Chaves Nogales y sus relatos de “A sangre y fuego”
En el prólogo de su libro de relatos de 1937 “A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España” (Libros del Asteroide, Barcelona, 2011), el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, al comentar el desgarro de la guerra civil, afirma desde su exilio inglés: “Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”.
Desde ese punto de partida, el autor, que sabe que su postura ética se interpreta como desafección a ambos bandos, asume el riesgo de ser fusilable para unos y otros y pone tierra por medio, exiliándose primero a los alrededores de París y, más tarde, a Londres, donde muere en 1943, sólo unos días antes de que el régimen de Franco lo depure por masón. No quiso labrarse un futuro apostando por uno de los dos contendientes, así que quedó en tierra de nadie, como recoge en el mencionado y magistral prólogo, al hablar de las circunstancias de su destierro voluntario: “En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas”.
Chaves Nogales. Imagen tomada de abc punto es
Inexplicablemente, su obra periodística y narrativa pasa desapercibida en España durante décadas. Ahora reaparece este conjunto de nueve relatos –él los llama novelas-, en una edición preparada por María Isabel Cintas, la biógrafa del prosista sevillano (también acaba de publicarse la biografía del escritor). Éste explicaba así el origen de estos relatos: ”Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen”.
Se trata de una narrativa triste, resignada, llena de heridas interiores y destinada a mostrar todas las formas posibles de esa bajada a los infiernos que permite al ser humano matar, abusar, amenazar, sentir la estéril ferocidad del rencor, de la miseria moral, en una situación en que la crueldad parece estar justificada por la irracionalidad de una guerra.
En el primer relato, ¡Massacre, massacre!, un bombardeo nacional sobre Madrid causa muchos muertos y esa dolorosa circunstancia azuza a un grupo de milicianos que se autodenomina “Escuadrilla de la Venganza” a preparar una despiadada revancha:
“Por cada víctima de los aviones, cinco fusilamientos, diez si es preciso. En Madrid hay fascistas de sobra para que podamos cobrar en carne” –dice uno de los milicianos, ante el horror de Valero, un joven intelectual comunista, que sin aprobar los métodos de la Escuadrilla, tampoco desea señalarse haciendo patente su repulsión por la violencia innecesaria, no vaya ésta a ser considerada como desafección.
El cuento deja asomar por un momento a Rafael Alberti, a María Teresa León, a André Malraux, que deambulan por un Madrid fantasmagórico, ostentando privilegios muy diferentes a las condiciones de vida de los que, esos sí, se jugaban la vida en el frente por un ideal.
Asalto al cuartel de la Montaña, Madrid, 1936
En La gesta de los caballistas, la Andalucía feudal nos muestra a un marqués cacique que usa a sus leales (sus tres hijos, administrador, aperador, cura, manijero y los peones agradecidos) como una auténtica mesnada medieval para limpiar la sierra de rojos. Tras oír misa, todos se aprestan, junto a una tropilla de falangistas y una cabila de moros que están en camino, a represaliar los contornos. Pronto se verá una auténtica razzia de la que apenas quedarán supervivientes y en la que nadie queda libre de ser acusado de comunista, ni siquiera el hijo del cacique, que conoce demasiado bien al Maestrito, el jefe de la guerrilla republicana.
Y a lo lejos, una lucecita, el tercero de los nueve relatos, también transcurre en Madrid, ciudad donde nadie duerme por los disparos y cañonazos del frente. Un vigilante descubre señales hechas con una linterna y sigue la pista de toda una red de espías que descubren al enemigo los movimientos de las tropas republicanas. Hay que seguir el rastro hasta el mismo frente enemigo. En Madrid nadie parece estar a salvo de la traición, del espionaje para los facciosos, del deshonor y la vileza.
Resulta terrible el diálogo de dos de los personajes del La columna de Hierro, un grupo de la retaguardia republicana, formado por desertores e incontrolados que, en una huida hacia adelante, se convierten en la personificación de la crueldad arbitraria, la rapiña y el deshonor. Tomás, un joven socialista, y el tío Pepet, un viejo republicano que preside el consejo revolucionario, al verlos actuar, comentan:
-Sí, pero mientras estos bandidos puedan actuar impunemente, el pueblo nos hará a nosotros responsables. Si dejamos las manos libres a los criminales de la Columna de Hierro, la opinión se pondrá en contra nuestra. Ya lo estamos viendo. Los pueblos por donde pasan esos bandoleros se tornan fascistas. Esos canallas son los mejores propagandistas de Franco. Yo he visto a viejos republicanos demócratas auténticos renegar de la revolución y desear el triunfo del fascismo –replicó el tío Pepet.
-Es el horror de la guerra lo que provoca esas reacciones. ¿Crees tú que del otro lado no hay gentes de bien, conservadoras y católicas, a las que están convirtiendo en revolucionarias los asesinatos de los falangistas? Seis meses más de guerra y verías a los revolucionarios de hoy convertirse en reaccionarios, pero también dentro de medio año, si la guerra continúa, no le quedarán a Franco más que sus asesinos pagados…
Chaves Nogales, valiente en la denuncia de ambos bandos, habría de pagar con el olvido su atrevimiento.
El quinto relato, El tesoro de Briesca, nos muestra a un artista comisionado por la República para poner a salvo las riquezas artísticas en la zona que está a punto de caer en manos facciosas, se enfrenta con la incuria y la honradez de los republicanos. En su trabajo comprende la inmensa contradicción de una guerra a la que se han lanzado miles de leales a la República sin ninguna preparación, sin ninguna posibilidad estratégica de mantener el frente. Ve dos lenguajes, dos sistemas éticos, dos formas de vida antagónicos: la pasión republicana, que sólo conlleva entusiasmo y espantadas, y la frialdad militar del ejército profesional rebelde, que va a cazar como conejos a las desbandadas de milicianos. En medio, la nada, unos vestigios de la civilización, un legado artístico que sólo sirve para perpetuar un sistema social que ha dado lugar a la situación que él está viviendo.
La situación general de este relato (el comisionado para recuperar tesoros artísticos en pleno frente) fue utilizado y recreado por Muñoz Molina en el capítulo 31 de su últioma novela, “La noche de los tiempos”.
El sexto relato, Los guerreros marroquíes, nos habla de los engaños con que “los moros” son traídos a luchar a España, con su fanática crueldad, pero con un resto de gallardía.
Un gran relato, dramático como pocos, es el séptimo, llamado ¡Viva la muerte!, el grito de guerra que usan los falangistas. En él se nos muestra la cobardía y la falsedad con que un alto cargo del Movimiento, con la chaqueta blanca cuajada de medallas, reinventa unos hechos de guerra a los que reviste de épica, antes de afirmar:
-El hecho en sí poco importa. A la historia lo que le interesa es su sentido, la significación histórica que pueda tener, y esa no se la dan nunca los mismos protagonistas, sino los que inmediatamente después de ellos nos afanamos por interpretarlo.
Es decir, el lenguaje oficial puede convertir en gesta lo que en realidad se trata de una masacre en que se ha pasado por las armas a todo un pueblo para dar un castigo ejemplar.
Tanque republicano en el frente del Ebro, 1939. Imagen de fotoperiodismo.org
Bigornia, el penúltimo relato, se ocupa del personaje de tal nombre, un gigantón valiente, generoso y desprendido que empieza por participar en el asalto al cuartel de la Montaña y sigue llevando a cabo temerarias heroicidades sin darles la menor importancia.
El libro termina con Consejo obrero, relato en el que dos obreros sospechosos de fascistas se hacen anarquistas para evitar las más que seguras represalias. El recorrido de ambos, dispar como ellos mismos, convierte a uno en villano y al otro en héroe. En las circunstancias reflejadas en el libro, luchar por la libertad es una expresión dramáticamente ambigua y peligrosa.
Nueve relatos en que aparecen las muecas más terribles de la historia de España: cobardía y heroísmo, miedo, traición, deslealtad, olvido, delación, rapiña, locura colectiva… Chaves Nogales, que abandonó España asqueado por los dos bandos, lo resume magistralmente en esta frase de su inolvidable prólogo: “… yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo”.
El libro, además de un meritorio conjunto de relatos sobre la guerra civil es un tratado de sentido común, de ética, de inteligencia, valores tan necesarios en días como los presentes. Imprescindible.
Alberto Granados







