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Cultura


La Cultura es ese concepto abstracto, arbitrario, multiforme e indefinible con el que se puede escribir miles de páginas en una sección específica de un periódico, o rellenar una parte sustancial de todos los noticiarios de cualquier medio. El concepto puede generar las más dispares disquisiciones antropológicas y, lo que es peor, pero mucho peor, un Ministerio, una Consejería, una concejalía, un área de una Diputación Provincial o una asociación (sin ánimo de lucro, faltaría más). Diecisiete comunidades, más Ceuta y Melilla, cincuenta provincias, ocho mil ayuntamientos, miles de asociaciones, revistas, boletines… de nuestro suelo patrio, suponen un peligro exponencialmente creciente del concepto de “cultura”, ya de por sí peliagudo y escurridizo.

(Un Centro de Interpretación de petroglifos en Galicia. Imagen tomada de lavozdegalicia.es)

 

 

Las definiciones de “cultura” inciden en ideas tales como, conjunto de capacidades humanas (valor instrumental, que diferencia a la persona culta de la inculta), modo de vida de un grupo humano (valor antropológico, que diferencia históricamente a distintos pueblos), conjunto de esquemas mentales y conductuales (valor ideológico)… Lo que queda claro en todos los etólogos que se han atrevido a definir tal concepto es que la cultura siempre ha llevado al ser humano “del salvajismo hacia la civilización”, es decir, que cultura (con la misma etimología que cultivar) se identifica necesariamente con civilización y ahí es donde choca en muchos casos con los ministerios, consejerías, diputaciones,  concejalías y asociaciones, un riesgo que hay que asumir con la piel erizada, pues se puede llegar a situaciones que rozan el esperpento.

Y es que el ministro, consejero, diputado provincial, concejal o asociado  (para no ser excluyente, también debemos contar con los mismos cargos ejercidos por mujeres) va a tener una visión, un concepto, específico, único e irrepetible de lo que es cultura y de lo que no lo es. Y va a jugar con un presupuesto sustancial del que después habrá que dar cuentas. Normalmente, para no meter la pata, el ministro, consejero, diputado provincial, concejal de cultura o socio de la asociación cultural, suelen rodearse de una cadena jerárquica de despachos (con un responsable ante un ordenador) donde se cuece el sacrosanto management  de la sacrosanta cultura. Se puede acertar y todo resulta perfecto, pero se puede meter la pata y entonces la nación, comunidad autónoma, provincia, municipio o asociación cultural (sin ánimo de lucro) salen en los periódicos y les cae el baldón de haber derribado esa iglesia que, sólo ahora resulta tener unos méritos artísticos que nadie había señalado antes; o de haber descuidado unos frescos bien añejos; o de haber incluido en el festival organizado un grupo musical deleznable; o haber organizado una muestra (antes se les llamaba exposiciones, pero ahora son muestras) con un material sospechosillo; o haber editado un libro que no se vende porque es infumable o incluye contenidos xenófobos, sexistas, excluyentes, racistas… políticamente incorrectos, en definitiva. En esos casos, el responsable o persona interpuesta tendrá que salir en los medios para que alguien pida su dimisión, que jamás tendrá lugar, pero dará mucho que hablar a los contertulios de cualquier medio audiovisual, que es donde la cultura florece como un jardín bien abonado en la primavera (yo también soy culto y me dan estos prontos rebozados de lirismo incontinente).

Por la misma naturaleza difusa de la cultura, los criterios que se le aplican son muy diversos y dispersos. Un ejemplo: nadie ha cuestionado el reciente ascenso del flamenco a la categoría de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, cierto sector de la población no ha terminado de ver claro lo de la dieta mediterránea y sus potajes, y sólo los localistas entienden lo de los castellers, la cetrería o el canto de la sibila, inventos todos, la verdad, que nos han dejado un poco como diciendo “¿Y esto qué tiene que ver con el flamenco? Pues anda que no hay diferencia… ¿O es que ya todo vale?”

En nuestra ciudad, donde todos llevamos un “artihta” dentro y un “filózofo” al lado, sólo pasan por culturales las cosas que se han hecho “toa la vía”: ediciones de libros, zarzuelas en el Isabel la Católica, la Orquesta Ciudad de Granada, el Día de la Cruz, que toree el Fandi en el Corpus, que la Vihen salga bonica, pero bonica de verdad, en la procesión de septiembre, con la fachada  de la basílica llena de ramos y que el alcalde (o persona en quien delegue) salga al balcón el 2 de enero para decir eso de “Granada” y que la gente se desternille de risa al contestar eso tan divertido de “¿Qué?”… Otros experimentos parecen atrevidos, costosos e innecesarios, o bien sólo un reclamo para turistas (nunca he oído hablar a los granaínos de su espléndido Festival Internacional de Música y Danza). Y ha habido algunos eventos que han terminado como un autentico rosario de la aurora (el espectáculo del Salón del Comic en la Chumbera o la Exposición Circus Christi en el Rey Chico, que  yo recuerde a bote pronto).

(Vista del centro José Guerrero, que corre el peligro de desaparecer de Granada. Imagen tomada de dipgra.es)

 

En los últimos tiempos, hay una tendencia que da un fantástico lustre a la cosa cultureta: los centros de interpretación o museos de poco calado. Un municipio o asociación cultural (sin ánimo de lucro) escarba en su pasado y, al reclamo de un espabilado, se inventa un Centro de Interpretación de ____ (póngase lo que proceda en el espacio en blanco), con wifi, salón de actos, tres o cuatro empleados de plantilla, página web y trípticos en cuatricromía. Pronto habrá cosas tan insólitas como el centro de interpretación de la morcilla, del encaje de bolillos, del potaje de hinojos o de las recetas de la cocina tradicional del municipio X. Todo generando un generoso presupuesto, frente a las… (¿ponemos 200?) escasas visitas registradas al año. El responsable, siempre dirá que no importan las pérdidas, que de lo que se trata es de “poner en valor” los contenidos (otra expresión puesta en valor, últimamente).

Otra dimensión de la cultura es la subvención para actividades: se crea una asociación con los estatutos sacados de otra del pueblo de al lado, que para eso está internet Se programan unas actividades y se pide la subvención. Es importante incluir fotos donde se vea mucha convivencia y mucha alegría. La subvención llega, y ya te puedes pulir el dinerillo, que el resto lo cuadras en la memoria anual y vas que vuelas. Yo pondría como ejemplo, las sociedades gastronómicas vascas, que reciben su subvención… para que los maridos coman juntos los sábados y se pongan finos de pacharán cantando zorcicos, eso sí: en una atmósfera inequívocamente cultural, faltaría más.

Otra cosa es que se trate de un centro de primera magnitud, como por ejemplo (ejemplo desgraciado, añado) el Centro Guerrero, un museo de primera magnitud: en ese caso, mejor no poner en valor nada de nada, no sea que haya que pagar los platos rotos. Y si se va que se vaya, que ya volverá, como la paloma blanca de la canción. Pero que no falte una zarzuelilla en el Isabel: ¡hasta ahí se podía llegar! Es que es un género que se pone en valor por sí mismo.

Alberto Granados

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2 comentarios el “Cultura

  1. Suena fuerte el “esto es cultura”. Al menos algunos dicen “desde mi punto de vista” y el ruido amaina…

  2. Mi cultura es “circunscrita”. Por eso soy tan inculto en esta materia. Si tenéis tiempo -y sentido del humor- escuchad al inefable Gustavo Bueno :

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