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CHANTAJE


 

 

Para Miguel Cobo, gran admirador de Vicent.

 

Ya sabréis por la prensa (o en el peor de los casos, porque viváis cerca del botellódromo u os hayan llegado los efectos colaterales) que nuestra Granada se vistió de primavera el pasado viernes, cuando unos  15.000 o 20.000 jóvenes, convocados mediante Twitter y otras redes, se unieron para beber y celebrar la llegada de la estación florida, que diría Góngora.

Una multitud de bien-pensantes se habrá llevado las manos a la cabeza, pero recordemos el origen de este problema que cuesta tantos desvelos y tantos euros a las maltrechas arcas del ayuntamiento. El origen de esta sana costumbre de trasnochar por sistema (eso de salir a las once de la noche para volver al alba, en mis tiempos, sólo se podía hacer en ferias o días señalados), beber hasta casi el coma etílico, lucir sin ningún pudor la borrachera a través de vídeos colgados en YouTube o galerías fotográficas de mil redes sociales… el origen de todo esto, digo, es que toda una generación de padres y madres caímos en un vil chantaje consistente en que, para demostrar que no éramos padres autoritarios, les consentimos a nuestros tiernos vástagos que hicieran todo aquello que nuestros padres y madres no nos habían dejado hacer a nosotros, de puro primitivos que eran.

El tiempo, que pone inexorablemente cada cosa en su sitio, nos hace ver la estupidez del planteamiento, la borrega permisividad desplegada hacia nuestros angelitos, la estúpida complicidad que sustituyó a la figura de la autoridad  materna o paterna, tan esenciales en el futuro de un hijo. También nos hace temer que el proceso no tiene marcha atrás y que vamos a estar pagando las consecuencias durante toda la vida. Eso sí: hemos sido unos excelentes colegas de nuestros hijos, que se nos han subido a la chepa.

No es nuevo: Manuel Vicent publicó en el número de marzo de 1980 de la revista Triunfo (núm. 895, de 22 de marzo)  un magnífico artículo con el que ganó el premio César González Ruano al mejor artículo periodístico del año. Es posible que lo recordéis, que os suene. Pero creo que no lo entendimos.

 

 

Aquí os lo ofrezco:

“Esta es la pequeña historia de una rebelión, el famoso caso de un tipo de izquierdas que el viernes, día 14 de marzo de 1980 se deshizo del propio terror psicológico de que sus amigos le llamaran reaccionario y le arreó un seco bofetón a su querida hija de quince años, la echó de casa y se liberó de una vez del trauma de la paternidad responsable. El episodio fue el final de un complicado proceso neurótico y se desencadenó por un disco de Mozart, por una bobada, como siempre sucede. 

La chica estaba en la leonera de su alcoba con unos amigos melenudos y una música de Led Zeppelín hacía vibrar las paredes maestras del piso. El padre estaba en la sala sentado en un sillón bajo la lámpara de enagüillas leyendo un informe del partido acerca de los índices del paro. Aquella panda de jovenzuelos llena de harapos, pulgas y metales del rollo había entrado en su casa sin permiso, había pasado varias veces por delante de sus narices sin dignarse esbozar el más leve saludo, le había manoseado sus libros, le había vaciado la nevera, se había limpiado las botas camperas en la alfombra de la Alpujarra, había dejado un hedor cabrío a su paso. Ahora estaban en la habitación de su hija espatarrados como tocinos bajo los posters de “Ché” Guevara oyendo a Led Zeppelín, a The Police o a The Snack, fumando porros y apurando la última cerveza. Aquella alcoba era una reserva en la que él, desde hacía un año, no se había atrevido a entrar. En aquel momento tenía la cabeza metida en el informe económico lleno de coordenadas catastróficas cuando su querida hija salió a la sala, se acercó a la estantería y pretendió llevarse a la madriguera la “Sinfonía número  40” de Mozart. El padre, de izquierdas, saltó del sillón impulsado por un muelle y lanzó un grito estentóreo: ¡Mozart, no!. ¡No pongas tus sucias manos sobre Mozart!. Y entonces se inició la escena final, en la que el padre se liberó de todos los traumas hasta alcanzar la propia libertad sobre el chantaje de sus hijos. Detrás había quedado un largo proceso de neurosis paterno-filial que acabó con una sonora bofetada. 

El hombre tiene cuarenta y dos años y pertenece a la izquierda fina, quiero decir que es progresista con dinero, un economista colocado, con una biblioteca selecta de dos mil volúmenes, pintura abstracta en las paredes, carnet del partido anterior a la legalización con la cotización al día, piso de doscientos metros por los altos de Chamartín, un año de cárcel y ciertas mataduras de la represión franquista, educado en el colegio del Pilar, un marxista de vía chilena, buenos modales, deportista de ducha fría diaria y perfectamente alimentado ya desde el útero de su madre. Cuida mucho el envase, pero ama la libertad antes que nada. Tal vez su punto fuerte es la elegancia interior. 

Este tipo nunca ha comprendido muy bien por qué la izquierda ha caído en la trampa de dejarse arrebatar ciertos valores; por qué un progresista debía vestirse de guarro, aunque sólo fuera para epatar; por qué la disciplina, la eficiencia, el método, el deporte y la limpieza eran aspiraciones asimiladas a la derecha; por qué el respeto social y la educación férrea no eran reivindicadas constantemente por los de su ideología. Cosas así. En los momentos de duda él pensaba que esto eran residuos de su herencia burguesa, de modo que se dejó llevar por la onda, consciente de que hay que hilar muy fino para que tus camaradas no te llamen reaccionario. Ese siempre sería el peor insulto. 

Cumplió todos los ritos. Se casó en una ermita de pueblo con traje de pana. Fue de viaje de novios a Rumanía. Tuvo tres hijos y los llevó a un colegio progre, los educó para que crecieran sin traumas, los metía con él en la bañera, los paseaba por la ruta del románico, se dejaba insultar por ellos y así las tres criaturas fueron creciendo a la sombra de unos padres comprensivos que no osaron jamás dar por zanjada una discusión sin antes mostrarles todas las salidas, opciones, contradicciones del problema para que fueran ellos quienes tomaran la decisión según su responsabilidad. Ponerles la mano encima hubiera sido un escándalo para su propia alma, contestar con una negativa sin más apelación le producía un desgarro en su sensibilidad progresista. Y el chantaje iba engordando como un tumor. 

Este buen padre de izquierdas ya había pasado porque sus hijos no se lavaran los dientes o ni siquiera se ducharan una vez a la semana, soportaba que le llamaran viejo con cierta naturalidad displicente, pasaba por alto aquella indumentario zarrapastrosa del vaquero con remiendos, la pelambrera de profeta nihilista, el hecho de que se fumaran un porro en la pocilga de la alcoba y que no lograron aprobar el curso. Ante todo había que contar con la presión social, ya se sabe que la juventud no encuentra salida, la sociedad está muy deteriorada, cada generación tiene sus ritos, sus mitos, sus formas de comportamiento y eso había que respetarlo. Imponer la voluntad a rajatabla no es más que una agresión. Después de todo, no es malo que toquen la guitarra o que oigan a Led Zeppelín.

Un buen día, el hijo mayor no volvió a casa por la noche. Había tenido un percance en el colegio y decidió huir a Ibiza. La Policía lo encontró en Valencia, cosa que sucede a menudo, cuando no se logra pasar el filtro del barco. Otra hija se fue a vivir con un rockero. Después de un tiempo, el buen padre de izquierdas logró reintegrarlos a las suaves ordenanzas del hogar, lleno de traumas, explicaciones, consideraciones, pláticas razonables, amabilidades y sesiones antipsiquiátricas con un diálogo siempre abierto. Que hagan lo que quieran, lo importante es que están en casa, que los angelitos no sufran, que desarrollen la personalidad, aunque sea tumbados en el catre todo el día.

Cada tarde, la alcoba de su hija se llenaba con una panda de amigos que traían una calaña bastante atroz. No era lo peor que pasaran por delante de sus narices y que no se dignaran saludarle, sino el olor a cabra que dejaban en la sala. Que se limpiaran las botas en la alfombra, que se abatieran sobre las estanterías y manosearan sus libros con las uñas sucias, que se le bebieran el whisky y que mearan si tirar de la cadena. El viernes 14 de marzo de 1980 fue un día histórico para este amigo mío, un tipo de izquierdas, padre de familia que se liberó de sus hijos. Y al mismo tiempo se sacudió el terror de que alguien le pudiera llamar reaccionario. El estaba estudiando un informe del partido acerca de los índices del paro. El sonido de Led Zeppelín hacía vibrar las paredes maestras del piso. Fue cuando su hija salió de la leonera con el pelo grasiento y los dedos amarillos de nicotina, cruzó la sala, se dirigió a la biblioteca con la pretensión de llevar a sus compinches la “Sinfonía número  40” de Mozart. Mi amigo no sabe explicar bien qué dispositivo le hizo saltar. Otras veces también su hija le había llamado carroza. Pero en esta ocasión aquel hombre tan fino y progresista le arreó una bofetada, se lió a golpes contra todo dios y se deshizo el misterio. Echó de casa a patadas a aquella panda de golfos. Y hasta hoy. Mi amigo es un hombre de izquierdas ya liberado.”

Me parece sorprendente la vigencia de este artículo, que precisamente hoy cumple treinta años. Tengo la sensación de que nuestros chicos ya ponen sus sucias manos, no sólo sobre Mozart, sino también sobre el resto de dignidad que nos pudiera quedar.

Alberto Granados

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9 comentarios el “CHANTAJE

  1. Querido Alberto, el personaje me parece un “vaina” casado con una “inane”.

    A pesar de algunos puntos de coincidencia, pocos, y con mas cargas que el… no me he visto reflejado en nada. Y de aquellos tiempos? pues serían los tiempos de ese señor y su ambiente.

  2. Alberto, me sorprendes…

  3. Gracias por la dedicatoria, mon ami. Vicent es, efectivamente, una de “mis debilidades”. Leer su columna el domingo es un ritual: mi devocionario. Recuerdo perfectamente este artículo (yo también era suscriptor de Triunfo) y en más de una ocasión ha salido a colación en alguna otra charla. Es magnífico, aunque hemos de reconocer que Foces tiene bastante razón en su comentario. Ese prototipo de padre pertenece a una clase social bastante aburguesada, perteciente a la llamada “gauche divine”, profesionales liberales de alto standing que vivían de p. m. y que se la cogían con papel de fumar. En la clase obrera se educaba a los hijos con otro tipo de rigor: el de la necesidad y el de sacar adelante a la familia con todo tipo de sacrificios. Ahora quizá sea otro tipo de permisividad el que se esté dando y desde edades más tempranas: el niño caprichoso y el niñato son aún más insufribles y pertenecen a una nueva casta de nuevos ricos que no se enteran de qué va la película. En fin, aquí habrá que dejarlo, apenas esbozado, porque el tema daría para llenar varios comentarios.
    Otra vez gracias, Alberto. Saludos para todos.

  4. Pero pero pero…¿qué tiene de malo Led Zeppelin?
    ¿Todos los jóvenes de izquierdas son guarros? ¿Es el botellón eso? ¿Beber hasta emborracharnos o caer exhaustos? Me viene genial, porque mi padre el otro día comentaba lo absurdo del botellón y los tres hijos argumentábamos. De todos modos, Rigo, sabes que generalizar no está bien 😛

  5. Foces, estoy hablando de hace treinta años. El fenómeno empezaba a apuntar o eso creía yo percibir por entonces.

    Miguel, sabía que conocías este artículo. En mi caso, cuando acababa de cumplir veinte años, murió mi padre y tuve que hacerme adulto antes de tiempo, sin contemplaciones, que no era cosa de darle la castaña a mi madre, que ya tenía bastante.

    Brian, sé que una buena parte de conocido del blog y de Facebook, con menos de treionta años, va a rechazar mi visión del asunto. Pero seguro qu hay otra parte, mayores de 40 que me da la razón. No prentendo generalizar sobre si los jóvenes beben o no hasta arrastrarse: sé que no es tu caso ni el de mi hijo, por poner dos ejemplos.
    Es el fenómeno del botellón lo que me parece un montaje absoluto, que me resulta dificilísimo de acaptar, aunque está muy claro que no voy a ir.

    Biewn, gracias a todos. Me falta aún mucha gente de los de plantilla.

    Alberto

  6. Pues el Sr. Vicente, hace 30 años… conto algo, que yo no digo que no existiera pero… que en mi mundo (muy parecido) con 8 hijo/as de esas edades y de izquierdas… no lo vi. claro que mi tribu y yo no eramos ni somos de izquierdas finos…

    Y los habia, si. Me acuerdo de una izquierdista granadina fina, prístina, purisima… que por aquellos años iba a las reuniones semi-clandestinas de la calle Elvira, envuelta en un magnífico abrigo de piel… y pontificaba, si, que yo la oi…

    De aquella epoca y sus jóvenes, desaparecidos muchos por el maldito “caballo” y que se llego a llamar “generación perdida” se podrian contar tantas cosas. Prefiero el hoy a pesar del botellon… y asumo que la mayoria no sean de izquierdas… ni fina ni basta.

  7. Alberto, me alegro de encontrarte en este nuevo espacio. Yo creo que, de haber sido más joven, habría sido Botellonero. Al menos, alguna vez. Aunque no habría ido a los Macrobotellones. Creo.

  8. Aquí lo suyo es que todo el mundo ha estado de botellón, pero si no me dejan beber junto a cinco, seis amigos en Plaza trinidad y me obligan a hiper al “botellódromo”… ¿no entramos en una incoherencia si luego la gente se queja de estas concentraciones masivas?

  9. Desde luego el artículo hace una radiografía muy atinada de ese tipo de familias que con tanto querer ser tolerantes y colegas de sus hijos renunciaron a educar y sufrieron lo suyo. Creo que en lo sustancial muchas familias actuales con hijos pequeños y adolescentes se parecen a ésta. Sin tanta mugre y sin tanto progresismo, pero con la misma falta de autoridad y de ideas claras acerca de cómo educar a un hijo. Esperemos que también ellos tengan algo que estimen mucho y les haga reaccionar. Saludos cordiales.

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