¡Oé, oé, oé!
Sólo unas horas y sabremos el resultado: la selección española de fútbol, “la roja”, será o campeona o subcampeona del mundo. Habrá miles de fotos, discursos que resaltarán el tono épico del triunfo, recepciones oficiales, paseos en loor de multitudes, tal vez visitas a alguna virgen o santo patrón… Los jugadores serán las rutilantes estrellas –ya lo son- durante un tiempo mediático y después, las banderas decoloradas por el sol abandonarán los balcones, los niños guardarán sus camisetas oficiales, la iconografía pasará a ser guardarropía y el mundo seguirá su curso. Del heroísmo, de la gesta, del mito, sólo quedará un vago recuerdo, y la tozuda realidad de cada día se impondrá y nos demostrará que los sueños tienen fecha de caducidad.
Yo sigo pensando que sólo se trata de un juego, de un entretenimiento que consiste en once señores dándole patadas a un balón y que, por mucho que se sobrevalore, sólo es eso: una distracción llena de intrascendencia, pero parece que no ando en la onda correcta, ya que los titulares de estos días hablan de “hacer historia”, “gesta”, “héroes y heroísmos”… Lo he dicho más de una vez: yo veo mucho más heroísmo en llegar a fin de mes que en ganar el mundial con sueldos que escandalizan y que ya querrían para sí los auténticos “genios” de la creación artística, los grandes talentos que nunca firmarán fichajes con el Madrid o el Barcelona.
Ya sabéis que todo lo competitivo me deja bastante indiferente, así que no entiendo demasiado esta locura colectiva del mundial. En cualquier caso, bienvenido sea el triunfo, más que por autoafirmación, por el poder catártico que tenga ese alegrón en tiempos de una crisis dramática.
Sólo me preocupa que la barbarie asociada a estos triunfos pueda provocar más daño del “normal”. Si un campeonato de Europa implica hacer polvo la Cibeles o la Fuente de las Batallas, un Campeonato del Mundo se merecerá -¿qué menos?- quemar el Museo del Prado (perdón: ya sé que hay quien en temas de museos no adm¡te bromas), derribar media Alhambra, o llenar de pintadas todas las catedrales… ¿o no?
Yo, más incrédulo, menos gregario y menos dado a dejarme llevar por estas “espontaneidades”, he puesto a enfriar una botella de cava para brindar por la roja, si pierde como si gana. Iré al centro a bebérmela (si no me aplican la Ordenanza y me sanciona un policía local) y a brindar por la alegría. Y daré un trago en memoria de Lorena Guerrero, la cooperante fallecida en Perú por participar en un programa solidario, esa chica que entierran hoy en Peligros, justo al lado de nuestra ciudad, asunto que ha quedado totalmente eclipsado por la “grandeza” del fútbol. Este sí que será brindis épico y que me dejará un nudo en la garganta. Yo es que soy así.
Alberto Granados
NOTA: Las imágenes recogen distintos aspectos de la “concentración” de entusiastas seguidores de la “roja” cuando nuestra heroica selección consiguió la gesta de le Eurocopa, hace dos años. El semáforo derribado en la calle Reyes es sólo un efecto colateral de la alegría épica.







