Cuaversos de bitácora: Mario Benedetti
Ayer, martes 14, se cumplieron noventa años del nacimiento de uno de esos escritores que ahondan en el espíritu de los demás con la facilidad del que estira una pierna o parpadea. Con la proximidad de las almas grandes y el desparpajo del que no le da importancia a llevar razón: Mario Benedetti.
No suelo repetir autores en esta modestísima sección, Antología, pero hago una excepción con Mario Benedetti, para celebrar el aniversario, por un lado, y por otro, para mostraros la vigencia de estos “Poemas de la oficina” (1956-59), que aunque fueron escritos hace casi cincuenta años, parecen hechos para reflejar la crisis que nos reconcome en nuestros días. Eso se llama ser imperecedero.
(Imagen tomada de ysinembargosemueve.net)
SUELDO
Aquella esperanza que cabía en un dedal,
aquella alta vereda junto al barro,
aquel ir y venir del sueño,
aquel horóscopo de un larguísimo viaje
y el larguísimo viaje con adioses y gente
y países de nieve y corazones
donde cada kilómetro es un cielo distinto,
aquella confianza desde nos cuándo,
aquel juramento hasta nos dónde,
aquella cruzado hacia nos qué,
ese aquel que uno hubiera podido ser
con otro ritmo y alguna lotería,
en fin, para decirlo de una vez por todas,
aquella esperanza que cabía en un dedal
evidentemente no cabe en este sobre
con sucios papeles de tantas manos sucias
que me pagan, el lógico, en cada veintinueve
por tener los libros rubricados al día
y dejar que la vida transcurra,
gotee simplemente
como un aceite rancio.
(Imagen tomada de abpress.net)
COSAS DE UNO
Yo digo ¿no?
esta mano
que escribe mil doscientos
y transporte
y Enero
y saldo en caja
que balancea el secante
y da vuelta la hoja
esta mano crispada en el apuro
porque se viene el plazo
y no hay tu tía
que suma cifras de otros
cheques de otros
que verdaderamente pertenece a otros
yo digo ¿no?
esta mano
¿qué carajo
tiene que ver conmigo?
(Imagen tomada de planetahaiku.com.ar)
KINDERGARTEN
Vino el patrón y nos dejó su niño
casi tres horas nos dejó su niño,
indefenso, sonriente, millonario,
un angelito gordo y sin palabras.
Lo sentamos allí, frente a la máquina
y él se puso a romper su patrimonio.
Como un experto desgarró la cinta
y le gustaron efes y paréntesis.
Nosotros, satisfechos como tías,
lo dejamos hacer. Después de todo,
sólo dice «papá». El año que viene
dirá estádespedido y noseaidiota.
Denuncia del cinismo, humor ácido, ternura a raudales… enorme, vasta, envidiable humanidad, la de este sencillísimo poeta, ya convertido en un clásico.
Alberto Granados



