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Mi prima la monja


Aquella mañana de abril de 1968, mi madre y yo nos levantamos al alba para coger el autobús de línea. Por entonces, los escasos ochenta kilómetros de distancia hasta la ciudad suponían un madrugón, una noche en blanco, pendientes de que el despertador no fallara… y casi dos horas de autobús con olor a suciedad, a copas de aguardiente y cigarros malolientes, un frío horroroso y el cuerpo cortado para dos días.

Habían operado de apendicitis a la hija de mi tía Adela, mi prima Aurora, e íbamos a verla y, de paso, a buscar el vestido de mi primera comunión. Como era habitual, mi madre les llevaba matanza del pueblo, fruta, manzanilla y azafrán del huerto, un conejo recién sacrificado, dulces caseros , y sobre todo, muchas horas de conversación en las que desgranar los chismes de todo lo que había pasado entre los escasos vecinos de nuestro olvidado rincón, tan atrasado y perdido.

Yo quería mucho a mi tía Adela, la prima y amiga de mi madre, y sentía adoración por Aurora, una adolescente que ese mismo año iba a entrar en la universidad para estudiar la carrera de médico, algo aún inusual en aquellos tiempos, pero era una niña que valía mucho -repetía continuamente mi madre. Aunque iba muy ilusionada, esta vez encontré a toda la familia como sumida en una preocupación grave y la franca alegría de otras veces había desaparecido, igual que  la animada charla hasta las tantas de la noche o la cómplice alegría de siempre. No sabía exactamente qué, pero era evidente que pasaba algo.

Aurora, recién operada, parecía comida por unas profundas ojeras y hundida en un fatalismo triste y sofocante. Mi tía era la sombra de la mujer llena de esa vitalista alegría que siempre nos comunicaba de una forma expansiva e irrefrenable y ahora había algo parecido a una extraña culpabilidad en su mirada, y el tío Manolo parecía haber envejecido cien años en poco tiempo. Supusimos que era una situación normal tras las tensiones de la operación de la prima. Por la noche, mi tío le dijo a mi madre con la mayor naturalidad:

-Deberíais quedaros un par de días más. Así yo me escapaba al pueblo, que tengo que darles una vuelta a los olivos y no me gusta que tu prima se quede sola y…

Se hizo así, pero a la madrugada siguiente, llamó mi padre impresionadísimo y lloroso para dar la terrible noticia de que habían encontrado al tío Manolo colgado a la puerta de su cortijo. Nadie sabía qué había pasado, era algo horrible… A mis casi nueve años viví todo el espanto de una situación así y traté de darle consuelo a mi tía y a mi prima, aunque yo misma estaba aterrada… Un suicidio en la familia no sólo era algo vergonzante, sino un drama, mi primera tragedia vivida con toda su intensidad. Lloré como nunca lo había hecho antes y pasé una temporada de pesadillas y miedos nocturnos que obligaron a mi madre a acostarse conmigo más de una vez.

A  partir de entonces, todo cambió vertiginosamente. Mi tía dejó de venir por el pueblo, las llamadas telefónicas se fueron espaciando y cuando yo preguntaba, sólo obtenía respuestas ambiguas, evasivas  difusas, y fui percibiendo que algo había de ominoso o secreto en todo aquello, aunque no me atreví a indagar más… El tiempo fue pasando con la rapidez de esa edad y con trece años volví a casa de mi tía, esta vez para que me viera un médico, porque yo andaba muy retrasada en las cosas de la pubertad. Dormí, como tantas veces antes, con mi prima, que ya era casi una doctora en medicina. Estuvo muy afectuosa conmigo, pero al mismo tiempo yo adiviné que ya todo había cambiado y que ahora nos separaba, tal vez para siempre, una distancia insalvable.

Mi prima escribía un diario que guardaba celosamente con llave. Le comenté que me gustaría tener otro y compartir con ella mis secretos. Me acarició la barbilla, me dio un tierno beso y me dijo algo que, sólo ahora, tantos años después, he alcanzado a comprender:

-Algún día te dejaré que leas mis secretos. Entonces lo sabrás todo sobre esta casa. Y te enterarás de por qué me meto a monja. Es que hay que pedir perdón por muchos pecados…

Mi sorpresa fue mayúscula, pero no mentía: en pocos meses, terminó la carrera, hizo el noviciado en una orden de misioneras, profesó y se fue de médico a una comunidad en un país africano lleno de pobreza, corrupción y miseria moral. Antes de marcharse, me mandó un paquete que contenía un diario igual que el suyo. Escribí algunas cosas en aquel lujoso cuaderno, pero nunca fui muy constante y no sabría decir qué fue de él.

Eso fue en la época en que la vida se abría paso en mi biografía y yo estaba pendiente de los problemas de una adolescencia tardía, de una timidez patológica, de los primeros amores volcánicos, del afán por salir del pueblo y estudiar una carrera… Con tanto proyecto por delante no me resultó difícil olvidarme de una prima que había tenido la extraña e incomprensible decisión de meterse a monja y desaparecer de mi vida. Después, me tocó vivir una época fascinante de cambios, que me absorbieron por completo: viví la muerte del dictador, la transición política, la libertad en el ambiente universitario, mi carrera… Cuando hablaba con mi casa, mi madre me hacía mil recomendaciones que a mí me sonaban a monsergas: que no te metas en cosas de política, que sigas teniendo vergüenza y decencia, que no faltes a misa… Después fueron mi trabajo, mi casamiento, mis hijos…

Mi tía, mi prima y sus vidas no significaban apenas más que cualquier otro recuerdo de mi lejana infancia. Sólo ahora, tantos años después, comprendo que debió extrañarme que mi madre, tan dada a las recomendaciones, nunca me pidiera que visitara a mi tía. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de terminar la carrera, un buen día se me ocurrió ir a verla. Estaba muy vieja, pero seguía siendo guapísima. Me invitó a merendar. Fue una reunión entrañable y me pareció que todo funcionaba como cuando yo era una niña. Me despedí y me fui con mis amigos. Sólo después me di cuenta de que había olvidado el paraguas, así que casi a las once de la noche llamé a su puerta. Para mi sorpresa, me abrió un hombre en pijama. Mi tía, visiblemente molesta, me dio el paraguas y me dijo que era su marido, que se habían casado en secreto. Sus facciones me resultaban conocidas, pero no conseguía saber quién era. Me despedí con la sensación de haber descubierto la punta de un misterioso iceberg.

Mi madre me lo explicó: se trataba del antiguo párroco del pueblo. Se había salido de cura –así lo formuló- y se habían casado, como era frecuente en aquellos años. A mí me vino, de repente, la imagen de aquel hombre diciendo misa en el pueblo y dándome la catequesis cuando me preparaba para la primera comunión. Sentí que era algo muy lejano, que no me había pasado a mí, sino a otra niña que alguna vez había sido yo.

Hace unos días, recibí una llamada telefónica de la superiora de mi prima. Tras confirmar mi identidad y mis datos, me dijo que tenía que hacerme llegar un paquete, a petición de Aurora, que había muerto en África. Supe que era su diario y que iba a enterarme de toda la verdad, de todos los pecados para los que tenía que conseguir el perdón, según me dijo hace más de cuarenta años. La monja me habló de la manera de ser de Aurora: abnegada, sufrida, prudente… Me hizo sentir un nudo en la garganta reviviendo sensaciones perdidas en mi memoria.

Ayer llegó el paquete y reconocí el viejo cuaderno del diario, su letra floreada, alguna foto pegada a sus páginas, un programa de la feria del pueblo de aquella época… y la durísima verdad. He pasado media noche leyendo la pequeña tragedia de mi prima Aurora, la adolescente que pasó la vida huyendo de un secreto que siempre la torturó, que viene a ser tanto como huir de sí misma.

Me he enterado de que mis tíos tuvieron una fuerte discusión tras aquella operación de apendicitis. Mi prima se despertó al oír el tono fuerte de los reproches entre sus padres. El pobre tío Manolo le exigía a mi tía la verdad. Se había visto que el grupo sanguíneo de la niña implicaba que ésta era hija de un tercero y él quería saber quién. Aurora fingió seguir bajo los efectos de los sedantes, pero supo que su origen era un grave pecado de su madre, a la que no consiguió odiar, aunque se lo propuso. Y aquel hombre, en cuyos brazos había encontrado tantos cuidados, mimos y cariño, ahora resultaba ser un extraño al que no la unía ningún vínculo… Aurora se sintió morir y comprendió que toda su vida era un engaño, un gigantesco fraude.

Cuando pocos días después llegamos mi madre y yo, el desgraciado tío Manolo se suicidó, lo que agravó las cosas definitivamente. Ya no era sólo un engaño, sino un crimen que se había cobrado una vida. Mi prima, apenas con diecisiete años, tomó la decisión de desaparecer, de facilitar la posibilidad de que su madre pudiera vivir con el hombre que amaba, fuese quien fuese, aunque ella tenía la sospecha de que su padre era el párroco, el mismo que le recomendaba castidad y temperancia y la controlaba a través de la confesión en las temporadas que pasaban en el pueblo.

Aurora sintió el asco más terrible por la vida y decidió irse lo más lejos posible, dedicar su existencia a los demás (esto no le costaba trabajo, pues era muy religiosa) y alejarse de su origen. Era, simplemente, una huida de sí misma, una contradicción, otra torturada mentira, como lo fue todo en su vida. Ahora, al fin, he entendido el distanciamiento, las sensaciones extrañas, el secretismo de mi casa y el casi olvido hacia mi tía y mi pobre prima, olvido que ella mismo propició.

El diario está junto a mi taza de café. Lo miro y lo acaricio. Me pesa la distancia que dejé que se abriera entre nosotras… Pienso en el egoísmo del párroco, en el pobre tío Manolo, en mis padres, que debieron de distanciarse del problema deliberadamente para que no les salpicara algo que consideraron tan sucio… Pienso, principalmente, en mi tía y mi prima, ambas mujeres, que fueron las verdaderas víctimas de unas circunstancias que las obligaron a vivir una mentira permanente… Sé que voy a reflexionar muchas horas sobre esta triste historia familiar, que no puedo compartir ya con nadie, pues todos han muerto. Sé que me queda mucho que pensar en lo despreciable que puede llegar a ser el triste ser humano.

Alberto Granados

10 comentarios el “Mi prima la monja

  1. Madre mía,que triste Alberto! y qué real al mismo tiempo.
    Secretos de familia, mentiras encubiertas, “pecados”……¡cuánto daño ha hecho la religión!, que si uno quiere meterse a religioso vale, pero no por purgar nada ni a nadie.
    La reflexión positiva que saco, y es que a mi me gusta verle siempre el lado bueno a todo, es que antes se era digno hasta para repudiar a la familia, no se iba a la tele a contar las miserias.
    Podrían hacerse más análisis sobre la postura de cada uno de los protagonistas, pero creo que todo se reduce a lo mismo: los condicionamientos sociales promovidos por una escala de valores dictados por la religión, donde hasta ser feliz era pecado.
    Saludos y nos leemos la semana que viene 🙂

  2. Extraña reacción la de esta joven de 17 años, estudiante de medicina, (es decir, no era una analfabeta), la de meterse a monja para hacer penitencia por los pecados ajenos. Está en el límite de lo verosímil. Lo normal es que se hubiese ido al bando contrario y, renegando de curas y beaterios, hubiese terminado decididamente atea. Quizás el momento histórico y el atraso intelectual en que vivía España, expliquen su reacción. Por lo demás el relato está muy bien escrito y desde el comienzo suscita el interés del lector. Salud y saludos.

  3. Triste relato, no se si me ha dejado tranquilo. Y es que la mayoria de las familias tienen secretos, lo peor, creo, no es el secreto en si, es la tapadera humana.

    Bien.

  4. Magnífico relato en cuanto a su estructuración. Pero si le quitas el morbo de curas y monjas, con toda la tristeza del relato, no deja de ser un episodio de violencia doméstica con múltiples afectados, como los que ocurren desgraciadamente en nuestro pais, 1.5 casos por semana.
    Abrazos

  5. Buen relato, Alberto. Bien pergeñado y metiéndose en la estructura social de la época y del momento, sin cuya clave no se entendería ni el desarrollo ni el desenlace. Algunos comentarios simplifican en exceso, en mi opinión. ¿Qué sería un Otelo sin celos? Un episodio más de violencia doméstica…
    Enhorabuena. Un abrazo. Temperancia, bonita palabra.

  6. De un tiempo y de un país, una historia más de la España profunda, perfectamente narrada, con el pulso y estilo habituales en don Alberto. Por añadirle un toque exótico (y hasta estrámbotico) a mi comentario, cambiaría algunos rostros orientales del “Velo pintado” , por los de nuestros personajes y un coro infantil, dirigido por alguna monja misionera, cantaría “À la claire fontaine”, mientras se desvela el secreto del diario.

    Enhorabuena y feliz verano

  7. Gracias, amigos. He tenido problemas de conexión hasta este momento.
    Repito que este relato está basado en un hecho que alguien me contó hace unos días. No me gusta cómo lo he desarrollado, pero hay veces que, tras darle mil vueltas, lo pongo en el blog (el blog no espera, ni los lectores “metidos en nómina”, así que lo puse sin demasiado convencimiento. En cualquier caso, suelo retocar mil veces, por si llega la posibilidad de publicar…
    Abrazos.

  8. si colocas la historia 50 años atras, cuando los curas eran para toda la vida… y la subes a mi tierra de ADN, pues que quieres que te diga… como la vida misma.

  9. Es una historia creíble en su contexto. Echo de menos un desarrollo más lento que deje sentir cómo pasa el tiempo desde la pubertad del narrador hasta que recibe el díario de su prima. No obstante, como todos tus estupendos relatos, es susceptible de una nueva estructura más morosa , un relato de unas 15 0 20 páginas. También encierra, querido Alberto, una novela en la que tu sabrías perfectamente cómo recrear los entornos: el rural y el urbano, las relaciones: la legitimada y la prohibida, los sentimientos de la joven estudiante que abraza los hábitos para purgar el pecado de sus padres bíológicos…En fin, Alberto, ya ves cuánto has llegado a sugerir en pocas páginas.
    Sigue escribiendo para goce de todos.
    Un abrazo.

  10. Pues a mi me ha encantado. Enhorabuena Alberto! Intentaré “ponerme en nómina”! Un abrazo!

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