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Urbanización


La unidad técnica de localización veraniega es la urbanización, algo así como un elemento identitario, un nacionalismo minimalista, un espíritu de clan. En efecto, si dos amigos se detienen y saludan a un tercero, que después resulta ser amigo común, invariablemente se producirá una conversación más o menos así:

-¿De qué lo conoces?

-Lo conozco hace mucho tiempo. De mi urbanización.

 

Puede que la aclaración se complete con otras ideas tales como “No es de fiar. En la urbanización se le considera un estúpido”, o por el contrario, “Vale mucho. Es el alma de la urbanización”. En cualquier caso, imprime carácter y no es lo mismo veranear en una urbanización de bajo perfil que en una que incluya, por poner un ejemplo, un campo de golf (cosa que obligaría a comprar palos a todo quisque y a buscar un caddy piadoso que no se ría de la ignorancia golfística generalizada).

La urbanización no es solamente un paisaje, ni una piscina, una playa o un chiringuito de referencia. Viene a ser un microcosmos en el que llevas pasando un buen número de veranos, donde has criado a tus hijos y a sus colegas,  has hecho amigos y enemigos (en casos extremos, a partes iguales), has despertado empatías y odios, has visto crecer a aquellos niños que compartían helados con tus hijos y que hoy día ya han protagonizado bodas, separaciones, accidentes mortales, biografías bizarramente peligrosas y una benevolente afabilidad a quien ya consideran un trasunto de su padre.

Pasar tantos años en la misma urbanización es toda una experiencia vital. Implica haber conocido toda una hornada de vecinos, algunos de los cuales desaparecieron misteriosamente (separaciones, nuevas uniones, deterioros económicos… se llevaron por delante el apartamento y su paso por tu vida).

 

Yo llevo veinte años veraneando en una urbanización  en forma de L, en cuyo centro hay una piscina, una especie de línea de fuga por la que pasa toda la fuerza vital de ochenta familias con sus grandezas y miserias. He ido conociendo las mil broncas de los Pérez, que nadie se explica cómo siguen juntos; cientos de conversaciones dudosamente privadas; orgasmos escasamente íntimos; conversaciones telefónicas donde sustanciar mil extremos que yo no debería conocer; biografías reales que contrastan con la estampa oficial, triunfos que yo considero derrotas, o farolazos que considero estupideces…

A veces me entero de las carcajadas de tres amigas que, tras dos o tres copazos previos, se cuentan sus vivencias eróticas; de las iniciaciones adolescentes de tres chicas que hablan desenfadadamente de vibradores, orgasmos y amantes quinceañeros; de  la interminable ronda telefónica de alguna abuela que llama a su vasta progenie, a costa de hurtarme mi irrenunciable cuota de silencio; del vecino que, día tras día, llama a la clínica donde su mujer se extingue, víctima de una enfermedad incurable…

 

Hay otras urbanizaciones de mayor caché, de cercanías a los ungidos, de moda mediática… Yo prefiero mi cotidianeidad, mi gente, mi trayectoria. A fin de cuentas, ese es el espíritu maléfico del veraneo en esta cohta granaína, en que cada uno se reconoce en su rutina.

Alberto Granados

NOTA: Los ejemplos de conductas vecinales no tienen por qué obedecer a la realidad.

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9 comentarios el “Urbanización

  1. En mi caso, tiene un nombre. Sólo uno. Y nunca tendrá otro: La Chucha.

  2. Es un relato muy facil de leer. Siempre he sentido curiosidad por la convivencia mensual o como ahora con la crisis, quincenal. Y que sean propietarios no de “y no te veo mas”. Lo que tu dices, como cambian… como cambia uno.

    Mi experiencia es de una semana, hace años, en Playa Granada. Nada de nada…

    Puede ser una convivencia mas intensa, aunque sea mas corta… que la de vivienda habitual pus no va mas alla del encuentro de ascensor… buenos dias, que frio que calor y el pase vd. que no… O como a mi me pasa que llevo mas de 30 años en el bloque y no se en que piso vive el vecino… si, la convivencia de urbanizacion veraniega es mas “caliente” mas cercana… es corta pero renovable. No da tiempo de aburrirse ni de aborrecer.

  3. Jesús, ya sabes que suelo llegar hasta el mismo cruce de tu Chucha en mis caminatas vespertinas. Es un magnífico sitio de la cohta para acunar la rutina.
    Foces, es que en vacaciones se es más abierto que en la vida diaria.
    Los demás: que os vaya bien en vuestras vacaciones y no me olvidéis.

  4. Me habré colado yo veces en esa piscina a las tantas de vuelta del Alifib…

  5. Igual te he visto en calzoncillos mientras te hacía una mentada de madre.

  6. Por cierto, ahora el Alifib se llama La Patana, y el Hécata ha pasado a llamarse Möoma, así, tal cual, con diéresis y todo. Para que no se diga que aquí no hay nivel.

  7. jejeje… Alberto, me has recordado cuando yo vivía en una urbanización que tenía dos “únicas” referencias: Una, la pista de tenis, que entonces era todo un lujo. La segunda, que mi vecina era la cantante de “Los pajaritos a volar…”.
    Un bexo.

  8. Te aseguro, Alejandra, que casi todo esto que escribo es real. He inventado algunas situaciones vecinales (lo justo para que las deformaciones no los hagan reconocibles), pero estas crónicas en chanclas son bastante autobiográficas.
    Me encanta que aparezcas por aquí.

  9. Ja,ja… No lo dudes. Llegaste en la mejor época y tu zona es la más tranquila y amplia. Dependiendo de quién recogiera a quién primero entre los amigos, nos poníamos entre Daraxa y la calle Orquídea (siempre hubo overbooking) y nos íbamos con frecuencia al Farillo a bañarnos sin pelearnos por un huequecillo en 4ª fila.
    Malditas herencias y proindivisos.

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