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Verbena (una estampa urbana)


A Manolo Morcillo, en el día de sus bodas de oro

La charanga recorre las calles del barrio tocando “La banda” y un pirotécnico aficionado trata de no volarse la mano al tirar los cohetes. La chiquillería sigue al inusitado cortejo con sabor a anacrónicas ferias del corpus, a algodón dulce de color rosa, a globos y ropa nueva.

En la plaza, varios litroneros hacen gestos obscenos, mirando a la chica de la charanga que toca la flauta. Siempre rebeldes, con una rebeldía gastada que equivale a un último gesto antes de asumir el absoluto fracaso. Una de ellos, una chica desmedrada y ojerosa por la droga y la enfermedad, saca a bailar a otro integrante de la curiosa tropilla. El director de la charanga decide darles un minuto de gloria y detiene a su grupo de músicos, que empiezan un acalorado mambo mientras la pareja de baile se contorsiona. La misma gente que a diario los desprecia, les sonríe ahora con un gesto de condescendencia, casi de tolerante indulgencia, que para eso son unos días especiales: como si fuera navidad.

Se aproxima el desapacible otoño, así que cada barrio se apresura a celebrar sus fiestas, que llevan preparándose desde la primavera: que se lo pregunten al presidente de la asociación de vecinos, que ha tenido que realizar mil gestiones, pedir favores, solicitar permisos, contratar sillas, artistas, músicos, escenarios, equipo de sonido… Todo un despliegue que nadie le va a agradecer (Si acaso, me van a criticar, que la gente es muy desagradecida –dice él- y sólo se fija en lo que sale mal).

Hoy es el día grande. La plaza está a rebosar de gente. Vendrán los concejales, del grupo de gobierno y de la oposición. Vendrá la prensa y el barrio se llenará, por una vez, de gente relevante. El pregonero de este año es un conocido literato y su simple presencia hará venir a gente que de otra manera jamás pasaría por este barrio modesto. La policía pone orden y los de Protección Civil están preparados por si se produce alguna contingencia. En una esquina de la plaza, un tenderete tiene dos muñecos articulados vestidos de aragoneses que simulan pisar uva. En la parte de abajo cae una cascada de cariñena.

El ruido de las conversaciones sólo se acalla con la insufrible potencia de la música: para hacer bien el amor hay que venir al sur, canta una voz en la megafonía y un señor muy mayor mira, aún con un resto de deseo en el rostro, a su mujer, una señora que todavía retiene una extraordinaria belleza que el tiempo no ha conseguido esfumar, a pesar de la larga enfermedad, de la mochila de oxígeno clínico, de los mil achaques. El hombre le sube el echarpe para cubrirle los hombros, que está refrescando. Ella le sonríe con agradecida ternura.

Ante el escenario, Angustias cuida de su marido, o de lo que el accidente ha dejado de él. Lo ha bajado con ayuda de Irene, su hija de doce años, una preadolescente preciosa que vive sin darse cuenta de la tragedia que ha caído en la casa. La mujer escruta el rostro comatoso e inexpresivo de su marido. Quiere rastrear alguna respuesta a tanto estímulo, pero sólo ve una cara sin vida, unos ojos apagados. Se da cuenta de que se va a echar a llorar, así que llama a su hija y le dice que se van a casa. Las dos mujeres empujan el carrito, pero mientras la madre sabe que va a pasar la noche llorando, la chica sabe que va a aprovechar la noche de verbena para besarse con Agustín, con el que lleva saliendo ya varias semanas. Él se lo dijo anoche: “Este año es el más feliz de mi vida. Somos novios y el Granada está en Primera”. La chica no sabría decir si le gustó o no el comentario…

Han llegado al portal y la niña abre la puerta metálica para que entre la silla de ruedas. Después ayuda a su madre a meter al padre en el ascensor. Les da un beso.

-Vuelve antes de las doce. Y a ver lo que haces, ¿me oyes?

-Sí, mamá –y la chica sale a la calle.

En la esquina, Agustín la está esperando con una sonrisa llena de promesas. A lo lejos, el aire trae un leve aroma a churros y pollos asados, junto con las alegres notas de “Paquito el chocolatero”. Los dos chavales se dan un leve beso en los labios y, cogidos de la mano, vuelven a la verbena.

Alberto Granados

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3 comentarios el “Verbena (una estampa urbana)

  1. Las típicas fiestas de barrio son casi las únicas con las que el tiempo no es implacable.
    A medida que te leía, no he podido dejar de pensar en la similitud de tu texto con los artículos costumbristas de Mariano José de Larra.
    Excelente observación y mejor praxis verbal.
    El tema de Mina no le puede ir mejor…

    Un abrazo, Alberto.

  2. Tiene mucha vida este cuento, no solo huele a churros y a pollos asados, también huele a hospital.
    Hasta aquí llegan las notas de Paquito el Chocolatero, y se agradecen porque podía ser peor, podía escucharse a King Africa y eso sería trágico, en verdad.
    Me gusta esta estampa.

  3. Marisa y Coco, gracias por haber aparecido por aquí. La esadísticas indican que esta verbena ha asado desapercibida y muy poca gente ha bailado un pasodoble.
    Buena parte de lo que cuento, son cosillas que vislumbré en unas fiestas de barrio hace tres semanas. El rsto son ganas de darle un aire literario..
    Os pongo algo de Granada.

    AG

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