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Diecisiete pasos


      El paseo marítimo está desierto y encuentra fácilmente un sitio para aparcar, justo debajo de la terraza del restaurante donde su marido la está esperando. Al primer vistazo, comprende lo que el almuerzo va a dar de sí. Lucas, el dueño del local, sale a saludarla, pero ha debido de darse cuenta de algo extraño en el ambiente, porque ha cortado inmediatamente la incontenible catarata de zalamerías, saludos y abrazos, antes de replegarse tras las puertas. Es un día soleado, pero frío y en la terraza sólo están Elvira y Marcos.

      El almuerzo es rápido. La conversación, corta y concluyente: Marcos se va de casa. Hay que ponerlo todo en manos de un abogado. Ya no la quiere. Bueno, no es que no la quiera, pero a partir de ahora su vida va a transcurrir junto a un nuevo amor, porque el que había sentido por ella hace tiempo ya que se ha esfumado. Los últimos tiempos sólo han sido un burdo ejercicio de ocultación, de hipócrita simulación junto a ella.

      Elvira no puede evitar unas lágrimas y se levanta para dirigirse al coche. Cuando llegó hace un rato, tenía la firme decisión de no ponerse borde, de controlarse, de no aumentar el sentido del ridículo con lágrimas ni aspavientos histéricos. Intentó respirar profundamente, contar hasta cien, al mismo tiempo que iba dando los pasos que la llevaban hacia la mesa, pero sólo había espacio para diecisiete pasos, y no ha podido relajarse del todo, no ha encontrado el autocontrol que necesitaba y el llanto termina por aparecer: justamente lo que ella no quería.

      Va viendo, en cada paso de regreso hacia el coche, las estaciones de su particular viacrucis, como si se tratara de distintos flash-backs de su vida junto a su marido. Dicen que los ahogados rememoran sus vivencias, su biografía entera, en el último segundo antes de que la asfixia los apague definitivamente. Y Elvira se tortura al revisar esa arqueología de todo lo compartido con Marcos, desde que se conocieron hace tantos años. Las fiestas en el colegio mayor donde él estaba alojado, aquellas patillas, aquellas pintas y aquella música de la época. Y la escapada al dormitorio, totalmente prohibida, y la geografía del cuerpo de aquel tío –por entonces ella hablaba así- que estaba tan apetecible. Elvira, por entonces, era una mujer con poca experiencia en materia de sexo. En el pueblo se había beneficiado a un par de chicos de la pandilla, sin demasiado entusiasmo ni gana, más que nada, por ir preparada a la ciudad, de la que se contaban tantas cosas. La verdad es que aquellas experiencias sexuales le resultaron poco gratificantes. Sólo cuando empezó con Marcos fue consciente del gozo que esas vivencias le ofrecían.

      En cada paso hacia el coche recuerda distintos aspectos casi olvidados… La época de universitarios, cuando él estudiaba algo tan extraño como Filología Clásica y apenas hablaba de otra cosa que de dioses y templos antiguos; de los azules mediterráneos; de nombres geográficos que sonaban a epopeyas y héroes clásicos; de las mil islas del Egeo, que conocía a la perfección; de las esculturas y pinturas, de los vasos helénicos y sus motivos decorativos. Resultaba interesante todo lo que exponía apasionadamente sobre Esparta o Atenas, el Peloponeso o acerca de alguna batalla o algún rey, siempre con aquel entusiasmo…

      Elvira siente la tentación de volverse hacia su marido, de escrutar el  gesto preciso del momento de deslindar sus vidas, pero sabe que si lo hace tal vez va a dar la sensación de súplica, de pedir una reconsideración, un replanteamiento por parte de él y sabe que eso la puede degradar, por lo que continúa su mínimo camino hacia el coche. Sólo diecisiete pasos y una nueva y amarga vida le espera, sin el que ha sido su compañero tanto tiempo.

      Recuerda ahora que en tercero de carrera, se fueron a vivir juntos en un piso contra el criterio de sus padres, que le habían advertido miles de veces cómo son los hombres, con aquella machacona idea de que la mujer siempre tenía que hacerse de rogar y ser una criatura atolondrada, indecisa, desvalida, bastante pava y llena de remilgos y de pasivas negaciones. Fue la mejor época. Compartieron el escaso dinero que conseguían juntar, las tareas de la casa, los menús, las fiestas de estudiantes… Y la cama. Fue una etapa de profundizar en el conocimiento de sus cuerpos. Reinventaron todo lo ya inventado y gozaron como si fueran los primeros amantes de la primera noche del edén. Después jugaban a los héroes: tras retozar en la cama, él cogía las sábanas y envolvía el cuerpo de ella como si fuera una diosa de un grabado, o era el propio Marcos el que imitaba desnudo la imagen de un  vaso o le ponía delante ofrendas a su diosa (el paquete de Chester, la lata de cerveza, un canuto de hachís recién liado, un cartucho de pipas de girasol…), o le leía en griego pasajes completos de la Ilíada. ¡Eran tan dichosos!

      Elvira ha dado ya varios pasos y está a punto de girar en la rampa. Sabe que, cuando dé la vuelta, va a ser inevitable ver a Marcos de frente. Que se mirarán y que se indagarán recíprocamente, cada uno tratando de encontrar en los ojos del otro una síntesis de la situación. Le teme a ese juego, mientras su memoria le trae el primer viaje a Grecia junto a él. Atenas, la Acrópolis, las islas, las excursiones, el bañarse  desnudos en las aguas de los héroes y dioses clásicos, cuando el ser humano parecía existir sólo como el personaje de un cuento cosmogónico, de una fantasía mitológica. Marcos le iba contando todo lo que veía. Daba gusto oírlo hablar en griego con los comerciantes de souvenirs y con los camareros de los bares. El mundo era perfecto para ella y la felicidad una simple cuestión de proponerse ser felices. Se sentía una triunfadora.  

      Gira en la rampa y lo ve. Él ha vuelto la cabeza ligeramente  y tiene los ojos perdidos en el mar, evitando mirarla. Lo ve triste y siente aún un resto de ternura, pero es muy grave lo que le ha hecho. Lo que le ha dicho: “Tengo un nuevo amor. Lo siento”. Sentirlo ella, en todo caso, que es la que se ha llevado el par de cuernos. Él, a fin de cuentas, ya tiene su nueva pareja, pero ella… Se pregunta ahora cómo no había notado ninguna señal. No había encontrado más que un alejamiento, una cierta frialdad, pero siempre lo atribuyó al desgaste de toda relación, a la proximidad de la cincuentena, a los tres embarazos, a la crianza de los tres hijos, la rutina… Todo normal, ¿quién podía pensar en otra cosa?

      Ahora se da cuenta de que Marcos, en vez de pedir destinos cada vez más cercanos a la ciudad, había decidido quedarse en un instituto de la costa, lo que implicaba muchos kilómetros de coche todos los días. Eso los había distanciado un poco. También es cierto que había sido una buena idea y una magnífica oportunidad para comprar un estupendo apartamento en primera línea de playa, un delicioso lugar de vacaciones para todos. Pero, -se da cuenta ahora- nunca hizo gran cosa por ver cómo salían los concursos de traslados, como si esa lejanía fuera ya una costumbre.

      Y hace dos años, aceptó el cargo de Jefe de Estudios del instituto, lo que implicó que se tuviera que quedar montones de noches a dormir en la costa. Tragarse a las tantas de la noche ochenta kilómetros sólo para llegar a cenar y dormir… no merecía la pena. ¡Claro que no! Sin duda, ya estaba liado. Y ella… tonta de baba. ¡Ni olérselo!

      Elvira está a punto de girar de nuevo al final de la rampa. En ese preciso instante sólo tendrá que dar un último par de pasos sobre la acera y le dará la espalda para abrir la puerta del coche. Sabe que él la mirará en ese momento y se propone no girar la cabeza. Es un cobarde, que no se ha atrevido ni a mirarla a la cara. Un nuevo amor…  le dijo anoche. ¡Vaya noche!

      Lo recuerda, ¿cómo olvidarlo? El exabrupto y la súbita desaparición hacia el dormitorio para aparecer, minutos después, con una mínima maleta. Y el portazo, cuyo sonido nunca podrá olvidar Elvira. Una hora después la llamó desde la playa para decirle que no se preocupara por él, que había llegado sin problemas.

      -Mamá, ¿qué le pasa a papá? ¿Dónde va con maleta?

      Y ese gesto de la niña parecía contener una gravísima carga acusadora, como diciéndole a su madre: “Si mi padre se va de casa, si nos abandona, si mis hermanos y yo nos quedamos en esta situación, será porque has hecho algo”. La propia Elvira se había acusado, preguntándose: “Pero… ¿Por qué? ¿Qué he hecho mal? ¿En qué le he fallado? ¿Cómo he podido permitir que esto me pase?”.

      Recuerda que esta mañana ha tenido que organizar todo un montaje para desaparecer del instituto y cambiar una clase. Total, los niños tampoco se matan por la Historia… También ha llamado a Julia y le ha pedido que le prepare una justificación de haber estado en su consulta y a su hermana Celia para que le recoja a los niños. Ha evitado dar muchas explicaciones, pero las dos se han dado cuenta de que algo muy grave había sucedido y ha tenido que contarles lo que pasa y soportar su conmiseración y la solidaria rabia, como si ellas pudieran sentirse una sola milésima de lo ofendida que está ella…

      Mientras abre la puerta del coche y se acomoda, está pensando en lo que le espera a partir de ese momento. Explicar a amigos y conocidos la vergonzante situación en que su marido la ha colocado. Explicarles a los niños que papá se ha ido porque ama a otra persona con la que va a vivir en otra casa a partir de ahora. Tragarse la lástima de unos, el secreto regodeo de otros, las reconvenciones de sus padres (“¡Ya te lo advertimos, hija!”), los ofrecimientos (tal vez sinceros, pero agobiantes) de los amigos verdaderos, las llamadas telefónicas para ver cómo está, para invitarla a cenas para que se anime, la obsequiosidad que la vuelve furiosa nada más pensarlo…

      Arranca el motor y da la intermitencia del lado derecho. Sale lentamente y hace la maniobra para dar la vuelta y enfilar la carretera que la alejará de la costa. Vuelve a la ciudad con un nudo que amenaza romperle la garganta. Cuando ya ha dejado atrás a Marcos, cuando éste ya no puede verla, rompe a llorar de manera inconsolable. Se para en un arcén del paseo marítimo, esperando calmarse. Empieza a recordar con qué entusiasmo le había hablado Marcos de lo bien que dibujaba su rival, del dibujo de un efebo que le había dedicado, de la presentación que él le había escrito cuando preparó el catálogo de la exposición, que fue un éxito…  Y ella no se había dado cuenta de nada, ni había atado los cabos que ahora le parecían tan concluyentes y claros como la luz del día. Le entra un escalofrío de rebeldía y grita:

      -¿Cómo has sido capaz de hacerme esto a mí? ¡Qué humillación! ¡Qué vergüenza y qué papelón! Ya no es lo que hagas con tu vida, cabrón, es lo que has hecho con la mía, que me la has destrozado. Que estás muy enamorado… si es que ya estaría mal que me dejaras por otra mujer, pero es que no lo entiendo: ¿qué has visto en ese tío, pedazo de…?

Alberto Granados

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9 comentarios el “Diecisiete pasos

  1. “…empieza la tortura de revisar esa arqueología de todo lo compartido…”
    Simplemente ¡genial!
    Ya me gustaría a mi escribir tus quijotes… 😉
    Bxos mil

  2. …….Y pasa del dolor a la humillación. Ya no se sabe si es peor el verse desmembrada o el acto de irse con un hombre.
    Dicen que cuando se quiere de verdad solo deseas la felicidad del otro aún cuando ésta se encuentre lejos de ti, pero es ciertamente dificil asumir que toda tu vida se va al garete.
    Bellísima y dolorosamente relatado, Alberto. Encajas todas las piezas en 17 pasos y no haces corto.
    Por supuesto, me encanta.

  3. Alejandra y Kape, gracias. Es curioso que los dos primeros comentarios de este relato son de dos mujeres a los que la vida les ha quitado mucho.
    Poir cierto, el relato llevaba un montón de meses dormido, porque no terminaba de verlo como hecho. Hoy le he quitado la última apalbra y l he puesto. No sé más que la opinión vuestra.

  4. ¡Lo que dan de sí diecisiete pasos en introspección profunda!
    Relato genial con una secuencia muy conseguida. La reflexión doble al final -me ha engañado y “encima” con otro- muy sorpresiva y dolorosa para cualquier género que la sufra.
    Una tragedia griega.
    Enhorabuena.
    Un abrazo.

  5. Una cultura helenística, como la de Marcos, tarde o temprano generaría la insatisfacción de las monótonas y previsibles relaciones heterosexuales y monógamas judeocristianas, por mucho kamasutra que experimentaran Elvira y él, entre canuto y canuto, por las islas del Egeo, en sus tiempos de hippies. Un paso más (18) y el regreso a Mikonos -que no a Ítaca- estaría servido. Y el “efebo”, ¿también en la cincuentena? Yo digo lo que Elvira: ¿qué le habrá visto a ese tío?

  6. Tele, celebro que te guste. A mí ha estado sin convencerme demasiado hasta el retoque número tropecientos… ahora, después de muchos meses, veo que no está tan mal comoyo creía.

    Foces, tu coemtario, tan lleno de matices, me ha enriquecido. Un día te llamo y te obligo a que te tomes un café conmigo, que estás muy despegao.

    Miguel, se ven casos en que estas liebres saltan.

  7. Otro de tus estupendos relatos. Yo suelo suspender la imaginación cuando leo pero en esta historia he pensado, sin querer, que Elvira ya tenía un amante y no…él tenia Un amante. Una buena y muy bien escrita historia.
    Una abraçada!

  8. […] “Ella ya no me habla nunca”, “Azulejos”, “La habitación redonda”, “Cabos sueltos”, “Diecisiete pasos”…), son lo que más me enorgullece, aunque sé que no son de antología. Hay uno, “Guernica”, […]

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