Alberto Granados

Archive for the tag “Miguel Hernández”

Cuaversos de bitácora. El amor: sentimiento, pasión, literatura…

En la megafonía de la librería Nueva Gala sonaba ayer “Las flechas del amor”, de Karina (aunque hubiera podido oírse una sonata, una apasionada aria operística, toda una sinfonía doliente o cualquier otra balada de música ligera). Una clienta, el librero y yo hicimos comentarios y bromas. La señora dijo que su hijo adolescente no cree en el amor, que ya ha tenido experiencias y no se lo cree. Ginés asegura que ya encontrará la horma de su zapato. Yo me imagino al chico dentro de veinte años. Puede ser un hombre feliz o desgraciado, un padre de familia convencional o alguien destrozado por una “malquerencia”, un frívolo picaflor, un marido ejemplar… De lo que sí estoy seguro es de que, si es emocionalmente normal, no permanecerá indiferente a ese extraño impulso que lleva ocupando tantas horas en el espíritu del ser humano, generándole tantas satisfacciones junto a tanto sufrimiento y reflejándose en la creación artística de miles de formas.

Nadie es insensible a los dardos del diosecillo caprichoso que levanta pasiones torrenciales. Los poetas (¡ay, los poetas!) han tocado el tema miles de veces. Hoy os traigo dos poemas amorosos que me gustan mucho.

En primer lugar, Nicolás Guillén nos trae una visión de la pasión amorosa, ese impulso que nos hace sentirnos como piedras de horno:

Andrés Himsalam, “Pasión” (2008)

PIEDRA DE HORNO

La tarde abandonada gime deshecha en lluvia.
Del cielo caen recuerdos y entran por la ventana.
Duros suspiros rotos, quimeras lastimadas.
Lentamente va viniendo tu cuerpo.
Llegan tus manos en su órbita
de aguardiente de caña;
tus pies de lento azúcar quemados por la danza,
y tus muslos, tenazas del espasmo,
y tu boca, sustancia
comestible y tu cintura
de abierto caramelo.
Llegan tus brazos de oro, tus dientes sanguinarios;
de pronto entran tus ojos traicionados;
tu piel tendida, preparada
para la siesta:
tu olor a selva repentina; tu garganta
gritando –no sé, me lo imagino-, gimiendo
-no sé, me lo figuro-, quemándose- no sé, supongo,creo;
tu garganta profunda
retorciendo palabras prohibidas.
Un río de promesas
desciende de tu pelo,
se demora en tus senos,
cuaja al fin en un charco de melaza en tu vientre,
viola tu carne firme de nocturno secreto.
Carbón ardiente y piedra de horno
en esta tarde fría de lluvia y de silencio.

(Nicolás Guillén)

El segundo poema es de Miguel Hernández y ya ha aparecido aquí:

René Magite, “Los amantes”

SONETO FINAL

Por desplumar arcángeles glaciales,
la nevada lilial de esbeltos dientes
es condenada al llanto de las fuentes
y al desconsuelo de los manantiales.

Por difundir su alma en los metales,
por dar el fuego al hierro sus orientes,
al dolor de los yunques inclementes
lo arrastran los herreros torrenciales.

Al doloroso trato de la espina,
al fatal desaliento de la rosa
y a la acción corrosiva de la muerte

arrojado me veo, y tanta ruina
no es por otra desgracia ni otra cosa
que por quererte y sólo por quererte.

(Miguel Hernández)

Vuelvo a pensar en el chico de la señora que compraba libros. Lo veo en un futuro lleno de zozobras amorosas y de los momentos de felicidad. Es lo hermoso: esa ambigua dualidad que conlleva el sentimiento amoroso. Quien lo probó lo sabe.

Alberto Granados

Cuaversos de bitácora: Miguel Hernández

Estamos en el año de Miguel Hernández, al que seguramente terminaremos aborreciendo por ese empacho que producen los mil eventos preparados para la celebración-demolición del poeta (igual que sucedió con Lorca, Ayala o el Quijote). Siempre he pensado que Miguel Hernández era un poeta inmaduro al que le salían poemas “bonitos”, sin llegar a más, pero su leyenda nos lo convirtió en mito, y ahí anda: de centenario. Como todo el mundo lo conoce, básicamente, a través de Serrat, hoy huyo en estos cuaversos de los poemas siempre repetidos, y he elegido un simple soneto, formalmente muy bien construido que siempre me ha llamado la atención (lo de “el fatal desaliento de la rosa” es todo un hallazgo). Es este:

 

 

 

 “Por desplumar arcángeles glaciales,

la nevada lilial de esbeltos dientes

es condenada al llanto de las fuentes

y al desconsuelo de los manantiales.

Por difundir su alma en los metales,

por dar el fuego al hierro sus orientes,

al dolor de los yunques inclementes

lo arrastran los herreros torrenciales.

Al doloroso trato de la espina,

al fatal desaliento de la rosa

y a la acción corrosiva de la muerte

arrojado me veo, y tanta ruina

no es por otra desgracia ni otra cosa

que por quererte y sólo por quererte.”

(De “El rayo que no cesa”)

 

Un soneto lleno de acentos gongorinos y sabores del XVII.

Alberto Granados

Post Navigation

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 265 seguidores