El diario local del Grupo Joly, Granada Hoy, en su edición de ayer lunes, insertaba una noticia en la que yo aparecía. El titular me pareció muy pensado, muy meditado, muy elaborado… para dar una imagen que en nada recoge la esencia de la noticia: que se había hecho un emocionado y sobrio homenaje a los jubilados de la Delegación de Educación durante el año 2009. Asistí al acto, presidido por el Consejero, Sr. Álvarez de la Chica, y por la Delegada, Sra. Gámez Tapias. Además, fui el encargado de decir unas palabras en nombre de los jubilados, de ahí mi extrañeza ante el titular, que literalmente dice así:
Los profesores reivindican más apoyo social en su adiós a las aulas
Tengo la sensación de revivir aquel programa de Lecciones de ética periodística que se incluía en Caiga Quien Caiga hace unos años. En este espacio, Juanjo de la Iglesia mostraba un titular sospechoso, analizaba lo que quería decir, comparaba el titular con lo informado, concluía que había un abierto deseo de manipular y finalmente proponía un nuevo titular aun más canalla. Digo esto porque en el acto predominó el aspecto de reconocimiento de un trabajo al que le hemos dedicado cuarenta años de media. Hubo muchas cosas, especialmente de autoafirmación y de afecto, de evocación y anecdotario. La reivindicación del titular fue sólo un punto, casi tangencial, del discurso global. El titular podría haberse puesto en positivo y decir algo así como: “Los docentes jubilados, satisfechos con su labor de décadas” o “Los docentes jubilados valoran la escuela que ellos mismos han creado” o tal vez “Acto de convivencia de los docentes jubilados”… Pero da la sensación de que la redacción del periódico Granada Hoy ha preferido “afear” el acto, aprovechando que en él intervino el Consejero.

Si lo quería hacer era eso, podría haber puesto un titular todavía más indigno y decir: “Los jubilados abuchean al Consejero”, cosa que no sucedió, pero hubiera dañado más la imagen, que parece ser el objetivo que ha primado. Toda una joya del rigor periodístico. Os adjunto el discurso, tal y como lo leí y así podéis opinar por vostros mismos.
A LOS COMPAÑEROS Y COMPAÑERAS JUBILADOS
Excelentísimo Sr. Consejero, Ilustrísima Señora Delegada Provincial, Responsables de los diversos servicios de la Delegación de Educación, queridos Compañeras y Compañeros de tantos años:
Permitidme que acepte la invitación que se me ha cursado por parte de la Sra. Delegada y sea yo quien sirva de portavoz vuestro, es decir, de los inspectores, docentes, orientadores y personal de administración y servicios, aquí presentes, todas y todos jubilados de la Delegación Provincial, a quienes hoy se nos ofrece este acto, cuya intención es reconocer la labor que hemos desarrollado durante tantos años al servicio de la escuela pública. Comprended que las necesidades organizativas de este evento requieren atribuirle aleatoriamente a alguien, en este caso a mí, una representatividad casual, ocasional, anecdótica, que yo he aceptado gustoso. Perdonadme la licencia, aceptadme momentáneamente como alguien que os representa y compartamos unas reflexiones y unos recuerdos.
Hace muchos años, casi en el jurásico de nuestra memoria, todos nos enfrentamos a nuestro primer destino profesional. En septiembre de 1970, un autobús de línea me dejó en un pueblo desconocido de la provincia de Jaén donde inicié mi carrera docente. Yo era un joven de 21 años, completamente atolondrado, se me notaba, creo que demasiado, el pelo de la dehesa, el aire de paleto irredento, y sentía algo muy parecido al miedo al asumir mis primeras responsabilidades profesionales.
Con ese considerable bagaje, fui a presentarme a mi director, que me recibió en un destartalado despacho lleno de papeles, con las fotos desvaídas de Franco y José Antonio en las paredes, junto a una purísima y alguna grieta, así como unos armarios desvencijados, una vieja y enorme máquina de escribir Olivetti… ¿Os suena?

Antes de acudir a mi destino, había pasado por la Delegación Provincial donde, mal que bien, sin ninguna soltura, creyendo ver en todo una agobiante e insalvable dificultad, había compulsado títulos, certificados de buena conducta y antituberculoso, informe favorable del párroco, del Jefe Local del Movimiento… todo ese papeleo con el que obtuve mi nombramiento que, como un talismán, ofrecido por los administrativos de entonces, me abría las puertas al primer empleo y me convertía en funcionario. Recuerdo a aquellos administrativos que nos miraban como los veteranos de la compañía ven llegar a una nueva leva de reclutas, con cara de displicente paciencia ante nuestra falta total de recursos, experiencia y conocimiento de los arcanos del procedimiento administrativo.
Como vosotros, llegué al pueblo, donde don José, del cuerpo de directores, me explicó que ya sabía de mi llegada por la inspección y que me estaba esperando. Me informó también de que tenía que ser serio y puntual en el trabajo y me dio una serie de indicaciones que yo trataba de recordar, como si me fuera la vida en ello, mientras el aturdimiento hacía presa en mí, y me ponía blanco, sudoroso, me mordía las uñas y creo que me decía a mí mismo eso de: “¡Madre mía! ¿Dónde me he metido yo?”.
Igual que os tocó hacer a vosotros, me acababa de meter, de lleno y sin salvavidas, en un mundo fascinante y contradictorio: la escuela pública, una realidad casi inasible que ha tratado de reflejar los cambios sociales y adaptarse a ellos. Toda una carrera de fondo, todo un reto permanente, al que hemos dedicado treinta o cuarenta años, intentando en todo momento que el vértigo de los avances no nos dejara fuera de juego, pues teníamos que estar al día y asumir que nuestros niños y niñas presentaban mayor capacidad de adaptación a lo nuevo y que el período de tiempo que separa a dos generaciones sociológicas se iba haciendo cada vez más fugaz.
La Educación ha sido durante todo este tiempo un espacio de reformas y cambios. Hemos sido Maestros de Enseñanza Primaria, Profesores de EGB y Maestros de Educación Primaria, o bien Profesores de Enseñanzas Medias en los tiempos del BUP y el COU, para pasar después a Profesores de Secundaria.
Hemos enseñado a un alumnado de hasta diez años, para subir con Villar Palasí hasta los catorce y después dejar el listón en doce, esos mismos límites que han ido marcando el inicio de los que habéis impartido las Enseñanzas Medias o Secundaria. Y los especialistas de Primaria, hemos llegado a asumir, justo en estos últimos cursos, a los niños y niñas de Infantil de hasta tres años, que nos veían ya más como al abuelo o abuela bonachones, que como a un maestro o maestra.
Hemos hecho programaciones por objetivos didácticos, por objetivos operativos, por conceptos-procedimientos-actitudes, y ahora toca entrarle a las competencias…
Hemos acumulado una larga y densa experiencia y cada uno de nosotros podría contar un anecdotario lleno de situaciones divertidas, tiernas, conflictivas, curiosas… Podríamos hablar de alumnos y alumnas que han representado la satisfacción, la frustración, la empatía, el acercamiento, la sorpresa… Hablar de momentos diversos, en definitiva, como todo lo que forma parte de algo vivo y la escuela es un ámbito en que lo que existe con generosa abundancia, sin lugar a dudas, es lo vivo, lo pletórico de futuro.
Tal vez sea el momento de plantearnos adónde nos ha llevado esta evolución, de hacer balance de nuestra peripecia profesional, de ver a qué le hemos dedicado tantos años de nuestras vidas y, finalmente, contestarnos una pregunta que todas y todos debemos hacernos antes o después: ¿Ha merecido la pena?
Pensemos que hemos contribuido al avance de nuestro país, a su integración en Europa, a la construcción de un país abierto, cosmopolita y moderno, que fomenta políticas igualitarias y trata de erradicar los modelos excluyentes.
Cuando llegamos a nuestro primer destino, encontramos una escuela franquista, la retratada por Sopeña en su regocijante libro “El florido pensil”. Entre todos, hemos construido una escuela mucho más democrática, unos centros en que las decisiones se toman en unos órganos colegiados donde están representados todos los estamentos del proceso escolar.
Encontramos una escuela de la que se retiraban pronto montones de niños, que pasaban a trabajar en algún negocio, como chico de los recados, ayudante o aprendiz y las niñas, a servir o cuidar niños ajenos, o trabajar de peluquera o dependienta desde los once o doce años. Nada regulaba la duración de la enseñanza, hoy generalizada desde los tres hasta los dieciséis años y con el horizonte de la escolarización del período 0-3 años, o, en el extremo opuesto, el enorme desarrollo de la Educación de Personas Adultas.
Aquella escuela seguía un modelo monolítico, al que el niño o niña tenía que adaptarse, ya que no ofrecía demasiadas posibilidades a las diferencias individuales. Eso quedó atrás y la escuela que hemos dejado al jubilarnos es absolutamente abierta y plural para nuestros alumnos y alumnas con necesidades educativas especiales, con diferentes religiones, etnias, procedencias sociales o expectativas vitales.
En aquella época, vagamente retratada en la popular serie televisiva “Cuéntame”, existía una red de centros incompleta y obsoleta, que se ha ido renovando y haciendo cada vez más amplia. También las dotaciones de material didáctico, de bibliotecas, de ordenadores han supuesto un avance gigantesco, así como el incremento de las plantillas de docentes, administrativos, especialistas y orientadores.
En definitiva, nos ha tocado desarrollar un cambio notable en la escuela pública, con todos sus fallos, pero con su innegable grandeza. Lo hemos hecho nosotros, quienes estamos aquí, personal de administración y servicios, inspectores y docentes, codo con codo con otros cientos de compañeros y compañeras que se han jubilado antes o que lo van a hacer en un futuro más o menos inmediato.
Os invito a volver a la pregunta de antes: ¿Ha merecido la pena? Pensemos que sin nosotros, no habría prosperado ninguna propuesta de cambio. Que hemos sido nosotros quienes, desde las decisiones tomadas en los Claustros, hemos ido implantando los distintos programas de la escuela de hoy. Supongo que nuestra participación ha sido decisiva y que todo cuanto hemos hecho, no sólo ha merecido la pena, sino que debemos sentirnos orgullosos de haber protagonizado semejante proceso.
Sin embargo, con frecuencia vemos cómo, después de tanto esfuerzo, la sociedad da muchas veces la espalda a la escuela para considerarla responsable de cuantos desgarros resquebrajan los valores básicos de una convivencia democrática e igualitaria. Parece que hay que buscar un responsable de la crisis de valores y que todos piensan en la escuela, como desencadenante de las mil contradicciones de nuestro mundo. ¿No lo veis muy triste?
En esta injusta situación, nos gustaría contar con el apoyo y el reconocimiento del cuerpo social y los medios de comunicación y que se buscara la raíz de cada problema en la propia sociedad convulsa que nos ha tocado vivir y no en la única institución que trabaja día a día durante un montón de años para solucionarlo. Que nuestro entorno nos identificara como parte de la solución y no como la raíz del problema. Que cambiara la tendencia y la gente percibiera la labor que se realiza en las aulas, que se reconociera nuestro trabajo, que se entienda el esfuerzo que nos ha supuesto el incorporar las tareas asistenciales y complementarias que han implementado el valor de la escuela pública, cada vez más compleja y completa. Que se comprenda que no podemos ser los únicos encargados de aderezar ese bálsamo de Fierabrás que encauce y reconduzca al buen camino a nuestros niños y jóvenes inmersos en una sociedad confusa y sin rumbo definido.
Nosotros hemos dejado el tajo, pero vienen otros y otras, con muchos años de trabajo por delante. Pasémosles el testigo sin complejos. A pesar de todos los escollos que hemos tenido que sortear, mi reflexión final es que, como en la canción, nunca el tiempo es perdido y que, pese a ser un grupo de jubilados, en realidad somos una parte, muy importante, de ese futuro que hemos sembrado tantos años en la sociedad. No somos agua pasada, ni fantasmas del ayer. Nuestra labor, esa impronta que hemos dejado en nuestro alumnado de tantos años, nos ha proyectado, inexorablemente, hacia el mañana.
Compañeras, compañeros, siempre con la escuela pública. Gracias.
Este fue el discurso, parcialmente recogido hoy en el suplemento de educación del diario local Ideal. Juzgad.
Alberto Granados