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Gorrilla


 

 

 

 

 

      Lola bebe otro trago, eructa y se limpia la boca medio desdentada con el dorso de la mano. Después hace un gesto como de protestar o llorar.

      -Pero, ¿por qué tengo que callarme? ¿Porque tú lo digas?

      -¿Que por qué te tienes que callar? Porque yo te lo digo, y punto, que eres muy resabiá, ¡coño! –contesta Manolo, el Pinchao, amenazador y jaque.

      -Déjala, hombre, mira que siempre estáis… -empieza a decir Paco.

      -Tú no te metas –interrumpe Manolo-. Esto es cosa entre mi socia y yo, ¿verdad, tú? –y ella asiente, triste y derrotada una vez más.

      -Pero si yo no he dicho nada malo –responde ella, un momento después, acobardada e insegura-. Si es que aquí, el Paco, me ha preguntado que dónde está mi hija y le he dicho que en Nueva York, y ya está… A ver, ¿por qué no puedo decirlo, si es verdad?

      -Siempre diciendo tonterías… ¡Nueva York! Sabrás tú…

      Pasa el coche de la policía y un agente se baja a hablar con ellos. Les pregunta que cómo están de broncones hoy, que si van a dar mucha guerra, que a ver dónde orinan, que no haya peleas, que “a ver tú, Manolo, no le vayas a pegar a la Lola, con lo buena gente que es…”. Lola mira al joven, entre agradecida y desconfiada y Paco contesta mansamente. El Pinchao, en cambio, mira a los agentes con toda la carga de odio y desprecio que es capaz de poner en una mirada. Piensa que juntando todas las condenas, lleva más de diecisiete años en el trullo, que no va a asustarse ahora por dos pipiolos, por mucho pistolón que lleven colgando. “Estos dos se cagan. Si me levanto, se cagan.”, dice para sí y se contiene las ganas de liarla. El coche policial  se aleja y Lola vuelve a la conversación, ofendida por las dudas de su hombre:

      -Pues no son tonterías… -le da otro largo trago al cartón de Don Simón y mira la hora en el reloj de la estación. Las once y cuarto de la mañana. Después se agacha entre dos coches y evacua metódica y concienzudamente, mientras la gente que pasa por la calle, se cambia a la otra acera, avergonzada e incómoda.

      El Pinchao se ha levantado a aparcar, que ha visto que ha salido uno. Sabe que se ganará un euro tan pronto como se acerque un nuevo coche. Más de un euro, dos con suerte, si es una mamá joven, temerosa de su aspecto patibulario, de su olor chotuno, deseando salir de allí por patas con el carrito de su bebé, oloroso a limpieza y Nenuco. Hace memoria: la última vez que se dio un lavado fue… ya ni se acuerda. Mira, con algo parecido a la tristeza, el chaleco reflectante  amarillo fosforito que le dio un fulano de un coche. El amarillo está casi negro de suciedad, pero algo calienta y da carácter: si se está de aparcacoches, se está de aparcacoches, que otras cosas peores se han visto. Asoma por la curva un coche que avanza despacio, como buscando dónde aparcar. Manolo se pone en medio de la calzada y señala el hueco. El coche da el intermitente y él oye en su mente el sonido de la caja registradora de la tiendecilla: ya tiene para otro cartón de vino y una barra de pan con mortadela, para compartir con su Lola y con Paco, que es un buen colega, muy legal, otro pringao que se ha visto derrotado por la vida.

      Al volver al escalón, Lola y Paco siguen hablando de Nueva York:

      -… eso es donde hay edificios muy altos, que lo vi en la tele… -la voz de Paco se apaga súbitamente-. Sí… cuando yo tenía casa. Casa y decencia –algo parecido a una dignidad olvidada aparece un instante en su gesto, que se vuelve grave.

      -Yo no lo sé, se va por ahí –Lola señala con el dedo hacia la estación y se echa otro trago.

 

 

 

 

 

      Los ojos de la mujer están como perdidos, la mirada es una triste ausencia, un inevitable acabamiento. A veces, se refleja en los cristales de los escaparates de la calle y le cuesta trabajo reconocerse. Se pregunta a sí misma cuántos años tendrá. Cree recordar que treinta y cuatro y el Pinchao cincuenta y dos. Deben de llevar juntos lo menos cinco años ya. Recuerda la primera vez que le pidió que se encamara con él. Ella estaba deseándolo desde hacía tiempo, pero decidió hacer algún remilgo, como si su madre aún estuviera controlándola (“Ojito, niña, que no te vayan a perder, que con una puta en la casa ya hay bastante”). Él no entendió el matiz, la finura de ese falso melindre, así que la cogió de un tirón, le subió las faldas y le metió esa manaza de hombre en las entrañas. Ella sintió la brusquedad de la urgencia con que su Manolo la tomó. Nadie sabría decir, y menos que nadie ella misma, si fue una entrega o una violación, ni si le gustó o no, que el tipo de vida que llevan no se presta mucho a matizar en fino, pero ahí está su hombre desde entonces, protegiéndola, abrazándola por las noches, dándole de comer, robando para ella las pequeñas cosas que le hacen ilusión… y dándole hostias, muchas hostias, cada vez que él entiende que ella se porta mal (“Es que te pasas de la raya, Lola, y eso  no te vale conmigo, ¿sabes?”), aunque ni ella sepa en qué se ha pasado de la raya, que si lo supiera…

      Cuando están de buenas, ella se lo dice:

      -Manolo, si tú no eres malo, pero ese don de palabra que tienes… -y al decir lo del don de palabra, sacude mansamente la palma de la mano de un lado al otro, con el gesto inequívoco de dar bofetadas. Ella sabe que lo quiere y que, a fin de cuentas, todos los hombres son iguales de egoístas.

      Recuerda lo que decía la maestra Asunción, la que le enseñó a coser en el taller de sastra en su pueblo. Aquella mujer era sabia y ejercía un férreo control sobre sus aprendizas. Si veía a alguna llorando, preguntaba discretamente a las otras y dictaminaba con sabia certeza, con incontestable autoridad. Lola recuerda lo que les dijo a la Inma y la Mari, cuando estaban de gresca porque a las dos les gustaba el  mismo chico:

      -¡Que no os vuelva a ver llorando por un tío, que ninguno se merece una sola lágrima nuestra! Todas, absolutamente todas, son iguales, ¿os enteráis, niñas? y todas sirven para lo mismo: las gordas, por lo que aprietan; las largas, por lo que ahondan; y las pequeñas… las pequeñas, por lo juguetonas que resultan… Y no seáis malpensadas, que me estoy refiriendo a las agujas –y todas reventaban de risa, como ahora sonríe ella misma al acordarse de las ocurrencias de su maestra.

      -Lola, que no –interrumpe sus recuerdos el Pinchao, esta vez con algo que vagamente podría parecer ternura-, que no es Nueva York –y sale corriendo de nuevo, que otro coche ha dejado un hueco al final de la calle y hay que espabilar, que si en ese momento llega un listo, aparca sin darles nada, o se mete por medio el Javi, que no sería la primera vez, que ya tuvo que hablarle muy claro: “Tú aquí no vuelves a poner un pie, que esta avenida es mía. O te voy a tener que dar más”, le dijo mientras le tiraba un trapo mugriento para que se limpiara la sangre. Paco mira a Lola y, aprovechando que Manolo está al final de la calle, le pregunta sobre la hija:

      -Lola, ¿pero cómo ha ido tu niña a Nueva York? Si eso está lejísimos, que habrá que coger un avión…

      -No te creas, se fue en autobús, que me mandó recado con mi madre.

      -Pero, ¿tu madre está fuera? ¿Cuándo ha salido?

      -La han echado porque la última temporada que pasó fuera del trullo pilló el bicho. Le queda poco tiempo, y ahí la tienes, en la carretera, al pie del cañón –se queda momentáneamente dormida, como si el esfuerzo por dar semejante información la hubiera dejado exhausta. Paco se calla y mira a Manolo, que regresa por el final de la avenida. De la boca de Lola sale un hilillo de saliva. Paco habría deseado emparejarse con la niña de Lola: dieciséis años, un cuerpazo, algo como para mojar sopas. También hacía la calle y les traía buenas litronas y tripas de embutido, pero desde que se marchó… No sabe si debe creerse lo que dice la Lola. No suele mentir, pero está muy mal con el alcohol. Bueno, está como Manolo y como él mismo, que es que la vida que les ha tocado vivir…

      Paco saca un ducados y lo enciende. Cuando llega Manolo, le ofrece otro. Bajan la voz y hablan de la gente que Manolo conoció en el trullo, de que a Paco le hubiera gustado emparejarse con la hija de la Lola, de cómo perdió todo cuando su mujer lo acusó de malos tratos –Todo mentira, ¿sabes?– y un juez lo dejó sin nada y empezó con el alcohol…

      -Más de un juez tendría que pasar una temporada en el talego y conocer cómo es aquello, cómo somos los que estamos dentro. A lo mejor veían la vida como es de verdad, no como la viven ellos, con su buena casa, su buena paga, su buena querida… -reflexiona Manolo, consumido por la rabia-. ¡Puta vida, esta!

      Esta vez es Paco el que da una carrera para aparcar otro coche que ha aparecido por la esquina. Manolo mira a Lola y la tapa con una manta que tienen plegada sobre un carrito en el que transportan sus escasas pertenencias. Hasta hace poco, también tenían al Mori, un perrillo lleno de pulgas, que se sentaba a sus pies y era uno más con quien compartir lo poco que la vida había reservado para ellos. Un niñato le pasó por encima con el coche, a más velocidad de lo que debía. Le dio unas cuantas hostias, sólo por desahogarse, pero el Morillo estaba muerto y eso ya no tenía solución.

      Manolo nota que Paco tarda en volver. Sabe que es tímido y que su mirada no tiene la dureza necesaria para exigir el euro de aparcar, que es un pobre hombre sin ninguna fuerza, que eso ya quedó claro cuando no le retorció el pescuezo a su mujer. ¡Si es que da lástima, en vez de infundir respeto! Lo ve venir y sabe, por el gesto, que han perdido un euro. No debería haberlo dejado, que a él no le iban a poner mala cara, ni iban a dudarlo: un euro por aparcar, porque sí, porque Manolo el Pinchao está aquí para quitarte el euro, lo quieras o no, so pringao… pero Paco vuelve con el gesto de otra derrota más. Se sienta junto a él, como avergonzado.

      -¿Qué? ¿Que no te ha dado nada? La madre que lo parió…

      Lola da un respingo al oír el tono enfadado de Manolo, se despierta y se incorpora un poco:

      -Iznalloz. (1) ¿Dónde os he dicho que está mi hija? Es en Iznalloz, ahora me acuerdo. Seguro –afirma con una enorme resolución, como si el sueñecillo le hubiera quitado la borrachera.

      El Pinchao asiente y con el aristocrático clasismo y la dignidad de un emperador, afirma:

      -¡Bah! Iznalloz… ahí no hay más que gitanos –y se aleja para aparcar otro coche.

 

(1) Iznalloz es una pacífica localidad situada a unos cuarenta kilómetros de Granada. Es cierto que tiene una numerosa colonia de población gitana, sin que esto se considere ningún desdoro desde el punto de vista del autor, aunque sí desde el sufrido y contradictorio punto de vista de nuestro aristocrático personaje.

 

 

 

 

Alberto Granados

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18 comentarios el “Gorrilla

  1. Hola Tocayo, llevo unos dias despegado del teclado. Hoy he visto un correo tuyo con toque de corneta cual ” quinto levanta”, he saltado de mi comodidad, porque un toque tuyo tenía que ser importante. Efectivamente lo era. No digo ya los reportajes de Viena, a los que contestaré oportunamente, pues lo conozco, pero visto con otra óptica . Pena que ya tenga pocas posibilidades de volver y ver esa otra Viena, que tan bien nos describes y que yo no había visto en mi visita en la década de los 80.
    Pero bueno, mi respuesta es para tu gorrilla. Magnífico el relato. Te has metido tanto en el papel que casi te he visto sentado al lado del Pinchao compartiendo el Don Simón. Has arrancado lo que de ternura tiene una estampa sórdida, que vemos a diario y que la contemplamos desde la incomodidad de lidiar entre escaparte sin pagar el impuesto, dar el euro a regañadientes, “total pa droga” o sentirse algo solidario del hacer bien sin mirar a quien. Me ha encantado como siempre tu relato. Un abracete amigo mio.

  2. Me ha gustado también el relato. Me ha chocado, no obstante, el desconocimiento de Nueva York. No de Lola, que a todas vistas no está cultivada, sino por parte de Paco, que tuvo compañera y posibles. También veo innecesaria la nota final, o sea, la justificación sobre la comunidad gitana y tu punto de vista. Necesario, por otra parte, para los que miran con lupa y ven pajas y no la viga en su ojo.

  3. Te perfeccionas Rigo. Me ha gustado el inicio que le has dado al texto y cómo describes los sentimientos/pensamientos de cada personaje. Sólo me ha chocado algo el final. Últimamente escribes muy seguido. Será que el buen tiempo acompaña las ganas. Enhorabuena. Te sigo.

    Saludos, al Sur

  4. Muy bien retratados (aun con trazos gruesos, por mor de la brevedad) ese trío de urbanitas, reconocibles en todas las ciudades. Desde su aspecto atrabiliario, hasta su particular código ético ( y estético), pasando por su atrezzo de suciedad, degradación física, tetra-brik Don Simón, etc., sin olvidar su percepción de la realidad circundante y del resto de la ciudadanía, meros pringaos, contribuyentes “euristas” a su precaria subsistencia. Algún pintor neocostumbrista debería plasmar esta galería de tipos (aunque para eso están la fotografía y la televisíón “callejera”).

    Saludos a todos.

  5. Me gustó tu relato, de verdad que me metió en el ambiente. También creo innecesaria la nota final, y algunos comentarios tuyos que enfatizan “este estilo de vida que tienen” porque el relato por sí mismo lo muestra y no hay necesidad de que lo digas. Me gustaría que cambiaras el título (“Gorrilla”) por otro: “Iznalloz”.

  6. Parece que la madurez jubilística te hace que mejores como los buenos vinos viejos. Estupendo retrato de los personajes típicos del asfalto urbano.

  7. Alberto, me tranquiliza ver que tu ausencia se debe sólo a falta de ganas y no falta de salud. Viena está magnífica ahora. Se te espera en tu blog, que ya va aisendo hora.
    Un abrazo.

    Jorge, creo que es la primera vez que comentas, lo cual te agradezco. Lo de la nota responde a una acusación muy grave de hace mucho tiempo.

    Mj, sigue siguiéndome. ¿Por qué te ha chocado el final? No estoy de acuerdo: antes era muy poco exigente y metía los relatos como roscos. Ahora, además de más largos, les doy más vueltas, por si llego a editar alguno.

    Miguel, gracias. Siempre al pie del cañçon y en tono “halagoso”.

    Ángel, como tú sabes, trato de pillar técnica, que creo uqe la intuición la tengo. Errores como el que señalas son los que necesito ir puliendo. Gracias.

    Grego, prefiero un mal vino viejo a uhn buen relato mío. En cualqauier caso, gracias.

    Abrazos,

    Alberto

  8. Crónica urbana tan real y bien hilvanada como la vida misma, sigue así y cuando seas “mayor” tendremos una buena antología aa la que acudir. ¿qué tal Praga? ¡hubo codillo? Un abrazo.
    Ángel

  9. Magnífica panorámica de una medio vida encharcada, con sus pros y sus contras aunque a simple vista primen los contras. Me gusta particularmente la parte donde ella ni sabe por qué le pega….¿realmente lo sabe alguna mujer? Muy buena la manera de sintetizar problemas que a cualquiera le quitaría el sueño. Yo me quedo con ese mensaje.

  10. Don Ángel, qué alegría verte por aquí. Ya voy siendo mayor, no creas, pero cuando me jubile.., cuando ya me jubile trataré de escribir cosas que os gusten. Un abrazo. A propósito, si pinchas donde pone Alberto Granados, se abre todo el blog y verás que hay una entrada que se llama Darling Praga, donde hablo del restaurante Plizenka y hasta inserto una foto: el codillo estaba superior, que lo caté del de Fuen, pero los ahumados no iban muy detrás. Y al lado, el Café Americano, debajo del que tú conociste (también metí foto). Te llamé el domingo, pero no estabais.

    Kape, siempre tan amable conmigo. Tú dame ideas, como la otra vez. Y yo trato de escribirlas.

  11. Real como la vida misma. Magnífico el retrato físico y más aún el psicológico de los personajes. El lector desearía que continuase un poco más. Enhorabuena al autor.-F.G.C.

  12. Sigue escribiendo Alberto. Te mueves estupendamente creando tipos y diálogos. ¡ Nasío pa ecribí! diría yo que se me da bastante bien cierto acento andaluz.

  13. Gracias, gracias, gracias, don Francisco y Glòria (Cataluña conection, junto a Keperusita). Sois muy amables.
    Ya os digo que empecé con los relatos como un mero divertimento en el blog y empiezo a creer que tengo cierta habilidad, o intuición para la narración corta, aunque me falta técnica. Hoy mismo he empezado un taller de relato dirigido por Juan Madrid. A ver si aprendo los mil cabos sueltos donde yo me doy cuenta de que fallo estrepitosamente.
    Abrazos,

    Alberto

  14. Estoy encantada con tus relatos.Yo no le pongo ningun”pero” a nada de lo que escribes.La falta de contacto que he tenido contigo desde la niñez a la madurez,me ha hecho desconocer esta faceta tuya.Sigue asi
    De donde te viene la vena¿de la abuuela materna?
    Un abrazo

  15. Mariquilla, la única persona que ha dicho siempre qu yo escribía bien, ha sido Fuen y lo decía por las cartas que le escribía durante el noviazgo. Lo que pasó es que hace tres años me metí a bloguero y eso y el anonimato, me hicieron soltarme. Ahora dedico mucho tiempoa esto y hasta estudio técnicas y hago cursos y cosas así. Y me seinto la mar de satisfecho. A ver, a mí no me gusta el “fúrbol”

  16. Ignoraba tu aficción a escribir y la verdad es que me ha gustado mucho tu relato. Sigue enviándomelos.
    Un abrazo

  17. Hemos leído el relato y nos ha parecido interesante. Somos un grupo de estudiantes de Criminología de la Universidad de Alicante y estamos buscando información para elaborar un trabajo sobre el asunto de “los gorrillas”.

    Estaríamos interesados en conocer información de primera mano sobre este tema, antecedentes, regulación legal de esta actividad…etc.

    Agradeceríamos cualquier tipo de ayuda para empaparnos de información y comenzar a tratar el asunto.

    Un saludo a todos y gracias de antemano.

  18. […] y hasta me serví de ellos como aproximación a los personajes de   uno de mis relatos llamado “Gorrilla”. También me he ocupado del asunto, llevándolo en más de una ocasión a la Junta Municipal del […]

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