Alberto Granados

Archive for the tag “Violencia de género”

Planes frustrados de escapar a la realidad

Soy tan ingenuo que había llegado a creer que podía burlar a la mezquina realidad con una serie de gestos: bajarme a la playa, ir a mediodía al chiringuito, leer pocas y seleccionadas noticias de la prensa, dejar de lado el mundillo de los blogs… Siempre me ha bastado con cosas así de asequibles, así que nuestra desastrosa situación político-económica, el deterioro institucional, la solución a la crisis griega, la dimisión de Camps… todo me parecía algo de lo que me venía bien no ocuparme demasiado, algo como para pasar de puntillas, para leer sólo en titulares antes de rellenar el sudoku.

Sin embargo, el martes sufrí una auténtica inundación de realidad desbordada: un joven de veinte años (es decir, casi podría ser mi hijo) mató a su novia a base de patadas y puñetazos al lado de nuestra ciudad. Los motivos (¿motivos?) se ignoran, pero todo parece indicar que se trata de esa epidemia ideológica que permite que un hombre, de cualquier edad o condición socioeconómica, ante una diferencia con una mujer, saque a la bestia que todos llevamos adormecida dentro y demuestre su superioridad a base de insultos, descalificaciones, bromas humillantes, golpes, crimen.

Es algo de lo que ya he escrito más de una vez, pero la realidad se muestra tercamente reiterativa y obliga a reflexionar sobre el fenómeno. En escasos siete meses, van treinta y cuatro mujeres muertas por violencia machista, algo que adquiriría dimensiones de auténtica epidemia social si se tratara de jueces togados, cirujanos o estrellas de la telebasura, pero que sólo llega a un relativo nivel de alarma al tratarse de simple mujeres, de chicas jóvenes (esta pobre era casi una niña: ¡dieciocho años!), de inmigrantes, de mujeres de escasa formación o relieve social… Cosas de pareja, celos de hombres, ya se sabe: las cosas del querer…

La chica murió tras recibir una descomunal paliza a manos de su novio. No han trascendido los hechos, que la jueza se empeña en mantener bajo secreto de sumario, así que no sabemos el calado de los motivos que despertaron la hombría de semejante niñato. Si nos ponemos a imaginar, tal vez se tratara de una ruptura, de celos, de una negativa a las demandas del chico, de una discusión que jamás debería haber alcanzado semejantes proporciones…

 

 

 

(Imagen del entierro ofrecida por el diario Ideal. Autor: Alfredo Aguilar)

 

 

Si seguimos imaginando, y ahí está lo terrible, podemos casi vivir la angustia de los últimos minutos de vida de la chica agredida, la sorpresa al comprobar que el conflicto iba adquiriendo un cariz impensable, al sentir que no había nada de broma o malentendido, sino una amenazante situación. Podemos pensar en el primer grito al recibir la primera bofetada, en el gesto de sorpresa al saber que la bestia había despertado donde menos se lo esperaba: en ese chico al que alguna vez había amado. En los tirones de pelo, en el labio sangrante a base de bofetadas, en las patadas en el sexo o en el costado al caer al suelo, del que nunca se levantaría…

También cabe imaginar la fuerza bruta, irracional, de la  bestia que se creía humillada, pero que se humillaba a sí mismo con cada improperio, con cada amenaza, con cada golpe, en un imparable descenso a la animalidad, a su propio infierno, del que jamás podrá salir ya.

Podemos imaginar esa circunstancias y muchas más, pero no podemos devolverle la vida, ni solucionar el problema: está definitivamente muerta, con dieciocho años, con todos sus planes e ilusiones irreparablemente frustrados por el exceso de testosterona, por ese culto a la hombría como valor supremo, por esa estupidez que nos hace avergonzarnos a los que creemos en el diálogo, la sensibilidad y el respeto más que en la preponderancia de esa virilidad que nos lleva a estas situaciones.

 

Alberto Granados

Las mil caras de Eva

Hoy, 8 de marzo, es el Día Internacional de la Mujer. Cuando se ha dicho y escrito tanto sobre la causa de la mujer y se ha conseguido tan poco, tal vez hay que decir lo del “Nocturno” de Alberti: “las palabras entonces no sirven son palabras”. Es cierto que no sirven: sigue habiendo una importante diferencia en posibilidades, sueldos, distribución de poder decisorio, prevalencia social entre hombres y mujeres y la violencia machista se cobra miles de víctimas silenciosas, humilladas, que sólo saltan a los medios cuando ha sobrevenido la tragedia.

Cambiemos, por lo tanto, palabras por imágenes de la mujer, imágenes desde distintos ángulos, con distintos enfoques, con intenciones diversas: desde la mujer famosa que ha conseguido el éxito a la que arrastra sobre sí la miseria y la marginación; de distintos campos y categorías; la monja o la prostituta; el personaje arquetípico de la literatura, del cuadro, la película o la escultura o la mujer de carne y hueso; de las que han entregado su vida al bien y de las que se han inclinado por la barbarie; de las humildes a las que ocupan el vértice de la pirámide del poder, de las víctimas de ideologías teocráticas… Todo un recorrido que cubre una realidad inabarcable: las mil caras de Eva.

Algunas de estas fotos las tenía archivadas hace mucho tiempo en mi disco duro y no sé su procedencia. En los demás casos, cito el sitio de donde las he tomado. Hay algunas imágenes sobre las que ya había escrito antes. En esos casos, os pongo el enlace.

 

 

 

 

Aitana Sánchez Gijón en un fotograma de la serie televisiva La Regenta, en el papel de la manipulada Ana Ozores (Imagen tomada de bibliographnos punto net)

 

 

Anna Frank (Imagen tomada del blog aletheuein, en blogia)

 

Carmen de Burgos, “Colombina”, escritora y periodista

(Imagen tomada de blogs.canalsur)

 

Caroline Herschel, pionera de la astronomía (Imagen tomada

del blog cosmo-noticias, en blogspot)

 

Clara Bow (Imagen tomada de byrnerobotics punto com)

Dos hermanas (1922), cuadro de José María López Mezquita

(tomada de la web del Museo  de Bellas Artes de Granada)

 

Elizabeth Eckford, abrió las puertas de la universidad a la

población negra  en 1957. Como contrapunto, Hazel Massery,

es la energúmena que le grita a su espalda

(Imagen tomada de vintageculture punto net)

 

 

 

Eva Braun, amante de Hitler (Imagen tomada de un blog

fascista: fns88 en blogspot)

 

 

Eva Duarte de Perón (Imagen tomada del blog

elrinconliterario-dona, en blogspot)

 

 

Frida Kalho (Imagen tomada del blog robharsh, en blogspot)

 

 

Gabriela  Mistral, Premio Nobel de Literatura

(Imagen tomada de la web  masónica lospuertos punto com)

 

 

Ginette Leclercq en un fotograma de la película “Le corbeau”

de George Clouzot (Imagen tomada del blog dsata, en blogspot)

 

 

Isadora Duncan (Imagen tomada del blog decidero, en blogspot)

 

 

 

Kim Phuc, la niña del napalm

(Kim Phuc, la niña del napalm, Guera de Vietnam)

 

 

 

Las dos majas de Goya, en una divertida foto de Elliot Erwitt

(Imagen tomada del blog elcaosdelapalabra, en blogspot)

 

 

“Lo prohibido”, un grabado de Auguste Toulmouche,

que nos muestra a estas damiselas curiosas ante

lo excitante (de mi blog rigoletto)

 

 

Lynndie England, la americana que infligió torturas y

humillaciones en Abu Ghraib (Imagen tomada del

blog nitothewildunion, en blogspot)

 

 

Madre bañando a su hija, víctima de la contaminación continuada

de la bahía de Minamoto por los vertidos de Chisso Corporation

(foto de William Eugene Smith, 1973)

 

 

Madre inmigrante (1936) foto de Dorotea Lange

 

 

Madre Teresa de Calcuta (Imagen tomada de la web

webcatolicodejavier punto org)

 

 

María Callas (Imagen tomada de la web tisores punto net)

 

 

Marilyn Monroe fotografiada por Elliot Erwitt

 

 

Maruja Mallo (imagen tomada de la web elprogreso.galiciae punto com)

 

 

 

Mata Hari, la famosa espía (Imagen tomada del blog

estonoesunblogdehistoria, en blogspot)

 

 

Miliciana en Barcelona (origen desconocido)

 

 

Modigliani: “El desnudo rosa”

 

 

Monja en el autobús (origen desconocido)

 

 

Mujer afgana (fotografía de Emilio Morenatti)

 

 

 

Mujer a punto de ser lapidada

 

 

 

 

Mujer etíope Fotografía de Sebastiao Salgado

(Imagen tomada de la web lamonodigital punto net)

 

 

Mujer japonesa, fotografía de Werner Bischof

 

 

Mujer jirafa (imagen tomada del blog tenoch.scimexico punto com)

 

 

Mujer utilitaria, fotografía de Hristina Tasheva

 

 

Mujeres de la Sección Femenina (Imagen tomada del blog

paseandohistoria, en blospot)

 

 

Pilar Nervión entrevistando a la Pasionaria Imagen tomada del

blog elblogdelcapi, en wordpress)

 

 

Prostitutas y clientes de un burdel parisino (Fotografía

“El prostíbulo”, de Brassaïs, 1932)

 

Romy Schneider (Imagen tomada de la web celeb101 punto com)

 

 

Rosa Parks (Imagen tomada del blog cnho, en wordpress)

 

 

Sofía Loren (Imagen tomada de la web complementosmoda punto es)

 

 

Sufragistas inglesas de finales del XIX (Imagen tomada

del blog maramiscelanea, en blogspot)

 

 

La Venus de Willendorf (del blog drusila, en la coctelera.net)

 

 

La reina Victoria de Inglaterra (1819-1901), la soberana

que ha reinado más tiempo en Europa, desde 1837

hasta su muerte en 1901 (Imagen tomada

de la web  biografiasyvidas punto com)

 

 

Virginia Woolf (Imagen del blog eltornilloquefalta, en wordpress)

 

 

Tal vez no estén todas las que son, pues hay y ha habido miles. Pero son todas las que están por su excelencia, su dignidad, su simple calidad de ser humano. ¡Ni una sola mujer más, muerta a manos de su pareja!

Alberto Granados

Mujeres muertas

Hace unos días, Alejandra Díaz Ortiz escribía en su magnífico blog  una entrada (Infancia rota, 27 de enero) sobre las por entonces dos últimas víctimas de la violencia de género. Visiblemente afectada por los patéticos datos sobre los que escribía, hacía una directa acusación de incompetencia al Ministro de Justicia (aquí hay mucho que matizar) y denunciaba un absoluto fracaso de las políticas de igualdad, que es tanto como decir de la propia sociedad. Unos días después, el día 5, en su perfil de Facebook, anotaba la sexta víctima del año. Yo le comentaba que siempre me he hecho una pregunta: ¿Qué pasa por la cabeza de un hombre, qué impulsos, qué valores, qué reacción… para que le salga una pretendida superioridad, se llene de egolatría y se atreva a agredir a la mujer a la que en algún momento ha amado?

Por su parte, mi antigua compañera de carrera, Concha Caballero, escribía el día 5 uno de sus magníficos artículos de los sábados en El País Andalucía: “El encaje roto”, sobre un relato de Emilia Pardo Bazán (ayer lo puse en mi blog, dentro de su categoría Antología), donde se cuenta cómo una joven de buena sociedad, en el momento mismo de la boda, descubre que el novio lleva escondido dentro de sí un maltratador y, contra todo pronóstico, pronuncia un “No”, donde todo el mundo esperaba el acostumbrado “Sí, quiero”.

El artículo de Concha, tras contar la valiente actitud de la protagonista del cuento, hace una reflexión sobre la indefensa ignorancia de muchas jóvenes que no saben leer las señales del maltratador, que a todo el mundo le parecen evidentes, eso sí, siempre a posteriori, cuando el energúmeno ha sacado a la bestia y ha asestado el golpe mortal.

(Imagen tomada de la web webislam punto com)

Cuando se acaba un año con casi setenta víctimas mortales de la violencia de género, cuando hay montones de mujeres que no se atreven siquiera a denunciar, cuando la anulación de la persona, la crítica feroz, la permanente desautorización, el sometimiento obligado… la aniquilación de una mujer, en definitiva, se dan en estas proporciones, la sociedad entera está enferma. Es una auténtica pandemia que, curiosamente, no despierta los recelos ni el sentido de emergencia de una gripe molesta o de un virus peligroso. Casi se empieza por darle cierta carta de naturaleza, de normalidad asentada y aceptada secularmente, de algo que sólo tiene una importancia menor y relativa.

Es, sencillamente, susentar un punto de vista cimentado en un poder  masculino, un modelo grabado a sangre y fuego en la sociedad, incluidas las propias mujeres, que han mamado desde la cuna ese esquema ideológico y que “miran” más el diseño de los roles previamente asignados que su propia integridad física.

Si alguien cree que esta situación es inherente sólo a los niveles socioeconómicos más bajos, se equivoca: esa violencia en razón de una superioridad vagamente argumentada asoma en cualquier nivel cultural, en cualquier tramo de renta, en cualquier comunidad de vecinos y el joven encantador en las visitas puede ser un auténtico verdugo en su casa.

La izquierda (la derecha es que ni se lo llega a plantear) ha creado el Observatorio de la Violencia de Género, una red de hogares de acogida, un corpus legislativo que protege a las maltratadas y castiga al maltratador, un Ministerio de Igualdad (que fue laminado por la crisis y también porque levantó abiertas críticas)… y con todo la sangría continúa, tozuda y siniestra, y cada cinco o seis días, hay que ponerse otro lazo en el alma.

Me pregunto qué medidas se tomarían si empezaran a caer maridos a manos de sus esposas, qué interpretación de las leyes harían los jueces, que condenas les impondrían a las maltratadoras… Pero eso es ficción, pura ficción.

Alberto Granados

NOTA: Este tema me ha preocupado desde siempre, y he ido escribiendo varios relatos, que aquí os enlazo: “Mi vida sin ti”, “Miniña”“Maltratador” y “Terapia”.

“El encaje roto”

El sábado pasado, mi compañera de carrera y  antigua parlamentaria en el Parlamento Andaluz, Concha Caballero, escribió una de sus excelentes columnas en El País, edición de Andalucía. Se llamaba “El encaje roto”, y era una reflexión sobre la violencia de género, tema sobre el que volveré en el post de mañana. Hoy traigo a mi particular Antología el cuento de Emilia Pardo Bazán que dio pie al artículo de Concha.

(Emilia Pardo Bazán en una imagen tomada de: web punto mit punto edu)

El relato, también titulado “El encaje roto”, fue escrito en 1897, pero tiene una patética vigencia. El texto es el siguiente:

Convidada a la boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido asistir, grande fue mi sorpresa cuando supe al día siguiente -la ceremonia debía verificarse a las diez de la noche en casa de la novia- que ésta, al pie mismo del altar, al preguntarle el obispo de San Juan de Acre si recibía a Bernardo por esposo, soltó un «no» claro y enérgico; y como reiterada con extrañeza la pregunta, se repitiese la negativa, el novio, después de arrostrar un cuarto de hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la reunión y el enlace a la vez.

No son inauditos casos tales, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las conveniencias sociales no embarazan la manifestación franca y espontánea del sentimiento y de la voluntad.

Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita era el medio ambiente en que se desarrolló. Parecíame ver el cuadro, y no podía consolarme de no haberlo contemplado por mis propios ojos. Figurábame el salón atestado, la escogida concurrencia, las señoras vestidas de seda y terciopelo, con collares de pedrería; al brazo la mantilla blanca para tocársela en el momento de la ceremonia; los hombres, con resplandecientes placas o luciendo veneras de órdenes militares en el delantero del frac; la madre de la novia, ricamente prendida, atareada, solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones; las hermanitas, conmovidas, muy monas, de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando los brazaletes de turquesas, regalo del cuñado futuro; el obispo que ha de bendecir la boda, alternando grave y afablemente, sonriendo, dignándose soltar chanzas urbanas o discretos elogios, mientras allá, en el fondo, se adivina el misterio del oratorio revestido de flores, una inundación de rosas blancas, desde el suelo hasta la cupulilla, donde convergen radios de rosas y de lilas como la nieve, sobre rama verde, artísticamente dispuesta, y en el altar, la efigie de la Virgen protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de azahar, el contenido de un departamento lleno de azahar que envió de Valencia el riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia, que no vino en persona por viejo y achacoso -detalles que corren de boca en boca, calculándose la magnífica herencia que corresponderá a Micaelita, una esperanza más de ventura para el matrimonio, el cual irá a Valencia a pasar su luna de miel-. En un grupo de hombres me representaba al novio algo nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar a las delicadas bromas y a las frases halagüeñas que le dirigen…

Y, por último, veía aparecer en el marco de la puerta que da a las habitaciones interiores una especie de aparición, la novia, cuyas facciones apenas se divisan bajo la nubecilla del tul, y que pasa haciendo crujir la seda de su traje, mientras en su pelo brilla, como sembrado de rocío, la roca antigua del aderezo nupcial… Y ya la ceremonia se organiza, la pareja avanza conducida con los padrinos, la cándida figura se arrodilla al lado de la esbelta y airosa del novio… Apíñase en primer término la familia, buscando buen sitio para ver amigos y curiosos, y entre el silencio y la respetuosa atención de los circunstantes…. el obispo formula una interrogación, a la cual responde un «no» seco como un disparo, rotundo como una bala. Y -siempre con la imaginación- notaba el movimiento del novio, que se revuelve herido; el ímpetu de la madre, que se lanza para proteger y amparar a su hija; la insistencia del obispo, forma de su asombro; el estremecimiento del concurso; el ansia de la pregunta transmitida en un segundo: «¿Qué pasa? ¿Qué hay? ¿La novia se ha puesto mala? ¿Que dice «no»? Imposible… Pero ¿es seguro? ¡Qué episodio!… «

 

(Imagen tomada del blog arasalcaraz, en blogspot)

 

 

Todo esto, dentro de la vida social, constituye un terrible drama. Y en el caso de Micaelita, al par que drama, fue logogrifo. Nunca llegó a saberse de cierto la causa de la súbita negativa.

Micaelita se limitaba a decir que había cambiado de opinión y que era bien libre y dueña de volverse atrás, aunque fuese al pie del ara, mientras el «sí» no hubiese partido de sus labios. Los íntimos de la casa se devanaban los sesos, emitiendo suposiciones inverosímiles. Lo indudable era que todos vieron, hasta el momento fatal, a los novios satisfechos y amarteladísimos; y las amiguitas que entraron a admirar a la novia engalanada, minutos antes del escándalo, referían que estaba loca de contento y tan ilusionada y satisfecha, que no se cambiaría por nadie. Datos eran éstos para oscurecer más el extraño enigma que por largo tiempo dio pábulo a la murmuración, irritada con el misterio y dispuesta a explicarlo desfavorablemente.

A los tres años -cuando ya casi nadie iba acordándose del sucedido de las bodas de Micaelita-, me la encontré en un balneario de moda donde su madre tomaba las aguas. No hay cosa que facilite las relaciones como la vida de balneario, y la señorita de Aránguiz se hizo tan íntima mía, que una tarde paseando hacia la iglesia, me reveló su secreto, afirmando que me permite divulgarlo, en la seguridad de que explicación tan sencilla no será creída por nadie.

-Fue la cosa más tonta… De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las «pequeñeces» más pequeñas… Pero son pequeñeces que significan algo, y para ciertas personas significan demasiado. Verá usted lo que pasó: y no concibo que no se enterase nadie, porque el caso ocurrió allí mismo, delante de todos; solo que no se fijaron porque fue, realmente, un decir Jesús.

Ya sabe usted que mi boda con Bernardo de Meneses parecía reunir todas las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía y conozco; creo que estaba enamorada de él. Lo único que sentía era no poder estudiar su carácter; algunas personas le juzgaban violento; pero yo le veía siempre cortés, deferente, blando como un guante. Y recelaba que adoptase apariencias destinadas a engañarme y a encubrir una fiera y avinagrada condición. Maldecía yo mil veces la sujeción de la mujer soltera, para la cual es imposible seguir los pasos a su novio, ahondar en la realidad y obtener informes leales, sinceros hasta la crudeza -los únicos que me tranquilizarían-. Intenté someter a varias pruebas a Bernardo, y salió bien de ellas; su conducta fue tan correcta, que llegué a creer que podía fiarle sin temor alguno mi porvenir y mi dicha.

Llegó el día de la boda. A pesar de la natural emoción, al vestirme el traje blanco reparé una vez más en el soberbio volante de encaje que lo adornaba, y era el regalo de mi novio. Había pertenecido a su familia aquel viejo Alençón auténtico, de una tercia de ancho -una maravilla-, de un dibujo exquisito, perfectamente conservado, digno del escaparate de un museo. Bernardo me lo había regalado encareciendo su valor, lo cual llegó a impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro debía suponer que era poco para mí.

En aquel momento solemne, al verlo realzado por el denso raso del vestido, me pareció que la delicadísima labor significaba una promesa de ventura y que su tejido, tan frágil y a la vez tan resistente, prendía en sutiles mallas dos corazones. Este sueño me fascinaba cuando eché a andar hacia el salón, en cuya puerta me esperaba mi novio. Al precipitarme para saludarle llena de alegría por última vez, antes de pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en un hierro de la puerta, con tan mala suerte, que al quererme soltar oí el ruido peculiar del desgarrón y pude ver que un jirón del magnífico adorno colgaba sobre la falda. Solo que también vi otra cosa: la cara de Bernardo, contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes, su boca entreabierta ya para proferir la reconvención y la injuria… No llegó a tanto porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda un alma.

Debí de inmutarme; por fortuna, el tul de mi velo me cubría el rostro. En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que atravesé el umbral del salón se cambió en horror profundo. Bernardo se me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio que acababa de sorprender en su rostro; esta convicción se apoderó de mí, y con ella vino otra: la de que no podía, la de que no quería entregarme a tal hombre, ni entonces, ni jamás… Y, sin embargo, fui acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del obispo… Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó a los labios, impetuosa, terrible… Aquel «no» brotaba sin proponérmelo; me lo decía a mí propia…. ¡para que lo oyesen todos!

-¿Y por qué no declaró usted el verdadero motivo, cuando tantos comentarios se hicieron?

-Lo repito: por su misma sencillez… No se hubiesen convencido jamás. Lo natural y vulgar es lo que no se admite. Preferí dejar creer que había razones de esas que llaman serias…

Han pasado más de ciento diez años, una época de cambios vertiginosos en nuestros esquemas de  vida, y sin embargo el mensaje de la Pardo Bazán sirve para nuestros días. Que se lo pregunten a cada una de las mujeres maltratadas o, mejor todavía, a cada uno de los maltratadores.

Alberto Granados

La maté porque era mía (Misoginia y canciones)

 

A Pablo Alcázar, a quien tanto gustan estas disquisiciones.

Además, él las reelabora y luego escribe un magnífico post.

 

Nacemos indefensos, con nuestros cerebros casi en blanco y lo que vamos viendo, oyendo, saboreando… terminará por conformar, de manera imperceptible, ese ser adulto que llegaremos a ser. Todo lo que “mamamos” se convierte en una impenetrable superestructura mental que nos determina, llámese ideología, llámese ética, llámese cultura. Sólo aplicando un exigente sentido crítico podremos salir de esa costra ideológica y cuestionar los valores que se nos adhirieron en nuestro entorno y tomar una postura realmente nuestra ante los problemas de la vida, sin aceptar o rechazar a priori, lo que la “costumbre” nos dice que es bueno o es malo.

Esto viene a cuento de un comentario (como siempre, inteligente) de Miguel Cobo a mi post de ayer sobre Villaespesa. Al referirse a su poema Un drama eterno (un soneto sobre la violencia de género y la ancestral costumbre de matar a la mujer a la menor ocasión), Miguel me recordaba algunas de las canciones que reproducen y alimentan esa manera de ver el mundo, y que incluso ahora se siguen versionando, contra todo postulado de lo “políticamente correcto”.

Además de dichas canciones que mencionaba el amigo Miguel, he buscado en mi memoria y hoy os traigo las letras de algunas de las canciones que he ido oyendo a lo largo de mi vida y que estaban llenas de incitaciones al “la maté porque era mía”.

Para que veamos que en todas casas cuecen habas, el galés Tom Jones, incluye esta temática en su mayor éxito, Delilah (1968), en que un hombre mata a su chica al verla con otro:

I saw the light on the night that I passed by her window

I saw the flickering shadows of love on her blind

She was my woman

As she deceived me I watched and went out of my mind

My, my, my, Delilah

Why, why, why, Delilah

I could see that girl was no good for me

But I was lost like a slave that no man could free

At break of day when that man drove away, I was waiting

I cross the street to her house and she opened the door.

 

She stood there laughing

I felt the knife in my hand and she laughed no more

My, my, my Delilah

Why, why, why Delilah

So before they come to break down the door

Forgive me Delilah I just couldn’t take any more

 

She stood there laughing

I felt the knife in my hand and she laughed no more

My, my, my, Delilah

Why, why, why, Delilah

So before they come to break down the door

Forgive me Delilah I just couldn’t take any more

Forgive me Delilah I just couldn’t take any more

 

 Que, en cristiano, quiere decir (perdón por la traducción que he perpetrado):

Vi la luz la noche cuando pase junto a  su ventana

Vi las agitadas sombras del amor en su persiana

Era mi mujer

Cuando me engañó, me di cuenta y perdí la cabeza

Mi, mi, mi Delilah.

¿Por qué, por qué, por qué,  Delilah?

Vi que esa chica que no era buena para mí

Pero estaba perdido como un esclavo al que nadie podía liberar

Al romper el día, cuando el amante se alejó conduciendo, yo estaba esperando

Crucé la calle hacia su casa y ella abrió la puerta

Se quedó de pie riendo

Sentí el cuchillo en mi mano y no rió más

Mi, mi, mi Delilah.

¿Por qué, por qué, por qué,  Delilah?

Antes de que vengan a echar la puerta abajo

Perdóname, Delilah, simplemente no pude soportarlo

 

Crucé la calle hacia su casa y ella abrió la puerta

Se quedó de pie riendo

Sentí el cuchillo en mi mano y no rió más

Mi, mi, mi Delilah.

¿Por qué, por qué, por qué,  Delilah?

Antes de que vengan a echar la puerta abajo

Perdóname, Delilah, simplemente no pude soportarlo

Perdóname, Delilah, simplemente no pude soportarlo.

 

 

Joan Baez, también tocó esta temática en su “El preso número nueve”, un tema de Roberto Cantoral, previamente popularizado por el trío Calaveras.

EL PRESO NÚMERO 9

 

Al preso número 9

Ya lo van a confesar

Está rezando en la celda

Con el cura del penal

 

Porque antes de amanecer

La vida le han de quitar

Porque mató a su mujer

Y a un amigo desleal

 

Dice asi al confesor:

Los maté, sí señor,

Y si vuelvo a nacer

Yo los vuelvo a matar

 

Padre no me arrepiento

Ni me da miedo la eternidad

Yo sé que allá en el cielo

El ser supremo me juzgará

Voy a seguir sus pasos

Voy a buscarlos al más allá, Ay, ay, ay!

 

El preso número 9

Era un hombre muy cabal

Iba la noche del duelo

Muy contento a su jacal

 

Pero al mirar a su amor

En brazos de su rival

Sintió en su pecho el rencor

Y no se pudo aguantar

 

Al sonar el clarín

Se formó el pelotón

Y rumbo al paredón

Se oyó al preso decir

 

Padre no me arrepiento

Ni me da miedo la eternidad

Yo sé que allá en el cielo

El ser supremo me ha de juzgar

Voy a seguir sus pasos

Voy a buscarlos al más allá, Ay!

El tango, tan proclive a grandes fatalismos y tragedias domésticas, abundó en esta temática. Miguel mencionaba “Tomo y obligo”, recientemente versionado por Diego el Cigala. Podría añadirse el tango de Gardel “Noche de Reyes” y el “La maté porque era mía”.

NOCHE DE REYES

 

La quise como nadie tal vez haya querido

y la adoraba tanto que hasta celos sentí.

Por ella me hice bueno, honrado y buen marido

y en hombre de trabajo, mi vida convertí

Al cabo de algún tiempo de unir nuestro destino

nacía un varoncito, orgullo de mi hogar;

y era mi dicha tanta ver claro su camino,

ser padre de familia, honrado y trabajar.

Pero una noche de Reyes,

cuando a mi hogar regresaba,

comprobé que me engañaba

con el amigo más fiel.

Y ofendido en mi amor propio

quise vengar el ultraje,

lleno de ira y coraje

sin compasión los maté!

Que cuadro, compañeros, no quiero recordarlo!

Me llena de vergüenza, de odio y de rencor.

De qué vale ser bueno! Si aparte de vengarme

clavaron en mi pecho la flecha del dolor.

Por eso, compañeros, como hoy es día de Reyes,

los zapatitos el nene afuera los dejo.

Espera un regalito y no sabe que a la madre

por falsa y por canalla, su padre la mató!

TOMO Y OBLIGO

Tomo y obligo, mándese un trago,

que hoy necesito el recuerdo matar;

sin un amigo lejos del pago

quiero en su pecho mi pena volcar.

Beba conmigo, y si se empaña

de vez en cuando mi voz al cantar,

no es que la llore porque me engaña,

yo sé que un hombre no debe llorar.

 

Si los pastos conversaran, esta pampa le diría

de qué modo la quería, con qué fiebre la adoré.

Cuántas veces de rodillas, tembloroso, yo me he hincado

bajo el árbol deshojado donde un día la besé.

Y hoy al verla envilecida y a otros brazos entregada,

fue para mí una puñalada y de celos me cegué,

y le juro, todavía no consigo convencerme

como pude contenerme y ahí nomás no la maté.

 

Tomo y obligo, mándese un trago;

de las mujeres mejor no hay que hablar,

todas, amigo, dan muy mal pago

y hoy mi experiencia lo puede afirmar.

Siga un consejo, no se enamore

y si una vuelta le toca hocicar,

fuerza, canejo, sufra y no llore

que un hombre macho no debe llorar.

Si los ejemplos precedentes nos dan muestras suficientes de la misoginia, incorporada de serie a nuestras mentes, una canción que consagró doña Concha Piquer y que firmaron (¿cómo no?) esos tres puntales de lo cañí que son Quintero, León y Quiroga, riza ya el rizo, al presentarnos a la víctima exculpando al macho alfa que la acaba de matar: “La Ruiseñora” es tan sumisa que cuando Paco Olivares le dice que no cante más, renuncia a la fama de los tablaos y  es tan agradecida que, cuando al final la mata, le da lisensia a los jueces para que la mate cien veces: ¡Eso es una mujer…. TONTA! Os ofrezco la versión de la Pantoja, ahora tan revitalizada con sus veleidades malayas, junto al Cachuli.

LA RUISEÑORA

 

En la taberna de ‘El tres de espadas’,

entre guitarras y anís del moras,

¡Cómo, cantaba la madrugada

por soleares la Ruiseñora!

Se acabó lo que se daba – le dijo Paco Olivares-

y la llevó hasta el artá

y ella, que lo camelaba, se puso blanca de azahares

y nunca volvió a cantá.

Pero Paco, antes del año, empezó a vorvé de día

y a bebé sin ton ni son

y mordiendo er desengaño, la flamenca repetía

en los hierros del balcón.

¿Qué te pasa, Ruiseñora?

que tengo un nío de pena y celos en la garganta,

que hasta el corazón me llora

por siguiriyas, por soleares y por tarantas

¿Qué sombra lo tiene esclavo?

¿De qué rumbo mardesío

viene este doló de clavo

que desbarata er sentío?

¿Dónde está el agonizante

que entre la noche y la aurora

se muere cantando un cante

mejó que la Ruiseñora?

 

Al ‘Tres de espadas’ corrió celosa

con la carita despavoría

y vió a su Paco que con la Rosa

en una mesa se divertía.

Subió derecha ar tablao;

¡Aquí está la Ruiseñora

pa’ lo que gusten mandá!

¡Lo de ese y yo s’ha acabao!

¡Vuervo a sé la cantaora!

¡Conque vamos a cantá!

-Pues se va a cumplí tu suerte!

y al relámpago de un tiro

er café se iluminó;

ella vio llegá la muerte

y, en el úrtimo suspiro,

de este modo le cantó:

 

¡Dios te ampare, Ruiseñora!

campanas doblen por er silencio de tu garganta;

recen por su cantaora

las siguiriyas, las soleares y las tarantas.

De un soplo m’has apagao

la lámpara de la vía,

mira qué bien has pagao,

lo que yo a ti te quería.

¿Dónde está el agonizante

que entre la noche y la aurora

se muere cantando un cante

mejó que la Ruiseñora?

 

Tenerle, por Dios, clemencia,

piedá tenerle los jueces,

que yo la he dao licencia

para matarme sien veces.

El problema no es que esto sean canciones ligeras. El problema es que pasan a nuestra mente como verdades axiomáticas y luego pasa lo que pasa. La lista podría ampliándose (podéis, incluso debéis, sugerir más títulos en los comentarios). El tango (La maté porque era mía) y la copla son dos campos más que abonados para esa violencia machista, razonada a base de volcánicas sentimentalidades entre Calderón y la Piquer.

Y pensar que, pese a tantos estímulos de este tipo, aún hay gente normal… Parece un milagro de Fray Leopoldo.

Alberto Granados

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