Alberto Granados

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Cabos sueltos

Marisa oye de nuevo que la puerta del bloque se abre y se separa del abrazo y de las caricias de Jorge, como impelida por un resorte. Ambos se remeten los faldones de la camisa, se recomponen el peinado y la ropa e inician el descenso del tramo de escalera, simulando una risueña conversación inexistente. Tendrán que representar de nuevo el papel de joven pareja que, casualmente, baja la escalera, con el mayor desenfado, como si no pasara nada…

La chica siempre se pregunta, avergonzada y violenta, si se les notará, si cada vecino con el que se cruzan se dará cuenta de que vienen de meterse mano, de besarse y acariciarse con el mayor deseo, con la más poderosa urgencia, con la ilusionada curiosidad que sus catorce años les imponen.

-¿Se nos notará? –le pregunta a su novio, llena de culpabilidades e incomodidad-. Con tal de que no sea doña Juanita, que es una chismosa y hasta nos para y nos pregunta… ¡Vaya tarde! Hoy parece que todo el bloque está saliendo y entrando sin parar…

Cuando llegan a la planta baja, se encuentran con don Gonzalo, el del cuarto B, un separado simpático y afable que los saluda con una sonrisa socarrona (“-¿Qué hay, chicos? Que os divirtáis”). Marisa cree que ese hombre se da cuenta de todo y que lo aprueba, no como su padre, o como su madre, que hace unas semanas le hizo prometer a Jorge que la iba a respetar siempre…

-¿Es que es tonta mi madre? – se pregunta la chica-. ¿No tuvo nunca catorce años, ni un novio que la tocara ? ¿Por qué me hace pasar esos ridículos?

Los dos chavales salen a la calle, muy incómodos. Tal vez no sea buena idea quedarse en el propio bloque, entre dos plantas, para poder besarse y hacerse caricias. No resulta alentador ir descubriéndose a un paso de las puertas de las cuatro viviendas de la planta, junto a las ventanas de la escalera, que recogen todos los olores de las cocinas, con el ruido de todos los televisores, contando en los telediarios la victoria de Felipe González en las elecciones… Es muy emocionante eso de las caricias, de aflojarse la ropa y dejarse acariciar, de aprender el cuerpo del otro, de experimentar la excitación, de ir encendiéndose…  pero puede ser que un día los sorprenda algún vecino o sus propios padres, que parecen escrutarla cuando vuelve a casa a la hora de cenar. No quiere ni pensarlo. Marisa siente ganas de llorar.

No sabe si lo que hacen es algo tan sucio como dice el cura del colegio o eso son bobadas de beatas.  Sólo sabe que cada tarde llega Jorge, que dan una vuelta, que él se lo pide y que, poco a poco, ella misma también lo va necesitando, que va cediendo cada vez más fácilmente, y más pronto, a las demandas de su novio, al que quiere ya con locura, tal vez por esas mismas concesiones. Lo ve todo muy hermoso y no entiende que tengan que contenerse.

 

Ambos han ido aprendiendo a avanzar: primero se tomaron de la mano, después empezaron a besarse, cada vez más apasionadamente, luego ella le abrió el camino de sus senos y después… ¡Hay ya tanta confianza y tantas caricias que los unen! Tampoco entendía que Jorge se excitara de esa manera. Recuerda que se sorprendió cuando notó lo que notó. ¡Con las ganas que tenía de ser una mujer y qué complicado resulta! Su madre, su padre, la tutora, el cura del colegio, los vecinos… todos presionando para que vea malo lo que le parece tan maravilloso. O al menos, tan excitante.

Han pasado unos minutos y ya han dado dos vueltas a la manzana. Jorge parece ausente. La mira con ojos angustiados de deseo:

-¿Quieres que volvamos a la escalera? Y terminamos, por favor, que estoy muy excitado… Es que eso de dejar cabos sueltos… -sonríe el chico con cara de cordero degollado, mientras se encaminan de nuevo al portal.

***

 

Marisa acaba de volver del supermercado y quiere preparar cuanto antes la comida de mañana, a ver si luego puede salir a dar una vuelta, si es que su madre y su hija están de buen humor, que será difícil. Tendrá que mentir una vez más en su vida: que ha quedado con Pili para tomar una cerveza, que va a ser sólo un rato, que ella no tiene nunca una expansión,  que si es que es sólo una esclava… No quiere pararse a pensar, que acaba llorando, como siempre. No le gusta verse como lo que es: una mujer frágil, apasionada… y, tal vez,  tonta. Lleva toda la vida haciendo lo que quería su ex-marido, su Jorge de siempre, desde que tenían catorce años, y su carácter dócil sólo le ha servido para que él le dijera, hace unos meses, que ella lo estaba asfixiando, que estaba muy confuso, que necesitaba respirar aire limpio, que la quería mucho…, pero que se iba con otra, obviamente, mucho más joven.

-Es que sólo tenemos una vida, ¿sabes? Hay que vivirla, que no es cuestión de dejar cabos sueltos –le había dicho en el último momento, cuando estaba sacando al ascensor todo su equipaje, sin dejar en el piso ni el más mínimo rastro de los años que habían estado juntos.

-¡El muy cabrón! –piensa Marisa, cada vez que lo recuerda.

Después vino la venta del piso común, volver derrotada al piso de su madre, al viejo bloque en cuya escalera se dejaba acariciar por Jorge durante el largo noviazgo, ya hace de eso mil años… De nuevo en casa: a fin de cuentas, no tenía un céntimo y su madre iba a estar encantada: ¡estaba tan reciente lo de papá…!

Y sí se nota que la anciana está encantada: ya tiene una criada gratis, que hasta se ha repuesto de achaques y tristezas y mientras todas las demás señoras de su edad se están consumiendo y adelgazando, su madre cada día más lustrosa… Por la mañana a nadar, tres o cuatro viajes al año con el INSERSO, su pandilla de amigas, sus bailes y ella llega a creer que hasta se haya echado un noviete, que está todo el día fuera y da unas explicaciones bastante difusas… Y su hija, su  pequeña adolescente, su Georgina de su alma, una tirana egoísta que  le pasa factura a ella, nunca al padre, de lo desgraciada que se siente porque Jorge se ha ido con otra más joven, el muy cerdo, el que no quería dejar nunca un cabo suelto… Y la chica, ya se sabe, haciéndole el más descarado chantaje emocional, como para restituirle la autoestima, vamos…

Marisa ha ido aprendiendo a afrontar la vida con algo de cinismo, con algo de esa ética de garrafón que sólo entiende de sobrevivir, así que cuando su madre está de viaje y a su hija le toca pasar el fin de semana con su padre, ella se encama con Santi, un absoluto sinvergüenza sin escrúpulos, del que no espera nada, pero que sabe lo que hay que hacer con una mujer en la cama, que le deja el cuerpo “arreglaíto”, como él dice. Por eso, y nada más que por eso, cuando pueden, algún fin de semana, se han ido a un hotel, pero eso resulta caro y no pueden permitírselo con mucha frecuencia, así que tienen que aguantarse las ganas y limitarse a la situación actual: se ven de cuando en cuando, toman una cerveza y después él la acompaña a casa y se besan y acarician en la escalera, entre dos plantas, oliendo los guisos de todas las cocinas, oyendo las noticias sobre los encontronazos entre Rodríguez Zapatero y Rajoy en los televisores, siempre con la emoción de que los pueden sorprender, de que don Gonzalo, ya tan mayor, les diga eso de: “-¿Qué hay, chicos? Que os divirtáis”. Allí se besan apasionadamente y se meten mano con la cínica urgencia de los desposeídos, con la falta de prisa de los que han perdido la esperanza, con la rutina de los que saben que la vida no es más que una madeja de cabos sueltos.

A veces, ella se lo dice muerta de risa:

-Santi, un día, nos encontramos aquí, entre dos plantas, con mi hija y su novio. ¿A ver qué les decimos entonces?

Alberto Granados

La habitación redonda

 

A Miguel Cobo, que siempre gustó de los

 trenes y de esas casas antiguas como  los recuerdos.

 

Mario ha tardado más de cincuenta años en volver a la casa donde nació. Al abrir la puerta, reconoce el amplísimo vestíbulo, el arranque de la lujosa escalera, la puerta del salón… Ve las marcas desvaídas de los cuadros desaparecidos, como fantasmales vestigios de aquella época, y siente un vacío atenazador. Se pregunta si mantener candente el rencor tantos años ha merecido la pena. Se lo ha preguntado miles de veces y nunca ha encontrado un argumento, ni una razón, ni un atisbo de idea que pudieran servirle de respuesta. Su padre lo apartó de aquella casa hace cincuenta y un años, lo arrancó de su madre, del abuelo, de la ausencia de su tía Delia, de su infancia… y alimentó en su espíritu el odio, después la indiferencia y, por último, el olvido de ese pasado que ahora le ha devuelto un notario, tras haber estado buscándolo por los consulados españoles de medio mundo, desde hace más de tres años, para hacerle efectiva la herencia de su madre.

La estación de ferrocarriles, tan cercana, le regala el silbido de un tren y, por un momento, cree que el tiempo se ha estancado milagrosamente y está aún en la nebulosa década de los cincuenta, creciendo en esa misma casa, junto al abuelo Héctor, sus padres y la tía Delia, en medio de un confortable universo de casa rica, atendido por una pléyade de criadas, una cocinera, el chófer –el abuelo siempre prefirió la pronunciación aguda, a la francesa: chauffeur- y otros empleados, cuyos cometidos le parecen hoy muy difusos, aunque recuerda sus nombres, sus aspectos y hasta sus voces.

Mario se ve a sí mismo junto a su abuelo, que le contaba cuentos y le enseñaba el solfeo indispensable para tocar pequeñas piezas para piano, o jugando ambos aquellas partidas de ajedrez en las que el anciano se dejaba ganar invariablemente; también recuerda la sonrisa permanente, vitalista, de su madre, siempre teñida por un aura de secreta infelicidad; la tristeza, fatal y endémica en el rostro de su padre; la mano suave y cálida de Delia, su tía, una adolescente sólo unos años mayor que él, que lo protegía y lo acunaba cuando su madre y su padre se sumían en aquellos dilatados silencios, intensos como cataclismos; la serenidad de su mirada, su voz, siempre llena de una musicalidad lánguida y casi desmayada, el tacto de aquella piel, siempre le devolvían una intensa paz… Todo en aquella casa suscitaba seguridad, calor humano, bienestar, una situación edénica que nunca podría resentirse ni afectar a su vida. Pero eso era sólo la visión equivocada de un niño, incapaz de discernir las cosas del mundo adulto, pues la realidad empezó a mostrar su destructiva capacidad de producir dolor y sufrimiento.

Primero fue el ataque del abuelo, que quedó hemipléjico y mudo. Se le acabó la habitación redonda, arriba, llena de ventanales desde los que se veían todo el llano y la costa, un capricho de la desaparecida abuela, que vivió su infancia frente al faro y, cuando construyeron aquella casa,  quiso un cuerpo redondo y elevado en una de las esquinas. Allí fueron colocando libros y un despacho, donde tocaban el piano a la hora de la siesta, donde el abuelo pasaba, finalmente, sus noches insomnes de viudo, entregado al triste recuerdo de su extinta esposa. Tras el ataque, sólo la silla de ruedas y su bastón, que se empeñaba en retener, como un cetro, y que usaba para dar golpes en el suelo cuando quería algo. Toda su vida subiendo y bajando la escalera, poniendo en vertical la galería de cuadros de sus antepasados, abriendo y cerrando los amplios ventanales… y ahora condenado para siempre a ocupar un saloncito de la planta de abajo, adaptado como dormitorio. Mario recuerda la impresión que le produjo ver a su abuelo convertido en un pelele sin fuerza ni voz y su mirada atormentada y vacía. Su madre le pedía que tocara el piano para entretener al enfermo y él lo hacía con mucho cuidado de no equivocarse, las puertas de la habitación redonda abiertas y, terminada cada pieza, bajaba corriendo a buscar la aprobación en los ojos sin alma de su abuelo, que muchas veces estaban cubiertos de lágrimas.

Aún no se había hecho a la nueva situación, cuando su tía Delia desapareció. Hubo un revuelo lleno de caras de preocupación y alarmas, pero cada vez que él preguntaba por aquella dulce adolescente sólo obtenía las respuestas de su padre, pues la madre guardaba un estruendoso silencio: un “¡Cállate!”, un “No hagas preguntas” o, ya algún tiempo después, un “En esta casa no se vuelve a nombrar a esa mujer, ¿de acuerdo? Igual que si se hubiera muerto”. Sólo muchos años después, Mario supo por su padre que la tía Delia guardó toda la dulzura de su voz, de su piel y de su amor para un hombre casado, con el que huyó. También supo que terminó en un burdel de la ciudad y que fue la vergüenza de la familia durante mucho tiempo, aunque aún quedaba pasar por una afrenta mayor, de la que él fue testigo.

(Imagen tomada de labellainsomne.wordpress.com)

 

Mario ya ha recorrido la mayor parte de la casa y entra, por último, a la habitación redonda. Observa las cortinas de cretona con las que su abuelo protegía del sol los libros, siempre ordenados en aquellos anaqueles bajos, encargados a la medida de la altura de las ventanas. Recuerda algunas porcelanas que aparecían intercaladas en aquella masa de libros y una caja de cartón donde su abuela caligrafiaba las fichas de cartulina de cada libro y comentaba su calidad usando para ello un código de minúsculos dibujos de flores. Lo que entonces le parecía una infinidad de libros, es ahora una biblioteca modesta, cubierta de polvo y tal vez sin abrir en treinta o cuarenta años. El piano aún está en su sitio y cuando lo ve, siente una opresión en el estómago, un ahogo que lo obliga a sentarse en la banqueta.

Mira la luz que entra por el poniente, una distante luz de crepúsculo doliente y mustio. La memoria le juega una mala pasada y se ve a sí mismo entrando a ver a su madre tocar el piano. Fue cuando él ya había empezado el instituto, cuando a mamá le sobraban mucho tedio y mucho  tiempo y empezó a tomar clases de piano, impartidas por aquel extraño profesor, cuyo origen no consigue recordar.

Aquel hombre y su madre subían a la habitación redonda y empezaba a sonar el piano. El abuelo, que conocía todas aquellas partituras, seguía desde abajo el ritmo, dando suaves golpes con el bastón o torcía la cabeza cuando la ejecutante atacaba sin soltura o sin habilidad una de aquellas melodías. Mario lo acompañaba, repasando las declinaciones del latín o las obras de Garcilaso, o los cabos y ríos de la cornisa cantábrica.

Aquella tarde, cuando la música empezó a sonar con una extraña cadencia, el abuelo, más atento que nunca, empezó a golpear furioso el suelo con la contera de su bastón. Era un golpear tan intensamente rabioso que Mario se alarmó, miró hacia la segunda planta, echó a correr escaleras arriba, se acercó a la habitación redonda y vio a su madre, la falda levantada, la blusa abierta, semidesnuda, entre los brazos de aquel hombre, extendidos hacia el teclado y tocando vagamente el Vals del Adiós, de Chopin, al tiempo que le besaba ansioso los pechos y la negrura del pubis. Ella, con la barbilla levantada, jadeaba y respiraba entrecortadamente, las aletas de la nariz enormemente dilatadas y una expresión nunca vista por el niño. Mario ha recordado miles de veces esa imagen, los jadeos, la música desfigurada, los golpes obsesivos del bastón del abuelo… Ha visto la expresión de sorpresa desgarrada en la cara de su madre, cuando se dio cuenta de su presencia, un gesto que no ha olvidado en tantos años…

Esa misma noche, su padre y él cogieron un tren en la cercana estación y desaparecieron para siempre. Tras varias tentativas de abrirse camino, terminaron en un punto perdido en el mapa de Argentina y allí han pasado todos estos años. Nunca supieron de la muerte del abuelo, de la enfermedad de la madre, de su final, triste y desolado, hace tres años… Hoy, el notario, le ha entregado la escritura de propiedad de la casa, una respetable cantidad de dinero, unas acciones y una carta, que ha leído en el tren. En ese papel, escrito hace casi medio siglo, su madre le dice que lo quiere, que la perdone pese a todo, que sólo ha sido una mujer débil, que lo echa de menos de una manera lacerada y sangrante, que le dé apoyo a su padre, con el que –ahora lo sabe, o tal vez lo supo siempre- nunca debió casarse.

(Imagen tomada de diosesadmirableenlared.blogspot)

 

 

Mario observa el piano. Hay una partitura polvorienta sobre el atril: el mismo vals de Chopin, decadente, triste, lleno de presagios patéticos. No puede resistirse y empieza a tocarlo. A lo lejos suena un tren de la estación, y ese silbido le parece el contrapunto a la música que fluye, mágica, del piano. Vuelve a su mente el gesto de su madre en aquel terrible momento. Ahora comprende que fue una súplica a su hijo, la petición desesperada a un niño de que no le desgarrara aun más la vida, cosa que él no supo o no quiso interpretar, puesto que bajó la escalera chillando, un grito histérico, impropio de un niño de doce años, al que acudió el padre. También recuerda que, delante del abuelo y del padre, contó todo lo que había visto y acusó a su madre, que ya había bajado y los miraba con serenidad y resignada determinación. El silencio, opresivo y agobiante, los envolvió. Después aquella casa desapareció hasta hoy.

La melodía fluye como si la tocara un auténtico maestro y el tiempo, tramposo y desleal, parece como si, repentinamente, hubiera ido hacia atrás, pues percibe con increíble nitidez los sonidos, las voces, los olores, la música y los ruidos de esa casa que él habitó hasta aquel día en que su niñez quedó rota para siempre. Le parece oír los valses tristes de Chopin, las dulzonas habaneras, las sonatas para piano que tocaba su abuelo, conjurando el dolor de su viudedad. Cree revivir los olores de los guisos que le gustaban a sus padres y a Delia, de las frutas cociendo para la compota, del duce de membrillo y las mermeladas, aquellos aromas que inundaban la casa. Siempre se sintió allí a salvo de los males que los mayores aseguraban que estaban deshaciendo el mundo, que le parecía algo tan ajeno y lejano como si le hablaran de remotos planetas… Una seguridad que siempre ha echado de menos desde entonces.

-¡Mamá! ¿Estás ahí? –se sorprende interpelando al vacío en plena oscuridad, sin encontrar más respuesta que el silbido de otro tren que se pierde en la noche.

Alberto Granados

Kafka

Me asomé a la ventana sin saber muy bien por qué. Tal vez, la suciedad de los cristales y del alféizar o la sequedad de la maceta me llamaron la atención, así que abrí y me dispuse a regar la extraña planta, pero, al acercar el vaso de agua, me sorprendió una especie de crisálida que colgaba de una de las ramas resecas. En su interior se movió,  casi imperceptiblemente, algo que a la vez cambió de color. Una mezcla de miedo y asco me obligaron a cerrar precipitadamente y volví a sentarme en el salón a regodearme en mi desgracia, en la soledad a que mi esposa me había condenado con su precipitado e inexplicable abandono. ¿Por qué se había ido? ¿Qué le había hecho yo para que me dejara después de media vida juntos? ¿Por qué había sido tan injusta conmigo? Como otras muchas tardes, me eché a la calle, huyendo de mi lacerante infortunio y volví tarde y lleno de alcohol a ese piso donde nadie me esperaba.

Un par de días después, volví a acordarme de la dichosa maceta y otra vez me dirigí allí con el vaso de agua. La crisálida ya se había abierto y colgaba muerta y reseca, y en el cristal había una especie de oruga, irisada de colores bellísimos, lo que no la liberaba de tener un aspecto repulsivo. No sé si llega a fobia, pero determinadas criaturas me suscitan unas inexplicables ganas de pisarlas o aplastarlas. Nunca he creído eso de que la naturaleza es bellísima. Eso sólo pasa en los documentales de National Geographic, donde se nos muestran pájaros de plumajes vistosos y mariposas de dibujos insospechables. El resto me ha parecido siempre una película para mayores, pues la naturaleza es, en su cruda realidad, el muestrario más exhaustivo de la crueldad depredadora, del vampirismo más exacerbado, de la violencia llevada hasta sus últimas consecuencias, un ámbito desgarrado en el que cada individuo se come, aplasta o hace daño a quien puede y evita ser dañado por otros individuos potencialmente nocivos. Véase mi mujer, que se ha llevado mi juventud y ha abandonado el nido para sobrevivir (eso fue lo que me dijo, como si yo le resultara una amenaza o un peligro…)

Con ese escepticismo sobre la naturaleza y con mi estado de ánimo, nada propenso al  proteccionismo ecologista, me saqué una zapatilla, dispuesto a castigar a aquel bichejo por su mera existencia, por su proximidad a la mía, por su estéril injerencia en mi soledad.

Sorprendentemente, el animalito se incorporó sobre su parte trasera, como una serpiente, y se dispuso a atacarme. Sus ojillos me observaban con una enorme dosis de ferocidad, con una mirada que parecía dotada de una inteligencia animal muy superior a la que una simple oruga puede tener. Sentí un escalofrío y cerré la ventana por segunda vez.

La tercera vez que la abrí fue porque algo había roto el cristal. Los troncos de la planta estaban mordidos y apenas quedaban unos mínimos tocones entre la tierra,  removida como yo había visto que lo hacen las lombrices. Ni rastro del gusano, así que recogí los restos y me dispuse a llamar al cristalero de la calle de al lado. En la mesa del salón,  mientras marcaba, vi reflejada  la oruga, que ya tenía el tamaño de una generosa tripa de embutido. Me dejé caer en el sillón, mirando a aquel animal pegado al techo, que se puso en movimiento y bajó por una de las paredes para tenderse mansamente a mis pies, como lo habría hecho un perro. Un intenso escalofrío me recorrió la espalda, dejándome la impresión de que mi vida estaba rozando el absurdo.

 

 

(Imagen tomada de luis-alvarenga.blogspot.com)

 

-¡Kafka! –dije yo, sin saber muy bien qué quería decir-. Estoy viviendo con Gregorio Samsa.

Me quedé observando al gusano, que a su vez me miraba con una mirada que, me pareció, contenía toda la ternura que mi mujer me había negado. Me serví una copa. Y después varias más, así que amanecí tirado en el sofá, vestido, resacoso y triste. Tuve la sensación de que el gusano sólo era producto de mi borrachera, pero encendí la luz, lo busqué en el suelo y me di cuenta de que estaba tumbado en el mismo sofá que yo, a mis pies, como podría haberlo hecho un gatito o cualquier otra mascota. En silencio, para no despertar a Kafka –en ese momento decidí ponerle ese nombre-, me dirigí al baño y me di una ducha, me vestí y salí a la madrugada intentando poner orden en mi mente y en mi vida.

Volví por la noche, confuso y atemorizado por encontrarme con aquel bicho, por si era real. Abrí y lo encontré esperándome en una alfombra que hay en la entrada. Muy nervioso, fui a mi dormitorio y me puse el pijama mientras lo oía acercarse por el pasillo. Pasé, de vuelta al salón, por encima de él, con mucho cuidado de no pisarlo, pues había crecido mucho y llenaba la anchura del corredor. Me senté ante el televisor. De nuevo, lo oí aproximarse. Sus patitas arañaban suavemente la tarima y el ruido se iba acercando lentamente. Por fin entró y me miró. Esta vez, me pareció mucho más entrañable, y su mirada era mucho más afectuosa, casi más humana que muchas de las que se habían cruzado conmigo durante todo el día.

-¿Qué pasa, Kafka? ¿Cómo te ha ido? –me sorprendí preguntándole en voz alta, al tiempo que el bicho levantaba la cabeza y me miraba agradecido.

Me levanté y traje una bandeja con una cerveza y unos  aperitivos. Kafka se incorporó, como excitado por la comida y comprendí que no había comido nada desde la planta, así que le eché en un cuenco unos cereales y un poco de leche. En pocos minutos había dado cuenta de su menú y estaba a mis pies, enroscado y beatíficamente dormido. Me hizo reflexionar sobre muchas cosas, sobre el mundo de los afectos, sobre la naturaleza humana y sus prejuicios… sobre mi desaparecida mujer, mi soledad y sobre mí mismo.

Me dio por pensar, como si fuera un padre lleno de insoslayable responsabilidad, que esa criatura dependía de mí, que no sobreviviría sin mis cuidados, sin el incipiente afecto que ya sentíamos recíprocamente… que yo tenía que dejar la bebida y empezar a ocuparme de la casa, tan sucia desde la ausencia de Eva. Empecé a pensar qué cosas podía comprar para Kafka. Decidí traerle frutos secos, aceitunas, más cereales, zumos de distintos sabores…, pero inmediatamente deseché los frutos secos y las aceitunas, que contenían muchas grasas y demasiada sal, no se fuera a poner enfermo o a coger sobrepeso…

Desde entonces, apenas pruebo el alcohol duro, vuelvo a casa tan pronto como salgo de la oficina, y paso con Kafka todo el tiempo que puedo. Ya no me amarga la ausencia de Eva (¡Allá ella! –pienso con frecuencia-. Casi estoy mejor sin aguantar sus manías). Ahora Kafka llena mi vida. Le he comprado una cunita para gatos, muy coqueta, pues ya está refrescando por la noche… Y viene cuando lo llamo y se deja acariciar mansamente. Sé que alguna de estas noches, cuando empiece el frío, acabará metido en mi cama, ¡pobrecito!

Alberto Granados

La cuota de la muerte

Nicolás hace cola en la oficina de la Caja de Ahorros. Hoy ha venido, como todos los meses, a poner la cartilla al día, a sacar algo de dinero y a pagar la cuota de su póliza del seguro de defunción. Hace ya un montón de años, su mujer, la Lola, lo convenció y empezaron a pagar un seguro de entierro, y anda que Manolo Monte no se dio prisa en atendernos, que fue a buscarnos a la casa y todo… “La Previsora”, se llamaba la compañía de seguros, que después fue absorbida por otra empresa más potente y nos subieron la cuota, si casi creímos que no íbamos a poder… eso sí, la nueva póliza les ofrecía, además del entierro gratuito de los tres miembros de la familia, un fondo de pensiones, una pequeña herencia para su hija, que no es que fuera una fortuna, pero que tampoco estaba mal… Eso quedó claro cuando la pobre Lola se me murió, un buen entierro y sin pagar ni un duro, que me pareció mentira, que es que los entierros no los regalan, que salen por un pico… Parece que no hubieran pasado dos días y llevamos pagando… tú verás, eso fue en el pueblo, antes de venirnos para Barcelona…

Recuerda las fatigas del principio, cuando vivían en una casa que se caía a pedazos, en las afueras, sin agua corriente, ni cuarto de baño… tan cerca de Barcelona, y a la vez tan lejos, que por entonces aquello aún era algo distinto a la propia ciudad, puro suburbio de aluvión que agrupaba inmigrantes de la España pobre, y había que coger autobuses para ir a cualquier sitio. En esa época –recuerda Nicolás- apenas había bloques de pisos y las huertas rodeaban las casas aún. Hoy, en cambio, todo está convertido en una apretada masa de edificios, polígonos industriales y carreteras y no queda campo, ni animales, ni un pájaro, que sólo hay algo verde en los parques…

Lola echaba de menos su pueblo, sus olivos, las huertas de junto al  río, las fiestas de septiembre, su patio lleno de macetas… y no paraba de llorar. Yo creí que se me iba a morir de pena, que nos íbamos a tener que volver a la miseria y el paro. Sin embargo, su mujer se acomodó, se le pasó la tristeza y salieron adelante. Nicolás recuerda que empezó a trabajar en la construcción y la Lola se puso a servir, pero después entró en un taller de confección, y con los dos sueldos… Fue cuando mejor les fue en la vida, cuando empezaron a poder costearse algunas cosas, cuando se entramparon para comprar el primer piso, tan pequeño, pero tan acogedor… Después vino el cochecillo, de segunda mano, pero peleón, que buenos trotes le dimos para ir al mar a que la nena se espabilara… eso sí: siempre, siempre, siempre, pagaron la cuota del seguro de defunción, que ella lo decía cada dos por tres: “Por encima de todo, hay que seguir pagando la muerte, que con esas cosas no se juega. Supón que uno de los dos muere y enterrarlo cuesta un dineral. Es que esas cosas, hay que tenerlas preparadas…” La pobre Lola era un lince, las veía venir de momento…

La cola avanza lentamente y Nicolás saluda de cuando en cuando a algún otro jubilado o vecino. Le gusta comprobar que está asentado, que ya es de aquí, que ya no es el charnego ignorante recién llegado de Andalucía hace cincuenta años, al que todos miraban con displicencia. Ahora, todo el mundo lo conoce y lo saluda con respeto, ya nadie lo considera un extraño. Mira el reloj, en realidad por pura costumbre, que no tiene prisa: a fin de cuentas, está solo todo el día, sin nada que hacer. Sólo cuatro compras y ordenar algunas cosillas de la casa, para que su hija no pueda decirle que es un zángano. ¡Digo! ¡Yo, un zángano! Si me salieron los dientes trabajando… Me va a decir a mí la niña que soy un parásito… Nunca soporté a los señoritos de mi pueblo. Me acuerdo de don Manuel “Mosquetón”, leyendo el ABC detrás de la ventana, todo el día en pijama y batín de seda, hasta que por la tarde se arreglaba y se iba al casino a jugarse las fincas que había heredado sin ningún esfuerzo… Yo lo aborrecía, que eso sí que era un parásito… y no yo, que he estado en el tajo toda mi vida…

Nada más recordar la última bronca con su hija y se le altera el pulso. Parece que le falta la respiración y se va a marear. ¡Cómo ha cambiado mi hija! La Lola y yo siempre pensamos que era un poco retrasada, que mismamente por eso ampliamos la póliza de la muerte, para que le quedara algo cuando le faltáramos, pero anda que no se ha espabilado…

Nicolás se repone lentamente del sofoco y piensa en cómo la vida va dando sorpresas inexplicables. Primero, el cáncer de la Lola. Cuatro días y a la tumba, un buen nicho pagado por la compañía y toda la soledad del mundo para él, que la hija cambió como de la noche al día y empezó a volver tarde y a comportarse como un pendón. Si es que estas cosas las arreglaba la Lola, que entre mujeres se apañan mejor, pero mi hija a mí es que ni me mira, ni me guarda el respeto, ni yo sé hablar con ella de estas cosas, que a ver, ¿qué le puedo decir, si tiene cuarenta y cuatro años…? Soltera, pero a esa edad… y que esto no es el pueblo, que es como si fuera la mismísima Barcelona…

Le duelen los pies y se sale de la cola para sentarse. Mira a una señora, de la edad aproximada de su hija, pero ésta tiene mucha más clase. Se ve que ha nacido en la ciudad, que eso se nota. Si lo notábamos nosotros cuando llevábamos aquí sólo una temporada y bajábamos al pueblo, que ya parecíamos otros cuando nos comparábamos con los de allí, que apenas habían viajado… Observa lo bien vestida que va, el aire de distinción y lo compara con la manera de vestir tan ordinaria de su hija, que es que parece que va provocando a los tíos, con esos escotes y ese culo apretado, que ni tan tonta como antes ni tan pendón como ahora… que digo yo que un término medio, ¿no? Y la culpa la tiene el Tomás ese, que es que es un chulo. Eso está claro. Y mi hija, la muy cándida, cree que va a sacar algo con ese tío. ¡Anda, que sabe lo que se hace! Ese es un mal bicho, que le está metiendo una manera de ser que nunca fue la suya y que me la va a hacer bailar de coronilla…

Nicolás se indigna y echa de menos a la Lola. Le gustaría compartir sus preocupaciones con ella, pero su Lola se murió y ahora, todo el día solo, que mi hija se va a las siete de la mañana al trabajo y vuelve a las doce de la noche, la noche que vuelve, cuando no llama para decirme que se queda a dormir en casa de una amiga. ¡Una amiga! Ni que yo me hubiera caído de un guindo. Nicolás piensa en el comportamiento de su hija. Nunca ha podido aceptar esas cosas, ni en un hombre ni en una mujer, que eso da igual. El que se compromete, se compromete, que hay cosas que hay que pensarlas bien, que son para siempre. Y la niña, cuando ya nadie podía esperarlo, con más de treinta y cinco años me ha sacado los pies del plato… Mi padre ya se lo explicaba a mi hermana, con unos guantazos de por medio, para que se fuera enterando bien, hace ya… ni se sabe cuántos años: “Mari, que te enteres: llevo toda la vida guardando tres fanegas de melones y jamás me han robado uno, y tú, que no tienes que guardar nada más que un trozo así de grande (y mi padre enseñaba la palma de su mano curvada, torcida como si se acoplara al sexo de una mujer) vas y te lo dejas robar por el primero que te haga cuatro cucamonas…¡Si es que sois tontas!”. Los recuerdos de hace casi sesenta años afloran a su mente. Nicolás los revive con una asombrosa nitidez, como si fueran cosas de hace unos días. Ya ves, mi padre, mi hermana Mari… todos muertos y yo… yo hecho un muerto en pie, que para la vida que llevo bien me podía tocar ya, total si el entierro, que es lo más caro, está pagado con la póliza de la muerte…, pero no, que me toca bregar con esta mala hija que no me quiere… que me va a amargar los últimos años…

Nicolás se enjuga una lágrima que le está saliendo, tal vez por los  recuerdos o tal vez por la soledad. ¡Qué difícil es tragarse  estas nuevas formas de ser de la gente nueva! ¡A los ochenta años ya no se pueden aceptar las cosas de una hija… así… vamos, ¡así de pendón, que es que no tiene otro nombre!

Debe de haberse dormido, pues una señora vagamente conocida le sacude el hombro y le dice que es su turno. Aturdido, da las gracias y le da la cartilla al empleado.

-Me da usted setenta y cinco euros, si me hace el favor.

Es la cantidad que él deja para sus gastos: algún café, un paquete de Ducados para fumarse un único cigarrillo al día, después de la siesta, alguna cerveza cuando sale y la próstata lo obliga a entrar a un bar para ir al aseo… El resto, lo va sacando la hija cuando hace falta para los gastos de la casa, que decidieron pagarlos a medias, aunque la parte de ella casi nunca aparece…

-Y ahora me cobra la cuota de la muerte.

Hay un cierto gesto extraño en el empleado, que titubea tras mirar la pantalla del ordenador, y, finalmente, le dice que no hay ninguna cuota pendiente, que la hija canceló la póliza hace unos días y retiró el fondo, casi siete millones de las antiguas pesetas. Nicolás siente que se está poniendo blanco, que se va a caer, pero aún se aferra a la posibilidad de que el ordenador se haya equivocado, de que haya otro Nicolás Gómez Pérez, de que sea incluso una broma del empleado…

Unos minutos después. el director lo pasa al despacho y le ofrece un botellín de agua mineral. Se lo explica. No hay error. La hija, como beneficiaria de la póliza, ha traído los papeles debidamente firmados por él.

-¿Yo? ¿Con mi firma? No puede ser.

El director saca el dossier pertinente y le muestra el finiquito. Es su firma, no le cabe duda. Nicolás empieza a darse cuenta de que su propia hija, aprovechándose de que tiene autorizada la firma, se ha llevado el dinero y lo ha dejado sin entierro. Claro ella sabe que nunca me fijo en lo que firmo y ahora, la niña y el sinvergüenza de ese novio, se han quedado con la pasta y yo me quedo sin entierro. Nota un sudor frío, se ve en el metacrilato de la pared, como si fuera un espejo. Está pálido, como para morirme, y ese apretón en la nuca, como si la sangre no me circulara bien, ¡qué malo me estoy poniendo!

***

Nicolás se siente muy débil y abre lentamente los ojos. Se encuentra en un hospital y ve a su hija hablando por un móvil mientras mira por la ventana. A los pies de la cama está Tomás, dormido en un sillón, con la cabeza apoyada en la pared. Su hija está explicándole a alguien que su padre está muy grave, que ha sufrido un infarto cerebral, que ya veremos si sale de ésta… Nicolás decide cerrar los ojos y dejarse querer, hacerse el interesante, me gusta que se preocupe por mí, aunque sea así de mala y se haya quedado con el dinero de la póliza, ya verás, si era para ella, que no tenía que haberme engañado, pero este tío la habrá liado y como nunca fue muy espabilada, pues, ahí está, engañada… Y, bien mirado, a mí, ¿qué más me da? Me voy a morir, ¿no?, pues ya me enterrarán… ¡Anda y que se joda, la muy pendón! ¡Con el dineral que cuesta un entierro…! Pero que me haya engañado… Menos mal que esto no lo va a ver la Lola…

Alberto Granados

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