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Gaudeamus


Cada año, al llegar estas fechas, Granada se prepara para empezar el curso académico en su prestigiosa Universidad y toda la ciudad queda impregnada de ese aire nuevo que le confieren sus casi sesenta mil universitarios, un aura de desenfado, vitalismo y juventud que pone a nuestra ciudad en su verdadero ser, tras el alejamiento veraniego de tan importante grupo de población. En septiembre, con los exámenes, ya empieza a verse movimiento en los pisos cerrados durante el verano. Ventanas que se abren, muebles viejos junto a los contenedores de basura, chicos jóvenes con mesas camilla, con estanterías, televisores, ordenadores, llevados a mano o en carrito, solos o con la ayuda de algún coleguita, coches que descargan las cosas de la niña aprovechando el domingo… todo eso forma parte, junto con las primeras capas de nieve en la Sierra (muy tenues aún, inexplicables, con estas temperatura) de un cambio en el ritmo biológico de esta ciudad.

 

En los últimos años, el fenómeno adquiere una dimensión más cosmopolita, pues desde primeros de septiembre aparecen cientos de estudiantes de otros países, que vienen llenos de incertidumbres e ilusiones, a aprovechar su intercambio Erasmus en nuestra Universidad, a darse una inmersión en nuestra cultura autóctona y en nuestra extraña forma de vida. Preguntan por alguna dirección, alguna institución o cosas tan peregrinas como que dónde se pueden comer churros. En unos meses estarán en condiciones de escribir auténticas tesis sobre la vida granadina y sus inexplicables constantes, sobre la malafollá, Lorca, la costa, los bares de copas y de tapas o nuestra Sierra.

 

Granada, tal vez como cualquier otra ciudad universitaria, viene a ser una especie de tierra de promisión a la que acuden, llenos de ilusiones y expectativas, un montón de jóvenes que, tras la selectividad, han optado por una de las carreras que ofrece la UGR. Hay que decir que esa elección no siempre se hace en función de un gusto personal, una afición clara, unos motivos decididamente serios, sino que, en la mayoría de los casos, las notas de corte para las distintas carreras, la leyenda que rodea al ambiente marchoso  de los universitarios granadinos, la fama de sus bares de tapas, de su tristemente famoso botellódromo… pesan más que la firme llamada de una clara vocación o una tradición profesional familiar y cada joven elige sencillamente la carrera que puede. La hija de uno de mis amigos de Jaén, cuando se le preguntaba qué pensaba estudiar, contestaba:

-Yo me voy a Granada.

 

 

Lo que sí queda claro es que la Universidad no va a darles un puesto de trabajo a todos y que, pasados unos años de carrera, cuando el título se haya conseguido, muchos de los estudiantes tienen que enfrentarse a la disyuntiva de volver a sus orígenes o quedarse aquí en ocupaciones próximas al subempleo, a la mera supervivencia, al vivir al día que esta sociedad les ofrece como única salida, una salida tan distinta de las expectativas iniciales. ¡Todo, menos volver al pueblo! Si hace falta, se inicia otra carrera complementaria, pero volver al redil…

Pensemos en el chico o chica que, tras cinco o seis años de una inagotable marcha, una cuota de libertad que cualquier de mi generación envidiaría (para qué negarlo), un ambiente abierto, permisivo, tolerante, multicultural… tiene que volver a vivir en la casa familiar, con los hermanos pequeños, con el padre, la madre, la abuela… comentando, opinando, reconviniendo, poniendo malas caras a los “excesos” de ese chico o chica, ya con veintidós o veintitrés años, que se fue hace apenas cuatro días y que vuelve hecho un/una extraño/a, con la cabeza a pájaros, horarios insufribles y un cierto gusto por el aislamiento (“Niño, ¿es que te has creído que esto es una pensión o qué?”). O eso, o repartir flyers para los bares de copas y espectáculos de flamenco, ir los findes a reforzar dichos bares como camareros, servir en los caterings, cuidar niños o ancianos, dar clases particulares… Ahí es donde se demuestra que la Universidad es, no sólo una fábrica de parados, sino un ambiente que implica una cierta élite, una burbuja que se mantiene cinco o seis años para lanzar al titulado a un mundo donde no cuenta su preparación, su expediente o su talante, sino la disponibilidad para dejarse explotar y para superar la frustración.

 

 

 

 

El curso empieza hoy, con la procesión cívica (parece ser que la inexplicable misa de Espíritu Santo ha caído gracias a la presión del movimiento laico) y el alma mater alimentará desde hoy los espíritus de todos estos jóvenes: alegrémonos por tanto, gaudeamus igitur, que ya vendrá la dura realidad.

Alberto Granados
  Fotos del Hospital Real, sede del Rectorado

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5 comentarios el “Gaudeamus

  1. Bueno, el que se haya suprimido la misa del Espíritu Santo ya es un paso, ahora hay que ir más lejos: hay que dejar de copiar y pegar en las espaldas de la “sociedad civil” las expresiones religiosas y eliminar lo de “procesión laica”. !Que bastante hemos tenido “todos los granadinos” con la procesión de las Angustias! ¿Qué tal “pasarela Bolonia 2010-2011”?

  2. No lo veo nada mal, don Pablo, con esas togas (pretextos para jugar a los disfraces) y esos birretes tan Victorio y Luchino… A la ceremonia le falta, sin embargo, un conductor mediático (Lodeiro, sin duda, no lo es), algo así como tu querida Belén Esteban…

  3. Una crónica brillante, Alberto. Recuerdo haber cantado Gaudeamus igitur en mi instituto de Gerona. Tiempos…

  4. Yo me muero de ganas de llegar otra vez. Y eso que yo la vida universitaria la busco, pero la más alternativa, que la hay…

  5. Yo no lo he cantado nunca, ni lo he oído cantar jamás, que ya me habría gustado. Ayer salí en busca de la procesión cívica, pero la Facultad de Derecho estaba cerrada al público. Una pena, Glòria.

    Brian, ahora a por Filología inglesa. Tienes 23 recién cumplidos, tus padres no tienen prisa por echarte de casa (aún) y en casa te aburres… para eso está la Uni.
    Abrazos

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