Alberto Granados

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El recuerdo y la Historia (“Morir en Granada”, novela de Joaquín Pérez Prados)

Que nadie se lo creía.

Que nadie se lo explicaba.

Que a la luz del mediodía

sangre del pueblo corría

por las calles de Granada.

(José García Ladrón de Guevara)

Morir en Granada” (Ed. Alhulia, 2010), la última obra que ha publicado el motrileño Joaquín Pérez Prados, es una novela enormemente atractiva que tiene mucho de crónica periodística, de memoria personal, de búsqueda introspectiva de las propias señas de identidad, de evocador repaso de una historia reciente que no debe ser olvidada. También, de terapia o catarsis, de intento de recuperar a ese adolescente que en 1970 vivió los hechos narrados, lleno de perplejidad, de interrogantes y sobre todo de futuro, de un futuro lleno de posibilidades tan vírgenes como su alma de dieciocho años. Creo que esas son las coordenadas en que cabe encuadrar este libro, que llega inapelablemente directo al lector, al que envuelve en el aura de sus remembranzas, tan vívidas, directas y cálidas, que se identificarán y mezclarán con las vivencias de cada uno de los que sigan la peripecia del joven protagonista, atolondrado, indeciso y soñador, que al inicio del libro no sabe qué hacer con su vida, pero que en sólo un par de meses va a asentar los pies en la tierra y a descubrir la dureza de su realidad, la realidad de cualquier español de 1970.

La novela sigue dos tramas argumentales que, si bien al principio parecen no tener nada en común, llegarán a confluir en la conciencia del protagonista, trasunto del autor, y a determinar el lenguaje del relato. El narrador vuelve a Granada en la actualidad (“treinta y dos años después de los hechos que vamos a narrar, a una cita a medias entre el recuerdo y la historia”, dice en la página 10, en una perfecta descripción del contenido bipolar de la obra). Un largo paseo por la ciudad le hace volver a su propia biografía. Desde ese momento, en la primera trama, el lector irá viendo avanzar una crónica de las negociaciones del convenio de la construcción que se estaban llevando a cabo en aquel lejano verano de 1970. Dichas gestiones terminaron con una manifestación de albañiles y con  la brutal e injustificable represión de la misma, que arrojó un luctuoso balance de varias decenas de heridos y algo mucho más terrible: tres albañiles muertos por impacto de bala. La reacción solidaria de los trabajadores de la construcción, el encierro en la catedral, la vigilancia y aislamiento de los encerrados, el secuestro de las motillos (¡cuánto tiempo sin oír este término tan granadino, que aquí adquiere un inusitado uso literario!), las repercusiones de tan bárbara represión dentro y fuera del país…

Por otra parte, la novela nos cuenta la problemática personal del protagonista en una segunda trama que avanza pareja a la anterior. Es un chico de dieciocho años que vive en Motril y no tiene decidido su futuro: con el bachillerato recién terminado, no sabe si iniciar una carrera universitaria o incorporarse al mundo laboral, ni si hacerlo aquí o en Alemania, en aquella Alemania receptora de inmigrantes hispanos que iban a desarrollar los trabajos que la población autóctona despreciaba. Finalmente, agobiado por la falta de expectativas, opta por irse durante las vacaciones estivales a Canet de Mar a trabajar en la construcción, con el objetivo de allegar un dinero necesario para seguir sus estudios. Allí irá descubriendo un modo de vida mucho más cosmopolita que el que siempre ha tenido como único modelo en su Motril natal. Va a descubrir el mundo nocturno de las discotecas y las turistas europeas, la sexualidad abierta y libre, el compromiso político, los sentimientos nacionalistas de un grupo de jóvenes catalanes, el activismo militante, el amor, el desengaño… de modo que, cuando regrese a su casa, el alma del protagonista habrá cambiado de piel y, aun siendo el mismo, será otro. El autor despliega magistralmente el tópico literario del viaje como rito iniciático del que se vuelve transformado por otros sentimientos, otra cosmovisión y otro grado compromiso.

El ensamblaje de ambos ejes argumentales es, precisamente, la toma de conciencia social y el más absoluto rechazo a la injusticia cometida en Granada, el flamante sentido de solidaridad con la sangre derramada ante el emblemático edificio de los sindicatos verticales, curiosamente hoy reconvertido en un hotel de cuatro estrellas en plena Avenida de la Constitución, por entonces llamada de Calvo Sotelo.

Ambas tramas van alternando en los diferentes capítulos, a la manera de una novela-cremallera, al menos en la primera mitad del libro, ya que a partir de la carga policial y los albañiles muertos, ambos argumentos dejan de ser autónomos y se mezclan e interrelacionan cada vez de una forma más indisoluble, de modo que el ritmo prefijado se rompe, como muchas convicciones en la conciencia de los protagonistas. En esta segunda parte, ambas acciones sirven recíprocamente de contrapunto entre el nivel personal del chico y el nivel social de los hechos, entre el recuerdo y la historia.

Hay también dos registros claramente diferenciados: la vida del muchacho, su toma de conciencia, su descubrimiento de la realidad de la vida, su evolución interior, la parte autobiográfica, en síntesis, se reviste de un tono intimista,  introspectivo, cargado de elementos costumbristas. Es el recuerdo, cargado a veces de intensidad, como el momento en que la chica se le entrega, en mitad de una misión clandestina en Perpiñán:

Sila dormía y sus cabellos habían quedado revueltos sobre la almohada. Dormía de perfil, del lado contrario al que yo solía ver desde mi asiento de copiloto. El calor era húmedo y untuoso, como de ciénaga. La sábana le cubría medio cuerpo y su liviano camisón dejaba entrever una generosa porción de su pecho. Definitivamente el sueño había huido de mis ojos. Me aproximé a ella con morosidad hasta quedar de rodillas junto al lecho. Observé el pálpito de sus senos, dentro de la fina tela, acompasados con la respiración. Sus labios entreabiertos sugerían la voluptuosidad de un beso húmedo y, a través de ellos, podía aspirar la pesadez del aire. Nunca mis sentidos habían experimentado semejante exaltación.

El sueño le dulcificaba los rasgos. Quizá por efecto de mi proximidad se agitó en la cama dejando al descubierto unos centímetros más de piel, y la imaginé gloriosamente desnuda.

¡Cómo deseaba fundirme a ella, adherirme a su piel! Extendí mi mano hasta enredarla en sus cabellos y, a su contacto, sentí un estremecimiento inusual. Así estuve largos minutos, cual ladrón de besos, cual espía que velara el descanso de su amada. Mis dedos bajaron hasta sus mejillas y dibujaron sutilmente el arco de sus pómulos.

-¡Sila! -volví a susurrar. La despojé suavemente de la sábana y me introduje en su lecho. Entonces ella se despertó. Por un instante, de regreso del sueño, pareció no comprender lo que estaba sucediendo. Acto seguido sonrió y sus brazos se abrieron para aceptarme, para acogerme en ellos, para abrazar este cuerpo mío que era brasa.

En cambio, los hechos de Granada, la Historia, se cuentan usando un tono periodístico que pretende ser objetivo, pero que se vuelve solemne y por momentos épico, en los pasajes narrativos fundamentales. Cuando señalo este tono épico, quiero decir que el autor se deja llevar por su mundo emotivo personal y “se le dispara” un lenguaje propio de arenga o mitin, de narrativa social y militante. Un tono que pretende ser un arma cargada de futuro o al menos de denuncia. Para ello se apoya en gradaciones, en similicadencias, referencias que pretenden  identificar a los albañiles muertos con otras víctimas de la injusticia, cercanas en el inconsciente colectivo de aquella época (García Lorca, Mariana Pineda, Machado…). El dramatismo también queda reforzado por una serie de fotografías obtenidas del diario Ideal de la época.

(Joaquín Pérez Prados en una foto tomada de su web)

Una muestra de este aspecto, podría ser el siguiente pasaje:

La asamblea del día 20 de julio dio comienzo a las siete de la tarde y los ánimos de los reunidos se hallaban especialmente tensos y sensibles. Los miembros de la mesa fueron al grano, tal como exigía el masivo auditorio, e informaron de la situación con palabras crudas. Y tras el acalorado debate saltó al aire la propuesta de huelga.

¡Huelga!

Había llegado la hora de la verdad. Y el ritmo cardiaco de los albañiles se aceleró.

En la votación posterior, a mano alzada, no fue necesario contar los dos mil brazos enérgicos, ardorosos, unánimes, levantados hacia la techumbre del salón de actos.

¡Huelga!

La convocatoria había triunfado.

Entre los presentes se hallaban gran parte de las víctimas del día siguiente. Allí estaban, disueltos entre sus compañeros, comentando ciertos detalles del convenio, ajenos a que el destino los había señalado con su dedo inexorable.

En el exterior del edificio caía la noche. Los que dentro de pocas horas dejarían de existir, desde la puerta, miraban los restos de un crepúsculo en retirada. Y las estrellas se iban entre la arboleda con un brillo lejano.

Hacía calor en las aceras de Calvo Sotelo y los escasos transeúntes miraban la escena con cierta inquietud. El paisaje urbano inmediato se vestía de luto y preparaba para la inminente batalla.

También el lenguaje confiere ribetes heroicos a los albañiles  en este otro pasaje, que el autor termina con una sincopada enumeración que va creando un intenso clímax:

EL veintiuno de julio los albañiles granadinos no acudieron a sus respectivas obras. Ese día no hicieron mezcla ni cernieron arena; ese día los andamios permanecieron solitarios, olvidados en las alturas.

El veintiuno de julio, a las ocho de la mañana, la cifra de los concentrados frente al Sindicato Vertical superaba en varios miles a la del día anterior, fecha en la que se interrumpieron las conversaciones y se convocó una huelga radical y entusiasta.

Los albañiles tenían una dolorosa cita con la historia.

Las motillos proletarias volvían a verse aparcadas en Calvo Sotelo, mientras los obreros coreaban consignas con voces de tenor enfurecido. Pero clamaban en el desierto y nadie atendía sus cuitas.

¡Salarios dignos!

Los albañiles granadinos esparcieron al viento sus demandas. Y fueron levadura en la masa y muchedumbre en la calle.

Hombro con hombro.

Grito con grito.

Piedra con piedra.

No es sano para las dictaduras que los obreros se movilicen en multitudes, que se dejen ver por las calles en alardes y actitudes insumisas. Por eso los mandos de la fuerza pública presente no vieron con buenos ojos aquel entusiasmo proletario, aquella rebelión matinal.

Un joven teniente de academia exigió que se disolvieran, que se esfumaran en el aire tenso de Calvo Sotelo, que no dejaran ni rastro en esa mañana de plomo, sable y cuchillos afilados. Pero los alarifes no se disolvían, se encontraban cómodos en esa ruda sinfonía coral de voces alborotadas. Nunca se les había visto con tanto arrojo y con tan escasa ración de miedo. Parecían dispuestos a todo. Por eso el corneta oficial de la compañía hinchó los carrillo acumulando aire, tensó los labios en un rictus de fría sonrisa y sopló como nunca había soplado: dos toques largos de clarín en si menor, prólogo inminente de la batalla.

Los albañiles, que pretendían adecentar el agravio de su sueldo miserable, se vieron envueltos por una ola de inusitada violencia. Pedían dignidad y les contestaron con golpes.

Y verdugones.

Y plomo.

Y disparos.

Y heridos.

Y detenciones.

Y muertes en las proximidades del edificio sindical.

(Juan Genovés, “El abrazo” (1976), todo un icono de aquella época)

Pérez Prados afronta toda esta materia narrativa con un equilibrado ritmo que hace que el relato vaya avanzando de forma imperceptible, con un interés creciente por parte del lector, especialmente del lector que, por razón de edad, vivió aquellos hechos y el ambiente político de los estertores del franquismo. Este narratario preferente, que estará necesariamente en torno a los sesenta años de edad, reconocerá como suyas las mil referencias a un pasado aquí recuperado para seducirnos a través de la irresistible nostalgia: la aparición de los primeros panfletos antifranquistas, impresos con las “vietnamitas”; el ambiente de flirteo con las turistas y las primeras experiencias clandestinas; el acicalamiento previo al flirteo y la pretendida fama machista de los latin lovers hispanos; el cine fórum (impagable la referencia a un maravilloso melodrama de la época: “La hija de Ryan”, de David Lean, 1970); el viaje de Motril a Barcelona en un autobús de época; los brotes de militancia antifranquista y la confusión política, que metía en el mismo frente las reivindicaciones sindicales y los afanes nacionalistas del catalanismo; el repaso geográfico-emocional de la Granada pobre y atrasada de los setenta; los curas obreros (con una referencia concreta al párroco de La Virgencica, un barrio entonces ferozmente deprimido); la costumbre de los encierros en las iglesias, único ámbito donde las fuerzas del orden  no se atrevían a entrar; las referencias musicales de la época (Los Brincos, Lone Star, Los Ángeles, Tom Jones, Serrat, Matt Monro, María Dolores Pradera, Peret, Julio Iglesias, Raphael, Karina, Nino Bravo, Mari Trini, Víctor Manuel, Carlos Cano…); las lecturas juveniles de Martín Vigil; la guerra de Vietnam en los telediarios…

Son las mil referencias concretas que configuran un telón de fondo anímico en que encuadrar esta novela, ágil, amena, llena de ternura, de denuncia, de solidaridad, de recuerdos ahora redivivos. Su lectura termina con un regusto en el alma, una sonrisa en el semblante y con una combativa necesidad de mantener aquel episodio en nuestro recuerdo:

“De aquellos hechos pasados nos queda la dignidad, el recuerdo, la esperanza.

Nos queda la memoria.”

Nos queda la memoria, y eso es mucho: es nuestra propia vida, que algún día se hará Historia.

Alberto Granados

NOTA: Una versión reducida de este artículo apareció en el número de febrero de la revista Pliegos de Alborán, la separata cultural de El Faro de Motril

El sangriento convenio de la construcción en Granada en 1970

El diario Ideal (por entonces perteneciente a Prensa Católica) del miércoles 22 de julio de 1970 ofrecía en su portada noticias tan distintas como pueden ser que La Princesa Sofía ejerce de madrina en la botadura del “Castillo de la Mota”, por un lado, y Choque entre manifestantes y la Fuerza Pública, en Granada, por otro.

La primera constituía un acto más de propaganda de la pareja que Franco había previsto que lo sucediera al frente de la Jefatura del Estado, mientras que la segunda se refería a lo sucedido el martes 21 en la manifestación de obreros de la construcción y era todo un trallazo en la conciencia de un régimen cuya propaganda trataba de mostrar una arcadia de paz social y ausencia de conflictos, todo conseguido gracias al régimen del dictador, siempre según el discurso oficial, y a su gran creación, el sindicato vertical, que incluía a patrones y obreros dentro de la misma sección sindical en que se negociaban los convenios, todo ello vigilado desde dentro por representantes del Movimiento, un modelo en el que al trabajador no le quedaba más remedio que aceptar las condiciones laborales que su sindicato decidiera.

La noticia empezaba por una nota del Gobierno Civil en la que se explicaba que ante la reunión de manifestantes a las puertas del edificio de Sindicatos, la policía tuvo que intervenir y repeler un ataque previo de los albañiles concentrados a la espera de mejoras en el convenio que se estaba negociando. La noticia termina con tres nombres: los de los albañiles muertos, que fueron Antonio Cristóbal Ibáñez ,de 43 años, y Manuel Sánchez Mesa, de 27 años y residente en Armilla, junto a un tercero que en aquel momento no se había podido identificar y que a la postre resultó ser Antonio Huertas Remigio, de 21 años y residente en la vecina localidad de Maracena. Las noticias de los días siguientes hablan de los entierros, del abandono del encierro en la catedral, del avance del convenio… para ir diluyéndose como si no hubiera pasado nada y no hubiera tres familias vestidas de luto.

Antes de seguir, hay que asentar unas coordenadas históricas de los hechos, para comprender su significado. En 1970, el franquismo se preparaba para reciclarse, para lo cual las Cortes habían ratificado a Juan Carlos de Borbón como sucesor de Franco en julio de 1969, en virtud de una de las leyes orgánicas del régimen (Ley de Sucesión, de julio de 1947). Eran los tiempos en que se empezaban a comprender las verdaderas y patéticas claves de nuestra supuesta bonanza económica: los salarios más bajos de Europa, una ingente cantidad de emigrantes enviando remesas de divisas y un sindicalismo amaestrado. El engaño no podía mantenerse más, así que una serie de personas que intentaban cambiar el régimen desde dentro, los “aperturistas”, empezaron a crear una nueva ilusión controlada, para lo que se empezó a hablar de una nueva ley de educación, generalizadora y gratuita (la ley Villar Palasí, la que generó la EGB), una nueva ley sindical, un cambio en las relaciones Iglesia-Estado y hasta algo que parecía inviable: la entrada en el entonces llamado Mercado Común Europeo, hacia el que se estaban empezando a dar los primeros pasos, que a su vez exigían un inequívoco acercamiento a la democracia real.

En este panorama, los sindicatos de clase empezaron a tener cada vez más peso, incluso desde la clandestinidad, y en 1970 consiguieron organizar una serie de huelgas en Asturias y una en la construcción de Granada, ciudad que no había tenido ninguna huelga desde los tiempos de la República, así como la huelga del metro en Madrid. La bestial represión de la policía en esta ciudad, no sólo produjo tres inexplicables muertos y seis heridos, sino que dejó bien claro que el aperturismo era un mero maquillaje del régimen que, si iba a morir, lo haría matando. Nuestra ciudad, una vez más, se enfrentó a lo inexplicable, a lo fatalmente injusto e irremediable, como había sucedido en una cadena de hechos históricos que van desde la expulsión de judíos y moriscos, o lo autos de fe en Plaza Nueva, hasta la ejecución de Mariana de Pineda en la España de Fernando VII.

La prensa del Movimiento y de la iglesia se ocuparon de disfrazar los hechos y culparon a los curas obreros (aquella Acción Católica de los últimos años del franquismo, con su sección obrera, llamada HOAC: Hermandad Obrera de Acción Católica). Los falangistas, que consideraban que el sindicalismo vertical era cosa suya, también la emprendieron contra los curas rojos. Se usó tal grado de violencia verbal, que el arzobispo de Granada, Monseñor Benavent Escuín, hasta entonces muy conservador, escribió una pastoral denunciando el uso de la violencia contra personas indefensas y exigiendo canales de diálogo “reales”. El hecho de que los manifestantes estuvieran varios días en la catedral, “en sagrado” que se diría en los tiempos del Barroco, refugiados del cerco policial, marcó una tendencia: la de los encierros en las iglesias, que tan poco tiempo después generaría un absoluto divorcio entre la iglesia y el régimen y llevaría a los valientes chicos de extrema derecha a llenar el país de pintadas tan ingeniosas como “Tarancón, al paredón”.

(Monumento a los obreros de la construcción represaliados. Imagen tomada de  actiweb.es.esculturaurbana/pagina 2)

(El antiguo edificio de los sindicatos, reconvertido en hotel)

Mientras los encerrados estaban debatiendo soluciones a la huelga, las Mobylettes en que habían ido al sindicato la mañana de los muertos habían sido confiscadas por la policía y depositadas en el patio del Ayuntamiento, a la espera de que los dueños fueran a recogerlas para meterlos en cintura. Finalmente, se negoció la salida, la entrega de las motillos y los obreros fueron enterrados.

Algunos años después, se les dedicó un monumento en la Caleta, donde se produjeron los disparos (en la actualidad ha desaparecido, pues la zona está en obras por el trazado del metro ligero). Hace sólo un par de años, el edificio de aquellos sindicatos se ha convertido en un moderno hotel de cuatro estrellas y la tragedia de entonces ha dado paso a la ignorancia de los hechos, al olvido, a la incomprensión de aquella situación histórica en que vivíamos hace cuarenta años. Un escritor motrileño, Joaquín Pérez Prados, publicó un novela sobre los hechos. De ella os hablaré próximamente. No queda nada más. Por eso, esta entrada, dedicada a recuperar la memoria de los tres asesinados por las fuerzas de aquel cruel desorden.

Alberto Granados

¿Cayó la estaca?

El otoño de 1975 vino bien cargado de hechos que hoy, con treinta y cinco años de perspectiva, me parece que fueron decisivos en mi vida. Por aquel entonces, yo tenía 26 años recién cumplidos, estaba a punto de casarme,  estudiaba Filología Hispánica en el Colegio Universitario de Jaén (aún no era Universidad propiamente dicha, sino una especie de sección delegada de la de Granada) y trabajaba de maestro en un centro de adultos en el barrio jiennense de Peñamefécit. Ya tenía mis ideas izquierdosas, aún tenues y ciertamente confusas, y los encontronazos ideológicos con mi madre y mis tíos empezaban a ser constantes: cuarenta años de franquismo completamente asumido chocaban frontalmente con mi nueva manera de ser, pensar, vestir, dejarme barba… que ellos juzgaban como una desgracia y una degradación moral. Con el tiempo, la generación vieja fue asumiendo, con más o menos resignación, las nuevas costumbres e ideas, y yo, por mi parte, aplaqué mi virulencia de entonces, de manera que terminé por llevarme bastante bien con mi entorno familiar.

La realidad era, desde hacía ya algún tiempo, que el régimen estaba desmoronándose y que se veía como una autentica ruina. No existían los partidos políticos (sólo el Movimiento Nacional, como es lógico) pero, se empezaba a tolerar unas llamadas “asociaciones políticas”, todas vinculadas a la democracia cristiana,  al grupo liberal y a ciertos políticos de una derecha mucho más coherente y civilizada que la actual. Se fraguaron una llamada Plataforma Democrática y una Junta Democrática, después unificadas en la llamada “platajunta”, con el objetivo de acercarnos a una transición a la democracia.

La Iglesia, por su parte, también era enormemente batalladora y pedía desde los púlpitos el reconocimiento de los derechos civiles. El obispo de Bilbao, Monseñor Añoveros, escribió una pastoral sobre la identidad del pueblo vasco que enfadó a Franco, hasta el punto de que estuvieron a punto de romper relaciones diplomáticas con el Vaticano y renunciar al Concordato (¡ojalá lo hubieran hecho!) y Tarancón, que presidía la Conferencia Episcopal, era un objetivo de la derecha franquista, que pintaba las paredes con el eslogan “Tarancón al paredón”.

Las demás potencias europeas llamaban con frecuencia a las cosas con sus auténticos nombres (dictadura, dictador, crímenes, violencia institucional, falta de derechos…), que lo oíamos en la Pirenaica (una emisora del Parido Comunista, más que clandestina, casi mítica en nuestra memoria) y Franco se retorcía de espanto en unas rabietas más teatrales que s¡nceras, a tenor de la evidencia: no aflojó jamás en su perversa misión mesiánica.

(Imagen de kaosenlared)

El desmoronamiento del régimen se presentó muy peligroso, como un animal moribundo que saca toda su ferocidad, dispuesto a morir matando, como quedó demostrado con los fusilamientos del 27 de septiembre, apenas dos meses antes de la muerte del cruel dictador. Los reos fueron condenados por tribunales militares, sin mucho rigor procedimental, ni garantías procesales, ni ganas de aparentarlas y la ejecución provocó un gran revuelo internacional, hasta el punto de que muchos estados retiraron su personal diplomático y cerraron sus embajadas en Madrid. Algunos de los que murieron fusilados tenían escasamente veinticinco años y no tenían más delito que ser militantes de un llamado FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico), igualmente confuso en sus objetivos y prácticas militantes. Luis Eduardo Aute compuso su canción “Al alba”, en una disimulada referencia a las asesinas ejecuciones, tan injustas como innecesarias.

Muchos militares, abiertamente en contra de defender un estado antidemocrático, habían creado una clandestina UMD (Unión Militar Democrática), por lo que más de un oficial o jefe tuvo que dar cuentas ante la justicia militar, salir del país o enfrentarse a la expulsión del ejército. Acababa de suceder la revolución de los claveles en Portugal y muchos castrenses pensaban que ese era el camino.

Marruecos, como viene siendo habitual, aprovechó la debilidad del régimen para ocupar el Sahara, en lo que periodísticamente se llamó la marcha verde. Ni entonces, ni ahora, se ha hecho justicia con la ex-colonia, abandonada a su suerte (tal vez también a su muerte civil, e incluso física: ya se habla de limpieza étnica) y dejada al afán carroñero de Marruecos y Mauritania, que quizá terminarán por masacrar a la población saharaui mientras en la ONU se discute si son galgos o podencos y en Madrid se mira para otro lado (¡qué vergüenza!).

Una flebitis dejó a Franco postrado en lo que todos sabíamos que eran sus últimos estertores. Cada telediario (sólo existía TVE, que tenía dos canales) incluía la lectura del parte médico, firmado por el “equipo médico habitual”, expresión que ya empezó a sonarnos a chiste. Una madrugada, en la pensión, el vecino de habitación tocó en mi puerta y me dijo: “Ha muerto el abuelo”. Fui al Colegio Universitario, que estaba cerrado a cal y canto, busqué a mi novia, que se iba a su pueblo, la mayor parte de mis amigos se marchaban también, llamados por sus padres para evitar complicaciones, así que yo me fui a Alcaudete, pues disponíamos de siete días de luto y había auténtico miedo. Se contó que en algunos pueblos, la extrema derecha sacó armas a la calle, dispuesta a “intervenir”.

Yo ponía una casete de Lluis Llach y oía L’estaca, la canción donde se hablaba de una estaca vieja y podrida, en cuya letra se decía aquello tan pegadizo de: “Segur que tomba, tomba, tomba / ben corcada deu ser ja.  (Seguro que cae, cae, cae, / pues debe estar ya bien podrida).

El texto decía:

L'avi Siset em parlava 
de bon matí al portal, 
mentre el sol esperàvem 
i els carros vèiem passar. 

Siset, que no veus l'estaca 
a on estem tots lligats? 
Si no podem desfer-nos-en 
mai no podrem caminar! 

Si estirem tots ella caurà 
i molt de temps no pot durar, 
segur que tomba, tomba, tomba, 
ben corcada deu ser ja. 

Si jo l'estiro fort per aquí 
i tu l'estires fort per allà, 
segur que tomba, tomba, tomba 
i ens podrem alliberar. 

Però Siset, fa molt temps ja 
les mans se'm van escorxant 
i quan la força se me'n va 
ella es més forta i més gran. 

Ben cert sé que està podrida 
i és que, Siset, pesa tant 
que a cops la força m'oblida, 
torna'm a dir el teu cant 

Si estirem tots ella caurà 
i molt de temps no pot durar, 
segur que tomba, tomba, tomba, 
ben corcada deu ser ja. 

Si jo l'estiro fort per aquí 
i tu l'estires fort per allà, 
segur que tomba, tomba, tomba 
i ens podrem alliberar. 

L'avi Siset ja no diu res, 
mal vent que se'l va emportar, 
ell qui sap cap a quin indret 
i jo a sota el portal. 

I, mentre passen els nous vailets, 
estiro el coll per cantar 
el darrer cant d'en Siset, 
el darrer que em va ensenyar. 

Si estirem tots ella caurà 
i molt de temps no pot durar, 
segur que tomba, tomba, tomba, 
ben corcada deu ser ja. 

Si jo l'estiro fort per aquí 
i tu l'estires fort per allà, 
segur que tomba, tomba, tomba 
i ens podrem alliberar.

El texto, en castellano, dice:

El viejo Siset me hablaba
al amanecer, en el portal,
mientras esperábamos la salida del sol
y veíamos pasar los carros.

Siset: ¿No ves la estaca
a la que estamos todos atados?
Si no conseguimos liberarnos de ella
nunca podremos andar.

Si tiramos fuerte, la haremos caer.
Ya no puede durar mucho tiempo.
Seguro que cae, cae, cae,
pues debe estar ya bien podrida.
Si yo tiro fuerte por aquí
y tú tiras fuerte por allí,
seguro que cae, cae, cae,
y podremos liberarnos.

¡Pero, ha pasado tanto tiempo así !
Las manos se me están desollando,
y en cuanto abandono un instante,
se hace más gruesa y más grande.

Ya sé que está podrida,
pero es que, Siset , pesa tanto,
que a veces me abandonan las fuerzas.
Repíteme tu canción.

Si tiramos fuerte…

El viejo Siset ya no dice nada;
se lo llevó un mal viento.
- él sabe hacia dónde -,
mientras yo continúo bajo el portal.

Y cuando pasan los nuevos muchachos,
alzo la voz para cantar
el último canto que él me enseñó.

Si tiramos fuerte…

 

 

(Imagen de labellea.blobic)

Curiosamente, en los días de las exequias del dictador, tan llenas de boato y sacralización del régimen, yo estaba leyendo “Los funerales de la Mamá Grande” y me reía mucho, con una risilla malévola que mosqueaba a mi madre. Después, la transición nos hizo olvidar todo aquello, y creímos que la vieja frase del dictador, según la que “todo estaba atado y bien atado”, era algo pasado. Hoy me asalta la duda al ver envalentonada a la derecha; al ver la indecencia de algunos tertulianos que, sin ningún empacho, vuelven a discursos políticos de entonces, tan llenos de miseria moral; al ver de nuevo la defensa furibunda de valores caducos que yo creía olvidados para siempre; al ver a la iglesia, de nuevo montaraz y mezquina; al ver a Garzón apartado de la carrera judicial; al ver la deriva moral en que estamos. Ya no sé si los pequeños tirones que dimos muchos millones de personas sirvieron para hacer caer la estaca o para levantarla, de nuevo amenazadora,  contra nosotros mismos.

Alberto Granados

Baeza

El 20 de febrero de 1966, un grupo de intelectuales intentó hacer un homenaje a Antonio Machado en Baeza. Unos meses antes, habían formado una comisión para madurar el evento y organizarlo con el sigilo que la situación política exigía. Habían cursado cartas en secreto, habían escrito discursos, poemas, se habían preparado grabados y hasta un busto del poeta, realizado por el escultor Pablo Serrano. La comisión estaba  integrada, entre otros, por el propio, Pablo Serrano, Ángel Hernández Jiménez, Aurora de Albornoz, José Manuel Caballero Bonald, Fernando Ramón, Valeriano Bozal y el fiscal Jesús Vicente Chamorro. Mi profesor de literatura del colegio del Sacromonte (no recuerdo en nombre, pero sí el mote: “el Palanca”) también asistió y fue mi primera referencia de los hechos.

(El País, lunes 11 de abril de 1983)

 

Según este hombre, muchos filólogos, muchos universitarios y muchísimos admiradores de Machado habían ido a Baeza, bien temprano, para el homenaje, pero a medida que se iban acercando, se fueron alarmando por la cantidad de controles de la Guardia Civil. Mucha gente ya estaba en Baeza, pero a ellos no les permitieron continuar. Alguien protestó, hubo malos modos y se lió. Los de Baeza, lo contaban mucho tiempo después diciendo “Hubo más palos que en la aceituna”. Más de un intelectual salió de la noble ciudad por entre los olivos, con los zapatos, el traje y la corbata hechos jirones y la clarísima conciencia de lo que era una dictadura. 

En 1983, concretamente el 10 de abril (o sea, pasado mañana hará exactamente 27 años), con una democracia recientemente estrenada,  la misma comisión consiguió llevar a cabo el homenaje. Había tales ganas de recobrar tanta libertad perdida, que la gente acudió masivamente. Esta vez, el busto de Pablo Serrano ya estaba instalado en el paseo que da al valle del Guadalquivir, por donde tantas veces paseara don Antonio, y el fiscal Chamorro, mucho más viejo y más sabio, leyó un emotivo discurso. Asistieron Alberti y Paco Rabal, que leyeron textos muy emotivos.

El evento cobró una intensidad inusual: sólo dos años antes, los golpistas de Tejero estuvieron a punto de silenciar de nuevo la recién conquistada democracia, apenas seis meses antes, el PSOE había ganado las elecciones… Se percibía un importante cambio social, así que la gente vio en el acto de Baeza una oportunidad de defender la libertad, de ahí que nos reuniéramos toda una multitud.  Obviamente, yo fui a Baeza, me emocioné con el acto y tomé unas fotos que hoy os ofrezco, ya desvaídas por el tiempo y por la escasa calidad de mi cámara de entonces. No pude acercarme más, pues la gente lo ocupaba todo, así que al fiscal, a Alberti o a  Paco Rabal, casi no se les ve.

 

 

 (Varios aspectos del acto)

 

 

 

 

Tras los discursos, hubo un paseo hasta el busto, y después hasta el Instituto donde enseñó el poeta, hoy convertido en sede de la Universidad de Verano de Andalucía.

 (En el claustro de su instituto)

 

 

 

 

 (El busto de Machado, obra dePablo Serrano)

 

 

 

 

Veintisiete años después, cuando muchos de los que entran a este blog creen que siempre ha existido el actual régimen de libertades, quiero traer el recuerdo de ambos homenajes, el frustrado y el que presencié en el 83. Para los escépticos y los revisionistas del franquismo, para los que censuran a los políticos (yo siempre he dicho aquí que prefiero una democracia, aunque funcione mal, que una dictadura, aunque funcione bien), para los dubitativos y desafectos. Para que no se pierda la memoria.

Alberto Granados

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