada”, con textos de Ángel Ganivet, Gabriel Ruiz de Almodóvar, Matías Méndez Vellido y Nicolás María López, en tanto que las preciosistas imágenes eran cosa de Adolfo Lozano, Isidoro Marín, José Ruiz de Almodóvar y Rafael Latorre. Fue reeditado en edición facsímil en 1987.

Desde hace unos años, el Patronato del Albayzín decidió rehabilitarlo, para lo que se replanteó su ajardinamiento y se pusieron unos muros de cemento con láminas metálicas donde aparecían poemas y textos de autores locales y otros ajenos a la ciudad.

La incuria, la dejadez municipal, han hecho que los grafiteros emborronen los textos, hasta el punto de que algunos resultan ilegibles, y el entorno fue durante un tiempo asentamiento de jóvenes sin techo. Una situación realmente penosa.

Yo fotografié los textos y he conseguido reescribirlos todos menos tres, que están más destrozados. Son los que os adjunto.

CONTIGO

En estas soledades,

aprende los secretos

del agua y de los árboles.

Cuando mires al fondo,

descubre tu mirada,

el color de tus ojos.

Si la fuente te ha dicho

lo que nunca escuchaste

en medio de los gritos,

a la ciudad regresa

con todas tus palabras.

Que los demás te esperan.

(Luis García Montero)

 

 

LAS COSAS

El bastón, las monedas, el llavero,

la dócil cerradura, las tardías

notas que no leerán los pocos días

que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada

violeta, monumento de una tarde

sin duda inolvidable y ya olvidada,

el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,

láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,

nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!

Durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán nunca que nos hemos ido.

(Jorge Luis Borges)

 

 

 

 

 

¡Oh, cristalina fuente,

si en estos tus semblantes plateados

formases de repente

los ojos deseados

que tengo en mis entrañas dibujados!

(Juan de la Cruz)

 

 

 

 

CASA ESCONDIDA

Una casa sin dueño, perdida entre los álamos,

ha dejado que el agua de la lluvia incansable

habite sus estancias, derribe los aleros.

Un camino rodea la morada sin dueño:

desconchones y grietas, la polilla callada

que estará en algún sitio, y el estrago del tiempo

ocupándolo todo en la casa escondida.

Nadie busca la historia de tanta ruina inútil:

todos pasan de largo y alguien hace una foto,

sólo el agua se queda sin hacerse preguntas.

(José Carlos Rosales)

 

 

 

 

 

La calle de mis mejores recuerdos infantiles se llama Fuente de las Risas. En la penumbra de las casas el barro de los canteros y los botijos tenía una superficie prometedora de frialdad, y como el agua era tan trabajosa de obtener se administraba con una precaución en la que había algo de respeto religioso, como el que inducía a nuestras madres a besar el pan que se había caído de la mesa después de recogerlo.

El agua de los veneros de las huertas discurría encauzada por acequias de frescor y de sombras, se labraba la tierra, se alisaba hasta dejarla porosa y sin grumos, se esparcía la simiente o se trasplantaban tallos frágiles de hortalizas, y cuando llegaba el agua por primera vez a los canteros, en el riego del atardecer, se levantaba un olor denso de polvo recién humedecido, de tierra empapada y oscura, en la que ya estaba surgiendo, gracias al agua el misterio de la fertilidad.

(Antonio Muñoz Molina)

 

 

 

 

 

 

Si no estuviese viva cuando vuelvan

los petirrojos, al de la encarnada

corbata, en mi memoria,

echadle una migaja.

Y si no os lo pudiera agradecer

porque profundamente ya me hubiese dormido,

¡notaréis que lo intentan

mis labios de granito!

(Emily Dickinson)

 

 

 

 

 

DE AYER PARA HOY

Después de este desorden impuesto, de esta prisa,

de esta urgente gramática necesaria en que vivo,

vuelva a mi toda virgen la palabra precisa,

virgen el verbo exacto con el justo adjetivo.

Que cuando califique de verde al monte, al prado,

repitiéndole al cielo su azul como a la mar,

mi corazón se sienta recién inaugurado

y mi lengua el inédito asombro de crear.

(Rafael Alberti)

 

 

 

 

 

POEMA DE VALPARAÍSO

Estallan en la fronda de amor los ruiseñores

ebrios de tanta noche, de tanta melodía.

En el cóncavo cielo se reflejan las flores

y allí la brisa tenue las riza de alegría.

El agua oculta pulsa sus roncos atanores

y una lechuza enciende su cruel sabiduría,

escéptica en el coro de pájaros cantores,

quieta en el agua ansiosa que va buscando el día.

Sobre la hierba cálida que el rocío aún no moja

-yerran sus gotas leves por el aire insumiso-

bajo la luna llena, se abre una rosa roja.

Nuestras bocas se besan: la aurora da el aviso

de un futuro de amores, mientras el sol arroja

sus primeras semillas en este paraíso.

(Antonio Carvajal)

Con la esperanza de que desde el ayuntamiento de la ciudad se tomen en serio el patrimonio cultural y este espacio vuelva a estar cuidado y vuelva a ser una excursión llena de resonancias literarias, en vez de una frustrante experiencia.

Alberto Granados

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