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Un cuento chino


Este post de hoy no debería firmarlo yo, ya que la parte principal del texto y las imágenes son obra del artista plástico granadino Juan Vida, que expone el conjunto en la Biblioteca de Andalucía. He estado varias mañanas gozando de un cuento tan tierno y de los cuadros en gran formato que lo ilustran –yo hubiera querido que mis padres me escribieran/pintaran algo así de hermoso-. Se trata de una explicación casi cosmogónica que él escribe para su hija, una niña nacida en China e implantada en una familia granadina (“… serás Oriente en Occidente…”).

Esta mañana, yo estaba en el vestíbulo de la Biblioteca esperando que empezara la presentación del libro “Maria Antonia La Caramba. El genio de la tonadilla en el Madrid goyesco”, de una escritora que admiro: nuestra Antonina Rodrigo. Precisamente estaba hablando con la Sra. Chacón, una de las encargadas de la gestión cultural de la Biblioteca, de la belleza de esa exposición, cuando apareció el propio pintor, al que saludé y felicité –ya lo había hecho a través de su blog- y le dije que me hubiera gustado reproducir el cuento y las imágenes en este blog.

Muy familiar, muy directo, me ha autorizado a hacerlo, así que os copio-pego cuento e imágenes, creados para su hija:

 

“UN CUENTO CHINO”

(JUAN VIDA)

En el valle del Lijiang, la noche más corta del 4702, año del Mono de la Madera, nació una niña a la que llamaron Coral. Según el calendario chino los años regidos por el Mono de la Madera –madera sobre hierro– son turbulentos y provechosos, como la naturaleza misma del animal que los gobierna y la disonante relación entre el elemento madera y el elemento metal que la destruye. Cuentan en Oriente que los nacidos bajo éste signo son intuitivos, inteligentes, extrovertidos y memoriosos; que saben perdonar, pero  no olvidan.

Lejos de aquel valle, en la penumbra de una casa sin día, vivía un equilibrista al que una sombra negra había borrado la risa. Cierta mañana, cuando el Sol encendía el palacio de la colina roja, una mujer se presentó ante él y le dijo: “Oriente”. Después señaló un lugar en el aire y fijó con puntualidad exacta la hora de una cita.

El equilibrista corrió sin pausa hacia la salida del Sol, atravesó siete aros de fuego por continentes de hielo y tundra, y llegó por fin al valle ardiente de los tigres y el bambú.

En los bosques de Nanning cruzó su mirada con la de un macaco. Dicen que en el fondo de esos ojos se encuentra nuestro espejo más antiguo, pero lo que aquel hombre vio fue un desprecio feroz y el deseo agazapado de reescribir el comienzo del Génesis.

Mientras tanto, cerca de los bosques, en la quietud de cera de un parque dormido, sometido el perro, la memoriosa Coral olvida y espera.

A la hora señalada del día de la cita, sobre la esfera azul de los astros cardinales, dejando muchedumbres milenarias en el verde esmeralda del río, surgió luminosa la Estrella de Oriente.

–No tengas miedo, dijo el equilibrista. Te he esperado desde el origen del tiempo para nacer en tu pupila y decir tu nombre. Nada temas –le murmuró convincente al oído–, subiremos a la Muralla y cruzaremos fugaces el firmamento hasta que muera el día.

Terminado el viaje, la tomó en sus brazos y le fue diciendo: –Ven, ésta es tu casa. En verano jugarás en el amarillo que hay junto a la puerta, y desde las ventanas verás cómo los pájaros de la mañana despliegan sus alas para alcanzar las ramas más altas. Al principio de uno en uno, después en bandadas frenéticas se reconocen y agrupan disputándose un lugar desde el que empezar el día. Todas las mañanas igual: pardillos contra estorninos, mirlos contra vencejos, palomas contra palomas y urracas contra todos. A veces el aire se estremece con la sombra del halcón y crece el silencio bajo la envergadura poderosa del águila. Al caer la tarde vuelven con estruendo a las ramas más altas, y se reconocen y agrupan disputándose un lugar donde pasar la noche. Los estorninos caen sobre los álamos, las grajillas se esconden en las rocas, las urracas acechan los nidos y la calma crece con la oscuridad. Todo vuelve a su sitio, todo queda ordenado en el valle del Genil.

Transcurrido algún tiempo, cierto día sintió la mano de Coral cobijarse en la suya, y se vio de niño caminar junto a su padre, y una palabra triste se le enredó en la garganta.

–En las mañanas de otoño iremos despacio hasta el colegio y te enseñaré, antes de que aprendas la aritmética del verbo, cómo los días se acortan en noviembre y cómo en marzo brotan las primeras hojas. Que debajo del asfalto que pisamos hay un mosaico con delfines antiguos y una fuente con un grifo de bronce; y acequias que regaron los huertos; y casonas con escudos y patios donde descansaron los amos del mundo; y que muy cerca de allí, entre los juncos de una tarde amarilla, un hombre joven se conmovió extrañado al pensar su propio nombre.

Con el esmero del labrador que abona la tierra, el equilibrista dejaba caer sus palabras.

–Caminaremos junto al río crecido por las lluvias del invierno que arrastran barro y piedras desbordando acequias, anegando huertas y cortando caminos. Te diré que este valle fue una montaña por donde la lluvia y la nieve limaron las rocas y sedimentaron el lodo hasta hacerse una cuna por la que llegar al mar. Aprenderás que los brazos de los pájaros se cubrieron de plumas para poder volar, y que los dedos de nuestra mano adaptaron su forma a la función de coger las cosas con destreza. Quisiera explicarte, hija mía, que las leyes primordiales de la materia construyeron el mundo que vemos, pero prefiero que mis palabras calen como la lluvia fina sobre la tierra fértil, y sientas en tu corazón la belleza irrepetible de este atardecer.

–Mírame, escucha y no olvides –le previno una sola vez como el que extiende un bálsamo o dicta un testamento–. Viajarás abrazada a tu historia entre lienzos de oro y mares de seda. Serás Oriente en Occidente.

Después del invierno, el Sol del equinoccio repartió por igual sus rayos sobre el mundo, devolviendo a los pájaros el color de sus plumas, el brillo a los ojos del perro altanero que guardaba el ingenio, el verde a la semilla seca, y al agua la vida nueva. Desde el fondo blanco de las curvas del río, llegó por fin la primavera.

Un día le dijo: ponte seria, y ella pintó de oro el ánimo en penumbra del viejo equilibrista.

 

El viejo equilibrista, esta mañana, se veía feliz, sin penumbras, con una amplia sonrisa cuando su hija y los compañeros de colegio, salían de un taller de marcapáginas organizado por  la Biblioteca. Todos los críos se volvían hacia la niña y le señalaban:

-Tu padre.

Ella sonreía al ver que todos sus compañeros saludaban al padre dándole un golpe en la palma de la mano, al estilo de los jugadores de baloncesto. Él colaboraba, cómplice. El cuento chino parecía lleno de luz, de magia, de final feliz.

Y colorín, colorado…

Alberto Granados

9 comentarios el “Un cuento chino

  1. Sencillamente, ma-ra-vi-llo-so. ¿Qué más se puede decir? ¿Lo deletreo?

  2. La espera ha merecido la pena. Me quito el sombrero y sigo recreándome en este cuento tan maravillos, tierno y esperanzador.

  3. Precioso, Alberto… Me lo guardo para seguirlo disfrutando.
    🙂

  4. Un acto de amor puro. No se me ha pasado por alto la alusión a García Lorca. ¡ Benditos artistas!
    Gracias, Alberto y un beso.

  5. Alberto quizás si hubiésemos tenido unos padres, menos preocupados por mantenernos, darnos una educación básica, por el nacional-catolicismo y otra serie de circunstancias, propias de aquella época y con algo de suerte también ellos nos hubieran demostrado su cariño y sensibilidad como este padre del cuento chino. Aun así creo que su problema es que o no sabían demostrarlo o simplemente guardaban las apariencias, pero a todos y cada uno de sus hijos los querían por igual, esos si a unos de una manera y a otro de distinta forma.
    Un abrazo.
    Miguel

  6. Vaya, os gustado, ¿verdad? A mí me encantó desde el primer momento.
    Miguel, ya sé que mis padres estaban a lo que tenían que estar y que me demostraron mil veces más cariño del que yo soy capaz de demostrar, pero es ten hermoso lo que este hombre ha escrito/pintado para su hija que algo de envidia sí me da.

    Abrazos mil

    AG

  7. […] Perez Prados o un humorísitco libro de Andrés Cárdenas. También he comentado las exposiciones “Un cuento chino” , de Juan Vida;  La caja de galletas, con las impresionantes fotografías de Agustí Centelles […]

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