Alberto Granados

Archive for the tag “Las dos Españas”

…aparta de mí este cáliz

Estamos en los últimos días de una atípica campaña electoral: las encuestas dejan escasas dudas, aunque son sólo encuestas; los roles de ganador y perdedor parecen ya asignados desde hace  meses; la euforia y el pesimismo, en según qué bando, son indisimulables…

Queda claro que para mí se avecinan tiempos de silencio, aunque ya llevo muchos meses callado, tan callado que alguien ha llegado a preguntarme si estoy cayendo en la abierta desafección…

Goya: “Duelo a garrotazos”

Todo eso me ha hecho traer a los “cuaversos” de este miércoles un poema de de César Vallejo. Sé que unas elecciones generales, a pesar de la virulencia verbal, no tienen nada que ver con una guerra civil, como la que hizo brotar el poema del peruano, pero veo tanta amenaza en el futuro, tanto nubarrón negro en el horizonte, tanto  tiempo de humillación y silencio para mí, que no he podido evitar la asociación, aunque no me gusta el “guerracivilismo” como práctica política.

César Vallejo en 1929

¡CUÍDATE, ESPAÑA…!

¡Cuídate España de tu propia España

¡Cuídate de la hoz sin el martillo,

cuídate del martillo sin la hoz!

¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,

del verdugo a pesar suyo

y del indiferente a pesar suyo!

¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,

negárate tres veces,

y del que te negó, después, tres veces!

¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,

y de las tibias sin las calaveras!

¡Cuídate de los nuevos poderosos!

¡Cuídate del que come tus cadáveres,

del que devora muertos a tus vivos!

¡Cuídate del leal ciento por ciento!

¡Cuídate del cielo más acá del aire

y cuídate del aire más allá del cielo!

¡Cuídate de los que te aman!

¡Cuídate de tus héroes!

¡Cuídate de tus muertos!

¡Cuídate de la República!

¡Cuídate del futuro!…

César Vallejo, “España, aparta de mí este cáliz”, (1937)

Al menos, este poema 14 de este mínimo poemario es toda una prescripción a tener en cuenta.

Alberto Granados

Chaves Nogales y sus relatos de “A sangre y fuego”

En el prólogo de su libro de relatos de 1937 “A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España” (Libros del Asteroide, Barcelona, 2011), el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, al comentar el desgarro de la guerra civil, afirma desde su exilio inglés: “Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”.

Desde ese punto de partida, el autor, que sabe que su postura ética se interpreta como desafección a ambos bandos, asume el riesgo de ser fusilable para unos y otros y pone tierra por medio, exiliándose primero a los alrededores de París y, más tarde, a Londres, donde muere en 1943, sólo unos días antes de que el régimen de Franco lo depure por masón. No quiso labrarse un futuro apostando por uno de los dos contendientes, así que quedó en tierra de nadie, como recoge en el mencionado y magistral prólogo, al hablar de las circunstancias de su destierro voluntario: “En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas”.

Chaves Nogales. Imagen tomada de abc punto es

Inexplicablemente, su obra periodística y narrativa pasa desapercibida en España durante décadas. Ahora reaparece este conjunto de nueve relatos –él los llama novelas-, en una edición preparada por María Isabel Cintas, la biógrafa del prosista sevillano (también acaba de publicarse la biografía del escritor). Éste explicaba así el origen de estos relatos: ”Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen”.

Se trata de una narrativa triste, resignada, llena de heridas interiores y destinada a mostrar todas las formas posibles de esa bajada a los infiernos que permite al ser humano matar, abusar, amenazar, sentir la estéril ferocidad del rencor, de la miseria moral, en una situación en que  la crueldad parece estar justificada por la irracionalidad de una guerra.

En el primer relato, ¡Massacre, massacre!, un bombardeo nacional sobre Madrid causa muchos muertos y esa dolorosa circunstancia azuza a un grupo de milicianos que se autodenomina “Escuadrilla de la Venganza” a preparar una despiadada revancha:

“Por cada víctima de los aviones, cinco fusilamientos, diez si es preciso. En Madrid hay fascistas de sobra para que podamos cobrar en carne” –dice uno de los milicianos, ante el horror de Valero, un joven intelectual comunista, que sin aprobar los métodos de la Escuadrilla, tampoco desea señalarse haciendo patente su repulsión por la violencia innecesaria, no vaya ésta a ser considerada como desafección.

El cuento deja asomar por un momento a Rafael Alberti, a María Teresa León, a André Malraux, que deambulan por un Madrid fantasmagórico, ostentando privilegios muy diferentes a las condiciones de vida de los que, esos sí, se jugaban la vida en el frente por un ideal.

Asalto al cuartel de la Montaña, Madrid, 1936

En La gesta de los caballistas, la Andalucía feudal nos muestra a un marqués cacique que usa a sus leales (sus tres hijos, administrador, aperador, cura, manijero y los peones agradecidos) como una auténtica mesnada medieval para limpiar la sierra de rojos. Tras oír misa, todos se aprestan, junto a una tropilla de falangistas y una cabila de moros que están en camino, a represaliar los contornos. Pronto se verá una auténtica razzia de la que apenas quedarán supervivientes y en la que nadie queda libre de ser acusado de comunista, ni siquiera el hijo del cacique, que conoce demasiado bien al Maestrito, el jefe de la guerrilla republicana.

Y a lo lejos, una lucecita, el tercero de los nueve relatos, también transcurre en Madrid, ciudad donde nadie duerme por los disparos y cañonazos del frente. Un vigilante descubre señales hechas con una linterna y sigue la pista de toda una red de espías que descubren al enemigo los movimientos de las tropas republicanas. Hay que seguir  el rastro hasta el mismo frente enemigo. En Madrid nadie parece estar a salvo de la traición, del espionaje para los facciosos, del deshonor y la vileza.

Resulta terrible el diálogo de dos de los personajes del La columna de Hierro, un grupo de la retaguardia republicana, formado por desertores e incontrolados que, en una huida hacia adelante, se convierten en la personificación de la crueldad arbitraria, la rapiña y el deshonor. Tomás, un joven socialista, y el tío Pepet, un viejo republicano que preside el consejo revolucionario, al verlos actuar, comentan:

-Sí, pero mientras estos bandidos puedan actuar impunemente, el pueblo nos hará a nosotros responsables. Si dejamos las manos libres a los criminales de la Columna de Hierro, la opinión se pondrá en contra nuestra. Ya lo estamos viendo. Los pueblos por donde pasan esos bandoleros se tornan fascistas. Esos canallas son los mejores propagandistas de Franco. Yo he visto a viejos republicanos demócratas auténticos renegar de la revolución y desear el triunfo del fascismo –replicó el tío Pepet.

-Es el horror de la guerra lo que provoca esas reacciones. ¿Crees tú que del otro lado no hay gentes de bien, conservadoras y católicas, a las que están convirtiendo en revolucionarias los asesinatos de los falangistas? Seis meses más de guerra y verías a los revolucionarios de hoy convertirse en reaccionarios, pero también dentro de medio año, si la guerra continúa, no le quedarán a Franco más que sus asesinos pagados…

Chaves Nogales, valiente en la denuncia de ambos bandos, habría de pagar con el olvido su atrevimiento.

El quinto relato, El tesoro de Briesca, nos muestra a un artista comisionado por la República para poner a salvo las riquezas artísticas en la zona que está a punto de caer en manos facciosas, se enfrenta con la incuria y la honradez de los republicanos. En su trabajo comprende la inmensa contradicción de una guerra a la que se han lanzado miles de leales a la República sin ninguna preparación, sin ninguna posibilidad estratégica de mantener el frente. Ve dos lenguajes, dos sistemas éticos, dos formas de vida antagónicos: la pasión republicana, que sólo conlleva entusiasmo y espantadas, y la frialdad militar del ejército profesional rebelde, que va a cazar como conejos a las desbandadas de milicianos. En medio, la nada, unos vestigios de la civilización, un legado artístico que sólo sirve para perpetuar un sistema social que ha dado lugar a la situación que él está viviendo.

La situación general de este relato (el comisionado para recuperar tesoros artísticos en pleno frente) fue utilizado y recreado por Muñoz Molina en el capítulo 31 de su últioma novela, “La noche de los tiempos”.

El sexto relato, Los guerreros marroquíes, nos habla de los engaños con que “los moros” son traídos a luchar a España, con su fanática crueldad, pero con un resto de gallardía.

Un gran relato, dramático como pocos, es el séptimo, llamado ¡Viva la muerte!, el grito de guerra que usan los falangistas. En él se nos muestra la cobardía y la falsedad con que un alto cargo del Movimiento, con la chaqueta blanca cuajada de medallas, reinventa unos hechos de guerra a los que reviste de épica, antes de afirmar:

-El hecho en sí poco importa. A la historia lo que le interesa es su sentido, la significación histórica que pueda tener, y esa no se la dan nunca los mismos protagonistas, sino los que inmediatamente después de ellos nos afanamos por interpretarlo.

Es decir, el lenguaje oficial puede convertir en gesta lo que en realidad se trata de una masacre en que se ha pasado por las armas a todo un pueblo para dar un castigo ejemplar.

Tanque republicano en el frente del Ebro, 1939. Imagen de fotoperiodismo.org

Bigornia, el penúltimo relato, se ocupa del personaje de tal nombre, un gigantón valiente, generoso y desprendido que empieza por participar en el asalto al cuartel de la Montaña y sigue llevando a cabo temerarias heroicidades sin darles la menor importancia.

El libro termina con Consejo obrero, relato en el que dos obreros sospechosos de fascistas se hacen anarquistas para evitar las más que seguras represalias. El recorrido de ambos, dispar como ellos mismos, convierte a uno en villano y al otro en héroe. En las circunstancias reflejadas en el libro, luchar por la libertad es una expresión dramáticamente ambigua y peligrosa.

Nueve relatos en que aparecen las muecas más terribles de la historia de España: cobardía y heroísmo, miedo, traición, deslealtad, olvido, delación, rapiña, locura colectiva… Chaves Nogales, que abandonó España asqueado por los dos bandos, lo resume magistralmente en esta frase de su inolvidable prólogo: “…  yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo”.

El libro, además de un meritorio conjunto de relatos sobre la guerra civil es un tratado de sentido común, de ética, de inteligencia, valores tan necesarios en días como los presentes. Imprescindible.

Alberto Granados

De la persona al personaje: Visiones de Mariana de Pineda

¡Oh, qué día tan triste en Granada,

que a las piedras hacía llorar

al ver que Marianita se muere

en cadalso por no declarar!

(Canción popular)

Granada, ciudad bien cicatera en el halago a sus personajes públicos, se desborda en un culto casi idólatra hacia la figura de Mariana de Pineda.  Ha habido muchos personajes célebres en la ciudad, pero poco afán por perpetuar el recuerdo de sus logros: si acaso, una placa en una ignorada casa natal, una plaza o calle, una estatua a veces, pero siempre el olvido como telón de fondo. Por el contrario, la figura de Mariana de Pineda (tal vez junto a la de García Lorca) concita desde su propia época una absoluta aquiescencia, una empatía insoslayable, un auténtico culto al recuerdo de la mujer de carne y hueso, pero especialmente al mito en que ésta llegó a convertirse.

(Aleluyas de Mariana de Pineda. Texto de Antonina Rodrigo, imágenes de Gallo, 1981. “Depósito Legal Nº 565/96″)

Es indudable que la ciudad, históricamente escarmentada ante la injusticia, vivió la ejecución de Mariana Pineda como otro episodio más de arbitrario fatalismo, tan absurdo como la expulsión de judíos  y moriscos o los autos de fe en Plaza Nueva, y que bastó un cambio de la situación política para que las instituciones locales dedicaran mil afanes a preservar la memoria de la heroína, como indica Carlos Cambronero: “… la proclamaron heroína de la libertad, y con este título pasó a la historia, llenando un capítulo brillante entre las figuras españolas más representativas y apasionantes del siglo XIX. Su aventura voló en todas las métricas, anduvo en romances que circularon profusamente y rodó en coplas de ciego. Durante muchas generaciones, los niños, en los atardeceres, llenaron los aires de las plazas de toda España cantando a coro los romances y las coplas de Marianita (“Cosas de Antaño”, Revista Contemporánea, 1899, citado por Antonina Rodrigo en “Mariana de Pineda. La lucha de una mujer revolucionaria contra la tiranía absolutista”, Ed. La esfera de los libros, Madrid, 2005).

(Casa familiar de Mariana en la Carrera del Darro)

La biógrafa enumera una larga lista de recreaciones literarias, plásticas, musicales e incluso operísticas que se han basado en la figura de Mariana y en su indudable fuerza como leyenda a lo largo de los ciento ochenta años transcurridos desde su ejecución en el Campo del Triunfo el 26 de mayo de 1831, a la edad de 26 años.

Tanto la persona como los personajes literarios en ella basados aparecen en una ciudad enmarcada en pleno absolutismo de Fernando VII, una época de durísima represión realista que llena cárceles y patíbulos de liberales y masones. Los héroes de la Guerra de la Independencia se convierten repentinamente en traidores a Fernando VII, la Constitución de 1812 queda abolida y el trienio liberal termina violentamente con la nueva invasión francesa, los llamados “cien mil hijos de San Luis”, que el régimen realista trae para aplastar los avances liberales. El exilio, la clandestinidad, la masonería, la continua conspiración generan una odiosa legión de espías, infiltrados, delatores o Alcaldes del Crimen, como el sanguinario Ramón Pedrosa, el verdugo de Mariana de Pineda. Encarcelamientos y ejecuciones, a las que se llega en juicios de dudosa consistencia jurídica, son lamentablemente frecuentes en la Granada del momento: “Granada era una ciudad de 18.079 vecinos, con 65.169 almas. Una población un tanto recoleta, de acusado espíritu religioso, en la que se levantaban 23 parroquias, 3 monasterios y 16 conventos de frailes, 19 conventos de monjas, una importante colegiata y media docena de ermitas. Una población de contrastes, ya que al propio tiempo era extremadamente librepensadora y cuna de sociedades secretas desde el siglo XVIII, existiendo ya en 1772 dos logias masónicas –La Vigilante y La discreta- que unían estrechamente al elemento militar, canónigos de la catedral y destacados comerciantes” (Antonina Rodrigo, ob. cit., p.17).

(… por bordar la bandera de la libertad…)

Para entender el personaje histórico y, sobre todo, humano, es necesario recorrer las fuentes biográficas disponibles. La primera biografía (José de la Peña y Aguayo: “Vida y muerte de Dª Mariana Pineda”) se escribe en 1836, sólo cinco años después de la ejecución. Tiene la virtud y a la vez defecto de ser demasiado inmediata, demasiado parcial, ya que el biógrafo había sido amante de Mariana, con la que tuvo a su hija Luisa, lo que por un lado le permite dar detalles que de otro modo permanecerían ignorados, pero por otro lado le hace caer en cierta complacencia con la figura humana, de la que oculta aquello que podría dañar su perfil.

(Portada de la magnífica biografía)

Sobre la base de ésta y otras fuentes más breves de la época, la escritora granadina Antonina Rodrigo lleva varias décadas completando la biografía más documentada y contrastada de la heroína de la libertad, de tal modo que en la última edición, ya mencionada aquí, consigue un apasionante retrato del personaje histórico a la vez que aporta una ingente cantidad de material documental, transcrito y hasta fotografiado. Los documentos, citados parcialmente a lo largo de la biografía, aparecen recogidos después en todo un extenso Apéndice de impagable valor historiográfico. El rigor y la exhaustividad hacen de esta amenísima biografía una fuente imprescindible, a la que, inexcusablemente, hay que volver una y mil veces. La biógrafa, como Mariana, es mujer y plasma muchas claves de su comportamiento con un enfoque lleno de sutileza, algo que se les escapaba a los primeros que se ocuparon de la vida de la heroína. Además, su biografía cuenta con un distanciamiento de siglo y medio, por lo que corrige los errores de apasionada apreciación de la de Peña y Aguayo y dispone de todo un entramado documental perfectamente contrastable.

(“Mariana Pineda en capilla”, Juan Antonio Vera Calvo, 1862. El cuadro preside la Sala de Portavoces del Congreso de los Diputados)

En esencia, Mariana es una mujer que vive los primeros años del siglo del Nuevo Régimen, del Romanticismo y de los pronunciamientos políticos. Miembro de la baja nobleza granadina, nacida en 1804, hija habida fuera del matrimonio, sufre una niñez absolutamente inestable, pues la muerte de su padre y un pleito habido con la propia madre, hacen que crezca al amparo de distintos tutores, uno de los cuales hace desaparecer los caudales de la herencia. Se da la cruel paradoja de que la justicia, tan rápida en lo concerniente a su aniquilación, fue lentísima en la larga serie de causas para recuperar lo que le pertenecía.

(Antonina Rodrigo: biógrafa de mujeres comprometidas)

Casada con un militar mediocre a los quince, ya es viuda y madre de dos hijos a los dieciocho. Fervientemente religiosa, abraza la causa liberal aunque se discute el verdadero papel de Mariana en la lucha política. Mientras hay quien señala una absoluta implicación directa en la fracasada conspiración, otros señalan que se limitó a recibir en su casa a numerosos conspiradores y a hacer continuas visitas a los presos liberales, dos situaciones en las que intercambiaba correspondencia y consignas. También encargó a unas bordadoras albayzineras la bandera, no queda claro si destinada a ser el airón de la prevista revolución liberal o una simple enseña  masónica.

(Collar masónico exhibido en la Sala Histórica de la Casa Museo de Mariana de Pineda)

Sí está clara su determinante participación en la fuga, en 1828, del también militar, Fernando Álvarez de Sotomayor, primo suyo y amante, aunque este extremo no se ha podido documentar. Antonina Rodrigo señala que Mariana acudía casi a diario a la cárcel para visitar a su tío, el presbítero don Pedro García de la Serrana y a su primo Fernando, al que después ayudó a escapar disfrazado de fraile, lo que tal vez implicara su muerte tres años después: “Mariana despliega gran actividad. Su presencia allí estaba justificada y “diariamente” podía comunicar con los demás presos: don Pedro Fernández, don Martín Almela, Cecilio Moreno… procesados por liberales y estimados conspiradores contra el gobierno absolutista.” (Citado del Archivo Municipal de Granada).

Por su parte, Cristina Viñes, cita dos testimonios contradictorios respecto al grado de compromiso político de Mariana. Por un lado, Luis Cucalón, al referirse al desembarco del General Torrijos en Gibraltar para dirigir la trama conspiratoria, afirma: “Principal agente de este plan, hilo intermediario de los emigrados para sus amigos, fue nuestra Mariana, creándose con ella un compromiso de mayor escala, puesto que vino a ser la que recibía y daba la correspondencia”. Por el contrario, Luisa Sáenz de Viniegra, viuda de Torrijos, desmiente dicho protagonismo al afirmar: “Mi esposo no tuvo ninguna clase de correspondencia, ni la mandó para nadie por su conducto, ni estuvo jamás en Granada.” (Cristina Viñes Millet, “Mariana de Pineda y la memoria histórica”, en “Mariana de Pineda. Nuevas claves interpretativas”, editado por Aurelia Martín Casares y Manuel Martín García, Ed. Comares, Granada, 2008).

(Antonina Rodrigo: varias décadas perfeccionando, edición tras edición, su biografía de Mariana)

De un modo u otro, es sorprendida con la bandera y cae sobre ella todo el aplastante peso de una ley arbitraria e injusta, que la llevará a morir por garrote vil, en medio de un desgarrador clima de estupor en la ciudad, ya que nadie llegó a pensar jamás que la sentencia fuera a cumplirse: Ramón Pedrosa tuvo hasta el último momento la potestad de cambiar la pena capital por otra más leve, pero la negativa de Mariana a delatar a los demás miembros de la conspiración, la llevó al patíbulo.

Para completar la semblanza de esta atrayente mujer, hay que considerar que también se le señalan relaciones amorosas con otro militar, Casimiro Brodett, y con su ya mencionado primer biógrafo,  José de la Peña y Aguayo, de quien tuvo una hija el 8 de enero de 1829. Dadas las coordenadas de la mujer a principios del XIX, su biografía no coincide con la de una tranquila ama de casa de la burguesía granadina, sino más bien la sitúan como una persona excepcional,  muy avanzada en un tiempo y un mundo de hombres.

Este personaje histórico, con el transcurrir del tiempo, dio paso a varios personajes literarios, entre los cuales, los dos más sólidos son los retratados con distinto aire por los dramaturgos Federico García Lorca (“Mariana Pineda”, 1925) y José Martín Recuerda (“Las arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca”, 1970). Ambas obras teatrales son tan distintas que queda bien patente la diferencia de épocas, de coordenadas políticas y, sobre todo, de los objetivos de sus autores.

(Boceto de Salvador Dalí para el vestuario de Mariana)

Un García Lorca principiante en producción teatral (sólo había escrito antes “El maleficio de la mariposa”, en 1919, y “Los títeres de Cachiporra”, en 1922) se enfrenta en 1925 a su primera gran obra de teatro convencional y decide hacerlo desde un enfoque poético, renunciando al rigor documental y a la historicidad de los hechos, tal como demuestran una serie de ideas que recojo seguidamente.

Federico crea una Mariana envuelta en una protectora paz doméstica de la que forman parte su madre adoptiva (en el drama llamada Angustias, cuando en realidad se llamó Úrsula), sus hijos y Clavela, la vieja sirvienta. Este ambiente sólo se romperá en la tercera estampa, que transcurre en el beaterio de Santa María Egipciaca, convento donde se recluía a las prostitutas y, en aquellos tiempos turbulentos, a varias presas políticas. La calle donde estuvo aún mantiene en el nombre el vestigio de aquel estigma: la popular calle Recogidas.

Lorca desdobla al personaje de Fernando Álvarez de Sotomayor en dos: uno llamado Fernando, un joven de dieciocho años enamorado de Mariana, y don Pedro de Sotomayor, que es a quien ella ama.

En Federico, el tiempo escénico transcurre desde la fuga de don Pedro (la fuga real de Fernando Álvarez de Sotomayor fue el 26 de octubre de 1928), con que se abre la primera estampa, hasta el momento en que Mariana abandona el beaterio para entrar en capilla, es decir, el 23 de mayo de 1831, con que se cierra el drama. Es un tiempo dilatado que se dedica sólo al proceso interno de Mariana.

Ésta dice a Amparo y Lucía, las bellezas del Campillo, hermanas de Fernando, que tiene treinta años (“¡Ya pasé los treinta!”, Estampa primera), aunque murió antes de cumplir los veintisiete.

La bandera del drama lorquiano se borda en la propia casa de Mariana y no en la casa de las bordadoras, como documenta Peña y Aguayo.

Don Pedro cuenta su fuga en una carta que lee Fernando. Dice haber escapado de la torre de Santa Catalina, extremo este que no se corresponde con los hechos.

Al comienzo de la estampa segunda, Clavela canturrea romances y  los hijos de Mariana la acompañan. Sin embargo, la hija de Mariana y Peña Aguayo era un bebé de poco más de dos años cuando murió su madre, por lo que difícilmente podría saber de memoria los romances de la sirvienta…

Queda claro que Lorca decide distanciarse de la realidad histórica, que no le interesa, y dibujar un arquetipo dramático: la heroína romántica, apasionada y fiel hasta el martirio a sus principios y a su amor. Más creación literaria que recreación histórica o biográfica, como él mismo señala: “Pero me decía a mí mismo también que para crear este ente fabuloso [la figura de Mariana] era absolutamente necesario falsear la historia, y la historia es un hecho incontrovertible que no deja a la imaginación otro escape que el de vestirla de poesía en la palabra y de emoción en el silencio y en las cosas que lo rodean” (en el artículo “La nueva obra de García Lorca. El 10 de enero subirá a escena “Mariana Pineda”. El autor nos adelanta amplias referencias de su pieza”, incluido en el aparado “Entrevistas y declaraciones” de sus Obras Completas, Editorial Aguilar, p. 1617 y ss. Citado por Ignacio Martín Villena en la edición de Peña y Aguayo de 2003).

Lo poético se superpone al drama sociopolítico, reducido a las zozobras y temores por la suerte de don Pedro y por su propia suerte, conflicto limitado a un plano estrictamente personal, donde afloran auténticos hallazgos poéticos, como los que señalo sólo con voluntad de ejemplo.

Es una Mariana que viste de “amarillo claro, un amarillo de libro antiguo”, imagen impactante y muy lorquiana.

Su entorno le censura su implicación política, nada apropiada para su condición de mujer:

ANGUSTIAS: (Vaga)

                                     ¿Quién sabe?

Se le ha puesto la sonrisa casi blanca

como vieja flor abierta en un encaje.

Ella debe dejar esas intrigas.

¿Qué le importan las cosas de la calle?

Y si borda, que borde unos vestidos

Para su niña, cuando sea grande.

Que si el rey no es buen rey, que no lo sea;

Las mujeres no deben preocuparse.

(Estampa Primera, Escena I)

Mariana, expectante porque debe hacerle llegar un pasaporte al fugitivo, espera que llegue la noche con estos poéticos términos:

Hora redonda y oscura

que me pesa en las pestañas.

Dolor de viejo lucero

Detenido en mi garganta.

Ya debieran las estrellas

asomarse a mi ventana

y abrirse lentos los pasos

por la calle solitaria.

¡Con qué trabajo tan grande

deja la luz a Granada!

Se enreda entre los cipreses

o se esconde tras el agua.

¡Y esta noche que no llega!

¡Noche temida y soñada

que me hieres ya de lejos

con larguísimas espadas!

En definitiva, un drama muy al gusto de Federico, que confiesa haber quedado siempre fascinado por aquellos romances de Mariana que oía en su casa. Un delicado drama de tintes de un decadente lirismo, centrado más en la parte amorosa que en el conflicto político, cuya atrocidad queda soslayada.

(Estado actual del monumento erigido en la Plaza de la

Libertad, el lugar donde fue ejecutada)

Por el contrario la Mariana que configura José Martín Recuerda  en su “Las arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca” (1970), pasa toda la obra rodeada de un ambiente hostil en el que las monjas del beaterio apenas le hablan (sólo sor Encarnación se sincera un momento con ella y se declara también liberal), las prostitutas sienten cierta distancia hacia ella por su condición social de señora y entre las políticas hay celos y hasta acusaciones: Mariana es acusada de haber consentido relaciones con el propio Pedrosa, a lo que ella responde que sólo ha propiciado acercamientos para obtener información. La desubicación se ve aumentada con la lejanía de sus hijos y la incertidumbre sobre su propio futuro, pendiente de la sentencia que, a la postre, la condenará.

(Una de las escasas fotos que se conservan del Beaterio, derribado en los cincuenta)

La obra de Martín Recuerda lleva por subtítulo “Fiesta española en dos partes” y aparece en los estertores del franquismo. ¿A qué fiesta se refiere el autor? ¿Qué tiene de festivo un país como la España de aquellos años setenta o una obra de teatro que aborda un tema tan sangrante? No puede ser sino que el autor adelanta festivamente  la llegada inexorable de la libertad, por eso cuando se estrena (11 de febrero de 1977), recién muerto Franco y a las puertas de las primeras elecciones generales de la transición, la obra se convierte en una abanderada referencia de los nuevos tiempos, pues todo suena a nuevo, a ilusionada realidad política por estrenar.

La escenografía rompe con la convencional división de espacios escénicos público-actores, ya que todo el teatro, desde el vestíbulo, es una especie de zambra con cante y baile, de dimensión coral, y el personaje de Mariana, con ser el centro de la obra, no eclipsa la dimensión colectiva, que es el vector predominante.

Mariana, en efecto, es la protagonista, pero sin dejar de ser parte de un conjunto formado por unas monjas que reprimen por obligación; por unas arrecogías de la vida, incultas y excluidas por la injusticia y la miseria (una acotación las retrata así: “… arrecogías rebeldes, casi fanáticas, que viven entre la realidad y la locura, entre el terror y la contenida paciencia que dará fin a sus vidas”); por otras presas liberales y hasta una opositora carlista, con lo que se abarca así todo el arco político y el beaterio se convierte en un microcosmos que representa la propia pluralidad social de la época, impregnada de una sensación de desvalimiento general.

En Martín Recuerda toda la acción dramática transcurre dentro del beaterio, con la excepción de una breve salida a la tienda de modas de Lolilla la del Realejo, donde una dama desea adquirir un tafetán especial. La dama queda desenmascarada y resulta ser un policía, que investiga el origen del paño en que se ha bordado la bandera acusatoria.

Respecto al  tiempo escénico, todo el drama transcurre en las breves fechas que van desde que Mariana está esperando la sentencia hasta su ejecución, un período breve y compartido con las zozobras de las otras presas, planteamiento dramático muy distinto del lorquiano.

En esta obra, escrita y estrenada en unas coordenadas de exacerbada efervescencia política, los valores estéticos quedan supeditados al alegato contra todas las tiranías y las referencias al tema de las dos Españas machadianas es constante. La referencia más patente, aparece nada más iniciarse la representación, cuando los músicos y costureras cantan, coreando a Lolilla:

MÚSICOS Y COSTURERAS:

No hay triste destino,

españolito

que naces, tan solito

como las aguas del mar.

(“MARTÍN RECUERDA, José: “Las salvajes en Puente San Gil / Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca”, Ediciones Cátedra, 1983)

También asoman las críticas al sistema judicial y carcelario:

PAULA “LA MILITARA”: ¿Cómo las Audiencias guardan tanto los papeles de los pobres?

Las arrecogías, cada una con su propio problema, tienen en común el estar presas por motivos poco claros, por acusaciones poco concretas, sin juicios justos ni la más mínima garantía procesal, pues la Pragmática de Fernando VII permitía cosas muy parecidas a la legislación franquista de aquellos años, en que se suspendieron temporalmente los exiguos derechos cívicos a la menor contestación, al menor cuestionamiento, apelando al deber para con la patria. Bastaba con sospechas, chivatazos interesados, incluso el afán por deshacerse de una esposa incómoda, como el personaje de Paula “La Militara”, casada con Fermín Gavilán, un militar realista al que abandonó por sus ideas y que fue quien la denunció por masona.

Junto al malestar de esa inseguridad jurídica, llegan las dudas, las tentaciones de abjurar del ideal que las ha llevado a vivir el calvario del beaterio:

ANICETA “LA MADRID” [hablando con ROSA LA DEL POLICÍA]: Las ideas de libertad no liberan, sino condenan, como está ella [Mariana de Pineda], como estamos todas. (p. 157)

Más fiel a la realidad histórica, “Las arrecogías…” respeta la personalidad del hombre que comprometió a Mariana: Casimiro Brodett, un militar documentado en Antonina Rodrigo, con el que tal vez pasó una larga temporada en que nuestra heroína parece estar ausente en los registros censales de Granada.

Posiblemente, la clave exacta de esta obra se halle contenida en el largo diálogo entre Mariana y Pedrosa, los personajes contrapuestos, víctima y verdugo, las dos Españas. En ese fragmento se condensa el antagonismo irresoluble de los dos bandos. En él, tras las hipócritas cortesías e ironías previas, Mariana se convierte en acusadora del absolutismo con motivo de las manos mutiladas de Rosa “La Gitanica”, que Pedrosa supone ha sido quien ha bordado la bandera. Son las torturadas manos trabajadoras de una mujer marginada, las que se erigen en símbolo de la opresión de Fernando VII (o de Franco, en esa pirueta cronológica que es la obra) y de sus arbitrariedades. Son también las que definitivamente cierran la puerta de cualquier esperanza de salvación para Mariana, pues el alegato de la heroína no deja el más mínimo resquicio a la clemencia. También son esas manos las que introducen un elemento candente: el miedo, que en el alegato de Mariana amenaza al propio Pedrosa. He aquí una parte del diálogo (p. 195 y ss.):

RAMÓN PEDROSA: Ha venido a ti un súbdito del rey con la mayor de las prudencias.

MARIANA DE PINEDA: Y con la mayor de las prudencias intenté responder, pero a la vista de unos hechos asesinos, como son las manos de esta niña, no tengo más remedio que exaltarme. Claman los cielos. Pero entérate bien, Pedrosa; te he de llevar a declarar que esta bandera fue introducida en mi casa por tu misma policía. No tienes datos para atestiguar lo contrario.  Me lo dijiste. (Mirando hacia arriba, desafiante, a ROSA “LA DEL POLICÍA”)… Sí, Rosa, me lo dijo una noche que yo le abrí el dormitorio de mi casa y cerré después los postigos del balcón que tú veías cerrar. ¿Sabes por qué lo hice? Para salvar a los míos. Y por darle la libertad a los demás, no se puede condenar a nadie. Pero jamás este hombre puso las manos en mi cuerpo, jamás. Sólo ha sabido de mis desprecios porque llegué a descubrirlo sin que lograra nada mío.

RAMÓN PEDROSA: Tú estabas descubierta muchos años antes.

MARIANA DE PINEDA: Nunca negué mi amor por la libertad. Me casé con un hombre  que quiso ser libre. Fui la mujer de un campesino. En este pedazo de tela a medio bordar juraría que se concentran los ideales y sueños de más de media España, es la bandera liberadora. El sueño de muchos que esta niña ha pagado con sus manos.

RAMÓN PEDROSA: Y que tú pagarás con tu condena.

MARIANA DE PINEDA: Mucho cuidado con esa condena. Hablaré lo que tengo que hablar en la sala de la Audiencia.

RAMÓN PEDROSA: Hay quien puede juzgarte sin tu asistencia a la sala.

MARIANA DE PINEDA: No serás tú ni el rey. (Acercándosele con odio.) Piensa que alguno de estos soldados que te guardan, puede clavar el machete de su fusil en tu cuerpo. Piensa que estas mismas monjas pueden ser tus peores enemigas. Piensa que al dictar mi sentencia, pueden, en esos momentos, traspasarte el corazón. Ni tú ni el rey estáis seguros. Estáis enloqueciendo  de terror en esta época criminal. Tenéis enemigos por todas partes. Al salir por esta puerta, pueden asesinarte. Granada entera está conmigo y con estas arrecogías que no las dejáis defenderse en públicos juicios…

(Monumento a la heroína de la libertad en la popular “Plaza de la Mariana”

Una tercera visión dramática de Mariana Pineda, mucho más breve y de menos pretensiones, es el episodio de la serie televisiva “Paisaje con figuras”, que emitió TVE el 13 de diciembre de 1976. Se trata de un guión firmado por Antonio Gala en que, a partir del momento en que Mariana es conducida en mula por la calle Elvira, hacia el cadalso, una serie de saltos atrás nos muestra los principales datos de su biografía. El montaje, protagonizado por Blanca Estrada, no aporta nada nuevo: un episodio para media hora de emisión televisiva, que muestra varios aspectos de la biografía oficial, sin ninguna concepción especial, algo normal, si se tiene en cuenta que era un encargo de varios episodios para la televisión oficial y única de la época. Tal vez el único rasgo definitorio es el hecho de que la heroína llega al cadalso convencida de que los liberales jamás consentirán su sacrificio: “Me van a liberar” –es su última idea, el leit motiv de su último paseo.

(Un hermoso detalle: alguien puso a los pies de la estatua este ramo con los colores republicanos)

Mariana de Pineda suscita, ciento ochenta años después de su ejecución, reflexiones, homenajes, verbenas en su plaza granadina (tan próxima al injustificable monumento fascista a José Antonio Primo de Rivera), recreaciones literarias y artísticas, da nombre al hemiciclo del Parlamento Europeo… Da la sensación de que es una figura  incuestionable, de la que quedan miles de matices que ir adivinando, aún  muy viva en la memoria colectiva de los que amamos la libertad. A fin de cuentas, fue una mujer llena de facetas, algunas tan deslumbrantes como la recogida en la anécdota referida por Antonina Rodrigo: los oficiales de justicia intentaron que entregara todo lo que supusiera una posibilidad de suicidio al quedarse en capilla la última noche. Transigió en entregar traje y objetos personales (cintas, horquillas, etc.), pero al llegar a las ligas, respondió:”Eso no, jamás consentiré ir al patíbulo con las medias caídas”.

Genio y figura…

Alberto Granados

NOTA: En las imágenes aquí usadas se menciona siempre la autoría, excepto en las fotos propias. El material propiedad de Antonina Rodrigo ha sido usado aquí con su autorización expresa.

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