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El camino y el viaje


Anse, un personaje bastante sombrío de “Mientras agonizo” (William Faulkner, 1930; Editorial Anagrama, 2008. Traducción de Jesús Zulaika) me deja chocado con una reflexión como esta:

 

 

 

“El camino: ahí lo tienes, justo hasta mi puerta. Toda la mala suerte que va y viene por él tiene que encontrarla por fuerza. Le dije a Addie [su esposa moribunda] que no era ninguna bicoca vivir junto a un camino como éste, y ella, como mujer que es, dijo: “Pues ponte en marcha y vete a otra parte entonces.” Y yo le dije que no era ninguna buena suerte, porque el Señor puso los caminos para viajar: ¿no los ha hecho todos planos y extendidos en la tierra? Cuando quiere que algo esté siempre en movimiento, lo hace alargado, como un camino o un caballo o una carreta, pero cuando quiere que algo esté quieto, en su sitio, lo hace de arriba abajo, como un árbol o un hombre. Así que Él nunca quiso que la gente viviera en los caminos, porque ¿qué es lo que está en un sitio antes, el camino o la casa? ¿Es que alguna vez ha puesto un camino al lado de una casa?,  pregunto yo. No, nunca, digo yo, porque es siempre la gente la que no descansa hasta poner su casa donde todo el que pasa en una carreta pueda escupir en el umbral, y así la gente está intranquila y con ganas de coger y largarse a cualquier sitio, cuando lo que Él quiso para ella era que se quedara quieta como los árboles o los maizales”.

 

 

 

 

(Imagen tomada de camina-conmigo punto com)

 

Chocante este rechazo del camino que comunica, que trae la desgracia, pero también la relación con los demás. El camino y su cristalización práctica, el viaje, están presentes en la creación literaria de todos los tiempos: toda la literatura está llena de caminos, ya que estos son una representación lineal de la vida, un motivo literario que se ha repetido miles de veces. Reales o imaginarios, lineales o simbólicos, miles de caminos han llevado a los personajes a recorrer por tierra, mar o aire un largo periplo, un viaje real, literal o metafórico que ha puesto en contacto al protagonista con otros mundos, otras gentes, otros compromisos, de tal forma que al regreso, si lo hay, todo ha cambiado. Cada uno de esos recorridos, de esos caminos, ha sido una escuela donde ha ido aprendiendo las verdades de la vida y de la muerte, las miserias del ser humano y su mundo intimista, lleno de ocultas pulsiones.

Vladimir Propp, en su “Morfología del cuento” (1928) llamó “funciones de los personajes” a los elementos del cuento tradicional que se repetían con más o menos variantes en la materia narrativa de los cuentos populares rusos. Esas funciones, unos esquemas muy simples, se repiten sean cuales sean los personajes o las situaciones y son las partes constitutivas fundamentales del cuento, mil veces retomados para componer historias.

De las treinta y una que Propp definió, hay cuatro que se refieren al tema del camino o viaje: el alejamiento (función número 1), la partida (número 11), el viaje (número 15) y el regreso (número 20). Puede complicarse el viaje, si se combina con la función número 21: persecución, tan frecuente en narraciones.

En definitiva, un personaje inicia una trama cuando se aleja de su contexto, ya sea para ir a un trabajo, a la emigración, a un viaje de placer, a la guerra o, simplemente, a hacerse cargo de asuntos inaplazables. También puede iniciar un viaje sin una intención concreta: el personaje es apartado de la colectividad, sencillamente, por una maldición, un hechizo, una injusta acusación… Otra cosa es el viaje propiamente dicho, en el que el héroe acomete una concienzuda búsqueda de un objeto-talismán del que sobrevendrá la solución del problema. Finalmente, el personaje regresa a los suyos, lo que suele equivaler al triunfo absoluto, el reconocimiento grupal y el cumplimiento de las expectativas. En algunos contextos narrativos, la trama se ve entorpecida por una implacable persecución que entorpece que el periplo del héroe siga un curso normal.

(Ulises y las sirenas, de Herbert James Draper -1909)

 

Puede parecer pueril, pero es la base de cualquier relato, escrito, oral o fílmico. En el cine americano, son frecuentes las llamadas road movies, las películas de carretera, en que el héroe recorre largas distancias en su caballo a través de la pradera o en uno de esos coches de gran cilindrada a través de la ruta 66 o en los estados del profundo sur. Toda una temática dentro de la tradición americana en canciones country, en cine, en narrativa es el coming back home, el regreso a casa, ya sea de la gran ciudad, de la guerra de Vietnam o de un trabajo frustrante del que, al fin, se ha liberado el personaje.

Ese camino, que simboliza la vida, tiene también un componente mágico de rito iniciático, de experimentación y aprendizaje, de entrada en el mundo adulto, tan lleno dura realidad.

La literatura de viajes, iniciada en la época de la conquista americana, se consolidó con los viajeros románticos y ha llegado a nuestros días, ahora revestida de libro de culto, en un camino que, para nosotros va de Cela (“Viaje a la Alcarria”) a cualquier libro de Javier Reverte. A veces, el viaje transcurre por latitudes y pueblos irreales (“Los viajes de Gulliver”, de Jonathan Swift) o traspasa la dimensión temporal (“La máquina del tiempo”, de H. G. Wells). En otras ocasiones, el recorrido lleva al viajero a recorrer ámbitos muy especiales: el Dante sigue un camino que le permitirá comprobar los misterios de la teología y formar toda una imaginería religiosa aún a medio consolidar a finales de la Edad Media.

De todos los viajes literarios, el más patético es, tal vez, el de Odiseo, nuestro Ulises, que parte de su Ítaca y todo parece una trampa del destino para evitar el deseado regreso a los brazos de Penélope. Comprobará que cuando vuelve, ya no lo espera nadie y sólo lo reconoce el viejo perro, y el desolado héroe llega a pensar que para eso, tal vez debería haber muerto durante el viaje, acortando así su camino vital, siempre lleno de recovecos, peligros, impulsos y dificultades. Pero, a pesar de todo, Ulises, como cualquier viajero, siempre quiere volver al puerto del que partió, ese claustro materno y protector que nos suena a paraíso perdido y al que tendemos a volver, siquiera para morir cerca de nuestro horizonte, de esa Ítaca que debemos reencontrar cuando los vientos vuelvan a sernos propicios.

Alberto Granados

6 comentarios el “El camino y el viaje

  1. Buenísima reflexión que me llevo conmigo!!!
    No añado nada que aún tengo que digerir toda la amplitud de sus múltiples matices:)
    Abrazos, Alberto!!

  2. Tú sabes lo afín que soy yo a esa idea que transmites de la ruta, del camino, del viaje iniciático…(mis poemas ferroviarios).Da tanto juego en el cine y en la literatura. Podríamos decir que los viajes de la ficción nos hacen vivir vidas paralelas, huir de nuestras rutinas y de nuestra mediocridad, es decir huir de nosostros mismos. Para luego regresar, purificados, a refundar nuestra casa, a ser los héroes de nuestros antiguos vecinos, sorprendidos de nuestra aura mitificada por la aventura y los cambios experimentados. En ocasiones el viaje es solo el tránsito interior, la metamorfosis del niño al adolescente, casi hombre, como en El Camino de Miguel Delibes (preciosa novela). Suelo comentar a mis hijos cuando nos disponemos a ver una peli y aparece un tren: “Esta es buena, chavales”.

    Ni que decir tiene que me ha encantado tu artículo, don Alberto:¡Lo he disfrutado!

  3. Hoy nos has dado una clase magistral, Alberto.

  4. Pocos temas tan apasionantes como el del viaje. En el cine, en la literatura… en la vida. Si es que no son la misma cosa.

    Buena disección. Muy ilustrativa. ¡Gracias!

  5. Amigos, creí que os había contestado, pero ando muy fuera de control. Efectivametne, creo que el viaje es todo un motivo literario y fílmico. De hecho, Jesús ha escrito un “peliculario” sobre el tema del viaje en el cine (Hasta donde el cine nos lleve”, del que escribí una reseña en el blog anterior en noviembre de 2009).
    Doña Kape, has digerido los matices? Espero que sí, aunque me pongo espesillo.
    Miguel, hay viajes fluviales: ¿Cómo olvidar ese viaje sin fin de “El amor en los tiempos del cólera” o de Joseph Conrad (“El horror, el horror!”). Y filmes como “Fitzcarraldo” o “La reina de África”… Son ríoviajes, como tu biografía fluvio-poética.

    Glòria, las clases acabaron. Sólo unas reflexiones de bolsillo.

    Gracias por aparecer.

    AG

  6. […] Hace tiempo escribí en este blog que el protagonista de cualquier viaje se aleja transitoriamente de su mundo, de su rutina, para […]

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