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Wi-Fi


Los que veraneamos en la cohta tropicah hemos tenido siempre el problema de que, al bajarnos a nuestro apartamento, dejábamos atrás ese fascinante mundo que internet ha puesto a nuestra disposición, por lo que no recibíamos ni mil veces ese correo amigo que nos avisa de un virus maligno que jamás hay que abrir y que tiene un nombre que no hay forma de recordar; tampoco podíamos abrir Facebook para enterarnos de que a Paqui le gusta la foto que Manolo ha puesto y en la que ha etiquetado a Emilio, quien a su vez ha dicho que le gusta el comentario de Paqui; mucho menos, leer de gorra la prensa digital o saber cómo van el tour, la pretemporada del Barcelona o los fichajes del Madrid… y eso era mucho renunciar. Sólo teniendo conexión dispones de la posibilidad de recibir diez veces ese correo con un powepoint dulzón, como de ejercicios espirituales, lleno de un texto “precioso” y unas fotos de puestas de sol, flores bellísimas y mariposillas sacadas del National Geographic. O de seguir la problemática de Belén Esteban, el señor (¿) Matamoros y otros famosos de semejante cuerda.

Ya que estamos metidos hasta la cintura en este mundo en el que la comunicación extrema (ojo: acabo de inventar el término y ha quedado muy majo, así que si después prospera, recordad quien ha tenido la efímera gloria de descubrir semejante estupidez), un servidor, que tiene a su prole desperdigada por ese mundo, hace tres años que decidió contratar línea telefónica y conexión wi-fi (pronúnciese wuai-fai, como hacemos los anglosajones, los cursis y un servidor) en mi modesto apartamento de Calahonda. Así tengo además la ventaja de que a cualquier hora del día me llamen los de Vodaphone para proponerme que me pase a su firma, una vez absolutamente descartada mi conversión a los Testigos de Jeová.

Y como además he caído en el solitario vicio de escribir en este blog, el hecho de tener mi conexión hace que pueda continuar con la insana costumbre de escribir mis estupideces y haceros el compromiso de leerlas, la presión de comentarlas, etc.

El problema viene cuando un vecino te pide permiso para abrir el correo, digamos a la hora exacta de la cerveza. O del café de media mañana. Obviamente, como uno es un primor, al tercer día termina dándole al vecino amigo la clave para que disponga de mi red con mayor comodidad. Un segundo vecino, con varios hijos adolescentes (auténticos monstruos de la informática) también accede, agradecido, a la red cuyas claves les has facilitado por no establecer comparaciones, que los hay muy quisquillosos… La segunda temporada, las cuatro o cinco redes disponibles en la urbanización, las de los cuatro o cinco que dimos el paso, son prácticamente de uso público, casi una servidumbre consolidada, todo un derecho consuetudinario establecido y se ve con malos ojos que, si subes a Granada un par de días, apagues el router y les cortes el rollo conectivo.

La tercera temporada ves a parejas de adolescentes ajenos al vecindario, sentadas en los bancos de las proximidades, haciéndose arrumacos mientras  chupan señal (la mía, seguramente) y se envían mensajitos de amor por twenti, que es más íntimo que decírselo de viva voz, mientras se acarician con la mano que les queda libre de manejar el ratón.

El problema es que mi ordenador empieza a ser cada vez más lento y que el par de vecinos a los que tan gentilmente les di las claves de mi red ni siquiera están aquí, que el uno está, pongamos por caso, pendiente del parto de su hija en Berlín (¡estos hijos nuestros están tan viajados!) y el otro ha pillado un buen paquete turístico y se ha marchado a la Polinesia, que para eso le gusta Gauguin y ha leído la de Vargas Llosa.

Me pregunto dónde está la velocidad de conexión prometida, me mosqueo con el mundo, empiezo a deprimirme severamente… y de repente surge la inspiración: me levanto, desconecto el router, vuelvo a mi asiento y empieza a oírse a gente que arrastra la silla, sale a las terrazas y se interrogan unos a otros, con tono abiertamente mosqueado:

-Oye, ¿qué pasa con el wi-fi?

-No sé. ¿A que lo han cortado? ¡Vamos, es que tiene tela…!

-Pero, ¿se puede aguantar esto?

Esa misma noche, cambio el nombre de mi red y la clave de acceso. Comienza un nuevo ciclo…

Alberto Granados

NOTA: La categoría “En chanclas (Crónicas de un veraneante en la costa granaína)” es, ante todo, una categoría llena de humor y sátira y sólo eso. Suelo exagerar, por lo que aclaro que comparto mi red wi-fi con mis vecinos sin ningún problema ni disgusto.

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8 comentarios el “Wi-Fi

  1. En mi pueblo (que somos como los del pueblo de Gila) dirían que te la estaban chupando…¡la señal!

    Abrazos que calen hondos

  2. Jajajaja la buena voluntad siempre pasa factura…..la que pagas cada mes :DDD
    Felices vacaciones!!!

  3. Miguel, te vas a condenar por réprobo y verdolago. Menos mal que siempre te queda la posibilidad de ir en peregrinación a Madrid a recibir al pope como se merece.

    Kape. muy bueno lo de la factura.

    Abrazos mil,

    AG

  4. Muy buena la historia. Lo mejor sería ponerle una buena clave del tipo: “esteveranonigüifinipollas” o aquélla frase mítica que nos repetía mi madre y nunca he llegado a entender su significado (o sí): “sehaacabaolacomeación”

    Un saludo.

  5. y yo que iba a decirte que habías hecho muy bien cambiándote de compañia…qúe generoso eres. Yo estoy en el campo y mi wi fi, de momento, sólo es para mi. También debo añadir que nadie ha pedido compartirla lo que me deja la consciencia limpia.
    Te escrito despieerta a una hora de profunda siesta.
    Un petó!

  6. ¿Y a mí que sin guifi me chupan (la conexión ) todo el año?. Y lo bueno es que me lo cuentan por la mañana.
    Que si no cortes tan pronto; que si anoche estuviste hasta más tarde…..
    ¿ Con que lo hacen ?
    Paqui

  7. La lapidaria frase de tu madre es para ponerle marco, Alberto. Todo un compendio de sabiduría.

    Glòria, gracias por el esfuerzo: aquí la siesta es sagrada, que entre el calor y la ingesta chiringuitero-cervecera, da un sueñecillo intratable.

    Paqui, lo de tu vecino/a es recochineo. Se merece que les encriptes tu red, aunque te van a poner en el compromiso de que les des la clave, como hago yo. Lo malo es cuando una tropa de adolescentes empiezan a bajarse series y echar partidas online. Es ese momento agradecido en que se deja de oír la conversación con mi hija a través de Skype.

    Abrazos mil,

    AG

  8. Me has recordado a un amigo que vive en Madrid. Cuando empezó lo del wi-fi, obligado por su profesión de periodista, fue pionero en su comunidad… Ya le extrañaba que, cuando llegaba a su casa, siempre se encontraba a un chinito (y no es cuento) en el portal… Un mes después, el chinito llamó a su puerta para reclamarle que, por su culpa, su novia chinita que vivía en China, le había abandonado, cansada de esperarle en el chat. “La culpa es de telefónica”, se justificó mi amigo: el router había fallado y tardaron mucho en reponérselo.
    Juro que la historia es tal cual.

    Bexitos

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