Alberto Granados

Archive for the tag “Padres e hijos”

Yerno

-La ración de boquerones adobados se está enfriando –piensa Juan al verlos languidecer en el plato, ya tiesos y apelmazados.

La verdad es que, salvo Migue, que no parece que la cosa vaya con él, nadie del grupo tiene muchas ganas de papear. Angustias, la madre, tiene un nudo en la garganta y los boquerones, siempre tan apetecibles para ella, ahora le producirían arcadas. Mira a su marido, buscando en sus ojos algo de ánimo, pero sólo ve el gesto de la más amarga de las derrotas: se trata de su niña, y eso para él…

Es muy duro ver que ya no existe la nena que se sentaba en sus rodillas hasta hace poco, que se ha hecho una mujer, que se ha dejado engatusar por semejante gilipollas, que se ha quedado embarazada a los diecisiete años y que, encima de todo, se cree que lo ha hecho dabuti, como dice ella. El yerno, por llamarlo de algún modo, tiene una pinta como para salir corriendo, de estos que te cruzas por el barrio y te echas la mano a la cartera, pues parece de los de pedir o de los de dar el palo. Juan lo mira con esos pelos, lleno de piercings, de tatuajes, con un saquito de lana gorda que huele a chotuno y esos pantalones que parecen salidos de Las mil y una noches y que no se han lavado desde ni se sabe cuándo. Lo piensa:

-Yo a este le metía cuatro hostias, lo hartaba de trabajar y me quedaba en la gloria, pero mi mujer me mata, que me lo ha dicho: que me aguante, que es nuestra hija, que no la podemos perder, que tenga mano izquierda… sí, sí, mucha mano izquierda, pero ya ha quedado claro: que no se van a casar, que para qué, que ellos lo que quieren es ser felices, ¡no te jode! Y la niña embobada, vamos, como si estuviera oyendo hablar a Dios… ¡Si es que no  parece mi hija! ¡Si es que ya es otra chiquilla completamente distinta!

Migue, el yerno, que acaricia continuamente a un perrillo sospechoso de pulgas, lo explica, con un tuteo que a Angus y a Juan les ralla el alma:

-Si yo ya sé que no os gusto, pero como le gusto a vuestra hija, pues ya está. Y yo la quiero, ¿eh? Y eso sí, yo soy legal, pero legal que te cagas… que hay por ahí otros coleguitas míos, que si yo os contara… Pero, a lo que estamos: que la Aurora se viene a vivir conmigo.

Juan piensa en su hija metida en una casa llena de okupas, en la escasa intimidad, en la mínima higiene, en las inaceptables condiciones, en todo lo que va a ser la vida de su hija y de su futuro nieto y siente una opresión en el pecho. Hartarse de criar a un primor de chiquilla para esto…

-Pero… ¿y de qué vais a vivir? Si vais a tener un niño, digo yo que… -intenta protestar Angustias, ya al borde el llanto, antes de que Migue la interrumpa:

-Mira, con muy poco nos apañamos, que es que esta sociedad sólo piensa en el dinero y en comprar cosas que no sirven para nada. Miradme a mí, yo llevo viviendo a mi bola más de tres años… Vivo en una buena casa hasta que me echen y entonces me voy a otra; como, bebo y me fumo mi paquete de Fortuna y mis canutillos todos los días; los canutillos son pal buen rollito, ¿sabes?; por la tarde salgo a buscar en la basura de los supermercados y lleno la despensa sin que me cueste un euro, o me pongo a tocar la flauta y Aurora pasa la gorra… Para ir tirando sacamos. ¡Una vida tó wapa! ¿Qué más se puede pedir? ¿Trabajar para que me exploten como a un pringao? Eso no va conmigo, que la vida son cuatro días y luego te da un chungo y…

(Imagen tomada de adn.es)

 

Juan piensa que empezó a trabajar nada más terminar la EGB. Encofrador. Un oficio bien pagado pero bastante incómodo, que la espalda termina doliendo después de las primeras dos horas. Ni un solo día ha llegado tarde a la obra en veintisiete años. Se ha ganado el respeto de los compañeros, del constructor, del maestro de obras. Nadie puede decir que haya dejado una factura sin pagar en su vida y, a base de esfuerzo, ha conseguido tener un piso, unas tierras en el pueblo, unos días de veraneo en el apartamento de la playa… Y este imbécil le va a dar lecciones a él… ¿Que qué más se puede pedir? Pues está bien claro: decencia, respeto, vergüenza…

-… es que la gente no se da cuenta. Todo el mundo a comprarse un piso, a firmar una hipoteca, pero es que luego hay que amortiguarla y ahí la has cagao, que es toda la vida, coño… y yo, lo siento, yo no sirvo para eso, yo es que…

Juan vuelve a abstraerse y recuerda a Cecilio, su compañero del tajo de toda la vida, que siempre le decía de broma:

-Mi niña viene a casa con Moncho, a ver los partidos de fútbol, y el tío se me sienta allí a mi lado y me lleva la contraria en todo… y eso que estoy en  mi casa. Anda, Juan, que cuando te llegue tu Aurorita con un Moncho que ponga los pies encima de la mesa y termine por partir el jamón en tu casa… ¿cómo te va a sentar? El mío se bebe las cervezas fresquitas del frigorífico y me deja las calentorras, el muy cabrón, y encima eructa, sin cortarse ni un pelo, ¿será cerdo?

Juan comprende que su Moncho particular, Migue, su yerno, ya ha llegado y nota que se le saltan las lágrimas. Mira a su hija, que a su vez mira, enteramente arrobada, a ese novio tan peculiar. La ve completamente feliz y entusiasmada con el futuro que le espera junto al chico. La madre intenta hablar con ella, pero la chica se blinda  y saca las uñas:

-Pues yo no sé qué quieres, mamá, ¿qué me case de blanco con un tipo como mi padre? ¿Es que tú has sido más feliz de lo que yo voy a ser con el Migue? Pues yo no lo veo tan claro, que parece que ni os dirigís la palabra en todo el día… Y es mi vida, no la tuya, así que déjame.

Angustias se viene abajo y unas lágrimas asoman a sus ojos. Por lo visto no ha acertado en nada en la vida. Ni ha sabido educar a su díscola hija, ni parece que haya sabido hacer feliz a su marido, aunque ella creía que sí, que ambos eran felices… Juan tiene que abrazarla y darle ánimos. Siente por ella toda una ternura recién resucitada, por la belleza que ha ido desgastándose junto a él, por tanta vida compartida, trabajando codo con codo para salir adelante… Se ve a sí mismo hace veintidós años, durante el noviazgo con su Angus, lleno de deseo, de ternura, de urgencias. Recuerda las miradas cómplices, las sonrisas, las entregas clandestinas, los gestos y ritos comunes. Se da cuenta de que es lo mismo que acaba de ver en los ojos de su hija y en ese chico, que le cae tan mal. Piensa que Aurorita y Migue tienen por delante una vida llena de ilusiones, miles de caricias que hacerse, días y días de ternuras e ilusión. Tienen todo el futuro intacto.

Juan saca la cartera y abona la cuenta. Da un beso a su hija y, disimuladamente le mete en la mano dos billetes de cincuenta euros. La despide con una sonrisa y un momento después se vuelve:

-¡Eh! ¿Vendréis el domingo a comer a casa, no? Ya sabes cómo le sale a tu madre la paella…

Migue, el yerno, al ver que Aurorita asiente, con su más amplia sonrisa, llena de felicidad, dice en voz baja:

-¡Joder! Yo es que lo flipo…

Alberto Granados

La cuota de la muerte

Nicolás hace cola en la oficina de la Caja de Ahorros. Hoy ha venido, como todos los meses, a poner la cartilla al día, a sacar algo de dinero y a pagar la cuota de su póliza del seguro de defunción. Hace ya un montón de años, su mujer, la Lola, lo convenció y empezaron a pagar un seguro de entierro, y anda que Manolo Monte no se dio prisa en atendernos, que fue a buscarnos a la casa y todo… “La Previsora”, se llamaba la compañía de seguros, que después fue absorbida por otra empresa más potente y nos subieron la cuota, si casi creímos que no íbamos a poder… eso sí, la nueva póliza les ofrecía, además del entierro gratuito de los tres miembros de la familia, un fondo de pensiones, una pequeña herencia para su hija, que no es que fuera una fortuna, pero que tampoco estaba mal… Eso quedó claro cuando la pobre Lola se me murió, un buen entierro y sin pagar ni un duro, que me pareció mentira, que es que los entierros no los regalan, que salen por un pico… Parece que no hubieran pasado dos días y llevamos pagando… tú verás, eso fue en el pueblo, antes de venirnos para Barcelona…

Recuerda las fatigas del principio, cuando vivían en una casa que se caía a pedazos, en las afueras, sin agua corriente, ni cuarto de baño… tan cerca de Barcelona, y a la vez tan lejos, que por entonces aquello aún era algo distinto a la propia ciudad, puro suburbio de aluvión que agrupaba inmigrantes de la España pobre, y había que coger autobuses para ir a cualquier sitio. En esa época –recuerda Nicolás- apenas había bloques de pisos y las huertas rodeaban las casas aún. Hoy, en cambio, todo está convertido en una apretada masa de edificios, polígonos industriales y carreteras y no queda campo, ni animales, ni un pájaro, que sólo hay algo verde en los parques…

Lola echaba de menos su pueblo, sus olivos, las huertas de junto al  río, las fiestas de septiembre, su patio lleno de macetas… y no paraba de llorar. Yo creí que se me iba a morir de pena, que nos íbamos a tener que volver a la miseria y el paro. Sin embargo, su mujer se acomodó, se le pasó la tristeza y salieron adelante. Nicolás recuerda que empezó a trabajar en la construcción y la Lola se puso a servir, pero después entró en un taller de confección, y con los dos sueldos… Fue cuando mejor les fue en la vida, cuando empezaron a poder costearse algunas cosas, cuando se entramparon para comprar el primer piso, tan pequeño, pero tan acogedor… Después vino el cochecillo, de segunda mano, pero peleón, que buenos trotes le dimos para ir al mar a que la nena se espabilara… eso sí: siempre, siempre, siempre, pagaron la cuota del seguro de defunción, que ella lo decía cada dos por tres: “Por encima de todo, hay que seguir pagando la muerte, que con esas cosas no se juega. Supón que uno de los dos muere y enterrarlo cuesta un dineral. Es que esas cosas, hay que tenerlas preparadas…” La pobre Lola era un lince, las veía venir de momento…

La cola avanza lentamente y Nicolás saluda de cuando en cuando a algún otro jubilado o vecino. Le gusta comprobar que está asentado, que ya es de aquí, que ya no es el charnego ignorante recién llegado de Andalucía hace cincuenta años, al que todos miraban con displicencia. Ahora, todo el mundo lo conoce y lo saluda con respeto, ya nadie lo considera un extraño. Mira el reloj, en realidad por pura costumbre, que no tiene prisa: a fin de cuentas, está solo todo el día, sin nada que hacer. Sólo cuatro compras y ordenar algunas cosillas de la casa, para que su hija no pueda decirle que es un zángano. ¡Digo! ¡Yo, un zángano! Si me salieron los dientes trabajando… Me va a decir a mí la niña que soy un parásito… Nunca soporté a los señoritos de mi pueblo. Me acuerdo de don Manuel “Mosquetón”, leyendo el ABC detrás de la ventana, todo el día en pijama y batín de seda, hasta que por la tarde se arreglaba y se iba al casino a jugarse las fincas que había heredado sin ningún esfuerzo… Yo lo aborrecía, que eso sí que era un parásito… y no yo, que he estado en el tajo toda mi vida…

Nada más recordar la última bronca con su hija y se le altera el pulso. Parece que le falta la respiración y se va a marear. ¡Cómo ha cambiado mi hija! La Lola y yo siempre pensamos que era un poco retrasada, que mismamente por eso ampliamos la póliza de la muerte, para que le quedara algo cuando le faltáramos, pero anda que no se ha espabilado…

Nicolás se repone lentamente del sofoco y piensa en cómo la vida va dando sorpresas inexplicables. Primero, el cáncer de la Lola. Cuatro días y a la tumba, un buen nicho pagado por la compañía y toda la soledad del mundo para él, que la hija cambió como de la noche al día y empezó a volver tarde y a comportarse como un pendón. Si es que estas cosas las arreglaba la Lola, que entre mujeres se apañan mejor, pero mi hija a mí es que ni me mira, ni me guarda el respeto, ni yo sé hablar con ella de estas cosas, que a ver, ¿qué le puedo decir, si tiene cuarenta y cuatro años…? Soltera, pero a esa edad… y que esto no es el pueblo, que es como si fuera la mismísima Barcelona…

Le duelen los pies y se sale de la cola para sentarse. Mira a una señora, de la edad aproximada de su hija, pero ésta tiene mucha más clase. Se ve que ha nacido en la ciudad, que eso se nota. Si lo notábamos nosotros cuando llevábamos aquí sólo una temporada y bajábamos al pueblo, que ya parecíamos otros cuando nos comparábamos con los de allí, que apenas habían viajado… Observa lo bien vestida que va, el aire de distinción y lo compara con la manera de vestir tan ordinaria de su hija, que es que parece que va provocando a los tíos, con esos escotes y ese culo apretado, que ni tan tonta como antes ni tan pendón como ahora… que digo yo que un término medio, ¿no? Y la culpa la tiene el Tomás ese, que es que es un chulo. Eso está claro. Y mi hija, la muy cándida, cree que va a sacar algo con ese tío. ¡Anda, que sabe lo que se hace! Ese es un mal bicho, que le está metiendo una manera de ser que nunca fue la suya y que me la va a hacer bailar de coronilla…

Nicolás se indigna y echa de menos a la Lola. Le gustaría compartir sus preocupaciones con ella, pero su Lola se murió y ahora, todo el día solo, que mi hija se va a las siete de la mañana al trabajo y vuelve a las doce de la noche, la noche que vuelve, cuando no llama para decirme que se queda a dormir en casa de una amiga. ¡Una amiga! Ni que yo me hubiera caído de un guindo. Nicolás piensa en el comportamiento de su hija. Nunca ha podido aceptar esas cosas, ni en un hombre ni en una mujer, que eso da igual. El que se compromete, se compromete, que hay cosas que hay que pensarlas bien, que son para siempre. Y la niña, cuando ya nadie podía esperarlo, con más de treinta y cinco años me ha sacado los pies del plato… Mi padre ya se lo explicaba a mi hermana, con unos guantazos de por medio, para que se fuera enterando bien, hace ya… ni se sabe cuántos años: “Mari, que te enteres: llevo toda la vida guardando tres fanegas de melones y jamás me han robado uno, y tú, que no tienes que guardar nada más que un trozo así de grande (y mi padre enseñaba la palma de su mano curvada, torcida como si se acoplara al sexo de una mujer) vas y te lo dejas robar por el primero que te haga cuatro cucamonas…¡Si es que sois tontas!”. Los recuerdos de hace casi sesenta años afloran a su mente. Nicolás los revive con una asombrosa nitidez, como si fueran cosas de hace unos días. Ya ves, mi padre, mi hermana Mari… todos muertos y yo… yo hecho un muerto en pie, que para la vida que llevo bien me podía tocar ya, total si el entierro, que es lo más caro, está pagado con la póliza de la muerte…, pero no, que me toca bregar con esta mala hija que no me quiere… que me va a amargar los últimos años…

Nicolás se enjuga una lágrima que le está saliendo, tal vez por los  recuerdos o tal vez por la soledad. ¡Qué difícil es tragarse  estas nuevas formas de ser de la gente nueva! ¡A los ochenta años ya no se pueden aceptar las cosas de una hija… así… vamos, ¡así de pendón, que es que no tiene otro nombre!

Debe de haberse dormido, pues una señora vagamente conocida le sacude el hombro y le dice que es su turno. Aturdido, da las gracias y le da la cartilla al empleado.

-Me da usted setenta y cinco euros, si me hace el favor.

Es la cantidad que él deja para sus gastos: algún café, un paquete de Ducados para fumarse un único cigarrillo al día, después de la siesta, alguna cerveza cuando sale y la próstata lo obliga a entrar a un bar para ir al aseo… El resto, lo va sacando la hija cuando hace falta para los gastos de la casa, que decidieron pagarlos a medias, aunque la parte de ella casi nunca aparece…

-Y ahora me cobra la cuota de la muerte.

Hay un cierto gesto extraño en el empleado, que titubea tras mirar la pantalla del ordenador, y, finalmente, le dice que no hay ninguna cuota pendiente, que la hija canceló la póliza hace unos días y retiró el fondo, casi siete millones de las antiguas pesetas. Nicolás siente que se está poniendo blanco, que se va a caer, pero aún se aferra a la posibilidad de que el ordenador se haya equivocado, de que haya otro Nicolás Gómez Pérez, de que sea incluso una broma del empleado…

Unos minutos después. el director lo pasa al despacho y le ofrece un botellín de agua mineral. Se lo explica. No hay error. La hija, como beneficiaria de la póliza, ha traído los papeles debidamente firmados por él.

-¿Yo? ¿Con mi firma? No puede ser.

El director saca el dossier pertinente y le muestra el finiquito. Es su firma, no le cabe duda. Nicolás empieza a darse cuenta de que su propia hija, aprovechándose de que tiene autorizada la firma, se ha llevado el dinero y lo ha dejado sin entierro. Claro ella sabe que nunca me fijo en lo que firmo y ahora, la niña y el sinvergüenza de ese novio, se han quedado con la pasta y yo me quedo sin entierro. Nota un sudor frío, se ve en el metacrilato de la pared, como si fuera un espejo. Está pálido, como para morirme, y ese apretón en la nuca, como si la sangre no me circulara bien, ¡qué malo me estoy poniendo!

***

Nicolás se siente muy débil y abre lentamente los ojos. Se encuentra en un hospital y ve a su hija hablando por un móvil mientras mira por la ventana. A los pies de la cama está Tomás, dormido en un sillón, con la cabeza apoyada en la pared. Su hija está explicándole a alguien que su padre está muy grave, que ha sufrido un infarto cerebral, que ya veremos si sale de ésta… Nicolás decide cerrar los ojos y dejarse querer, hacerse el interesante, me gusta que se preocupe por mí, aunque sea así de mala y se haya quedado con el dinero de la póliza, ya verás, si era para ella, que no tenía que haberme engañado, pero este tío la habrá liado y como nunca fue muy espabilada, pues, ahí está, engañada… Y, bien mirado, a mí, ¿qué más me da? Me voy a morir, ¿no?, pues ya me enterrarán… ¡Anda y que se joda, la muy pendón! ¡Con el dineral que cuesta un entierro…! Pero que me haya engañado… Menos mal que esto no lo va a ver la Lola…

Alberto Granados

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