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¡Ejem!


Andrés Cárdenas es un conocido periodista del diario Ideal, en el que lleva media vida escribiendo. Es autor de entrañables columnas sobre la parte más humana de la gente más común. Para ello, usa el tono más directo, más coloquial, más cómplice, ese tono que, pareciendo poco serio, ofrece la impagable garantía de acercar el periodismo al lector, un periodismo de mesa camilla, de zapatillas de andar por casa, de compartir botijo y dar tabaco. Andrés, que va por las calles granadinas saludando a la gente con una sonrisa abierta y franca, domina como nadie este registro y el humor tierno y humano que rezuman sus artículos (también recogidos en sus blogs “Trajín de vida” y “Trajín de costa”, éste último centrado en la época del veraneo) llega a todos los lectores de su periódico, cualquiera que sea su nivel sociocultural, su tramo de renta, su formación académica o la zona geográfica en que resida.

(Andrés Cárdenas en la foto de la solapa del libro, hecha por Andrés Sopeña)

Este eficaz comunicador escribió hace unos años una columna en que enumeraba mil usos y frases hechas de una determinada palabra, mil veces polisémica, que el habla de Granada y Jaén, ha ido consagrando. Se trata de… (¡ejem!), ¿cómo lo podría decir?… o sea…  ¡Sí!: una palabra malsonante, tabú en los diccionarios escolares de mis tiempos, que buscábamos morbosamente para encontrar sólo aquello de “Gallina nueva, medianamente crecida, que no pone huevos o que hace poco tiempo que ha empezado a ponerlos” (DRAE), pese a que nosotros preferíamos regodearnos en su significado fálico. Allí estaba el puritanismo ganándole la partida a la lexicografía: la palabra… (ya saben: esa) …no era sinónimo de pene, que de esas cosas no se hablaba y menos en un diccionario decente. Si acaso, era un pecado que no sabíamos si sería muy mortal o no, como tampoco sabíamos si comernos una uña rompía el ayuno, algo serio y preocupante, pues luego comulgabas, te morías y te ibas derecho al infierno y, además, para toda la eternidad eterna…

Nuestro buen Andrés Cárdenas escribió dicho artículo en el mismo tono en que los cuentistas de la antigüedad oriental o nuestro Infante don Juan Manuel  narraban sus didácticos cuentos: para enseñar al que no sabe. En este caso, el destinatario del artículo era Harry, un supuesto vecino suyo de apartamento, de nacionalidad irlandesa, que por su escaso dominio idiomático quedaba confuso ante la continua presencia de dicha palabra tabú en mil expresiones.

El artículo tuvo un gran éxito y se propagó por Internet. El columnista recibió cientos de comentarios, precisiones, nuevas frases y contextos, ejemplos, fotografías, matizaciones en fino (que el tema da para serios afanes de precisión semántica)… y ahora, con todo ese material, ha escrito un librito (“Dejaos de pollas, vayamos a pollas”, con prólogo de Andrés Sopeña e ilustraciones de Antonio Mesamadero, Granada, Editorial Port Royal, 2011). El opúsculo lleva como subtítulo “Tratado de la palabra más común en el léxico callejero de las provincias del antiguo Reino de Granada”. Ha sido el número uno en ventas de la Feria del Libro, ha agotado la primera edición en un par de semanas y se buscaba por las casetas de la Feria como agua en el desierto.

En la introducción, el autor cita a un tal Jorge Jiménez, amigo suyo (por citar que no quede), que asegura: “…las palabras no son ni feas ni guapas, ni buenas ni malas, sólo son los colores con que pintamos nuestras ideas…”. Y Cárdenas, basándose en esa neutralidad inocua de palabras tales como… (¡glub!, sí: esa) …hace una ardiente defensa de su validez. A fin de cuentas, es periodista, tiene que informar de la realidad y la realidad granaína, junto a la jiennense, está llena de… (¡ejem!: lo dicho) en cada frase cotidiana. Si José García Ladrón de Guevara se acercó a los tabúes en su “La malafollá granaína” y salió airoso, ¿por qué no lo va a hacer él con… (¡ejem! en fin, ya saben ustedes)?

El libro es un juego lleno de humor en el que Cárdenas recoge todo el material recibido, le da un cierto sentido unitario y estructural, pero sobre todo, acumula cientos de anécdotas jocosas y llenas de ese tipo de  humor que la situación requiere. Dividido en capítulos, más artificiosos que naturales, las explicaciones gramaticales y semánticas para Harry forman el hilo conductor del discurso, que no busca otra finalidad que legitimar la palabra… (¡ejem!)… y arrancar mil sonrisas de los lectores, agobiados por el fatalismo que nos regalan los periódicos cada mañana.

Los modelos que sigue quedan abiertamente expuestos: respecto a su dimensión iconoclasta, va tras los pasos del “Diccionario del Erotismo”, “El cipote de Archidona” o el “Diccionario Secreto”, de Camilo José Cela y el citado “La malafollá granaína”, de García Ladrón de Guevara. En el planteamiento global del libro (Harry y sus confusiones lingüísticas), se acerca mucho a los planteamientos de Ramón J. Sender en la saga de “La tesis de Nancy” y secuelas. En la  parte dedicada a las apócrifas referencias históricas, sigue muy de cerca aquellos libros de Colin & Güester en que quedó asentado el  “inglés fromlostiano” (de la traducción literal del refrán “De perdíos, al río”, que un alumno recogió como “From lost to the river”) y jugaban con las confusiones lingüísticas aplicándolas a explicar grandes eventos de la historia de la Humanidad, con un rigor historiográfico tan encomiable como hilarante.

Para que al libro no le falte de nada, también hace un barrido por esa literatura que nunca aparecía en los libros de mi época porque la censura no la hubiera permitido jamás. La palabrita (esa que me niego a incorporar en un blog decente como este) aparece en varios textos literarios de indudable valor poético. Cárdenas nos los recupera, que estamos en coyuntura favorable para lo étnico y popular (incluso alguien ha propuesto pedir a la UNESCO que los chistes de Lepe sean patrimonio inmaterial de la Humanidad).

Se les nota que están de bajón. (Imagen del perfil de la Feria del Libro en Facebook)

El libro se presentó el día 12 de mayo en la Sala de Exposiciones de Caja Granada, en Puerta Real. Ofició de presentador el prologuista, Andrés Sopeña, el autor de “El florido pensil”,  quien explicó que Granada tiene un idioma específico que él, después de tantos años de vivir aquí, no ha conseguido hablar, aunque lo entiende. Puso varios ejemplos de nuestras peculiaridades lingüísticas, básicamente, terminológicas: asomaron palabras netamente granaínas, tales como “calamonazo”, “regomello”, “folletá” y, lógicamente, la palabra que más aparece en nuestras peculiaridades idiomáticas, es decir, (¡ejem!): esa que saben ustedes. El público que llenaba el salón se desternillaba al oír a ambos “Andreses” contar el jocoso anecdotario relativo al contenido de la obra, que un médico presente en la sala dijo estar recetando a sus pacientes para prevenir depresiones. Como era la Feria del Libro e inmediatamente venía otra presentación, la gente no dio espera a calentar el ambiente, así que entró a saco contando nuevas anécdotas y nuevas situaciones divertidas, antes de salir en tromba para la caseta de firmas, donde Andrés estuvo firmando ejemplares más de hora y media.

Como decía Sopeña, “…después de escribir o prologar libros como éste, ya no nos van a dar el Nacional de Literatura”. Yo, al perpetrar esta reseña, voy a correr la misma suerte. ¡Cuidao con la…!

Alberto Granados

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8 comentarios el “¡Ejem!

  1. Pero, ¿ de qué pollas estás hablando? Aquí se dice “sipote”

  2. Jajajaja no sé si me hace más gracia la ocurrencia o ese decoro con el que te niegas a poner la plabrita de marras 😀
    Pues eso, que espero que el libro se (ejem) y los que nos negamos a nombrarla le perdamos el respeto 😉

  3. Miguel y Kape: meteros en el blog de este hombre, que aparece enlazado y leed el artículo del jacuzzi en la terraza. Está en el blog de la playa.

    Gracias por aparecer, que esto está hoy un poco desierto.

    AG

  4. Mi madre usaba mucho la palabra…ejem para referirse al sabroso caldo que nos preparaba y solía loar la juventud y hermosura de…ejem y cuando mi cuñado, mi hermana y yo nos mirabamos cómplices, mamá no entendía nada. Así fue al principio. Después poco a poco supo de qué iba el cachondeo, seguia empleando la palabra…ejem y nos hacía un claro gesto de desprecio vista nuestra vulgaridad notoria.
    Crónica elegante y refinada la tuya, Alberto. Bien, ya es habitual tu depurado estilo pero hoy tiene muuucho mérito, amic meu.
    Un petó!

  5. Muy gracioso, como no podia ser menos viniendo de tus manos.
    El tema se presta a ello y tú le sacas partido.
    Buenísimo tu articulo y nos veremos pronto para visitar de nuevo
    a nuestro amigo Félix. Un abrazo

  6. […] el caso de esta caroca, yo ya la tenía comentada en este blog (¡Ejem!) y alguien ha enviado una de temática […]

  7. […] “Morir en Granada”, del escritor motrileño Joaquín Perez Prados o un humorísitco libro de Andrés Cárdenas. También he comentado las exposiciones “Un cuento chino” , de Juan Vida;  La caja de […]

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