Todo veraneante estable espera durante medio verano las fiestas patronales de su punto de veraneo. Unos, para disfrutar de los festejos populares; los demás, para huir del ruido, los cohetes, el bullicio y el caos, para lo que suben a Granada “a dar una vuelta”.
Es curioso que las ferias sigan existiendo y más curioso que sigan generando ilusiones en la población, al margen de los críos. Hoy, cuando la gente está muy viajada, cuando continuamente se visitan resorts llenos de elementos de ocio, cuando un niño de diez años ya lleva recorridos todos los grandes parques temáticos de medio mundo… resulta extraño que la feria de un pueblecito de la costa tenga el poder de resucitar una alegría ya casi enterrada en los pliegues de la memoria. Basta la aparición de unas cuantas atracciones de feria, de un circo de tercera fila, unos cabezudos alquilados, un castillo de fuegos y un pasacalles tocado por una modesta banda de pueblo y todo adquiere un aire jovial de tal calado que hasta yo llego a estar dispuesto a ir a la verbena a tomarme un pincho moruno con una cerveza en vaso de plástico, a precio de El Bulli.
La acumulación de ruidos, músicas, cohetes, colorido, gente joven… debe de tener algo taumatúrgico, pues está claro que puede infundir ese aire de alegría contagiosa, incluso en medio de la más profunda crisis. Ya no sé si es que reviven viejas experiencias de nuestra niñez y adolescencia o es que esa alegría nunca desapareció del todo, pero yo os confieso que al primer cohete siento ganas de juerga y el cuerpo se me pone jotero.

Aquí, en el pueblecito donde veraneo, he pasado muchas fiestas patronales. Cuando mis hijos eran muy pequeños, había que subirlos a los cacharritos (en su lenguaje, las atracciones), llevarlos al circo, comprarles papeletas en la tómbola, algodón dulce, el cilindro lleno de espuma para soplar las machadianas pompas de jabón… Mi memoria guarda una imagen felliniana imborrable, por lo mágico e inusual: un año pusieron el circo junto a mi casa y sacaban al elefante a dar paseos por la playa varias veces al día, con toda la chiquillería alterada, los unos berreando de pánico y los otros siguiendo al animal entusiasmados.
En el pequeño ferial, había una atracción que sentaba en círculo a un montón de preadolescentes a los que aquel aparato iba poniendo en ángulos imposibles, hasta que iban soltándose. El que dirigía el cotarro se metía con ellos: “Ahora vamos a ver lo que aguanta el chulito de la cresta, sí, tú, el de la camiseta naranja…”, o bien especulaba sobre el color de las bragas de alguna chica que, a medio camino entre lo tontorrona y lo candorosamente perversa, se subía con minifalda en el dichoso invento. En los coches de choque había cierta “controversia” entre los locales y los veraneantes foráneos, de manera que era más práctico abstenerse y esperar a la feria del Corpus, donde había más nivel en los encontronazos.
Y qué decir del bailongo, donde un grupo musical especializado en verbenas hacía bailar hasta a los más inhibidos. Impagable cuando atacaban el pasodoble, con miradas cómplices, a la chica metida en carnes:
La española, cuando obesa,
Es obesa de verdad…

Pero, innegablemente, el momento estrella de las fiestas de este enclave es el castillo de fuegos que acompaña la procesión marítima. Os lo cuento:
De una pequeña iglesia situada en el Paseo Marítimo, sacan a Santa Ana y San Joaquín, que son atornillados sobre sendos barcos, previamente enjaezados con banderitas y arcos de flores y luces. Ambas embarcaciones, acompañados por todos los otros barcos fondeados en la cala, hacen un recorrido junto a la playa, abarrotada de grupos con sus tortillas, filetes empanados, cervezas y copas, hamacas… Los barcos pasan por entre unas tablillas donde los pirotécnicos han ido poniendo bengalas, al fondo se oye una confusa musiquilla, ensordecida por los “vivas” a los santos y los aplausos entusiastas. Cuando la procesión vuelve al embarcadero, comienza el castillo de fuegos que se reflejan en el mar y levantan nuevos aplausos. El “trueno gordo”, un petardo descomunal, pone fin a los festejos, momento en que miles de personas se levantan a la vez y se ponen en carretera hacia Granada, adonde llegarán tras dos o tres horas de retenciones. Los demás seguimos aprovechando la noche playera, convencidos de que ha merecido la pena.
Una cosa me ha desconcertado este año: la banderita nacional que remataba el mástil del barco de san Joaquín, ¿era la del toro?
Alberto Granados