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La cuota de la muerte


Nicolás hace cola en la oficina de la Caja de Ahorros. Hoy ha venido, como todos los meses, a poner la cartilla al día, a sacar algo de dinero y a pagar la cuota de su póliza del seguro de defunción. Hace ya un montón de años, su mujer, la Lola, lo convenció y empezaron a pagar un seguro de entierro, y anda que Manolo Monte no se dio prisa en atendernos, que fue a buscarnos a la casa y todo… “La Previsora”, se llamaba la compañía de seguros, que después fue absorbida por otra empresa más potente y nos subieron la cuota, si casi creímos que no íbamos a poder… eso sí, la nueva póliza les ofrecía, además del entierro gratuito de los tres miembros de la familia, un fondo de pensiones, una pequeña herencia para su hija, que no es que fuera una fortuna, pero que tampoco estaba mal… Eso quedó claro cuando la pobre Lola se me murió, un buen entierro y sin pagar ni un duro, que me pareció mentira, que es que los entierros no los regalan, que salen por un pico… Parece que no hubieran pasado dos días y llevamos pagando… tú verás, eso fue en el pueblo, antes de venirnos para Barcelona…

Recuerda las fatigas del principio, cuando vivían en una casa que se caía a pedazos, en las afueras, sin agua corriente, ni cuarto de baño… tan cerca de Barcelona, y a la vez tan lejos, que por entonces aquello aún era algo distinto a la propia ciudad, puro suburbio de aluvión que agrupaba inmigrantes de la España pobre, y había que coger autobuses para ir a cualquier sitio. En esa época –recuerda Nicolás- apenas había bloques de pisos y las huertas rodeaban las casas aún. Hoy, en cambio, todo está convertido en una apretada masa de edificios, polígonos industriales y carreteras y no queda campo, ni animales, ni un pájaro, que sólo hay algo verde en los parques…

Lola echaba de menos su pueblo, sus olivos, las huertas de junto al  río, las fiestas de septiembre, su patio lleno de macetas… y no paraba de llorar. Yo creí que se me iba a morir de pena, que nos íbamos a tener que volver a la miseria y el paro. Sin embargo, su mujer se acomodó, se le pasó la tristeza y salieron adelante. Nicolás recuerda que empezó a trabajar en la construcción y la Lola se puso a servir, pero después entró en un taller de confección, y con los dos sueldos… Fue cuando mejor les fue en la vida, cuando empezaron a poder costearse algunas cosas, cuando se entramparon para comprar el primer piso, tan pequeño, pero tan acogedor… Después vino el cochecillo, de segunda mano, pero peleón, que buenos trotes le dimos para ir al mar a que la nena se espabilara… eso sí: siempre, siempre, siempre, pagaron la cuota del seguro de defunción, que ella lo decía cada dos por tres: “Por encima de todo, hay que seguir pagando la muerte, que con esas cosas no se juega. Supón que uno de los dos muere y enterrarlo cuesta un dineral. Es que esas cosas, hay que tenerlas preparadas…” La pobre Lola era un lince, las veía venir de momento…

La cola avanza lentamente y Nicolás saluda de cuando en cuando a algún otro jubilado o vecino. Le gusta comprobar que está asentado, que ya es de aquí, que ya no es el charnego ignorante recién llegado de Andalucía hace cincuenta años, al que todos miraban con displicencia. Ahora, todo el mundo lo conoce y lo saluda con respeto, ya nadie lo considera un extraño. Mira el reloj, en realidad por pura costumbre, que no tiene prisa: a fin de cuentas, está solo todo el día, sin nada que hacer. Sólo cuatro compras y ordenar algunas cosillas de la casa, para que su hija no pueda decirle que es un zángano. ¡Digo! ¡Yo, un zángano! Si me salieron los dientes trabajando… Me va a decir a mí la niña que soy un parásito… Nunca soporté a los señoritos de mi pueblo. Me acuerdo de don Manuel “Mosquetón”, leyendo el ABC detrás de la ventana, todo el día en pijama y batín de seda, hasta que por la tarde se arreglaba y se iba al casino a jugarse las fincas que había heredado sin ningún esfuerzo… Yo lo aborrecía, que eso sí que era un parásito… y no yo, que he estado en el tajo toda mi vida…

Nada más recordar la última bronca con su hija y se le altera el pulso. Parece que le falta la respiración y se va a marear. ¡Cómo ha cambiado mi hija! La Lola y yo siempre pensamos que era un poco retrasada, que mismamente por eso ampliamos la póliza de la muerte, para que le quedara algo cuando le faltáramos, pero anda que no se ha espabilado…

Nicolás se repone lentamente del sofoco y piensa en cómo la vida va dando sorpresas inexplicables. Primero, el cáncer de la Lola. Cuatro días y a la tumba, un buen nicho pagado por la compañía y toda la soledad del mundo para él, que la hija cambió como de la noche al día y empezó a volver tarde y a comportarse como un pendón. Si es que estas cosas las arreglaba la Lola, que entre mujeres se apañan mejor, pero mi hija a mí es que ni me mira, ni me guarda el respeto, ni yo sé hablar con ella de estas cosas, que a ver, ¿qué le puedo decir, si tiene cuarenta y cuatro años…? Soltera, pero a esa edad… y que esto no es el pueblo, que es como si fuera la mismísima Barcelona…

Le duelen los pies y se sale de la cola para sentarse. Mira a una señora, de la edad aproximada de su hija, pero ésta tiene mucha más clase. Se ve que ha nacido en la ciudad, que eso se nota. Si lo notábamos nosotros cuando llevábamos aquí sólo una temporada y bajábamos al pueblo, que ya parecíamos otros cuando nos comparábamos con los de allí, que apenas habían viajado… Observa lo bien vestida que va, el aire de distinción y lo compara con la manera de vestir tan ordinaria de su hija, que es que parece que va provocando a los tíos, con esos escotes y ese culo apretado, que ni tan tonta como antes ni tan pendón como ahora… que digo yo que un término medio, ¿no? Y la culpa la tiene el Tomás ese, que es que es un chulo. Eso está claro. Y mi hija, la muy cándida, cree que va a sacar algo con ese tío. ¡Anda, que sabe lo que se hace! Ese es un mal bicho, que le está metiendo una manera de ser que nunca fue la suya y que me la va a hacer bailar de coronilla…

Nicolás se indigna y echa de menos a la Lola. Le gustaría compartir sus preocupaciones con ella, pero su Lola se murió y ahora, todo el día solo, que mi hija se va a las siete de la mañana al trabajo y vuelve a las doce de la noche, la noche que vuelve, cuando no llama para decirme que se queda a dormir en casa de una amiga. ¡Una amiga! Ni que yo me hubiera caído de un guindo. Nicolás piensa en el comportamiento de su hija. Nunca ha podido aceptar esas cosas, ni en un hombre ni en una mujer, que eso da igual. El que se compromete, se compromete, que hay cosas que hay que pensarlas bien, que son para siempre. Y la niña, cuando ya nadie podía esperarlo, con más de treinta y cinco años me ha sacado los pies del plato… Mi padre ya se lo explicaba a mi hermana, con unos guantazos de por medio, para que se fuera enterando bien, hace ya… ni se sabe cuántos años: “Mari, que te enteres: llevo toda la vida guardando tres fanegas de melones y jamás me han robado uno, y tú, que no tienes que guardar nada más que un trozo así de grande (y mi padre enseñaba la palma de su mano curvada, torcida como si se acoplara al sexo de una mujer) vas y te lo dejas robar por el primero que te haga cuatro cucamonas…¡Si es que sois tontas!”. Los recuerdos de hace casi sesenta años afloran a su mente. Nicolás los revive con una asombrosa nitidez, como si fueran cosas de hace unos días. Ya ves, mi padre, mi hermana Mari… todos muertos y yo… yo hecho un muerto en pie, que para la vida que llevo bien me podía tocar ya, total si el entierro, que es lo más caro, está pagado con la póliza de la muerte…, pero no, que me toca bregar con esta mala hija que no me quiere… que me va a amargar los últimos años…

Nicolás se enjuga una lágrima que le está saliendo, tal vez por los  recuerdos o tal vez por la soledad. ¡Qué difícil es tragarse  estas nuevas formas de ser de la gente nueva! ¡A los ochenta años ya no se pueden aceptar las cosas de una hija… así… vamos, ¡así de pendón, que es que no tiene otro nombre!

Debe de haberse dormido, pues una señora vagamente conocida le sacude el hombro y le dice que es su turno. Aturdido, da las gracias y le da la cartilla al empleado.

-Me da usted setenta y cinco euros, si me hace el favor.

Es la cantidad que él deja para sus gastos: algún café, un paquete de Ducados para fumarse un único cigarrillo al día, después de la siesta, alguna cerveza cuando sale y la próstata lo obliga a entrar a un bar para ir al aseo… El resto, lo va sacando la hija cuando hace falta para los gastos de la casa, que decidieron pagarlos a medias, aunque la parte de ella casi nunca aparece…

-Y ahora me cobra la cuota de la muerte.

Hay un cierto gesto extraño en el empleado, que titubea tras mirar la pantalla del ordenador, y, finalmente, le dice que no hay ninguna cuota pendiente, que la hija canceló la póliza hace unos días y retiró el fondo, casi siete millones de las antiguas pesetas. Nicolás siente que se está poniendo blanco, que se va a caer, pero aún se aferra a la posibilidad de que el ordenador se haya equivocado, de que haya otro Nicolás Gómez Pérez, de que sea incluso una broma del empleado…

Unos minutos después. el director lo pasa al despacho y le ofrece un botellín de agua mineral. Se lo explica. No hay error. La hija, como beneficiaria de la póliza, ha traído los papeles debidamente firmados por él.

-¿Yo? ¿Con mi firma? No puede ser.

El director saca el dossier pertinente y le muestra el finiquito. Es su firma, no le cabe duda. Nicolás empieza a darse cuenta de que su propia hija, aprovechándose de que tiene autorizada la firma, se ha llevado el dinero y lo ha dejado sin entierro. Claro ella sabe que nunca me fijo en lo que firmo y ahora, la niña y el sinvergüenza de ese novio, se han quedado con la pasta y yo me quedo sin entierro. Nota un sudor frío, se ve en el metacrilato de la pared, como si fuera un espejo. Está pálido, como para morirme, y ese apretón en la nuca, como si la sangre no me circulara bien, ¡qué malo me estoy poniendo!

***

Nicolás se siente muy débil y abre lentamente los ojos. Se encuentra en un hospital y ve a su hija hablando por un móvil mientras mira por la ventana. A los pies de la cama está Tomás, dormido en un sillón, con la cabeza apoyada en la pared. Su hija está explicándole a alguien que su padre está muy grave, que ha sufrido un infarto cerebral, que ya veremos si sale de ésta… Nicolás decide cerrar los ojos y dejarse querer, hacerse el interesante, me gusta que se preocupe por mí, aunque sea así de mala y se haya quedado con el dinero de la póliza, ya verás, si era para ella, que no tenía que haberme engañado, pero este tío la habrá liado y como nunca fue muy espabilada, pues, ahí está, engañada… Y, bien mirado, a mí, ¿qué más me da? Me voy a morir, ¿no?, pues ya me enterrarán… ¡Anda y que se joda, la muy pendón! ¡Con el dineral que cuesta un entierro…! Pero que me haya engañado… Menos mal que esto no lo va a ver la Lola…

Alberto Granados

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7 comentarios el “La cuota de la muerte

  1. Lo he leido dos veces, lo confieso. Me alucina la manera que tienes de sacarle una historia a apenas 3 frases, pero yo lo sabía, tenía muy claro que tú podías. La manera sencilla y emocional de relatarlo junto al entorno en el que lo ubicas es tan tierno como actual. Muy bien Alberto, realmente me ha llegado dentro :))))))

  2. Entre el planteamiento, el nudo y el desenlace, yo me quedo con el nudo (en la garganta). Nicolás me ha evocado algún personaje (y su paisaje) del casi olvidado y nunca bien ponderado Francisco Candel.

  3. Y lo peor es que respira realismo por los cutro costados

  4. Alberto: escribes que tumbas de espaldas. Me ha encantado el relato tanto como me ha entristecido. Y ¡cuánta verdad en muchas familias!

  5. Kape, gracias por tus elogios y por haber puesto en mis manos este argumento, que da para mucho. Qué pedazo intuición tienes para detectar estas cosas…

    Miguielito, deshaz ya el nudo de tu garganta, que esto pasa con mucha frecuencia. De hecho, lo presenció Kape hace unos días (ella fue quien me lo contó parqa que lo conviertiera en relato). Si Foces estuviera pro aquí podría dar cientos de testimonios del “lado oscuro” y con autoridad, que estuvo trabajando en una de las barriadas más deprimidas de Granada y sabe lo que se corta en ese submundo…

    Jesús, lo que me gusta verte por aquí… Un abrazo.

    Rosa, ¡sorpresón! Te invito a que visites los más de ochenta relatos que fui insertando en mi otro blog durante más de tres años.

    http://blogs.ideal.es/rigolettobloguero
    Algunos hasta están bien.

    Abrazos,

    Alberto

  6. Alberto, yo tendré la intuición pero tú tienes las palabras. Seguiré intuyendo humanidades reales, en mi trabajo topo con muchas 😉

  7. Alberto:
    Me ha encantado el relato y, en especial, los monólogos del protagonista tan distintos de la voz del narrador y, a la vez, tan realistas. Siempre me sabe a poco lo que escribes y me imagino qué novela o relato más largo podría ser si te animarás. En todos los casos valdría la pena publicarlo en papel.
    Enhorabuena una vez más.

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