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El recuerdo y la Historia (“Morir en Granada”, novela de Joaquín Pérez Prados)


Que nadie se lo creía.

Que nadie se lo explicaba.

Que a la luz del mediodía

sangre del pueblo corría

por las calles de Granada.

(José García Ladrón de Guevara)

Morir en Granada” (Ed. Alhulia, 2010), la última obra que ha publicado el motrileño Joaquín Pérez Prados, es una novela enormemente atractiva que tiene mucho de crónica periodística, de memoria personal, de búsqueda introspectiva de las propias señas de identidad, de evocador repaso de una historia reciente que no debe ser olvidada. También, de terapia o catarsis, de intento de recuperar a ese adolescente que en 1970 vivió los hechos narrados, lleno de perplejidad, de interrogantes y sobre todo de futuro, de un futuro lleno de posibilidades tan vírgenes como su alma de dieciocho años. Creo que esas son las coordenadas en que cabe encuadrar este libro, que llega inapelablemente directo al lector, al que envuelve en el aura de sus remembranzas, tan vívidas, directas y cálidas, que se identificarán y mezclarán con las vivencias de cada uno de los que sigan la peripecia del joven protagonista, atolondrado, indeciso y soñador, que al inicio del libro no sabe qué hacer con su vida, pero que en sólo un par de meses va a asentar los pies en la tierra y a descubrir la dureza de su realidad, la realidad de cualquier español de 1970.

La novela sigue dos tramas argumentales que, si bien al principio parecen no tener nada en común, llegarán a confluir en la conciencia del protagonista, trasunto del autor, y a determinar el lenguaje del relato. El narrador vuelve a Granada en la actualidad (“treinta y dos años después de los hechos que vamos a narrar, a una cita a medias entre el recuerdo y la historia”, dice en la página 10, en una perfecta descripción del contenido bipolar de la obra). Un largo paseo por la ciudad le hace volver a su propia biografía. Desde ese momento, en la primera trama, el lector irá viendo avanzar una crónica de las negociaciones del convenio de la construcción que se estaban llevando a cabo en aquel lejano verano de 1970. Dichas gestiones terminaron con una manifestación de albañiles y con  la brutal e injustificable represión de la misma, que arrojó un luctuoso balance de varias decenas de heridos y algo mucho más terrible: tres albañiles muertos por impacto de bala. La reacción solidaria de los trabajadores de la construcción, el encierro en la catedral, la vigilancia y aislamiento de los encerrados, el secuestro de las motillos (¡cuánto tiempo sin oír este término tan granadino, que aquí adquiere un inusitado uso literario!), las repercusiones de tan bárbara represión dentro y fuera del país…

Por otra parte, la novela nos cuenta la problemática personal del protagonista en una segunda trama que avanza pareja a la anterior. Es un chico de dieciocho años que vive en Motril y no tiene decidido su futuro: con el bachillerato recién terminado, no sabe si iniciar una carrera universitaria o incorporarse al mundo laboral, ni si hacerlo aquí o en Alemania, en aquella Alemania receptora de inmigrantes hispanos que iban a desarrollar los trabajos que la población autóctona despreciaba. Finalmente, agobiado por la falta de expectativas, opta por irse durante las vacaciones estivales a Canet de Mar a trabajar en la construcción, con el objetivo de allegar un dinero necesario para seguir sus estudios. Allí irá descubriendo un modo de vida mucho más cosmopolita que el que siempre ha tenido como único modelo en su Motril natal. Va a descubrir el mundo nocturno de las discotecas y las turistas europeas, la sexualidad abierta y libre, el compromiso político, los sentimientos nacionalistas de un grupo de jóvenes catalanes, el activismo militante, el amor, el desengaño… de modo que, cuando regrese a su casa, el alma del protagonista habrá cambiado de piel y, aun siendo el mismo, será otro. El autor despliega magistralmente el tópico literario del viaje como rito iniciático del que se vuelve transformado por otros sentimientos, otra cosmovisión y otro grado compromiso.

El ensamblaje de ambos ejes argumentales es, precisamente, la toma de conciencia social y el más absoluto rechazo a la injusticia cometida en Granada, el flamante sentido de solidaridad con la sangre derramada ante el emblemático edificio de los sindicatos verticales, curiosamente hoy reconvertido en un hotel de cuatro estrellas en plena Avenida de la Constitución, por entonces llamada de Calvo Sotelo.

Ambas tramas van alternando en los diferentes capítulos, a la manera de una novela-cremallera, al menos en la primera mitad del libro, ya que a partir de la carga policial y los albañiles muertos, ambos argumentos dejan de ser autónomos y se mezclan e interrelacionan cada vez de una forma más indisoluble, de modo que el ritmo prefijado se rompe, como muchas convicciones en la conciencia de los protagonistas. En esta segunda parte, ambas acciones sirven recíprocamente de contrapunto entre el nivel personal del chico y el nivel social de los hechos, entre el recuerdo y la historia.

Hay también dos registros claramente diferenciados: la vida del muchacho, su toma de conciencia, su descubrimiento de la realidad de la vida, su evolución interior, la parte autobiográfica, en síntesis, se reviste de un tono intimista,  introspectivo, cargado de elementos costumbristas. Es el recuerdo, cargado a veces de intensidad, como el momento en que la chica se le entrega, en mitad de una misión clandestina en Perpiñán:

Sila dormía y sus cabellos habían quedado revueltos sobre la almohada. Dormía de perfil, del lado contrario al que yo solía ver desde mi asiento de copiloto. El calor era húmedo y untuoso, como de ciénaga. La sábana le cubría medio cuerpo y su liviano camisón dejaba entrever una generosa porción de su pecho. Definitivamente el sueño había huido de mis ojos. Me aproximé a ella con morosidad hasta quedar de rodillas junto al lecho. Observé el pálpito de sus senos, dentro de la fina tela, acompasados con la respiración. Sus labios entreabiertos sugerían la voluptuosidad de un beso húmedo y, a través de ellos, podía aspirar la pesadez del aire. Nunca mis sentidos habían experimentado semejante exaltación.

El sueño le dulcificaba los rasgos. Quizá por efecto de mi proximidad se agitó en la cama dejando al descubierto unos centímetros más de piel, y la imaginé gloriosamente desnuda.

¡Cómo deseaba fundirme a ella, adherirme a su piel! Extendí mi mano hasta enredarla en sus cabellos y, a su contacto, sentí un estremecimiento inusual. Así estuve largos minutos, cual ladrón de besos, cual espía que velara el descanso de su amada. Mis dedos bajaron hasta sus mejillas y dibujaron sutilmente el arco de sus pómulos.

-¡Sila! -volví a susurrar. La despojé suavemente de la sábana y me introduje en su lecho. Entonces ella se despertó. Por un instante, de regreso del sueño, pareció no comprender lo que estaba sucediendo. Acto seguido sonrió y sus brazos se abrieron para aceptarme, para acogerme en ellos, para abrazar este cuerpo mío que era brasa.

En cambio, los hechos de Granada, la Historia, se cuentan usando un tono periodístico que pretende ser objetivo, pero que se vuelve solemne y por momentos épico, en los pasajes narrativos fundamentales. Cuando señalo este tono épico, quiero decir que el autor se deja llevar por su mundo emotivo personal y “se le dispara” un lenguaje propio de arenga o mitin, de narrativa social y militante. Un tono que pretende ser un arma cargada de futuro o al menos de denuncia. Para ello se apoya en gradaciones, en similicadencias, referencias que pretenden  identificar a los albañiles muertos con otras víctimas de la injusticia, cercanas en el inconsciente colectivo de aquella época (García Lorca, Mariana Pineda, Machado…). El dramatismo también queda reforzado por una serie de fotografías obtenidas del diario Ideal de la época.

(Joaquín Pérez Prados en una foto tomada de su web)

Una muestra de este aspecto, podría ser el siguiente pasaje:

La asamblea del día 20 de julio dio comienzo a las siete de la tarde y los ánimos de los reunidos se hallaban especialmente tensos y sensibles. Los miembros de la mesa fueron al grano, tal como exigía el masivo auditorio, e informaron de la situación con palabras crudas. Y tras el acalorado debate saltó al aire la propuesta de huelga.

¡Huelga!

Había llegado la hora de la verdad. Y el ritmo cardiaco de los albañiles se aceleró.

En la votación posterior, a mano alzada, no fue necesario contar los dos mil brazos enérgicos, ardorosos, unánimes, levantados hacia la techumbre del salón de actos.

¡Huelga!

La convocatoria había triunfado.

Entre los presentes se hallaban gran parte de las víctimas del día siguiente. Allí estaban, disueltos entre sus compañeros, comentando ciertos detalles del convenio, ajenos a que el destino los había señalado con su dedo inexorable.

En el exterior del edificio caía la noche. Los que dentro de pocas horas dejarían de existir, desde la puerta, miraban los restos de un crepúsculo en retirada. Y las estrellas se iban entre la arboleda con un brillo lejano.

Hacía calor en las aceras de Calvo Sotelo y los escasos transeúntes miraban la escena con cierta inquietud. El paisaje urbano inmediato se vestía de luto y preparaba para la inminente batalla.

También el lenguaje confiere ribetes heroicos a los albañiles  en este otro pasaje, que el autor termina con una sincopada enumeración que va creando un intenso clímax:

EL veintiuno de julio los albañiles granadinos no acudieron a sus respectivas obras. Ese día no hicieron mezcla ni cernieron arena; ese día los andamios permanecieron solitarios, olvidados en las alturas.

El veintiuno de julio, a las ocho de la mañana, la cifra de los concentrados frente al Sindicato Vertical superaba en varios miles a la del día anterior, fecha en la que se interrumpieron las conversaciones y se convocó una huelga radical y entusiasta.

Los albañiles tenían una dolorosa cita con la historia.

Las motillos proletarias volvían a verse aparcadas en Calvo Sotelo, mientras los obreros coreaban consignas con voces de tenor enfurecido. Pero clamaban en el desierto y nadie atendía sus cuitas.

¡Salarios dignos!

Los albañiles granadinos esparcieron al viento sus demandas. Y fueron levadura en la masa y muchedumbre en la calle.

Hombro con hombro.

Grito con grito.

Piedra con piedra.

No es sano para las dictaduras que los obreros se movilicen en multitudes, que se dejen ver por las calles en alardes y actitudes insumisas. Por eso los mandos de la fuerza pública presente no vieron con buenos ojos aquel entusiasmo proletario, aquella rebelión matinal.

Un joven teniente de academia exigió que se disolvieran, que se esfumaran en el aire tenso de Calvo Sotelo, que no dejaran ni rastro en esa mañana de plomo, sable y cuchillos afilados. Pero los alarifes no se disolvían, se encontraban cómodos en esa ruda sinfonía coral de voces alborotadas. Nunca se les había visto con tanto arrojo y con tan escasa ración de miedo. Parecían dispuestos a todo. Por eso el corneta oficial de la compañía hinchó los carrillo acumulando aire, tensó los labios en un rictus de fría sonrisa y sopló como nunca había soplado: dos toques largos de clarín en si menor, prólogo inminente de la batalla.

Los albañiles, que pretendían adecentar el agravio de su sueldo miserable, se vieron envueltos por una ola de inusitada violencia. Pedían dignidad y les contestaron con golpes.

Y verdugones.

Y plomo.

Y disparos.

Y heridos.

Y detenciones.

Y muertes en las proximidades del edificio sindical.

(Juan Genovés, “El abrazo” (1976), todo un icono de aquella época)

Pérez Prados afronta toda esta materia narrativa con un equilibrado ritmo que hace que el relato vaya avanzando de forma imperceptible, con un interés creciente por parte del lector, especialmente del lector que, por razón de edad, vivió aquellos hechos y el ambiente político de los estertores del franquismo. Este narratario preferente, que estará necesariamente en torno a los sesenta años de edad, reconocerá como suyas las mil referencias a un pasado aquí recuperado para seducirnos a través de la irresistible nostalgia: la aparición de los primeros panfletos antifranquistas, impresos con las “vietnamitas”; el ambiente de flirteo con las turistas y las primeras experiencias clandestinas; el acicalamiento previo al flirteo y la pretendida fama machista de los latin lovers hispanos; el cine fórum (impagable la referencia a un maravilloso melodrama de la época: “La hija de Ryan”, de David Lean, 1970); el viaje de Motril a Barcelona en un autobús de época; los brotes de militancia antifranquista y la confusión política, que metía en el mismo frente las reivindicaciones sindicales y los afanes nacionalistas del catalanismo; el repaso geográfico-emocional de la Granada pobre y atrasada de los setenta; los curas obreros (con una referencia concreta al párroco de La Virgencica, un barrio entonces ferozmente deprimido); la costumbre de los encierros en las iglesias, único ámbito donde las fuerzas del orden  no se atrevían a entrar; las referencias musicales de la época (Los Brincos, Lone Star, Los Ángeles, Tom Jones, Serrat, Matt Monro, María Dolores Pradera, Peret, Julio Iglesias, Raphael, Karina, Nino Bravo, Mari Trini, Víctor Manuel, Carlos Cano…); las lecturas juveniles de Martín Vigil; la guerra de Vietnam en los telediarios…

Son las mil referencias concretas que configuran un telón de fondo anímico en que encuadrar esta novela, ágil, amena, llena de ternura, de denuncia, de solidaridad, de recuerdos ahora redivivos. Su lectura termina con un regusto en el alma, una sonrisa en el semblante y con una combativa necesidad de mantener aquel episodio en nuestro recuerdo:

“De aquellos hechos pasados nos queda la dignidad, el recuerdo, la esperanza.

Nos queda la memoria.”

Nos queda la memoria, y eso es mucho: es nuestra propia vida, que algún día se hará Historia.

Alberto Granados

NOTA: Una versión reducida de este artículo apareció en el número de febrero de la revista Pliegos de Alborán, la separata cultural de El Faro de Motril

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6 comentarios el “El recuerdo y la Historia (“Morir en Granada”, novela de Joaquín Pérez Prados)

  1. Y afortunadamente….”Me queda la palabra”

  2. Me queda la palabra
    Si he perdido la vida, el tiempo, todo
    lo que tiré, como un anillo, al agua,
    si he perdido la voz en la maleza,
    me queda la palabra.

    Si he sufrido la sed, el hambre, todo
    lo que era mío y resultó ser nada,
    si he segado las sombras en silencio,
    me queda la palabra.

    Si abrí los ojos para ver el rostro
    puro y terrible de mi patria,
    si abrí los labios hasta desgarrármelos,
    me queda la palabra.

    Blas de Otero

  3. Nos queda la palabra, efectivamente, y no es poco patrimonio: ¡Que no nos la quiten! ¡Que no la perdamos! ¡Que no se devalúe!
    En cuanto a tu reseña, digna de Pliegos de Alborán y de Babelia. Magistral, didáctica y sugerente: Hay que leer la novela.

    Un abrazo, amigo

  4. Pensaba yo, cuando puse el enlace de Youtube, que saldrían las letras nada más y así el que quisiera pincharía para entrar, y el que no, pues no. Sin pensar que podría salir el vídeo de Paco Ibañez listo para cantar, perdona por la intrusión.

  5. Coco, no hay nada que perdonar: esto no es sino un puiro divertimento en el que agradezco tu presencia y tus amables comentarios. Que no falten.

    Miguel, llevas razón: que no se devalúe. Poco a pco es lo único que nos va quedando.

    Abrazos a miles,

    AG

  6. […] reseñas, la del libro de relatos “El siglo que se nos fue” , de mi admirado Gil Craviotto,  “Morir en Granada”, del escritor motrileño Joaquín Perez Prados o un humorísitco libro de Andrés Cárdenas. […]

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