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Día de la Cruz


Hoy celebramos en Granada el Día de la Cruz, una tradicional festividad que nuestro alcalde se ha encargado de laminar al amparo de la “bien-pensancia” en nombre de la salvaguarda del orden. Para ser justos, el Día de la cruz, “las cruces” en granadino, empezaron a morir de éxito cuando nuestra fiesta popular se convirtió en cosa de una juventud estudiantil que confundió churras con merinas e hizo de la ciudad y su fiesta un macrobotellón incontrolable. Las mentes conservadoras pusieron el grito en el cielo, se generó el eterno debate entre unos y otros y, finalmente, esta Corporación Municipal empezó a dictar bandos que mantienen un orden impecable, pero que han acabado con la esencia de la fiesta.

(Bellísimo cartel oficial. Imagen tomada de granada.org, web municipal)

Empecemos por contar, para los foráneos, que el 3 de mayo se celebra la Invención de la Santa Cruz (debe tratarse de un asunto de royalties). Al margen del significado cristiano, que desconozco, los barrios, especialmente el Albayzín, preparaban en sus plazas una cruz, que se adornaba con bronces, mantones de Manila, cerámicas granadinas, y sobre todo, muchas flores. Con el tiempo, se fueron añadiendo nuevos materiales, a veces bien extraños (yo he visto una originalísima cruz hecha con sogas entrelazadas con leotardos de mil colores), y cosas tan raras como bastoncillos para los oídos, hogazas de pan, abanicos, latas de cerveza, Cds, y otros mil materiales más han servido para hacer la cruz, en la que no puede faltar, justo delante, una manzana de buena apariencia (aquí llamadas “peros”) atravesada en forma de cruz por unas tijeras abiertas (se dice que se pone para que los mirones no pongan peros, ni rajen). En cualquier caso, las cruces de mayo más ortodoxas se hacen con claveles rojos y equivalen a los patios cordobeses, sólo que con un matiz de exaltación del símbolo cristiano frente a los expulsados moriscos y judíos, barridos desde el Cardenal Cisneros o llevados al fuego en autos de fe en Plaza Nueva.

Desde que yo recuerdo, cada cruz tenía delante una barra donde podías tomar habas crudas con salaíllas (unas tortas de pan con sal y aceite), así como un vaso de vino. La ciudad era un hormiguero de gente que recorría las cruces (que por entonces eran un número muy limitado) y bailaba flamenco en unos tablones que se preparaban para ello. Después, la gente se iba pacíficamente a su casa y la cruz se desmontaba, recogiendo cada vecino el mantón, la maceta de geráneos, los bronces o cerámicas que hubiera prestado y santas pascuas.

(Preparativos de la cruz de Plaza Birrambla, ayer a mediodía)

Pero llegó esa filosofía juvenil, extraña, bizarra y, para mí incomprensible, de que, puesto que los bares son carísimos, hay que hacer botellón en la calle y llenarla de orines, excrementos, vómitos y miles de restos de vasos de plástico, botellas rotas y malos modos. No se me interprete mal: creo que la gente joven tiene todo derecho a divertirse, pero debería hacerlo a unas horas y en una situación global compatibles con el descanso del resto de la ciudadanía. Granada no puede convertirse cada fin de semana en un caos de limpieza que cuesta un dineral limpiar. Con más de setenta mil estudiantes, la ciudad es un hervidero de tendencias, tribus urbanas, pandillas, grupos y estéticas y, en principio, nadie debería ser un estorbo para nadie, ni siquiera los que seguimos un horario normal y estamos en nuestras casas sin meternos con nadie, pero la realidad es que cada noche de viernes y sábado esto se convierte en una jungla.

Y las cruces, ya bien famosas, se hicieron una mera continuación de los macrobotellones de cada fin de semana, las barras vendían cubatas y ponían música tecno, y cada placeta se convertía en reducto de alguna de las mil tribus urbanas, en vez de ser una celebración ciudadana alegre y comunitaria.

Nuestro alcalde, con esa imaginación que lo caracteriza, lanzó una ordenanza por la que se redujo el número de cruces y se suprimieron las barras y la música flamenca. Ya el paseo es meramente contemplativo, sin salaíllas, ni habas, ni copa de vino y el aire festivo de la ciudad se esfuma, pues presenta el aspecto multitudinario de unas rebajas, pero no de un día de una fiesta tan tradicional.

Tengo que decir que hasta yo, que soy más bien soso y poco flamenco, disfrutaba oyendo unas sevillanas con una copa de fino en la mano, viendo como las bailaban las chicas que llevaban practicando todo el año en las academias de baile y que, aunque odio las sevillanas, ese día se me vestía el alma de fiesta y hasta pillaba un puntillo de alegría. Ahora eso es imposible. Subimos al Albayzín, vemos la cruz de Plaza Larga, nos tomamos una cerveza en La Porrona y volvemos a casa con la sensación de que alguien nos ha robado el mes de mayo. ¿Quién? Pues entre una masa juvenil que desvirtuó la fiesta y un alcalde sin más ideas ni más imaginación que el ordenancismo represivo.

(Preparativos de la cruz institucional del Ayuntamiento en Plaza del Carmen, ayer a mediodía)

Nuestro alcalde lleva razón: Granada, el Día de la Cruz, es una ciudad de orden donde se respira una absoluta paz, muy parecida a la de los cementerios y muy del gusto del conservadurismo local, pero yo echo de menos un poco (en realidad un mucho) de alegría y me viene a la memoria eso de: Mírala cara a cara que es la primera… Mal que le pese a mi “arcarde”, que nos ha chafado un día de fiesta.

Alberto Granados

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2 comentarios el “Día de la Cruz

  1. Al margen de gustos, que lo que relatas no es del mio, entiendo lo que dices cuando afirmas que hasta el alma se vestía de fiesta. No todas tienen que ser al gusto de todos, pero cada una de ellas forman parte de las tradiciones, y mientras no sea sacrificar animales, no se entienden que pasen a formar parte del olvido.

  2. Gracias Kape, por tu solitaria aportación. Anoche nos dimos una buena caminata aprovechando que habái fútbol. Con todo, el Albayzín era un amasijo de gente, pero fue un paseo precioso.
    Gracias por tu constancia.

    AG

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