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La verbena de San Juan


La noche de San Juan (en realidad, la antigua fiesta pagana del solsticio de verano) pretende ser la noche más corta del año y tiene una simbología ligada al dominio de la luz, al esplendor de la cosecha y la fecundidad. Se trata de una celebración llena de ritos y creencias ancestrales, en que se encienden fuegos purificadores en montes, ríos, playas y se expresan deseos que se cumplirán.

También es la noche de las abluciones en agua, de baños que purifican y embellecen a las doncellas. Y noche en que las criaturas de los bosques salen de su letargo. Y noche literaria: desde nuestro Romancero (“Mañanita de San Juan”) a Shakespeare (“El sueño de una noche de verano”), esta mágica noche de misterios, ha estado presente en la literatura.

El granadino Antonio Joaquín Afán de Ribera fue un escritor localista que dedicó una buena parte de su obra a recoger leyendas y tradiciones granadinas, a las que imprimió su peculiar sello costumbrista, tierno, poético, lleno de humor y con un cierto punto de amargura noventayochista. De su libro “Entre Beiro y Dauro” (1,898, reeditado en 1998 por Editorial Albaida, con prólogo de Francisco Gil Craviotto, e ilustraciones de Isidoro Marín y postales de la época) os traigo una deliciosa escena de la noche de San Juan en la Granada de los últimos años del siglo XIX.

“La verbena de San Juan”

I

Aparte del prestigio de que goza el Bautista en nuestra santa iglesia católica, como ungido del Señor y discípulo predilecto, hay que convenir en que la popularidad de San Juan es muy grande, no sólo en España, sino en otras naciones, incluso entre los infieles. En nuestra ciudad, los Juanicos rivalizan con los Antonios, superándoles en cuanto a la bondad y dulzura que a este nombre se atribuye.

¿Quién no ha visto en las procesiones del Corpus o de la Octava aquellos niños tan blancos como rubios, de rizadas melenas, cubiertos con su túnica de lana y llevando un inocente cordero, haciendo las delicias de las madres embebecidas de tener un vástago que pudiera semejarse a tan hermoso santo?

Verdad es que por eso del borrego y de los vellones, salen aquellos motes de Juan Lanas, y de mil Juan-Juan, y otras frases algo picarescas, pero nadie en los tiempos que atravesamos está libre de lenguas maleantes y de equívocos de canela y clavo.

Ello es que San Juan es digno de toda alabanza y que como afirma el adagio, “por las vísperas se sacan los Santos”, parece natural que se celebre a su este día anterior, o mejor dicho, su noche, con la tradicional verbena, costumbre y uso que ya se va perdiendo en el torbellino de progreso y de reformas que nos enloquece.

II

Hasta la mitad del siglo, la romería se verificaba por las tardes en las huertas de los callejones de Granada, y el lavatorio en los bordes de la acequia Gorda; pero desde que se establecieron los paseos del Salón, y la anchurosa taza de la fuente de la Bomba con su elevado surtidor, dando nombre al más hermoso paseo granadino, el público escogió este sitio como más adecuado para la diversión y las autoridades coadyuvaron embelleciendo la velada con cuantos medios estaban a su alcance.

En vez de la luz que hoy lastima y no alumbra, preciosos arcos de faroles a la veneciana, pendían de los seculares árboles del arrecife formando vistosas colgaduras y caprichoso juegos, mientras los chorros de agua de las demás fuentes, refractando los rayos de la luna, y las frondosas ramas de las alamedas, formaban un poético conjunto que causaba admiración a los propios y envidia a los extraños.

Y en los jardinillos se multiplicaban también las luminarias a menor altura, como para que las flores asombradas del inusitado resplandor, alzaran su tallo, y alentadas con las frescas auras de la noche, vertieran sus aromas perfumando la agradable fiesta, pura como el fulgor de las estrellas, y dulce y serena como noche de verano al lado de de corrientes del plateado Genil.

III

La música “de la tropa” tenía por gala amenizar la velada en primer término, y la del Hospicio se colocaba al final del paseo, para que todas las clases sociales tuvieran su rato de esparcimiento.

En el Salón infinidad de sillas, que aún no tenían el privilegio de ser duras como el hierro de que se construyen, cubrían las dos calles, desde tronco a tronco, con su apéndice de otras colocadas por delante que molestaban grandemente a los transeúntes, y que bajo pretexto de evitar humedades a los pies de las doncellitas, las ocupaban los novios, haciendo llevar la “cesta” a los que por desgracia colocaban a los costados, murmurando de las futuras suegras, que dormían “el sueño de San Juan”, tan adecuado al caso, y que no despertaban sino cuando las niñas les ponían en la falda los cartuchos de dulces y almendras de las mesillas arropieras de la entrada, que “los primos” adquirían, tanto como obsequio, cuanto por dar un vistazo a las demás tertulias, pues sólo este pretexto les era valedero para abandonar la prometida, entre las cuales predominaban sin discusión las máximas de la habladora Julita Lechuga, que afirmaba que los novios debían de estar sujetos con alfileres a las faldas.

Esta festividad es siempre muy apetecida por las mujeres, pues con el claro oscuro de las sombras y de las iluminaciones, se figuran que los defectos físicos son menos notados y que los zurcidos de los trajes no pueden ser tan visibles corno cuando los matiza el brillante sol de Andalucía.

Pero donde estaba lo típico, lo popular, era en los alrededores y en el círculo del pilón de la Bomba.

Además de los ecos de la música más o menos marciales de los asilados, no faltaban orquestas improvisadas de guitarras y bandurrias, que agrupadas en los asientos de piedra esperaban la hora solemne para experimentar el milagro, refrescándose en los claros arroyuelos que se deslizan en las cunetas que separan los arrecifes.

De todo había, sentimental y amoroso, pues mientras Pepa la bordadora cantaba:

«De San Juan quiero la palma,

de San Francisco el cordón,

de San Antonio su niño,

de mi amante el corazón»,

Dolores, la del cabo del resguardo, decía:

«Día de San Juan alegre

día triste para mí,

porque se llamaba Juan,

el amante que perdí».

Y otro, entre hortelano y galanteador, gritaba:

«La mañana de San Juan

cuaja la almendra y la nuez,

así cuajan los amores,

cuando dos se quieren bien».

IV

Pero no dejamos la Bomba, por más que no se pueda echar un alfiler en la apretada muchedumbre que la rodea.

Bien es verdad, que la inmensa taza reunía grandes encantos.

(La fuente llamada “de la bomba” -por la forma del surtidor-, que dio nombre al Paseo de la Bomba, en la época de Ganivet y Afán de Ribera)

El chorro, que en forma de palma se remontaba a las nubes, cada vez que el viento la impelía a un lado, salpicaba a la multitud en forma de regadera, produciendo grandes aspavientos en las hembras, y galantería de los mozalbetes que, con pañuelos de seda de cuadros, trataban de enjugadas el rostro permitiéndose a la vez ciertas intimidades que les valían sendos pellizcos de las guardianas de aquellas nereidas con coletillo.

¿Y la cantidad de agua allí reunida? ¿Qué matemático calculará los rostros que pudieran lavarse en aquel receptáculo algo turbio, pero que procedente de la nieve de la altísima Sierra, conservaba la virtud prolífica de que habla la antigua tradición? Mientras la taza se rebosaba, los bajos de las que ceñían iban perdiendo las fortalezas del almidón y poniéndose los faralaes con más arrugas que un papel de estraza.

Otra cosa hubiera sido, de acceder un año el municipio a la petición de los célebres compadres Pachichi, el de las empanadas, hechas de todo, menos con dulce, y Ropones, el vendedor de palillos de enebro y de otros artículos, que siempre en amistosa compañía eran los mejores discípulos y adoradores de Baco. Cuentan que echaron un memorial a un señor corregidor de no muy buenas pulgas, afirmando que la manera más propia de celebrar la verbena, sería llenando de vino de las caserías el tazón de la Bomba, en vez del agua útil sólo para las ranas, y que si el Santo había de verificar la transformación, mejor lo obtendría el agraz de parra vieja, que no con ese líquido incoloro, al que profesaban el mismo horror que los perros hidrófobos. Pero la autoridad tomó a burla sus pretensiones, y con tres ducados de multas pagaron su desenvoltura, cumpliendo la pena en el arresto, lamentando que por esos desprecios al mosto mandaba el Omnipotente la plaga de la filoxera, que tanto les entristecía.

V

Y volvamos a la fuente, donde Teresilla, la lavandera, que estaba allí desde las diez a ver si al zambullirse le crecían las narices, de cuyo órgano sólo tenía un adarme, le cantaba Juanele su prometido:

«Dentro de mi pecho tengo

un canutero de plata,

y dentro del canutero

un Juanico que me mata».

-Mira, Sinforosa, -decía la tía Dolores a su chica.- ensánchate que está ahí la Calandria con sus nueve hijas y todo el caldo será poco para remojar esas caras de cenacho granadino; que feas vienen y más feas se irán, aunque todos los santos se las bendigan.

Oigasté, señora- le interpeló una perejilera que vendía mastranzo por yerbabuena a las criadas inocentes. – Tiene usté razón en lo que dice, pero su niña gasta unos hoyos de viruela que necesitan de una espuerta de medios y otra de mezcla para taparlos.

-¿Y la suya? Si parece su cara un potaje de lentejas de puro pecosa.

-Vaya, paz, -añadía una vieja entrometida.

-Yo no vengo al pilón a recobrar la hermosura como vosotras, que cuando los primeros trances me llamaban la buena moza del Realejo, sino que lo hago por devoción, y si acaso, por aliviar esta torcedura del ojo derecho que me impide ver a mis anchas al padre predicador en la cuaresma.

-¡Ay! ¡ay!, que me atraviesan el pecho,- exclamaba enfrente una forastera que tenía a cada lado una muchacha, a porfía de horrorosas, y llegaba de Churriana a ver si en sus vástagos producía efecto el lavatorio. Y era, que una traviesa costurera, con mucho disimulo, le había aplicado en las nalgas un alfiler de a ochavo, para que agobiada por el dolor la dejase el sitio, que buena necesidad tenía de encontrarlo, pues era más negra que las alas de los aviones, y con una cicatriz en la frente ganada en buena lid al caerse de un cerezo gordal, adonde se subiera sin permiso del labrador.

Y en estas y las otras, esperaban las campanadas, que no podían correr tanto como sus deseos, burlándose de don Anacleto un obrero molinero del Puente Verde, que acudía corno vecino a hacer gala de un enorme reloj con tres cajas de plata maciza, pero que daba la hora como el famoso de Pamplona.

-Pronto es la media noche, muchachas, decía, haced la intención y a la primer campanada buenos frotes en el cutis, que ni Venus ni toda su gente tendrán mejores caras que las vuestras el próximo día de San Pedro.

De repente se oyó un ruido espantoso. En medio de la fuente cayó un enorme bulto negro, salpicando a todos los espectadores, cuyos chillidos hicieron aparecer a los del orden, resonando la bronca hasta en los colocados a la entrada de la Carrera.

Y fue que un truhán gitano, poseedor de un amaestrado perro de aguas, le había lanzado una china al medio de la taza, y dando un salto colosal desde las fornidas espaldas de un aserrador, chapuceó de lo lindo, y al salirse sacudiéndose como una regadera, puso algunos pañuelos de Manila como torciones.

No todos los devotos de la tradición estaban en la calle. También en las casas se esperaba la media noche para la ceremonia. Había señorita que tenía la zafa puesta al sereno y tres simbólicas hojas de «maro» dentro, aguardando el toque para frotarse.

En otras estaba prevenido el huevo de gallina negra y la fuente de pedernal blanco de las ollerias, para estrellarlo a la primer campanada, y ver si el «barco» que forma se dirigía a poniente o levante, indicio claro del feliz término y futuro matrimonio de la joven casadera.

Pero aunque «quien espera desespera», todo al fin concluye en el mundo, y al sonar las doce, aquello era el delirio alrededor de la fuente y en los arroyos de los paseos.

¡Qué frotamientos de cara, qué salpicones, qué meter en las ondas los brazos y hasta el pescuezo, qué refrescarse en los charcos, y qué empujones y bulla por lograr el conjuro antes de que cesaran las campanadas! Porque es de rúbrica que el milagro sólo se verifica en el intervalo de los doce aldabonazos, así es que, la que se retrasa, permanece fea hasta otro año. Es de advertir, en honor a la costumbre, que hermosura seguramente se obtiene, puesto que los colores salen al rostro a fuerza de fricciones, y las hembras que no son muy pulcras al menos tienen otro semblante después del lavatorio.

VI

Las músicas entonan sus marchas de despedida, empiezan a palidecer las luces de los farolillos, y la numerosa concurrencia se dirige a sus moradas, alegres o tristes, según les ha ido en la fiesta.

 Porque no es todo satisfacción en la verbena.

En las aristocráticas sillas, también hubo bastante número de feas, que del cansancio o del trasnoche llevaban la fisonomía peor que al comienzo, renegando por ello las mamás de las afirmaciones tradicionales. Y a doña Sempronia se le había perdido su Dolorcitas, y aturdía los jardines pidiendo justicia a cielos y tierra. Y otras novias estaban pesarosas de no haber hecho lo mismo, mientras en lo más oscuro de los paseos laterales los agentes de la autoridad repartían sablazos a los aficionados al tinto, que con su embriaguez querían protestar de aquella «fiesta del agua».

(El monumento a Colón, cuando estaba en la Plaza del Humilladero, al inicio del Paseo del Salón)

VII

Las tinieblas concluyeron por apoderarse de los encantadores sitios, la brisa de la madrugada empezó a mover con más fuerza las hojas de los árboles, y el saltador de la poética fuente siguió elevando sus cristalinos raudales, que al reflejar el primer rayo de la naciente aurora, semejaba una dulce sonrisa con que la naturaleza saludaba el hermoso día de San Juan.

Divertida estampa de un tiempo ingenuo y perdido. Que el solsticio os rejuvenezca y que esa mágica noche, la más corta del año, os sea propicia.

Alberto Granados

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10 comentarios el “La verbena de San Juan

  1. ¡Encantador relato de una fiesta popular y de un mundo perdido!
    Tras de tiempos vienen tiempos y ahora se divierten los chiquillos se divierten de otra manera.
    ¡Sí don Antonio Joaquín levantara la cabeza y viera el botellón del Hipercor!

  2. Celebro que te guste, Coco. Y el par de grabados de Isidoro Marín son también muy bonitos.
    Por cierto, si te apaetece, lee el relatillo que escribí hace cuatro años que enlazo en el segundo párrafo.
    Y más por cierto: acabo de solicitar contacto contigo en Facebook, sólo que por entonces yo aún era Rigoletto.

    AG

  3. Entrañables las citas que dejas de ese libro decimonónico, repletas de tradiciones, poesía, ritos y magia. Paganismo y cristianismo conviviendo en paz dentro de un marco de gran belleza.
    La noche de San Juan es la más mágica y especial del año, con un lastre ancestral que aún perdura, en sus inicios festejando ese solsticio de verano que era el anuncio de que los días iban a ser más cortos y, por tanto, menos sol, con lo que conllevaba cierto temor a que el Sol perdiese su fuerza. De ahí las hogueras, para insuflar energías a ese Sol.

    Que la noche de San Juan te sea propicia, Alberto, echa en esa hoguera aquello que desees eliminar de tu vida para que el fuego “purificador” lo haga desaparecer. No hay nada que perder….;-)
    Un abrazo.

  4. Marisa: la noche de San Juan la pasé en la playa: barbacoa, charla, muchos amigos y vecinos, copitas… Hubo quien se bañó. Yo renuncié a la observancia del rito, que el agua estaba bien fría y no soy de liturgias… Pero hubo magia.

    Abrazo,

    AG

  5. “El chorro, que en forma de palma se remontaba a las nubes, cada vez que el viento la impelía a un lado, salpicaba a la multitud en forma de regadera…” , casi me salpica! Qué bonito texto y que divertido… con lo que me gustan las historias.

    Ya pasada la noche de San Juan se me hace raro pensar que tanto estaba en juego y yo decidí no hacer nada, un día demasiado largo de trabajo me pedia una noche larga igualmente, por lo que me acosté temprano.

  6. ¿Dejamos al Nano que festeje?:

    Un abrazo

  7. Aradia, celebro que te gusten las historias con saborcillo especial. El libro está lleno de ellas. Haciéndote caso, en un minuto subiré la leyenda de la Casa de Castril.

    Miguel, el Nen, lo que quiera: está en su casa.

    Abrazos,

    AG

  8. Un texto precioso. Me ha divertido en especial la conversación entre mujeres. La fiesta ha cambiado mucho.
    Una abraçada, Alberto!

  9. […] las tres estrellas, que algunos no conocían. Se trata de lo que fue  vivienda del autor granadino Antonio Joaquín Afán de Ribera, coetáneo de Ganivet y partícipe de las actividades, no siempre recomendables, que la Cofradía […]

  10. […] he dedicado mi blog a mi particular celebración del solsticio, con un cuento propio, o con un relato de Afán de Ribera. Este año recurro al bardo de Avon, a quien se considera el mejor dramaturgo de todos los tiempos, […]

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