Alberto Granados

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La gratuidad de los libros de texto

Los políticos, a veces, adoptan medidas sociales que, incluso naciendo de las mejores intenciones, llevan, desde el primer momento, el estigma del conflicto, ya sea porque una determinada iniciativa surja sin el enfoque idóneo, ya sea porque la medida pase, interesadamente, a la palestra política y sirva de arma en la lucha electoral. Una de esas medidas, siempre rodeada de polémica, es la gratuidad de los libros de texto en los centros educativos, que se incardina en las medidas de protección a la familia, que en su momento (un momento dulce, en lo económico) supusieron un paquete modélico y avanzadísimo de prestaciones sociales.

Cuando la Consejería de educación implantó dicha medida, yo era secretario de un centro de Primaria y me eché las manos a la cabeza, pues incluso aceptando el calado social de dicha gratuidad, vi todo un futuro lleno de problemas. Partiré de la base de que la medida me parece una medida social muy importante: siendo la educación obligatoria hasta los dieciséis años, la administración autonómica andaluza, pionera en esto, ofrecía una cantidad para que los centros educativos administraran los llamados “cheques-libro”, nominales para cada niño o niña, por un importe prefijado de los libros, que no del material complementario (cuadernillos, atlas, diccionarios, mapas…) y necesario, a veces indispensable, para una enseñanza actualizada y moderna.

No era solamente gratuidad, sino una idea enormemente educativa desde el punto de vista de los valores: el libro tenía que durar cuatro años, para cuatro alumnos diferentes, y eso exigía un profundo respeto por lo público, una necesidad de fomentar el cuidado por “lo que es de todos”. Lo malo es que esos libros tenían que estar tan inmaculados que no se podían subrayar, ni esquematizar con notas al margen, ni completar con definiciones o datos, todo ello necesario para abordar las diferentes técnicas de estudio, que también deberían ir aprendiendo nuestros críos.

La medida ha supuesto también la desaparición de miles de pequeñas papelerías-librerías, que han echado el cierre porque se les ha matado la gallinita de los huevos de oro, el ingreso que les permitía sobrevivir el resto del año, pero eso, a fin de cuentas, era a base de ganar dinero con un artículo de primera necesidad, como es el material educativo de nuestros hijos.

Lo peor de la medida, es que, siendo necesaria, se abordó de una forma desenfocada, pues en muchos casos resulta innecesaria, pues son muchísimas las familias que pueden (y, en consecuencia, deberían) pagarse los dichosos libros de sus niños, tal y como ha venido pasando toda la vida. En estos casos, el ahorro equivale a un viaje recreativo, a unas noches de hoteles con encanto o cualquier otro capricho, que me parece perfecto, siempre que cada cual se lo pague de su peculio, en vez de con el ahorrito de los libros de los dos o tres vástagos. En cambio, hay familias que deberían percibir, no sólo el importe del lote de libros, sino también un vale de material para cuadernos, diccionarios, atlas y otros materiales que el cheque-libro no tiene en cuenta.

(Imagen de lazarza.net)

 

Otra pega: con el cheque-libro, los centros se ven verdaderamente limitados en su capacidad de implantar los libros según criterios pedagógicos, ya que se cae en las editoriales-oferta: te llega la editorial X y te ofrece el lote completo de libros por el precio del cheque, incluyendo hasta libros que no son suyos (normalmente, religión e inglés, que son más específicos). Lo que se llama aquí “hacer un mocho”. El centro se ve obligado a aceptar dichos libros, no siempre idóneos, por una simple cuestión de supervivencia económica, ya que euro que sobrepase el montante de  los cheques-libro, euro que abona el centro de los fondos de “gastos de funcionamiento”, situación que no se puede asumir, dado lo exiguo de las partidas presupuestarias.

Finalmente, considero que la medida es abiertamente injusta. No se puede tratar a todo el mundo de la misma forma y el cheque-libro no puede ser por la misma cuantía para un  hijo de un jornalero de la campiña sevillana, que para el de un rentista con una posición socio-económica desahogada.

Respecto a que la medida iba a ser germen de futuros problemas, ya tenemos a las AMPAs quejándose porque los centros piden cuadernillos de trabajo y otros materiales complementarios. He sido maestro de Primaria durante treinta y nueve años. Concretamente de lengua inglesa. Me pregunto (y les pregunto a estos padres y madres,) cómo quieren que se trabaje dicha área sin el pertinente cuadernillo de trabajo y un buen diccionario hecho con criterios didácticos; cómo se puede ver la geografía sin un buen atlas; cómo la lengua sin un buen diccionario, por qué se ha de prescindir de materiales complementarios, si luego las familias despliegan una cantidad de gastos estúpidos impensables (habría que ver el dineral de las primeras comuniones, por poner un ejemplo)… ¿Desean estos padres y madres desentenderse de la responsabilidad económica que conlleva la enseñanza obligatoria de dos o tres hijos o hijas y que la Junta corra con todos los gastos? Lo veo muy fuerte, muy falsamente  reivindicativo y muy poco social.

Y de nuevo volvemos a una percepción falsa de la escuela que últimamente está cundiendo, en buena medida por culpa de la propia Consejería (me duele especialmente por mi calidad de docente y de socialista). Se va más a la escuela como centro asistencial que como centro educativo. Importa mucho más el número de días de aula matinal, de comedor y de actividades (prestaciones sobre las que gravita la posibilidad de trabajar de los dos cónyuges) que sobre la calidad didáctica; la gratuidad absoluta, que las posibilidades educativas; la comodidad, sobre la posibilidad. Creo que hace falta un poco de rigor y que cada palo vaya aguantando su vela, en vez de colgárselas todas a la Consejería, especialmente, en tiempos de economía crítica. No puede consentirse que la medida se vuelva contra los centros, que es tanto como decir contra la propia Consejería, que ha desarrollado un ingente esfuerzo en materia educativa y asistencial. Hago una llamada a la cordura de todos.

Alberto Granados

Titulares de prensa

El diario local del Grupo Joly, Granada Hoy, en su edición de ayer lunes, insertaba una noticia en la que yo aparecía. El titular me pareció muy pensado, muy meditado, muy elaborado… para dar una imagen que en nada recoge la esencia de la noticia: que se había hecho un emocionado y sobrio homenaje a los jubilados de la Delegación de Educación durante el año 2009. Asistí al acto, presidido por el Consejero, Sr. Álvarez de la Chica, y por la Delegada, Sra. Gámez Tapias. Además, fui el encargado de decir unas palabras en nombre de los jubilados, de ahí mi extrañeza ante el titular, que literalmente dice así:

Los profesores reivindican más apoyo social en su adiós a las aulas

 

Tengo la sensación de revivir aquel programa de Lecciones de ética periodística que se incluía en Caiga Quien Caiga hace unos años. En este espacio, Juanjo de la Iglesia mostraba un titular sospechoso, analizaba lo que quería decir, comparaba el titular con lo informado, concluía que había un abierto deseo de manipular y finalmente proponía un nuevo titular aun más canalla. Digo esto porque en el acto predominó el aspecto de reconocimiento de un trabajo al que le hemos dedicado cuarenta años de media. Hubo muchas cosas, especialmente de autoafirmación y de afecto, de evocación y anecdotario. La reivindicación del titular fue sólo un punto, casi tangencial, del discurso global. El titular podría haberse puesto en positivo y decir algo así como: “Los docentes jubilados, satisfechos con su labor de décadas” o “Los docentes jubilados valoran la escuela que ellos mismos han creado” o tal vez “Acto de convivencia de los docentes jubilados”… Pero da la sensación de que la redacción del periódico Granada Hoy ha preferido “afear” el acto, aprovechando que en él intervino el Consejero.

 

Si lo quería hacer era eso, podría haber puesto un titular todavía más indigno y decir: “Los jubilados abuchean al Consejero”, cosa que no sucedió, pero hubiera dañado más la imagen, que parece ser el objetivo que ha primado. Toda una joya del rigor periodístico. Os adjunto el discurso, tal y como lo leí y así podéis opinar por vostros mismos.

A LOS COMPAÑEROS Y COMPAÑERAS JUBILADOS

Excelentísimo Sr. Consejero, Ilustrísima Señora Delegada Provincial, Responsables de los diversos servicios de la Delegación de Educación, queridos Compañeras y Compañeros de tantos años:

Permitidme que acepte la invitación que se me ha cursado por parte de la Sra. Delegada y sea yo quien sirva de portavoz vuestro, es decir, de los inspectores, docentes, orientadores y personal de administración y servicios, aquí presentes, todas y todos jubilados de la Delegación Provincial, a quienes hoy se nos ofrece este acto, cuya intención es reconocer la labor que hemos desarrollado durante tantos años al servicio de la escuela pública. Comprended que las necesidades organizativas de este evento requieren atribuirle aleatoriamente a alguien, en este caso a mí, una representatividad casual, ocasional, anecdótica, que yo he aceptado gustoso. Perdonadme la licencia, aceptadme momentáneamente como alguien que os representa y compartamos unas reflexiones y unos recuerdos.

Hace muchos años, casi en el jurásico de nuestra memoria, todos nos enfrentamos a nuestro primer destino profesional. En septiembre de 1970, un autobús de línea me dejó en un pueblo desconocido de la provincia de Jaén donde inicié mi carrera docente. Yo era un joven de 21 años, completamente atolondrado, se me notaba, creo que demasiado, el pelo de la dehesa, el aire de paleto irredento, y sentía algo muy parecido al miedo al asumir mis primeras responsabilidades profesionales.

Con ese considerable bagaje, fui a presentarme a mi director, que me recibió en un destartalado despacho lleno de papeles, con las fotos desvaídas de Franco y José Antonio en las paredes, junto a una purísima y alguna grieta, así como unos armarios desvencijados, una vieja y enorme máquina de escribir Olivetti… ¿Os suena?

 

 

Antes de acudir a mi destino, había pasado por la Delegación Provincial donde, mal que bien, sin ninguna soltura, creyendo ver en todo una agobiante e insalvable dificultad, había compulsado títulos, certificados de buena conducta y antituberculoso, informe favorable del párroco, del Jefe Local del Movimiento… todo ese papeleo con el que obtuve mi nombramiento que, como un talismán, ofrecido por los administrativos de entonces, me abría las puertas al primer empleo y me convertía en funcionario. Recuerdo a aquellos administrativos que nos miraban como los veteranos de la compañía ven llegar a una nueva leva de reclutas, con cara de displicente paciencia ante nuestra falta total de recursos, experiencia y conocimiento de los arcanos del procedimiento administrativo.

Como vosotros, llegué al pueblo, donde don José, del cuerpo de directores, me explicó que ya sabía de mi llegada por la inspección y que me estaba esperando. Me informó también de que tenía que ser serio y puntual en el trabajo y me dio una serie de indicaciones que yo trataba de recordar, como si me fuera la vida en ello, mientras el aturdimiento hacía presa en mí, y me ponía blanco, sudoroso, me mordía las uñas y creo que me decía a mí mismo eso de: “¡Madre mía! ¿Dónde me he metido yo?”.

Igual que os tocó hacer a vosotros, me acababa de meter, de lleno y sin salvavidas, en un mundo fascinante y contradictorio: la escuela pública, una realidad casi inasible que ha tratado de reflejar los cambios sociales y adaptarse a ellos. Toda una carrera de fondo, todo un reto permanente, al que hemos dedicado treinta o cuarenta años, intentando en todo momento que el vértigo de los avances no nos dejara fuera de juego, pues teníamos que estar al día y asumir que nuestros niños y niñas presentaban mayor capacidad de adaptación a lo nuevo y que el período de tiempo que separa a dos generaciones sociológicas se iba haciendo cada vez más fugaz.

La Educación ha sido durante todo este tiempo un espacio de reformas y cambios. Hemos sido Maestros de Enseñanza Primaria, Profesores de EGB y Maestros de Educación Primaria, o bien Profesores de Enseñanzas Medias en los tiempos del BUP y el COU, para pasar después a Profesores de Secundaria.

Hemos enseñado a un alumnado de hasta diez años, para subir con Villar Palasí hasta los catorce y después dejar el listón en doce, esos mismos límites que han ido marcando el inicio de los que habéis impartido las Enseñanzas Medias o Secundaria. Y los especialistas de Primaria, hemos llegado a asumir, justo en estos últimos cursos, a los niños y niñas de Infantil de hasta tres años, que nos veían ya más como al abuelo o abuela bonachones, que como a un maestro o maestra.

Hemos hecho programaciones por objetivos didácticos, por objetivos operativos, por conceptos-procedimientos-actitudes, y ahora toca entrarle a las competencias…

Hemos acumulado una larga y densa experiencia y cada uno de nosotros podría contar un anecdotario lleno de situaciones divertidas, tiernas, conflictivas, curiosas… Podríamos hablar de alumnos y alumnas que han representado la satisfacción, la frustración, la empatía, el acercamiento, la sorpresa… Hablar de momentos diversos, en definitiva, como todo lo que forma parte de algo vivo y la escuela es un ámbito en que lo que existe con generosa abundancia, sin lugar a dudas, es lo vivo, lo pletórico de futuro.

Tal vez sea el momento de plantearnos adónde nos ha llevado esta evolución, de hacer balance de nuestra peripecia profesional, de ver a qué le hemos dedicado tantos años de nuestras vidas y, finalmente, contestarnos una pregunta que todas y todos debemos hacernos antes o después: ¿Ha merecido la pena?

Pensemos que hemos contribuido al avance de nuestro país, a su integración en Europa, a la construcción de un país abierto, cosmopolita y moderno, que fomenta políticas igualitarias y trata de erradicar los modelos excluyentes.

Cuando llegamos a nuestro primer destino, encontramos una escuela franquista, la retratada por Sopeña en su regocijante libro “El florido pensil”. Entre todos, hemos construido una escuela mucho más democrática, unos centros en que las decisiones se toman en unos órganos colegiados donde están representados todos los estamentos del proceso escolar.

Encontramos una escuela de la que se retiraban pronto montones de niños, que pasaban a trabajar en algún negocio, como chico de los recados, ayudante o aprendiz y las niñas, a servir o cuidar niños ajenos, o trabajar de peluquera o dependienta desde los once o doce años. Nada regulaba la duración de la enseñanza, hoy generalizada desde los tres hasta los dieciséis años y con el horizonte de la escolarización del período 0-3 años, o, en el extremo opuesto, el enorme desarrollo de la Educación de Personas Adultas.

Aquella escuela seguía un modelo monolítico, al que el niño o niña tenía que adaptarse, ya que no ofrecía demasiadas posibilidades a las diferencias individuales. Eso quedó atrás y la escuela que hemos dejado al jubilarnos es absolutamente abierta y plural para nuestros alumnos y alumnas con necesidades educativas especiales, con diferentes religiones, etnias, procedencias sociales o expectativas vitales.

En aquella época, vagamente retratada en la popular serie televisiva “Cuéntame”, existía una red de centros incompleta y obsoleta, que se ha ido renovando y haciendo cada vez más amplia. También las dotaciones de material didáctico, de bibliotecas, de ordenadores han supuesto un avance gigantesco, así como el incremento de las plantillas de docentes, administrativos, especialistas y orientadores.

En definitiva, nos ha tocado desarrollar un cambio notable en la escuela pública, con todos sus fallos, pero con su innegable grandeza. Lo hemos hecho nosotros, quienes estamos aquí, personal de administración y servicios, inspectores y docentes, codo con codo con otros cientos de compañeros y compañeras que se han jubilado antes o que lo van a hacer en un futuro más o menos inmediato.

Os invito a volver a la pregunta de antes: ¿Ha merecido la pena? Pensemos que sin nosotros, no habría prosperado ninguna propuesta de cambio. Que hemos sido nosotros quienes, desde las decisiones tomadas en los Claustros, hemos ido implantando los distintos programas de la escuela de hoy. Supongo que nuestra participación ha sido decisiva y que todo cuanto hemos hecho, no sólo ha merecido la pena, sino que debemos sentirnos orgullosos de haber protagonizado semejante proceso.

Sin embargo, con frecuencia vemos cómo, después de tanto esfuerzo, la sociedad da muchas veces la espalda a la escuela para considerarla responsable de cuantos desgarros resquebrajan los valores básicos de una convivencia democrática e igualitaria. Parece que hay que buscar un responsable de la crisis de valores y que todos piensan en la escuela, como desencadenante de las mil contradicciones de nuestro mundo. ¿No lo veis muy triste?

En esta injusta situación, nos gustaría contar con el apoyo y el reconocimiento del cuerpo social y los medios de comunicación y que se buscara la raíz de cada problema en la propia sociedad convulsa que nos ha tocado vivir y no en la única institución que trabaja día a día durante un montón de años para solucionarlo. Que nuestro entorno nos identificara como parte de la solución y no como la raíz del problema. Que cambiara la tendencia y la gente percibiera la labor que se realiza en las aulas, que se reconociera nuestro trabajo, que se entienda el esfuerzo que nos ha supuesto el incorporar las tareas asistenciales y complementarias que han implementado el valor de la escuela pública, cada vez más compleja y completa. Que se comprenda que no podemos ser los únicos encargados de aderezar ese bálsamo de Fierabrás que encauce y reconduzca al buen camino a nuestros niños y jóvenes inmersos en una sociedad confusa y sin rumbo definido.

Nosotros hemos dejado el tajo, pero vienen otros y otras, con muchos años de trabajo por delante. Pasémosles el testigo sin complejos. A pesar de todos los escollos que hemos tenido que sortear, mi reflexión final es que, como en la canción, nunca el tiempo es perdido y que, pese a ser un grupo de jubilados, en realidad somos una parte, muy importante, de ese futuro que hemos sembrado tantos años en la sociedad. No somos agua pasada, ni fantasmas del ayer. Nuestra labor, esa impronta que hemos dejado en nuestro alumnado de tantos años, nos ha proyectado, inexorablemente, hacia el mañana.

Compañeras, compañeros, siempre con la escuela pública. Gracias.

Este fue el discurso, parcialmente recogido hoy en el suplemento de educación del diario local Ideal. Juzgad.

Alberto Granados

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