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Una excursión al silencio


Granada es una ciudad díscola y adorable a partes iguales, y el granadino, nativo o importado (como es mi caso), disfruta y padece los mil aspectos de esta ciudad de nuestros pecados, que suele enojarte con sus cosas pero que te hace regalos impagables, de esos que te reconcilian con la vida, como el que disfrutamos mi mujer y yo hace unos días.

Ella aún no había empezado las clases en su instituto, así que en un paréntesis de sus programaciones decidimos subir a la Alhambra para ver la exposición de Maurits Cornelis Escher (1898-1972) que, desde hace meses, comparte fondos con el Parque de las Ciencias: algo así como ciento treinta obras del visionario suizo que deshizo las reglas de la psicología de la percepción y nos maravilló con sus imposibles creaciones.

Salimos de casa temprano y recorrimos Constitución y Gran Vía en medio de un caos de tráfico y ruido. Mirábamos las estupendas fachadas de la Gran Vía y las rejas modernistas que forjó hace muchas décadas el abuelo de mi amigo Pablo. Una pena que una calle trazada a fines del XIX no tenga alternativa para entrar y salir al centro de Granada, con lo que los maravillosos palacetes de la burguesía granadina de entonces quedan desdibujados por el estruendo de un tráfico caótico.

En unos minutos dejamos Gran Vía y recorrimos los últimos metros de la calle Reyes Católicos, en dirección a esa joya que es Plaza Nueva. El ruido dejó de ser ensordecedor y, aunque había cientos de personas yendo y viniendo, no resultaba ya tan agobiante e invasivo. Sólo unos metros y, Cuesta Gomérez arriba, parecíamos estar en otra ciudad, si no en otra época, pues ahora apenas se oían murmullos de los abundantes turistas que, disciplinados y cívicos, parecían presagiar lo que iban a encontrar sólo unos metros más arriba y subían la cuesta sin mucho resuello ni ganas de hablar. Hicimos una brevísima visita a la Placeta de la Miga. Siempre he sospechado que se llama así porque hubiera allí una “escuela amiga”, también llamada popularmente “escuela-miga” o simplemente “miga”. También fotografié una casa en ruinas a través de una ventana.

(Plaza de la Miga)

¿Cuántas historias habrán sucedido en la vieja casa en ruinas?

Puerta de las Granadas

Al pasar por la puerta del guitarrero y guitarrista Francisco Manuel Díaz, se puso a nuestra altura un hombre mayor (cuando uso esta expresión, quiero decir  “incluso mayor que yo”) cuyas facciones, ocultas tras unas gafas de sol, me resultaron conocidas.

Atravesamos la Puerta de las Granadas y entramos en otro mundo, en el que los oídos parecerían haber ensordecido si no fuera por el sonido, casi poético, de la brisa entre los árboles del abundante bosque de la Alhambra, un auténtico edén casi de égloga garcilasiana, y el correr de esa “agua oculta que llora” con que Manuel Machado identificó a Granada.

La estatua de Washington Irving, el pilar de Carlos V e, inmediatamente, la Puerta de la Justicia, con su grabado de la mano en el pórtico exterior y el de la llave en el interior. La leyenda, recogida por Irving, es hermosa y la reproduje hace unos meses en este blog.

Y empezó la maravilla: la visita a la Alhambra, que es un lujo que sólo algunos privilegiados repetimos varias veces al año. Da la sensación de que la masa de turistas, todos aquejados del síndrome de Stendhal, guardan un relativo y respetuoso silencio, pues a pesar de haber cientos de visitantes, hay un reverente nivel bajo de ruido: cada turista va oyendo las explicaciones de su guía y siguiendo el paraguas o señal reconocible como valor totémico o con los auriculares y el reproductor de la audiodescripción. A mí, cuando visito un monumento de la categoría de la Alhambra, me sobra la erudición del guía, de la maquinita, la gente y sólo necesito silencio y la vista despejada, pero los tiempos (y las tecnologías) mandan.

El Palacio de Carlos V me parece una aberración, visto desde lejos. No deja de ser un pastiche imperial que rompe la perfecta alineación de los palacios nazaríes, que fastidia el perfecto equilibrio y que se debe interpretar como una muestra de poder triunfante. Sin embargo, una vez dentro, y aislando ese funesto valor rompedor, es una maravilla. Con frecuencia subo a ver la exposición temporal que alberga y, de paso, le doy una vuelta al Museo Provincial: me encanta el cuadro de López Mezquita, “Dos hermanas”, en el que me basé para escribir el único relato que he conseguido publicar.

Escher, una maravilla, si bien el grueso de la exposición está en la otra sede ya mencionada. Después, un paseo por el bosque. Ahí, el silencio es casi edénico. Brisa entre árboles y agua por las acequias y fuentes. Una temperatura deliciosa, una sensación de plenitud, un sentimiento de que “el mundo está bien hecho”…

Posavasos de cerámica de Fajaluza en las tiendas de souvenirs

Al bajar de nuevo por Gomérez, hacemos breves paradas para ver los talleres de artesanos que fabrican objetos de taracea, las tiendas de souvenirs, el taller del guitarrero… Ahora, el hombre de antes está tocando magistralmente unos aires flamencos. Nos detenemos un instante a escucharlo. Está sin las gafas de sol y resulta ser Juan Carmona, “Habichuela”. Un breve saludo con la cabeza que él contesta sin interrumpir su toque magistral, sin muchas ganas de curiosos ni intrusos… Un café en Plaza Nueva. Una sonrisa de triunfo, un modesto triunfo, como es haber rozado la beatitud en toda su plena grandeza. Y el propósito de hacer más veces esa excursión al silencio.

Alberto Granados

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12 comentarios el “Una excursión al silencio

  1. Gracias por recordarnos, con tanto arte, lo que nos perdemos por la rutina de los días.
    Este verano, con motivo de la visita nocturna al Generalife para ver el espectáculo “Federico según Lorca”, de Eva Yerbabuena, gracias a la pereza del sol para esconderse en esas fechas, tuvimos la suerte de pasear por esos jardines mientras caía la tarde y contemplar un atardecer que para su repertorio lo quisiera el mismísimo Clinton. Una buena idea facilitar la visita junto a la entrada de la función.
    Sirva este texto para hacer el firme propósito de visitar esos lugares, por lo menos, una vez cada estación del año, mientras se pueda, que ya no hay excusas ni impedimentos.

  2. Con cierta envidia leo tu magnífica crónica urbana , aunque ya no me sorprende después de haber leído las anteriores. Tu mirada trasciende la cotidianidad urbanística para devolvernos un paseo interior lleno de matices y de sensibilidad en su renovada ruta de descubrimientos. Al menos disfrutamos su versión literaria en tu texto, que nos es poco. Por tanto , gracias Alberto Grana…dino.

    Un abrazo

  3. Hermosa descripción de la ciudad.Dan ganas de volver a verla y más después de ver las imágenes que incluyes.Fue la primera ciudad que me emocionó por su belleza.

  4. Coco, por hacer propósitos, que no quede. Yo pretendo ir a ver el Escher de CajaGranada y, una vez allí, ver los Caprichos de don Francisco de Goya. Un buen programa.
    Por cierto: has quitado la receta de la purruslada antes de que mi pereza me dejara copiarla.

    Miguel, los jubiletas es lo que tenemos. Ver obras. Unos ven obras de la construcción y yo me inclino más por obras de arte, pero en el fondo sólo es cuestión de siglos.

    Teresa G, yo no soy granadino (pronúnciese “granaíno”), pero en mi entorno se diece que estoy enamorado de esta ciudad. Salgo mucho con la cámara y descubro edificios notables que voy fotografiando. Si vuelves, avísame: te serviré de cicerón y te invitaré a una cerveza.

    AG

  5. La receta de Porrusalda sigue en el Blog en el apartado “Recetas”. De donde la he quitado ha sido de la primera linea.

  6. Bellísima crónica, Alberto. Sin darme cuenta os he acompañado en ese trayecto y destino final, la Alhambra, que ha inspirado tus palabras. Hace muchos años yo también estuve en Granada. Me marche al alba para llegar a Barcelona a una hora razonable. Nunca olvidaré la última imagen que tengo de Granada dormida en los violetas del amanecer.
    Un petó!

  7. Coco, gracias. Veré también tu mamitako.

    Glòria: toda una inmersión en la paz de espíritu. Tal vez eso sea la felicidad, minúscula y por ello real.

    Gracias,

    AG

  8. Alberto, qué buen paseo. Hace muchos años que no hago yo ese recorrido.

  9. Gracias, Antonio. Cuando quieras, te acompaño a uno de esos paseos que suelo hacer y después compartir por aquí.

    He aquí otro paseo de hace unos meses. Aparece un texto tuyo: https://albertogranados.wordpress.com/2011/03/27/la-fuente-de-los-poetas/

    Un abrazo,

    AG

  10. Hay cosas que, para mí, estan más allá de las palabras. Para ti, evidentemente, no.

    • Nicolás, hay cosas que están, definitiva, asertiva, decididamente: la Alhambra y todo su entorno es una de ellas. No sé por qué nuestro alcalde quiere un ascensor, si elpaseo que describo ya es parte de la maravilla. Es como quitrle la obertura a una ópera.

      Un abrazo,

      AG

  11. […] temo que nuestro alcalde y su equipo se los irán cargando: ya han empezado por la quietud de los bosques de la Alhambra con ese maldito tren que acabará con un paisaje y un silencio […]

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