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Mester de juglaría


Sancha vigila el caldero donde se cuecen unas berzas y un par de codornices que el abuelo trajo a primera hora, cuando volvió de ver las trampas que ayer tarde puso en el bosque, ahora cubierto de nieve. El guiso empieza a oler bien y siente el cosquilleo del hambre. ¡Son tan míseros estos tiempos! Y este invierno está siendo tan crudo… Mira por el ventanuco: el viento levanta remolinos helados y, pese a que ya es casi mediodía, el cielo está parduzco y tan impenetrable que no permite encontrar el más mínimo rastro del sol. Si el tiempo sigue así de riguroso, las pocas viandas que hay en la alacena se agotarán pronto y empezará el hambre una vez más. Lo que cultivan el abuelo, su madre y ella misma apenas alcanza para el diezmo que se lleva la iglesia, los impuestos al señor y los portazgos y pontazgos que tienen que pagar cada vez que bajan al pueblo a vender las hortalizas y frutas, los quesos y huevos, junto con otros pobres productos del campo. Son tiempos tan duros… Los alcabaleros lo van diciendo a los cuatro vientos: hasta el propio señor, hasta el señor del señor, ese desconocido Conde que dispone de vidas y hambres, y hasta el propio rey están pasando estrechez.

Las hambrunas, las levas de hombres jóvenes para las inexplicables guerras, la peste, las interminables calamidades… han diezmado la comarca, que se está despoblando, y las casuchas de los campesinos, ahora abandonadas, se están cayendo. El abuelo lo ha dicho más de una vez:

-Si tuviéramos adónde ir, ya nos habríamos marchado, pero el que nace para siervo está condenado al hambre desde mucho antes de que nacieran sus señores.

Hace dos años tuvo que buscar piedras del arroyo, traerlas, agrandar el corral y bajar las ovejas del aprisco que tenía en los pastos del somonte. En la casa, el ganado está a salvo de alimañas y fieras, pero también se desmedra, que los animales pasan las mismas hambres que los humanos, si no más. Ahora son los lobos los que se enseñorean en aquellas sierras. Afortunadamente, el despoblamiento ha hecho que ahora no haya ataques de moros, ni raptos de doncellas, ni gente de la milicia por los contornos, que otras veces ha sido peor.

La muchacha, atenta al caldero, empieza a oír ladrar a los perros y se apresta a defenderse con un hacha. Levanta temerosa una esquina de la cortina de piel y ve ante la ventana un caballo vacilante, del que un jinete se desploma sobre la nieve. Los perros le lamen la cara y ladran asustados.

No están ni el abuelo ni la madre y Sancha sabe que puede ser una trampa, pero también comprende que puede estar herido o desfallecido y si no lo socorre, puede morir, así que coge el hacha y sale. El caballo se aparta temeroso y ella da la vuelta al cuerpo del caído. La niña se encuentra con el rostro más hermoso que ha visto jamás. Es un joven de aspecto refinado, pese a estar sucio y moribundo, tal vez a causa de debilidad, de hambre viva. Por un momento, la chiquilla cree ver uno de esos ángeles de las historias de la Leyenda Áurea que su abuela le contaba durante su niñez, tal es la belleza del rostro del muchacho. También recuerda lo que dice el cura: que a veces el rostro más bello es una mera trampa donde se esconde el Enemigo. La joven se santigua y, tras un momento de titubeo, tira de él hacia la casa, lo deja tumbado sobre una piel, junto al fuego, y vuelve a por el caballo, al que conduce al corral, para que coma con el mulo y el asno. Al recoger las alforjas, observa una zanfoña que cuelga del arzón. La lleva a la casa y la deja en la rústica mesa fabricada por el abuelo.

(Imagen tomada de webvecindario.com)

 

Con el calor de la lumbre, el joven empieza a despertarse y ella le lava la cara y las manos. La muchacha compara esas manos, finas y delicadas, con las de su abuelo y piensa que debe de ser noble o caballero, o tal vez clérigo o estudiante, alguien que jamás ha trabajado en el campo o en trabajos que requieran esfuerzo. Sanchica empieza a preocuparse por tener a un extraño en la casa, sin la protección del abuelo y sin su madre.

-¿Dónde estoy? –pregunta el forastero, con una voz torrencial y bellísima, que hace estremecerse a la muchacha. Intenta levantarse, pero la debilidad le arranca un gemido y lo devuelve al improvisado jergón.

-Tranquilo, estás a salvo. Te caíste junto a la puerta yhas estado a punto de morir de frío.

-Me perdí con la ventisca y se me hizo de noche. Creí que mi hora había llegado. ¿Y mi caballo?

La niña le explica la situación. En ese momento, se abre la puerta y entra el abuelo, acompañado por la madre, en cuyo rostro se muestra un ademán de ausencia, de enajenación. El anciano se echa mano a un cuchillo de cuerno que lleva a la cintura, pero la niña le hace un gesto que lo tranquiliza. Sancha le explica lo que ha pasado y el temor que ha llegado a sentir cuando el joven empezó a dar señales de volver en sí. El abuelo mira la zanfoña y dice:

-Debe de ser un juglar, como lo fue mi abuelo. Has hecho bien en ayudarle. De un juglar sólo se puede esperar música y hermosas canciones –y de debajo del pellico saca un odre de vino que acerca a los labios del hombre. Este bebe unas gotas y parece reanimarse.

La niña le trae un cuenco de caldo del guisado y un  trozo de hogaza morena y dura, que él devora, ya sentado a la mesa. La madre mira sin ver. El abuelo toma en sus manos la zanfoña y empieza a tocar, como distraídamente, indeciso, pero del instrumento brota una melodía que le da seguridad y de su garganta surge, como de un cristalino manantial, un viejo romance de los que aprendió con su propio abuelo en su ya lejana niñez, un romance que habla de un Infante que ve un barco del que viene una mágica melodía. Sancha siente una conmoción al oír la peripecia que cuenta el romance y el brillante final:

…Allí hablo el infante Arnaldos, –  bien oiréis lo que dirá:
-Por tu vida, el marinero, –  dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero, –  tal respuesta le fue a dar:
-Yo no digo mi canción  – sino a quién conmigo va.

 

 

Juglar (Imagen de kalipedia.com)

El joven se incorpora, excitado por la música, y una sonrisa asoma a su rostro. Sanchica disimula la turbación que le provoca y simula estar ocupada con el guiso del fogón, para que no se le note el azoramiento. Recuerda aquellas leyendas de ángeles, aparecidos y linajudos príncipes que recorrían todo el mundo conocido, arrostrando los peligros más insospechados, navegando mares desconocidos y desafiando a criaturas impensables por causas tales como una promesa, el rescate de su princesa o un inaplazable deber para con su monarca. Sus pocos años la llevan  a pensar que en algunas de esas historias, el estudiante, el príncipe, paje, caballero o trovador ha dejado atrás su destino sólo por haberse enamorado de una mujer, a veces una rústica como ella misma. ¡Las jóvenes son tan soñadoras!

Oye al abuelo insistirle al muchacho en que se quede hasta que se sienta totalmente restablecido, en que no hay prisa, que puede quedarse durmiendo junto al establo, que no debe arriesgarse sin estar recuperado en mitad de un invierno tan crudo. El joven acepta el ofrecimiento y, desde ese momento, la niña empieza a ser presa de frecuentes suspiros que se le escapan, de sonrojos incontrolables, de sueños llenos de fiebre y humedades y de despertares llenos de un insoslayable deseo. El abuelo la mira y ella se sabe comprendida, que ha sido siempre el único apoyo con que ha contado.

Sancha y el forastero se cruzan cientos de veces en el exiguo espacio de la casucha, se miran con todas las miradas posibles, se cuentan sus tristes biografías. Sancha le relata cómo su madre fue violada por la soldadesca y la concibió a ella hace quince años, los mismos que lleva enajenada. También le habla de las noches junto al fuego con su difunta abuela contándole cientos de historias y leyendas y con el abuelo cantando viejos romances. Él le dice tener un secreto que algún día podrá desvelarle y que ha recorrido varias cortes como trovador. Asegura llamarse Alonso de Padilla y dice saber tocar la mayor parte de los instrumentos musicales, pues prefiere la música a las intrigas del poder, tan frecuentes en las cortes de señores y reyes.

Algunas noches, coge la zanfoña y canta delicadas canciones. A Sancha le encanta, especialmente, una en la que se siente aludida, aunque después se reprocha ser tan ingenua:

Lindos ojos habéis, señora,
de los que se usaban agora.
Vos tenéis los ojos bellos
y tenéis lindos cabellos,
que matáis, en solo vellos.
a quien de vos se enamora.
Lindos ojos habéis, señora,
de los que se usaban agora.

Cuando Alonso la canta, ella se estremece y se deja llevar por la idea de que se ha enamorado de ella, que la desea con la misma fuerza de sus propios deseos. Después sofoca sus entusiasmos, pues comprende que ese muchacho al que le han salvado la vida no pertenece a un mundo tan estrecho y mísero como el de ellos tres, y que un día se irá. Entonces la tristeza hace que las lágrimas asomen a sus mejillas y trata de disimular la congoja.

El tiempo va pasando y los días alargan imperceptiblemente. Ya han pasado san Antón y se acercan las carnestolendas. Los bosques se han despojado del manto blanco y ahora los árboles se están llenando de brotes que verdean el paisaje. El arroyo ha crecido con el deshielo y el abuelo, la madre y Alonso salen a pescar sabrosas truchas, mientras ella despluma y guisa una gallina. Se acerca el tiempo en que Alonso tendrá que partir y la niña siente un desconocido dolor en el alma. Siente por él el más dulce sentimiento y cree que no podrá resistir su alejamiento, las noches sin su música, los días sin su presencia y sus miradas.

Se asoma a la puerta y los ve allá abajo, junto al riachuelo. Siente una ternura infinita y se le saltan las lágrimas. De repente, ve venir a lo lejos unos soldados a caballo que se dirigen hacia donde ellos pescan. La niña observa cómo los rodean y cómo el que parece mandar, saluda a Alonso. Comprende que los sucesos se van a precipitar y que él, quienquiera que sea, va a desaparecer de su vida, que ella se va a quedar para cuidar la vejez del abuelo y la locura de su madre, sola, lejos de quien ama de la forma más apasionada y loca.

Un momento después, todos llegan a la puerta de la casa. Los perros, asustados, ladran y desconfían. La madre llora de una manera inconsolable y el abuelo mira a Sancha preocupado. En cambio, Alonso rehúye mirarla. Es el alférez quien le explica la verdad: don Alonso es el primogénito del señor, al que han matado a traición para usurpar el señorío. Llegaron a creer que había muerto en su precipitada huida. Ha habido casi una guerra de facciones, pero ahora todo vuelve a estar controlado y la corte lo espera para que el Conde le entregue el señorío. También lo va a casar con una hija suya para reforzar el poder y las posibilidades de su estirpe…

Sanchica ya sólo oye los latidos de su corazón que parecen reventar en sus sienes y comprende que el mundo se le acaba de romper. El alférez entrega una bolsa de monedas al abuelo, pero este la rechaza.

Alonso, con su caballo ya ensillado y cargado con las alforjas, pide quedarse a solas un momento con la muchacha. Una breve despedida, una mirada intensa como el deseo, un beso… Después, se aleja y con una resolución desconocida, se pone en marcha, al frente del pequeño grupo de caballeros, con el alférez a su izquierda. No se vuelve a mirar atrás.

(Imagen tomada de neoboda.com)

 

Sancha no puede contener las lágrimas y el abuelo la abraza. El grupo de caballeros desaparece por el collado y ellos entran a la casa. Sobre la mesa, ha quedado la zanfoña, como un olvido, un testigo del tiempo transcurrido, un regalo o una esperanza vana, que todo puede ser.

Esa noche, Sancha, con el  alma destrozada, empieza a tocarla. Poco a poco va surgiendo una sencilla melodía, que se asienta, que repite sin cesar, que empieza a tener la solidez de una música recién creada. Cuando la noche avanza, la niña con lágrimas en sus mejillas, empieza a cantar:

Si la noche nace escura

y tan corto es el camino,

¿cómo no venís, amigo?

La media noche es pasada

y el que me pena no viene:

mi desdicha lo detiene,

¡que nascí tan desdichada!

Háceme vivir penada

y muéstraseme enemigo.

¿Cómo no venís, amigo?

 

Alberto Granados

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18 comentarios el “Mester de juglaría

  1. Aquí llegado es tu amigo
    cuando la noche es cerrada
    antes de que el sueño turbe
    nuestra mente despejada
    para honrar a este juglar
    tras la lectura encantada
    d’esta medieval historia
    tan bellamente narrada.
    Tu Mester de juglaría
    gran premio merecería.

  2. Los amores que no se consuman se salvan de las asechanzas de la costumbre y de las trampas del tedio. Feliz Sancha que tendrá que cuidar de su abuelo y de su madre loca, pero podrá calentarse durante años con el recuerdo de un amor sin tacha. Saludos y enhorabuena, Alberto.

  3. Pues me ha encantado, me he quedado soñoliento, como en otro mundo. En fin, Alberto, que escribas muchos más

  4. Precioso retablo mediaeval. Tiene el encanto de las pinturas y poesías primitivas -Berceo, el Arcipreste, los juglares que iban de pueblo en pueblo-, con el indudable añadido de un final melancólico que, estoy seguro, dejará huella en todo lector. Me ha gustado. Enhorabuena al autor.-F.Gil craviotto

  5. ¡Buen comienzo de 2011! Tampoco se te resiste el estilo de los bardos, enhorabuena.
    Un abrazo.

  6. Como bien dice Pablo, los amores no consumados permanecen intocables en el recuerdo. Lo bueno de toda la historia es sin duda la cantidad de descripciones que le confieren vida pese a la dureza del entorno en el que está emplazada. No, no siempre se tuvo tanta libertad de espíritu y hasta se sacrificaba el corazón en aras del deber.
    Dices, querido amigo, que pareciera andaluza con mis alabanzas exageradas hacia tus relatos, pero es que me ciño a lo que leo y siento al hacerlo, y sobre eso, no hay discusión posible.
    Un abrazo y sigue siempre haciendo que tengamos ganas de más 😉

  7. Otra lección de vocabulario perfectamente utilizado para narrar una bella historia de amor forzosamente puro. Tiempos oscuros en los que Sancha, por lo menos, guardará la semilla de este amor sin futuro. ¿O volverá un día el caballero a buscarla?
    Enhorabuena y sigue tan inspirado.

  8. Miguel, poética glosa
    le dedicas a mi historia.
    Te habrás quedado en la gloria
    después de escribir tal cosa.
    Sanchica, como cualquiera,
    tiene su alma en su almario
    y así pasa su calvario,
    que Amor tiene algo de fiera
    y va dándole zarpazos
    a toda pobre criatura,
    que pena su calentura
    o sufre sus latigazos.

    Pablo, tal vez ese “amor sin tacha” sólo le produzca angustias, que tú lo ves desde la ventaja del paso del tiempo y el desgaste. Quien lo probó, lo sabe.

    Migue, me alegra verte comentando. Es exactamente lo que tienes que hacer veinticino horas al día.

    Francisco, muy agradecido por tu siempre benévola crítica. Todo un estímulo.

    Telesforo, encantado de volver a verte por aquí. Ya sabes que te debo dos revistas y un café. Tú mandas.

    Kaperusita, mira que eres andaluza y exageras… Por cierto, que levas once días sin escribir. ¡A producir!

    Glòria, siempre me sugieres segundas partes… No creo que el caballero vuelva a por su rústico amor de juventud. El poder lo corromperá y perderá el aire angelical. Tal vez ordene cargar contra sus benefactores, suba impuestos, apriete el dogal de los miserables que le sirven con medidas arbitrarias e injustas… Mejor dejarlo tal como ha quedado. Ahora estoy con la idea de que la vida, a partir de cierta edad, es un campo de minas…

  9. Querido Alberto, de siempre los amores desgraciados han tenido mucho prestigio en la Literatura… y en el cine. Recuerdo a mis amigos de la infancia gritándome: “Quiqui, vámonos al Regio, que es de amores y muere ella”. Saludos.

  10. Las películas “de amores” constituían todo un género. Curiosamente, el paso del tiempo y la programación de la TVE en blanco y negro nos permitió saber que se llamaban melodramas, pero quién iba a decir algo tan sofisticado en nuestra niñez.
    Las pelis del oeste, llamarse westerns… las de romanos ¿cómo se podían llamart “peplums”? Y las biográficas ¿biopics? Claro que eso de que las policíacas se llamaran thrillers eso ya es demasiado fuerte.
    Nada es lo que nos parecía entonces, desencantado don Pablo.
    Un abrazo

  11. Algunas cosas sí, encantado Alberto, la película “El eclipse” me sigue pareciendo un coñazo. Un abrazo ensimismado.

  12. ¿Antonioni? Pues anda que el Desierto Rojop… La nada más absoluta en 120 minutos de encuadres imposibles… Y un cineasta llamado Rainer Wender Fassbinder que hacía unas películas “magníficas” de las que yo no men enteraba y me compraba librso de simiótica de la imagen (po aprender)… Vaya cosas, don Pablo, Lo que teníamos que hacer para ser “intearctuales”.

  13. Querido Alberto, el intelectual no es nada más que el cazador de mamuts reconvertido y sedentario: un niño que juega con sus colegas a ver quién aleja más meando. Nada interesante.

  14. Tambien te manejas en la narración histórica. Muy bien recreado el contexto y el entramado poético

  15. Muchas gracias, Tercero. No sé si me manejo o no en nada, pero me entretiene escribir estas cosillas.
    Un abrazo

  16. Una historia que podría ser narrada en un romance, pero para que acabara felizmente como la de Gerineldo y el Conde Claros, Sanchica tendría que ser reconocida la hija bastarda de un noble…, el que violó a su madre.

  17. Es una historia preciosa, Alberto.
    Muy bien contada además.
    Un abrazo

  18. Hesperetusa y Mdel Mar: muchas gracias. Yo la vi muy tierna. Esa Sanchica, tan inocente, descubriendo el poder del amor… Vamos que me gustó, así que me gusta que os guste.

    Abrazos,

    AG

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