Yerno
-La ración de boquerones adobados se está enfriando –piensa Juan al verlos languidecer en el plato, ya tiesos y apelmazados.
La verdad es que, salvo Migue, que no parece que la cosa vaya con él, nadie del grupo tiene muchas ganas de papear. Angustias, la madre, tiene un nudo en la garganta y los boquerones, siempre tan apetecibles para ella, ahora le producirían arcadas. Mira a su marido, buscando en sus ojos algo de ánimo, pero sólo ve el gesto de la más amarga de las derrotas: se trata de su niña, y eso para él…
Es muy duro ver que ya no existe la nena que se sentaba en sus rodillas hasta hace poco, que se ha hecho una mujer, que se ha dejado engatusar por semejante gilipollas, que se ha quedado embarazada a los diecisiete años y que, encima de todo, se cree que lo ha hecho dabuti, como dice ella. El yerno, por llamarlo de algún modo, tiene una pinta como para salir corriendo, de estos que te cruzas por el barrio y te echas la mano a la cartera, pues parece de los de pedir o de los de dar el palo. Juan lo mira con esos pelos, lleno de piercings, de tatuajes, con un saquito de lana gorda que huele a chotuno y esos pantalones que parecen salidos de Las mil y una noches y que no se han lavado desde ni se sabe cuándo. Lo piensa:
-Yo a este le metía cuatro hostias, lo hartaba de trabajar y me quedaba en la gloria, pero mi mujer me mata, que me lo ha dicho: que me aguante, que es nuestra hija, que no la podemos perder, que tenga mano izquierda… sí, sí, mucha mano izquierda, pero ya ha quedado claro: que no se van a casar, que para qué, que ellos lo que quieren es ser felices, ¡no te jode! Y la niña embobada, vamos, como si estuviera oyendo hablar a Dios… ¡Si es que no parece mi hija! ¡Si es que ya es otra chiquilla completamente distinta!
Migue, el yerno, que acaricia continuamente a un perrillo sospechoso de pulgas, lo explica, con un tuteo que a Angus y a Juan les ralla el alma:
-Si yo ya sé que no os gusto, pero como le gusto a vuestra hija, pues ya está. Y yo la quiero, ¿eh? Y eso sí, yo soy legal, pero legal que te cagas… que hay por ahí otros coleguitas míos, que si yo os contara… Pero, a lo que estamos: que la Aurora se viene a vivir conmigo.
Juan piensa en su hija metida en una casa llena de okupas, en la escasa intimidad, en la mínima higiene, en las inaceptables condiciones, en todo lo que va a ser la vida de su hija y de su futuro nieto y siente una opresión en el pecho. Hartarse de criar a un primor de chiquilla para esto…
-Pero… ¿y de qué vais a vivir? Si vais a tener un niño, digo yo que… -intenta protestar Angustias, ya al borde el llanto, antes de que Migue la interrumpa:
-Mira, con muy poco nos apañamos, que es que esta sociedad sólo piensa en el dinero y en comprar cosas que no sirven para nada. Miradme a mí, yo llevo viviendo a mi bola más de tres años… Vivo en una buena casa hasta que me echen y entonces me voy a otra; como, bebo y me fumo mi paquete de Fortuna y mis canutillos todos los días; los canutillos son pal buen rollito, ¿sabes?; por la tarde salgo a buscar en la basura de los supermercados y lleno la despensa sin que me cueste un euro, o me pongo a tocar la flauta y Aurora pasa la gorra… Para ir tirando sacamos. ¡Una vida tó wapa! ¿Qué más se puede pedir? ¿Trabajar para que me exploten como a un pringao? Eso no va conmigo, que la vida son cuatro días y luego te da un chungo y…
(Imagen tomada de adn.es)
Juan piensa que empezó a trabajar nada más terminar la EGB. Encofrador. Un oficio bien pagado pero bastante incómodo, que la espalda termina doliendo después de las primeras dos horas. Ni un solo día ha llegado tarde a la obra en veintisiete años. Se ha ganado el respeto de los compañeros, del constructor, del maestro de obras. Nadie puede decir que haya dejado una factura sin pagar en su vida y, a base de esfuerzo, ha conseguido tener un piso, unas tierras en el pueblo, unos días de veraneo en el apartamento de la playa… Y este imbécil le va a dar lecciones a él… ¿Que qué más se puede pedir? Pues está bien claro: decencia, respeto, vergüenza…
-… es que la gente no se da cuenta. Todo el mundo a comprarse un piso, a firmar una hipoteca, pero es que luego hay que amortiguarla y ahí la has cagao, que es toda la vida, coño… y yo, lo siento, yo no sirvo para eso, yo es que…
Juan vuelve a abstraerse y recuerda a Cecilio, su compañero del tajo de toda la vida, que siempre le decía de broma:
-Mi niña viene a casa con Moncho, a ver los partidos de fútbol, y el tío se me sienta allí a mi lado y me lleva la contraria en todo… y eso que estoy en mi casa. Anda, Juan, que cuando te llegue tu Aurorita con un Moncho que ponga los pies encima de la mesa y termine por partir el jamón en tu casa… ¿cómo te va a sentar? El mío se bebe las cervezas fresquitas del frigorífico y me deja las calentorras, el muy cabrón, y encima eructa, sin cortarse ni un pelo, ¿será cerdo?
Juan comprende que su Moncho particular, Migue, su yerno, ya ha llegado y nota que se le saltan las lágrimas. Mira a su hija, que a su vez mira, enteramente arrobada, a ese novio tan peculiar. La ve completamente feliz y entusiasmada con el futuro que le espera junto al chico. La madre intenta hablar con ella, pero la chica se blinda y saca las uñas:
-Pues yo no sé qué quieres, mamá, ¿qué me case de blanco con un tipo como mi padre? ¿Es que tú has sido más feliz de lo que yo voy a ser con el Migue? Pues yo no lo veo tan claro, que parece que ni os dirigís la palabra en todo el día… Y es mi vida, no la tuya, así que déjame.
Angustias se viene abajo y unas lágrimas asoman a sus ojos. Por lo visto no ha acertado en nada en la vida. Ni ha sabido educar a su díscola hija, ni parece que haya sabido hacer feliz a su marido, aunque ella creía que sí, que ambos eran felices… Juan tiene que abrazarla y darle ánimos. Siente por ella toda una ternura recién resucitada, por la belleza que ha ido desgastándose junto a él, por tanta vida compartida, trabajando codo con codo para salir adelante… Se ve a sí mismo hace veintidós años, durante el noviazgo con su Angus, lleno de deseo, de ternura, de urgencias. Recuerda las miradas cómplices, las sonrisas, las entregas clandestinas, los gestos y ritos comunes. Se da cuenta de que es lo mismo que acaba de ver en los ojos de su hija y en ese chico, que le cae tan mal. Piensa que Aurorita y Migue tienen por delante una vida llena de ilusiones, miles de caricias que hacerse, días y días de ternuras e ilusión. Tienen todo el futuro intacto.
Juan saca la cartera y abona la cuenta. Da un beso a su hija y, disimuladamente le mete en la mano dos billetes de cincuenta euros. La despide con una sonrisa y un momento después se vuelve:
-¡Eh! ¿Vendréis el domingo a comer a casa, no? Ya sabes cómo le sale a tu madre la paella…
Migue, el yerno, al ver que Aurorita asiente, con su más amplia sonrisa, llena de felicidad, dice en voz baja:
-¡Joder! Yo es que lo flipo…
Alberto Granados
