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Turismo familiar


Cuando en los años sesenta despegó el fenómeno turístico de la Costa Tropical, hubo un momento que pudo cambiar para siempre la fisonomía, las costumbres, la estética y la ética de nuestra gente y de nuestro paisaje. Sin embargo, este momento fundacional fue absorbido por las fuerzas más conservadoras del momento y se impuso un modelo de turismo familiar (cerradamente familiar), que determinó el estilo de nuestro veraneo para las generaciones futuras. Lo que podría haber sido una costa abierta y cosmopolita se convirtió en esto que llamamos la cohta. Los bloques de apartamentos, las playas y los restaurantes fueron llenándose de Pérez, González, Gutiérrez, Sánchez y Garcías de la misma forma que la Costa del Sol, Benidorm, la Costa Brava o las playas baleares se llenaron de Smiths, Samuelsons, Webbers,  O’Learys y Duponts.

(Calahonda, años 50)

 

El naciente fenómeno, que inundó otras playas de suecas, de cuerpos semidesnudos, libertad sexual, discotecas y un jovial desenfreno, fue aquí una continuidad de la vida familiar, que incluía a los abuelos y al canario, perro o gato de la familia, así como a esa tía Paquita que todos hemos tenido, soltera y virtuosa, que nos pellizcaba los mofletes e irritaba nuestra insolente adolescencia.

Los paseos marítimos se fueron llenando de heladerías y kioscos de chucherías en vez de hacerlo de bares anglosajones y los hoteles seguían pidiendo el libro de familia a las parejas  sospechosas de buscar sólo un desahogo transitorio a sus bajos instintos, que éramos católicos a carta cabal y esto de la moral no era un cachondeo (no había que confundir libertad y libertinaje, se decía entonces).

La playa estaba llena de venerables abuelas vestidas de negro o, como poco, vestidas de aquellas batas autárquicas y cosidas en casa con la Alfa, sólo recuperadas en la filmografía más rural de Almodóvar, en tanto que nuestros abuelos llevaban las sandalias con los calcetines negros de ir a misa y un sombrero de falso panamá con lazo completo al lado, sombrero que se quitaban para saludar a cada vecino que se cruzaban, al que trataban de riguroso “usted”.

(Reparando el palangre en Almuñécar, años 60, del blog mcguindos)

 

Las urbanizaciones incluían misa dominical y los apartamentos se llenaron de familias numerosas, de modo que unos escasos metros cuadrados daban para albergar a una multitud de parientes, vecinos, curiosos y, sobre todo, conocidos en los que sembrar la envidia y el resentimiento.

La gente joven iba al cine de verano a ver películas de Alfredo Landa, Sergio Leone o Doris Day, las parejas de novios ni se tocaban y volvían a casa temprano, y todos tarareábamos la canción del verano que siempre ofrecía dos variantes: la nacional (normalmente perpetrada por Fórmula V), o la de importación (solía ser cosa de un perverso señor llamado Georgie Dann, autor de engendros tales como “El chiringuito” o “Mami, ¿qué será lo que tiene el negro?”).

Fuimos así de conservadores en muchas cosas, pero no fuimos nada conservacionistas con el entorno, que fuimos llenando de cemento, mientras la clase dirigente se forraba al socaire del régimen tardofranquista. Estábamos a punto de pisar la Luna, pero el granaíno medio había pisado la historia marcando toda una tendencia de turismo casposo, conservador y cutre que descartaba cualquier gesto de apertura a nuevas costumbres. Estaban a punto de hacer su aparición los llamados “Sanitex”, pero eso será objeto de otra crónica en chanclas.

Alberto Granados

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3 comentarios el “Turismo familiar

  1. Qué bueno Alberto!,la mayoría de las cosas que relatas aquí las conozco por las pelis de Landa,jejeje.Una excepción,mi mejor amigo es 8un filólogo sesentero de Armilla.Con él y mi compi actual viajamos por las cohtas peninsulares cuando yo tenía 16 años:en los campings de nuestra querida España vi de todo;no se me olvidará jamás una escena valenciana,tenían césped artificial,nevera eléctrica,abuela,tele con pañito de croché y jaula con lorooo!!.
    Por eso valoro tanto vivir aún “asalvajá”:convertimos la cuadra de unos burros en una cábila hace 12 años y vivimos allí como reyes.Allí mi hijo pequeño aprendió,por ejemplo,que un burro podía tener cinco patas;vaya con la quiinta pata!!.Sigue contando.Esto es mejó que una road movie!!

  2. Celebro la llegada del verano andaluz leyendo tu crónica anterior y la presente. Recreas estupendamente un tiempo y un país. Que siga.
    Un beso.

  3. Queridas Marifé y Glòria, son recuerdos que deseo que permanezcan recogidos en algún sitio, siquiera sea mi modesto blog. Si se compara con la actualidad, da risa… o tal vez ganas de llorar, no sé.
    Abazos y a leer la tercera entrega de lserie. Sabréis lo que eran los Sanitex.

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