Alberto Granados

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Úrsula

Úrsula nació en la casa de al lado, sólo unos meses después que yo, así que nos criamos como si fuéramos hermanos y pasamos la mayor parte de nuestra infancia compartiendo juegos, castigos, meriendas, resfriados, sabañones, matanzas, caminatas hasta el pueblo y, sobre todo, descubrimientos. Juntos aprendimos a echar de comer a los conejos, a limpiar las pocilgas, a ordeñar y a hacer queso de oveja o de cabra, a recoger los huevos del gallinero, a regar los sembrados y a hacer otras labores del campo. También juntos observamos las largas filas de hormigas que metían en un agujero las migas de pan o los granos de trigo que les dejábamos caer al suelo, las ranas de aquella alberca con la que nuestros padres regaban las inmensas tierras del señor, los nidos de los gorriones en las copas de los árboles, los apareamientos del ganado, que luego comentábamos con la más absoluta inocencia…

Además de una veintena larga de adultos, en Los Canchales había otros dos niños, pero estos apenas contaban para nosotros, ya que los veíamos como intrusos en una relación que, desde el primer momento, era exclusivamente nuestra. No parábamos de hacernos confidencias, de contarnos lo que pasaba en nuestras casas, las murmuraciones de nuestros padres, las tensiones que intuíamos entre la incomprensible gente mayor. Siempre juntos, siempre compartiendo cada momento de nuestra existencia, seguramente atrasada y primitiva, pero llena de experiencias directas y sinceras, de vida.

También descubríamos juntos las diferencias de nuestros cuerpos, que nos mostrábamos con la mayor naturalidad a la menor pregunta, al menor impulso, como si se tratara de cromos o de bichos en un bote de cristal, sin ninguna malicia ni sentido de culpa. Éramos amigos, nos queríamos y pasábamos los días juntos en aquellas humildes casas, sin agua corriente ni luz eléctrica, entre interminables hileras de olivos, colinas de pastos y una larga franja de huertas junto al río, donde pescábamos y nos bañábamos desnudos cuando el calor se hacía insoportable. Allí, sobre una piedra, tomando el sol como lagartos, nos observábamos mientras nos secábamos, nos tocábamos, e investigábamos nuestras diferencias con la sana curiosidad de un científico afanoso por el aprendizaje.

Nos parecía que la finalidad última del universo era pasar juntos todo el tiempo posible. A la escuela del pueblo no podíamos ir, pues había una distancia de casi seis kilómetros, así que recibíamos clases de su abuela, que había aprendido lo imprescindible cuando estuvo sirviendo en la casa del señor. Aquella mujer, prematuramente  anciana, nos enseñaba a leer, escribir y algo de cálculo (las cuatro reglas, lo llamaba ella), así como las historias bíblicas de un librito, desvaído y antiguo, cuyas láminas nos admiraban: la creación del mundo, con un Dios barbado y de gesto terrible, que aparecía entre nubes y rayos de luz; el Paraíso, con la serpiente enroscada en un árbol y las figuras cabizbajas de Adán y Eva, cuyos desnudos velaba siempre algún arbusto; el arca de Noé, la entrega de las tablas de la ley a Moisés, la anunciación o la pasión de Cristo adquirían un aura mágica en aquellos pobres dibujos que tanto nos maravillaban. Yo los observaba mirando disimuladamente los ojos de Úrsula, extremadamente abiertos por la excitación que aquellas historias le producían.  

(Óleo de Evaristo Guerra)

Sin deberes escolares, no teníamos más función que ayudar, desde que mi memoria alcanza, para ir aprendiendo lo que inevitablemente sería nuestro futuro: ella, ayudaba a hornear el pan, a matar y desplumar gallinas, a entripar los chorizos y morcillas de la matanza, a limpiar, lavar, tender, coser y planchar la ropa, mientras que yo, con apenas siete u ocho años, ya sabía uncir un par de mulos al arado, arreglar una barda del corral, abrir y cerrar las esclusas del canal de riego, poner cepos para coger codornices o conejos, montar en el mulo o engavillar el trigo recién segado y subirlo al carro con un bieldo.

Nada parecía amenazar ese universo nuestro, tan absoluto, tan completo y cerrado, tan reducido, que empezaba en Úrsula y acababa en mí. Era una existencia feliz, un edén en que nos bastaba con estar juntos y dejarnos llevar por los impulsos. Los dos aceptábamos que nada de lo que proponíamos podía ser malo, ni hacer daño a nadie, ni merecer la más mínima reconvención por parte de los mayores, aunque preferíamos guardar nuestras cosas en un discreto silencio, instintivo,  espontáneo y desprovisto de cualquier sentido de la maldad.

Pero crecimos y todo empezó a ser diferente. Ya no existía la naturalidad de siempre y surgió algo inexplicable, parecido al pudor. Creo que tendríamos ocho o nueve años cuando empezamos a experimentar estas nuevas vergüenzas, que provocaron que nos pusiéramos un bañador para bajar al río a bañarnos o que nos ocultáramos tras los árboles para  cambiarnos.

-¿Tú sabes lo que hacen los mayores en la cama para que nazcan niños? –me preguntaba, sonrojada y vergonzosa.

-Sí. Debe ser muy bonito. Mi primo me dijo que da mucho gusto y…

-¡Es asqueroso! –me interrumpía, enérgica-. No son carneros ni ovejas, ¿no te das cuenta? Son nuestros padres y nuestros tíos… personas… ¡Yo no lo entiendo! –respondía indignada y yo la calmaba con una caricia en la mejilla, un beso o tomándola de la mano.

Nuestras familias llevaban algún tiempo distanciadas porque unas ovejas se habían ahogado y nuestros padres se echaban la culpa recíprocamente. Tal vez eso hizo que un día me dijera que, según su madre, ya éramos muy grandes para estar todo el día juntos, que debíamos vernos menos y disimular lo mucho que nos queríamos, así que empezamos a aparentar una indiferencia falsa y a añorarnos en esa mínima distancia que nos separaba. Era una tortura, como morir de sed junto a un manantial, pero el encono de nuestros padres estaba complicándolo todo.

Una noche, mi padre me habló de que el señor le había dicho que me iba a mandar a una universidad laboral, para que aprendiera un oficio, lo que me llenó de zozobra: salir de mi terruño, perder el contacto con mi mundo, enfrentarme a situaciones absolutamente desconocidas para mí… todo eso me parecía terrible. ¿Qué se me había perdido a mí en una universidad laboral, que ni siquiera sabía lo que era? Y además, dejar de ver a Úrsula… eso me parecía lo peor, algo insoportable que, apenas esbozado como un futuro, ya me hacía sufrir. Mis padres me fueron convenciendo de que era bueno para mí y no tuve otro remedio que aceptarlo con ese fatalismo con que se aceptan las contrariedades que la vida nos ofrece, así que me dispuse a esperar el comienzo del curso.

Ese verano Úrsula era ya una bellísima adolescente cuyo cuerpo yo espiaba desde lo alto de la higuera blanca cuando ella se enjabonaba en la tina de latón, en el ángulo exacto del corral que permitía que yo la viera. Su desnudo, que me parecía un regalo bellísimo e intencionado, despertaba en mí salvajes deseos, algo desconocido hasta entonces, algo que me resultaba desconcertante y angustioso. Me habría gustado contárselo, pero no podía, pues su madre no la dejaba sola ni un instante y sólo cruzábamos miradas, intensas y sabias, dolorosas y lánguidas.

Cumplí catorce años justo unos días antes de irme al internado. Las novatadas, las extrañas comidas, los horarios, el estar encerrado, el taller, el estudio… todo me resultó raro y me trastornó, pero la ausencia de Úrsula me resultaba insoportable, un extrañamiento doloroso que me producía una continua opresión en el estómago, como si me faltara el aire para respirar. Yo estaba muy atrasado, así que tenía clases extras y el tiempo se me iba volando, de forma que apenas me habría acordado de la cortijada si no fuera por ella, pero recibí una carta de mis padres por la que me enteré de que el infortunio había empezado a cebarse en aquel modesto paraíso que siempre había sido la finca, pues el administrador del señor vino una mañana y se reunió con los hombres para decirles que aquello se cerraba, que no salía rentable mantenerlo y que cada cual se tendría que buscar dónde vivir, aunque, eso sí, el señor seguiría dándoles peonadas cuando fuera el tiempo de la cosecha o de la aceituna. Fue una tragedia –me decía mi padre en aquellas torpes letras trazadas a lápiz-. Nadie tenía dónde ir, ni perspectiva alguna… Todos estaban agobiados, irritables, llenos de odio. La abuela de Úrsula apareció colgada del balcón de la casa del señor. Se había quitado la vida –escribió en una nota, con titubeante escritura- “para que el señor se sienta culpable mientras viva, si es que tiene algo de entrañas”. Mi padre me decía que las cuatro familias estaban pensando en emigrar, en irse al pueblo, a Madrid o a Barcelona, donde ya había algunos parientes y conocidos emigrados que tal vez podrían ayudarles a encontrar trabajo…

(Cortijada, foto tomada de Pepe García en Flick’r)

 

Lloré la muerte de aquella mujer que me había enseñado a leer, como si se tratara de mi propia abuela; deseé abrazar el cálido cuerpo de Úrsula y transmitirle algo de consuelo, pensando que ella me estaba echando de menos y sufriendo por mi lejanía; añoré la cortijada donde me había criado, un mundo que ahora parecía condenado a desaparecer… pero la vida no tiene freno y siguió su fluir imparable.

A finales de curso, mis padres ya se habían ido al pueblo, la familia de Úrsula estaba en Cataluña y la cortijada era sólo un recuerdo fantasmal y doloroso. Ni rastro de los demás, ni una dirección, ni un vago dato… Mi niñez había sido barrida de un plumazo y yo sólo era un campesino trasplantado al pueblo, sin el más mínimo pasado al que aferrarme.

***

 

Cuando abandoné el internado, a los diecinueve años, mi familia vivía ya en la ciudad, donde mi padre se había colocado como peón de albañil y donde sobrevivían como podían. Yo era técnico en motores para maquinaria industrial y decidí irme a Barcelona, hacia donde se había ido desangrando media comarca en busca de trabajo y futuro, y entre tantos, la familia de mi amiga. Mi madre me dio una sorpresa: llevaba años sabiendo que ese momento iba a llegar, así que había conseguido enterarse de la dirección de Úrsula y había ahorrado una modesta cantidad de dinero que me entregó para “no pasar fatigas” en mis primeros momentos de emigrante. A mí me pareció una fortuna, que acepté emocionado:

-Siempre supe que te irías detrás de ella –me dijo ella-. Sois ya un hombre y una mujer y así son las cosas de la vida, pero piensa que cuando la encuentres no será la niña chica de tu infancia, sino una mujer hecha y derecha y eso quiere decir que nadie sabe qué puede haber en su corazón. No sabes si la has perdido para siempre, pero si es así, tendrás que aceptarlo y dejarla ser feliz con su vida. Eso es ser un hombre a carta cabal.

Aunque esas palabras me dolieron como navajazos, comprendí que me estaba diciendo una verdad irrebatible, así que llegué a Barcelona lleno de inseguridad y zozobra. No era sólo un nuevo cambio, sino una nueva urgencia por encontrar trabajo y acomodo antes de que se me agotara el dinero de mi madre. Y, principalmente, me preocupaba lo que pudiera pasarme respecto a Úrsula.

En pocas fechas, fui solucionando lo más urgente: conseguí un buen trabajo en una empresa textil y alquilé una modesta casa cerca de la fábrica. Cuando me sentí con ánimos, fui a la dirección que me había dado mi madre. Recordaba sus palabras, pensando qué hacer con el resto de mi vida si Úrsula se había olvidado de mí, si ya no contaba conmigo. Me recibió la madre, con un gesto de agria preocupación, con modales desabridos, haciéndome ver que mi aparición no era precisamente una fuente de alegría, sino un problema que podía entorpecer la vida de su hija.

-¿Qué haces tú aquí? Déjala en paz, que no es para ti –me espetó, apuntándome con un dedo acusador y agresivo-. Esa época ya pasó, así que no la molestes. No aparezcas por aquí, que mi hija ya tiene su vida organizada, ¿te enteras? Es que no tienes ni que verla, ¿me oyes?

Por más que lo intenté, no me permitió exponer un solo argumento y llegó a amenazarme con denunciarme a la policía. Aturdido y dolido, me alejé sin saber qué pensar, recordando las palabras de mi madre, tan llenas de experiencia y sabiduría práctica. En ese momento se me acercó una chica que me abordó:

-¿Buscas a la Luli? –la había llamado Luli, como yo le decía cuando éramos unos críos-. Yo sé quién eres. Ella me ha hablado de ti cientos de veces, de lo que os queréis, de vuestra vida en el campo, de que eres su novio… bueno, lo eras… Mira, mejor me callo. Dame tu dirección y yo se la paso sin que se entere la madre, que es un mal bicho –me dijo.

Aquella muchacha me había abierto una cierta esperanza, al tiempo que había sembrado miles de nuevas dudas. ¿Qué había querido decir? Nunca había sido el novio de Luli, a pesar de lo que la quería, pero cuando la muchacha insinuó que ya no lo era, me apagó la alegría previa. ¿Qué estaba pasando? Los días siguientes fueron un infierno, lleno de dudas. Tan pronto como acababa el trabajo, me iba directamente a casa, a ver si había alguna novedad, una carta, un recado, una visita… Un sábado, apenas terminada la solitaria comida, llamaron a la puerta. El corazón se me salía por la boca, pues intuía que era ella. Abrí y allí estaba.

Entró y me abrazó. Sentí su abrazo, su cuerpo cálido, sus pechos contra el mío, sus lágrimas en mi cuello. Nos besamos y nos miramos con gula contenida. Estaba bellísima, una gran mujer, hecha y derecha, como me había dicho mi madre.

-¿Cómo estás? ¡Qué alto eres!

-¿Me has echado de menos? ¿Por qué tu madre no quiere que te vea? ¿Qué pasa?

-¿Dónde trabajas? ¿Te vas a quedar en Barcelona o te vuelves al pueblo?

-Dime una cosa, ¿me quieres todavía?

(Cortijada de los treinta olivos, óleo de Evaristo Guerra)

Las preguntas se precipitaban después de seis años de ausencia y no nos dábamos tiempo para responderlas. Yo me sentía muy feliz y de cuando en cuando la volvía a abrazar y besaba su boca, ofrecida sin el menor pudor, como cuando éramos inocentes en nuestra lejana niñez.

Úrsula me tomó de la mano y tiró de mí hacia el dormitorio.

-Ven.

-Pero…

-Cállate y ven –me respondió, decididamente, mientras empezaba a desnudarse. Yo me quedé aturdido y vacilante-. ¿Es que no te vas a desnudar? –me preguntó con malicia-. No es la primera vez que nos vemos, aunque ahora ya sé que es distinto.

Nos amamos con la naturalidad de aquella niñez perdida y, a la vez, con una apasionada ferocidad de adultos. Me sentía feliz como nunca, pero cuando la noche estaba cayendo sobre la ciudad, se levantó, se vistió y me explicó:

-Mira… es la última vez que nos vemos. Estoy embarazada de un hombre al que no quiero, pero que me va a permitir una sola cosa en la vida: la seguridad de que nunca me colgaré de una cuerda empujada por la miseria… como hizo mi abuela.  Me caso con él en unas semanas. Siempre te he querido a ti y eso no lo cambiará nada ni nadie, pero has estado seis años, los más largos y difíciles de mi vida, sin aparecer… ¡No te imaginas cuánto he echado en falta una carta, una simple postal, una pista que me hiciera comprender que aún me querías! Y apareces ahora, apenas unas semanas antes de la boda, una boda que sólo es un apaño… Es buen muchacho y sé que le tengo aprecio, pero no podré quererlo de verdad nunca. Bueno, ya está dicho todo. No debes ponérmelo difícil, por favor… y no me juzgues… -me puso un dedo en los labios para impedirme hablar, se limpió las lágrimas y salió precipitadamente de mi casa… y de mi vida.

Supe de su boda, de los nacimientos de su hijas, de los negocios del marido, que había amasado una inmensa fortuna urbanizando media Barcelona… incluso coincidimos en bodas de otros emigrados de nuestra zona y nos saludamos circunstancialmente, con toda la formalidad que la situación requería, aunque nos decíamos más con las miradas que con las palabras, tan secas y oficiales. Y fuimos gastando nuestras vidas, cada uno por su sitio, cada uno en su propia deriva… hasta que volvió a visitarme hace unos meses.

Ahora era una mujer de sesenta años, vestida de luto, y su belleza se había ido apagando con los achaques. Nos abrazamos y ambos comprendimos que algo muy nuestro volvía a surgir tras cuarenta años. Pasado un instante de sorpresa, me hizo una extraña pregunta:

-¿Me dejas que use tu cuarto de baño?

-Por supuesto…

-Ven, quiero que me veas –me interrumpió tirando de mi mano.

Ante el espejo, se fue quitando el imperceptible maquillaje que llevaba, algunas joyas y la ropa, que fue ordenando cuidadosamente en mi armario.

-Quiero que me veas tal como soy en casa, como si lleváramos estos cuarenta años viviendo juntos, que es lo que teníamos que haber hecho. Que conozcas cada detalle de mí, hasta en lo más íntimo. Es una forma más de ser tuya.

Tiró de mí, una vez más, y nos metimos en la cama. Sentí su cuerpo desnudo, ya ajado, y su abrazo, lleno de calor y ternura. Casi no me movía, no fuera a romperse la magia del momento, pero ella, como si adivinara mi pensamiento, me dijo:

-A partir de ahora, vamos a dormir juntos siempre. Necesito cobrarme los miles de abrazos que me debes. Tú puedes cobrarte lo que te debo, que aquí me tienes… -me susurraba dulcemente-. Nos deberíamos casar. Mis hijas no querrán, pero me da igual. Ya he perdido toda mi vida sin ti y ahora quiero recuperar esa felicidad que tenía que haber sido nuestra. ¿Sabes? Estoy muy enferma y en poco tiempo seré como un vegetal. Quiero que no me falte tu abrazo, que seas lo último que mi conciencia perciba, pues a fin de cuentas, no he querido a nadie más que a ti, toda mi vida. Si hace falta, nos casamos  sin que mis hijas lo sepan. A fin de cuentas, lo he sacrificado todo por conseguir un bienestar que ahora disfrutan ellas. Ahora que soy viuda, lo que queda de mi vida es para mí, o sea, para nosotros dos, ¿o es que me vas a dar calabazas?

Naturalmente, acepté, feliz e ilusionado como un crío, y me casé con ella, sin dar demasiadas explicaciones a sus hijas y yernos, que creyeron ver en mí un depredador de sus herencias. Desde entonces, Úrsula y yo apuramos cada minuto de cada día, pues es mucho el tiempo perdido y poco el tiempo disponible para disfrutar nuestra felicidad. La abrazo cada día, cada siesta, cada noche… Siento su gastado desnudo junto al mío, sus abrazos, sus besos y creo recuperar el aire feliz de la cortijada, cuando vivir era tan simple como el juego inocente de dos niños que se han querido siempre, desde el primer día de sus vidas.

Alberto Granados

La cuota de la muerte

Nicolás hace cola en la oficina de la Caja de Ahorros. Hoy ha venido, como todos los meses, a poner la cartilla al día, a sacar algo de dinero y a pagar la cuota de su póliza del seguro de defunción. Hace ya un montón de años, su mujer, la Lola, lo convenció y empezaron a pagar un seguro de entierro, y anda que Manolo Monte no se dio prisa en atendernos, que fue a buscarnos a la casa y todo… “La Previsora”, se llamaba la compañía de seguros, que después fue absorbida por otra empresa más potente y nos subieron la cuota, si casi creímos que no íbamos a poder… eso sí, la nueva póliza les ofrecía, además del entierro gratuito de los tres miembros de la familia, un fondo de pensiones, una pequeña herencia para su hija, que no es que fuera una fortuna, pero que tampoco estaba mal… Eso quedó claro cuando la pobre Lola se me murió, un buen entierro y sin pagar ni un duro, que me pareció mentira, que es que los entierros no los regalan, que salen por un pico… Parece que no hubieran pasado dos días y llevamos pagando… tú verás, eso fue en el pueblo, antes de venirnos para Barcelona…

Recuerda las fatigas del principio, cuando vivían en una casa que se caía a pedazos, en las afueras, sin agua corriente, ni cuarto de baño… tan cerca de Barcelona, y a la vez tan lejos, que por entonces aquello aún era algo distinto a la propia ciudad, puro suburbio de aluvión que agrupaba inmigrantes de la España pobre, y había que coger autobuses para ir a cualquier sitio. En esa época –recuerda Nicolás- apenas había bloques de pisos y las huertas rodeaban las casas aún. Hoy, en cambio, todo está convertido en una apretada masa de edificios, polígonos industriales y carreteras y no queda campo, ni animales, ni un pájaro, que sólo hay algo verde en los parques…

Lola echaba de menos su pueblo, sus olivos, las huertas de junto al  río, las fiestas de septiembre, su patio lleno de macetas… y no paraba de llorar. Yo creí que se me iba a morir de pena, que nos íbamos a tener que volver a la miseria y el paro. Sin embargo, su mujer se acomodó, se le pasó la tristeza y salieron adelante. Nicolás recuerda que empezó a trabajar en la construcción y la Lola se puso a servir, pero después entró en un taller de confección, y con los dos sueldos… Fue cuando mejor les fue en la vida, cuando empezaron a poder costearse algunas cosas, cuando se entramparon para comprar el primer piso, tan pequeño, pero tan acogedor… Después vino el cochecillo, de segunda mano, pero peleón, que buenos trotes le dimos para ir al mar a que la nena se espabilara… eso sí: siempre, siempre, siempre, pagaron la cuota del seguro de defunción, que ella lo decía cada dos por tres: “Por encima de todo, hay que seguir pagando la muerte, que con esas cosas no se juega. Supón que uno de los dos muere y enterrarlo cuesta un dineral. Es que esas cosas, hay que tenerlas preparadas…” La pobre Lola era un lince, las veía venir de momento…

La cola avanza lentamente y Nicolás saluda de cuando en cuando a algún otro jubilado o vecino. Le gusta comprobar que está asentado, que ya es de aquí, que ya no es el charnego ignorante recién llegado de Andalucía hace cincuenta años, al que todos miraban con displicencia. Ahora, todo el mundo lo conoce y lo saluda con respeto, ya nadie lo considera un extraño. Mira el reloj, en realidad por pura costumbre, que no tiene prisa: a fin de cuentas, está solo todo el día, sin nada que hacer. Sólo cuatro compras y ordenar algunas cosillas de la casa, para que su hija no pueda decirle que es un zángano. ¡Digo! ¡Yo, un zángano! Si me salieron los dientes trabajando… Me va a decir a mí la niña que soy un parásito… Nunca soporté a los señoritos de mi pueblo. Me acuerdo de don Manuel “Mosquetón”, leyendo el ABC detrás de la ventana, todo el día en pijama y batín de seda, hasta que por la tarde se arreglaba y se iba al casino a jugarse las fincas que había heredado sin ningún esfuerzo… Yo lo aborrecía, que eso sí que era un parásito… y no yo, que he estado en el tajo toda mi vida…

Nada más recordar la última bronca con su hija y se le altera el pulso. Parece que le falta la respiración y se va a marear. ¡Cómo ha cambiado mi hija! La Lola y yo siempre pensamos que era un poco retrasada, que mismamente por eso ampliamos la póliza de la muerte, para que le quedara algo cuando le faltáramos, pero anda que no se ha espabilado…

Nicolás se repone lentamente del sofoco y piensa en cómo la vida va dando sorpresas inexplicables. Primero, el cáncer de la Lola. Cuatro días y a la tumba, un buen nicho pagado por la compañía y toda la soledad del mundo para él, que la hija cambió como de la noche al día y empezó a volver tarde y a comportarse como un pendón. Si es que estas cosas las arreglaba la Lola, que entre mujeres se apañan mejor, pero mi hija a mí es que ni me mira, ni me guarda el respeto, ni yo sé hablar con ella de estas cosas, que a ver, ¿qué le puedo decir, si tiene cuarenta y cuatro años…? Soltera, pero a esa edad… y que esto no es el pueblo, que es como si fuera la mismísima Barcelona…

Le duelen los pies y se sale de la cola para sentarse. Mira a una señora, de la edad aproximada de su hija, pero ésta tiene mucha más clase. Se ve que ha nacido en la ciudad, que eso se nota. Si lo notábamos nosotros cuando llevábamos aquí sólo una temporada y bajábamos al pueblo, que ya parecíamos otros cuando nos comparábamos con los de allí, que apenas habían viajado… Observa lo bien vestida que va, el aire de distinción y lo compara con la manera de vestir tan ordinaria de su hija, que es que parece que va provocando a los tíos, con esos escotes y ese culo apretado, que ni tan tonta como antes ni tan pendón como ahora… que digo yo que un término medio, ¿no? Y la culpa la tiene el Tomás ese, que es que es un chulo. Eso está claro. Y mi hija, la muy cándida, cree que va a sacar algo con ese tío. ¡Anda, que sabe lo que se hace! Ese es un mal bicho, que le está metiendo una manera de ser que nunca fue la suya y que me la va a hacer bailar de coronilla…

Nicolás se indigna y echa de menos a la Lola. Le gustaría compartir sus preocupaciones con ella, pero su Lola se murió y ahora, todo el día solo, que mi hija se va a las siete de la mañana al trabajo y vuelve a las doce de la noche, la noche que vuelve, cuando no llama para decirme que se queda a dormir en casa de una amiga. ¡Una amiga! Ni que yo me hubiera caído de un guindo. Nicolás piensa en el comportamiento de su hija. Nunca ha podido aceptar esas cosas, ni en un hombre ni en una mujer, que eso da igual. El que se compromete, se compromete, que hay cosas que hay que pensarlas bien, que son para siempre. Y la niña, cuando ya nadie podía esperarlo, con más de treinta y cinco años me ha sacado los pies del plato… Mi padre ya se lo explicaba a mi hermana, con unos guantazos de por medio, para que se fuera enterando bien, hace ya… ni se sabe cuántos años: “Mari, que te enteres: llevo toda la vida guardando tres fanegas de melones y jamás me han robado uno, y tú, que no tienes que guardar nada más que un trozo así de grande (y mi padre enseñaba la palma de su mano curvada, torcida como si se acoplara al sexo de una mujer) vas y te lo dejas robar por el primero que te haga cuatro cucamonas…¡Si es que sois tontas!”. Los recuerdos de hace casi sesenta años afloran a su mente. Nicolás los revive con una asombrosa nitidez, como si fueran cosas de hace unos días. Ya ves, mi padre, mi hermana Mari… todos muertos y yo… yo hecho un muerto en pie, que para la vida que llevo bien me podía tocar ya, total si el entierro, que es lo más caro, está pagado con la póliza de la muerte…, pero no, que me toca bregar con esta mala hija que no me quiere… que me va a amargar los últimos años…

Nicolás se enjuga una lágrima que le está saliendo, tal vez por los  recuerdos o tal vez por la soledad. ¡Qué difícil es tragarse  estas nuevas formas de ser de la gente nueva! ¡A los ochenta años ya no se pueden aceptar las cosas de una hija… así… vamos, ¡así de pendón, que es que no tiene otro nombre!

Debe de haberse dormido, pues una señora vagamente conocida le sacude el hombro y le dice que es su turno. Aturdido, da las gracias y le da la cartilla al empleado.

-Me da usted setenta y cinco euros, si me hace el favor.

Es la cantidad que él deja para sus gastos: algún café, un paquete de Ducados para fumarse un único cigarrillo al día, después de la siesta, alguna cerveza cuando sale y la próstata lo obliga a entrar a un bar para ir al aseo… El resto, lo va sacando la hija cuando hace falta para los gastos de la casa, que decidieron pagarlos a medias, aunque la parte de ella casi nunca aparece…

-Y ahora me cobra la cuota de la muerte.

Hay un cierto gesto extraño en el empleado, que titubea tras mirar la pantalla del ordenador, y, finalmente, le dice que no hay ninguna cuota pendiente, que la hija canceló la póliza hace unos días y retiró el fondo, casi siete millones de las antiguas pesetas. Nicolás siente que se está poniendo blanco, que se va a caer, pero aún se aferra a la posibilidad de que el ordenador se haya equivocado, de que haya otro Nicolás Gómez Pérez, de que sea incluso una broma del empleado…

Unos minutos después. el director lo pasa al despacho y le ofrece un botellín de agua mineral. Se lo explica. No hay error. La hija, como beneficiaria de la póliza, ha traído los papeles debidamente firmados por él.

-¿Yo? ¿Con mi firma? No puede ser.

El director saca el dossier pertinente y le muestra el finiquito. Es su firma, no le cabe duda. Nicolás empieza a darse cuenta de que su propia hija, aprovechándose de que tiene autorizada la firma, se ha llevado el dinero y lo ha dejado sin entierro. Claro ella sabe que nunca me fijo en lo que firmo y ahora, la niña y el sinvergüenza de ese novio, se han quedado con la pasta y yo me quedo sin entierro. Nota un sudor frío, se ve en el metacrilato de la pared, como si fuera un espejo. Está pálido, como para morirme, y ese apretón en la nuca, como si la sangre no me circulara bien, ¡qué malo me estoy poniendo!

***

Nicolás se siente muy débil y abre lentamente los ojos. Se encuentra en un hospital y ve a su hija hablando por un móvil mientras mira por la ventana. A los pies de la cama está Tomás, dormido en un sillón, con la cabeza apoyada en la pared. Su hija está explicándole a alguien que su padre está muy grave, que ha sufrido un infarto cerebral, que ya veremos si sale de ésta… Nicolás decide cerrar los ojos y dejarse querer, hacerse el interesante, me gusta que se preocupe por mí, aunque sea así de mala y se haya quedado con el dinero de la póliza, ya verás, si era para ella, que no tenía que haberme engañado, pero este tío la habrá liado y como nunca fue muy espabilada, pues, ahí está, engañada… Y, bien mirado, a mí, ¿qué más me da? Me voy a morir, ¿no?, pues ya me enterrarán… ¡Anda y que se joda, la muy pendón! ¡Con el dineral que cuesta un entierro…! Pero que me haya engañado… Menos mal que esto no lo va a ver la Lola…

Alberto Granados

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