Alberto Granados

Archive for the tag “Parejas rotas”

Cabos sueltos

Marisa oye de nuevo que la puerta del bloque se abre y se separa del abrazo y de las caricias de Jorge, como impelida por un resorte. Ambos se remeten los faldones de la camisa, se recomponen el peinado y la ropa e inician el descenso del tramo de escalera, simulando una risueña conversación inexistente. Tendrán que representar de nuevo el papel de joven pareja que, casualmente, baja la escalera, con el mayor desenfado, como si no pasara nada…

La chica siempre se pregunta, avergonzada y violenta, si se les notará, si cada vecino con el que se cruzan se dará cuenta de que vienen de meterse mano, de besarse y acariciarse con el mayor deseo, con la más poderosa urgencia, con la ilusionada curiosidad que sus catorce años les imponen.

-¿Se nos notará? –le pregunta a su novio, llena de culpabilidades e incomodidad-. Con tal de que no sea doña Juanita, que es una chismosa y hasta nos para y nos pregunta… ¡Vaya tarde! Hoy parece que todo el bloque está saliendo y entrando sin parar…

Cuando llegan a la planta baja, se encuentran con don Gonzalo, el del cuarto B, un separado simpático y afable que los saluda con una sonrisa socarrona (“-¿Qué hay, chicos? Que os divirtáis”). Marisa cree que ese hombre se da cuenta de todo y que lo aprueba, no como su padre, o como su madre, que hace unas semanas le hizo prometer a Jorge que la iba a respetar siempre…

-¿Es que es tonta mi madre? – se pregunta la chica-. ¿No tuvo nunca catorce años, ni un novio que la tocara ? ¿Por qué me hace pasar esos ridículos?

Los dos chavales salen a la calle, muy incómodos. Tal vez no sea buena idea quedarse en el propio bloque, entre dos plantas, para poder besarse y hacerse caricias. No resulta alentador ir descubriéndose a un paso de las puertas de las cuatro viviendas de la planta, junto a las ventanas de la escalera, que recogen todos los olores de las cocinas, con el ruido de todos los televisores, contando en los telediarios la victoria de Felipe González en las elecciones… Es muy emocionante eso de las caricias, de aflojarse la ropa y dejarse acariciar, de aprender el cuerpo del otro, de experimentar la excitación, de ir encendiéndose…  pero puede ser que un día los sorprenda algún vecino o sus propios padres, que parecen escrutarla cuando vuelve a casa a la hora de cenar. No quiere ni pensarlo. Marisa siente ganas de llorar.

No sabe si lo que hacen es algo tan sucio como dice el cura del colegio o eso son bobadas de beatas.  Sólo sabe que cada tarde llega Jorge, que dan una vuelta, que él se lo pide y que, poco a poco, ella misma también lo va necesitando, que va cediendo cada vez más fácilmente, y más pronto, a las demandas de su novio, al que quiere ya con locura, tal vez por esas mismas concesiones. Lo ve todo muy hermoso y no entiende que tengan que contenerse.

 

Ambos han ido aprendiendo a avanzar: primero se tomaron de la mano, después empezaron a besarse, cada vez más apasionadamente, luego ella le abrió el camino de sus senos y después… ¡Hay ya tanta confianza y tantas caricias que los unen! Tampoco entendía que Jorge se excitara de esa manera. Recuerda que se sorprendió cuando notó lo que notó. ¡Con las ganas que tenía de ser una mujer y qué complicado resulta! Su madre, su padre, la tutora, el cura del colegio, los vecinos… todos presionando para que vea malo lo que le parece tan maravilloso. O al menos, tan excitante.

Han pasado unos minutos y ya han dado dos vueltas a la manzana. Jorge parece ausente. La mira con ojos angustiados de deseo:

-¿Quieres que volvamos a la escalera? Y terminamos, por favor, que estoy muy excitado… Es que eso de dejar cabos sueltos… -sonríe el chico con cara de cordero degollado, mientras se encaminan de nuevo al portal.

***

 

Marisa acaba de volver del supermercado y quiere preparar cuanto antes la comida de mañana, a ver si luego puede salir a dar una vuelta, si es que su madre y su hija están de buen humor, que será difícil. Tendrá que mentir una vez más en su vida: que ha quedado con Pili para tomar una cerveza, que va a ser sólo un rato, que ella no tiene nunca una expansión,  que si es que es sólo una esclava… No quiere pararse a pensar, que acaba llorando, como siempre. No le gusta verse como lo que es: una mujer frágil, apasionada… y, tal vez,  tonta. Lleva toda la vida haciendo lo que quería su ex-marido, su Jorge de siempre, desde que tenían catorce años, y su carácter dócil sólo le ha servido para que él le dijera, hace unos meses, que ella lo estaba asfixiando, que estaba muy confuso, que necesitaba respirar aire limpio, que la quería mucho…, pero que se iba con otra, obviamente, mucho más joven.

-Es que sólo tenemos una vida, ¿sabes? Hay que vivirla, que no es cuestión de dejar cabos sueltos –le había dicho en el último momento, cuando estaba sacando al ascensor todo su equipaje, sin dejar en el piso ni el más mínimo rastro de los años que habían estado juntos.

-¡El muy cabrón! –piensa Marisa, cada vez que lo recuerda.

Después vino la venta del piso común, volver derrotada al piso de su madre, al viejo bloque en cuya escalera se dejaba acariciar por Jorge durante el largo noviazgo, ya hace de eso mil años… De nuevo en casa: a fin de cuentas, no tenía un céntimo y su madre iba a estar encantada: ¡estaba tan reciente lo de papá…!

Y sí se nota que la anciana está encantada: ya tiene una criada gratis, que hasta se ha repuesto de achaques y tristezas y mientras todas las demás señoras de su edad se están consumiendo y adelgazando, su madre cada día más lustrosa… Por la mañana a nadar, tres o cuatro viajes al año con el INSERSO, su pandilla de amigas, sus bailes y ella llega a creer que hasta se haya echado un noviete, que está todo el día fuera y da unas explicaciones bastante difusas… Y su hija, su  pequeña adolescente, su Georgina de su alma, una tirana egoísta que  le pasa factura a ella, nunca al padre, de lo desgraciada que se siente porque Jorge se ha ido con otra más joven, el muy cerdo, el que no quería dejar nunca un cabo suelto… Y la chica, ya se sabe, haciéndole el más descarado chantaje emocional, como para restituirle la autoestima, vamos…

Marisa ha ido aprendiendo a afrontar la vida con algo de cinismo, con algo de esa ética de garrafón que sólo entiende de sobrevivir, así que cuando su madre está de viaje y a su hija le toca pasar el fin de semana con su padre, ella se encama con Santi, un absoluto sinvergüenza sin escrúpulos, del que no espera nada, pero que sabe lo que hay que hacer con una mujer en la cama, que le deja el cuerpo “arreglaíto”, como él dice. Por eso, y nada más que por eso, cuando pueden, algún fin de semana, se han ido a un hotel, pero eso resulta caro y no pueden permitírselo con mucha frecuencia, así que tienen que aguantarse las ganas y limitarse a la situación actual: se ven de cuando en cuando, toman una cerveza y después él la acompaña a casa y se besan y acarician en la escalera, entre dos plantas, oliendo los guisos de todas las cocinas, oyendo las noticias sobre los encontronazos entre Rodríguez Zapatero y Rajoy en los televisores, siempre con la emoción de que los pueden sorprender, de que don Gonzalo, ya tan mayor, les diga eso de: “-¿Qué hay, chicos? Que os divirtáis”. Allí se besan apasionadamente y se meten mano con la cínica urgencia de los desposeídos, con la falta de prisa de los que han perdido la esperanza, con la rutina de los que saben que la vida no es más que una madeja de cabos sueltos.

A veces, ella se lo dice muerta de risa:

-Santi, un día, nos encontramos aquí, entre dos plantas, con mi hija y su novio. ¿A ver qué les decimos entonces?

Alberto Granados

Diecisiete pasos

El paseo marítimo está desierto así que encuentra fácilmente un sitio para aparcar, justo debajo de la terraza del restaurante donde su marido la está esperando. Al primer vistazo, comprende lo que el almuerzo va a dar de sí. Lucas, el dueño del restaurante, sale a saludarla, pero ha debido de  darse cuenta de algo extraño en el ambiente, porque ha cortado inmediatamente la incontenible catarata de zalamerías, saludos y abrazos y se ha replegado tras las puertas. Es un día soleado, pero frío y en la terraza sólo están Elvira y Marcos.

El almuerzo es rápido. La conversación, corta y concluyente: Marcos se va de casa. Hay que ponerlo todo en manos de un abogado. Ya no la quiere. Bueno, no es que no la quiera, pero a partir de ahora, su vida va a transcurrir junto a un nuevo amor, porque el amor que había sentido por ella, hace tiempo ya, se ha esfumado. Los últimos tiempos junto a ella, sólo han sido un burdo ejercicio de ocultación, de hipócrita simulación.

Elvira no puede evitar unas lágrimas, así que se levanta y empieza a dirigirse al coche. Cuando llegó hace un rato, tenía la firme decisión de no ponerse borde, de controlarse, de no aumentar el sentido del ridículo con lágrimas ni aspavientos histéricos. Intentó respirar profundamente, contar hasta cien, al mismo tiempo que iba dando los pasos que la llevaban hacia la mesa, pero sólo había espacio para diecisiete pasos, y no ha podido relajarse del todo, no ha encontrado el autocontrol que necesitaba y el llanto termina por abrirse paso: justamente lo que ella no quería.

Va viendo, en cada paso de regreso hacia el coche, las estaciones de su particular viacrucis, los distintos flash-backs de su vida junto a su marido. Dicen que los ahogados reviven sus vivencias, su biografía entera, en el último segundo antes de que la asfixia los apague definitivamente. Y Elvira, empieza la tortura de revisar esa arqueología de todo lo compartido con Marcos, desde que se conocieron hace tantos años. Las fiestas en el colegio mayor donde él estaba alojado, aquellas patillas, aquellas pintas y aquella música de la época. Y la escapada al dormitorio, totalmente prohibida, y la geografía del cuerpo de aquel tío –entonces ella hablaba así- que estaba tan apetecible. Elvira, por entonces, era una mujer con poca experiencia en materia de sexo. En el pueblo se había beneficiado a un par de chicos de la pandilla, sin demasiado entusiasmo ni gana, más que nada, por ir preparada a la ciudad, de la que se contaban tantas cosas. La verdad es que aquellas experiencias sexuales le resultaron poco gratificantes. Sólo cuando empezó con Marcos, le pilló el tranquillo y fue consciente del gozo que esas experiencias podían ofrecerle.

Cada paso hacia el coche le hace recordar aspectos casi olvidados… La época de estudiantes, cuando él estudiaba algo tan extraño como Filología Clásica y apenas sabía hablar de otra cosa que de dioses y templos antiguos, de los azules mediterráneos, de nombres geográficos que sonaban a epopeyas y héroes clásicos, de las mil islas del Egeo, que conocía a la perfección, de las esculturas y pinturas, de los vasos helénicos y sus motivos decorativos. Resultaba interesante oírlo hablar de Esparta o de Atenas o del Peloponeso o de alguna batalla o algún rey, siempre con aquella pasión, con semejante entusiasmo…

Elvira siente la tentación de volverse hacia su marido, de escrutar el  gesto preciso del momento de deslindar sus vidas, pero sabe que si lo hace, tal vez va a dar la sensación de súplica, de pedir una reconsideración, un replanteamiento por parte de él y sabe que eso la puede degradar, así que continúa su mínimo camino hacia el coche. Sólo diecisiete pasos y una nueva y amarga vida le espera, sin el que ha sido su compañero tanto tiempo.

Recuerda ahora que en tercero de carrera, se fueron a vivir juntos en un piso, contra el criterio de sus padres, que le habían advertido miles de veces cómo son los hombres, con aquella machacona idea de que la mujer siempre tenía que hacerse de rogar y ser una criatura atolondrada, indecisa, desvalida, bastante pava y llena de remilgos y de pasivas negaciones. Fue la mejor época. Compartieron el escaso dinero que conseguían juntar, las tareas de la casa, los menús, las fiestas de estudiantes… Y la cama. Fue una etapa de profundizar en el conocimiento de sus cuerpos. Reinventaron todo lo ya inventado y gozaron como si fueran los primeros amantes de la primera noche del edén. Después jugaban a los héroes: tras retozar en la cama, él cogía las sábanas y envolvía el cuerpo de ella como si fuera una diosa de un grabado, o era el propio Marcos el que imitaba desnudo la imagen de un  vaso o le ponía delante ofrendas a su diosa (el paquete de Chester, la lata de cerveza, un canuto de hachís recién liado, un cartucho de pipas de girasol…), o le leía en griego pasajes completos de la Ilíada. ¡Eran tan dichosos!

Elvira ha dado ya varios pasos y está a punto de girar en la rampa. Sabe que, cuando dé la vuelta, va a ser inevitable ver a Marcos de frente. Sabe que se mirarán a los ojos y que se indagarán recíprocamente las miradas, cada uno tratando de encontrar en los ojos del otro una síntesis de la situación. Le teme a ese juego, mientras su memoria le trae el primer viaje a Grecia junto a él. Atenas, la Acrópolis, las islas, las excursiones, el bañarse  desnudos en las aguas de los héroes y dioses clásicos, cuando el ser humano parecía existir sólo como el personaje de un cuento cosmogónico, de una fantasía mitológica. Marcos le iba contando todo lo que veían, mientras la colmaba de datos culturales de todo cuanto se cruzaba ante sus ojos. Daba gusto oírlo hablar en griego con los comerciantes de souvenirs y con los camareros de los bares. El mundo era perfecto para ella y la felicidad una simple cuestión de proponerse ser felices. Se sentía una triunfadora.  

Gira en la rampa y lo ve. Ha vuelto la cabeza ligeramente  y tiene los ojos perdidos en el mar, evitando mirarla. Lo ve triste y siente aún un resto de ternura, pero es muy grave lo que le ha hecho. Lo que le ha dicho: “Tengo un nuevo amor. Lo siento”. Sentirlo ella, en todo caso, que es la que se ha llevado el par de cuernos. Él, a fin de cuentas, ya tiene su nueva pareja, pero ella… Se pregunta ahora cómo no había notado ninguna señal, cómo no había encontrado más que un alejamiento, una cierta frialdad, pero siempre lo atribuyó al desgaste de toda relación, a la proximidad de la cincuentena, a los tres embarazos, a la crianza de los tres hijos, la rutina… Todo normal, ¿quién podía pensar en otra cosa?

Ahora se da cuenta de que Marcos, en vez de pedir destinos cada vez más cercanos a la ciudad, había decidido quedarse en un instituto de la costa, lo que implicaba muchos kilómetros de coche todos los días. Eso los había distanciado un poco. También es cierto que había sido una buena idea, y una magnífica oportunidad para comprar un estupendo apartamento en primera línea de playa, un delicioso lugar de vacaciones para todos. Pero, -se da cuenta ahora- nunca hizo gran cosa por ver cómo salían los concursos de traslados, como si esa lejanía fuera ya una costumbre.

Y hacía dos años, aceptó el cargo de Jefe de Estudios del instituto, lo que implicó que se tuviera que quedar montones de noches a dormir en la costa. Tragarse a las tantas de la noche ochenta kilómetros sólo para llegar a cenar y dormir… no merecía la pena. ¡Claro que no! Sin duda, ya estaba liado. Y ella… tonta de baba. ¡Ni olérselo!

Elvira está a punto de girar de nuevo, al final de la rampa. En ese momento sólo tendrá que dar un último par de pasos sobre la acera y le dará la espalda para abrir la puerta del coche. Sabe que él la mirará en ese momento y se propone no girar la cabeza. Es un cobarde, que no se atreverá ni a mirarla. Un nuevo amor…  le dijo anoche. ¡Vaya noche!

Recuerda lo de anoche. El portazo, tan violento. El exabrupto y la súbita desaparición hacia el dormitorio para aparecer, minutos después, con una mínima maleta. Y el portazo, cuyo sonido nunca podrá olvidar Elvira. Una hora después la llamó desde la playa.

-Mamá, ¿qué le pasa a papá? ¿Dónde va con maleta?

Y el gesto de la niña, que parecía contener una gravísima carga acusadora, como diciéndole a su madre: “Si mi padre se va de casa, si nos abandona, si mis hermanos y yo nos quedamos en esta situación, será porque has hecho algo”. La propia Elvira se había acusado, preguntándose: “Pero… ¿Por qué? ¿Qué he hecho mal? ¿En qué le he fallado? ¿Cómo he podio permitir que esto me pase?”.

Recuerda que esta mañana ha tenido que organizar todo un montaje para desaparecer del instituto y cambiar una clase. Total, los niños tampoco se matan por la Historia… También ha llamado a Julia y le ha pedido que le prepare una justificación de haber estado en su consulta y a su hermana Celia para que le recoja a los niños. Ha evitado dar muchas explicaciones, pero las dos se han dado cuenta de que algo grave ha sucedido. Después ha tenido que contarles lo que pasa y soportar su conmiseración y la solidaria rabia, como si ellas pudieran sentirse una sola milésima de lo ofendida que está ella…

Mientras abre la puerta del coche y se acomoda el cinturón, está pensando en lo que le espera a partir de ese momento. Explicar a amigos y conocidos la vergonzante situación en que su marido la ha colocado. Explicarles a los niños que papá se ha ido porque ama a otra persona con la que va a vivir en otra casa a partir de ahora. Tragarse la lástima de unos, el secreto regodeo de otros, las reconvenciones de sus padres (“¡Ya te lo advertimos, hija!”), los ofrecimientos, tal vez sinceros, pero agobiantes, de los amigos verdaderos, las llamadas telefónicas para ver cómo está, para invitarla a cenas para que se anime, la obsequiosidad que la vuelve furiosa nada más pensarlo…

Arranca el motor y da la intermitencia del lado derecho. Sale lentamente y hace la maniobra para dar la vuelta y enfilar la carretera que la alejará de la costa. Vuelve a la ciudad con un nudo que amenaza romperle la garganta. Cuando ya ha dejado atrás a Marcos, cuando éste ya no puede verla, rompe a llorar de manera inconsolable. Se para en un arcén del paseo marítimo, esperando calmarse. Empieza a recordar con qué entusiasmo le había hablado Marcos de lo bien que dibujaba su rival, del dibujo de un efebo que le había dedicado, de la presentación que le había escrito cuando preparó el catálogo de la exposición, que fue un éxito…  Y ella no se había dado cuenta de nada, ni había atado los cabos que ahora le parecían tan concluyentes y claros como la luz del día. Le entra un escalofrío de rebeldía y grita:

-¿Cómo has sido capaz de hacerme esto a mí? ¡Qué humillación! ¡Qué vergüenza y qué papelón! Ya no es lo que hagas con tu vida, cabrón. Es lo que has hecho con la mía, que me la has destrozado. Que estás muy enamorado… pero si es que ya estaría mal que me dejaras por otra mujer, pero es que no lo entiendo: ¿qué has visto en ese tío, pedazo de…?

Alberto Granados

Kafka

Me asomé a la ventana sin saber muy bien por qué. Tal vez, la suciedad de los cristales y del alféizar o la sequedad de la maceta me llamaron la atención, así que abrí y me dispuse a regar la extraña planta, pero, al acercar el vaso de agua, me sorprendió una especie de crisálida que colgaba de una de las ramas resecas. En su interior se movió,  casi imperceptiblemente, algo que a la vez cambió de color. Una mezcla de miedo y asco me obligaron a cerrar precipitadamente y volví a sentarme en el salón a regodearme en mi desgracia, en la soledad a que mi esposa me había condenado con su precipitado e inexplicable abandono. ¿Por qué se había ido? ¿Qué le había hecho yo para que me dejara después de media vida juntos? ¿Por qué había sido tan injusta conmigo? Como otras muchas tardes, me eché a la calle, huyendo de mi lacerante infortunio y volví tarde y lleno de alcohol a ese piso donde nadie me esperaba.

Un par de días después, volví a acordarme de la dichosa maceta y otra vez me dirigí allí con el vaso de agua. La crisálida ya se había abierto y colgaba muerta y reseca, y en el cristal había una especie de oruga, irisada de colores bellísimos, lo que no la liberaba de tener un aspecto repulsivo. No sé si llega a fobia, pero determinadas criaturas me suscitan unas inexplicables ganas de pisarlas o aplastarlas. Nunca he creído eso de que la naturaleza es bellísima. Eso sólo pasa en los documentales de National Geographic, donde se nos muestran pájaros de plumajes vistosos y mariposas de dibujos insospechables. El resto me ha parecido siempre una película para mayores, pues la naturaleza es, en su cruda realidad, el muestrario más exhaustivo de la crueldad depredadora, del vampirismo más exacerbado, de la violencia llevada hasta sus últimas consecuencias, un ámbito desgarrado en el que cada individuo se come, aplasta o hace daño a quien puede y evita ser dañado por otros individuos potencialmente nocivos. Véase mi mujer, que se ha llevado mi juventud y ha abandonado el nido para sobrevivir (eso fue lo que me dijo, como si yo le resultara una amenaza o un peligro…)

Con ese escepticismo sobre la naturaleza y con mi estado de ánimo, nada propenso al  proteccionismo ecologista, me saqué una zapatilla, dispuesto a castigar a aquel bichejo por su mera existencia, por su proximidad a la mía, por su estéril injerencia en mi soledad.

Sorprendentemente, el animalito se incorporó sobre su parte trasera, como una serpiente, y se dispuso a atacarme. Sus ojillos me observaban con una enorme dosis de ferocidad, con una mirada que parecía dotada de una inteligencia animal muy superior a la que una simple oruga puede tener. Sentí un escalofrío y cerré la ventana por segunda vez.

La tercera vez que la abrí fue porque algo había roto el cristal. Los troncos de la planta estaban mordidos y apenas quedaban unos mínimos tocones entre la tierra,  removida como yo había visto que lo hacen las lombrices. Ni rastro del gusano, así que recogí los restos y me dispuse a llamar al cristalero de la calle de al lado. En la mesa del salón,  mientras marcaba, vi reflejada  la oruga, que ya tenía el tamaño de una generosa tripa de embutido. Me dejé caer en el sillón, mirando a aquel animal pegado al techo, que se puso en movimiento y bajó por una de las paredes para tenderse mansamente a mis pies, como lo habría hecho un perro. Un intenso escalofrío me recorrió la espalda, dejándome la impresión de que mi vida estaba rozando el absurdo.

 

 

(Imagen tomada de luis-alvarenga.blogspot.com)

 

-¡Kafka! –dije yo, sin saber muy bien qué quería decir-. Estoy viviendo con Gregorio Samsa.

Me quedé observando al gusano, que a su vez me miraba con una mirada que, me pareció, contenía toda la ternura que mi mujer me había negado. Me serví una copa. Y después varias más, así que amanecí tirado en el sofá, vestido, resacoso y triste. Tuve la sensación de que el gusano sólo era producto de mi borrachera, pero encendí la luz, lo busqué en el suelo y me di cuenta de que estaba tumbado en el mismo sofá que yo, a mis pies, como podría haberlo hecho un gatito o cualquier otra mascota. En silencio, para no despertar a Kafka –en ese momento decidí ponerle ese nombre-, me dirigí al baño y me di una ducha, me vestí y salí a la madrugada intentando poner orden en mi mente y en mi vida.

Volví por la noche, confuso y atemorizado por encontrarme con aquel bicho, por si era real. Abrí y lo encontré esperándome en una alfombra que hay en la entrada. Muy nervioso, fui a mi dormitorio y me puse el pijama mientras lo oía acercarse por el pasillo. Pasé, de vuelta al salón, por encima de él, con mucho cuidado de no pisarlo, pues había crecido mucho y llenaba la anchura del corredor. Me senté ante el televisor. De nuevo, lo oí aproximarse. Sus patitas arañaban suavemente la tarima y el ruido se iba acercando lentamente. Por fin entró y me miró. Esta vez, me pareció mucho más entrañable, y su mirada era mucho más afectuosa, casi más humana que muchas de las que se habían cruzado conmigo durante todo el día.

-¿Qué pasa, Kafka? ¿Cómo te ha ido? –me sorprendí preguntándole en voz alta, al tiempo que el bicho levantaba la cabeza y me miraba agradecido.

Me levanté y traje una bandeja con una cerveza y unos  aperitivos. Kafka se incorporó, como excitado por la comida y comprendí que no había comido nada desde la planta, así que le eché en un cuenco unos cereales y un poco de leche. En pocos minutos había dado cuenta de su menú y estaba a mis pies, enroscado y beatíficamente dormido. Me hizo reflexionar sobre muchas cosas, sobre el mundo de los afectos, sobre la naturaleza humana y sus prejuicios… sobre mi desaparecida mujer, mi soledad y sobre mí mismo.

Me dio por pensar, como si fuera un padre lleno de insoslayable responsabilidad, que esa criatura dependía de mí, que no sobreviviría sin mis cuidados, sin el incipiente afecto que ya sentíamos recíprocamente… que yo tenía que dejar la bebida y empezar a ocuparme de la casa, tan sucia desde la ausencia de Eva. Empecé a pensar qué cosas podía comprar para Kafka. Decidí traerle frutos secos, aceitunas, más cereales, zumos de distintos sabores…, pero inmediatamente deseché los frutos secos y las aceitunas, que contenían muchas grasas y demasiada sal, no se fuera a poner enfermo o a coger sobrepeso…

Desde entonces, apenas pruebo el alcohol duro, vuelvo a casa tan pronto como salgo de la oficina, y paso con Kafka todo el tiempo que puedo. Ya no me amarga la ausencia de Eva (¡Allá ella! –pienso con frecuencia-. Casi estoy mejor sin aguantar sus manías). Ahora Kafka llena mi vida. Le he comprado una cunita para gatos, muy coqueta, pues ya está refrescando por la noche… Y viene cuando lo llamo y se deja acariciar mansamente. Sé que alguna de estas noches, cuando empiece el frío, acabará metido en mi cama, ¡pobrecito!

Alberto Granados

Post Navigation

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 265 seguidores