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Úrsula


A Francisco Gil Craviotto,

por su generosa humanidad.

Úrsula nació en la casa de al lado, sólo unos meses después que yo, así que nos criamos como si fuéramos hermanos y pasamos la mayor parte de nuestra infancia compartiendo juegos, castigos, meriendas, resfriados, sabañones, matanzas, caminatas hasta el pueblo y, sobre todo, descubrimientos. Juntos aprendimos a echar de comer a los conejos, a limpiar las pocilgas, a ordeñar y a hacer queso de oveja o de cabra, a recoger los huevos del gallinero, a regar los sembrados y a hacer otras labores del campo. También juntos observamos las largas filas de hormigas que metían en un agujero las migas de pan o los granos de trigo que les dejábamos caer al suelo, las ranas de aquella alberca con la que nuestros padres regaban las inmensas tierras del señor, los nidos de los gorriones en las copas de los árboles, los apareamientos del ganado, que luego comentábamos con la más absoluta inocencia…

Además de una veintena larga de adultos, en Los Canchales había otros dos niños, pero estos apenas contaban para nosotros, ya que los veíamos como intrusos en una relación que, desde el primer momento, era exclusivamente nuestra. No parábamos de hacernos confidencias, de contarnos lo que pasaba en nuestras casas, las murmuraciones de nuestros padres, las tensiones que intuíamos entre la incomprensible gente mayor. Siempre juntos, siempre compartiendo cada momento de nuestra existencia, seguramente atrasada y primitiva, pero llena de experiencias directas y sinceras, de vida.

También descubríamos juntos las diferencias de nuestros cuerpos, que nos mostrábamos con la mayor naturalidad a la menor pregunta, al menor impulso, como si se tratara de cromos o de bichos en un bote de cristal, sin ninguna malicia ni sentido de culpa. Éramos amigos, nos queríamos y pasábamos los días juntos en aquellas humildes casas, sin agua corriente ni luz eléctrica, entre interminables hileras de olivos, colinas de pastos y una larga franja de huertas junto al río, donde pescábamos y nos bañábamos desnudos cuando el calor se hacía insoportable. Allí, sobre una piedra, tomando el sol como lagartos, nos observábamos mientras nos secábamos, nos tocábamos, e investigábamos nuestras diferencias con la sana curiosidad de un científico afanoso por el aprendizaje.

Nos parecía que la finalidad última del universo era pasar juntos todo el tiempo posible. A la escuela del pueblo no podíamos ir, pues había una distancia de casi seis kilómetros, así que recibíamos clases de su abuela, que había aprendido lo imprescindible cuando estuvo sirviendo en la casa del señor. Aquella mujer, prematuramente  anciana, nos enseñaba a leer, escribir y algo de cálculo (las cuatro reglas, lo llamaba ella), así como las historias bíblicas de un librito, desvaído y antiguo, cuyas láminas nos admiraban: la creación del mundo, con un Dios barbado y de gesto terrible, que aparecía entre nubes y rayos de luz; el Paraíso, con la serpiente enroscada en un árbol y las figuras cabizbajas de Adán y Eva, cuyos desnudos velaba siempre algún arbusto; el arca de Noé, la entrega de las tablas de la ley a Moisés, la anunciación o la pasión de Cristo adquirían un aura mágica en aquellos pobres dibujos que tanto nos maravillaban. Yo los observaba mirando disimuladamente los ojos de Úrsula, extremadamente abiertos por la excitación que aquellas historias le producían.

 

 

(Óleo de Evaristo Guerra)

Sin deberes escolares, no teníamos más función que ayudar, desde que mi memoria alcanza, para ir aprendiendo lo que inevitablemente sería nuestro futuro: ella, ayudaba a hornear el pan, a matar y desplumar gallinas, a entripar los chorizos y morcillas de la matanza, a limpiar, lavar, tender, coser y planchar la ropa, mientras que yo, con apenas siete u ocho años, ya sabía uncir un par de mulos al arado, arreglar una barda del corral, abrir y cerrar las esclusas del canal de riego, poner cepos para coger codornices o conejos, montar en el mulo o engavillar el trigo recién segado y subirlo al carro con un bieldo.

 

 

 

 

(Cortijada, foto tomada de Pepe García en Flick’r)

(Cortijada de los treinta olivos, óleo de Evaristo Guerra)

Nada parecía amenazar ese universo nuestro, tan absoluto, tan completo y cerrado, tan reducido, que empezaba en Úrsula y acababa en mí. Era una existencia feliz, un edén en que nos bastaba con estar juntos y dejarnos llevar por los impulsos. Los dos aceptábamos que nada de lo que proponíamos podía ser malo, ni hacer daño a nadie, ni merecer la más mínima reconvención por parte de los mayores, aunque preferíamos guardar nuestras cosas en un discreto silencio, instintivo,  espontáneo y desprovisto de cualquier sentido de la maldad.

Pero crecimos y todo empezó a ser diferente. Ya no existía la naturalidad de siempre y surgió algo inexplicable, parecido al pudor. Creo que tendríamos nueve o diez años cuando empezamos a experimentar estas nuevas vergüenzas, que nos hicieron ponernos un bañador para bajar al río a refrescarnos u ocultarnos tras los árboles para cambiarnos.

-¿Tú sabes lo que hacen los mayores en la cama para que nazcan niños? –me preguntaba, sonrojada y vergonzosa.

-Sí. Debe ser muy bonito. Mi primo me dijo que da mucho gusto y…

-¡Es asqueroso! –me interrumpía, enérgica-. No son carneros ni ovejas, ¿no te das cuenta? Son nuestros padres y nuestros tíos… personas… ¡Yo no lo entiendo! –respondía indignada y yo la calmaba con una caricia en la mejilla, un beso o tomándola de la mano.

Nuestras familias llevaban algún tiempo distanciadas porque unas ovejas se habían ahogado en el canal y nuestros padres se echaban la culpa recíprocamente. Tal vez eso hizo que un día me dijera que, según su madre, ya éramos muy grandes para estar todo el día juntos, que debíamos vernos menos y disimular lo mucho que nos queríamos. Perplejos y para evitar castigos, empezamos a aparentar una falsa indiferencia y a añorarnos en esa mínima distancia que nos separaba. Era una tortura, como morir de sed junto a un manantial, pero el encono de los mayores estaba complicándolo todo.

Una noche mi padre me habló de que el señor le había dicho que me iba a mandar a una universidad laboral para que aprendiera un oficio, lo que me llenó de zozobra: salir de mi terruño, perder el contacto con mi mundo, enfrentarme a situaciones absolutamente desconocidas para mí… todo eso me parecía terrible. ¿Qué se me había perdido a mí en una universidad laboral, que ni siquiera sabía lo que era? Y además, dejar de ver a Úrsula… eso me parecía lo peor, algo insoportable que, apenas esbozado como un futuro, ya me hacía sufrir. Mis padres me fueron convenciendo de que era bueno para mí y no tuve otro remedio que aceptarlo con ese fatalismo con que se aceptan las contrariedades que la vida nos ofrece y así me dispuse a esperar el comienzo del curso.

Ese verano Úrsula era ya una bella adolescente cuyo cuerpo yo espiaba desde lo alto de la higuera blanca cuando ella se enjabonaba en la tina de latón, en el ángulo exacto del corral que permitía que yo la viera. Su desnudo, que me parecía un regalo bellísimo e intencionado, despertaba en mí sensaciones desconocidas hasta entonces, algo que me resultaba desconcertante y angustioso. Me habría gustado contárselo, pero no podía, pues su madre no la dejaba sola ni un instante y sólo cruzábamos miradas intensas y sabias, dolorosas y lánguidas.

Cumplí catorce años justo unos días antes de irme al internado. Las novatadas, las extrañas comidas, los horarios, el estar encerrado, el taller, el estudio… todo me resultó raro y me trastornó, pero la ausencia de Úrsula me resultaba insoportable, un extrañamiento doloroso que me producía una continua opresión en el estómago, como si me faltara el aire para respirar.

Yo estaba muy atrasado, así que tenía clases extras y el tiempo se me iba volando, de forma que apenas me habría acordado de la cortijada si no fuera por ella, pero recibí una carta de mis padres por la que me enteré de cómo el infortunio se había cebado en aquel modesto paraíso que siempre había sido la finca: el administrador vino una mañana y se reunió con los hombres para decirles que aquello se cerraba, que no era rentable mantenerlo y que cada cual se tendría que buscar dónde vivir, aunque eso sí, el dueño seguiría dándoles peonadas cuando fuera el tiempo de la cosecha o de la aceituna.

Fue una tragedia –me decía mi padre en aquellas torpes letras trazadas a lápiz-. Nadie tenía dónde ir ni perspectiva alguna… Todos estaban asustados, agobiados, irritables, llenos de odio. La abuela de Úrsula apareció una mañana colgada del balcón de la casa del señor. Se había quitado la vida –escribió en una nota, con titubeante escritura- “para que el señor se sienta culpable mientras viva, si es que tiene entrañas”. Mi padre me decía que las cuatro familias estaban pensando en emigrar, en irse al pueblo, a Madrid o a Barcelona, donde ya había algunos parientes y conocidos emigrados, que tal vez podrían ayudarles a encontrar trabajo…

Lloré la muerte de aquella mujer que me había enseñado a leer como si se tratara de mi propia abuela; deseé abrazar el cálido cuerpo de Úrsula y transmitirle algo de consuelo pensando que ella me estaba echando de menos y sufriendo por mi lejanía; añoré la cortijada donde me había criado, un mundo que ahora parecía condenado a desaparecer…, pero la vida no tiene freno y siguió su fluir imparable.

A finales de curso, mis padres ya se habían ido al pueblo, la familia de Úrsula estaba en Cataluña y la cortijada era sólo un recuerdo fantasmal y doloroso. Ni rastro de los demás, ni una dirección, ni un vago dato… Mi niñez había sido barrida de un plumazo y yo sólo era un campesino trasplantado a un espacio ajeno, sin el más mínimo pasado al que aferrarme.

 

***

 

Cuando abandoné el internado, a los diecinueve años, mi familia vivía ya en la ciudad, donde mi padre se había colocado como peón de albañil y donde sobrevivían como podían. Yo era técnico en motores para maquinaria industrial y decidí irme a Barcelona, hacia donde se había ido desangrando media comarca en busca de trabajo y futuro y, entre tantos, la familia de mi amiga. Mi madre me dio una sorpresa: llevaba años sabiendo que ese momento iba a llegar, así que había conseguido enterarse de la dirección de Úrsula y había ahorrado una modesta cantidad de dinero que me entregó “para que no pases fatigas” en los primeros momentos de emigrante. A mí me pareció una fortuna que acepté emocionado:

-Siempre supe que te irías detrás de ella –me dijo-. Sois ya un hombre y una mujer y así son las cosas de la vida, pero piensa que cuando la encuentres no será la niña chica de tu infancia, sino una mujer hecha y derecha. Esto quiere decir que nadie sabe qué puede haber en su corazón, ni si la has perdido para siempre, pero si es así tendrás que aceptarlo y dejarla ser feliz con su vida. Eso es ser un hombre a carta cabal.

Aunque esas palabras me dolieron como navajazos, comprendí que me estaba diciendo una verdad irrebatible, así que llegué a Barcelona lleno de inseguridad y dudas. No era sólo un nuevo cambio, sino una desconocida urgencia por encontrar trabajo y acomodo antes de que se me agotara el dinero de mi madre. Y, principalmente, me preocupaba lo que pudiera pasarme respecto a Úrsula.

En pocas fechas, fui solucionando lo más perentorio: conseguí un buen trabajo en una empresa textil y alquilé una modesta casa cerca de la fábrica. Cuando me sentí con ánimos, fui a la dirección que me había dado mi madre. Recordaba sus palabras, mientras pensaba qué hacer con el resto de mi vida si Úrsula se había olvidado de mí, si ya no contaba conmigo. Me recibió la madre, con un gesto de agria preocupación, con modales desabridos, haciéndome ver que mi aparición no era precisamente una fuente de alegría, sino un problema que podía entorpecer la vida de su hija.

-¿Qué haces tú aquí? Déjala en paz, que no es para ti –me espetó, apuntándome con un dedo acusador y agresivo-. Esa época ya pasó, así que no la molestes. No aparezcas por aquí, que mi hija ya tiene su vida organizada, ¿te enteras? Es que no tienes ni que verla, ¿me oyes?

Por más que lo intenté, no me permitió exponer un solo argumento y llegó a amenazarme con denunciarme a la policía. Aturdido y dolido, me alejé sin saber qué pensar, recordando las palabras de mi madre, tan llenas de experiencia y sabiduría. En ese momento se me acercó una chica que me abordó:

-Yo sé quién eres. Buscas a la Luli, ¿no es verdad? –la había llamado Luli, como yo le decía cuando éramos unos críos-. Ella me ha hablado de ti cientos de veces, de lo que os queréis, de vuestra vida en el campo, de que eres su novio… bueno, lo eras… Mira, mejor me callo. Dame tu dirección y yo se la paso sin que se entere la madre, que es un mal bicho –me dijo con gesto de complicidad.

Aquella muchacha me había abierto una cierta esperanza, al tiempo que había sembrado miles de nuevas dudas. ¿Qué había querido decir? Nunca había sido propiamente el novio de Luli, a pesar de lo que la quería pero, cuando la muchacha insinuó que ya no lo era, me apagó la alegría previa. ¿Qué estaba pasando?

Los días siguientes fueron un infierno lleno de dudas. Tan pronto como acababa el trabajo, me iba directamente a casa, a ver si había alguna novedad, una carta, un recado, una visita… Un sábado, apenas terminada la solitaria comida, llamaron a la puerta. El corazón se me salía por la boca, pues intuía que era ella. Abrí y allí estaba.

Entró y me abrazó. Sentí su abrazo, su cuerpo cálido, sus pechos contra el mío, sus lágrimas en mi cuello. Nos besamos, nos miramos con gula contenida. Estaba bellísima, una gran mujer, hecha y derecha, como me había dicho mi madre.

-¿Cómo estás? ¡Qué alto eres!

-¿Me has echado de menos? ¿Por qué tu madre no quiere que te vea? ¿Qué pasa?

-¿Dónde trabajas? ¿Te vas a quedar en Barcelona o te vuelves al pueblo?

-Dime una cosa, ¿me quieres todavía?

Las preguntas se precipitaban después de seis años de ausencia y no nos dábamos tiempo para responderlas. Yo me sentía muy feliz y de cuando en cuando la volvía a abrazar y besaba su boca, ofrecida sin el menor pudor, como cuando éramos inocentes en nuestra lejana niñez.

Úrsula me tomó de la mano y tiró de mí hacia el dormitorio.

-Ven.

-Pero…

-Cállate y ven –me respondió, decididamente, mientras empezaba a desnudarse. Yo me quedé aturdido y vacilante-. ¿Es que no te vas a desnudar? –me preguntó con malicia-. No es la primera vez que nos vemos desnudos, aunque ahora ya sé que es distinto.

Nos amamos con la naturalidad de aquella niñez perdida y, a la vez, con una apasionada ferocidad de adultos. Me sentía feliz como nunca, pero cuando la noche estaba cayendo sobre la ciudad, se levantó, se vistió y me explicó:

-Mira… es la última vez que nos vemos –hizo un gesto de pedirme silencio-. Estoy embarazada de un hombre al que no quiero, pero que me va a permitir una sola cosa en la vida: saber con seguridad que nunca me colgaré de una cuerda empujada por la miseria… como hizo mi abuela.  Me caso con él en unas semanas. Siempre te he querido a ti y eso no lo cambiará nada ni nadie, pero has estado seis años sin aparecer, los más largos y difíciles de mi vida… ¡No te imaginas cuánto he echado en falta una carta, una simple postal, una pista que me hiciera comprender que aún me querías! –Úrsula lloraba desconsolada-. Y apareces ahora, apenas unas semanas antes de la boda, una boda que sólo es un apaño… Es buen muchacho y sé que le tengo aprecio, pero no podré quererlo de verdad nunca… -me miró con una sonrisa llena de desolación-. Bueno, ya está dicho todo. No debes ponérmelo difícil, por favor… y no me juzgues… -me puso un dedo en los labios para impedirme hablar, se limpió las lágrimas y salió precipitadamente de mi casa… y de mi vida.

Supe de su boda, de los nacimientos de su hijas, de los negocios del marido, que había amasado una inmensa fortuna urbanizando media Barcelona… incluso coincidimos en bodas de otros emigrados de nuestra zona y nos saludamos circunstancialmente, con toda la formalidad que la situación requería, aunque nos decíamos más con las miradas que con las palabras, tan secas y oficiales. Y fuimos gastando nuestras vidas, cada uno por su sitio, cada uno en su propia deriva… hasta que volvió a visitarme hace unos meses.

Ahora era una mujer de sesenta años, vestida de luto, y su belleza se había ido apagando con los años y los achaques. Nos abrazamos. Ambos comprendimos que algo muy nuestro volvía a surgir tras cuarenta años. Pasado un instante de sorpresa, me hizo una extraña pregunta:

-¿Me dejas que use tu cuarto de baño?

-Por supuesto…

-Ven conmigo, quiero que me veas –me interrumpió tirando de mi mano.

Ante el espejo, se fue quitando el imperceptible maquillaje que llevaba, algunas sencillas joyas y la ropa, que fue ordenando cuidadosamente.

-Quiero que me veas tal como soy en casa, como si lleváramos estos cuarenta años viviendo juntos, que es lo que teníamos que haber hecho. Que conozcas cada detalle de mí, hasta en lo más íntimo. Es otra forma de ser tuya.

Tiró de mí, una vez más, y nos metimos en la cama. Sentí su cuerpo desnudo, ya ajado, y su abrazo y sus caricias, llenos de calor y ternura. Casi no me movía, no fuera a romperse la magia del momento, pero ella, como si adivinara mi pensamiento, me dijo:

-A partir de ahora, vamos a dormir juntos siempre. Necesito cobrarme los miles de abrazos que me debes. Tú puedes cobrarte lo que te debo, que aquí me tienes… -me susurraba dulcemente-. Nos deberíamos casar –yo no podía hablar, pero ella intercalaba frases con caricias y besos-. Mis hijas no querrán, pero me da igual. Ya he perdido toda mi vida sin ti y ahora quiero recuperar esa felicidad que tenía que haber sido nuestra. ¿Sabes? Estoy muy enferma y en poco tiempo seré como un vegetal. Quiero que no me falte tu abrazo, que seas lo último que mi conciencia perciba, pues no he querido a nadie más que a ti toda mi vida. Si hace falta, nos casamos sin que mis hijas lo sepan. A fin de cuentas, lo he sacrificado todo por conseguir un bienestar que ahora disfrutan ellas. Ahora que estoy viuda, lo que queda de mi vida es para mí, o sea, para nosotros dos, ¿o es que me vas a dar calabazas?

Naturalmente, acepté, feliz e ilusionado como un crío, y también preocupado por su enfermedad. Me casé con ella, sin dar demasiadas explicaciones a sus hijas, yernos y nietos, que creyeron ver en mí un depredador de sus herencias. Desde entonces, Úrsula y yo apuramos cada minuto de cada día, ya que es mucho el tiempo perdido y poco el tiempo disponible para disfrutar nuestra felicidad. La abrazo continuamente, cada día, cada siesta, cada noche… Siento su gastado desnudo junto al mío, sus abrazos, sus besos y en cada caricia creo recuperar el aire feliz de la cortijada, cuando vivir era tan simple como el juego inocente de dos niños que se han querido siempre, desde los primeros momentos de sus vidas.

 

Alberto Granados

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15 comentarios el “Úrsula

  1. Un relato de amor tan real como la vida misma. Tiene además el aliciente del “coup de theatre” que antecede a la boda, que aún lo hace más humano y entrañable. Impecable desde el comienzo al final. Enhorabuena al autor.-F.G.C.

  2. Una de tantas historias que la brutal emigración interumpió, pero muy bien contada.
    Enhorabuena.
    Un abrazo.

  3. Alberto, qué me alegro de leer tus cuentos y relatos. Muy bien llevado el tempo. El ritmo.

  4. Lo he leido esta mañana y he sido incapaz de decir nada. Hay frases geniales, por ejemplo la de la abuela cuando te refieres a ella como “prematuramente anciana”, algo que yo siempre había observado cuando las mujeres de 30 parecían de 60. Todo en el relato está lleno de detalles que lo hacen real y te llevan a estar allí, observando esos momentos tiernos primero y amargos después.
    De todos los que te he leido, éste junto con el de Guernica, son los que más me han llegado,¡Cómo envidio a los que tenéis esa capacidad de crear de la nada y hacer realidades vivas!
    Un besazo!

  5. Me he puesto a leerlo y queria que no acabara,magnifico en su concepcion,todo es bello y ademas lo parece.muy bien escrito M A E S T R O,espero verte pronto pot Granada o te llamare cuando pueda Un abrazo

  6. Gracias, Alberto. Tu relato es cristalino. Me ha gustado mucho, sobre todo porque consigues que evoquemos vivencias, época, vocabulario… Atesorados en la mejor habitación del corazón. Gracias de nuevo. Es un honor y un placer que compartas con nosotros estas maravillas. Emocionas (un don al alcance de muy pocos).

  7. Esta vez no estableceré paralelismos con otras obras y autores: Alberto Granados en estado puro. El Alberto que nos gusta. Me sumo a mis predecesores en sus comentarios elogiosos y los comparto con ellos.

    Abrazos, amigo

  8. Alberto… He disfrutado mucho la lectura de tu relato.Yo creo que la vida no se entiende sin ese primer amor, aquel que nos durará toda la vida, con la esperanza de que algún día o en alguna vida, se haga realidad.
    Me has llevado por campos alegres y ciudades agrestes. Me has dado un paseo por la inocencia y un golpe con la realidad (“me garantizará que no me colgaré de una cuerda…” creo que dice tu personaje)…
    Gracias, mil gracias por este viaje al amor…

    ¡Enhorabuena por tu pluma!

    Bxos mil…

  9. El principio y el final se entrelazan. Si la tierra es redonda, porque la vida va a ser lineal? Buena historia

  10. Muchas gracias, amigos. He tardado mes y medio en reaparecer, y así ha salido el relato, que no sé si es tan bueno como decís o me he pasado de sentimentalidad.
    Por cierto, ayer le corregí un detalle: los años no cuadraban. Me faltaban diez, así que los reúno a los sesenta (no a los setenta), que les quede aún un margen para ser felices.
    He traído de la playa alguna ideílla (además de pinchazos de podar la buganvilla).
    Un saludo y gracias por vuestra benevolencia.

  11. Llevo toda la tarde-noche leyendote, sinceramente estoy entusiamado, sorpredndido y hambriento de continuar leyendo tus relatos y comentarios.
    Gracias por esta mañana y tarde.
    Un abrazo

  12. Otra más que se suma a los elogios que, merecidamente, te dedican quienes me preceden en los comentarios.
    Me ha encantado el vocabulario tan rico y bien utilizado: verbos propios de la vida rural, adjetivos certeros y un “crescendo” triste y alegre a la vez porqué el narrador ya conoce su historia, sabe que ha perdido cuanreta años con la Luli pero, también sabe, que ahora, cuando la vejez empieza a acechar, está con élla y existe un paraíso para ambos pese a los cuerpos marcados por el tiempo.
    Sigue escribiendo, Alberto. Tu voz es bella y necesaria.
    Una abraÇada!

  13. […] que los relatos, especialmente algunos (“Tardes de primavera”, “La velá de la virgen”, “Úrsula”, “Ella ya no me habla nunca”, “Azulejos”, “La habitación redonda”, “Cabos […]

  14. Bella historia de amistad y de amor eterno digna de un guión cinematográfico. Me ha encantado su tono bucólico probablemente soñado desde tu siempre universo urbano.

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