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Gilda


Este triste país nuestro parece estar eternamente condenado a la censura, ese estigma que hace que lo que yo llamo “la bien-pensancia” decida qué es bueno o qué es malo para los demás, como si los demás nunca estuviéramos en disposición de decidir por nosotros mismos, de definir nuestras propias posiciones éticas. Como si la sensatez adulta y clarividente no les llegara nada más que a ellos.

Hoy recojo un testimonio del diario Ideal en 1949, el año de mi nacimiento, en que el Arzobispo casi anatemiza a quien vaya a ver a  Rita Hayworth en aquella “Gilda” que se desnudaba los guantes, todo un fetiche que, tal vez le elevara la moral de guerra al Arzobispo.

 

El texto, que no aparece con mucha nitidez, dice así:

ARZOBISPADO

LA PELÍCULA “GILDA” NO PUEDE SER PROYECTADA Y QUEDA PROHIBIDA PARA TODO CATÓLICO.

Los periodistas y locutores tampoco podrán propagarla.

El “Boletín Oficial del Arzobispado” publica el siguiente decreto declarando gravemente inmoral y escandalosa una película cinematográfica:

Habiendo tenido noticia, con profundo dolor de Nuestra alma, de que en varios cines, así de la capital como de los pueblos de la archidiócesis, se proyecta de vez en cuando la película denominada “Gilda”, no obstante la calificación de la censura diocesana “No debe verse” y la expresa y terminante prohibición de varios Prelados españoles, declaramos y advertimos a nuestros amadísimos diocesanos que la referida película es gravemente inmoral y escandalosa, como quera que en su desarrollo y en su desenlace conculca abiertamente las normas fundamentales de la moral cristiana.

Consiguientemente, por derecho natural y eclesiástico, ha de tenerse por ilícita y prohibida para todo católico, advirtiendo que ni los empresarios podrán proyectarla, ni los periodista y locutores propagarla o recomendarla, ni los fieles en general presenciarla, sin onerar su conciencia con culpa grave; y que a los obstinados y contumaces deberán los confesores negarles la absolución.

Sin que obste ni pueda alegarse en contrario cualquier otro juicio, censura o recomendación.

Dado en Granada a diez de Noviembre de 1949.

+ Balbino, Arzobispo de Granada

Los señores párrocos y consiliarios de Acción Católica deben dar a conocer este decreto a los fieles.

Este suelto sería para mondarse de risa, si no encerrara detrás toda una historia de persecuciones, represiones y connivencias con un régimen tan repugnante como el franquismo (¡Ay, Garzón!). Pero como hay que reírse de la vida, os traigo una divertidísima anécdota sacada del blog de don Francisco Gil Craviotto, “La mano quemada”:

“Para hacerse una idea de lo que era aquel furor católico-fascista voy a recordar una anécdota ocurrida en Granada en los años cincuenta, en la época en que era arzobispo de dicha diócesis don Balbino Santos y Olivera, un santo varón que ya había condenado al infierno a todo osado que se atreviese a ver la película “Gilda”, la gran bestia negra de curas y obispos de aquellos años. Había entonces en la Plaza del Campillo un café, “El Alameda”, tiempo atrás famoso por haber albergado la renombrada tertulia “El Rinconcillo” -a ella habían asistido Lorca y sus amigos-, que, después de la guerra, se convirtió en café cantante. Tardes y noches actuaba allí una modesta orquestina y la folclórica de turno -entonces las llamaban vocalistas-, que, con más voluntad que arte, interpretaba las canciones de moda. Un público exclusivamente masculino, mientras se tomaba su copita de anís o su taza de café adulterado, admiraba el escultural cuerpo de la cantante y disfrutaba viéndole las piernas cada vez que ésta, al compás de la música, hacía un molinete y le volaban las faldas. No era mucho, apenas una breve instantánea, pero era lo único que se permitía en aquella Granada del puritanismo y el estraperlo. Los sábados había unos llenos impresionantes y los parroquianos, ganados por la música y el alcohol, se lanzaban coreando cuanto cantase la folclórica. Otros, a través de los camareros, le enviaban un papelito pidiendo tal o cual canción. Fue así como aquella noche memorable, cuantos estaban en la sala se quedaron pasmados al ver que la vocalista se acercaba al micrófono y, muy sonriente, anunció al distinguido público: “Y a continuación, pedida por el simpatiquísimo Balbino Santos y Olivera, voy a cantar “Amado mío”.

“El simpatiquísimo Balbino”, como ya queda dicho, era el arzobispo de Granada y “Amado mío” la canción insignia de la película “Gilda”. En seguida comenzó: “Amado mío, te quiero tanto…” No llegó a terminarla. Antes de llegar al final, ya estaba la policía en el local repartiendo mandobles y deteniendo a todo el mundo. Gritos, vergajazos, tazas, platos y vasos que se hacían añicos en el suelo, gente que corría en busca de la puerta o la ventana más próxima. El caos total en cuestión de minutos. Nunca se pudo averiguar quién fue el autor de tan simpática broma y todos los detenidos, incluida la folclórica, día tras día, fueron puestos en libertad; pero muy en sigilo por los mentideros de Granada corrió el nombre de un joven poeta: José García Ladrón de Guevara. Muchos años después, mientras consumíamos sendas cervezas, el ahora prestigioso poeta me confirmó la autoría de los hechos. (Francisco Gil Craviotto)”

Viendo el cuerpazo de la actriz, su baile, su constante insinuación… se comprende que el buen don Balbino pasara noches desveladas y se pusiera tan beligerante como Glenn Ford. A fin de cuentas, la iglesia siempre ha tenido a la mujer en muy baja consideración (era un saco de excrementos, según San Agustín) y el acto fundacional de la religión sostiene que Eva, con “sus cosas”, perdió al género humano, así que por qué no se va a condenar una buena película, si ver a una mujer atractiva mover las caderas era mucho más grave que los casos de pederastia o el apoyo incuestionado a un régimen fascista. ¡Censores tiene la Iglesia!

Alberto Granados

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12 comentarios el “Gilda

  1. pero en madrid la estrenaron y la vio hasta el “potito”, recuerdo que en un cine cerca de la plaza del callao… yo era mozalbete…

    y de aquello del alameda… los del saz de la ferreteria mesones, especiamente manolo, sabian mucho, si. pero eso seria otra historia de graná.

  2. En Granada Gilda se estrenó y se proyectó sin más problemas que este comunicado del arzobispo y la amenaza del infierno para quien fuera a verla. A pesar de ello mis padres me llevaron, supongo que porque no tendrían con quien dejarme y confiando en que no me enterara de nada. Y así fue, pues lo único que recuerdo de aquel día es que me dio miedo esa escena en la que el desaparecido marido mueve la cortinilla de la ventana del despacho al local.

    En cuanto a la anécdota del Alameda, por lo que se está un poco novelada tanto por Guevara como por Craviotto. Por algo los dos son escritores y les va la fabulación….

  3. Al café Alameda también llevaban los padres a los niños, quizá para iniciarlos gradualmente en la “temática sexual” que más tarde se completaría en los sicalípticos locales de la cercana calle Varela. Nada insólito. Hoy los niños se preparan para el disfrute de la sexualidad industrial en casa con el internet, o viendo la TV cuando no están los padres, y completan estudios con “Educación para la ciudadanía”.
    La impresión era fuerte, uno de mis primeros recuerdos es el cuerpo sólido de la vocalista, analizado con la distancia y la ausencia de deseo, y también con la simpatía, con que escrutaba el de mi abuela. Después terminábamos haciendo la “visitica” en las Angustias. Que no todo va a ser cantar.
    Nota: ¡Qué bien escribía don Balbino, o su secretario! Frases lapidarias: “ni los fieles en general presenciarla [la proyección de Gilda], sin onerar su conciencia con culpa grave”. Ellos eran los dueños absolutos del lenguaje. Por eso están cabreados, tienen que competir con Facebook y no lo tienen fácil.

  4. pues si, algo de verdad hubo. yo lo supe recien llegado aqui, ya sabes el 54/55… se achacaba a uno de los “de Saz”. Enrique, un hijo, sobrino… muy buen amigo mio me lo contó… y estos del Saz es que eran algo fuera de lo comun en esta Graná de sus pecaos.

  5. Por entonces era una especie de leyenda urbana. Creo que con este tipo de cosas se intentaba olvidar lo realmente serio de las detenciones y las cárceles llenas.

  6. La censura extendía sus tentáculos (¡cuidado con el acento!) hasta los más remotos rincones. Tú, Alberto, como lector de Triunfo, te estremecerías de risa (reír por no llorar) con algunas muestras que exhibía el añorado Luis Carandell en su Celtiberia Show ( no sólo de censura, eso sí). En mi pueblo, por ejemplo, mi padre desafiaba las desaforadas calificaciones morales de las películas llevándonos a mi hermano y a mí a verlas desde que teníamos “uso de razón”, aun a costa de haberse llevado más de un disgusto y alguna que otra agria discusión. Total, si las películas aquéllas eran para mayores, no habría mejor manera de “hacerse” que viéndolas. Así fue y me parece que hemos sido siempre personas civilizadas y amantes de la cultura (incluida la erótica), respetando los gustos, creeencias y aficiones de los demás . Lo mismo que pedimos para nosotros.
    Y para ilustrar este desatino, descontextualizándolo un poquito, recordar las entrañables escenas de Cinema Paradiso con aquel cura hecho un basilisco censurando hasta los besos más castos. (Está en You tube)

  7. Me gustaría poder decir “Yo estaba en el “Café Alameda” y lo presencié todo”, pero sería falso. Ni vi la película ni presencié la broma al arzobispo de Granada. El año 49, estreno de Gilda, yo estaba interno en un colegio de frailes de Almería y en el 50, que aún se seguía hablando de la película, yo continuaba interno, tragando misas, rosarios, vía crucis,comuniones, ejercicios espirituales. También recibiendo alguna que otra hostia, pero -justo es reconocerlo, a pesar de la poca cimpatía que siento por curas y frailes-, sin sufrir ninguno de los abusos que hoy tanto se comentan. Algunos compañeros míos, que la habían visto Gilda en su pueblo durante las vacaciones, -huelga añadir que mi pueblo no tenía cine-, venían contando maravillas y todos terminaban con la misma frase: “La tía está buenísima”. Cuando dejé el internado y pasé a la vida normal, Gilda no la ponían ya ni en los cines de verano. Creo recordar que fue en la tele francesa cuando, muchos años después. vi la película del escándalo. Me pareció bastante inocente. Tampoco pude presenciar a la policía repartiendo santos mandobles en nombre del simpático Balbino. Aclarado esto, lo que sí puedo asegurar es que como me lo contaron, lo conté. Aunque he publicado varias novelas, cuando actuo de biógrafo o historiador, cierro con siete llaves la imaginación y procuro no rebasar un ápice la realidad.Cabe preguntarse: ¿exageró un poco Guevara?. Yo creo que no. Se vieron por aquellos años atrocidades más grandes aún. No quiero terminar sin decirle a mi amigo Alberto Granados que toda mi obra está a su entera disposición y puede reproducir el fragmento que le apetezca sin necesidad de pedirme permiso. Mi felicitación por el presente artículo y las anteriores narraciones.-F.G.C.

  8. Gilda, según supe más tarde, provocó un gran escándalo. Hoy día es bueno verla para entender cómo estaba el patio.
    También es interesante revisarla en clave de historia de amor entre dos gays interrumpida por la hermosa mujer.

  9. Foces, lo que tienes que hacer es contarme cosillas de GRanada, de esa Granada antigua, que yo no conocí, pues me vine en el 83. Y yo las cuento después.

    Senior Citizen, casi siempre, el público ve las cosas con “normalidad” y sólo los que se consideran guardianes de las esencias, encuentran escándalo donde no lo hay. Es cierto que con cosas como estas se intntaba tapar a un régimen fascista, y que en eso no hemos avanzado: con Garzón se intenta tapar el escandalazo de Gurtel…

    Don Pablo, me ha encantado lo de la visitica con tu abuela. Y después de la visitica, ¿no caía un pastelico?

    Miguel, mi hermano y yo siempre comentamos que, si nuestra generación ha salido medianamente aprovechable, es que tiene que haber un mecanismo nivelador para la mente: nos cargaron de estupidez ideológica, nos ocultaron cómo es la vida (llena de deseos, de promesas, de sexo…), nos hicieron culpables con tanto melindre moralista… Y aquí estamos, que hasta tenemos algo de coherencia.

    Sr. Gil Craviotto, gracias por tu generosa autorización y por tu siempre favorable crítica. Me gusta esa diferenciación entre fición, llena de licencias, y la objetividad al biografiar. He leído tus “Nuevos retratos y semblanzas con la Alhambra al fondo” y recordarás que te comenté quie me sentía un ignorante de las cosas de esta ciudad, en la que llevo casi treinta años. Incluso te propuese que escribieras una especie de “quién es quién” y recuerdo la sabia respuesta que me diste. Tus análisis de la gente me parecen siempre veraces y acertados.

    Glòria, esa cosas no existían en la España de Franco. Dos gays, uno hefe y otro casi siervo… impensable en una patria tan absolutamente “macha”. Ahora bien, lo de la mujer como culpable de todo… eso ya está en el primer capítulo del Génesis y forma parte de la médula del pensamiento judeocristiano.

    A todos gracias por vuestra aparición.
    Abrazos,

    Alberto

  10. Me he divertido mucho con la anécdota, porque aunque no conocía en concreto lo que pasó en Granada, sí tenía constáncia de la repercusión que tuvo el erótico gesto de quitarse el guante.
    Parece mentira que alguien mínimamente inteligente pudiera creerse las burradas dichas por la iglesía sobre la censura de ésta y tantas otras escenas…..pero así eran las cosas y así les interesa a muchos que sigan. Que tengamos miedo a pronunciarnos y que callemos las voces de los buscan una justa respuesta al que quiere saber.
    Alberto, estas historias son las que yo disfrutaba de mi abuela, así que hazte una idea de lo que me ha gustado.

  11. no te creas, no he sido mochuelo aunque veia… pero me aislaba y asi ocurre que me acuerdo de las cosas cuando otro las menciona.

    algo te dire de aquellos años, con su suicidio o liquidación de un industrial de la agricultura… y aquel infarto de bancario en la calle del Toril… y aquel terremoto que se cargo las casas de los pobres, levantadas por un adorador del regimen y cuya saga sigue…

    pero no creas, a pesar de la censura, las cosas salian… y ahora que lo pienso, que raro, no?

  12. […] “Humor”, como son los casos de Francisco Gil Craviotto (nos contaba el impacto de la película Gilda en Granada) o Ambrose Bierce y su diabólico […]

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