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Interventor


Una de las obligaciones aparejadas a la militancia en un partido político es la de acudir, cada vez que se produce una consulta, a las mesas electorales en calidad de interventor, algo así como un vigilante o supervisor de los intereses de partido. El interventor trata de controlar el desarrollo de toda la jornada electoral, desde la constitución de la mesa hasta el escrutinio, pasando por la presencia de papeletas en la cabina.

Yo llevo varios años haciendo esta labor, pesada, tediosa, cansina… pero necesaria, pues  son frecuentes los intentos de fraude: arañar algún voto dudoso durante el escrutinio, equivocar a algún votante que no conoce bien el proceso y pide ayuda, camuflar el montón de papeletas del partido rival bajo las del que interesa propiciar…

Afortunadamente, yo sólo he presenciado un caso patente de intento de fraude: en las elecciones generales de 2008, un matrimonio muy mayor, y posiblemente analfabeto, pidió ayuda ante la cabina. Un señor que acababa de saludar efusivamente a los interventores de un determinado partido, pero que no venía acreditado como interventor ni como apoderado, ofreció su ayuda y se metió en la cabina con ellos. Yo me acerqué y pude oír que le estaban pidiendo “papeletas para Zapatero”. Levanté la cortina y vi que les estaba dando las de otro partido. Llamé a la presidenta de mi mesa y dije, con un tono de voz suficientemente claro y alto como para que se enteraran todos los presentes, que yo quería que fuera ella la que controlara esa situación (también tiene que hacerlo con los invidentes) y ayudara a ambos votantes. El señor (¿señor?) salió como una exhalación, antes de que el agente de policía pudiera intervenir. Me lo cruzo más de una vez y nos miramos “con cierto desamor”.

 

 

 

Imagen tomada del perfil de Juanjo Ibáñez en Facebook

 

 

 

Cuando se lleva tiempo haciendo la misma mesa, como es mi caso, se saluda a los interventores y apoderados de los demás partidos, al policía nacional que vigila, al de la cafetería de enfrente… Se pregunta por hijos, nietos y familiares enfermos. En mi mesa, donde hay bastante cordialidad y nula conflictividad, hasta hacemos porras sobre la participación que vamos a alcanzar. También intercambiamos las informaciones que nos llegan desde nuestros respectivos partidos por SMS o lo que oímos en nuestros mp4.

Yo ya conozco incluso a parte del electorado asignado a la mesa, como es el caso de Ricardo, un señor que acude, convocatoria tras convocatoria, pulcro, atildado, impecablemente enfundado en un traje, encorbatado y siempre acompañado por una hija. Cada vez más consumido, ya casi sin cejas, la piel apergaminada, saca él mismo la documentación y trae preparadas sus papeletas. En octubre ha cumplido cien años.

Ves, sorprendido, otros fenómenos extraños: que acuden marido y mujer y es él quien entrega los carnés de ambos y quien saca del bolsillo los sobres con los votos. Se aprecia en ella un sometimiento absoluto, una deliberada pasividad de años. Una de las vocales del pasado domingo recriminó a un joven de poco más de veinte años que anulaba a su mujer:

-¿Por qué me das dos carnés y dos votos?

-Porque son el de mi mujer y el mío.

-¿Y es que tu mujer no sabe presentar su DNI y votar ella sola?

La mirada del pollo, lleno de tatuajes, piercings y crestas, fue fulminante. Yo creí que se iba a liar un incidente, pero optó por tragarse el pullazo e irse a la mesa de al lado, que es donde le tocaba por cuestión de apellidos, circunstancia que él, con ser tan listo, no había tenido en cuenta.

 

 

 

Imagen tomada de noticias terra

 

 

 

Hay muchos electores que, cuando han localizado el “escapulario” del partido que ellos desean, miran con una intensidad especial, como de complicidad o, por el contrario, de repulsa. Sabes en seguida que son incondicionales tuyos: a favor o en contra, pero incondicionales. También se sabe que algunos van a mirar con absoluto desprecio a los oponentes. Hubo una masa de gente que se dirigía a mí (se ve que era yo, con mi cartelito colgado del cuello, quien representaba sus expectativas) y me entregaba el DNI y sus sobres y yo los dirigía al presidente.

En la mesa, las horas pasan con una lentitud exasperante. Sólo estás pendiente de que no se te pase ningún elector, de que no haya nadie que, oculto en la cabina, quite papeletas de alguna de las opciones que concurren, o las oculte. Hay momentos en que el vestíbulo es un hervidero y momentos de conversación desenfadada, de chistes sobre Zapatero o sobre Rajoy. Momentos de salir a por un café o a fumar. Momentos de llamar a casa y dar las impresiones, o de no contestar el teléfono porque hay un montón de gente haciendo cola. Tenemos una parroquia al lado, así que a la salida de cada una de las misas, aparecen muchos electores que vienen a votar. Yo les llamo “ los votos recién comulgados” y sé de antemano para qué fuerza  política van a ir a parar, vistas las declaraciones de los monseñores y de algunos párrocos.

Una constante: hay un alto número de votantes que no saben dónde votan ni se han preocupado de averiguarlo en los plazos reglamentarios. Acuden, con modales poco amistosos, en los últimos minutos y te culpan a ti de que se van a ir a su casa sin votar, casi, casi por culpa de los que componemos la mesa.

Este años he comprobado que ha habido mucha menos gente joven en las urnas. Tal vez la campaña de los indignados tenga mucho que ver, como ha sucedido con las votaciones al Senado: han sido muchos los electores que no han querido votar a la Cámara Alta y así lo han manifestado o que, sin decir nada, han aportado papeletas con mensajes contra el funcionamiento de dicha cámara, aumentando el número de votos nulos.

Un error de siempre: la gente recibe en sus casas montones de papeletas de los partidos, con las tres cruces puestas de imprenta. Los que usan dichas papeletas no se dan cuenta a veces de que eso es propaganda de un determinado partido, así que usan la papeleta ya marcada y, a su vez, marcan los senadores que ellos eligen, con lo cual es voto nulo. Tal vez, en vez de eliminar Educación para la Ciudadanía, lo que habría que hacer es reforzarla y enseñar a votar desde Primaria.

A las ocho en punto, la SER me informó de lo que ya sabía: la debacle se consumaba. Procedimos a recoger los votos por correo, votamos los de la mesa y abrimos las urnas, para el recuento de votos. Un representante de la administración, provisto de una PDA, metía los datos en Interior. Firma de actas, recogida de copias, felicitaciones (muy tristes) a los ganadores, despedida… Salí del colegio electoral después de las 23,30 h. Un momento a casa para soltar la mochila y, sin mucha dilación, al hotel electoral. Caras largas, comentarios, un televisor en cada esquina y un sitio donde te podías tomar una cerveza con uno canapé.

Un rato después entiendes que allí no ha pasado nada, que no hay nadie que se sienta responsable de nada, que el entusiasmo o el hundimiento ideológico parece que sólo te afecta a ti… Y te vas sin despedirte de nadie, a dormir mal, a levantarte pesimista para mucho tiempo, que es para lo que estamos los militantes de base. Las altas esferas de un partido –lo he descubierto a mis años- están para otras cosas.

Alberto Granados

7 comentarios el “Interventor

  1. Alberto, me ha gustado mucho este post. Me hiciste recordar cuando, con mis 18 recién cumpliditos, me tocó la misma labor en México. Era la primera vez que el partido comunista mexicano iba a las elecciones. Me recuerdo tratando de adivinar en cada persona si nos habían dado su voto…
    Desde entonces, ha llovido. De hecho, ya ni siquiera existe el PCM…
    No, no quiero ser pesimista…

    Besos

  2. Nunca he participado en el interior de unas elecciones por lo que tu estupenda crónica ha sido muy instructiva. Mi inocencia no me dejaba pensar que en los Colegios había tramposos como los que has descrito. Yo, más que sentir la derrota, siento la nube negra de gaviotas salvajes agrediéndonos a la manera de “Los pájaros2. O peor.
    Un petó!

  3. Estupendo artículo, crónica más bien de amores y desatinos.

  4. Los interventores hacéis un gran trabajo, Alberto, y lo digo con toda sinceridad. Hace tiempo formé parte de una mesa electoral y, todo lo que describes de una forma casi literaria pero real, es cierto. Fui testigo de cierto caciquismo, picaresca e intento de manipulacióna votos y votantes. Vuestra presencia es imprescindible.
    Me ha gustado mucho como narras esa jornada donde el entusiasmo, el humor, el nerviosismo, la camaradería, las anécdotas y también el cooperativismo, hace que mi imaginación se dispare y vea a un Larra Granados grabando en su retina lo que luego convertirá en sólido costumbrismo.

    Que ese pesimismo y abatimiento decaiga, Alberto. Hay que seguir soñando para poder permanecer despiertos.

    Un fuerte abrazo.

  5. Coincido con Ramón en lo sentimental, no en el trasvase de lo informativo, que lo hay también. Hay amor por la palabra, por la rendición de lo privado a lo compartido

  6. Amigos, gracias por vuestros comentarios. No tengo demasiado ánimo para ocuparme de blogs y cosas así. Tengo que reaccionar, así que dadme tiempo. Por si no lo habéis visto:

    Espero recuperarme de este ataque de perplejidad mórbida y reaccionar.

    Abrazos,

    AG

  7. Me gusta como lo has contado.
    Desde el otro lado te cuento que yo, que en cada una de las citas electorales solo he ido a votar, cuando entro en el colegio miro a mi alrededor para saber lo que hay, no me fío ni de los guardias. Rápidamente los veo allí en la mesa: a mi vecina que es presidenta a la fuerza y que hace su papel lo mejor que puede y con resignación, le doy las gracias sinceramente por el esfuerzo, y porque le ha tocado a ella y no a mi; miro con recelo a los interventores hasta que averiguo, muchas veces solo por la indumentaria, a que partido pertenecen y cuando los he identificado, los saludo con una sonrisa y les doy las gracias también. Al que representa al partido que no me gusta lo miro de arriba abajo y no le digo ni pío, excepto en las últimas municipales que se me escapó un “¡Cómo se te ve el plumero!” cuando el hombre me preguntó que qué plumero, quería que me tragara la tierra, en ese momento me prometí a mi misma que la próxima vez votaría con la boquita cerrada, como he hecho en esta ocasión.

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