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La pelliza


 

NOTA: Cualquier parecido con algún hecho o personaje real no tiene nada de coincidencia.

Mi abuela le regaló la vieja pelliza cuando heredó de sus padres, allá por 1929. En aquel tiempo, una prenda como aquella suponía un auténtico lujo y él se enfadó muchísimo por el gasto y porque no se veía con una chaqueta como aquella, así de buena, tan elegante y cara. Le regañó, sin mucha convicción,  y ella, que lo conocía bien, fingió que se sentía herida por el desaire.

-Mujer, si yo te lo agradezco, pero no está bien que yo me ponga la pelliza de un señorito, que no he hecho otra cosa que trabajar toda mi vida… si cuando me han visto los compañeros del partido me han dicho que me estoy volviendo un burgués…

He llegado a pensar que tras la suave pelea hicieron las paces y de ahí nació mi tía Amparo, que es quien me ha contado la historia de mi abuelo, Manuel Contreras, el “Guiños”, campesino honrado a carta cabal, militante socialista de aquellos tiempos de hambre y falta de expectativas, fusilado en una cuneta entre la Sierra, la Vega y el mar, en un paisaje que merecería un buen cuadro lleno de azules en vez de los rojos y granas de la sangre o una música pastoral en lugar del ruido de los paseos y los tiros de gracia.

Mi abuela le hizo el regalo porque sabía el frío que pasaba cada madrugada, mucho antes de irse a dar su peonada en el campo, cuando subía a los pastos a controlar a las ovejas que había dejado la noche antes en el aprisco. Ella conocía ese viento helado que cortaba la respiración y producía sabañones, ese frío que congelaba las lágrimas y se metía dentro de la cabeza, que producía un dolor profundo, como de pozo. Su Manuel necesitaba una buena prenda, pero no para los días de fiesta, como decía él, sino para el trabajo de diario, que no paraba de toser, con el maldito tabaco… Por eso, cuando vendió el olivarillo de sus padres, que no era más que un pegujal de cuatro cuartos, le encargó la pelliza en la tienda de la Nicanora y se sintió tan contenta, que para eso era su marido, el hombre más honesto y trabajador del pueblo.

La Nicanora se lo dijo:

-¡Anda que tu Manuel no va a estar bien con esta pelliza, con lo pedazo de hombre que es, que te dejará el cuerpo… lo que se dice bien arregladito, ¿verdad? –y puso un gesto cómplice que se estrelló contra el vacío, que a mi abuela no le gustaban ciertas familiaridades, así que cortó en seco y las dos mujeres discutieron cuál de las pellizas del catálogo le vendría mejor, qué talla, qué color, cuántos bolsillos…

Eligió una, de color gris azulado, muy sufrido, con un buen cuello de piel de conejo, que le abrigara el cuerpo y la garganta por esos cerros cuando el invierno trajera las heladas y las nieves, y él saliera de la casa antes del alba. Mi abuelo terminó por aceptar la pelliza y alguna que otra broma en la taberna. Se reconoció a sí mismo que le sentaba estupendamente, que había sido todo un detalle y que estaba mejor de la tos desde que se la ponía para ir al trabajo. Por eso la cuidaba como oro en paño y siempre la doblaba con el forro hacia fuera, para que no se desgastaran ni la piel ni el tejido, ni éste último cogiera suciedad.

Con la llegada de la República, también llegaron al pueblo los odios más feroces, hasta entonces diluidos en el hecho de que allí vivían sólo cuatro gatos, condenados a llevarse bien, por encima de posición social, estatus económico o ideología, pero cuando los rencores afloraron, aparecieron los peores instintos, las malas bestias que todos llevaban dentro y que ahora abandonaban su letargo para hacer daño. Y Alvarito, el hijo del cacique, le soltó un puyazo aquella noche en la taberna:

-Para ser socialista, vistes como un marqués, ¿o es que no te has dado cuenta? Claro, un socialista tiene esas cosas, que se deja pagar caprichos por las mujeres…

Para cuando los separaron, Alvarito sangraba por una ceja, la camisa de falangista estaba hecha jirones, y la pistola, que se le había salido de la funda, yacía en el suelo, llena de malos presagios. Con el tiempo, la disputa se fue enfriando y, cuando coincidían en la taberna, cada uno se ponía en un extremo y evitaban cruzar miradas o bromas.

Y las cosas podrían haber seguido así para siempre, si no hubiera llegado aquella noche del 21 de septiembre de 1936. Sólo hacía unas semanas del levantamiento militar y los rumores corrían como la pólvora. Cada cual decía haber oído hablar de las represalias que en tal o cual pueblo se estaban tomando contra los más representativos miembros de la derecha o de la izquierda, según la correlación de fuerzas, o de la cantidad de gente que se había ido al monte a esperar que la situación se aclarara. Esa tarde, una camioneta llena de falangistas aparcó en la plaza, junto a la fuente. Matías, el tabernero, hizo un gesto con la cabeza a mi tío Sebas para que le avisara a su padre. Mi tío, que esa vez estuvo listo, cruzó cuadras, corrales y terrados como si fuera un gato escapando del agua y llegó a decirle a mi abuelo que venían a por él, que se fuera, pero siempre fue terco y dijo que no había hecho nada malo y que no pensaba salir de su casa. Claro, que cuando dijo eso, no contaba con la barbarie ni con los culatazos en las costillas, ni con la paliza que le dieron delante de sus hijos, incluida mi tía Amparo, que tenía apenas seis años. Se lo llevaron.

Mi abuela, en un último gesto protector, le tiró a los brazos la pelliza por si lo llevaban a alguna cárcel llena de frío y humedad. Lo último que oyó fue a Alvarito decirle:

-Dame la pelliza, que la vas a llenar de sangre. Total, no te va a hacer falta…

Mi tía Amparo, que ha sido siempre la que ha conservado estos recuerdos y me los ha ido contando desde niño, me dijo que su madre aguantó muchos años sin volver a ver la pelliza del abuelo, y que murió con esa pena, pero que, en 1979, algún tiempo después de aprobarse la Constitución, ella consideró que ya no había ningún motivo para seguir callando, así que una mañana fue a la ciudad y tocó al timbre de Alvarito, ya convertido en un anciano. Cuando salió a abrir la criada y le preguntó por Alvarito, la chica contestó:

-Don Álvaro está en su despacho. ¿Quién le digo que es?

-La hija de Manolo “el Guiños”. Dile que vengo a por algo que tiene mío.

Unos momentos después, mi tía se enfrentó al verdugo de su padre, en cuya mirada creyó ver una cierta congoja, un cierto sentido de culpabilidad.

-¿Sabes…? Las cosas no son, quiero decir, no eran, tan… fue todo muy…  complicado… sé que no me podéis perdonar, pero yo os aseguro que…

-¿Dónde está la pelliza de mi padre? Usted se mete sus explicaciones, sus justificaciones y sus excusas donde pueda, pero llevo cuarenta y tres años sin ver la pelliza de mi padre. Es lo único que quiero. Quiero limpiarla hasta que no le quede ni el mínimo rastro de olor a usted, y colgarla en su armario. Está tal y como se quedó la noche en que usted y los otros patriotas (mi tía me contaba que, al decir esta palabra, le imprimió un tono de desdén) se llevaron a mi padre y lo fusilaron. Sé que no me va a decir dónde está el cadáver, que va a ser miserable hasta para eso, pero me da igual. Quiero la pelliza.

-Mira, yo…

-Cállese, por favor. Límpiese esas lágrimas, que ya he tenido bastante con ver las de mi madre toda su vida. Mi madre, ¿la recuerda? …viuda, llena de hijos y sin nadie dispuesto a echarle una mano por miedo a señalarse, a caer en la sospecha de ser desafecto al régimen… Sin haber hecho nada malo en la vida… sólo por ser la esposa de un buen hombre…

Se hizo un silencio en que mi tía se tragó el sollozo que amenazaba su garganta y se recompuso. Alvarito, don Álvaro desde que fue Gobernador Civil en una oscura provincia castellana, la miraba con gesto bobalicón y unas lágrimas en la mejilla. Se levantó y se perdió,  arrastrando las zapatillas, por aquellos largos pasillos de su lujoso piso del centro y volvió un instante después con la pelliza metida en una bolsa para trajes.

-Perdóname. Yo era muy joven, creía que estaba obrando bien, que tenía que hacerlo por mi patria… y tu padre…

-Llevo toda la vida preguntándome una cosa… Debería contestarme con algo de honradez, después de todo lo que nos quitó. ¿Lo mató usted sólo por quedarse con la pelliza?

Don Álvaro apoyó los codos en la mesa de caoba de su elegante despacho, lleno de banderas y fotos patrióticas. Ocultó sus ojos en las manos y dejó escapar un gemido entrecortado…

-Espero que puedas perdonarme… ¡por favor!

Mi tía me contó que se levantó y abandonó el piso. Llevaba la pelliza colgando en la percha. Quería vérmela puesta, a mí, al único nieto varón de mi abuelo. También llevaba una especie de felicidad que sólo aparece cuando se ha reparado una enorme injusticia. Y un nudo en la garganta.

Ahora, tras tantos años, cuando voy a pasar algunos días de vacaciones o algún fin de semana al pueblo, disfruto poniéndomela. Sé que es un anacronismo, que nadie viste ya ese tipo de prendas, pero me da igual. La saco de su plástico, me la pongo y voy a hacer alguna compra o a tomar un café. Su aspereza me gusta y su olor a viejo me conmueve. Me encanta atravesar el pueblo, ahora tan cambiado, envuelto por tanto recuerdo, por ese calor especial, que me hace pensar en las caricias que mi abuelo me habría hecho. Nadie puede sospechar el placer que siento cuando los nietos de Alvarito me la ven puesta…

Alberto Granados

(La imagen está tomada de un anuncio de eBay)

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8 comentarios el “La pelliza

  1. La triste y corta respuesta… lo mataron en la guerra.. cuando se la añaden personajes se vuelve terrible.

    Es resaltable que un “ir bien vestido” fuera el origen de todo. Ayer como hoy, la derecha, quiere a los obreros uniformados de pobres… lo que dudo es que el resutado fuera el mismo.

  2. Conmovedor relato que el autor nos presenta precedido del adjetivo “micro”. No creo que se pueda incluir dentro de este subgénero literario, al menos dentro de lo que yo entiendo por microrelato. A mí me parece un relato en su acepción máxima, con los caracteres muy bien dibujados de los principales personajes que lo integran, así como también el ambiente de la época. Creo que este relato lleva implícita una gran moraleja: durante cuarenta años España estuvo gobernada por asesinos del calibre de Alvarito. Los nietos de aquellos gobernadores son ahora los grandes prohombres del PP, del Opus y otras hierbas parecidas que, cuando los llama Rouco Varela u otro gerifalte por el estilo, salen a la calle piendo moralidad, honradez, etc. etc.. Vivir para ver… Enhorabuena al autor.-F.G.C.

  3. La envidia, esa asquerosa cualidad del pobre de espíritu. Lo peor es que daría igual una pelliza, que la propia mujer, o unos hijos sanos. Muertes sin sentido al fin y al cabo.

  4. Una vez más nos trasladas con tu prosa sobria y precisa a un tiempo de silencio que ahora toma la palabra y pugna por salir a la luz de la llamada memoria histórica (denominación un tanto retórica y formalista) y que en realidad no es otra cosa que los recuerdos imborrables e irrenunciables de aquellas gentes que sufrieron durante tantos años tantas humillaciones y que hoy hacen un ejercicio de dignidad recuperando aquellas “pellizas”, metáforas de cuanto les arrebataron. Gracias, Alberto, por ayudarles -y ayudarnos- en tan noble empeño.

  5. Foces, he querido que aparecieran las dos partes, cuarenta y pico años después, frente a frente. Para ver si es posible que “se deje a los muertos en paz”, como quiere la derecha. Yo creo que no.

    Sr. Gil Craviotto, llevas mucha razón. Son los mismos. Ven más osceno que dos homosexuales se casen que el hecho de matar por una simple pelliza, qeu aquí es sólo una metáfora (Berlanga, salvando las enormes distancias, prefirió un vaquilla).

    Kape, das en el quid. Daría igual una pelliza que la mujer que los hijos… Terrible.

    Miguel, creo que no ayudo tanto. Hace sólo unos días asistí a un acto contra la impunidad del franquismo. Aparte de los intervinientes (hijos y nietos de los represaliados, intelectuales, artistas, académicos…) estábamos esacsamente cuarenta personas en el público. Con la que nos está cayendo… Inexplicable.

    Amigos, mil abrazos

    Alberto

  6. Me ha encantado esta historia tan tierna. La parte correspondiente al tiempo de la guerra me recuerda el ambiente de la película “La lengua de las mariposas”. Muy bien resuelta la escena entre la hija y el viejo falangista aunque ella es demasiado educada y él un poco mejor persona de lo que hubiera sido previsible.
    Gracias por dejarme opinar.
    un abrazo.

  7. Que malos eran unos y que buenos eran los otros…!!

  8. No, Rafa, este no es un asunto para bromas. Hubo canalladas en los dos bandos y hubo una guerra. Pero la postguerra fue peor y totalmente asimétrica.
    El cuento está basado en algo que sucedió en Vélez de Benaudalla. Lógicamente, los nombres y situaciones son mera ficción, pero lo esencial (matar por quedarse con una pelliza) es real. Y eso no da para ironías baratas, ni para un mal chiste ni para una gracieta, por mucho que te fastidie.

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