9 comentarios

Chaves Nogales y sus relatos de “A sangre y fuego”


En el prólogo de su libro de relatos de 1937 “A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España” (Libros del Asteroide, Barcelona, 2011), el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, al comentar el desgarro de la guerra civil, afirma desde su exilio inglés: “Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”.

Desde ese punto de partida, el autor, que sabe que su postura ética se interpreta como desafección a ambos bandos, asume el riesgo de ser fusilable para unos y otros y pone tierra por medio, exiliándose primero a los alrededores de París y, más tarde, a Londres, donde muere en 1943, sólo unos días antes de que el régimen de Franco lo depure por masón. No quiso labrarse un futuro apostando por uno de los dos contendientes, así que quedó en tierra de nadie, como recoge en el mencionado y magistral prólogo, al hablar de las circunstancias de su destierro voluntario: “En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas”.

Chaves Nogales. Imagen tomada de abc punto es

Inexplicablemente, su obra periodística y narrativa pasa desapercibida en España durante décadas. Ahora reaparece este conjunto de nueve relatos –él los llama novelas-, en una edición preparada por María Isabel Cintas, la biógrafa del prosista sevillano (también acaba de publicarse la biografía del escritor). Éste explicaba así el origen de estos relatos: ”Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen”.

Se trata de una narrativa triste, resignada, llena de heridas interiores y destinada a mostrar todas las formas posibles de esa bajada a los infiernos que permite al ser humano matar, abusar, amenazar, sentir la estéril ferocidad del rencor, de la miseria moral, en una situación en que  la crueldad parece estar justificada por la irracionalidad de una guerra.

En el primer relato, ¡Massacre, massacre!, un bombardeo nacional sobre Madrid causa muchos muertos y esa dolorosa circunstancia azuza a un grupo de milicianos que se autodenomina “Escuadrilla de la Venganza” a preparar una despiadada revancha:

“Por cada víctima de los aviones, cinco fusilamientos, diez si es preciso. En Madrid hay fascistas de sobra para que podamos cobrar en carne” –dice uno de los milicianos, ante el horror de Valero, un joven intelectual comunista, que sin aprobar los métodos de la Escuadrilla, tampoco desea señalarse haciendo patente su repulsión por la violencia innecesaria, no vaya ésta a ser considerada como desafección.

El cuento deja asomar por un momento a Rafael Alberti, a María Teresa León, a André Malraux, que deambulan por un Madrid fantasmagórico, ostentando privilegios muy diferentes a las condiciones de vida de los que, esos sí, se jugaban la vida en el frente por un ideal.

Asalto al cuartel de la Montaña, Madrid, 1936

En La gesta de los caballistas, la Andalucía feudal nos muestra a un marqués cacique que usa a sus leales (sus tres hijos, administrador, aperador, cura, manijero y los peones agradecidos) como una auténtica mesnada medieval para limpiar la sierra de rojos. Tras oír misa, todos se aprestan, junto a una tropilla de falangistas y una cabila de moros que están en camino, a represaliar los contornos. Pronto se verá una auténtica razzia de la que apenas quedarán supervivientes y en la que nadie queda libre de ser acusado de comunista, ni siquiera el hijo del cacique, que conoce demasiado bien al Maestrito, el jefe de la guerrilla republicana.

Y a lo lejos, una lucecita, el tercero de los nueve relatos, también transcurre en Madrid, ciudad donde nadie duerme por los disparos y cañonazos del frente. Un vigilante descubre señales hechas con una linterna y sigue la pista de toda una red de espías que descubren al enemigo los movimientos de las tropas republicanas. Hay que seguir  el rastro hasta el mismo frente enemigo. En Madrid nadie parece estar a salvo de la traición, del espionaje para los facciosos, del deshonor y la vileza.

Resulta terrible el diálogo de dos de los personajes del La columna de Hierro, un grupo de la retaguardia republicana, formado por desertores e incontrolados que, en una huida hacia adelante, se convierten en la personificación de la crueldad arbitraria, la rapiña y el deshonor. Tomás, un joven socialista, y el tío Pepet, un viejo republicano que preside el consejo revolucionario, al verlos actuar, comentan:

-Sí, pero mientras estos bandidos puedan actuar impunemente, el pueblo nos hará a nosotros responsables. Si dejamos las manos libres a los criminales de la Columna de Hierro, la opinión se pondrá en contra nuestra. Ya lo estamos viendo. Los pueblos por donde pasan esos bandoleros se tornan fascistas. Esos canallas son los mejores propagandistas de Franco. Yo he visto a viejos republicanos demócratas auténticos renegar de la revolución y desear el triunfo del fascismo –replicó el tío Pepet.

-Es el horror de la guerra lo que provoca esas reacciones. ¿Crees tú que del otro lado no hay gentes de bien, conservadoras y católicas, a las que están convirtiendo en revolucionarias los asesinatos de los falangistas? Seis meses más de guerra y verías a los revolucionarios de hoy convertirse en reaccionarios, pero también dentro de medio año, si la guerra continúa, no le quedarán a Franco más que sus asesinos pagados…

Chaves Nogales, valiente en la denuncia de ambos bandos, habría de pagar con el olvido su atrevimiento.

El quinto relato, El tesoro de Briesca, nos muestra a un artista comisionado por la República para poner a salvo las riquezas artísticas en la zona que está a punto de caer en manos facciosas, se enfrenta con la incuria y la honradez de los republicanos. En su trabajo comprende la inmensa contradicción de una guerra a la que se han lanzado miles de leales a la República sin ninguna preparación, sin ninguna posibilidad estratégica de mantener el frente. Ve dos lenguajes, dos sistemas éticos, dos formas de vida antagónicos: la pasión republicana, que sólo conlleva entusiasmo y espantadas, y la frialdad militar del ejército profesional rebelde, que va a cazar como conejos a las desbandadas de milicianos. En medio, la nada, unos vestigios de la civilización, un legado artístico que sólo sirve para perpetuar un sistema social que ha dado lugar a la situación que él está viviendo.

La situación general de este relato (el comisionado para recuperar tesoros artísticos en pleno frente) fue utilizado y recreado por Muñoz Molina en el capítulo 31 de su últioma novela, “La noche de los tiempos”.

El sexto relato, Los guerreros marroquíes, nos habla de los engaños con que “los moros” son traídos a luchar a España, con su fanática crueldad, pero con un resto de gallardía.

Un gran relato, dramático como pocos, es el séptimo, llamado ¡Viva la muerte!, el grito de guerra que usan los falangistas. En él se nos muestra la cobardía y la falsedad con que un alto cargo del Movimiento, con la chaqueta blanca cuajada de medallas, reinventa unos hechos de guerra a los que reviste de épica, antes de afirmar:

-El hecho en sí poco importa. A la historia lo que le interesa es su sentido, la significación histórica que pueda tener, y esa no se la dan nunca los mismos protagonistas, sino los que inmediatamente después de ellos nos afanamos por interpretarlo.

Es decir, el lenguaje oficial puede convertir en gesta lo que en realidad se trata de una masacre en que se ha pasado por las armas a todo un pueblo para dar un castigo ejemplar.

Tanque republicano en el frente del Ebro, 1939. Imagen de fotoperiodismo.org

Bigornia, el penúltimo relato, se ocupa del personaje de tal nombre, un gigantón valiente, generoso y desprendido que empieza por participar en el asalto al cuartel de la Montaña y sigue llevando a cabo temerarias heroicidades sin darles la menor importancia.

El libro termina con Consejo obrero, relato en el que dos obreros sospechosos de fascistas se hacen anarquistas para evitar las más que seguras represalias. El recorrido de ambos, dispar como ellos mismos, convierte a uno en villano y al otro en héroe. En las circunstancias reflejadas en el libro, luchar por la libertad es una expresión dramáticamente ambigua y peligrosa.

Nueve relatos en que aparecen las muecas más terribles de la historia de España: cobardía y heroísmo, miedo, traición, deslealtad, olvido, delación, rapiña, locura colectiva… Chaves Nogales, que abandonó España asqueado por los dos bandos, lo resume magistralmente en esta frase de su inolvidable prólogo: “…  yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo”.

El libro, además de un meritorio conjunto de relatos sobre la guerra civil es un tratado de sentido común, de ética, de inteligencia, valores tan necesarios en días como los presentes. Imprescindible.

Alberto Granados

Descarga desde Amazon la versión kindle de mi libro en este enlace:

Portada Cabos sueltos al 45 x 100

 

9 comentarios el “Chaves Nogales y sus relatos de “A sangre y fuego”

  1. Siempre he considerado tirana la postura “estás conmigo o contra mí”. Por ello, considero inteligente la postura de Chaves Nogales, “ni contigo ni sin ti”, y más si esta refleja, a mi parecer, una mirada sincera y objetiva hacia una guerra donde tengo la impresión de que en su corazón importaba menos la política y más el número de asesinatos tanto de un bando como de otro.

    Al leerte no he podido dejar de acordarme de este poema de Rafael Alberti:

    “Guerra a la guerra por la guerra. Vente.
    Vuelve la espalda. El mar. Abre la boca.
    Contra una mina una sirena choca
    Y un arcángel se hunde, indiferente.

    Tiempo de fuego. Adiós. Urgentemente.
    Cierra los ojos. Es el monte. Toca.
    Saltan las cumbres salpicando roca
    Y un arcángel se hunde, indiferente.

    ¿Dinamita a la luna también? Vamos.
    Muerte a la muerte por la muerte: guerra.
    En verdad, piensa el toro, el mundo es bello

    Encendidos están, amor, los ramos.
    Abre la boca. (El mar. El monte.) Cierra
    Los ojos y desátate el cabello”.

    Muy buen análisis de este interesante libro, Alberto. Gracias.
    Un abrazo.

  2. Un autor interesantísimo del que nada sabría de no ser por tí y tus selectas lecturas. La postura del escritor es enormemente valiente y honrosa. Debería colocársele en el buen lugar que le corresponde en el rico mundo de las letras hispanas.
    Y tú, como siempre, haces una reseña sobria e impecable.
    Una abraçada!!!

  3. Ah! Y no digas que el blog ya no puede ir a peor porque me siento maltratada. Si es necesario inventaré diversas personalidades y engordaré el número de comentaristas pero, por favor, valora tu blog por lo que en él escribes y por la élite de sensibles que te visita con placer.

    Ah, otra cosa! ¿Sabes que yo también frecuento el blog de Juan Carlos Boveri?

    Un petó, Albertus!

  4. Un trabajo excelente, Alberto. Va más allá de lo que puede pretender una reseña y se acerca a la atormentada persona que sustenta al autor, en unas circunstancias tan cruciales y dolorosas que nos ayudan a comprender y a ser solidarios con su actitud y sus reflexiones. Esclarecedor y conmovedor -ya te digo- con el rigor, claridad y contención que te caracterizan.
    Comparto, así mismo, los comentarios de Marisa y Olympia, que iluminan siempre este ya de por sí diáfano espacio.

    Un abrazo y larga vida a este blog imprescindible.

  5. Enhorabuena,Alberto.Te lo has currado :).Mira por donde,he encontrado un regalito para mi marido.Lleva años investigando sobre el tema.Gracias

  6. Marisa, sabia postura esa de no marcarse tanto. Yo no he sabido seguirla y, desde hace mucho, me he implicado más de lo aconsejable. Muñoz Molina dice que es hombre de ideas, no de militancias. Eso es ser sabio.

    Glória, me halaga que sientas este blog de forma tan intensa. Intentaré guardar una muestra de tu ADN.

    Miguel, regálate el libro si no lo has leído. Me lo deberás el resto de tu vida, igual que yo he contraído contigo gratísimas deudas de amistad.

    marifé, seguro que tu marido lo agardece

  7. Se ha cortado. Os pongo el prólogo del libro, por si alguien desea darse el lujo de llerlo.

    PRÓLOGO:

    Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeñoburgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio —como dicen los marxistas—, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacia la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria.
    Si, como me ocurría a veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a decirlo en el café, en la mesa de la redacción o en la humilde tribuna de un ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me hiciesen purgar atrozmente mis errores. Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.
    En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo.
    Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España. ¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente. Después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.
    De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros. Me consta por confidencias fidedignas que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable.
    Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el «camarada director», y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de «pequeñoburgués liberal», de la que no renegué jamás.
    Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo.
    Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.
    Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas.
    Los «espíritus fuertes» dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo.
    Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguís de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa.
    Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República Española no me obligaba a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo dejaba abandonado en las trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron los hombres que se quedaron defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De ellos, si vencen, o de sus vencedores, si sucumben, es el porvenir de España.
    El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes —según la imagen clásica— va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar en que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra.
    El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo.
    No habrá más que una diferencia, un matiz. El de que el nuevo Estado español cuente con la confianza de un grupo de potencias europeas y sea sencillamente tolerado por otro, o viceversa. No habrá más. Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo. Ni tiranía aristocrática ni dictadura del proletariado. En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra. Rojo o blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista, probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e inhumano. En lo exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas naciones y la vigilancia de otras. Que sean éstas o aquéllas, esta mínima cosa que se decidirá al fin en torno a una mesa y que dependerá en gran parte de la inteligencia de los negociadores, habrá costado a España más de medio millón de muertos. Podía haber sido más barato.
    Cuando llegué a esta conclusión abandoné mi puesto en la lucha. Hombre de un solo oficio, anduve errante por la España gubernamental confundido con aquellas masas de pobres gentes arrancadas de su hogar y su labor por el ventarrón de la guerra. Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España.
    Caí, naturalmente, en un arrabal de París, que es donde caen todos los residuos de humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando. Aquí, en este hotelito humilde de un arrabal parisiense, viven mal y esperan a morirse los más diversos especímenes de la vieja Europa: popes rusos, judíos alemanes, revolucionarios italianos…, gente toda con un aire triste y un carácter agrio que se afana por conseguir lo inasequible: una patria de elección, una nueva ciudadanía. No quiero sumarme a esta legión triste de los «desarraigados» y, aunque sienta como una afrenta el hecho de ser español, me esfuerzo en mantener una ciudadanía española puramente espiritual, de la que ni blancos ni rojos puedan desposeerme.
    Para librarme de esta congoja de la expatriación y ganar mi vida, me he puesto otra vez a escribir y poco a poco he ido tomando el gusto de nuevo a mi viejo oficio de narrador. España y la guerra, tan próximas, tan actuales, tan en carne viva, tienen para mi desde este rincón de París el sentido de una pura evocación. Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen.
    Luchando con ellos y conmigo mismo por permanecer distante, ajeno, imparcial, escribo estos relatos de la guerra y la revolución que presuntuosamente hubiese querido colocar sub specie aeternitatis. No creo haberlo conseguido.
    Y quizá sea mejor así.

    Montrouge (Seine), enero-mayo de 1937

  8. muy interesante, gracias por la reseña!

    un saludo!

  9. Gracias a ti por asomar por el blog.
    Un saludo desde Granada.

    AG

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: