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Nachito


 

      Ignacio fue siempre un niño muy peculiar y lo sigue siendo a sus veintiocho años. Sofía, su madre, una abogada que trabaja en una asesoría (Laboral, Fiscal, Contable, Jurídica, Administración de Fincas, Auditoria y Vehículos, habría enumerado de corrido el fruto de sus entrañas) está convencida de que su hijo es un regalo del cielo, alguien pocas veces igualable, un chico con el que los dioses, desde el principio de los tiempos, decidieron premiar a la pobre Humanidad, siempre tan llena de desolaciones.

       Hay que decir que Nachito (así lo llaman y, tal vez, lo llamarán para los restos en todo su entorno familiar) nació cuando su madre y su padre ya habían desistido de procrear. Lo habían intentado todo, habían recorrido todas las clínicas de fertilidad, se habían hecho cientos de pruebas, pero la naturaleza no obraba el milagro de un embarazo, algo tan simple y tan al alcance de cualquier otra mujer. La chica, muy frustrada, casi estuvo a punto de cambiar de pareja, pues al marido le daba un cierto reconcomio tener un hijo inseminado de otro hombre, que luego vaya usted a saber, lo que ella interpretó como un escrúpulo absurdo que demostraba fehacientemente que no la quería, que era incapaz de colmar sus ansias de maternidad y que, tal vez, habría que separarse de un marido como él y buscar otro hombre que le asegurara un embarazo.

       Cuando la pareja lo veía todo negro, Sofía notó que estaba embarazada: unos simples mejillones cociendo, un tenue olor a especias en la cocina y empezó a dar arcadas y a sufrir vómitos. Fue un acontecimiento felicísimo (el embarazo, no los vómitos), que disipó los cientos de sinsabores, broncas matrimoniales, reproches salvajes e impulsos destructivos. Iban a tener un hijo: Nachito, precisamente. El único, simpar e irrepetible Nachito.

      Si el ginecólogo se vio acosado a preguntas que jamás le había hecho nadie y a peticiones de garantías imposibles de pronosticar, al radiólogo que hacía las ecografías también se le hicieron las preguntas normales de cualquier mujer gestante más algunas otras que no hacía ninguna pareja primeriza. Y a la matrona que iba a asistir el parto, y al anestesista, y al analista y a todos cuantos tuvieron algo que ver con la gestación y el nacimiento del muchacho. Unas veces preguntaba la mamá y otras el papá. 

Imagen tomada de blogs.periodistadigital.com

      Mereció la pena, pues era un bebé precioso  y el tiempo demostró que era más listo que el hambre. Pronto cantaba canciones infantiles con su lenguaje balbuceante y con un magnífico oído. Señalaba correctamente los colores y reproducía los sonidos de la vaquita, del corderito, la ranita, el pollito, el cerdito… Se sabía los cuentos que le contaban sus papás y los reproducía con mucha gracia. Era un tesoro en las visitas y no digamos en los jardines del “complejo residencial con spa”, como ellos le decían a lo que cualquier mortal habría llamado una urbanización con piscina.

      En aquellos jardines, los chiquillos jugaban, se quitaban juguetes y se daban algún que otro guantazo, que para eso eran niños de dos, tres o cuatro años. Cuando Nachito era el agresor, la madre lo justificaba, pues eran cosas de críos, pero si el agredido era el hijo de sus entrañas, organizaba unas sonadas y sonoras broncas.

      Al jugar al escondite, los demás niños se mimetizaban con los arbustos, se acoplaban a las oquedades de las plantas, se cubrían con las hojas… pero Nachito iba a preguntarle a su mamá o a su papá que dónde se escondía y, mientras tomaban juntos tan trascendente decisión, el que la llevaba ya había contado “…dieciocho, diecinueve y veinte, /  aceitunas, pan caliente, / el que no esté escondido que reviente / con una muela y un diente, / ¡que yaaaaaa vooooooy!” y siempre pillaba a Nachito, al que empezaron a considerar un niño tonto, aburrido e inaguantable. Otras veces, la madre se llevaba una cámara de vídeo y enfocaba a su hijo escondido, así que al que la llevaba le bastaba con seguir la dirección de la cámara y Nachito volvía a quedársela, el pobre ángel mío. También bastaba con seguir la mirada arrobada y sonriente del papá, que allí, exactamente allí, se había escondido Nachito.

      El niño hablaba como un adulto, tenía opiniones de adulto y usaba un vocabulario adulto. El día que, con cuatro años, su madre lo llevó a unos grandes almacenes a entregar en mano su carta a los reyes magos, se sentó en las rodillas de Gaspar e intentó entablar con él una conversación que resultó más breve de lo que él esperaba. La madre, tras tomar muchas fotos, le preguntó ilusionadísima qué le había dicho el rey Gaspar  y el niño, imitando la voz de aquel trabajador con contrato temporal, respondió:

      -Me ha dicho con voz grave: “Niño, estate quieto ya.”

      La escolarización del angelito fue todo un problema. Quiero decir para los profesores, que se vieron mil veces ninguneados y desautorizados por aquellos padres. Con frecuencia los acusaron de no tratar convenientemente a su hijo, de no ser justos en las evaluaciones, de no darse cuenta de que el niño era especialmente sensible, de no vigilar el recreo lo suficientemente como para evitar un balonazo en la cara del chico o la caída por chocar con una niña tres años más pequeña, que salía corriendo como si tal cosa, mientras el crío se deshacía en llanto el resto de la jornada escolar.

      Cuando tenía ocho o nueve años la madre lo instaba a ser muy sociable, así que participaba en todas las conversaciones de mayores que se iba encontrando en los bares, en la piscina o en el parque. Y demostró tener un gran tacto, una gran delicadeza, en eso de socializarse. Por ejemplo, cuando encontró en el jardín a un cliente de la gestoría en que trabajaba su madre, le soltó con esa sutileza tan suya:

      -Fernando, dice mi mamá que usted defrauda en la declaración de la renta.

      O cuando vio en la piscina a una preciosa chiquilla que nadaba con su mamá y se acercó para decirles:

      -Yo ya sé que a las mujeres os baja la regla cada veintiocho días. ¿Tu mamá está hoy con la regla?

      Era un niño tan rico, que a esa edad en que todos los niños sueñan con ser aviadores, futbolistas o vaqueros, él quería hacer una bioingeniería para especializarse en la investigación de los genes que determinan la muerte celular, que él llamaba apoptosis. Así se lo explicaba a los amiguitos que su madre captaba, casi con lazo, para que vinieran a jugar, exactamente de 19,15 a 19,55 –ni un minuto más, ni un minuto menos-. Cuando los pobres incautos llegaban a casa de Nachito, la mamá también participaba en un juego de preguntas y respuestas, donde siempre ganaba el joven anfitrión.

      La madre seguía bañándose con él y lo enjabonaba con la esponja, lo enjugaba y lo ungía de aceite corporal, pero de repente, a los doce años, algo se rompió entre ellos, cuando el niño pidió unas “zapas” de marca y una camiseta con el número exacto de su futbolista preferido con su nombre, “Nachito”, grabado a la espalda. A la madre le pareció una ocurrencia absolutamente impropia, un gasto innecesario, una horterada y una desvergüenza absoluta. Él lo aclaró:

      -Como la que llevan Lolo y su hermana Claudia.

      -¿Y puede saberse quiénes son Lolo y Claudia?

      -Unos amigos que tú no conoces. Son estupendos. Y ella es… ella es… ¡preciosa! –añadió poniéndose completamente rojo.

      Esa noche, los padres estuvieron hablando en voz baja en la cama hasta muy tarde. Sofía estaba preocupadísima por los cambios que empezaba a advertir en su niño. El padre, que trató de hacerle ver que ya era un hombrecito, fue fulminado por un dictamen francamente comprometedor:

      -Los hombres no os dais cuenta de nada. ¡Claro, como no los parís….! A este niño le pasa algo, pero yo lo averiguaré, que para eso soy su madre.

      Y empezó a observar que el niño cerraba la puerta del cuarto de baño, que desviaba la mirada cuando su madre o su padre se le mostraban desnudos, que siempre tenía ojeras, que llamaba por teléfono a Claudia y pasaba mucho rato hablando con ella, que claveteó su habitación de posters de actrices y cantantes jóvenes y guardó todos los peluches en el trastero…, en fin, un cambio radical. Y les pidió a los reyes magos, ni más ni menos, un monopatín:

      -¡Para romperte la crisma, hijo, que es que me vas a matar a disgustos! –decía su madre, llorosa y preocupadísima.

      Tanto desvelo, tanta noche planificando el futuro de su Nachito y ahora, a punto de cumplir los trece años, se enamoraba de una adolescente. Preciosa, eso sí, pero ¿para qué servía eso? Sofía sabía que le esperaban muchas noches en blanco, muchas lágrimas, pero siempre asumió que ser madre era algo muy sacrificado.

      Lo peor vino cuando Nachito, a punto de cumplir dieciséis años, vino contando que Claudia lo había dejado para ser novia de Farid, un chico inmigrante que había llegado de Marruecos hacía apenas unos meses. La madre lo consideró una traición, un insulto y, sobre todo, una inexplicable bajada de nivel social y se indignó tanto que habría matado a la chiquilla si se la hubiera cruzado en tan desesperado momento.

      Años después, Nachito, convertido ya en un ingeniero con un magnífico expediente académico, concurrió a una prestigiosa multinacional para un excelente puesto de trabajo. Un inmigrante ecuatoriano, compañero de la Escuela de Ingeniería, al que había estado viendo cinco años de carrera sin cruzar ni una palabra con él, se llevó el empleo y dejó al pobre Nachito completamente desolado. A partir de ahí, fue radicalizándose y no podía superar el odio más visceral a los extranjeros inmigrantes. Y de paso, a los homosexuales, y a los drogadictos, a los gitanos y rumanos, a los que tenían algún defecto físico… Los vecinos empezaron a llamarlo “nazito”.

 

 

Imagen tomada de webislam.com

     Un día dijo en la mesa que lo que estaba haciendo falta aquí era un partido como el Frente Nacional de Le Penn en Francia, un partido que pusiera a raya a tanta basura inmigrante. Su madre, ya viuda y gastada por tantos años de maternales sacrificios, le dio la razón.

Alberto Granados

 

 

9 comentarios el “Nachito

  1. Madre mía!! ni me atrevo a hacer un análisis, creo que está todo muy clarito, ¿no?.
    Bestial y fulminante, Alberto, no se me ocurren adjetivos más veraces, según mi opinión claro. Por desgracia es algo que está pasando….lo de echar la culpa a los demás de nuestros fracasos quiero decir.
    Está claro, que escribas de lo que escribas, lo haces más que bien, felicidades.

  2. Hey, ¡cuánto tiempo! Que estoy más perdía…

    Un relato muy completo donde tocas un montón de palos. Por una parte, veo reflejada tu gran experiencia como docente, por otra, tu implicación con los problemas sociales actuales de diversa índole. Y, con tu habitual dominio de la palabra, plasmas todos estos aspectos llenos de matices en un relato completísimo.

    Espero que estéis todos muy bien y que el verano vaya sobre ruedas.

    Clarito

  3. Desafortunadamente todos hemos conocido a un “nazito” de estos y a unos padres capaces de fabricar semejantes monstruos. Qué pena nacer en el seno de una familia que realmente no sabe que lo hermoso de criar y educar a un hijo es facilitarle las herramientas necesarias para que pueda caminar por sí mismo. Estos papis se equivocaron en su forma de amar.

  4. Kape, exageras en tus comentarios y adjetivos, y no es cierto que escriba como dices. En cualquier caso mi ego te lo agradece.

    ¡¡¡¡Clarito!!!!! Cuanto tiempo sin saber de ti. Aunque he visto, al igual que tu marido, muchas cosas en la escuela, tengo que aclarar que la mayor parte de lo que aparece en el relato está inspirado en niños-monstruo que no han sido mis alumnos. Comportamientos vistos en un parque, la playa, la piscina o el bus.

    María Fernanda, muy cierto lo de que educar no es solucionar problemas.

    Abrazos. Y tú, Clarito, aparece alguna vez por aquí.

  5. ¿Teorías piscogenéticas?…¿Amor y pedagogía?… ¿Niñato ibérico, especie en peligro de expansión?…Con padres como estos el huevo de la serpiente ya está incubado. No obstante, parece muy brusco el salto del estudiante brillante al “nazito” desbocado.

    Abrazos

  6. Resumen magistral, el demasiado mimado (no creo que siempre sea la culpa de los padres, porque me consta que en ocasiones los chavales a quienes se ha dado una educación neutra, toman partido, así de simple y contundente) ocasiona el “derecho a todo” y ahí si que los papás tienen (tenemos) más que culpa. De todas formas, me ha parecido que es un relato muy bien elaborado y muy freudiano, por aquello de que la infancia es lo primordial (le dedicas la mayor parte) y donde se cuece el caldo del futuro “nazito”. Aunque se me ha hecho corto de repente, quizás deberías haberlo exprimido más en la adolescencia (es un decir, vaya). Como ves, te sigo. Un abrazo. Te eché de menos en el Lago.

  7. Miguel, no sé si el salto es brusco o no. He dicho en un comentario anterior que todo esto lo he ido viendo aquí y allí (más aquí que allí). El resto es “aproximación literaria”.

    Manolo, qué alegrón verte aquí. Tú sabes perfectamente cómo está la cosa. También sé que he criado a tus dos hijos y que eran un encanto, que no acuso a padres como Paqui y tú (y millones más), pero que hay algo que falla y permite a gente echarle la culpa al “maestro”, así, inopinadamente. Y lo del Lago… fue cuando peor me enía. Ya llevo dos años ausente y bien que lo echo de menos. Un abrazo para ti y tu fmilia.

  8. Alberto:
    Finalmente he podido dedicarme a la lectura del relato con la tranquilidad necesaria y la sonrisa puesta porque ya echaba de menos tu fuste de narrador inolvidable, esta ironía tan tuya con ciertos tipos que retratas de forma magistral. De Nachito a Nazito me he reído lo mío sin obviar, al principio, que este niño listo y descarado podría ser hijo del Jaimito de nuestra juventud.
    Una abraçada!

  9. Alberto, de nuevo me sorprendes con este relato, brevísimo, que me ha sabido a poco, quizás porque refleja de una manera perfecta lo que vivimos cada día. Me hubiera gustado que recrearas más la etapa adolescente y dentro de las aulas…pero está impecable. Un Abrazo. Carmen

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