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Patera


La patera fue entrando en el mar poco a poco, mecida por una brisa suave y yo sentí cómo un escalofrío me recorría todo el cuerpo y pensé que era frío, pero en realidad la excitación me estaba haciendo sudar. No era frío, era una sensación hasta ahora desconocida, una mezcla de emoción, de inseguridad, de vértigo. Un vértigo que venía de sentirme mecido y acunado por una masa absolutamente oscura, una tiniebla impenetrable. Pensé en la sensación que deben sentir los náufragos, pero inmediatamente comprendí que pensar en naufragios en esa situación era casi un mal presagio, así que deseché ese pensamiento y me cubrí de la brisa echándome contra la tablazón, instintivamente retorcido en posición fetal, deseando quedarme dormido, aunque sabía que el sueño no acudiría en momentos como aquellos.

La patera iba alejándose de la costa de una forma casi imperceptible. Al mirar hacia atrás ya sólo se distinguía un difuso resplandor, el último vestigio de la iluminación de los pueblecitos de la costa marroquí. Si miraba hacia adelante, la oscuridad más absoluta nos envolvía por todos lados, creando esa sensación de inquietud que yo acababa de sentir. Sólo se podía mirar hacia el cielo, un cielo de ensueño en el que brillaban un cuarto de luna creciente y una infinidad de estrellas. Tuve la certeza de que todos íbamos pensando en lo que estábamos dejando atrás, esposas e hijos, padres, hermanos y, sobre todo, nuestra propia vida, que ahora nos jugábamos ante los azares de la travesía y del futuro incierto a que nos enfrentábamos. Me pareció que algunos hombres iban llorando.

El patrón empezó a hablar, sin duda con la intención de que dejáramos de tener pensamientos sombríos y de que volviera a la patera un cierto espíritu de despreocupación. Nos distrajo con las estrellas y constelaciones, señalándolas en el firmamento y contándonos las viejas leyendas que los antiguos habían creído desentrañar en cada signo del cielo. Pronto, todos estábamos entretenidos buscándolas, comentando formas del cielo, haciendo nuevas preguntas, dejándonos envolver por aquellos relatos fantásticos, por aquella magia antigua.

Ya hacía tres horas que habíamos salido y el viejo pescador nos indicó la conveniencia de calentarnos el cuerpo por dentro y por fuera para burlar el relente, así que todos empezamos a abrigarnos con unas mantas y sacamos unos termos y unos bollos. Tras aquel ir y venir de cafés y tés, los pasajeros nos sentimos más reconfortados y con mejores ánimos e iniciamos varias conversaciones, hasta que poco a poco fuimos durmiéndonos acurrucados sobre el húmedo suelo de la patera, mirando un cielo que parecía el de la primera noche de la creación.

Entre sueño y sueño, nos despertamos entumecidos por la humedad y la dureza de las tablas. Sólo los tres marineros profesionales estaban sentados, liados en una especie de capotes de pescador, controlando la barra del timón y hablando en voz baja. De vez en cuando alguien cambiaba de postura, o se ponía de pie o encendía un cigarrillo hasta que de nuevo el sueño lo volvía a vencer. Yo miraba mi reloj, y me preguntaba cuánto faltaba para llegar a las costas españolas, aunque sabía que aún teníamos por delante muchas horas de navegación, de incertidumbre. La noche es muy larga, sobre todo si no se duerme bien, pero una noche en alta mar, sin ningún horizonte al que mirar, sin más referencia que las estrellas, es aún más larga, casi interminable. Sólo los breves períodos de sueño eran capaces de librarnos de la impaciencia y de la inquietud, de la angustia y del miedo.

Pasadas unas horas, poco a poco, se iba distinguiendo una claridad por levante. Al principio era una luz blanquecina muy difuminada, pero que imperceptiblemente iba ganando en consistencia e intensidad. La mancha se fue extendiendo por el horizonte y el cielo, donde las estrellas empezaron a desdibujarse lentamente, perdiendo la nitidez que les había acompañado durante toda la larga, interminable noche. El mar, tan impenetrable hasta entonces, también empezó a mostrar los mismos reflejos del cielo y en pocos minutos se distinguían las olas, con un brillo distinto, recién lavado, virando de un verde extraño y oscurísimo a un azul intenso, hasta morir en un blanco sucio de espuma que caía mansamente para reiniciar el ciclo.

El día que estaba naciendo parecía ya un apoteosis de brillos, colores y resplandores, mientras las estrellas desaparecían y sólo se apreciaban, ya completamente desvaídas, las más brillantes. Todos nosotros, envueltos en las mantas, nos incorporábamos para ver el espectáculo y sonreíamos llenos de optimismo. La claridad lo inundaba todo, como una lluvia bienhechora. Admirando ese amanecer insólito, el sol empezó a salir, primero un rayo cegador, después un breve perfil curvo que asomaba y desaparecía con el subir y bajar de las olas. Luego, fue un trozo de disco de un intenso brillo rojizo que inundó el mar, multiplicándose hasta el infinito en el espejeo de cada ola. Al final, el sol, lentamente, con la perezosa dejadez y la ceremoniosa majestad de un rey antiguo, terminó de salir del horizonte, elevándose, ya entero, soberbio, sobre el mar, que empezó a recuperar una intensidad de azules inigualables. En la patera, fuimos dejando las mantas para recibir, agradecidos, el tenue calorcillo que nos llegaba, como una mínima limosna desprendida del derroche de belleza que acabábamos de contemplar.

Al terminar el espectáculo, nos sonreíamos unos a otros con un alegre optimismo. El patrón nos hizo tomar un abundante desayuno y nos recomendó descansar y dormir todo lo que nos fuera posible. También nos dijo que nos pusiéramos gafas de sol y gorras, pues a medida que el día fuera avanzando, el rebrillar del sol llegaría a ser cegador y nos podía provocar dolores de cabeza. Unos consiguieron dormirse y otros arrastramos nuestro cansancio de un lado a otro de la pequeña barca, mientras el día iba avanzando en medio de un rebullir de fulgores y espejeos, cada vez más intensos y cegadores.

 (Imagen tomada de reporterodigital.com)

ACLARACIÓN EDITORIAL

 

 

Por cesión de los derechos de explotación digital a la Editorial TransBooks me veo obligado a eliminar parte del texto de este relato, comprendido en mi libro electrónico “Cabos sueltos”. Dejo el inicio y los comentarios que en su día suscitó.

Dicha publicación está disponible en el servicio de descargas de Amazon.es y de iTunes.

Alberto Granados

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19 comentarios el “Patera

  1. qUÉ BONITO aLBERTO!!!.Gracias por esta sobredosis de ESPERANZA y por ese pedazo de patrón!

  2. es un bonito cuentecillo. alejado de la realidad… como buen cuento que es.

  3. Hola Tocayo, dices que no sabes hacer poesía y en alguna ocasión te he comentado no estar de acuerdo, poesía no es solo ajustarse a una métrica y unas rimas, poesía, es lo que acabas de hacer con este relato, precioso, imaginativo y bien configurado, pues dejas un sabor dulce o de esperanza como dice Maria Fernanda, de un relato donde el patrón es un mafioso que ha arrancado del alma de los tripulantes los ahorros de toda su familia y los propios, para pagarse un viaje al infierno. El café y los bollos, a veces son substituidos por hachis para tenerlos domesticados y el cielo estrellado normalmente no suelen verlo porque los ojos se le nublan entre el olor de la bencina que acumula la patera y esas lágrimas de pena y de miedo que les acompañan durante ese trayecto hacia eldorado.
    En muchas ocasiones sus ilusiones se quedan bajo la patera a cientos de metros de profundidad, y nadie se entera. Los que tienen más suerte, quizá llegan, pero son repatriados, acompañados de la desesperanza y el trofeo del fracaso para su familia. Solo algunos consiguen pisar tierra firme y comienza el nuevo calvario de la explotación, la misería y a veces la delincuencia.
    Un abrazo Tocayo

  4. Magnífico relato, cargado de emoción desde el comienzo al final. El empleo de la primera persona aumenta la sensación de veracidad. El estilo, muy acorde con el narrador nos va contando, contribuye a intensificar aún más esa sensación de relato vivido. Todo impecable. Así debe ser, más o menos, el viaje de todos los “sin papeles”.
    Una vez más insto al autor a que reuna todos estos relatos en un libro y lo publique. Enhorabuena.-F.G.C.

  5. Totalmente de acuerdo con Francisco, Alberto, reune y publica porque tienes un don para meter al lector en las historias que cuentas. No puedo añadir nada más porque todo lo que diga caerá en la redundancia, solo animarte a que sigas.

  6. Yo tambien te animo a la publicacion de un libro de relatos, son todos estupendos.

  7. Colosal Alberto. Como tu eres. me ha llenado de regocijo tu relato por lo minuciosa que me resulta la descripción a lo largo de la travesía. He imginado hasta la ruta, que partió de un lugar de la costa marroquí entre Alhucemas y Melilla, donde no existen nu cabañas, pero si una carretera cercana (la N16) por la que transportar hasta el mar la patera. Se adentró en el Mediterráneo por esa línea entre 60 y 70 millas de la isla de Alborán, para próximo a la costa tomar la deriva al Este, quizás buscando la Playa del Ruso, cerca de Albuñol.
    La descripción, como decía, no puede ser más precisa. Tu venías en la patera.
    Felicidades. Un abrazo y sigue así.

    José Manuel

  8. Me sumo a los comentarios anteriores y los suscribo. Bello en su infinitud, inmenso en su soledad e iluminado de esperanza. Creo un acierto que hayas soslayado la tragedia. Y muy bien, pero que muy bien escrito. ¡Chapeau, amigo!

    Y aprovechando que paso por aquí, ¿sabes qué? :Esta noche vengo de ver y escuchar en persona a Ernesto Cardenal recitando sus poemas; entre otros, varios de los que publicabas en el blog hace unos días. Por cierto, venía de Granada.

  9. María Fernanda, no sé si es un cuento de esperanza. Por lo pronto lo es de injusticia. He dejado un final totalmente abierto. De hecho es una adaptación de un fragmento de una novela inconclusa, interrumpida, indecisa, insoportable… que escribí hace quince años. El protagonista llegaba a España y vivía su peripecia aquí.

    Foces, no sé si está tan alejado de la realidad, cuando cada dos por tres se pilla a una patera en las costas de Motril.

    Tocayo, llevas mucha razón. Aquí les espera la marginación, la prostitución, lo más amargo. Esta vida es así de amarga.

    Francisco, Kaperusita y Eva: muchas gracias por vuestro estímulo, pero no veo yo que tenga material ni suficiente, ni suficientemente bueno para publicar. Una cosa es el blog, dodnde se cuenta de antemano con vuestra complicidad y otra cosa es defener ante un editor, aburrido de manuscritos, que hay una calidad literaria. Total, después de la experiencia editorial vivida, no me llena mucho la idea. En cualquier caso, todo se andará.

    José Manuel, me alegra muchísimo verte por aquí. Veo que te conoces esas geografías al dedillo. Sigue asomando por este blog y siéntete como en tu casa.

    Miguel, siempre cómplice, siempre amable, siempre jugando parcialmente a mi favor. Gracias.

    Abrazos mil,

    Alberto

  10. aunque es un asunto penoso… es muy turbio.
    te has preguntado alguna vez como se costean esos viajes?
    comprendo que sea un tema solo “rozable” pero…
    y no digo más. el relato muy bonito, agradable…

  11. Alberto,porfa,sé valiente y termina la novela.Aquí tienes a tus primeros lectores,hambrientos!!!!.ERES GENEROSO Y EN EL FONDO LO DESEAS!!!!

  12. ¡Anímate! La fe de Mª Fe es férrea y, si ella lo dice, yo lo creo (además de que ya estaba convencido).

  13. Algún día te contaré… ya sabes, historias del ERIE de Motril.
    Por cierto, Calahonda, supongo…

  14. Me parece muy bueno el relato . Muy oportuno escribir sobre algo que ,de tanto verlo , nos va dejando indiferentes… !cuanto dolor provoca la injusticia de los poderosos …!venga, a publicar!

  15. Foces, no sé qué quieres decirme. Explícamelo en privado, que no te pillo la idea.

    Miguel, no se trata de querer o no querer, sino de la realidad. No hay editorial que apueste por los realtos. Yo he escrito apenas unos noventa (no llegan), de los cuales sólo hay algunos que pasen el listón. Con ese bagaje no voy a un editor. Tendré que esperar y eso es así, sin más. Tengo asumido que ni soy, ni seré un García Márquez, pero me divierte escribir. Lo demás, si llega, bienvenido (sobre todo si es de buena forma y no se convierte en un infierno).

    SGCI, claro que es Calahoinda. Yo he visot la playa llena de curiosos consumiendo helados mientras treinta criaturas medio muertas de tensión, sed, hambre y pánico se deshidrataban al sol rodeados por la guardia civil. Cuentame esas historias. Yo intentaré converirlas en relato (Kape lo hace y ya me ha dado material más que valioso para cuando llegue la hora).

    Mari Carmen, me hace mucha ilusión verte por aquí. Gracias por tu favorable opinión.

    Abrazos,

    Alberto

  16. Felicidades por este relato. Un abrazo.

  17. Muchas gracias, Isabel. Estás en tu casa.
    Alberto

  18. Alberto, me has leído el pensamiento. Precisamente ayer estaba hablando con varios amigos de los finales felices y de por qué la literatura y el cine de calidad suelen evitarlos. El transcurso y final feliz de tu historia indica que las historias felices tienen una enorme capacidad para desvelar la realidad. Veo que cada vez escribes con más facilidad y sustancia literaria. ¡Qué envidia!

  19. Concha, siempre me acuso de ser un muermo y no encontrar finales medio felices. Realmente no sé si este lo es. Ya digo más arriba que esto es sólo un fragmento adapatado (básicamente pasado a primera persona) de una novela que abandoné poeuqe no me encointraba agusto con las 150 páginas que llevaba. Eso fue hace 15 años, así que si ves progreso en mi manera de escribir, basándotye en algo de a995, mal lo llevo… 🙂
    Beso y gustazo de verte potra aquí. Pronto habrá otro relato con final agridulce, como la vida.

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