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Monumentos


Últimamente leo mucho acerca de esta ciudad de Granada, que me tiene cada vez más hechizado (y no precisamente porque sea un modelo de conservación, limpieza o buena práctica municipal), así que leyendo a uno de nuestros autores de plantilla, nuestro contradictorio Ángel Ganivet, he encontrado un fragmento que os incorporo a mi particular Antología.

La Alhambra, un atardecer, desde el Albayzín

Edificio “Impluvium de luz”, sede de Caja-Granada, obra del arquitecto Alberto Campo Baeza

La luz, como si fuera lluvia, se cuela en el impluvium

Se trata de una reflexión que me ha parecido muy oportuna ahora que, una vez más, el alcalde choca frontalmente con la Junta de Andalucía por el asunto del ascensor a la Alhambra. Para los foráneos: nuestro alcalde ha propuesto hace unos meses unir la Carrera del Darro (una de las calles más bellas de Granada y tal vez del mundo) con el patio de armas de la Alhambra mediante un túnel por debajo del monumento y un ascensor. Con muy buen criterio, la Consejería de Cultura ha dicho que no se puede hurgar bajo los venerables cimientos de los palacios nazaríes y se ha liado, como es habitual: Sevilla perjudica a Granada, es una injerencia, la Junta es un obstáculo para el desarrollo local, etc.

El futuro espacio escénico, el “Granatum”, en una imagen virtual tomada de Urbarama

Él sigue toda una trama sistemática de hacer propuestas descabelladas para chocar con la administración autonómica y después culpabilizar a ésta de todos los males de la ciudad, algo que, ha quedado demostrado, le da muy buenos resultados electorales. En estos días, casi de campaña ya, nuestro alcalde ha llamado “sultana de la Alhambra” a la Directora del Patronato de la Alhambra y el Generalife (demasiado desprecio inmerecido sobre María del Mar Villafranca, tal vez debido al doble motivo de que ella es su oponente política y además mujer). Después ha tratado, sin mucho éxito, de adornar su lindeza, pero lo dicho está ahí, como una muestra más de lo que se nos avecina.

Un balcón en el albayzinero Callejón del Beso

La albayzinera iglesia del Salvador

Una bellísima panorámica de las murallas ziríes, el Albayzín, la Alhambra (sin ascensor aún, afortunadamente) y Sierra Nevada, desde el mirador de San Cristóbal

Granada, entre el pasado andalusí y el futuro más vanguardista, ofrece el amplio contraste que media entre el paisaje alhambreño y el Cubo de Caja-Granada, de las iglesias o aljibes del Albayzín al proyecto del Granatum (un futuro espacio escénico con forma de granada ideado por el arquitecto japonés Kengo Kuma) o del Monasterio de Cartuja a la futura estación del AVE de Rafael Moneo.

Retablo del Monasterio de San Jerónimo

Volvamos a Ganivet, reflexionemos junto a él sobre el sentido de los monumentos.

 “Otra cosa he notado: que de los monumentos antiguos, algunos quedaban sin acabar, y que los modernos todos están acabados: se nota la influencia de la Economía, de la Hacienda y del arte de fraguar presupuestos. ¿Qué es mejor? ¿Que el ideal marche libre y desembarazado y se quede a veces a mitad de camino, o que se subordine a un presupuesto riguroso? Yo he resuelto la cuestión de la siguiente manera. Acompañando un día a un artista que visitaba Bruselas, nos detuvimos ante la iglesia de Santa Gudula y nos lamentamos de que tan bella obra hubiese quedado sin concluir, sin torres, desmochada; yo, sin embargo, hice la salvedad de que, habiendo tantas obras concluidas en el mundo, una sin acabar tenía ya, por esto solo, cierta gracia, aparte del mérito de revelarnos cómo se puede pecar por exceso de fe en las propias fuerzas, en vez de pecar, como hoy pecamos, por no acometer más que trabajos menudos, reservando siempre nuestras mejores energías para algo indefinido que no acaba nunca de llegar. Algún tiempo después, en un día de espesísima niebla, pasé por el mismo sitio y vi ahora la iglesia acabada, como sin duda la idearon, con sus agujas invisibles en el aire, envueltas en un manto gris, que con naturalísima delicadeza cubría los desmoches y desvanecía aquellas líneas duras en que la obra material declaraba su impotencia para subir más alto. ¿Qué importa lo material, que al fin ha de morir? Basta que por un fragmento nos dejen adivinar toda la obra. La esencia del verdadero arte se afirma con más fuerza cuando subsiste en las ruinas de la obra y se agarra desesperadamente al último sillar que formó parte del monumento; a la última estrofa, mutilada, que se salvó al perecer el poema; a un pedazo de lienzo que se libró al destruirse el cuadro. ¡Cuán diferente el arte de nuestros días, arte de coleccionistas y de baratilleros! ¿Veis ese palacio que dicen es un prodigio de arte? Sacad de él los tapices, los bronces y los cuadros; levantad cuatro tabiques, y tenéis una casa de huéspedes.

He notado también que de los edificios monumentales, los antiguos son: una iglesia, un convento, una casa comunal o una lúgubre prisión, donde se conservan piadosamente viejos instrumentos de tortura; y los modernos son: un banco, una cárcel modelo, un cuartel o un tribunal de justicia. La lucha sigue; pero el centro de gravedad de la especie humana se ha bajado desde la cabeza hasta el vientre. Por todas partes se nota que los pueblos estiman a sus hombres, no por lo que han sido, sino por lo que han representado; de donde resulta que las estatuas de hombres contemporáneos representan héroes de la organización y de la fuerza, mientras que las estatuas de hombres antiguos representan héroes de la ciencia o del arte. Las ideas vienen antes que la fuerza; pero la fuerza se deja ver antes que las ideas. Para que un pueblo conozca lo que un organizador o un guerrero han representado, no se necesita que transcurra mucho tiempo; y para que aprecie lo que representaron los hombres de ideas, han de pasar varios siglos. Existe, pues, una perspectiva para la ejecución técnica de las obras de arte, y otra perspectiva para su composición; y esta última no está en los libros ni en la percepción, sino que es obra del tiempo, en el cual la fuerza va hundiéndose y la idea levantándose”.

(Ángel Ganivet, “Granada la Bella”, 1896, Capítulo XI)

Tal vez este fragmento nos tendría que devolver algo de cordura para desterrar los delirios de nuevo rico que nos han hundido y compatibilizar pasado y vanguardia sin las estridencias del que necesita un minuto angustiado de gloria .

Alberto Granados

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3 comentarios el “Monumentos

  1. .
    Un lugar que me gustó mucho fue la Cartuja, con aquella sacristía de un barroco delirante que era como penetrar en el interior de un caleidoscopio. También la colección de pinturas de frailes mártires cada uno con el objeto de su martirio en desazonadora representación… puro surrealismo.

    ¡Pero qué frío pasamos allí! ¡Cómo y qué bien nos sentaron luego los churros con chocolate que nos tomamos en una cafetería de la plaza Bibrrambla!

    🙂

  2. Sapiente Sap, espero que visitarías el Albayzín, pero toda una larga visita. Los churros del entorno de Birrambla, deliciosos, pero ¿qué me dices de las tapas?
    Se da la circunstancia de que después de haber llevado montones de grupos de alumnos a ver la Cartuja, ahora no he subido. Tendré que remediarlo.
    Un abrazo

  3. Toma, claro que visité el Albayzín, hombre 🙂 El problema es que en mi grupo (éramos dos matrimoños) había una gorda que acabó escoñá de subir y bajar cuestas a pesar de haberse encomendado a fray Leopordo de Arpandeire, del cual es muy devota y del que había comprado una estampita en una cripta consagrada al barbudo personaje.
    El Albayzín es de una extraordinaria belleza tanto visto desde las alturas alhambrescas como a pie de calle o mirador. De todas formas, y es una pena, me perdería muchas maravillas desconocidas al haberlo visitado al buen tuntún… Pero bueno, Graná está ahí al lao.
    Y sí, muy interesante el método granaíno del pack cerveza+tapa.
    Un abrazo.

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