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Porno


En 1969, cuando yo iba a cumplir veinte años, murió mi padre. En mi casa quedamos mi madre y yo, así que una de las tareas que acometí fue la de ordenar los mil papeles (cartas, facturas, dietarios…) que mi padre conservaba  con metódica obsesión. Un día, me llamó mi tía, la hermana de mi padre, con la que me llevaba de maravilla. Me dijo que, puesto que estaba registrando la mesa del despacho de mi padre, antes o después me iba a encontrar con una baraja de cartas pornográficas. Quería que supiera que no eran de mi padre, sino de mi abuelo, que “con los años, sacó esa pata y cayó en esas sinvergonzonerías”.

 

 

 

 

A mis diecinueve años, agradecía que mi padre no fuera un obseso, pero como yo sí lo era (el hambre era así de urgente), me dediqué a buscar las cartas poniendo patas arriba el desvelo organizativo que mi padre había puesto en su mesa y su armario del despacho. ¡Tarea infructuosa! Llegué a pensar que mi padre hubiera destruido la baraja, pues eran los tiempos de los llamados “cursillos de cristiandad”, que tenían bastante de secta, y mi padre los había hecho (como medio pueblo). Cabía esperar que aquel catolicismo, en pleno tardofranquismo, quisiera amarrar conciencias que empezaban  a írseles de su control, así que la  atmósfera de puritanismo era asfixiante.   

 

 

Finalmente, apareció la baraja, con muy escasa cartas, bastante feas de aspecto y que no contenían nada pecaminoso. Llegué a pensar, abiertamente decepcionado, que mi padre hubiera destruido los naipes llenos de desnudos tan moralmente peligrosos como deseables para mí.

 

La baraja estuvo mucho tiempo entre mis cosas y muchos años después, cuando yo ya era un adulto, se me iluminó la mente: los desnudos estaban mirando las cartas al trasluz. Eran marcas de agua o filigranas, esas figuras que llevan los billetes. Eran reproducciones de cuadros, escenas de playa, chicas un tanto ambiguas… como de libro de niños de Primaria en nuestros días.

Hoy os traigo algunas de esas imágenes, llenas de ingenuidad. Las he fotografiado a contraluz. Me parece mentira que mi abuelo viera en aquello algo excitante. Más mentira me parece que mi padre y mi tía se tomaran la molesta vergüenza de recriminar al anciano por su ardor guerrero y le quitaran la fuente de su placer, pero eran esos tiempos de catolicismo oficial, que nos metió ese el lastre mental, esa manía por la castidad, que tan difícil era de observar, incluso para sus pastores.

Alberto Granados

11 comentarios el “Porno

  1. !!! bien por los viejos !!! un buen abuelo… seguro. A mi los tipo Heidi me caen mal…

  2. Con la de porno que hay disponible hoy en día a golpe de click. Pobres los que se tenían que contentar con eso… aunque desarrollarían la imaginación que da gusto

  3. Pobres abuelos!!,qué hambre pasaban!!

  4. Lo que han cambiado las cosas eh! y el daño que ha hecho el puritarismo impuesto. Para ellos supongo que esas cartas son lo que ahora las revistas de desnudos, eso sí, imaginación al poder.

  5. Porno tener problemas, seguro que tenían que esconderlas. Muy buena estrategia la de ocultar el “pecado” en marcas de agua.

  6. Mientras unos con el porno, otras con el “prono” (ora pro nobis).
    Mi padre tenía las obras completas de Guy de Maupassant. Su colección de cuentos “La casa de placer” era lo más turbador que un adolescente de mediados de los 60 pudiera imaginar. Cuanto más lo leía, más me turbaba ( y además lo mejor de la literatura naturalista).

  7. Foces, nunca me he fiado del abuelo de la Hidi. Tenía un no sé qu´´e… como de cura o así, que no me daba confianza.

    Brian, piensa también en el papel de la mujer en esa época. Era una obligación, el reposo del guerrero…

    Eso eran hambres, que entre padrenuestros y avemarías… ná de ná.

    Kape, la imaginación lo es todo, ahora y siempre… Por cierto: vaya dos sujetos que te han entrado en el feisbc: peligrosos de verdad.

    Grego, esto era lo que había, porno prolongar el tema. ¡Qué pena!

    Miguel, comprendo que te tan turbaras con esa desmesura: los cuentos salaces eran una guarrada, que había que leer a escondidas. Ahora los tienes con rastas y niñas con tanga en Física y Química u otra serie juvenil cualquiera.

    Abrazos,

    Alberto

  8. Recuerdo muy bien estas cartas. Las tenían algunos de mis compañeros de trabajo y eran espantosas. Me ha gustado mucho tu forma de recrear los hechos: despacho patas arriba y un hombre joven buscando algo como un poseído.
    Un abrazo.

  9. Estas lleno de historia, Rigoletto, y de historias

  10. El abuelo no paso tanat hambre. las hermanas de las ecalerillas le daban de comer, mientras la abuela como penelope, hacia una colcha de ganchillo.

  11. Soy chica y me encanta el porno, no lo puedo remediar. Si fuera chico me llamarían machote. Como soy chica me bautizan con otros nombres. De todas formas no tengo complejos. Adoro el porno.

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